“Debemos sanar el tejido espiritual de la nación”

Sheyla Valladeres • La Habana, Cuba

La primera palabra con la que Elier Ramírez Cañedo logra identificar su relación con el estudio de la historia cubana es fascinación y el primer nombre del que buscó hazañas y dolores fue el de Camilo Cienfuegos, gracias a un álbum de postales que le compraron cuando era pequeño y en el que tuvo que llenar espacios en blanco con los gestos y sonrisas del Capitán de la Vanguardia.

De esta iniciación también fueron responsables sus abuelos José Ramírez Cruz y Luis Cañedo García; el primero, dirigente campesino, fundador y presidente de la ANAP durante 26 años; el segundo, fundador del Partido Comunista de Cuba y uno de los primeros en unirse al movimiento 26 de julio en la emigración cubana, donde colaborara con Fidel a su paso por Miami en 1955. Dos vidas que le permitieron comprender que la historia de una nación la fundan y arman todos los días hombres y mujeres llanos, a golpe de certidumbres, temores, dudas, corajes y querencias de todo tipo.

Estas experiencias marcan su trabajo como historiador, con el que intenta discrepar de la manera aséptica en la que muchos investigadores y maestros reducen la historia a cronologías o a la reconstrucción complaciente de los procesos y de la vida de los grandes y pequeños hombres que los protagonizaron.

Con este ánimo escribió los libros El Autonomismo en las horas cruciales de la Nación Cubana y De la confrontación a los intentos de normalización. La política de EE.UU. hacia Cuba, temas que lo desvelan en su afán de llenar los posibles vacíos del hacer historiográfico cubano y que compartió con los delegados al II Congreso de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización que por estos días se pensó a sí misma, una manera también de configurar el alma del país que vivimos.

Fernando Martínez Heredia dijo en una entrevista: “Con inmensos trabajos subió la Historia la cuesta de la colonización mental durante el siglo XX, para horadar la Historia europea convertida en “universal” e ir creando otras, sus Historias. Pero en este final infeliz en el que tantos se han desbarrancado es necesario resistir a la recolonización pacífica en curso”, ¿cuáles serían los mejores métodos de resistencia ante esa recolonización, cómo reconocerla, sobre todo los jóvenes, para poder construir la Historia de sus lugares y su tiempo?

Nosotros estamos enfrentados a un orden global, hegemónicamente capitalista, y al mismo tiempo, tenemos que enfrentar a lo interno de nuestro país esa ola conservadora que desde los años 90 —como sostiene Fernando Martínez Heredia— ha ido ganando más fuerza. Nos enfrentamos a la reproducción de muchos códigos del capitalismo en nuestra propia sociedad, y la vida cotidiana sufre también los embates de esa guerra cultural. Es una contienda muy asimétrica, pero Cuba tiene potenciales muy enraizados para enfrentarla y salir victoriosa. Sin embargo, en esa lucha ha habido retrocesos por nuestra parte. Ello es producto de muchas causas, empezando por la propia crisis económica que ha devenido en una crisis de valores mucho más aguda. La existencia de una pirámide invertida —hoy incluso más expandida— ha hecho su labor de zapa en las conciencias. Por lo tanto, pienso que está muy bien que actualicemos nuestro modelo económico. Tenemos que ir mejorando las condiciones de vida de nuestra población. Al mismo tiempo, no podemos olvidarlo, debemos ir sanando el tejido espiritual de la nación cubana, dondequiera que este se encuentre dañado. No podemos confundir táctica con estrategia y, desde el punto de vista estratégico, la guerra frente al capitalismo se decide en el terreno cultural. Allí tendrá lugar la última batalla. Ello no quiere decir que ignoremos la necesidad de construir una base económica que nos lo permita. Pero no hay que esperar a mañana para, al mismo tiempo que vamos recuperando nuestra economía, ir creando esa nueva cultura diferente y superior a la del capitalismo. De ahí que en un país como el nuestro, que se empeña en construir el socialismo, no se pueden perder de vista los objetivos estratégicos de orden cultural.

Existe una guerra cultural no solo contra el presente y el futuro de Cuba, sino dirigida a desmontarnos —sobre todo a los más jóvenes— el pasado. Entonces tenemos que crear una estrategia muy fuerte e inteligente, alejada de los métodos convencionales con los que estamos acostumbrados a llevar la Historia de Cuba a los jóvenes. Debemos empezar por evitar esos saltos bruscos en el estudio de la historia, que dejan fueran un grupo de temas muy sensibles o espinosos porque el problema está en que después vienen los enemigos de siempre a tergiversarnos lo vivido. Hay que someter todo ese pasado a un examen crítico con sus luces y sombras. No debemos temer a analizar algunos errores cometidos, todo lo contrario, sería muy desfavorable que no lo hiciéramos, pues esa experiencia sería la única fortaleza con la que pudieran contar las nuevas generaciones para no repetirlos.

Los jóvenes escritores y artistas cubanos celebran el II Congreso de la AHS donde discuten temas medulares del arte en relación con el entorno cubano de ahora mismo, ¿cómo valoras este hecho cuando al socialismo cubano le urge acopiar fuerzas culturales eficaces y atractivas a su favor, y en un mundo donde para vencer al otro la Historia de un país se convierte en una de las primeras víctimas de la conversión o destrucción de los símbolos que lo sostienen?

Tenemos la necesidad de crear referentes culturales sólidos para nuestros jóvenes y estar muy vigilantes ante cualquier distorsión en nuestra política cultural, lo que desgraciadamente ocurre con mucha frecuencia. Cuba es un país privilegiado debido a la cantidad de instituciones y organismos que se relacionan con la política cultural, pero a veces damos una imagen de incoherencia porque en algunos casos cedemos terreno a la mercantilización, a la banalización, al culto del tener y no del ser. Debemos potenciar el ser por encima del tener como paradigma de éxito de los jóvenes cubanos y de reconocimiento social por su aporte a la sociedad. Claro que generamos el efecto contrario si nos alejamos del principio socialista “de cada cual según su trabajo, a cada cual según su capacidad”.

El congreso va a ser una oportunidad única, como se ha ido ya experimentando desde las sesiones de base y en las asambleas provinciales, pues ha salido una serie de preocupaciones y proposiciones de cómo construir un país mejor, próspero y sustentable, pero entendiendo también esa prosperidad y sustentabilidad desde la cultura. Sin cultura no hay calidad de vida en el socialismo. Creo que la AHS puede hacer propuestas muy interesantes y llevar un mensaje también a la dirección del país en una serie de cuestiones que pueden después materializarse. Al propio tiempo, los jóvenes artistas y escritores cubanos pueden convertirse en los principales protagonistas de las nuevas ideas que surjan del debate con la intención de enriquecer la política cultural de la Revolución en los momentos cruciales que vivimos.

Has escrito: “(…) una Revolución que no se mire de manera constante y crítica hacia dentro para mejorar cada una de sus imperfecciones, una Revolución que no se repiense ella misma todos los días, está condenada a fracasar por el inmovilismo (…)”. ¿Responde “Dialogar dialogar” a la necesaria promoción entre nosotros de espacios de participación y control populares como herramientas útiles para el fortalecimiento del proceso revolucionario cubano?

Pienso que el debate y la polémica tienen que ser consustanciales al socialismo, como la sangre al cuerpo, no sé quien apuntó esta idea, pero la comparto totalmente. Y además, la dirección del país, el mismo General de Ejército Raúl Castro, está insistiendo mucho en la necesidad de la tolerancia ante las discrepancias, de buscar entre todos las mejores soluciones a los problemas y eso solo se logra desde la diversidad de los criterios. Tenemos que superar la falsa unanimidad que ha prevalecido desgraciadamente durante muchos años a la hora de analizar nuestras dificultades y tomar decisiones. Pienso que la confrontación constructiva va a oxigenar no solo el pensamiento social y las ciencias sociales, sino que de ella saldrán propuestas inteligentes, muchas ideas que pueden en definitiva conducir a una transformación real y más positiva de nuestra sociedad. Además, el individuo que participa en estos espacios se siente más protagonista, se siente sujeto participante de lo que está sucediendo en el país. Tiene que ver mucho también con el cambio de mentalidad del que se está hablando. No puede haber tal transformación si no logramos una cultura del debate. En ocasiones sucede que dos personas coinciden en principios, pero discrepan en alguna cuestión que tiene que ver más con la forma que con el contenido y se enemistan de una manera increíble.

También hay jefes que, endiosados, se molestan y toman represalias cuando un subordinado expresa una opinión diferente. Durante muchos años ha sido así y eso forma parte del cambio que tenemos que buscar. Sería una ganancia importantísima para nuestro socialismo. La diversidad de criterios debemos acabar de entenderla como una fortaleza y no una debilidad. Por lo tanto, espacios como “Dialogar, dialogar”, que es un homenaje permanente a Alfredo Guevara —maestro por excelencia en estos ejercicios de debate y polémica— deberían ser algo normal en nuestra sociedad porque las personas salen enriquecidas de ellos. La polémica despierta el interés sobre determinados temas, principalmente entre los jóvenes, ayuda a profundizar y madurar algunas ideas, a no quedarnos en la superficie. Los años 60 fueron un ejemplo excepcional en ese sentido, cuando grandes dirigentes de nuestro país debatieron públicamente sobre la economía y la cultura y nada nefasto ocurrió por eso, todo lo contrario, ayudó a la construcción del socialismo en momentos que la agresividad de los EE.UU contra Cuba llegó a sus niveles más altos. Por eso el desafío nuestro seguirá siendo construir un parlamento en una trinchera, como decía Cintio Vitier. Y debemos lograrlo.

¿Cuáles son en tu opinión los deberes que le toca cumplir a la historiografía cubana para hacer aportes sustanciales al pensamiento social que sirvan, sobre todo a los más jóvenes, para poner luz delante de nuestros pasos en medio de la lucha por la transformación liberadora de las personas?

“Tenemos que lograr que los jóvenes conozcan más la historia de su país”, es una frase que escuchamos a diario. Pero ello solo se logra si todos los organismos, organizaciones e instituciones trabajan unidas y con creatividad. Sería muy importante que para estimular la investigación histórica, sobre todo de los últimos 50 años de Revolución —la que más a profundidad debiéramos conocer los jóvenes—, se promulgara alguna ley de desclasificación de documentos y comenzaran a poner estos al servicio de los investigadores. Tenemos una deuda inmensa con la historia de la Revolución Cubana en el poder, aunque también la etapa republicana muestra numerosas páginas en blanco. Ojalá sean los propios jóvenes investigadores quienes las llenen. El período de 1935 a 1953, por ejemplo, esa etapa entre revoluciones ha sido muy poco trabajada por la historiografía cubana. Conjuntamente existe un desequilibrio entre la cantidad de investigaciones históricas que se publican año tras año, que actualizan un grupo de problemáticas, y el tiempo que demoran en llegar a las escuelas estos nuevos contenidos, ya sea en los libros de texto u otros materiales. Nuestro sistema de enseñanza y nuestros medios de divulgación tardan mucho en incorporar los avances que produce la ciencia histórica.

Los historiadores tenemos que aprender a insertar los contenidos de nuestra historia en internet, pues a pesar de los problemas de conectividad que tenemos cada vez son más los jóvenes que acceden a esta fuente. Por supuesto, tendría que ser de una manera diferente a la que estamos acostumbrados cuando escribimos un libro. El mundo virtual ha impuesto otra manera de leer y es muy difícil que alguien te lea en internet un ensayo de más de diez o quince páginas, por lo tanto habría que buscar códigos de comunicación más efectivos.

También debemos crear cada vez más productos audiovisuales atractivos que aborden las problemáticas históricas. ¿Será que es muy difícil lograr películas históricas de la calidad de Clandestinos, José Martí: el ojo del canario, o series televisivas como En silencio ha tenido que ser, Julito el pescador, o Duaba? ¿Será imposible lograr documentales históricos como los que en su época realizó Santiago Álvarez? A la vez tendríamos que superar toda una serie de carencias que existen en el plano teórico y abrirnos más a otras especialidades en el campo de las ciencias sociales y a los enfoques multidisciplinarios. A nivel mundial la teoría de la historia tiene un nivel elevado, hay una serie de corrientes y escuelas historiográficas de las cuales aquí conocemos muy poco, al ser prácticamente nulas las publicaciones teóricas. Solo los que tienen acceso a Internet pueden leer algo al respecto.

Cuando se hace un análisis de toda la historiografía cubana de los últimos años uno percibe que hay avances pero también lagunas. Y es lógico que exista un mayor tratamiento de los temas históricos que más nos legitiman en el presente, pues este siempre condiciona las preguntas que se le hacen al pasado, pero es hora de trabajar en los vacíos que aún tenemos. Soy del criterio que las figuras y corrientes políticas más conservadoras y reaccionarias de nuestra historia también hay que estudiarlas, dar nuestra visión, porque entonces otros se nos adelantan y nos venden una versión totalmente manipulada. Hay que revisar donde quiera que hemos dejado una página en blanco y completarla para que los jóvenes tengan una historia total, no parcelada, sin exclusión de temas y de figuras. De esa manera lograríamos revertir en favor nuestro la guerra cultural en el campo histórico.

(Tomado de La Jiribilla)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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2 respuestas a “Debemos sanar el tejido espiritual de la nación”

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