DAR CUANTO PUEDA MÁS

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Israel Rojas

Cuando fui invitado por Elier Ramírez Cañedo a participar en el espacio “Dialogar, dialogar” que se efectúa en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, sede de la AHS, junto a el profesor de Filosofía Jorge Luis Acanda, el propio Elier y el bloguero Harold Cárdenas, en un tema como “Ser revolucionario hoy”, me pareció que había sido convocado a un espacio en el que no podría ser muy útil, teniendo en cuenta el calibre del panel. Accedí, no obstante, como quien necesita rezo de su propio credo. Más presto a escuchar y aprender que a alegar.

Pude no obstante expresar, porque así lo creo profundamente que ser revolucionario ayer, hoy y mañana, según entiendo será aquel capaz de sentir una eterna inconformidad con cuanto injusto, torcido, mediocre, incompleto, egoísta y enajenante campee sobre la tierra, haciendo algo en concreto para corregirlo o erradicarlo, tratando de no incurrir para ello en mayores despropósitos. Por supuesto que esto se dice fácil.

Mas atendiendo a que no todos los seres humanos serán revolucionarios, pero obviamente, todos los revolucionarios somos Homo-sapiens con toda la imperfección intrínseca de la especie creo que siempre habrá intermitencias en la intensidad de esa condición.

Las actitudes revolucionarias pueden darse por entusiasmo, por circunstancias, por conveniencias. Pero los revolucionarios por convicción son como las raíces de los árboles. No siempre se ven, pero son los verdaderos motores de la historia. Aunque les califique de convencidos, más bien andan en batalla interna entre las certezas, las dudas y las contradicciones; en análisis innato y perpetuo en busca de las mejores conclusiones posibles para resolver o acorralar anomalías sin importar el alcance de las mismas (familiares, sociales, nacionales o globales). Casi siempre abrazan las causas hasta las últimas consecuencias, con vientos a favor o en contra. Y aunque son los que más sufren, en el fondo son los más felices: tienen el privilegio de tener un incombustible sentido para sus vidas.

Si algo defiendo, es la capacidad de los hombres y la sociedad para renovarse. Así como creo en el mejoramiento humano porque lo he experimentado en mí mismo y en el desarrollo de mi propia familia que como la de muchos cubanos pasaron de abuelos iletrados a nietos universitarios.
Creo necesaria la renovación de algunas instituciones u organizaciones. “Sé desaparecer”, decía Martí y no era una frase suicida. ¿Sabrán desaparecer las organizaciones que ya cumplieron la labor para la que fueron creadas? No hablo de deshonrar lo que nos ha hecho fuertes. Hablo de refundar con herencia histórica. Hablo de armarnos de nuevas herramientas de convocatoria y participación. Hablo de crear sin miedo, de ir a la ofensiva y no esperar a que el enemigo mueva sus piezas para innovar a fuerza de contingencia.

A modo de ejemplo creo que la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) pudo evolucionar a la UJC. Y a nadie caben dudas de que ambas fueron necesarias y acapararon el deseo y la voluntad de los mejores hijos de esta tierra. ¿Sucede lo mismo hoy con una UJC que al contar su historia casi esconde las fotos del 90 por ciento de sus primeros secretarios? Lo semántico y lo simbólico también son parte de la batalla. Puede servir la enseñanza del atleta que se retira a tiempo antes de destrozar su gloria y pasa a entrenar nuevos talentos prometedores.

Comparto a diario la vida con algunos compañeros a los que el término “Revolución” ya nada les dice. No faltan razones. Maltratado por el paso del tiempo, lastimado por inconsecuentes que invocaron ser y hacer lo que a la larga ni era cierto, ni era útil. O en su defecto atestiguar la caída de buenos por algún traspié, sin opción de renacimiento. Desgastado por más de veinte años de ver a partidarios de a pie padecer desdichas en el plano económico. ¿Quién no fue testigo de algo así en la Cuba nuestra? No es casual que un revolucionario lúcido, ético e imperfectamente humano (por lo que más admirable), como Silvio Rodríguez, llame a su espacio digital Segunda Cita: Blog en evolución. Silvio, comunicador medular, toma una ligera distancia del termino Revolución, como estrategia circunstancial para defender lo que lo hermana con Martí.

Estos compañeros de los que les hablo prefieren autoproclamarse cívicos, “amigo de los amigos”, ciudadanos del mundo, decentes. A veces creo que no ven que la suma de estas categorías son consustanciales al revolucionario.

Sin embargo, cuando una fétida afrenta hace aparición, les he visto saltar por el resorte de su propia sensibilidad. No es la apatía y el egoísmo la norma. Entonces cavilo que sin dudas no se llegó a construir al hombre nuevo, pero poseemos profundos síntomas. Algo se ha logrado en materia de generar un imaginario popular que define lo justo, lo bueno, lo noble con lo esencialmente socialista.
Por eso, asistí a este encuentro para empaparme de la teoría más alta y salir a ejercitarla, a fecundar hechos que me califiquen como lo que creo ser. A actuar como tal en cada plano de la vida privada y pública. Cumplir con lo que me toca. Luego dar cuanto pueda más. Esa es la única manera que conozco de ser revolucionario. Todo lo demás me parece una aberración del término.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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