Testimonio de Alfredo Guevara

Marta Rojas

Juventud Rebelde, 25 de julio de 2013

Lo que hubo detrás de un breve fragmento que forma parte de mi libro El juicio del Moncada, motivó esta entrevista testimonial realizada a Alfredo Guevara Valdés, con motivo del aniversario 50 del 26 de julio de 1953.
Dice el fragmento: «A raíz del 26 de julio de 1953, los cuerpos represivos de la tiranía detuvieron y encarcelaron a algunos compañeros de Fidel, quienes habían sido o eran dirigentes del estudiantado, así como a otros aún activos en la FEU, vinculándolos a la acción del Moncada, entre ellos a Álvaro Barba, Joaquín Peláez, José Hidalgo Peraza, Armando Comezañas, Fidel González y Alfredo Guevara. Estos fueron remitidos al vivac ubicado en el Castillo del Príncipe y luego se les puso a disposición del Tribunal de Urgencia de La Habana, donde fueron juzgados el 14 de agosto, asumiendo la defensa de ellos, entre otros, los jóvenes abogados Armando Hart Dávalos, Humberto Ramos y Eduardo Corona, quien asumió la defensa de Guevara».
El más comprometido era Alfredo Guevara por haber participado junto a Fidel y Baudilio Castellanos en varios actos de protesta —por ejemplo contra los marines yanquis que mancillaron la estatua de Martí—, entre varios más a lo largo de sus estudios universitarios. Sobre todo por su filiación comunista, como miembro de la Juventud Socialista, algo muy grave en aquella época del macarthismo y la cacería de brujas en EE.UU. y, por la dependencia existente, también en Cuba.
Guevara fue un testigo especial de qué ocurrió en La Habana, en relación con los jóvenes moncadistas y en particular con algunos tan comprometidos como Raúl Castro Ruz, quien al ser detenido y sin conocer el paradero de Fidel, asumió en el vivac de Santiago de Cuba toda la responsabilidad del asalto; y Pedro Miret, integrante de la Dirección del Movimiento revolucionario dirigido por el joven abogado, doctor Fidel Castro.
— ¿Qué ocurrió aquel día en La Habana? —le pregunté a Alfredo.
—Tengo que remitirme a las vísperas —dice—. Se me declaró lo que parecía ser un ataque de apendicitis y me ingresaron en la Clínica del Estudiante del Hospital Calixto García. El compañero que tenía que acompañarme la primera noche era Raúl, Raúl Castro, pero mi acompañante fue llamado por Fidel: «Vuelvo», me dijo, pero no volvió. Como yo estaba enterado de que algo se fraguaba, sin saber qué era exactamente, pues el secreto Fidel lo guardó muy bien, como el buen conspirador, decido llamar a Pedrito Miret, quien también fue llamado por Fidel. Así que abandoné inmediatamente el Hospital.
—¿Y luego qué pasó?
—Salto detalles que no tienen mayor importancia: estamos ya en el día 26 de julio, corrían rumores y noticias ciertas sobre el asalto, el ambiente en La Habana estaba enrarecido, crispado, como si se avecinara una tormenta o estuviéramos dentro de ella, pero era algo sordo, y lo primero que hice fue dirigirme a la casa de huéspedes donde vivían Raúl y Pedrito, la cual yo visitaba con mucha frecuencia.
«Registré la habitación y saqué documentos o papeles que pudieran ser comprometedores, de cualquier tipo, incluyendo libros y folletos marxistas, esos en primer lugar. La habitación de Léster Rodríguez también era peligrosa y la requisé. La policía hizo registros, pero no encontraron nada. Recordé, después de haber vaciado de documentos y libros marxistas la habitación de Raúl, algo importante, salí y al poco rato regresé y fui directamente a registrar un travesaño que había en la pared donde él acostumbraba a enmascarar cosas. La policía ya había estado dentro, según me dijo la dueña de la casa de huéspedes, pero pasaron por alto el travesaño y logré sacar lo que Raúl tenía guardado allí».
—¿Y los políticos de la oposición cómo actuaron, qué pensaban en La Habana?
—Desde hacía tiempo los políticos de la oposición no miraban con buenos ojos a Fidel. Lo veían como lo que él era y es: un adversario muy fuerte. Ellos tenían demasiadas ambiciones y tuvieron que comprender que la acción que había llevado a cabo ese joven les hacía daño. Con respecto a Fidel existía, de parte de ellos, un sentimiento de temor o envidia, aun antes de los hechos del Moncada, incluso entre los políticos decentes de su propio Partido.
Alfredo Guevara vivía en una casa de la calle Churruca, en el Cerro, pero empezó a moverse por distintos lugares después de estos allanamientos. Había actuado con suma rapidez y audacia y pensaba que no podían encontrarlo, pero la policía detuvo a un magnífico compañero de la Universidad a quien le decomisaron una pequeña libreta en la cual tenía nombres y datos de otros compañeros y desde ese momento se incrementó la cacería. A los pocos días detuvieron al grupo completo, que sería juzgado. Ya había pasado la gran tensión de las primeras horas después del 26 y a ellos los remitieron al vivac del Castillo del Príncipe y no al Moncada. En realidad tampoco pudieron encontrar la más mínima prueba de conexión, a no ser algunos nombres de la libretica del estudiante.
—¿Y tú no tenías libretica?
—Sí, y me la comí hoja por hoja. El cartón de la cubierta lo rompí en pedazos muy pequeños porque no podía tragármelos.
Acerca de cómo se sentía anímicamente, se expresó Alfredo de este modo:
—El 26 fue terrible. Solo pensaba en Fidel. ¿Qué podía ser de él? Éramos muy amigos. Él, «Bilito» Castellanos y yo, también Pedrito y otros compañeros. Nos veíamos mucho al lado del cine Infanta, en varios lugares. Imaginarme que Fidel no sobreviviera, fue espantoso. Fidel sabía, como lo sabe hoy, resolverlo todo. En las manifestaciones estudiantiles, antes del Moncada, su grupo hacía funciones de custodia de los demás estudiantes y del pueblo en general, con una disciplina admirable. Era el compañero capaz de actuar y salvar cualquier artimaña o peligro.
«Recuerdo que en una ocasión había un mitin organizado por la FEU y la dirigencia no quería que él hablara. Nombraron como a 11 oradores, menos a mí —¡el comunista!— y a Fidel, que estaba dispuesto a hablar de todos modos. Él me visitó y vio sobre mi mesa un grupo de papeles que acababa de escribir. Le dije de qué se trataba: eran los discursos que iban a pronunciar al menos nueve de aquellos jóvenes muchachos, como éramos todos, de la FEU. Yo mismo les había escrito los discursos, porque en realidad ellos no tenían la capacidad de abordar los temas apropiados para levantar a la masa estudiantil. Fidel habló de todos modos en el acto, de la manera que lo hace él. Y nueve oradores más hablaron por mí, quiero decir por nosotros, con nuestras ideas. Así eran las cosas de Fidel».
Amigos muy cercanos de Fidel, compañeros de la Universidad y de la vida cotidiana con los que compartía ideales, no participaron en la acción del Moncada. En el juicio quedó claro que incluso la mayoría de los convocados a la lucha solo conocieron donde ocurriría la acción para la cual se habían entrenado, cuando ya estaban reunidos en la granjita de Siboney.
En la composición del contingente que integró aquella vanguardia armada primaban jóvenes prácticamente anónimos; por lo cual podían pasar inadvertidos para la policía, posiblemente a excepción de Fidel y quizá algún otro habría salido en la prensa alguna vez. Eso facilitó en gran medida el éxito de su traslado del occidente al oriente del país, y que no fueran detenidos por las fuerzas represivas antes de la acción. Al menos que se conozca, muy pocos, como Abel Santamaría, tenían un expediente policiaco, en su caso por «desacato y clandestinaje de impresos». Por otra parte, el único santiaguero residente en esa ciudad que conocía de la acción era Renato Guitart, que no despertaba sospecha dado el hecho de que trabajaba con su padre, propietario de un próspero negocio como armador de buques.
En cuanto a los jóvenes vinculados a él en la Universidad, es interesante traer a esta entrevista la pregunta y respuesta de Fidel al fiscal del juicio:
—Dígame, doctor Fidel Castro, ¿la FEU, Federación Estudiantil Universitaria, tuvo intervención en el ataque al cuartel Moncada?
—No como organismo, no como institución —respondió Fidel, lo que suponía que, individualmente, la aceptación de la posible lucha armada sí existía.
Alfredo Guevara, fichado en centros represivos, no podía pasar inadvertido.
—¿Pero tú eras comunista, de la Juventud Socialista? —le repregunté a Alfredo.
—Sí, pero me convertí en fidelista y participaba en la ortodoxia; iba a las transmisiones de radio de Chibás. Nunca faltaban, al igual que Fidel, Conchita Fernández y Max Lesnick.
—¿Y después del Moncada?
—Hay un después, pero había olvidado algo importante de aquel día 26 de Julio. Me dirigí a la librería del Partido Socialista Popular en la calle Carlos III, porque Fidel y yo habíamos comprado allí libros a crédito, y en el libro de registro de venta de la librería estaban los nombres del doctor Fidel Castro y el doctor Alfredo Guevara, aunque yo no era doctor. Pensé que tenía que hacer desaparecer ese libro pues, entre los volúmenes que él quería leer había uno muy peligroso que trataba de la guerrilla de la Unión Soviética contra los nazis; pero como aquel lugar casi había sido desbaratado no encontré el libro de cuentas y créditos. Nunca apareció, afortunadamente. Tú cuentas cómo se esgrimió en el juicio, en contra de los asaltantes, el hecho de haber aparecido un libro de Lenin con la firma de Abel. Si hubieran detectado el de las guerrillas habría sido terrible.
«En cuanto al después, te diré que el día del juicio nuestro en La Habana, colocaron a cada lado del pasillo de la Audiencia —que estaba a un costado del palacio del Segundo Cabo— sendas filas de soldados y al pasar entre ellos cada uno nos daba una patada en el trasero. Finalmente salimos absueltos, incluso yo fui absuelto porque el doctor Corona, mi defensor, era un formidable abogado. Y cuando ya Fidel estaba en la prisión de Isla de Pinos, el doctor Emilio Roig de Leuchsenring me ayudaba a comprar y mandarle libros a Fidel; era insaciable su sed de lectura.
«Lograda la amnistía por ese fuerte movimiento Pro Amnistía que se desarrolló, luego de la impresión clandestina de La Historia me Absolverá, lógicamente fui a ver a Fidel a la casa de su hermana Lilia Castro Argote, que era como una madre habanera, tanto para él como para Raúl, pero no pude entrar al apartamento, aunque esperé pacientemente mi turno, pues había mucha gente. Sin embargo el destino me deparó muy pronto un momento realmente extraordinario. Estaba yo caminando cerca del Instituto del Vedado, Fidel me ve, sale del carro, me abraza y preocupado me pregunta algo impresionante: “¿Te han hecho sufrir mucho, Alfredo?”.
«Se me salieron las lágrimas, como me está ocurriendo ahora, si no fueras tú, que te conozco y hay confianza, me moría de vergüenza: ¿Cómo era posible que un hombre como él, que había sufrido prisión en solitario en Isla de Pinos, que fue vejado, calumniado en la prisión; que había sufrido la muerte de tantos compañeros, que había estado preso, me preguntara a mí, un simple compañero militante: “¿Te han hecho sufrir mucho”?, aunque él supiera lo difícil que era entonces tener el “sello” de comunista. Eso define la personalidad de Fidel. Él es el dirigente firme, decidido, valiente, pero profundamente humano y sensible. Él puede haber variado en su exterior, o exteriormente, pero es el mismo Fidel, todos cambiamos físicamente. Pero yo que lo conozco desde que éramos unos muchachos estudiantes, sigo viendo en él a aquel mismo joven, de ideas frescas y de un humanismo, profundo».
Trato de romper en el entrevistado y amigo su tensión. Le recuerdo que hay algo inconcluso: ¿Y la operación de apendicitis?
Alfredo sonríe.
—¿La operación de apendicitis? Esa nunca me la hice; parece que no era dolor de apendicitis. En ese tiempo tú sabes que se usaba operarse de apendicitis. Pero lo que quiero decir es que, como ellos mismos temían, todos los políticos de entonces perdieron la partida frente a Fidel. Fidel ganó y ganó el país. Tenía que ganar; sabía hacer las cosas mejor que todos ellos, incluyendo a los más honestos.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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