Palabras de presentación del libro La Revolución que no se fue a bolina, de Rolando Rodríguez. Sala Nicolás Guillén. La Cabaña. Feria Internacional del Libro de La Habana. 15 de febrero de 2014.

Humberto Vázquez García

Rolando Rodríguez no cesa de asombrarnos. Desde que en 1998 apareció Cuba: la forja de una nación —primer capítulo de esa saga monumental calificada por él, sobriamente, como su “visión de la Historia de Cuba”—,[1] cada una de sus entregas ha constituido un acontecimiento historiográfico. Y no solo por los numerosos vacíos que ha colmado, lo cual bastaría para hacer meritoria su obra, sino también por sus valiosos hallazgos y audaces interpretaciones. Investigador acucioso, Rolando tiene la virtud de combinar hábilmente la reconstrucción escrupulosa del hecho histórico y su contexto —para lo cual escudriña en todas las fuentes posibles— con la agudeza del análisis. Como buen martiano, sabe que “la verdad, como el sol, ilumina la tierra a través de las nubes”[2] y que “historiar es juzgar”;[3] por eso se afana en buscar la verdad y no vacila en decirla, no importa cuán dura sea, ni en someter a juicio la historia que cuenta y sus protagonistas. Y lo hace “a despecho de sí mismo y de sus pasiones”,[4] según reclamara el Apóstol, porque su compromiso raigal con la Patria no le permite experimentar placer, sino pena, desazón o ira, cuando tiene que bajar de sus pedestales a figuras como Manuel de Jesús Calvar, Julio Sanguily y Gonzalo de Quesada, o desvelar el carácter apócrifo del memorándum Breckinridge, o poner en evidencia las veleidades de los líderes del Partido Independiente de Color. No es de extrañar, y tampoco de lamentar, que la obra de Rolando Rodríguez suscite, además de admiración y elogios, algunas polémicas e incomprensiones. Pero este riesgo es inherente a su honestidad intelectual, que no le admite alternativa.

La Revolución que no se fue a bolina, el libro que hoy tengo el gusto y el honor de presentarles, es un nuevo capítulo de la referida saga. Para su autor representa una especie de viaje a la semilla, pues vuelve a la Revolución del 30, un tema que lo apasiona e investiga desde hace más de tres décadas y que en el lejano 1989 nos entregó recreado en República angelical, aquella historia novelada ante la cual Raúl Roa exclamó que “al fin se había enterado de cómo había sucedido la caída de la tiranía de Machado”.[5] Y no es caprichosa la alusión al cuento de Alejo Carpentier, pues según confesara el propio Rolando, “para comprender la dictadura de Machado, le resultaba necesario presentar, como antecedente, la república surgida en 1902”; y para entender “por qué se había llegado a aquella república renqueante, patoja, después de una lucha tremenda como la sostenida por el pueblo cubano”, era preciso exponer “el desarrollo de Cuba a lo largo del siglo XIX”.[6] La Revolución del 30 es, pues, la simiente de donde ha germinado la vasta obra de este gran historiador.

La Revolución que no se fue a bolina nos presenta en apretada síntesis la figura patológica de Gerardo Machado y su tiranía, las causas y los momentos salientes de la Revolución de honda raíz popular que lo derribó del poder, la acción revolucionaria del 4 de septiembre y la vida efímera de la Pentarquía, para finalmente ofrecernos, mediante un relato circunstanciado de los acontecimientos y su análisis integral, una pintura mural de las 127 jornadas del Gobierno de los Cien Días y el golpe de Estado reaccionario del 15 de enero de 1934. Sustentada en una imponente masa de información documental, bibliográfica y testimonial, esta obra es, sin duda, el acercamiento historiográfico más completo al trascendental experimento revolucionario cubano.

No es la de Rolando Rodríguez una mirada complaciente, ni maniquea, ni simplificadora de la Historia; pero tampoco fría, imparcial o desaprensiva. En consecuencia, se interna en el hecho histórico, como si en él participara, y nos lo cuenta disfrutándolo,  sufriéndolo o, simplemente, observándolo, pero siempre desde adentro y con la mayor objetividad posible. Así encontramos en esta obra pasajes apasionados, como cuando, a falta de justicia, sonó “la misteriosa hora de la venganza” y los justicieros cobraron las ofensas de los esbirros y personeros del machadato;[7] conmovedores, como la manifestación para el entierro de las cenizas de Julio Antonio Mella y la horrenda masacre de la soldadesca batistiana; dramáticos, como el combate del Hotel Nacional, donde se habían agrupado los oficiales machadistas, o el ataque al bastión contrarrevolucionario del Castillo de Atarés; lamentables, como el frustrado intento de juzgar a Batista por traición a la patria debido a su conspiración con Sumner Welles; deplorables, como la abyecta sumisión de ilustres personajes y revolucionarios aparentes a los designios de los procónsules imperiales Welles y Jefferson Caffery; patéticos, como el injustificable sectarismo del Partido Comunista que condujo a la división permanente de la vanguardia revolucionaria, causa entre las principales del fracaso del Gobierno de los Cien Días; luminosos, como los viriles enfrentamientos de Antonio Guiteras con los monopolios yanquis y aquellos decretos propuestos por él y aprobados por Ramón Grau San Martín, que “como enormes martillazos iban rompiendo lentamente” la gigantesca maquinaria imperialista que ahogaba al pueblo de Cuba.[8] El fruto de esta mirada desprejuiciada y panorámica es una imagen caleidoscópica que refleja, de cuerpo entero, la República maltrecha y gallarda de que nos hablara Cintio Vitier.

Rolando Rodríguez no elude, ni trata con ligereza los numerosos sucesos de la época investigada, por muy escabrosos que hayan sido. Por el contrario, los aborda en su rica complejidad y los juzga, pero también ofrece la información y los argumentos de que dispone, para que el lector no esté obligado a admitir o rechazar su juicio, sino en condiciones de formarse el suyo propio.

De mucho interés resultan los documentos —hasta ahora inéditos— de la Embajada de los Estados Unidos en Cuba y del Departamento de Estado no incluidos en la colección Foreign Relations of the United States y, en especial, los de la Inteligencia militar yanqui, que también seguía de cerca y se inmiscuía en los asuntos internos de Cuba.

Del conjunto documental norteamericano analizado por Rolando, saltan a la vista dos elementos novedosos y nada halagüeños para la diplomacia y el espionaje imperiales: 1) Los reportes falaces e insidiosos de Benjamín Sumner Welles sobre la situación cubana, tendientes a provocar la intervención militar yanqui a sabiendas de que esa acción no se avenía con la política de “Buena Vecindad” hacia América Latina trazada por el presidente Franklin Delano Rossevelt. La única explicación de esta irracional conducta —motivo de alguna reconvención presidencial— es la frustración de Welles tras los sucesos del 4 de septiembre, que lo tomaron por sorpresa e hicieron fracasar su operación mediacionista; 2)  Los frecuentes errores, imprecisiones y disparates sobre hechos, situaciones y personas contenidos en los mencionados documentos, que ponen en tela de juicio la profesionalidad de sus autores y el supuesto buen conocimiento que tenían sobre la realidad de Cuba.

Todo esto encontrará el lector en La Revolución que no se fue a bolina. Pero hay mucho más, entre lo que resalta la amplia y profunda obra transformadora que se propuso y comenzó a realizar el Gobierno de los Cien Días, la cual suele conocerse de forma parcial o sumaria, y que ahora nos llega en toda su extensión y contextualizada; labor positiva emprendida a pesar de las debilidades consustanciales con la heterogeneidad del propio Gobierno y la oposición sistemática —en absurda e indeliberada coincidencia— de la derecha, la izquierda y el imperialismo yanqui, que no le dejaron un instante de reposo.

Carleton Beals, periodista norteamericano que conoció y admiró a Guiteras, calificó al Gobierno de los Cien Días como “romántico y nacionalista sin programa definido”, pero también como “el primer gobierno en la historia de Cuba […] de origen puramente cubano”.[9]

Luis Buch, insurreccional en las décadas del 30 y el 50, fiel seguidor de Guiteras y de Fidel, aseguró que “en todo el siglo XX cubano, hasta el triunfo de la Revolución Cubana, nunca se hizo tanto por el país y por las clases trabajadoras de Cuba como durante el Gobierno de los Cien Días, y la mayor parte de este mérito histórico corresponde a Antonio Guiteras”.[10]

Para Rolando Rodríguez el Gobierno de los Cien Días fue el “más progresista que había tenido la república, que en solo 127 días había cambiado la historia de la Isla y que hizo una revolución que dejó huellas perpetuas que trascenderían a 1953”.[11]

El Gobierno de los Cien Días fue la etapa culminante de la Revolución del 30. Entonces, ¿se fue o no a bolina esta Revolución?

Demos la palabra a Antonio Guiteras, quien en su conocido artículo Septembrismo, publicado en Bohemia el primero de abril de 1934, escribió estas palabras proféticas:

“A pesar del quebranto, el gesto del Gobierno de Grau no ha sido estéril […]  Esa actitud rectilínea, mostró un mundo de posibilidades al pueblo de Cuba, que ya había bebido con ansia los escritos de nuestros intelectuales, que le mostraban la senda de la revolución verdadera. Esa posición erguida mostró a los revolucionarios el camino.  Esa fase de nuestra Historia es la génesis de la revolución que se prepara, que no constituirá un movimiento político con más o menos disparos de cañón, sino una profunda transformación de nuestra estructura económico-político-social”.[12]

El 22 de abril de 1936, meses después del asesinato de Guiteras, Pablo de la Torriente Brau escribió las siguientes palabras sobre aquel hombre que, a juicio de Raúl Roa, “le había impreso sentido y carácter” al “tormentoso y efímero ensayo” del Gobierno de los Cien Días:[13]

“Ha pasado un año desde aquella caída épica de El Morrillo. La Revolución dobló la rodilla y siguió adelante. Y seguirá siempre, por encima de todas las caídas”.[14]

Estas palabras son valederas también para la Revolución del 30 que, decididamente, no se fue a bolina.

 


[1] Rolando Rodríguez: República de corcho, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010, tomo I, p. 2.

[2] José Martí: “Italia”, La Opinión Nacional, Caracas, 8 de marzo de l882, en José Martí: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 14, p. 400.

[3] Ibídem, p. 399.

[4] Ibídem, p. 400.

[5] Rolando Rodríguez: Cuba: la forja de una nación, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, tomo I, p. XIV. La anécdota completa fue así: Rolando había terminado una investigación sobre la Revolución del 30 para utilizarla en República angelical, y como sabía que Roa estaba escribiendo una biografía de Rubén Martínez Villena, le llevó su manuscrito a fin de ahorrarle tiempo en la recopilación y procesamiento de la información. Después de leído el manuscrito, Roa la manifestó que “al fin se había enterado de cómo había sucedido la caída de la tiranía de Machado”. “Exageras [objetó Rolando]. Tú fuiste uno de los protagonistas de los hechos”. A lo que Roa replicó que “en aquellas horas él no había estado en todas partes y ahora [después de leer el texto de Rolando] había rellenado lagunas”.

[6] Ibídem.

[7] Rolando Rodríguez: La Revolución que no se fue a bolina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2013, p. 46.

[8] Antonio Guiteras: Septembrismo, en: Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba, tomo IV, Primera Parte, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1987, p. 383.

[9] Rolando Rodríguez: La Revolución que no se fue a bolina, ed. cit., p. 679.

[10] Reinaldo Suárez: Un insurreccional en dos épocas. Con Antonio Guiteras y con Fidel Castro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001, p. 29.

[11] Rolando Rodríguez: La Revolución que no se fue a bolina, ed. cit., p. 708.

[12] Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba, tomo IV, Primera Parte, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1987, p. 383.

[13] Raúl Roa: La Revolución del 30 se fue a bolina, Ediciones Huracán, Instituto del Libro,  La Habana, 1969,  p. 245.

[14] Pablo de la Torriente Brau: Hombres de la Revolución, en Antonio Guiteras: 100 años, Selección de Ana Cairo, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007, p. 92.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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