Todo lo que fortalezca éticamente a la Revolución es bueno, todo lo que la debilite es malo

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Por: Ernesto Limia Díaz

Presentación del libro Cuba Libre: la utopía secuestrada.

Mi primer pensamiento, para Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, quien levantó en armas a un pueblo que llevaba más de tres siglos de rodillas, y lo convocó a fundar la nación. Un día como hoy hace 140 años cayó en combate en San Lorenzo, un majestuoso paraje de la Sierra Maestra próximo a Santiago de Cuba. En nombre de la “democracia” había sido destituido por la Cámara de Representantes el 28 de octubre de 1873, en un golpe anticonstitucional que quebró la unidad revolucionaria de una manera irreversible. Ese día, en Bijagual, la Cámara echó a un lado el ordenamiento jurídico que se dio la República en Armas para gobernarse, y al asumir esta posición tomó distancia de la cultura civilista defendida por Céspedes y Agramonte; desde entonces, las leyes dejaron de ser importantes en Cuba Libre.

Luego lo despojaron de sus ayudantes, del personal auxiliar de servicio y de su escolta, dejándolo a merced del primer delator que condujera a los españoles hasta su refugio. Varios testimonios refieren que el marqués de Santa Lucía tomó conciencia del crimen político que se cometía y no aprobaba este proceder. Se preocupaba por la suerte de Céspedes, pues sabía que su figura estaba tan estrechamente ligada a la revolución, que abandonarlo constituía un acto de ingratitud, mas no tuvo el valor de enfrentar a la camarilla que lo elevó a la presidencia; nadie lo tuvo.

Sobre las once de la mañana del 27 de febrero de 1874 sucedió lo inevitable: Céspedes fue sorprendido por el batallón Cazadores de San Quintín. Estaba viejo, casi ciego y solo, desamparado; pero se sabía símbolo de la rebeldía nacional de un pueblo y no podía permitir que lo capturaran vivo para exhibirlo como trofeo de guerra, preso y amarrado como a un delincuente. Y con sus ya debilitadas fuerzas, corrió revólver en mano y envuelto por el humo de sus propias detonaciones, ¡para morir matando!, como había prometido.

Enrique Collazo consideró que la deposición de Céspedes fue el hecho culminante de la revolución y el punto de partida de sus desventuras. Lo ocurrido prueba las lamentables implicaciones de la desunión, los rencores y las bajas pasiones en el seno de un movimiento político. En Bijagual los patriotas cubanos olvidaron que lo verdaderamente importante era combatir contra el enemigo.

No está de más dejar en claro qué fue del núcleo intrigante promovedor de estos hechos: Juan Bautista Spotorno, Marcos García, Jesús Rodríguez y Ramón Pérez Trujillo se afiliaron al Partido Autonomista al concluir la guerra y abandonaron para siempre el ideal de la independencia; Tomás Estrada Palma nunca creyó en Cuba Libre y en la campaña de 1895 empujó al país hacia la senda anexionista, lo que no consiguió consumar pero dejó clavado en las entrañas de la patria el puñal de la enmienda Platt. En cuanto al marqués de Santa Lucía, nadie duda de su acendrado patriotismo; pero su idílico civilismo perjudicó a la revolución.

Durante la preparación de la Guerra Necesaria, Martí trabajó para evitar que se repitiera esta historia. Propugnó la necesidad de organizar desde el primer instante un gobierno inclusivo, capaz de preservar el equilibrio entre el poder civil y el militar para potenciar la lucha armada, propósito principal de la fase liberadora, mientras en paralelo se levantaban los cimientos de la nueva república que iba a germinar de la revolución; sabía que tal empeño constituía un objetivo difícil debido a la heterogeneidad de las filas libertadoras, a donde él mismo convocó a los autonomistas. Su muerte prematura impidió que sus ideas pudieran materializarse. Por duro que pueda resultar, en Jimaguayú no hubo una sola mención al Apóstol, ni siquiera por parte de los asambleístas que lo acompañaron durante la organización de la gesta.

El general Antonio Maceo resultaría una de las primeras víctimas de las intrigas orquestadas por los círculos que dentro del Ejército Libertador pugnaban por marginar al elemento más radical, con un argumento manido: métodos dictatoriales y ambiciones de poder, las mismas acusaciones empleadas por los traidores del 68 contra el Padre de la Patria. Lo triste es que, al igual que hizo entonces en Bijagual, Salvador Cisneros Betancourt se prestó para una maniobra que en el fondo no pretendía otra cosa que desacreditar la figura del Héroe de Baraguá, con el propósito de aislarlo del poder revolucionario que se iba a refrendar en Jimaguayú.

Tres cuartas partes de los asambleístas no habían participado en la Guerra Grande. Se trataba de una generación de nuevos combatientes distante de la épica iniciada por Céspedes, por lo cual varios de sus más notorios exponentes no tenían el mismo compromiso de los veteranos del 68 con los sectores más humildes del pueblo. La mayoría procedían de familias de clase alta o media de la burguesía criolla y se habían graduado de Derecho, Medicina, Estomatología e Ingeniería, algunos, incluso, en Estados Unidos. Al final se impuso el sector que quería condicionar el marco de actuación del Ejército Libertador para contrarrestar la influencia de Gómez y Maceo, los dos líderes en quienes las masas populares incorporadas a la guerra habían depositado sus esperanzas de avanzar por el camino de una revolución social, destinada a promover un régimen de justicia y bienestar para todos, lo cual resulta clave para entender el desenlace de la guerra.

Desconfío de quienes nos hacen hoy un peligroso convite a cerrar la página de esta historia, por ser distante. No por otras razones escribo. Faltan cosas por aclarar, y por más que intenten disfrazar los argumentos para hacernos ver lo contrario, el debate planteado tiene una base, esencialmente, ideológica, que va a definir el futuro de la nación. Pierre Vilar apunta que “…en la medida en que el pasado humano es mal conocido, mal interpretado, los hombres y los grupos de hombres, tienen una visión incorrecta de su presente y de su futuro. Y, como es natural, esto también tiene un alcance práctico”. (1)

Para quienes piensen que lo dicho por este historiador marxista español no tiene que ver con nuestra realidad, debo citar algunos ejemplos. He sido testigo de cómo una joven profesora de la Universidad de La Habana defendió el concepto del “descubrimiento” hispano del Nuevo Mundo; de una maestra primaria que sostiene en su aula la tesis de la “extinción” aborigen, con el argumento de que así lo recoge el programa de esa enseñanza; todavía está abierto el debate sobre la rebelión de Aponte, porque doscientos años después existen historiadores que lo presentan como un levantamiento sin fines políticos; mientras el pensamiento y el ejemplo civilista de Céspedes siguen ausentes de los planes de estudio de la enseñanza superior, a pesar de los valiosos aportes realizados por el Dr. Rafael Acosta de Arriba, en nuestro país pervive la vieja máxima de la etapa colonial de que “las leyes se acatan pero no se cumplen”. También he leído que Gómez y Maceo no tenían un pensamiento social radical; qué decir del Apóstol y de la imagen que pretenden construir, en la que su república inclusiva tendría a los “pobres de la tierra” —base social con la que organizó la revolución y a la que echó su suerte― a merced de las fuerzas vivas de la sociedad, o sea, de la burguesía de generales y doctores que entregó el país al capital yanqui.

De ningún modo esto quita que historiemos la etapa más reciente desde el análisis autocrítico, sin dogmas ni bisturí. No hay que ocultar acontecimientos problémicos o errores, que ya están siendo juzgados por las nuevas generaciones —aunque también por las no tan nuevas―, lógicamente más distantes del drama social heredado por la revolución después de cuatro siglos de dominación colonial y neocolonial, al tiempo que por múltiples vías nuestro pueblo resulta bombardeado por ideas muy bien edulcoradas sobre las fabulosas ventajas de una sociedad de consumo enajenante, en la que 85 individuos acumulan el total de la riqueza de 3 500 millones de personas. No cabe duda de que solo el socialismo puede salvar a la humanidad de su autodestrucción, pero tenemos el deber de explicarlo. Hace apenas unos días Frei Betto lo alertó:

“Los procesos liberadores no son definitivos. El derrumbe de la Unión Soviética demostró que es un equívoco pensar que la revolución está hecha y ya es definitivo. La revolución es, sobre todo, un proceso de futuro. Porque cada generación tiene que ser educada nuevamente en el socialismo. Otro equívoco es pensar que quien nace en el socialismo es socialista. No. Todos nacemos capitalistas. Todos los bebitos son muy capitalistas: centrados en ellos y en lo que necesitan, en que los atiendan. Ahora, ese proceso de enseñar solidaridad, altruismo, participación, resulta de una educación”. (2)

Corremos el riesgo de perder la visión de muchos protagonistas de la epopeya, pues el reloj biológico avanza hacia lo inevitable. Se impone registrar los resultados de las ricas y heroicas experiencias vividas por la nación en las más difíciles condiciones a lo largo de estos 55 años y realizar un análisis responsable de las razones que condicionaron su actuación en temas que despiertan polémica. De acuerdo con mi modesta opinión, lo importante no es el hecho en sí, sino su interpretación, y en este punto Fidel ha sido consecuente con un principio expresado en 1976: “…ningún revolucionario es más importante que la revolución”. (3)

No puede olvidarse que la calumnia ha sido muchas veces en la historia el arma que ha justificado los peores crímenes contra los pueblos; mas considero que para no desviar el rumbo debemos tomar como brújula la frase del propio Fidel que encabeza estas palabras, con la cual concluyó su carta al VII Congreso de la UNEAC el 1º de abril de 2008: “Todo lo que fortalezca éticamente a la Revolución es bueno, todo lo que la debilite es malo”. (4) Frente a un mundo dominado por la ideología, las normas y los principios de la globalización neoliberal, su sabio mensaje cobra mayor vigencia que nunca. Las dramáticas imágenes provenientes de Irak, Libia, Siria, Ucrania y Venezuela nos brindan elocuentes ejemplos para confirmarlo.

Fueron estas las razones que me llevaron a escribir sobre la historia, desde las ciencias políticas. Cada palabra o juicio está pensado desde el presente, y de algo he quedado persuadido: a los revolucionarios cubanos nos falta sacar muchas lecciones del pasado; pero algo debe quedarles claro a quienes sueñan con destruirnos: del seno humilde de nuestro pueblo la revolución hizo brotar una pléyade de intelectuales comprometidos que la acompañarán en la defensa de sus ideas más sagradas. Así lo aseguró Eusebio Leal, a quien toda gratitud por su obra resulta insuficiente, en su intervención en el VII Congreso de la UNEAC:

“Una vez, con exceso de confianza de mi parte, le dije a aquel que evoco [se refería a Fidel]: «Usted nos ha condenado a que la nación esté para siempre presidida por un hombre ilustre». Y esa era mi gran agonía.  Hoy pienso que están aquí los cubanos ilustres, las mujeres y hombres.  Son una parte, sólo una parte, porque hay otros tantos en las fábricas, en el mar, en las fuerzas armadas, en la ciencia…, pero aquí están reunidos los escritores, los pintores, los intelectuales… en fin, el alma visible de Cuba”. (5)

Solo me resta agradecer al equipo de Boloña que me ayudó a concretar este proyecto: a Pedro Juan, a Joyce, y en especial a Silvana, por su aliento, sus permanentes enseñanzas y el privilegio de su afecto maternal; a Juan Nicolás Padrón, por su prólogo profundo que invita a meditar; a Rafael Acosta de Arriba, por acceder a presentar el libro sin siquiera conocerme; a mi familia, a mis compañeros y amigos. A todos, gratitud y lealtad eterna.

Treinta años después de que en mi Bayamo natal Eusebio Leal bajara a Céspedes de su pedestal de mármol y lo convirtiera en hombre, para el niño Ernesto Limia que lo escuchaba extasiado, creo haber cumplido mi compromiso con este modesto tributo a la memoria del Padre de la Patria.

¡Viva Cuba libre!

Notas

(1) Vilar, Pierre: “Historia”. En: Eduardo Torres-Cuevas (coordinador): La Historia y el oficio de Historiador. Ediciones Imagen Contemporánea La Habana, 2012, p. 8.

(2) Betto, Frei: “Entrevista realizada por Paula Companioni”. La Jiribilla (La Habana), año XII, no. 667, 22 de febrero al 28 de febrero de 2014. Disponible en http://www.lajiribilla.cu/articulo/7056/la-revolucion-es-sobre-todo-un-proceso-de-futuro

(3)Castro Ruz, Fidel: Nuestro poder es el del pueblo trabajador (folleto). Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976, p. 14.

(4) Castro Ruz, Fidel: “Carta al VII Congreso de la UNEAC” (2008). Disponible en http://www.cubadebate.cu/reflexiones-fidel/2008/04/01/carta-fidel-vii-congreso-uneac/

(5)Leal Spengler, Eusebio: «Preparémonos para el nuevo destino de nuestro país». Intervención en el VII Congreso de la UNEAC. La Habana, Palacio de las Convenciones, 2 de abril de 2008. (Versiones Taquigráficas – Consejo de Estado)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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