Rolando Rodríguez: Antes del punto final

Por: Jaime Masó Torres

El paso del tiempo y casi toda una vida dedicada a la investigación lo han convertido en una figura necesaria. Sus libros son hoy fuentes imprescindibles a la hora de consultar temas vinculados con nuestra nación. Rolando Rodríguez (Santa Clara, 1940) vive “la verdad, el tiempo, la historia” y no hay forma que de ello se pueda desprender. Para cuando no esté, quedará su obra como el mejor material que puede dejar un hombre cargado de defectos y un montón de virtudes.

¿Cómo evoca Rolando Rodríguez los años de bachillerato en Santa Clara?

Yo creo que fueron, realmente, años difíciles, pues eran los tiempos de la dictadura. Estuve hasta el año 1957 estudiando en el Colegio Martí. Sin embargo, lo que es el bachillerato como estudio, para mí fue importante, sobre todo, la formación general y específica en las asignaturas de letras. Realmente me fascinaban, no solo la literatura, sino también la Historia, la Geografía…

Con la Historia de Cuba llegué al colmo de la felicidad. Se impartía la materia con el libro de Fernando Portuondo que después  ―las cosas de la vida― fue mi compañero de claustro en la Escuela de Historia de la Universidad de La Habana. Estaba también la Doctora Hortensia Pichardo. Ese bachillerato ayudó a mi formación básica, sólida y fue muy bueno, sin dudas.

¿Alguien en la familia influyó en esa devoción hacia las letras?

Bueno, en primer lugar te tengo que decir que mi madre era profesora de música, pintaba, era una mujer que respiraba arte. Mi padre era comerciante, un hombre conservador y se dedicaba más bien, a la contabilidad. Pero, indiscutiblemente, mi madre influyó notablemente en mi formación. No solo desde el punto de vista artístico sino que, aunque tú no lo creas, me formó políticamente. Ella había estudiado en una Escuela Normal, por llamarle de alguna manera una escuela “Roja”. Ese centro tenía profesores como Gaspar Jorge García Galló, Juan Marinello y su esposa María Josefa Vidaurreta (Pepilla) quienes también fueron sus profesores, entre otros. Sin darse cuenta ella quedó “infiltrada” por esas ideas de izquierda y, a la vez, me transmitió esos pensamientos progresistas que marcaron mi vida para siempre.

De sus tiempos como estudiante en la Cátedra de Filosofía, en el año 1962, ¿cuáles fueron esos profesores que influyeron en su preparación?

Yo ingreso en la Escuela Nacional Raúl Cepero Bonilla para profesores de Filosofía. Allí estaban como docentes María Cristina Miranda —no se llamaba así, era una hispano-soviética— que impartía Historia Universal. Era una clase maravillosa. Estaba Sergio Aguirre que con su dogmatismo daba Historia de Cuba, entre otros. Gracias a ese año pude leer libros que, quizás nunca hubiese podido estudiar de no haber estado “encerrado” entre las cuatro paredes y con una obligación. Textos como El Capital, El Anti Dühring, me dieron una lógica y una forma de pensar marxista que hasta el día de hoy conservo.

¿Por qué necesariamente vincularse al estudio de la historia?

Es una pregunta que no tiene respuesta. Sencillamente yo, desde que entré en primaria y por los profesores que tuve me quedé atrapado con la historia. Por ejemplo cuando leí Martí el Apóstol de Jorge Mañach, el texto más bello que se ha escrito sobre José Martí, descubrí ampliamente la figura del Héroe Nacional de Cuba, quedé prendado para siempre y para toda mi vida a Martí —a pesar de que su autor era un fascista, no puedo decir otra cosa de Mañach—. Me convertí en un martiano de tomo y lomo.

Usted ha hecho referencia al libro de Mañach. Algunos se cuestionan ¿por qué no se ha publicado en estos últimos años, siendo una obra tan interesante…?

Siento decirte que el primer culpable de que no se haya editado fui yo, cuando era presidente del Instituto Cubano del Libro (ICL). Y sin embargo, sabía que nadie se iba a convertir en fascista porque se leyera el libro de Mañach. Pecado para mí. Después cuando llegó mi sustituto Pablo Pacheco, le pedí que editara el libro. Debería volverse a editar.

Precisamente cuando se funda el ICL en 1967 es usted quien asume su presidencia, ¿cómo valora esta experiencia?

Si voy a hablar de los verdaderos orígenes del ICL tengo que mencionar la formación del Plan Especial de Ediciones Revolucionarias el 7 de diciembre de 1965. La historia comenzó cuando Fidel va a mi oficina en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y me encarga “fusilar” libros. Fidel todas las noches iba viendo los libros que salían, nunca se me olvida la frase: “Rolando, ya tenemos una estiba de libros”. Pero un año después en 1966 me dice: “Vamos a fundar un Instituto del Libro”. Le pregunto: ¿Comandante qué eso? Y me responde: “Averígualo”.

Entonces lo que hice fue partir de la misma idea de la Imprenta Nacional, unificar las editoriales con las imprentas que editaban libros, revistas y folletos, las librerías y el comercio exterior del libro. Ya para mayo de 1967 se funda el ICL. Recuerdo que empezamos el primer año con 10 millones de libros y nos pareció una cantidad fabulosa. Después llegamos a tirar 50 millones. Claro, ya habíamos creado la Imprenta Juan Marinello, se habían comprado máquinas nuevas…

¿Ya comenzaba a escribir durante esa época o lo había hecho antes?

Yo comencé a escribir cuando tenía 16 o 17 años. Por supuesto, eso no siguió. Volví a hacer un intento cuando estaba en Filosofía, entonces estaba escribiendo un ensayo sobre ética marxista. Ya estando aquí en el Consejo de Ministros, empecé a escribir una novela que se llama República Angelical.

A propósito, ¿cómo nació la idea de escribir República…?

República… era algo que tenía en la cabeza hacía mucho tiempo. Yo había conocido a los héroes de la época: Raúl Roa, Lorenzo Rodríguez Fuentes, y toda aquella pléyade del directorio de los años 30 y de la izquierda revolucionaria. Los había entrevistado largas horas sin todavía grabarles pero, a medida que pasaban los días, aquellas historias se me iban inflamando en la cabeza. Conocí al teniente Morfi que fue el que tomó el campamento Columbia; al General Querejeta, enemigo jurado de Batista, entre muchísimos otros personajes todos interesantes.

La novela fue también leída por el propio Fidel…

El problema no es que Fidel haya leído la novela, es que me dio la orden de dejar todo lo que yo estaba haciendo en la consejería de ministros y me dijo: “Tu primer deber con la Revolución es escribir”. Desde entonces yo no puedo hacer otra cosa. Cumplo sus órdenes. Estoy escribiendo libros tras libros. Había empezado con República Angelical como novela, seguí por La Forja de una Nación en forma de ensayo —tres tomos— seguí con Las máscaras y las sombras… He escrito sobre los Mangos de Baraguá, la Protesta de Maceo y todas las cosas que he podido. Al final, creo que voy por el libro número 17.

Algunos dicen que en Cuba casi todos los historiadores centran sus investigaciones en épocas anteriores y muy pocos abordan la historia desde 1959 hasta la actualidad. ¿Cree esto?

Desdichadamente tienen toda la razón. Pero no creo que haya ninguna razón específica.

Y en su caso…

Si yo tuviera tiempo, que no lo voy a tener, llegaría hasta 25 años antes de hoy. El compañero que trabaja conmigo, Elier Ramírez, ya tiene encargado y está trabajando en el primer gobierno de Fulgencio Batista y él sí tiene la responsabilidad de llegar hasta lo más cercano posible. Yo voy poco a poco, poniendo ladrillo sobre ladrillo. He aprendido que sin poner el ladrillo de los cimientos no puedo poner el ladrillo de la azotea.

Ya con el paso del tiempo, ¿se considera un escritor, tal cual?

No. Creo que soy un profesor que escribe.

Cuando por alguna necesidad o responsabilidad no puede escribir, ¿en qué se refugia?

Desde que Fidel me dio el encargo, en lo único que me he refugiado es en escribir y en eso estoy.

¿Se atrevería a definir qué es literatura, más allá de los conceptos que existen?

No tengo los suficientes conocimientos para hacer eso. Puedo tener un concepto para escribir la historia. Pero la literatura tiene sus propias leyes. Trataría de hacer lo que yo deseo y conozco.

Según Osvaldo Martínez: “En Rolando hay una obra académica sólida y hay una vida en relación coherente con las ideas”. Para llegar a ese cumplido, ¿cuántas cosas ha tenido que sacrificar?

Muchas, muchas. He tenido que sacrificar a mi familia, a mi esposa, mis hijos. Y es doloroso.

Hay quienes opinan —quizás de manera pesimista— que las generaciones de hoy se sienten poco comprometidas con las generaciones anteriores. ¿Cree esto?

No. Si hoy tuviéramos que volver a Angola, a Cuito Cuanavale, estoy convencido de que la juventud cubana estaría en la primera línea de combate, otra vez.

Más allá de la publicación de textos sobre historia, el poder que tiene los medios de comunicación… ¿qué otra cosa hay que hacer para que la historia como asignatura se sienta y se aprenda de la mejor forma?

En primer lugar lo que dije en el último Congreso de Historia: ponerle sangre y carne a todo esto que estamos hablando.

¿Qué es lo que quisiera que perdurara cuando irremediablemente ya no esté?

La Revolución.

¿Ahora cree haber llegado al punto de su carrera?

¿Yo? Llegaré el día que le ponga el punto final al último libro que pueda escribir.

(Tomado de Cubarte)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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