CIENCIAS SOCIALES Y EDICIONES[i]

 rolando y fernando

Fernando Martínez Heredia

De las ciencias sociales actuales tratará nuestra mesa; permítanme, sin embargo, incluir un recuerdo personal que me vino al recibir esta encomienda. Era todavía muy joven cuando me tocó formar parte de un grupo de jóvenes que se lanzó a hacer libros sin respetar madrugadas ni domingos, ni trabas o ignorancias, por mandato de la Revolución que estaba transformando las vidas de todos. Tuvimos que aprender súbitamente qué eran golpes de máquina, galeras, planas, editores, cuatricomías, offset, precios del papel, tintas, al mismo tiempo que conocer cuáles eran los libros que más podían aportar al conocimiento de cada disciplina, y al placer de leer que estaban estrenando o fortaleciendo cientos de miles de personas. Debimos iniciarnos en el trato con los autores, los editores y los diseñadores, los obreros y los administradores de artes gráficas, los funcionarios implicados y los libreros. Practicar la valentía política y la amplitud ideológica que eran imprescindibles para publicar a autores valiosos que eran muy críticos desde posiciones revolucionarias, o que estaban lejos u opuestos a nuestras convicciones.

Era la empresa que nos planteó realizar Fidel la noche del 7 de diciembre de 1965 al colectivo que pronto se llamó Edición Revolucionaria, y que convirtió la calle K 507 de El Vedado en su colmena. Allí nació, en septiembre de 1966, el Instituto de Libro, hoy Instituto Cubano del Libro. Nuestro compañero Rolando Rodríguez fue designado por Fidel presidente del Instituto; yo quedé al frente del complejo de actividades que realizaba el Departamento de Filosofía y, pocos meses después, también de la naciente revista Pensamiento Crítico. Hacer la revista implicó para mí un sin fin de actividades editoriales –la pupila insomne no era entonces una imagen poética–, pero también seguí ligado a tareas del Instituto y a su política hasta los hechos que en 1971 acarrearon el cierre del Departamento y de la revista, y abrieron otra etapa para mi vida. Aquella fue una aventura de maravillas, faenas, aprendizajes y angustias, que siempre recuerdo con gran cariño.

Desde entonces me han sido familiares el trabajo del editor y sus maneras de aproximarse y participar en el hecho de hacer publicaciones. Algunas veces me involucré en actividades editoriales, en Cuba y algún que otro lugar de América Latina; y en mi trabajo actual lo hago desde 1996. Pero, en ocasiones, no puedo evitar comportarme como editor ante el texto que estoy leyendo, y le hago marcas y notas, hasta que me doy cuenta.

Paso a nuestro tema. En los últimos veinte años, varios procesos han afectado positivamente la edición de libros de ciencias sociales. Pero no comprenderíamos el período reciente si no recordamos que a inicios de los años setenta el pensamiento y las ciencias sociales cubanas sufrieron un terrible quebranto, que las empobreció y dogmatizó profundamente. Entre otros efectos funestos de ese hecho estuvo el daño tan grave que se les infirió a las ediciones de los libros y las demás publicaciones, a tal punto que no se podía encontrar prácticamente nada que no fuera lo que se orientara o se aprobara expresamente publicar. Aquellos males se volvieron crónicos, funcionaron estructuras para garantizarlos y se logró que la mayoría aceptara la situación. Algunos científicos sociales deberían investigar también cómo una sociedad que ha conquistado libertades y justicia a un grado incomparable, y que está dando un salto prodigioso en calidad de la vida, es capaz al mismo tiempo de inferirse a sí misma perjuicios que limiten su desarrollo sano y puedan conducir a desnaturalizarla, y cómo personas que han forjado calidades y capacidades en esa Revolución pueden ser partícipes de esas acciones tan negativas, y, otros muchos, aceptarlas.

Fue en la segunda mitad de los años ochenta que comenzó a romperse la cadena de acero que prohibía publicar todo lo que la censura inapelable decidiera que era nocivo o peligroso, más todo lo que le agregaba la autocensura, una práctica que es más inicua todavía, porque pervierte a los debían ser enemigos de la censura y oculta la maldad de ella con la mentira de un supuesto consenso. Aquella política cayó pronto en crisis y en buena medida han desaparecido sus efectos, aunque sería un serio error creer que ya no existe.

Hoy, un gran número de editoriales publica libros de ciencias sociales o que las implican en sus contenidos; solo una parte de ellas está dentro del Instituto Cubano del Libro. Ahora se publica en Cuba prácticamente como en buena parte del mundo, con limitaciones que, de un modo u otro, las hay también en cualquier país. Pero me preocupa mucho que así sea, porque un denominador común que tienen esas libertades-permisividades en la mayor parte del mundo es ser funcionales al dominio de una minoría sobre la sociedad, una minoría que explota o excluye de mil maneras a las mayorías y ejerce su poder sobre todas las cuestiones importantes. En Cuba, a mi juicio, lo esencial de la libertad de publicar pensamiento y ciencias sociales debería establecerse de otro modo, basado al menos en estos cinco rasgos: ser funcional a nuestra sociedad en transición socialista; guiarse por la necesidad de obtener y generalizar instrumentos para identificar, investigar o divulgar las realidades sociales de todo tipo; responder al nivel creciente de conocimiento de materias sociales del conjunto de la población y participar en su desarrollo; ser una forma más de ayudar a la progresiva conversión del poder en un poder popular; y lo mismo en cuanto al desarrollo de personas más plenas.

Al observar este campo en la Cuba actual, sin dudas hay logros parciales en todos los rasgos que relacioné, pero también hay ausencias –algunas de ellas graves– y falta algo imprescindible: la organicidad.

Han sido las necesidades culturales y las políticas culturales, y no el mercado, quienes han decidido hasta ahora lo que se publica de pensamiento y ciencias sociales. Ese no es un hecho afortunado: es una hermosa conquista obtenida por la revolución socialista cubana, que, como otras expresadas o no en leyes, con el tiempo se han vuelto costumbres. Debemos estar muy atentos, porque si es necesario habrá que enfrentar resueltamente el auge tremendo que ha tenido el economicismo en nuestro país, para evitar que a partir de criterios de rentabilidad, organización y otros se malentiendan los planteos generales de los Lineamientos del Sexto Congreso del PCC para nuestro ámbito, como son la “utilización efectiva de los recursos de que se dispone” y “generar nuevas fuentes de ingresos”. Sería inadmisible someter a la publicación de las ciencias sociales a normas y requisitos que las desnaturalicen y tiendan a convertir sus productos en mercancías y su política en gestión de negocios.

Después de un primer momento de exaltación parcializada de la esfera económica y de llamados tan generales –y probablemente vacíos– como el de “liberar las fuerzas productivas”, aparecieron las opiniones críticas, los planteamientos de cuestiones concretas acerca de aspectos negativos y también cuestionamientos más generales de la posición que pudiéramos llamar economicista. En numerosos aspectos de la vida cotidiana de las mayorías, en asambleas y eventos, en escritos y debates orales, esas contrastaciones están a la orden del día en la actualidad cubana. En unos casos, la materia en discusión está muy concretada a hechos, medidas, situaciones, conflictos, y las generalizaciones solo asumen la forma de comentarios. En otros, los criterios acerca de las características esenciales de las posiciones, su relación con el mantenimiento o el deterioro del tipo de sociedad en que hemos vivido , las implicaciones de los hechos y las ideas controvertidas para las relaciones sociales y para el futuro de Cuba, han ido ocupando un lugar central.

Como en toda sociedad que se encuentra en transición socialista, el ámbito de las actividades intelectuales está envuelto en Cuba en una dialéctica entre la política y el mercado. Eso no lo diferencia en nada de la economía, que se encuentra en el mismo caso, ni de otros aspectos de la vida social –no todos–, que también están en la misma situación. Dado que la acción socialista tiene un carácter intencional y ejerce presión sobre la reproducción esperable de las relaciones sociales, debe existir una mediación muy importante entre las actividades intelectuales y el poder socialista: la política cultural. Ella debe modificar, dentro de lo posible, aquella reproducción esperable, al mismo tiempo que introduce recursos, orientaciones, instituciones, libertades, medidas, motivaciones, facilidades, normas, para que el conjunto de la actividad cumpla el papel fundamental que tiene para el desarrollo del socialismo.

Me parece necesario y urgente conectar lo más íntimamente que podamos las aproximaciones puntuales y las generales a la coyuntura crucial que estamos viviendo. Las capacidades intelectuales de una gran parte de los cubanos son realmente altas, y el nivel de conciencia política nacional es posiblemente único a escala mundial. Por consiguiente, las cuestiones fundamentales podrían ventilarse con una notable participación de los instrumentos y los productos del conocimiento social, y ese sería un factor sumamente positivo para diálogos reales, intercambios enriquecedores, garantía del mantenimiento de valores imprescindibles, y búsquedas y hallazgos de las mejores soluciones. Y uno de los aspectos más importantes de esa asunción y utilización del conocimiento social es tener a disposición de la población literatura de calidad, pertinencia y diversidad suficientes.

No es esta la ocasión para entrar en el contenido de ese debate trascendental, que al mismo tiempo es apasionante para las ciencias sociales. Me conformo entonces con hacer una sola precisión de contenido. Ante todo, no creo que la alternativa cubana sea entre “socialismo estatista o neoliberalismo”. Lo que está en juego hoy en Cuba, dada su situación concreta, no es la permanencia de un tipo de socialismo, sino del socialismo en general. Su adversario no es el neoliberalismo, sino el capitalismo en general, incluida la posibilidad de variantes no muy neoliberales de capitalismo. Naturalmente, esa disyuntiva trasciende el campo cultural, pero lo implica. Y es vivida no tanto como el antagonismo que le es esencial, sino en combinaciones o coexistencias.

Brindo algunos ejemplos. A áreas tradicionalmente subsidiadas –por su tipo de producción y su aporte a la comunidad– se les orientó “autofinanciarse” –lo cual exige medirse por el dólar y relacionarse con los intereses, medios y métodos de quiénes lo portan–, pero a la vez mantener su identidad, sus funciones y sus valores socialistas. La pérdida de peso del prestigio y el mérito a manos de la capacidad adquisitiva, sin dudas relacionada con que las diferencias efectivas en ese terreno han abierto zanjas profundas entre sectores de nuestra población, y la opción de emplear las capacidades del individuo en medios en los que se obtienen divisas y mayor reconocimiento, aumentan la influencia de relaciones sociales y modos de vida favorables a una futura aceptación del capitalismo. Pero todo esto sucede en el mismo medio que brinda prácticamente a toda la población numerosos servicios, seguridad social, respeto al ciudadano, derechos ciertos y un proyecto nacional de soberanía plena y distribución sistemática de la riqueza, a partir de una organización social basada en la solidaridad y en un poder socialista.

Agrego solo algunos comentarios telegráficos para auspiciar el debate, antes de referirme muy brevemente a las publicaciones del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

No me animo a creer que sería lo más conveniente pretender una organicidad en las ciencias sociales cubanas, cuando su desarrollo es aún insuficiente. En ese marco, la heterogeneidad de las publicaciones resulta positiva si ofrece datos, pistas y productos valiosos, que no se pedirían por no saber que existen o no sentir aún la necesidad de demandarlos. Aportes o sugerencias, nuevos asuntos, instrumentos y métodos, buenas preguntas, rechazos fructíferos, serán siempre saldos favorables para la publicación de una obra.

Me gustaría que quienes sí son conocedores, que no es mi caso, se refieran al auge extraordinario de las publicaciones digitales de ciencias sociales, a sus características, sus dificultades, sus potencialidades. Opino que a los que ya poseen cierta formación les puede resolver problemas bibliográficos que parecían insolubles, y a los que están motivados, puede abrirles innumerables acervos. Iniciativas como las que impulsa sistemáticamente Desiderio Navarro, o la de “Libros libres”, permiten darse cuenta del mundo de posibilidades que nos abren esos medios. Hace dos meses me asomé en un texto breve, “No seamos siervos de ellas, trabajemos con ellas”, al complejo de cuestiones generales y cubanas, y la parte que tiene en la guerra cultural en curso en el mundo actual, esta revolución potencial de las capacidades humanas a la que de manera tan pobre alude el término “nuevas tecnologías”.

Es posible que entre textos sobre papel y en formato digital haya actualmente más publicaciones de pensamiento y ciencias sociales que lo que pueden manejar y utilizar con efectividad el conjunto de nuestros científicos sociales y otros lectores interesados. Pero insisto en que eso solo puede tener consecuencias positivas.

Me honra mucho comenzar a referirme a las publicaciones del Instituto Juan Marinello rindiéndole homenaje a un Premio Nacional de Edición, Pablo Pacheco López. Fue Pacheco el que, al asumir la dirección de esa institución en 1996, se propuso cambiar radicalmente una situación en la que el trabajo de un abnegado y muy capaz colectivo de investigadores no se había visto correspondido por la publicación de un solo libro. Inició así una tarea ciclópea a la cual dedicó sus mayores esfuerzos y desvelos, y las cualidades que hacen de él un paradigma de promotor cultural. Pacheco supo alentar a los trabajadores del entonces Centro a confiar en sus fuerzas y sus potencialidades, organizar con rigor las tareas y llevarlas a cabo realmente, conducir un plan muy ambicioso de publicaciones y realizar o fiscalizar en sus detalles la madeja tremenda de acciones concretas que está detrás de cada libro publicado, y sostener relaciones fraternales y respetuosas con un enorme número de instituciones y de investigadores y otros intelectuales cubanos y extranjeros.

Al mismo tiempo, Pacheco sacó un inmenso provecho a su extraordinaria trayectoria como editor, responsable de editoriales y presidente del Instituto Cubano del Libro, a través de innumerables acciones y gestiones que propiciaron convertir en realidades lo que parecía un sueño. Pablo Pacheco fue el alma de la conversión del Marinello en una institución fuerte, prestigiosa y cumplidora de un papel notable en la cultura cubana, y dentro de ello, de que tenga un sello editorial y una producción en ese campo que es una rama muy importante de su actividad, y  muy expresiva de las cualidades generales del Instituto.

Los 136 títulos publicados que reúne y enumera al día de hoy nuestro catálogo constituyen una familia muy rica y diversa, articulada por una voluntad de promoción cultural y unos objetivos editoriales que están muy claros y definidos para nosotros. Quisiera destacar dentro del conjunto cuatro grandes grupos, que constituyen la mayor parte de esa familia: los libros que recogen resultados del trabajo investigativo del Marinello y de los eventos celebrados allí; los que en su momento fueron premiados por los concursos que auspicia esta institución y otros que expresan logros en el conocimiento de la cultura cubana; los que desarrollan temas importantes para el pensamiento social; y los dedicados a problemas relevantes de la realidad contemporánea.

Ese logro es resultado del trabajo sistemático y de alta calidad de los autores, los editores, los diseñadores, los técnicos y todo el personal auxiliar del Instituto, y, al mismo tiempo, de muchos que no son trabajadores nuestros. Ante todo, de tantos autores que han contribuido aportando su labor y sus saberes para crear los libros, que es el contenido fundamental de esta tarea. Y con ellos, de todos los editores, diseñadores, obreros y demás trabajadores de las artes gráficas, sin los cuales no hay libros. De todas las personas que a lo largo de estos años han venido a los eventos, conferencias, cursos y demás encuentros en el Marinello, a escuchar y a hablar. De compañeros que desempeñan responsabilidades en el Ministerio de Cultura, que nos han apoyado y alentado, sin reservas y sin descanso, frente a innumerables necesidades, escaseces, contratiempos y obstáculos que toda obra social valiosa se ve obligada a enfrentar y vencer. De otras veinte instituciones que han asumido compartir con nosotros tareas y coediciones de libros y de CDs. Y también de personalidades intelectuales y otros amigos, de Cuba y de un buen número de países, que nos han aportado gratuitamente sus bienes culturales y nos han brindado su solidaridad sin reservas.

Al cabo de varias décadas, en el Marinello he tenido la suerte, en estos últimos dieciocho años, de volver a formar parte de un empeño editorial. Aunque hoy las cosas son de otro modo, no quiero terminar sin expresar una cuestión que estimo fundamental. Igual que entonces, hoy tenemos más ideales y proyectos que recursos, pero a diferencia de los años sesenta, las capacidades de las cubanas y los cubanos se han multiplicado a un grado que es excepcional a escala mundial, y ha aumentado a un  grado extraordinario lo construido en esta rama. Igual que entonces, hoy tenemos que pelear muy duro para crear productos culturales en medio de la escasez y de nuestras propias deficiencias, y pelear muy duro para no ser absorbidos por el imperio del dinero y por los valores del capitalismo. Pero la hora actual es mucho más compleja y difícil que aquella. Al pasar revista a fuerzas y debilidades, considero que la cultura es un campo que posee un desarrollo superior y una coyuntura más favorable que la mayoría de los campos principales en la Cuba actual. Tiene, por consiguiente, más deberes que cumplir y más posibilidades de hacerlo a un grado satisfactorio, que sirva a las necesidades del pueblo y al alimento espiritual que le es imprescindible.

Los libros son un baluarte de la cultura y uno de los teatros en que los individuos encuentran satisfacción a su facultad de elegir y a su crecimiento como tales, al mismo tiempo que encuentran más posibilidades de comulgar con lo trascendente y de sentirse parte de colectividades, de participar en empeños muy superiores al horizonte limitado en que se ven forzados a actuar, sentir y pensar. Con la ambición de participar en estos combates y en esas satisfacciones se hacen y se publican los libros del Instituto Juan Marinello.

 


[i] Intervención en la Mesa “Las ciencias sociales hoy y su reflejo editorial”, en el Encuentro de Editores y Traductores Literarios Fil 2014, 23º Feria Internacional del Libro, La Cabaña, La Habana, 19 de febrero de 2014.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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