La guerra cultural en Cuba

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(Transcripción de la intervención de Enrique Ubieta Gómez en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS, diciembre 2013)

Yo he recorrido el país y he conversado con muchos estudiantes sobre estos temas y aprecio este espacio, no solo porque lo convoca la AHS, sino porque ofrece la posibilidad de que asista un público heterogéneo que es desconocido por mí, que podría ser de cualquier sector de la sociedad.

Siempre que se me ha pedido hablar de la subversión, rectifico el concepto en función de lo que obviamente trabajo, que es la lucha de ideas o la lucha en el entorno ideológico, que yo suelo enmarcar, sobre todo, en un ámbito cultural. Me parece más preciso hablar de la guerra cultural que se establece en torno a la construcción de una sociedad alternativa, y de la ofensiva general que se ha producido en los últimos años con el objetivo de aprovechar el fin biológico de la generación histórica que hizo la Revolución y el advenimiento al poder de nuevas generaciones.


Hablo de guerra cultural –quiero enfatizar eso– porque entiendo que ese concepto incluye lo ideológico y lo político y algunas cosas más que me parecen esenciales. No se trata de la simple lucha por el poder: no es una guerra entre personas que están a favor o en contra de un gobierno. Se trata de una guerra entre personas que están a favor o en contra de un sistema, que implica también una percepción cultural del mundo, una manera de entender el concepto de felicidad, tanto en la vida personal como colectiva. Entonces, lo que nos quieren cambiar es la mente. Quieren que la sociedad cubana cambie su manera de pensar, sus ideales, sus expectativas; quieren construir un proceso de cambios paulatinos en la mente de los cubanos que nos conduzcan, sin necesidad de que se produzca la caída del gobierno, al capitalismo.

Hablo de que existen dos maneras de entender las relaciones entre las personas y los objetos, que se expresan en lo que llamamos, de una parte, la cultura del ser y de la otra,  la cultura del tener. Entiendo por cultura del tener una forma de vida que se rige por las leyes del consumismo –no las del consumo–, que nos convierte en esclavos de las cosas, porque son las cosas las que establecen el valor de las personas, lo que valen, lo que significan, el nivel del éxito alcanzado en la sociedad. A la cultura del tener no le importa el origen del dinero. Usted puede tener mucho porque ganó la lotería, porque lo heredó o porque lo robó y no lo han cogido preso, o porque siendo actor hizo una película mala pero taquillera: si tiene mucho es una persona importante. Es decir, el ser pasa a segundo plano frente al tener. Y el tener conlleva a su vez la exhibición de lo que se tiene. Usted no es nadie si tiene y no lo exhibe, si la gente no puede apreciar que usted tiene, que es lo que marca su valor en la sociedad. Cuando en Cuba hablamos de especulación, un término que nada tiene que ver con el término exhibicionismo (pero que popularmente se usa como sinónimo), nos referimos al predominio de la cultura del tener en algunas personas. Hay un príncipe árabe que la revista Forbes ubica entre los diez hombres más ricos del mundo y que enchapó su avión personal en oro –supongo que hizo los cálculos correctos para que no se caiga–; ¿qué diferencia hay entre ese personaje que no está loco, que no es un obsesivo, sino simplemente un personaje del sistema, que necesita demostrarle al mundo cuánto tiene, porque eso establece cuánto vale, y ese otro que está sentado en mi cuadra en el barrio de Colón de Centro Habana, y que lleva tres cadenas de oro al cuello? La diferencia obviamente es de cantidad de dinero, pero no hay ninguna diferencia en las intenciones, porque estamos hablando del mismo acto dentro del sistema de valores de la cultura del tener. Es decir, yo valgo porque tengo tres cadenas de oro o yo valgo porque tengo el avión enchapado en oro.

Por supuesto, el socialismo no significa que la gente no tenga. Eso sería un absurdo, no puede sostenerse una sociedad que no tenga un consumo razonable que lleve a un mejor nivel de vida, que signifique de algún modo un progreso personal. Todo eso es correcto y el socialismo no lo puede negar bajo ningún concepto. Pero sí de que nos propongamos cumplir –y sabemos que no se cumple en la sociedad cubana actual–, la máxima de que a cada cual se le exija según su capacidad y se le de según su trabajo. En este caso, se ubica en primer lugar lo que cada quien es (lo que entrega a la sociedad) y por tanto, lo que merece recibir a cambio de su trabajo.

En la sociedad cubana de hoy tenemos la pirámide invertida. Precisamente, los Lineamientos se proponen resituar la pirámide en su lugar y que las personas puedan ganar por lo que aportan y que esa ganancia esté sustentada en lo que la gentes es concretamente. Esto que parece muy general, quizás parezca muy teórico, yo creo que es la base de lo que podemos entender por una confrontación entre la cultura del capitalismo y la cultura del socialismo, como alternativas opuestas de vida. Insisto en ello, porque hay personas que de alguna manera desechan esa contradicción, y al final terminan entrampados en ella. Lo que somos hoy en Cuba, lo que tratamos de construir hoy en Cuba, parte de una tradición nacional, de un pensamiento nacional, pero también de un concepto de vida alternativo al capitalista. Cuando se nos dice: ustedes tiene que acabar de ser “normales”, llevan 50 años de Revolución, sean normales, yo siempre pregunto: ¿qué nos piden?; cuando dicen que seamos normales ¿qué quieren decir con eso? Lo normal en el mundo es el consumismo, lo normal en el mundo son las leyes bravas del mercado y yo no quiero ser normal. Yo no quisiera que este país retrocediera. Creo que la gran victoria de Cuba es no ser normal en un mundo donde la injusticia social y la indiferencia ante ella son normales. Entonces, Cuba marcha por un camino diferente, por un camino alternativo que intenta conservar en un mundo extraordinariamente hostil, porque es un mundo diseñado por la clase hegemónica capitalista.

Cuando me preguntan ¿qué es lo que predomina hoy en Cuba, la cultura del capitalismo o la del socialismo?, yo tengo que empezar por decir que la cultura del capitalismo es la cultura predominante en el mundo, es la cultura que se sustenta sobre la base material del capitalismo. La socialista es un proyecto en construcción y eso implica obviamente que nosotros seamos consumidores de la cultura capitalista y que además la reproduzcamos. Nosotros caemos en la trampa de reproducir los valores del capitalismo, con programas de televisión que hacemos nosotros, y también en el cine o en la literatura. Porque el socialismo no es un lugar de llegada. El socialismo es un camino en el que tratamos de optar por la negación y la superación del capitalismo. Es una contradicción entre dos sistemas que no disminuye, que se intensifica durante el largo camino de superación. Pongo un ejemplo muy actual: el tema de la corrupción, algo que los enemigos nos señalan continuamente y que nosotros mismos señalamos en Cuba, porque es totalmente contradictorio con el sistema. La corrupción nos duele, nos sorprende y nos hace creer que es un grave problema “nuestro” y lo es, porque es un cáncer para el socialismo; la corrupción no se nota en el capitalismo porque es inherente a él; no destruye al capitalismo, a nosotros sí. La corrupción no es el resultado del socialismo; es la evidencia de que el capitalismo todavía se reproduce en nuestra sociedad. El socialismo presupone una ética social e individual superior, e implica un nivel muy superior de exigencia individual.

Otro ámbito cultural que me parece esencial es el de la memoria histórica. Vivimos en un país donde la inmensa mayoría de la población nació después de la Revolución. Significa que estamos construyendo una sociedad alternativa a una sociedad que no vivimos, de la cual no tenemos vivencias personales. Y los jóvenes que mañana asumirán las posiciones fundamentales del país, tendrán que conducir la revolución sin ni siquiera contar a su lado con la última generación que vivió el capitalismo, en medio de una guerra cultural de altísima intensidad. Porque no existe ningún proyecto de futuro que no se sustente en una tradición, que no tenga la vista puesta en un pasado, o mejor dicho, en una interpretación del pasado. Respeto mucho los instrumentos científicos de los estudios históricos, creo que son importantísimos, pero al mismo tiempo, no dejo de recordar que toda interpretación –y la historia no es más que una continua reinterpretación del pasado–, conduce a un futuro específico, que cada nueva época reinterpreta el pasado en función de un proyecto de futuro. En Miami, ustedes sabrán, hay un monumento a los héroes de Playa Girón, es decir, a los mercenarios que desembarcaron por Bahía de Cochinos como dicen ellos, aquí hay uno para los milicianos que defendieron el país de esa invasión. Aquellos son los héroes de aquel proyecto, estos son los héroes de este proyecto. Lo que quiero decir es que no existe un proyecto de sociedad en la que todos, aquellos mercenarios y estos milicianos, sean al mismo tiempo héroes: cada sociedad tiene los suyos. Estos están en función del proyecto de futuro.

Siempre recuerdo esta anécdota: en una ocasión estaba ayudando a mi tío a conseguir un cambio de vivienda y me tropecé con una señora que se imaginaba viviendo el capitalismo en Cuba y le ofrecía a mi tío un apartamento “con garaje”, pero yo, que conocía el apartamento que ella ofertaba, le aclaraba que no lo tenía, porque aquel garaje había sido declarado monumento nacional, ya que en él se habían escondido José Antonio Echeverría y los asaltantes al Palacio Presidencial y a Radio Reloj en 1957. Aquella señora se echó para atrás con una sonrisa en los labios y me respondió: pero señor, José Antonio Echeverría solo es importante para este gobierno, en un futuro nadie se va a acordar de él. Y a mí me resultó la afirmación tan ofensiva que empecé a discutir, pero también comprendí que ella sabía lo que estaba diciendo. Porque los héroes de una Cuba capitalista no serán ni Julio Antonio Mella, ni Villena, ni José Antonio Echeverría, ni Jesús Menéndez, Frank País, Ernesto Che Guevara. O sea, que el panteón de héroes sería otro. Por eso cuando nos piden a los revolucionarios –que somos obsesivos con la verdad porque la necesitamos y toda revolución comienza alfabetizando a su población, empieza exigiéndole a su población que estudie–, que rescatemos y situemos a todos los personajes de la historia en el mismo lugar, están siendo hipócritas. Es cierto que en ocasiones hemos explicado los hechos históricos de forma maniquea, y que la victoria de nuestros héroes es grandiosa precisamente porque nuestros villanos no eran estúpidos o cobardes como a veces parece en la descripción de los hechos. Pero no existen panteones ecuménicos. Cuando uno llega hoy a los países de Europa del Este y observa que todos los héroes del socialismo, los propios y los ajenos, fueron arrancados de sus pedestales, comprende cuan hipócritas eran sus reclamos. ¿Cuáles serían los héroes de esa Cuba capitalista anhelada por ellos? Héroes de pacotilla. Ya se reescribe la historia: Batista “el benefactor”; Che Guevara, “el asesino”.

Pero hay otra manera de reconstruir la historia, y es por la vía emocional: nos quieren vender una imagen falsa de los años 50 como si aquella hubiese sido una época de fiesta, de diversión, nos venden una Habana llena de luces de neón, de bares y cabarets, de alegría, y después, por supuesto, sobrevino lo peor; como decía en su canción Carlos Puebla (interpretándolo en un sentido literal): “llegó el Comandante y mandó a parar, se acabó la diversión”. Nos quieren hacer creer que los años 60 fueron años de tristeza, de oscuridad. Es una contraposición que no funciona racionalmente sino a nivel emocional, se apoya en elementos extra políticos, porque en el mundo entero hay cierta moda, cierta tendencia a recuperar la arquitectura, las imágenes de los años 50, porque fueron años en los que el capitalismo norteamericano tuvo cierta estabilidad económica. Aquella década se convirtió en un mito que se retoma hoy, en medio de violentas crisis económicas. Pero a Cuba llega viciada por la confrontación entre sistemas, por la clara división de épocas que marca el año 1959. Y se nos siembra la idea de que tenemos que recuperar los ídolos de antes del 59, cada pedacito de La Habana tal como era antes del 59, como si aquella fuese nuestra verdadera tradición y quiero advertir que Cuba ha vivido ya más años en Revolución, que los que vivió durante la neocolonia. Algunos pretenden sustituir los nombres de las calles o de las tiendas –los que ya el pueblo identifica con los nombres actuales, no me refiero a los nombres que nunca fueron aceptados– por el que tuvo en la primera mitad del siglo XX.

Quiero que se entienda que hoy necesitamos del debate, de la discusión, como nunca antes. Quiero insistir también en esto. Porque esta guerra cultural solo es posible ganarla desde el debate. Solo es posible ganarla desde la construcción de miradas críticas. De la capacidad que tenga la gente – sobre todo los jóvenes– de discernir lo que es bueno y lo que es malo. Hay una gran exposición en estos momentos de materiales, hay un trasiego de información que no tiene nada que ver con lo que el estado produce y distribuye. Las nuevas tecnologías introducen esa posibilidad. Hay videos clip, por ejemplo, como el de Yakarta y el Chacal, “Ellas son locas”, excelentes para dar clases de esto que estamos planteando. En ese video los cantantes traen en las manos fajos de billetes y lo lanzan al aire, se rodean de bellas mujeres desnudas, disfrutan del poder que otorga el dinero. Ese video no se exhibió en la televisión, pero corrió por todo el país y muchos jóvenes lo vieron. No se puede prohibir, pero hay que establecer jerarquías. La televisión es un lugar que tiene que establecer jerarquías y responsabilidades en lo que se ofrece a la gente. Usted puede pintar cualquier barbaridad en su casa y nadie se lo prohíbe, pero no puede pedir una galería.

Tenemos que educar la capacidad crítica en los jóvenes. Una capacidad crítica que permita que lo vean todo –y yo creo que los jóvenes deben verlo todo y saber discernir– y eso tiene que interiorizarse en los comités de base, en las brigadas de la FEU y en los colectivos de profesores. Yo creo que un maestro de secundaria tiene que ver las series juveniles que pasan en TV antes de la comida. Series norteamericanas de televisión con muy buena factura, que reproducen los valores de la cultura del tener, y debe conversar con los muchachos después sobre esas series, no para impugnarlas, sino para aportarles otra mirada, otros argumentos que amplíen la capacidad de recepción de sus alumnos. Los maestros pueden hacer mucho en ese sentido.

Intervención durante el debate.

Me encanta este tipo de debate. Permite repensar muchas cosas, ajustarlas y afirmarlas. Es un debate que siempre resulta útil para todos. No estoy del todo de acuerdo con la frase de que no hemos cambiado nada (sobre la prensa), yo creo que hay un proceso de evolución. El mundo de la llamada libre información, de las grandes transnacionales, es el que construye los esquemas de pensamiento, el que construye las miradas. No está interesado en la verdad, está interesado en esa construcción que se sustenta en lo verosímil, trabaja con lo verosímil y construye estados generales de opinión. El socialismo en el mundo surgió en países atrasados, en condiciones de guerra total. Y durante mucho tiempo la idea que prevaleció en esos países que estaban tratando de crear una cultura alternativa era establecer una especie de coraza que los protegiera de la desinformación de la llamada prensa libre. Eso lo heredamos nosotros también. En el punto en que estamos lo peor que nos puede pasar es que pensemos que andamos con una coraza, cuando en realidad no tenemos ninguna coraza. Hoy las nuevas tecnologías hacen que todo ese sistema de construcción de mentalidades antisocialistas, que introduce los valores del capitalismo, esté en la calle, reproduciéndose y dialogando con la gente. Tenemos que enfrentar ese hecho desde la cultura, desde el debate crítico. Lo único que nos puede salvar es la conformación de un pensamiento crítico que sea capaz de discernir, que no es la simple suma de conocimientos, pues hay personas que conocen mucho y son contaminadas con facilidad, con cualquier estupidez. Esa capacidad crítica no surge de un conocimiento especial, sino de un entrenamiento especial que emana del debate. Ese debate tiene que estar en los comités de base, en los grupos de la FEU, etc.

¿Qué es una crítica? Yo insisto en eso, porque hay una tendencia a desideologizar. Yo creo que hay que distinguir entre la crítica revolucionaria y la crítica contrarrevolucionaria. Me niego a homogeneizar, a quitar apellidos al hablar de la crítica. Si hay algo que es cierto seguirá siéndolo tanto si lo dice un revolucionario como si lo dice un contrarrevolucionario. Pero una crítica no es un enunciado. Un contrarrevolucionario y yo podemos coincidir diciendo que en Cuba hay corrupción y prostitución y los dos estamos partiendo de un hecho concreto, pero una crítica es más que un enunciado. Y la verdad se construye con dos cosas fundamentales: su historia –es decir, toda verdad tiene una historia que marca su lógica interna– y su solución, su proyecto implícito de solución. En este punto específicamente es donde nos bifurcamos. Es decir, si Yoani Sánchez dice que en Cuba hay corrupción o cita un caso concreto de corrupción y después dice que la corrupción es inherente al socialismo y que hay que transitar hacia el capitalismo para salvar al país de la corrupción, está diciendo una mentira colosal. Porque la corrupción es inherente al capitalismo. Y si me dice que hay prostitución y después me dice que la prostitución es el resultado del socialismo, de la construcción de esta sociedad alternativa… no, si hay capitalismo la prostitución se institucionaliza. Se transforma en una mafia, totalmente respaldada por el sistema. Ahí es donde la crítica adquiere un contenido revolucionario o un contenido contrarrevolucionario. Yo creo que la verdad siempre es revolucionaria y solo la crítica revolucionaria es verdadera, la crítica contrarrevolucionaria termina siendo una mentira, que manipula el concepto de verdad.

¿Cómo conformar la conciencia crítica? Yo a veces trato de separarme de las estadísticas que se manejan con ínfulas cientificistas en el país. Desconfío de las estadísticas.  Creo que existen verdades, mentiras y estadísticas. Me gusta repetir la famosa frase de Martí cuando hablaba en Tampa del espíritu de la Revolución existente en Cuba, y alguien que acababa de llegar del país dice que no se respiraba ese espíritu en la atmósfera de la Isla. Y Martí responde: pero yo no estoy hablando de la atmósfera, yo hablo del subsuelo. O sea, yo no quiero descripciones de atmósferas, yo creo que toda realidad es lo que se ve y lo que potencialmente puede ser, desde nuestras convicciones y cosmovisiones. Cuando hablo de estos temas, no lo hago situándome frente a las instituciones, yo quisiera que la televisión cubana fuera mejor –aunque es mejor que la común que existe en el mundo– y trato de hacer algo aunque es poco lo que puedo hacer pues no trabajo en la televisión, pero sí puedo ir de universidad en universidad discutiendo mis ideas y puedo actuar socialmente. Yo hago una diferenciación entre la acción de las instituciones –a las que sin dudas hay que presionar– de la responsabilidad individual que cada uno de nosotros tiene. Estoy plenamente consciente de la necesidad de construir un consumidor, un lector culto. El principal daño que nos hizo el período especial y los planes enemigos es que los revolucionarios de ese momento no supimos construirnos generacionalmente. Pero eso no me va a detener a mí, para nada.

Pienso que el lenguaje de la violencia es un lenguaje contrarrevolucionario. La violencia es contrarrevolucionaria. El enemigo quiere hacernos creer que la violencia es el resultado de la acción revolucionaria. Es decir, ellos hablan de la  izquierda revolucionaria “violenta” y de la izquierda “democrática”, que supuestamente es una izquierda pacífica, conciliadora. En verdad, la izquierda revolucionaria, a la que yo me adscribo plenamente, es violenta en tanto la derecha trata de justificar la violencia que implica la injusticia y hace inoperante otra forma de lucha que no sea violenta. Pero yo no apoyo la violencia, esa no es mi perspectiva de vida. La violencia me obliga a acciones que no son las que me motivan en la vida. La violencia revolucionaria es una respuesta a la violencia contrarrevolucionaria. Hay una especie de recuperación de la idea de la reconciliación, yo estoy de acuerdo siempre que sea en el socialismo. Lo que pasa es que a veces la reconciliación se entiende como capitulación. A veces sucede que un artista cubano va a Miami en son de paz, de buena voluntad,  y va a la televisión, y se esfuerza tanto en ser pacífico, apolítico, que termina siendo apabullado, porque no es una televisión hecha para ningún tipo de paz. Está hecha para la guerra cultural, de valores, que es la verdadera guerra entre el socialismo y el capitalismo. Por eso es bueno recordar también que estamos en guerra. Cuando un revolucionario dice que no es un político, está entendiendo mal el concepto: el revolucionario no hace política si ocupa o aspira a ocupar cargos, la hace si apuesta su vida a la transformación del mundo a favor de la verdad, la belleza y la justicia. Eso es ser un político revolucionario, aunque nunca se ocupe una responsabilidad estatal o partidista.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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2 respuestas a La guerra cultural en Cuba

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