Escudriñando la historia de la Revolución

Por: Tania Chappi Docurro

Pensé que el asunto propuesto esta vez por la revista Temas –“Problemas para la historia de la Revolución cubana”, o si lo prefieren, problemas para historiar dicha Revolución– iba a convocar menos personas que encuentros anteriores. Pero no solo se abarrotó la sala Fresa y Chocolate, también hubo una renovación del auditorio: abundaron las caras nuevas, entre ellas las de historiadores, desde algunos muy jóvenes hasta veteranos que acudieron auxiliados por sus bastones.

Los panelistas fueron presentados por el moderador, Rafael Hernández, director de la publicación, del siguiente modo: “Julio García Oliveras, comandante del Ejército Rebelde, diplomático, de extraordinaria trayectoria vital e intelectual y autor de libros sobre la historia de la Revolución, es uno de los selectos escritores que tienen protagonismo en la propia historia revolucionaria; Rebeca Chávez, directora de cine, realizadora de filmes documentales y de ficción sobre aspectos de la historia de la Revolución, entre ellas Ciudad en rojo, reflejo de la lucha clandestina en Santiago de Cuba; René González, presidente del Instituto de Historia de Cuba, ha escrito numerosos títulos en torno a etapas de la historia de la Isla, su libro más reciente está dedicado a la Base Naval de Guantánamo; y Pedro Antonio García, periodista de la revista Bohemia, profesor de historia y presidente de la filial de la prensa de la Unión de Historiadores de Cuba”.

Para Rafael Hernández, la historia “es la reina de las ciencias sociales” en Cuba. Baste contar la cantidad de títulos de esa temática  publicados por las editoriales; y los diecisiete premios a historiadores, incluidos entre los veintidós Premios Nacionales de ciencias sociales concedidos en la Isla desde 1995. Sin embargo, la etapa “de la Revolución no cuenta con un número tan copioso de títulos como otras. Incluso, si miramos los libros de historia producidos en Cuba y en el extranjero, observamos que sobre la Revolución, como proceso, son más numerosos los segundos”, añadió antes de preguntar en qué estado se encuentra la producción historiográfica del período,  en qué “condiciones intelectuales, sociales, culturales,  ideológicas,  tiene lugar la labor de los historiadores profesionales, los periodistas, los artistas y otros que investigan y producen conocimiento sobre ella. ¿Cuál es la posibilidad de contar con noticias, estadísticas, datos, discursos, testimonios, documentos y demás fuentes? ¿Cuánto se conoce de la historia de la Revolución?”

René González apuntó que si bien “existe una producción historiográfica importante -a partir sobre todo de decisiones tomadas a nivel de Estado y gobierno en 1962, cuando se fundan la carrera de Historia de la Universidad de La Habana y el Centro de Investigaciones Históricas de la Academia de Ciencias-”, que en la actualidad se multiplica, “mucha de la investigación posterior al triunfo de la Revolución ha girado en torno a algunas épocas y temas, mientras no ha habido la misma correspondencia con otros asuntos necesarios, como la historia económica, la social, la cultural, la de la pedagogía, la de la educación. De igual modo, persisten vacíos en cuanto a aspectos recientes de la Revolución. No se han investigado suficientemente. Predomina el testimonio en buena parte de las investigaciones realizadas y en él se nota una escasez de análisis histórico crítico. Se presenta la historia como un conjunto de episodios gloriosos, patrióticos, con una línea ascendente. Pero habría que analizar los procesos históricos en toda su diversidad”.

A pesar de todo ello él piensa que la historiografía acerca de la Revolución “se encuentra en un momento favorable”, pues diversas instituciones –la Academia de Historia de Cuba, el Instituto de Historia, la Oficina de Asuntos Históricos, la del Historiador de la Ciudad, la Universidad de La Habana, más las diferentes instituciones de los órganos de la administración central del Estado que tienen oficinas de historiadores para estudiar sus especialidades- “están produciendo la historia de la Revolución, quizás con un análisis más crítico y objetivo que en años atrás”.

En Cuba se habla mucho de cultura en términos artísticos, pero igualmente existe una cultura histórica que ha estado faltando, considera Julio García Oliveras. A ello contribuyen decisiones como la tomada en 1979 en algunas escuelas del país: “Se quitaron los programas de historia para sustituirlos por los de marxismo. Discutí y no tuve éxito. ¿Si no conocían su historia, cómo los muchachos iban a entender cómo llegamos al socialismo?”

Teniendo en cuenta que un cineasta “muchas veces trata de contar la historia a partir de algo que otra persona ya ha investigado, escrito y puesto las coordenadas más generales”, Rebeca Chávez ha debido enfrentar la limitación de tener como materia prima para sus obras, fundamentalmente, “una relatoría de hechos, con énfasis en la épica, en los grandes logros. Escasean las interpretaciones en profundidad de todos los costados, de los lados menos brillantes. La nueva obra que nacerá puede generar, como conflicto adicional, la necesidad de enfrentar desde la creación ciertas  simplificaciones; y debes decidir si aceptarlo o no. Desde que el cine cubano, a través del ICAIC, comenzó a mirar los temas históricos se ha enfrentado con este conflicto”. Una referencia excepcional es el Noticiero ICAIC Latinoamericano, lamentablemente desaparecido, el cual “reflejó la historia que estábamos haciendo cada día”.

La historiografía acerca de la Revolución cubana, “sobre todo la referida a momentos posteriores a 1959, tiene grandes vacíos; sin embargo, las producciones historiográficas sobre la insurrección y las que abordan Girón, la lucha contra bandidos, es decir, la etapa épica, quizás no sean tan considerables, pero tienen una calidad inobjetable -opina  Pedro Antonio García-. Lo que me preocupa es cuánto se conocen. Me da la impresión de que Cuba es el país donde más libros sobre historia se publican y menos se leen. No hablo de los jóvenes, sino de las instituciones culturales. Las hay, inclusive prestigiosas, que parecen ignorar los nuevos aportes de la historiografía cubana, incluidos en libros de las editoriales Capitán San Luis y Verde Olivo, entre otros”.

Carrera de obstáculos

Una precisión solicitada por el moderador, acerca del  “periodismo de investigación que produce conocimientos sobre problemas que son historiográficos y llegan hasta hoy”, impulsó aún más la disertación hacia el campo de los impedimentos erigidos en el camino de los interesados en historiar.

“En estos momentos se hace muy poco periodismo de investigación histórica en la prensa plana nacional. La mayor parte de las páginas dedicadas a la historia desapareció en los años 90. En Granma había un señor equipo para escribir sobre ella y me quedé yo solo. En Juventud Rebelde sucedió algo similar. Hoy no existe una especialización en periodismo histórico, salvo quizás en Bohemia. Además, la Unión Nacional de Historiadores de Cuba y la Unión de Periodistas de Cuba suprimieron, a finales del primer decenio de este milenio, sus premios para esa especialidad”, lo cual repercute negativamente en el interés de los periodistas por indagar y aportar nuevos conocimientos sobre la historia, respondió Pedro Antonio García.

Al igual que una parte de los ponentes, Rebeca Chávez piensa que “entre las dificultades para contar la historia de la Revolución se halla el hecho de que sus protagonistas están vivos”. El principal escollo radica en “los límites que se le ponen al abordaje de una historia. Si hay muchos límites se incurre en la simplificación de los sucesos históricos”. Por otra parte, “una cámara frente a un testimoniante crea cierta parálisis y la conciencia de que hablas para la ‘historia’; te autolimitas, pierdes frescura y eso crea una suerte de cacofonía de hechos que no es nada atractiva”.

Julio García Oliveras se refirió a lo difícil que es protagonizar  los sucesos y luego distanciarse de ellos e historiarlos. “Cuando yo escribo sobre el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, no puedo evitar reflejar los puntos de vista de la organización. En general, hay suficientes testimonios, pero muchos de ellos tienen la influencia subjetiva del autor; algunos por la militancia de los participantes y otras por oportunismo de quienes son más fidelistas que Fidel”.

Aunque el moderador abrió el encuentro solicitando que no se abordaran asuntos como la enseñanza o la divulgación de la historia, pues han sido analizados en otros paneles de Temas, el auditorio y los propios panelistas hicieron referencia a ambos. Ello indica que son cuestiones motivadoras de profunda preocupación a las que las instituciones y todas las personas implicadas deben atender con urgencia.

Participantes asiduos en Último Jueves señalaron que un problema vigente en la historiografía cubana es la parcialidad; sostuvieron que ocultar lo negativo ha originado, y sigue haciéndolo, la repetición de errores, con un alto costo para la nación. Un especialista recalcó el desconocimiento de la historia de la economía en el país y afirmó que relatar cómo han sido verdaderamente las cosas no es dañino. Otro profesional llamó a “deslindar la parte política e ideológica de lo que es ciencia, para lograr una contrastación de las fuentes y producir un conocimiento lo más objetivo posible”.

Según un estudioso, para historiar la Revolución cubana se requiere definir qué es, pero él no ve en el país una reflexión teórica y metodológica al respecto; por otra parte, durante los años 70 ocurrió una “institucionalización de los estudios históricos”, responsable de la limitación de los temas de investigación y de que hasta dos décadas más tarde Cuba “no se empate con una tradición de producción historiográfica que estaba ocurriendo en Inglaterra, Francia y América Latina”.

Dialogar con los concurrentes y a la vez responder las interrogantes elaboradas previamente por el equipo de Temas nunca es tarea fácil para los panelistas de Último Jueves. Ello no arredró al presidente del IHC. “En cualquier país y sistema del mundo los historiadores sostienen ideas políticas y eso no implica que se divorcien de la ciencia. Lo que hay que mantener es la ética del científico. Uno de nuestros problemas fundamentales tiene que ver con lo que preguntaba un joven acerca de cómo hacer más atractiva la historia: se vuelve más atractiva mientras seamos más objetivos y críticos a la hora de analizar los procesos históricos. Si la contamos de manera triunfalista, se convierte en un cuento; y ella no es un cuento. Esa forma de ofrecerla le quita méritos a la gloria de la historia patria. La historia tiene diversos componentes y todos hay que ponerlos sobre la mesa. Otro elemento: no se puede brindar la historia de una manera tan simple que entretenga, como ciencia hay que escribirla con el mayor rigor posible”.

¿La historia de la Revolución incluiría entonces necesariamente la de la contrarrevolución?, le preguntó Rafael Hernández.

“Si se luchó contra las bandas del Escambray y contra los piratas hay que hacer un análisis integral de eso, porque es el otro componente de esa historia. Aunque se ha escrito más desde la épica y el testimonio, el Centro de estudios de la Seguridad del Estado y los compañeros de la editorial Capitán San Luis han trabajado bastante con asuntos de la historia de la contrarrevolución, asociada a la de la CIA y al apoyo del gobierno norteamericano a las bandas contrarrevolucionarias”, respondió González.

A continuación Pedro Antonio García discrepó de la mencionada dicotomía entre rigor y entretenimiento: “Un problema de la historiografía actual es que no vende, es aburrida, convence solo a los que están convencidos. Ella tiene que ser a la vez rigurosamente científica, rigurosamente cierta, y muy atractiva. Eso significa un reto”. Tampoco estuvo de acuerdo con quienes reclaman desligar lo político de lo histórico. “Es imposible. Pero lo que no puede suceder es que la propaganda política tergiverse la verdad histórica”. Tal falta ocurre cuando en la Isla apenas se habla con profundidad sobre las figuras negativas, incluido Batista, quien dirigió durante años los destinos de Cuba; se omite la resistencia de sus soldados frente al Ejército Rebelde;  o en la saga heroica se privilegian los mismos nombres y casi no se menciona el papel de numerosos revolucionarios.

El hecho de que protagonistas principales de la Revolución permanezcan vivos representa, además de un reto, una gran oportunidad, reflexionó González. “Pero se están perdiendo los testimonios de muchos de ellos, porque están muriendo y se están llevando los secretos a la tumba. Por suerte nuestro Comandante en Jefe está escribiendo y publicando sus memorias; sin embargo, hay fundadores del Partido Socialista Popular, del Directorio, y otros, a quienes los historiadores no hemos recurrido. Es una deuda que debemos saldar rápido”.

Entonces intervino Rafael Hernández: “Nos hemos referido mucho a las formas y a las fuentes para construir la historia, pero no a las diferentes dimensiones de la construcción histórica”. Y expresó la necesidad de elaborar una historia social, hoy inexistente, “que permita entender  qué pasó con los grupos sociales participantes del complejo proceso ulterior a 1959. Cómo se transformaron sus referentes culturales, políticos”. Dicha historia rompería con la tradición de simples relatos y cronologías sobre batallas, héroes y medidas revolucionarias.

Primer paso: transparencia

¿Qué hacer para generar una mayor y mejor historiografía de la Revolución? Entre los reclamos, uno se escuchó varias veces: los archivos solo son accesibles para ciertos investigadores.

“No solo hay problemas con el acceso, sino con el flujo de la información. No existen canales establecidos ni fórmulas definidas para que los organismos trasladen información al Archivo Nacional e instituciones afines, y esta pueda estar al alcance de los investigadores. Eso no sucede únicamente en Cuba”, agregó un respetado historiador.

El público planteó, entre otros problemas relacionados con la labor de historiar la Revolución cubana, el insuficiente acceso a las fuentes de información.

Un estudioso de la política del Estado cubano posterior a 1959 inquirió: “¿Cómo lograr que la producción histórica fortalezca la nación, la identidad? Para mí lo primero es garantizar la autonomía de los historiadores, que puedan abordar incluso los temas que duelen”, y a la par asumir su responsabilidad ética: presentar la verdad tal cual es”.

Otro de los asistentes alegó que existe una especie de “pacto de caballeros entre los protagonistas de la historia de la Revolución”, quienes han decidido no dar a la luz las diferencias y mostrar la vida nacional como algo homogéneo. Esto no debe continuar. También “hace falta, es fundamental, elaborar una historia de las ideas políticas de la Revolución cubana. Además, aquí se ha hablado de la responsabilidad intelectual, el rigor; pero hay que concebir la historia como algo para discutir, para ser deliberado por la sociedad”, añadió.

Algunas de las aseveraciones anteriores fueron cuestionadas por Pedro Antonio García: “Es bueno estar insatisfecho con lo logrado, yo lo estoy, pero tampoco se puede lanzar por la borda lo alcanzado en materia de producción historiográfica. Se mencionó la responsabilidad ética como si los historiadores cubanos no la tuvieran. Ningún presidente del Instituto de Historia le ha dicho a un profesional lo que debe escribir”.

Con que no tenemos información centralizada, organizada o vinculada, entre las universidades y demás centros encargados de atesorarla y ponerla a disposición de los investigadores, coincidió Julio García Oliveras. “Encontrar un dato es muy difícil en Cuba”, dijo.  Empero, “se acerca el momento de escribir otra historia de Cuba. Han pasado 50 años, ya puede hacerse, existe suficiente material. Hay que ir a una visión más histórica que política”.

Sobre las fuentes expuso René González: “Si bien en Cuba están legislados los flujos de información hacia los distintos sistemas de archivos, no se cumplen; entre múltiples razones, por exceso de celo de algunos funcionarios adeptos al secretismo. Decía Rafael que se escribe sobre la Revolución cubana más en el extranjero que aquí, pero es que gran parte de la documentación no está en la Isla. Los historiadores que se proponen, o a quienes encargamos abordar temas relacionados con esta etapa, refieren serios problemas para obtener los datos. En las provincias hay investigadores que están haciendo ciencia e historia con gran rigor, pero les cuesta mucho venir a la capital y utilizar los archivos; pocos tienen suficiente acceso a Internet. La mayoría de los historiadores cubanos no conoce la producción historiográfica realizada fuera del país. Tampoco podemos consultar documentos existentes en instituciones foráneas”.

Mezcla de introspección y propuesta fue el comentario de Rebeca Chávez. El haber “alcanzado la madurez artística en el ICAIC, un instituto que fomentó la investigación, el cuestionamiento, la creación”, le  ayudó a “ver la historia como un organismo vivo, complejo”; e incorporar a su filme Ciudad en rojo contradicciones y matices que a menudo no recogen los libros sobre la etapa insurreccional. “Nos toca ahora exorcizar el secretismo, la unanimidad”, declaró.

Rafael Hernández finalizó la tarde de Último Jueves con una reflexión: “Es cierto que investigadores extranjeros acceden a archivos que no se abren para los cubanos. Eso no tiene justificación de ningún tipo. Tal acceso no puede depender de la discrecionalidad y de la confiabilidad, sino de la ley. Tenemos derecho a la información y aunque ella no baste por sí sola para escribir la historia, sin ella no se podrá desarrollar la historiografía cubana”. Igualmente alertó acerca de la existencia de asuntos y personalidades escasamente explorados, sin mediar prohibición alguna, más bien por desinterés o limitaciones intrínsecas de los investigadores. “Tiene que ver con no asumir la historia como un fenómeno complejo. Esa complejidad es necesario rescatarla para poder entender la historia no como esa película aburrida a la que hacía referencia Pedro, sino como una novela en la cual los ‘personajes malos’ también son interesantes y hacen cosas importantes para poder entender los sucesos; y donde no siempre ellos están equivocados todo el tiempo y no siempre ‘los buenos’ tienen la razón todo el tiempo”. E invitó a buscar en la próxima Feria del Libro los títulos acerca de la Revolución cubana. Pero no contentarse con ellos, pues “la historia no se recoge solo en los libros, se muestra en las revistas, en los periódicos, en los materiales audiovisuales que se producen constantemente sobre el presente y el pasado. Desde esas fuentes podemos construir una reinterpretación de la historia de la Revolución”, concluyó.

Los periodistas sabemos eso desde que alcanzamos mayoría de edad profesional. Salí pues, de la sala Fresa y Chocolate, dispuesta a continuar produciendo historia con esta reseña y con la que deberé escribir en apenas un mes, el próximo 27 de febrero, cuando en Último Jueves se debata acerca de Guantánamo y la base naval.

En pocas palabras

Para quienes gustan de leer poco y rápido, aquí sintetizo los principales problemas señalados:

Se ha priorizado la historia épica (sobre la cual proliferan textos, fotografías, documentales, filmes de ficción) y hay enormes lagunas en la historia de la economía, la sociedad, la educación, la cultura.
En la producción histórica sobre el período ha prevalecido la politización. Salvo excepciones, solo se cuentan los aspectos positivos, lo que ha influido en que ciertos errores se cometan en el país una y otra vez.
Los archivos solo son accesibles para ciertos investigadores. También hay dificultades con el flujo de la información entre los archivos, bibliotecas y centros de investigaciones. No se cumple lo dispuesto por ley sobre conservación de archivos. Ni existe una legislación que establezca la desclasificación de documentos y su acceso público.
Una complejidad se deriva de que muchos protagonistas están vivos, y en algunos casos ocupando todavía posiciones relevantes en la dirección del país, por lo cual es muy difícil frecer alguna visión diferente a la que ellos han dado. A la par, esos protagonistas están falleciendo sin que los investigadores hayan obtenido de ellos datos que pueden llenar vacíos, o precisar y rectificar lo ya contado.
Las obras sobre esta etapa (escritas y audiovisuales) están permeadas en exceso por la subjetividad de los protagonistas. No abundan los análisis críticos.
Historiar la contrarrevolución resulta imprescindible para entender el proceso revolucionario. La parcialidad y la subestimación de los adversarios del proceso permea el discurso histórico y no permite comprenderlo en sus conflictos y complejidades.

 (Tomado del blog Catalejo)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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