¿Qué cambia en la política actual de los Estados Unidos hacia Cuba?[i]

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Por Carlos Alzugaray Treto[ii]

Ante todo quiero agradecer a la Asociación Hermanos Saiz y personalmente al colega Elier Ramírez por la cordial invitación para intervenir en este debate junto a dos grandes amigos y especialistas, Jesús Arboleya y Esteban Morales. El tema al que se nos convoca a dialogar con jóvenes intelectuales es de vital importancia para nuestro país.

Parto de la idea central que está en el interés de nuestra nación lograr una modificación radical en nuestras relaciones con Estados Unidos sobre la base de varios principios esenciales del derecho internacional, refrendados por la Carta de las Naciones Unidas, documento del que ambos Estados son signatarios:

  • el de la igualdad soberana,
  • el del respeto recíproco por la independencia y la seguridad de ambos,
  • el de la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones,
  • el de la negociación pacífica de las diferencias entre Estados, y
  • el del beneficio mutuo en las relaciones entre países vecinos.


Cuando alcancemos este objetivo podremos decir que hemos llegado a una normalización de las relaciones bilaterales cubano-estadounidenses. Subrayo que no digo “si alcanzamos”. Digo “cuando alcancemos”. No soy del criterio, bastante común entre nosotros, que la posición de Estados Unidos fue, es y será eternamente la misma por razones teleológicas y que la normalización es una quimera inalcanzable. Por el contrario, creo que es lograble y deseable.

De inmediato, aclaro dos puntos normativos. Primero, normalización no significa ausencia de conflicto. Todas las relaciones internacionales contienen al mismo tiempo conflicto y cooperación. A veces predomina el conflicto, como es el caso en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. A veces predomina la cooperación, como es la situación entre Estados Unidos y Canadá, por poner sólo un ejemplo. Pero hay espacios de cooperación en la relación entre Washington y la Habana: en temas migratorios, lucha contra el narcotráfico o seguimiento de huracanes. Como hay espacios de conflicto en la relación entre Washington y Ottawa: cambio climático, comercio, inversiones. Lo que caracteriza una relación normal es que ambas partes se atengan a determinados principios que sirvan para fomentar la cooperación y reducir el conflicto a niveles mínimos razonables.

Ello, por supuesto, requiere confianza mutua, una situación que parece imposible en la relación con Estados Unidos, por razones bien justificadas del lado cubano. Por lo general, no confiamos en nada que haga Estados Unidos.

Segundo, Cuba puede mantener relaciones normales con países desarrollados aliados de Estados Unidos, incluso con países o grupos de países que aspiran también a cambios de carácter capitalista a Cuba. Tal es el caso, por ejemplo, de Canadá y de varios gobiernos europeos y de la Unión Europea en su conjunto, aunque hay que reconocer que la política europea en ocasiones se ha acercado a la norteamericana, no así la canadiense, que por lo general ha sido respetuosa del principio de igualdad soberana y de no injerencia. Más allá de las diferencias; más allá de algunas políticas intrusivas de la Unión Europea; y más allá de algunas “irritantes” en los vínculos con el propio Canadá, se ha sabido negociar y mantener los vínculos en los ámbitos del comercio, las inversiones y el turismo. El caso canadiense quizás es paradigmático en este sentido. Aún cuando han existido cambios de gobierno en Ottawa y en largos períodos han dominado en el mismo grupos políticos conservadores, como es el caso actualmente, Canadá sigue siendo nuestro primer socio turístico, nuestro segundo socio en inversiones y nuestro cuarto socio en el comercio.

La política de Estados Unidos hacia Cuba es el principal obstáculo para que logremos alcanzar la normalización deseable. Es una política que ha tenido un alto grado de continuidad a lo largo de los 54 años transcurridos desde el triunfo de la Revolución. Esa continuidad está dada por la persistencia de los mismos objetivos y, esencialmente, los mismos instrumentos. Los objetivos han sido dos. El primero y más importante, derrocar al Gobierno que se estableció en Cuba a partir de 1959, que implicó la llegada al poder de un bloque histórico progresista y anti-imperialista, y revertir la Revolución que estableció en Cuba un nuevo orden social socialista. El segundo y sólo un poco menos importante que el primero, contener el ejemplo de Cuba y evitar su expansión al resto de América Latina y el Caribe. Estos objetivos se han mantenido inalterables con casi todas las administraciones, aunque habría que admitir algunos matices en el período de Carter.

Durante la administración del Presidente Obama no han existido cambios significativos en estos objetivos a pesar de que varios sujetos sociales y políticos lo han propuesto y de que el propio Primer Mandatario dio una señal positiva cuando propuso “un nuevo comienzo”, según frase bien conocida pronunciada en abril del 2009 en la Cumbre de las Américas de Trinidad Tobago, evidentemente presionado por los demás mandatarios de la región que han convertido en una prioridad lograr una normalización de las relaciones cubano-estadounidenses.

No obstante, vale apuntar un cambio de matiz. La retórica injerencista es menos aguda con Obama y se han descontinuado dos iniciativas totalmente atentatorias contra la soberanía cubana que fueron tomadas por la administración de George Bush: la creación de una Comisión para “Ayudar a una Cuba Libre” y del cargo de “Coordinador de la Transición Cubana” en el Departamento de Estado. Ha existido pues una desescalada que puede ser solamente cosmética pero que tendría también una posible interpretación de que la política se comienza a repensar a partir de su evidente fracaso, cosa que tanto el Presidente Obama como la Secretaria de Estado Hillary Clinton reconocieron durante el primer período presidencial que terminó en enero de este año. Los actuales Secretarios de Estado y de Defensa, John Kerry y ChuckHagel, son conocidos por ser partidarios de cambios en la política hacia Cuba.

Como dato interesante se puede señalar que en el pasado, la página web de la Sección de Intereses de Estados Unidos definía la misión principal de la misma como “la promoción de una transición democrática en Cuba.” Esa definición, prepotente y arrogante, se ha transformado en una formulación más matizada y su sentido injerencista es más sutil y matizado. Dice así:“Las funciones de la USINT son similares a las de cualquier presencia de E.U. en el exterior: servicios consulares, una sección política y económica, un programa de diplomacia pública, y un procesamiento de refugiados único para Cuba. Los objetivos de la USINT en Cuba son el acatamiento de la ley, derechos humanos individuales y sistemas económicos y de comunicación abiertos. Las relaciones bilaterales están basadas en los Acuerdos Migratorios destinados a promover una migración segura, legal y ordenada, el acuerdo sobre las Secciones de Intereses y en esfuerzos por reducir el crimen y los narcóticos.”

En cuanto el segundo objetivo, la contención del ejemplo de Cuba, la situación ha cambiado radicalmente. En las décadas de 1960, 1970, 1980 y 1990, Estados Unidos logró derrocar o revertir cualquier proceso parecido al cubano, ya fuera un Gobierno electo como el de la Unidad Popular en Chile; o gobiernos revolucionarios que llegaron al poder por el derrocamiento violento de sus regímenes pro imperialistas, como fueron los casos de Granada y Nicaragua. En la actualidad, esa posibilidad se le hace a Washington más difícil, sino prácticamente imposible, debido al cambio en las correlaciones de fuerzas entre el bloque histórico popular progresista y el bloque histórico oligárquico pro-imperialista en América Latina y el Caribe.

Para la consecución de los objetivos propuestos, la política estadounidense hacia Cuba se ha enrumbado históricamente por varios carriles o vertientes. El más peligroso ha sido aquél que se relaciona con acciones violentas contra nuestro país, desde la posibilidad de una invasión militar de nuestro territorio que, si bien no se ha materializado, ha constituido una coerción latente por la posibilidad del uso de la fuerza hasta la promoción de actividades terroristas. Algunas administraciones, sobre todo republicanas, han dado muestras de estar dispuestas a usar la fuerza militar directa y abiertamente. Esta coacción de carácter bélico tuvo sus momentos culminantes en los períodos de 1959 a 1962, de 1980 a 1984, de 1989 a 1993, en 1996 y en el 2003-2009. Este medio no ha tenido continuidad por varias razones: percepción de los costos y beneficios debido a las políticas seguidas por Cuba; materia de seguridad y de alianzas internacionales; situación mundial; presencia o no de elementos extremistas de derecha en las administraciones norteamericanas.

En general, teniendo en cuenta que Estados Unidos no es un actor racional único, se puede afirmar que las administraciones republicanas han sido más propensas a usar políticas coercitivas que las demócratas, que han preferido otras opciones. En este sentido la administración de Obama ha sido coherente con sus predecesores del mismo partido, como lo demuestra el reciente caso del carguero norcoreano detenido en Panamá. Con un republicano en el poder, probablemente hubiéramos oído el sonido de los sables de la guerra, mientras que la administración Obama le ha restado importancia pública al hecho.

Por otra parte, con Obama se han mantenido o incluso fortalecido los elementos de cooperación que existen entre ambos gobiernos en el terreno de la seguridad: inmigración, lucha anti-drogas, medidas de confianza mutua en los alrededores del territorio ilegalmente ocupado de la Base Naval de Guantánamo, y enfrentamiento a desastres naturales, sobre todo huracanes. Un ejemplo reciente de carácter positivo es que ambos gobiernos llegaron a acuerdos de cooperación en el tema de desastres petroleros en el Golfo de México en el marco de un acuerdo multilateral con los gobiernos bahamese y mexicano. Se contempló, incluso, una cooperación puntual en las acciones de ambos gobiernos frente a la tragedia del terremoto en Haití, que fracasó por no existir un entorno adecuado para lograrlo.

En materia de seguridad hay asuntos graves pendientes: la larga condena a nuestros cinco agentes anti-terroristas, considerados por nosotros como héroes de la nación; y el mantenimiento de Cuba en la lista de estados terroristas, con todo lo que ello implica. Pero esencialmente, podemos hablar de una situación de paz que se debe esencialmente a la inteligencia y esfuerzo desplegado por el Gobierno cubano en su política de seguridad nacional. Si no hubiéramos tenido esa política inteligente, serena y firme, podríamos haber corrido un destino parecido al de Afganistán, Irak o Libia. Así pareció en el 2003, aunque ya han pasado 10 años desde entonces. En el 2006, cuando la renuncia del compañero Fidel se oyeron llamados a la acción en Miami y fue el propio Presidente Bush quien llamó a la tranquilidad. Probablemente los últimos intentos serios de amedrentar a Cuba militarmente datan de 1992 cuando se efectuaron los ejercicios militares Global Shield. Podemos decir, entonces, que en este terreno la política hacia Cuba cambió hace 20 años. Pero insisto, ello se debe a que Cuba aplicó una política de seguridad nacional efectiva.

Hay que subrayar que la política estadounidense de hostilidad y agresión implacable de los años 60 es la causa directa de las acciones terroristas contra Cuba que tuvieron su momento culminante en los 70, 80 y 90, aún cuando ellas no hayan sido directamente ordenadas desde los más altos niveles del gobierno norteamericano. Se puede asumir sin temor a equivocarse que los grupos de terroristas contrarrevolucionarios con sede en Miami se han alimentado constantemente del clima de impunidad creado por aquellas acciones que la CIA organizó por órdenes superiores, como lo demuestran las revelaciones de la Comisión del Senador Church en 1977. Sólo el terrible atentado terrorista del 11 de septiembre del 2001 ha hecho que el gobierno de Estados Unidos, en función de intereses propios, haya colocado ese tipo de crimen internacional en una prioridad, lo que le obliga a otra actitud. Claro está, esa situación ha creado otros problemas sobre los que no podemos extendernos.

El segundo instrumento o medio más importante utilizado por Estados Unidos contra Cuba, el del bloqueo económico, comercial y financiero, ha sido el de mayor grado de continuidad y se ha convertido en el símbolo de la política hacia Cuba. Como se sabe, la lógica del bloqueo fue explicitada claramente en un documento secreto del Departamento de Estado de abril de 1960, hecho público en 1991. Se trataba de aplicar sanciones a Cuba para producir “el hambre, la desesperación y el derrocamiento del gobierno cubano”.

Implantado por el Presidente Kennedy en 1962, comenzó a reducirse levemente a partir de 1975 hasta que se fortaleció nuevamente en 1992 y 1996 con las Leyes Torricelli y Helms-Burton respectivamente. Aunque fue bajo el Presidente Ford que se inició este breve período de flexibilización, al permitir que las subsidiarias de empresas norteamericanas en terceros países comerciaran con Cuba, fue el Presidente Carter quien más lo redujo al permitir los viajes de ciudadanos y residentes en Estados Unidos a la Isla. Como se sabe, esta medida duró poco porque bajo el Presidente Reagan se restableció la prohibición bajo la fórmula de prohibir gastar dinero en Cuba. Tanto el Presidente Clinton como el Presidente Obama han tenido políticas de flexibilización de los viajes, aunque corresponde al segundo el mérito de liberar totalmente los de ciudadanos o residentes cubano-americanos y del envío de remesas por parte de estos últimos.

Sin embargo, ya desde el 2001, como consecuencia de la Guerra Global contra el Terrorismo lanzada por Bush y modificada en algo por Obama, se comenzaron a aplicar a Cuba sanciones adicionales por estar incluida injustamente en la lista de Estados promotores del terrorismo. Muchas de las medidas tomadas recientemente por el Departamento del Tesoro contra entidades financieras y bancarias por llevar a cabo transacciones que son perfectamente válidas, legales y legítimas no se deben sólo a las Leyes Torricelli y Helms-Burton sino a la injusta designación de Cuba como Estado promotor del terrorismo. A pesar de que la retirada de esta lista ha sido demandada por importantes sectores de la sociedad norteamericana, la administración del Presidente Obama no ha dado el paso que, con muy bajo costo político, podría abrir el camino a una mejora de las relaciones y le restaría a los elementos más duros un argumento importante para impedir negociaciones entre ambos gobiernos más sustanciales que las que han existido hasta ahora.

Estos sectores más opuestos a la normalización de relaciones con Cuba, que son una minoría, se aferran al mantenimiento de los aspectos fundamentales del bloqueo entre otras cosas porque han logrado secuestrar la política hacia Cuba gracias a las leyes Torricelli y Helms-Burton, aprobadas ya hace más de veintiuno y 17 años respectivamente, sin que se haya demostrado hasta ahora que logran los propósitos que persiguen. Estas leyes incluyen uno de los aspectos más vulnerables del bloqueo, las restricciones (prácticamente prohibición) de los viajes de ciudadanos norteamericanos a Cuba.

Salvo en el tema de los viajes a Cuba de cubano-americanos, totalmente liberados, y de estadounidenses, flexibilizados limitadamente, el Presidente Obama no ha cambiado nada esta política, que tanto daño causa al pueblo cubano. Por el contrario, por momentos, debido a acciones realizadas por el Departamento del Tesoro sobre la base de que el país está en la lista de promotores del terrorismo, pareciera que el bloqueo se ha fortalecido aún con el Presidente Obama en la Casa Blanca.

El tercer carril o vertiente de la política hacia Cuba ha sido tradicionalmente el que se desarrolla en el terreno diplomático. Tiene dos aspectos: por un lado, en el plano bilateral, negarle legitimidad al gobierno cubano absteniéndose de extenderle reconocimiento oficial, rehusando cualquier negociación sobre temas de interés mutuo y absteniéndose de establecer relaciones normales a nivel de Embajadas; y, por el otro, aislar diplomáticamente a la Habana, oponiéndose a la inclusión del país en cualquier mecanismo de negociación multilateral, como fue el caso de la OEA en la década de 1960.

A tono con ello, Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con Cuba en 3 de enero de 1961, apenas unos meses antes de la invasión de Playa Girón. No fue hasta 1975 que Washington admitió lo que era obvio, la necesidad de mantener algún diálogo directo con La Habana. La solución de este problema se produjo en septiembre de 1977, 8 meses después de la toma de posesión del Presidente Carter, en que ambos países decidieron establecer Secciones de Intereses en las capitales respectivas con el objetivo de viabilizar las relaciones en varios terrenos, entre ellos, las consulares. No cabe duda que esta decisión tenía como principal propósito común de ambos gobierno avanzar hacia la normalización de las relaciones. Se llegaron a acuerdos importantes en materia fronteriza y de inmigración.

Los sectores de derecha tanto norteamericanos como cubano-americanos se han opuesto siempre a esta relación y la han intentado torpedear en distintos momentos, sobre todo durante administraciones republicanas y particularmente en los primeros años de la administración de Bush Jr., quien nombró a James Cason al frente de la USINT con el evidente propósito de provocar una ruptura. En tal sentido vale recordar el Memorándum Baker de marzo de 1989, por el cual el Secretario de Estado entrante de la administración de Bush Sr., dejó claro que no se negociaría nada con Cuba que legitimara o beneficiara a su gobierno. Con ello quiso enfriar la expectativa que aparentemente existió entre algunos funcionarios del Departamento de Estado acerca de la posibilidad de negociar con Cuba distintos acuerdos después de la exitosa conclusión de las negociaciones poniendo fin a las guerras en África Sudoccidental, en las cuales ambos países participaron.

Bajo Bush Jr. también se suspendieron las conversaciones bianuales entre el MINREX y el Departamento de Estado establecidas en 1995 para revisar el cumplimiento de los Acuerdos migratorios. Ha sido el objetivo del gobierno cubano expandir estas conversaciones para avanzar en otros temas de interés mutuo como el terrorismo, el narcotráfico, y el medio ambiente. En esa etapa (2001-2009) se adoptaron medidas como las ya apuntadas (crear la Comisión para la Ayuda a una Cuba Libre y el cargo de Coordinador para la Transición Cubana dentro del Departamento de Estado) que inevitablemente afectaron la posibilidad de llevar a cabo un diálogo satisfactorio.

Bajo Obama, y este no es un cambio menor, se han restablecido las conversaciones que tuvieron lugar este año en Washington su más reciente ronda. En política, y sobre todo en diplomacia, los matices son importantes. Cuando comenzaron estas conversaciones, cuya sede se alternaba cada seis meses, los norteamericanos propusieron que las rondas en su territorio se realizaran en Nueva York y no en Washington. Desde el 2009, la sede estadounidense se ha trasladado a la capital federal, como debe ser.

No se ha eliminado, como Estados Unidos está obligado a hacerlo por la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas, base del acuerdo para el establecimiento de las Secciones de Intereses, la función subversiva principal que tiene la USINT con distintos grupos que aceptan ser sus amanuenses dentro de Cuba. En este punto, conviene apuntar que el gobierno norteamericano comete un error de gran envergadura pues genera desconfianza a sus representantes en la Habana y tergiversa la imagen que sus diplomáticos reciben sobre la realidad cubana.

La vertiente diplomática multilateral tuvo un éxito inicial parcial y por tiempo limitado. En la década de 1960 a través de todo tipo de presiones, que incluyeron golpes de estado militares de derecha, Washington logró que todos los países entonces independientes en el hemisferio occidental rompieran relaciones con Cuba, con las bien conocidas excepciones de Canadá y México. Este aislamiento oficial de la Isla duró poco; para la década de 1970 se inició un proceso de restablecimiento de las relaciones normales en distintas variantes, comenzado por los gobiernos de Panamá, Perú y Chile y seguido decididamente por el establecimiento de vínculos diplomáticos completos con los países recién independizados del Caribe en 1972.

Contra toda lógica y contra sus propios intereses, Washington persiste en pretender que Cuba debe ser excluida de cónclaves tales como la Cumbre de las Américas o la OEA. Los ejemplos más recientes ocurrieron en las citas cimeras de Trinidad Tobago en el 2009 y de Cartagena, Colombia, en el 2012 y en la Asamblea General de la OEA de San Pedro Sula en el 2009. Aunque Obama persiste en este propósito, enfrentará una mayor resistencia de los gobiernos de la región que han elegido a Cuba como Presidente Pro Témpore de la recién creada Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC) y han sido convocados para la Cumbre anual de la organización en la Habana en enero del 2014. Dos acontecimientos contemporáneos ponen de relieve que, en lo que a Cuba respecta, Estados Unidos está aislado en su región: el proceso de negociaciones de paz entre el gobierno de Colombia, un aliado de Estados Unidos, y las FARC aquí en la Habana y la próxima inauguración, por los Presidentes DilmaRusef y Raúl Castro, del primer tramo de la vasta co-inversión cubano-brasilera en el proyecto de Zona Industrial y Terminal de Contenedores de Mariel. Ambos acontecimiento fortalecen aún más la posición de Cuba en el continente y trasciende la relación estrecha con los países del ALBA que acaban de terminar su más reciente reunión cimera en Guayaquil.

La cuarta vertiente o carril es la que tiene que ver con el intercambio entre ambas sociedades a nivel personal pero también a nivel cultural, educacional, científico y académico. En esta vertiente Estados Unidos ha tendido a privilegiar aquellas medidas encaminadas a la subversión del sistema político cubano. Pero ello ha tenido una debilidad relativa con respecto a las demás por varias razones. En primer lugar por la fortaleza del nacionalismo cubano y de los valores de la cultura, la intelectualidad, la educación y la ciencia cubanas. El capitalismo que existía en Cuba, que es el que existe en muchos países hermanos, no es capaz de ofrecerle a los cubanos los beneficios que nuestro modelo, con todas sus insuficiencias y equivocaciones, es capaz de ofrecer en el terreno cultural, educacional y científico. Además, en la medida en que la actualización del modelo avance y produzca beneficios tangibles en el plano del nivel de vida y de los ingresos de la ciudadanía se reducirán las posibilidades de que avancen los proyectos subversivos que generalmente se alimentan de nuestras debilidades. Sembrar prosperidad y sustentabilidad, como se ha anunciado, desarticula los intentos subversivos y constituye su mejor antídoto.

La segunda razón está dada porque los sectores derechistas en Estados Unidos han preferido siempre la alternativa violenta o de las presiones económicas, lo que se ha alimentado porque en los períodos en que se ha priorizado el carril subversivo no se ha producido ninguna situación inmanejable. Estos sectores aspiran a una victoria total y no a compartir el poder, en el poco probable caso de que lo logren. Lo sucedido con la Ley Torricelli, cuando era aún un proyecto, es un ejemplo de lo que antecede. Pronosticada por sus promotores a bombo y platillo conque la misma tendría dos carriles, el de aumentar las presiones económicas contra el gobierno cubano, y el de ofrecer al pueblo cubano beneficios en una serie de terrenos; en su decursar por el proceso legislativo de aprobación se le fueron eliminando lo que constituía el llamado “Carril 2” dejándose fundamentalmente aquellos aspectos que hacía revertir los principales cambios de flexibilización aprobados durante la administración Carter, como el de permitir el comercio con subsidiarias de empresas norteamericanos en terceros países.

Bajo Bush Jr. se apropiaron importantes fondos para financiar a los llamados “grupos disidentes”, fondos que tienen su origen en determinados preceptos de la Ley Helms-Burton. Tanto Clinton como Obama han tratado de rescatar esta política subversiva sin mucho éxito. Como se sabe, varias instituciones norteamericanas han demostrado que estos fondos van a parar a organizaciones de derecha en Miami y el desastre por el caso Alan Gross ha demostrado que la inefectividad y riesgo de tales políticas. Tal es el caso de los programas de transmisiones radiales y televisivas hacia Cuba, cuyo impacto es exiguo a pesar de contar con abundantes fondos aportados por los contribuyentes norteamericanos.

Finalmente, cabría preguntarse si alguien en Estados Unidos puede creerse seriamente la idea de que lo cubanos somos tan ingenuos que podemos aceptar que Washington tiene intenciones inocentes y legítimas cuando mantiene un bloqueo económico, comercial y financiero asfixiante contra Cuba. El bloqueo es contradictorio con la política subversiva y esa contradicción no tiene solución.

Como se ha visto, los cambios en la política de Estados Unidos hacia Cuba han sido pocos, parciales y bien vulnerables. Al principio de la administración Obama, Washington logró dar la impresión de que cambiaba cuando en realidad varió muy poco. Como ha señalado muy inteligentemente el colega Embajador Ramón Sánchez Parodi, quien dirigió la Sección de Intereses de Cuba en Washington durante 12 años, lo que la administración ha hecho es una suerte de “Moon-Walking” al mejor estilo de Michael Jackson.

Pero no obstante, lo cierto es que hay variaciones o modificaciones, como se le quiera llamar y que, a pesar de lo tímidas que son, son pasos en la dirección correcta y acercan aunque sea mínimamente a la normalización como lo fue el anuncio de que los cubanos también podrán aspirar a visas de entradas múltiples de 5 años para visitas familiares o hacer turismo en Estados Unidos, como lo hacen ciudadanos de otros países. Claro, hay que ver cómo se materializa. Si esta facilidad se utiliza de una manera manipuladora y desbalanceada y ciertos cubanos son privilegiados mientras otros son discriminados por sus posiciones políticas, entonces se podrá concluir que es, ante todo, una maniobra de relaciones públicas.

Queda ahora desentrañar cuáles son las variables independientes que determinan que haya o no cambios y su proyección futura, a fin de escudriñarlos caminos que habrá que transitar para contribuir a que el cambio en la política, que es inevitable, se produzca en los mejores términos posibles para los intereses de la nación cubana. No es probable que esto vaya a pasar muy pronto pero algunas pequeñas señales pueden interpretarse como síntomas de un cambio paulatino. Por supuesto, debe tenerse en cuenta que Cuba no ocupa un lugar relevante en la política norteamericana, lo que beneficia a aquellos sectores que sí tienen la hostilidad hacia Cuba como una cuestión priorizada y están interesados en que no haya cambio positivo, ni normalización ni siquiera mejora.

La primera de las variables independientes está en la situación cubana y la percepción que de ella tengan los distintos sujetos sociales y políticos que tienen intereses en la relación con Cuba. Consolidarlas en el análisis es imprescindible porque ambas están interconectadas. Si se examina lo que ha pasado en las relaciones cubano-estadounidenses se puede comprobar que en aquellos temas en que se ha tenido éxito rotundo y ese éxito ha sido percibido realmente por la parte norteamericana, ello ha conducido a negociaciones y hasta el establecimiento de regímenes de cooperación funcionales a los intereses de ambos países. Hay dos ejemplos paradigmáticos de ello es el de las negociaciones para terminar los conflictos en África Sudoccidental que fructificaron en 1989 a finales de la administración Reagan, cuando los objetivos cubanos habían sido alcanzados; y los acuerdos migratorios que, después de varios intentos, pudieron negociarse y firmarse en 1995 con la administración Clinton, en términos que son prácticamente los que Cuba venía reclamando. En el primer caso, una vez establecida la efectividad de la ayuda internacionalista a Angola, a la administración Reagan, una de las más hostiles, no le quedó más remedio que negociar. En el segundo la crisis de los balseros del 1994 demostró fehacientemente que estaba en el interés de Estados Unidos establecer una inmigración segura, legal y ordenada, y que ellos sólo podía lograrse mediante un acuerdo entre ambos gobiernos.

En los dos casos el gobierno norteamericano de turno, uno republicano y otro demócrata, ignoraron las presiones de la derecha cubano-americana para llegar a acuerdos con Cuba que estaban en lo que percibían como los intereses del país, que, para ellos, no nos engañemos, son los intereses de la clase dominante.

La actualización del modeloeconómico que lleva a cabo el gobierno cubano tiene una importancia vital en este sentido. En la medida que esta política tenga éxito y nos haga avanzar por el camino de una sociedad próspera y sustentable, se caerá por su peso la percepción de que el modelo cubano es inviable y estimulará a aquellos sectores interesados en las relaciones económicas y comerciales con Cuba en incrementar su cabildeo para poner fin al bloqueo. Particular importancia tienen en este sentido las exploraciones petroleras y la puesta en marcha de la terminal de contenedores y zona industrial de Mariel, ambos temas que la clase dominante no puede ignorar.

Otra política cubana que indudablemente tendrá un impacto en la percepción norteamericana es la que ha sido recientemente discutida y anunciada en el Congreso de la UPEC. Tanto para los sectores dominantes como para los subordinados en Estados Unidos, la falsa unanimidad no es un síntoma de fortaleza. La apertura y discusión abierta de nuestras debilidades y de nuestros errores tendría un efecto positivo sobre la imagen de Cuba. Imagen que se fortalece con las visitas de ciudadanos norteamericanos a nuestro país. No es extraño que personajes como Marco Rubio o Ileana Ross tratan por todos los medios de impedir la expansión de los intercambios.

Entre los elementos que pesan negativamente en este terreno está la mentalidad, aún presente aunque está superada por las circunstancias, de que unidad es sinónimo de unanimidad y que discutir abiertamente los errores e insuficiencias de la política gubernamental debilitan nuestra sociedad. Es exactamente todo lo contrario.

Otro aspecto de esta temática es el de la llamada disidencia o, como se les llama en los documentos oficiales norteamericanos, “los activistas pro democracia”. Dentro de Cuba no cabe ninguna duda de su escasa relevancia. Pero a los sectores duros de la elite del poder en Estados Unidos, manipular y exagerar la importancia de estos grupos es una forma de legitimar, ante la opinión pública norteamericana, el apoyo a aquellos cubanos que serían más complacientes con los intereses de Estados Unidos y de sus actores económicos para abrir el país a un tipo de modelo de explotación periférico similar al que existía en Cuba antes de la Revolución. En el mejor de los casos, estos cubanos le prestan un flaco servicio al país pues dan una imagen que contribuye a fortalecer a aquellos que están en contra de un levantamiento del bloqueo. Si estuvieran realmente interesados en el progreso de Cuba, acompañarían sus críticas con rechazos a la injerencia norteamericana y a su principal instrumento, el bloqueo.

La historia de Cuba antes y después de la Revolución está llena de ciudadanos que pensaron que le hacían un favor al país y a sus estrechos intereses manteniendo un diálogo con funcionarios y miembros de la élite norteamericanos en el cual presentaban la visión del país que estos éstos querían oír y aceptaban una relación de subordinación. Washington no se opone al gobierno cubano porque haya más o menos democracia o más o menos protección de los derechos humanos, sino porque es un gobierno que defiende los intereses de Cuba ante todo, y no se pliega a las órdenes de Estados Unidos.

La segunda variable independiente es el posicionamiento de los distintos sectores con intereses en las relaciones con Cuba, siempre teniendo en cuenta que cada uno de ellos le da más o menos prioridad del tema de cambiar una política que está fracasada. Se pueden identificar cuatro grupos de actores en el tema cubano.

Se debe comenzar por el sector ultraderechista en las instancias del poder económico y político norteamericano y cubanoamericano. No porque sea el mayoritario, sino porque es el defensor de la política actual. Este sector tiene varias ventajas en su accionar respecto a Cuba. La primera y más importante es el alto grado de prioridad que le da al tema, especialmente entre los segundos, particularmente en el Estado de la Florida aunque también en Nueva Jersey. Cuentan con 3 y quizás 4 representantes, dependiendo de dónde se ubique al demócrata Joe García, y con tres senadores, Bob Menéndez, Marco Rubio y Ted Cruz, por cierto los únicos tres hispanos en esa instancia. Cada vez que el tema de Cuba se presenta en la agenda, estos se manifiestan en las posiciones más negativas.

La segunda ventaja es que lo único que tienen que hacer es defender la política vigente que, por añadidura, tiene sus elementos más duros en sendas legislaciones del Congreso norteamericano, las llamadas Leyes Torricelli y Helms-Burton. Ello hace que, a diferencia de otras políticas en materia internacional con otros países, con Cuba el Poder Ejecutivo tiene atadas las manos en un amplio abanico de medidas y no puede hacer modificaciones sin articular una coalición con sectores del congreso.

La tercera tiene que ver con el mantenimiento del gobierno de Cuba en la lista de Estados que patrocinan el terrorismo. Esta decisión tomada en 1982 se convirtió en un problema sumamente importante con motivo de la Guerra Global contra el Terrorismo desencadenada por la administración de George W. Bush y mantenida con pocas variantes por la de Obama. De la misma se deriva no solo la aplicación de sanciones económicas adicionales que sobrepasan a las que ya se aplican a Cuba sino algo muy importante desde el punto de vista del argumento político-ideológico, la utilización de la famosa frase propagandística de que “no se negocia con terroristas”. Cada vez que el Departamento de Estado o la rama ejecutiva tratan de hacer algo constructivo con Cuba, incluso en temas que son de interés nacional para Estados Unidos, surge de inmediato el argumento de la lista de estados terroristas.

Finalmente está lo que pudiéramos llamar el “síndrome de la fruta madura”. Las clases dominantes norteamericanas, tanto en su tendencia liberal moderada como en su tendencia neoconservadora extremista, tienen una marcada propensión a lo que el Profesor David P. Calleo ha llamado “la fantasía unipolar norteamericana”, o sea a ejercer una hegemonía absoluta sobre el resto de la Humanidad que, en el caso de Cuba toma la forma de un rechazo a aceptar que el pueblo cubano pueda tener un sistema económico y político producto de su propia autodeterminación.

El segundo y tercer sector que se manifiesta en el tema de las relaciones con Cuba considera que la actual política está fracasada y que hay que cambiarla, aunque la extensión del cambio es discutible. Esta posición recibe cada vez más adeptos. Sin embargo, hay una diferencia importante entre dos variantes de cambio. En la primera, que no se propone modificar un ápice los propósitos apuntados, lo que se persigue es abandonar los instrumentos más coercitivos (bloqueo económico, lista de estados terroristas e intentos de aislamiento diplomático) para privilegiar los medios subversivos, particularmente el acercamiento a determinados sectores de la sociedad cubana, que son considerados vulnerables a la influencia del capitalismo estadounidense. Estos grupos de poder se dan cuenta que el bloqueo particularmente hace imposible el funcionamiento adecuado y efectivo de la subversión. Muchas veces reclaman que Estados Unidos exija a Cuba concesiones que le posibiliten tener más acceso a cambio del levantamiento gradual y selectivo de las sanciones económicas, comerciales y financieras. Estos sectores parten del criterio erróneo que el capitalismo se impondrá como modelo a la larga. Otra característica de estos sectores es que pretende que el cambio sea lo más rápido posible. En la emigración cubana hay sectores que propician esta política como una forma de ganar espacios en Cuba.

La segunda variante de la transformación de las relaciones, que constituiría el tercer sector con intereses en Cuba, parte de la base que hay cuestiones más importantes que el cambio de régimen per se. No se trata de que rechacen una posible transición hacia el capitalismo en Cuba, sino que, aunque lo consideran deseable, lo más importante es ganar acceso a la economía cubana con el objetivo de obtener ganancias, ya sea del comercio, de las inversiones o del turismo. Incluso algunos argumentan que el cambio sucederá en el largo plazo. El foco a mediano término de este grupo es quitar las medidas coercitivas y normalizar relaciones. Argumentan tres intereses esenciales: la conveniencia de que Cuba se mantenga estable aunque sea bajo el actual gobierno pues consideran que es posible la inestabilidad si se provoca una transición desde afuera; el acceso al mercado cubano; y que la normalización de relaciones con la Habana ayudaría a la mejora de las relaciones con América Latina y el Caribe. Las prioridades de este grupo son eliminar a Cuba de la lista de estados terroristas, y acceder a la propuesta latinoamericana y caribeña de que el Presidente Raúl Castro participe en la próxima Cumbre de las Américas en Panamá en el 2015. Aunque la eliminación del bloqueo y la normalización de relaciones no son un objetivo inmediato, son partidarios de hacerlo paulatinamente sin exigir necesariamente medidas recíprocas cubanas, con el fin de liberalizar los viajes de norteamericanos a la Isla, de aumentar los intercambios y de modificar el actual régimen restrictivo de la interacción de las Secciones de Intereses en los dos países.

Finalmente, existe un sector minoritario que simpatiza con algunas de las medidas más importantes de la Revolución Cubana en materia social. Este grupo es partidario de la retirada de Cuba de la lista de Estados terroristas lo más pronto posible, del levantamiento inmediato del bloqueo, y del establecimiento de relaciones no solo diplomáticas sino de cooperación con Cuba en temas sociales. Esta posición tiene su principal sostén en sectores de la sociedad civil estadounidense, y en el “caucus afro americano” de congreso. Por supuesto, donde más influencia tienen estos grupos es en el Partido Demócrata, y particularmente en sus representantes en el Congreso.

La tendencia de las correlaciones de fuerza entre estos cuatro grupos marcha en una dirección contraria al primero y al segundo y favorable al tercero y el cuarto. Pero todo ello ocupa un lugar secundario en el debate interno político-ideológico norteamericano en que las fuerzas conservadoras y derechistas se han manifestado con más energía en un número de temas con mucha mayor prioridad. No obstante, vale apuntar que en las elecciones del 2012 el Presidente Obama logró reelegirse, derrotando así la ofensiva conservadora que tuvo como portaestandarte al republicano Mitt Romney, cuyas posiciones respecto a Cuba eran similares a las del primer grupo. Pero incluso en el Partido Republicano existe una tendencia libertaria que es partidaria de levantar el bloqueo y permitir los viajes de norteamericanos a Cuba por considerarlas cuestiones de principio filosófico de su agenda política: libre comercio y derechos civiles sin cortapisas. Ese sector ha hallado su portaestandarte en el Senador Rand Paul, uno de los posibles candidatos para las primarias del 2016.

Es importante destacar que el discurso “duro” contra Cuba ya no tiene el atractivo que tenía antes, ni siquiera en el estado de la Florida. Ello tiene que ver no sólo con las acciones de los políticos sino con cambios que se vienen produciendo al interior de ese estado, en que los cubano americanos pierden terreno con relación a otros grupos hispanos (puertorriqueños y dominicanos) al tiempo que se producen significativas variaciones sociológicas a su interior. Esta tendencia estará influida por las percepciones que se vayan formando acerca de los importantes cambios que tienen lugar en Cuba. Inevitablemente seguirá manifestándose una tendencia a posiciones menos duras hacia Cuba, una de las razones de la derrota del republicano de origen cubano David Rivera.

La tercera variable independiente que influirá sobre cualquier movimiento hacia Cuba, aunque con mucho menos importancia que las dos anteriores, tiene que ver con el contexto internacional. Todos los observadores coinciden en apuntar que el poderío norteamericano está en declive y que Washington se verá obligado a abandonar sus pretensiones hegemónicas unilateralistas. En consecuencia veremos un Estados Unidos que tendrá que aceptar más la opinión de otros actores de la política mundial. En este sentido vale apuntar la consecuente actitud de los gobiernos de América Latina y el Caribe, incluso de aquellos aliados de Estados Unidos, con respecto a Cuba, su colocación del tema como un asunto prioritario y sus crecientes demandas de que se levante el bloqueo y se normalicen las relaciones. La persistencia de la voluntad de China y Rusia, ambos miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, a mantener las mejores relaciones posibles con Cuba son un tercer factor internacional favorable. En cuarto lugar, se puede mencionar la posición de otros países del mundo afroasiático integrantes del Movimiento de Países No Alineados que son aliados de Cuba y votan consecuentemente en la ONU por la condena al bloqueo. Finalmente, la evolución favorable de la posición de la Unión Europea en su conjunto y el inicio de contactos con vistas a la negociación y firma de un convenio de cooperación con ese bloque en abril de este año en la Habana.Esto tiene que ver no sólo con el declive estadounidense sino con los éxitos de la diplomacia cubana.

En resumen, bajo Obama se han producido cambios pequeños, pero cambios al fin, en la política hacia Cuba. La mayor parte de ellos, aunque no se refieren al núcleo duro de las contradicciones pendientes, son pasos que inevitablemente habría que dar si se estuviera avanzando hacia la normalización. La normalización de relaciones no es probable en el corto plazo pero si es posible en el largo plazo, aun cuando persista un conflicto inevitable entre la voluntad hegemónica de Estados Unidos y la eterna aspiración soberana de la nación cubana. Las tendencias de las distintas variables independientes apuntan hacia el cambio. Antes que termine el actual mandato del Presidente Obama pudieran producirse otros cambios, entre los que habría que apuntar como trascendentes la aceptación de la participación cubana en la Cumbre de las Américas de Panamá en el 2015; flexibilización de las visitas de ciudadanos estadounidenses a la Isla; y retirada de Cuba de la lista de estados promotores del terrorismo.

Notas


[i] Intervención en el espacio Dialogar, Dialogar, convocado por la Asociación Hermanos Saiz en el Pabellón Cuba el 31 de julio de 2013.

[ii]Embajador, Educador, Ensayista. Doctor en Ciencias Históricas. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Temas. Correo electrónico: alzuga@cubarte.cult.cu.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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Una respuesta a ¿Qué cambia en la política actual de los Estados Unidos hacia Cuba?[i]

  1. Manigua dijo:

    Excelente intervención de Carlos, como siempre

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