Diez de octubre de 1868

Rolando Rodríguez

La pugna por el poder entre hacendados y terratenientes cubanos, de un lado, y el poder metropolitano y la oligarquía peninsular, del otro, constituía en la isla, a finales de la década del 60 del siglo XIX, solo parte de un conflicto generalizado. Los agravios que se acumulaban afectaban ya a toda la estructura de la sociedad cubana. En efecto, a la cerril intolerancia política, la falta de derechos, las arbitrariedades que tenían raíz en las facultades omnímodas y los abusos de orden policíaco de las autoridades, se añadían las restricciones al libre comercio, las violentas exacciones del fisco, la mezquina porción que le tocaba a Cuba de su propio presupuesto, los envíos de los “sobrantes” —previstos de antemano— a España y la exigencia de sobornos hasta del último covachuelista ante cualquier gestión oficial. Estos males, de una u otra manera, en un grado u otro, lo sentía en su carne cada cubano libre y, con más razón, quienes ni siquiera lo eran: los esclavos.

Para colmo, según cifras de la época, el 62 por ciento de los cargos estaba ocupado por peninsulares, pero faltaría apuntar que los destinados a los cubanos eran los de menor jerarquía y, por tanto, los peor remunerados.1 Por la peculiar concepción colonial, en aquella sociedad había casa de gobierno y cuartel donde no había escuela.

En particular, la clase de los hacendados y terratenientes cubanos tenía motivos más que sobrados en la balanza para romper con el régimen colonial. Ellos, casi sin interrupción, desde los tiempos de la subida al poder de Juan Álvarez Mendizábal, en Madrid de 1835, se habían visto atenazados por cuantas medidas económicas les había sido dable imponer a las autoridades españolas con el fin de extraerles hasta el último céntimo posible. Pero a pesar de todo, parecía que todavía la cuerda de los hacendados y terratenientes duraba para continuar resistiendo y no desear pelea. Podrían advenir la desaparición violenta de la esclavitud y, de esa forma, su riqueza.

Pero en grupos determinados, podían darse condiciones para la aparición de ideas democrático-liberales. Recuérdese que Carlos Manuel de Céspedes afirmó, una vez iniciada la guerra: “A mí, que en política pertenezco a la escuela avanzada del progreso, que estoy por todas las reformas que la filosofía y la experiencia recomiendan, que detesto los sistemas rutinarios y envejecidos que a despecho del siglo practican algunas repúblicas, que adoro el ideal posible de un gobierno demócrata radical, que en las instituciones liberales veo el principio salvador, a mi no me pueden espantar ideas de Bruto ni de Danton aplicadas a nuestra naciente República…”.2

La disparidad de las condiciones socioeconómicas y políticas entre las zonas del país, la occidental y la oriental, acentuada cada vez más desde mediados del siglo XIX, e incluso en su interior nada homogéneas, tenía amplio reflejo en las ideas de una pequeña y radicalizada parte de la clase de los hacendados y terratenientes de la zona centro oeste del levante de Cuba. Esas ideas eran parte de sus circunstancias características. Anclados como patriarcas en cantones de la zona, ayunos de poder político, bajo irritantes condiciones de exacción del sistema, que pagaban intereses más altos por la refacción de la zafra que sus iguales de occidente (donde la esclavitud era menos densa, su explotación menos intensa y demandante, y para todos se mostraba como un arma colonial, un freno al progreso, y se hacía odiosa desde un punto de vista moral; donde la autoridad tenía menos alcance por la ruindad de caminos, y había ausencia de peninsulares, raza encerrada esencialmente en las poblaciones de occidente), aquellos hombres, ganados por ideas liberales y democráticas, estaban determinados a lanzarse a la lucha.

Los negros y mulatos libres, una fuerza vigorosa hecha en el trabajo rudo que el blanco de zona urbana despreciaba, también sabían que ninguna equidad podían encontrar bajo el pendón de Castilla, y los esclavos, para nada una masa inerte, aguardaban exasperados la oportunidad para marcharse a un gran “apalencamiento”: el más formidable de todos, que les diera la oportunidad de gozar de la libertad. Esa era la comunidad dispuesta con su enorme potencial a plantarle cara a la metrópoli, y los hacendados y terratenientes que decidieron lanzarse a la lucha guiarían el conjunto, porque, a partir de intereses comunes a vastos sectores de la nación, hacían una propuesta revolucionaria que podía congregar a todos: independencia, libertad y abolición.

Indiscutiblemente, la diferencia en la población esclava, desde el Camagüey hasta el extremo oriental de la isla, permitía que el peso de las dotaciones no obnubilase en tan gran medida la conciencia de la clase de los hacendados y terratenientes de la zona oriental del país, como a la de sus iguales de occidente, para disponerlos a seguir cargando con el peso del régimen colonial. Por eso, podían mirar con mayor limpieza la situación. Hacia la fecha, mientras los esclavos del territorio al este del Jobabo eran aproximadamente 52 000 y los del Camagüey algo menos de 15 000, los de occidente montaban más de 300 000.3

Además, desde 1867, la crisis económica de ese año experimentaba sus peores resultados, y provocaba una situación de angustia y rencores adicionales. Un bayamés de tránsito por La Habana, en octubre de ese año, escribiría a un familiar: “El estado de esta ciudad es muy lamentable y cada día que pasa se vá poniendo peor: los grandes negocios, el alto comercio está moribundo y ha empezado el pánico, es decir la muerte: el Banco Español está quebrado de hecho aunque se hacen esfuerzos pa ocultarlo…”.4

Un hombre puede pertenecer a una clase, pero resultaría aberrante creer que cada uno debe ser un estereotipo de esta. En la isla había multitud de otros factores como para que una conciencia, una personalidad, pudiera asumir un papel distinto al que le correspondía teóricamente. La discusión puede ser infinita, los hechos no, y ahí están. En medio de la conspiración, uno de los gestos del riquísimo hacendado Francisco Vicente Aguilera probó la decisión que los conmovía, cuando trató de vender parte de sus bienes y entregar el resultado de las zafras de sus ingenios para poner ese caudal a disposición de la compra de armas, y después, ya en la manigua, Céspedes le remitiría miles de pesos suyos y hasta sus prendas de uso personal a Francisco Javier Cisneros, para la adquisición de pertrechos. Incluso, en una carta que le escribiría tiempo después a su hijo Oscar, al extranjero, cuando este le anunció su propósito de marchar a la manigua, le decía: “Yo hoy nada tengo: nada puedo mandarte. Estoy consagrado al servicio de mi patria y lo único que podré legarte, si muero, será mi bendición”.5

Candelaria, la hija de Pedro Figueredo, un abogado y rico hacendado, añadiría en cuanto a sus móviles: “Desde mi más tierna infancia estuve siempre oyendo expresiones de odio a la tiranía española, pues mi padre jamás pudo sobrellevar, en medio de sus comodidades, el yugo de la esclavitud”.6

Estas actitudes evidencian que, si en la decisión de insurgir contra España operó de manera innegable todo un conjunto de factores de carácter económico, que dieron como resultado una toma de conciencia de la contradicción esencial entre la evolución económica de Cuba y el régimen colonial y una percepción en los hacendados y terratenientes que tomarían las armas, de la situación desintegradora a que estaba sometido su patrimonio, también desempeñaron un papel razones de orden social, político, cultural, psicológico, ético y hasta de sentimientos y emociones. Como resultado de su ajuste se pondría en marcha el impulso de estos próceres, solo dispuestos a rendirse a la dulce tiranía de la patria. Cumplirían lo que Martí describió con palabra precisa y preciosa: “A muchas generaciones de esclavos tiene que suceder una generación de mártires. Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos. Verteremos la sangre que hicimos verter: ¡Esta es la ley severa!”.7

En julio de 1866, Francisco Vicente Aguilera había dado pasos para organizar la lucha. Para entonces, había constituido en la casa de Pedro Figueredo una logia masónica: Estrella Tropical no. 19, perteneciente al Gran Oriente de Cuba y las Antillas, y Aguilera fue elegido venerable maestro.

Una de sus decisiones fue extender la conjura y llevarla también a Camagüey, Las Villas y occidente. Podían contar con que en Puerto Príncipe se había fundado otra sociedad masónica perteneciente al Gran Oriente de Cuba y las Antillas, la logia Tínima, que dirigía Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, perennemente hostil al dominio de España.

Para sus fines, los orientales organizaron poco tiempo después otra logia más perteneciente al Gran Oriente de Cuba y las Antillas, la Buena Fe, en Manzanillo, de la cual Carlos Manuel de Céspedes fue elegido venerable maestro.

Pedro Figueredo viajó a La Habana a buscar el concurso de los poderosos hacendados de occidente, sin los cuales les parecía a sus congéneres del este que la empresa resultaría prácticamente imposible. Acudió al grupo cubano más estructurado, el de los anexionistas de José Morales Lemus y Miguel Aldama, que había jugado con el reformismo. Mas, el enviado no halló eco en Morales Lemus. La respuesta resultaría un rechazo tajante a la empresa. Era la contestación del viejo miedo a las conmociones. En cuanto a Las Villas, el Comité Revolucionario envió a la región a Luis Fernández de Castro. En Santa Clara había enemigos de España que se nucleaban en conciliábulos hostiles a la colonia en la farmacia de Juan Nicolás del Cristo, frente al parque de la parroquial mayor.8 Estos eran abogados, ingenieros y médicos, como Miguel Gerónimo Gutiérrez, Eduardo Machado y Antonio Lorda. Pero, al parecer, sus trabajos todavía estaban tan sumergidos que Fernández de Castro no pudo encontrar su pista.

A finales de año, ya las autoridades españolas recibieron la confidencia de que el abogado Céspedes estaba conspirando en Manzanillo, y la Nochebuena de ese año en que la bella esposa del también hacendado, su prima María del Carmen, agonizaba, intentaron arrestarlo. Solo desistieron ante la penosa situación que hallaron.

A finales del verano del 68, en la hacienda de San Miguel del Rompe, en las cercanías de Las Tunas, se produjo uno de los concilios de los conspiradores. Era, en el lenguaje masónico de los congregados, la convención de Tirsán, la convención de los Padres. Acudieron representantes de Bayamo, Manzanillo, Holguín, Las Tunas y el Camagüey. Las tesis diferían en diversos planos. Según uno de los participantes, Belisario Álvarez, la divisa bajo la cual debían levantarse estaba para algunos en duda: había quienes creían que debían hacerlo por la independencia franca, otros consideraban que el reclamo debía contener los derechos políticos nunca concedidos por España, y otros más, por la anexión a EE.UU. Todavía, frente a quienes estaban decididos a la abolición inmediata, otros vacilaron.9 Se probaba, como parece cumplirse en todos los casos, que todo grupo humano es divisible entre dos.

Una rivalidad más —casi la decisiva— se expresó en el cónclave: pensaban necesario aguardar a disponer de armamentos. Frente a estos se colocaron quienes se pronunciaron por lanzarse de inmediato. Esa constituyó la postura ardorosa, apasionada, enérgica de Céspedes. La fuerza de su convicción se reflejó en las palabras magníficas que le dirigió a aquella sesión: “Señores: La hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!”.10 La tesis de Céspedes no triunfó. Tampoco la contraria. Una votación dio empate. Días después, luego de una reunión en la finca Muñoz, donde estaban representadas las jurisdiciones orientales y camagüeyana, convinieron en no insurgir hasta que no terminara la zafra azucarera. La razón de Aguilera para plantear este compás de espera fue la misma que adujo en la convención de Tirsán: poder disponer de los fondos de la cosecha para la adquisición de pertrechos.11 Cuando urdían sus planes, los revolucionarios cubanos sabían que estaban en las vísperas de graves acontecimientos en España, que incluso podrían dar al traste con el trono. En efecto, las desastrosas condiciones económicas que se experimentaban en la economía de la península, la honda depresión que la embargaba, hacían soplar sobre esta aires de tormenta. Tan grave había llegado a ser, que España había estado buscando préstamos estadounidenses o europeos, a cuenta de las rentas de la isla. Por fin, en septiembre de 1868, el general Juan Prim y otros militares junto con fuerzas políticas, se alzaron contra Isabel II; La Gloriosa Revolución, como llamarían a la nueva rebelión de la fecha, nucleada por los progresistas, a quienes se les había negado el poder desde tiempos de Baldomero Espartero, hizo huir de España a la reina.

El barrunto de los hechos que iban a acontecer en septiembre, en España, parecía alentar la desesperación de Céspedes y llevarlo a plantearse adelantar todo lo posible el alzamiento. Los factores subjetivos reverberaban, aunque los pertrechos faltaran. El propietario del ingenio Demajagua estimaba que una sola delación podía poner en peligro todos los planes. Sus contradictores pensaban, según manifestaría el insurgente holguinero Jesús Rodríguez, que las autoridades españolas no hubieran podido ahogar la revolución con solo apoderarse de los líderes más señalados, porque estaba previsto que en ese caso casi todos ellos marcharían entonces al extranjero para regresar cuando se hubiera podido llevar a cabo el pensamiento con los preparativos necesarios…”.12 Evidentemente, Céspedes no compartía ese pensamiento de laboratorio. Además, un nuevo suceso vino a poner en vilo a los participantes de la conjura. En Puerto Rico, el 22 de septiembre, se produjo el Grito de Independencia de Lares. Los rumores se esparcieron por toda la región oriental e infundieron nuevos alientos a los más fogosos partidarios del levantamiento inmediato.

Ante el empuje de Céspedes y sus compañeros, Aguilera y el comité oriental pretendieron detenerlos mediante una concesión. El comité fijó una nueva fecha para fines de año. Esto no sujetó tampoco a los conspiradores. Debe tomarse en cuenta que a esas alturas ya en Bayamo, Las Tunas, Holguín y Manzanillo, cientos de patriotas estaban virtualmente en armas. Según Luis Figueredo, en agosto, de acuerdo con las instrucciones de la Junta Patriótica de Bayamo, ya había instalado un campamento en El Mijial, Holguín,13 Posiblemente Céspedes había conocido que los conspiradores de Las Tunas y otros de Bayamo habían decidido lanzarse el 14 de octubre a la guerra. De esa manera, acordó con su grupo que en la misma fecha se echarían a los campos de la guerra.

Una quincena de propietarios rurales que compartían la postura de Carlos Manuel de Céspedes —entre ellos Bartolomé Masó y los hermanos de Céspedes— lo eligieron su jefe. En el acta que levantaron, el 6 de octubre, propugnaban: “Queremos abolir la esclavitud indemnizando a los que resulten perjudicados”.14 A poco le comunicaron a Aguilera la decisión del alzamiento inmediato, y este, echando a un lado celos y egoísmos de primogenitura, en un gesto noble y magnífico, aunque lo habían dejado descolocado, marchó a su finca de Cabaniguán a reunir fuerzas. A partir de la determinación de Céspedes, Vicente García y Aguilera, las jurisdicciones del centro-oeste de la región más oriental del país, estaban prácticamente en pie de guerra.

Por fin, de manera inevitable, el rumor de la insurrección en marcha llegó al general Lersundi, y una orden de apresamiento de Céspedes y otros de los conspiradores más significados voló a Bayamo. El telegrafista que recibió el mensaje era familiar de Céspedes y logró que este conociera de inmediato la orden librada contra él. Ya no podía esperarse ni un instante más para declarar la rebeldía. Céspedes llamó a los complotados a reunirse en su ingenio, en las cercanías de Manzanillo, y al amanecer del 10 de octubre de 1868, la campana del batey repicó. Llamaba a la dotación; mas no para emprender la faena diaria: su tañido anunciaba el comienzo de la lucha para ponerle fin al régimen colonial de la isla y la esclavitud. Proclamaba que se iba a iniciar la liberación plural de Cuba.

Según el testimonio de Bartolomé Masó, a media mañana de aquel día Céspedes reunió a la veintena de esclavos restantes de la dotación de 53 que había en los momentos en que adquirió el ingenio, los declaró libres y los invitó, si lo deseaban, a conquistar la libertad cubana; lo mismo hicieron con los suyos quienes lo rodeaban.15 De pronto, un grupo de blancos, propietarios de ingenios, terratenientes, ganaderos, abogados, se confundieron con sus antiguos esclavos para emprender el camino de la independencia.

El patricio Céspedes no condicionó la libertad de sus esclavos a la adhesión a su causa. Limpio en su postura, les aseguró: “Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su independencia. Los que me quieran seguir que me sigan; los que se quieran quedar que se queden, todos seguirán tan libres como los demás”.16 El hacendado esclavista se despojaba de golpe de esa condición, se hacía libertador, y alzando a sus siervos los traía a su lado como pariguales. Conceder la libertad a sus esclavos podía haberlo hecho filántropo, hacerlos sus iguales lo hacía revolucionario. Nada les impuso. Tenían el derecho de acudir o no, junto a él, a la contienda. Era la prueba suprema de sus ideas liberales y democráticas y de una ética que postulaba la igualdad de los seres humanos.

Palabras de Rolando Rodríguez, académico de número, en la Academia de la Historia de Cuba con motivo del 10 de octubre.
Notas:

1. Hortensia Pichardo: Documentos para la historia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, 1977, t. I, p. 369.

2. Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo: Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, Editoral de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, t. I. p. 207.

3. Comité Estatal de Estadísticas: Los censos de población y Viviendas., 1988, t. I, vol 2, p. 112.

4. “De A. a Isabel”. La Habana, 31 de octubre de 1867. Archivo de Historia Nacional de España (AHN), leg. 5837, expte. 52.

5. “De Carlos Manuel de Céspedes a Oscar de Céspedes”, 16 de mayo de 1869. AHN, leg. 5837, expte. 52.

6. Datos para la historia. Candelaria Figueredo de Portillo. Universidad Central de Las Villas/Biblioteca, Fondo Coronado, t. XV.

7. José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Óciales, La Habana, 1975, t. IV, p. 189.

8. Néstor Carbonell y Emeterio Santovenia: Guáimaro, La Habana, 1919, p. 88.

9. Raúl Cepero Bonilla: Escritos históricos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1980, p. 90

10. Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, op. cit., t. I, p. 101.

11. Ibíd., p. 50.

12. “De Jesús Rodríguez al general Juan Díaz de Villegas”, 23 de noviembre de 1873. Archivo Nacional de Cuba, Donativos y remisiones, caja 309, leg. 20.

13. “Certificado de Luis Figueredo sobre la trayectoria de Antonio Valdés”. Palo Seco de Camaniguán, 3 de abril de 1870. AHN, leg. 5837, expte. 58.

14. Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, op. cit., t. I, p. 103.

15. Ibíd., t. I, p. 58.

16. Ibíd., t. I, p. 105.

(Tomado de La Jiribilla)

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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