Aproximación a los problemas de la investigación de la historia reciente

Por: Mario Mencía

Sin ideas preconcebidas sobre los hechos propiamente dichos, hurgando en el pasado verídico y exponiendo lo real acontecido para llegar a conclusiones y posibles derivaciones lógicas, considero que el trabajo del investigador de la Historia debe tratar de no definir hasta poder demostrar y no afirmar antes de haber comprobado. Solo los hechos que sobrevivan a esas pruebas deben ser registrados como realidades. Y por esa misma razón, otros muchos hechos indemostrables o versiones que transgredan lo verdaderamente ocurrido deben ser descalificados.

No es nada fácil la labor de re-crear la historia reciente. Es trabajo bastante complejo y riesgoso, en el sentido ético y político, mucho más de lo que usualmente se presupone, sobre todo para el historiador revolucionario cuyo objeto de investigación es la insurrección contra las dos dictaduras batistianas. Una parte de sus actores sociales viven y constituyen fuentes fundamentales de información, con frecuencia contradictorias, para la reconstrucción de los hechos y sus interpretaciones. Esto es una privilegiada oportunidad de esclarecimiento, porque permite la obtención directa de información acerca de lo ocurrido; pero también puede derivar en la desfiguración de los hechos si ocurrió que el protagonista testimoniante no tuvo en ellos una participación del todo encomiable.

También puede erigirse en un serio problema por otras varias razones: unos protagonistas se niegan a ofrecer la información que tal vez ya hoy únicamente ellos conocen, otros no quieren que algunas cosas sean conocidas, y los hay que se comportan hipercríticamente y rechazan determinados resultados del trabajo historiográfico cuando estos no concuerdan con lo que ellos quisieran ver reflejado.

En contraste, por suerte, existen los apasionados de la verdad histórica que se erigen en fuentes orales valiosísimas para los historiadores.

Nada fácil la labor del historiador, quien piense que zurciendo dos o tres testimonios y dos o tres documentos o informaciones de prensa ya puede escribir la historia de algún hecho o de algún dilema histórico, difícilmente llegará a ser historiador.

No lo será tampoco quien dependa exclusivamente de una o unas pocas fuentes orales.

No lo será quien trabaje fundamentalmente con informaciones indirectas sin comprobar lo que ellas contienen, principalmente las provenientes de fuentes publicísticas, donde están incluidas las crónicas, los reportajes y notas de la época que obedezcan a  tendencias partidistas sin contrastación discursiva.

No será historiador quien sustituya la historia por generalizaciones provenientes de la esquematización del materialismo dialéctico e histórico, o adopte arbitrarias traspolaciones de fenómenos ajenos a nuestra identidad.

Ni lo será quien asigne a las personalidades destacadas la condición de inmaculados, perfectos e infalibles dioses del Olimpo, y tema aceptar que  —por muy significativo que sea el tránsito por la historia de algunos personajes excepcionales— se trata de seres humanos sujetos a las mismas leyes y necesidades biológicas, naturales y sociales y, por tanto, susceptibles a las imperfecciones propias de nuestra especie.

Considero que una buena norma de alguien que se precie de ser historiador debe ser dudarlo todo para obligarse a corroborarlo todo. Buscar informaciones en fuentes primarias, comprobarlas, ampliarlas y volverlas a comprobar. Y me refiero tanto a la información de carácter bibliográfico como a la documental y a la testimonial, esta última frecuentemente cargada de subjetividad, imprecisiones y desfiguraciones, típicas del imaginario combatiente.

Otra condición: analizar, analizar y analizar. La inconsistencia de ciertos datos y determinadas narraciones puede ser detectada muchas veces por medio de la lógica, por simple deducción e inducción. Y no hablemos ya de la importancia que tiene el propio conocimiento del acontecer histórico, objeto de la investigación, que el historiador va acumulando durante el ejercicio de su profesión y que hace el efecto de una vacuna contra la fabulación.

Estas normas son aplicables a todos los tipos de fuentes, incluso a las documentales. En este último caso, podemos tomar como ejemplo la versión escrita en 1954 en el Reclusorio Nacional para Hombres de Isla de Pinos, del discurso autodefensa de Fidel Castro en la penúltima sesión oral de la Causa 37 de 1953 del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba por los sucesos ocurridos el 26 de julio de ese año en Oriente, que pronunciara el 16 de octubre de 1953 y ha trascendido históricamente como La Historia me absolverá. Son más las inexactitudes, pero solamente glosaré tres:

—Al referirse al trato humanitario que los revolucionarios dieron a sus enemigos durante el combate del Moncada, asigna la jefatura de la acción del Palacio de Justicia a su hermano Raúl, lo cual es lógico: era el único de ese grupo que estaba preso y por tal razón podía corroborar ese trato humano en el acto del juicio. ¿Acaso iba a delatar Fidel al que había sido designado en verdad para dirigir esa acción, Léster Rodríguez, que había logrado escapar y, clandestinamente, gestionaba en esos momentos asilo diplomático para salir del país? Claro que no. Ahora bien, como aparece en un documento, documento que además tiene el valor y la trascendencia histórica de La Historia me absolverá y, por añadidura, fue redactado por Fidel, se consideraba que no podía ser contradicho y, por tanto, ha sido repetido y reproducido una y otra vez. Sin embargo, constituye una alteración de la verdad histórica que puede y debe ser rectificada. ¿Qué impide mantenerse fiel a la verdad histórica? Hagámoslo y expliquemos la lógica de la versión documental. En El grito del Moncada se dio a este asunto el tratamiento correcto. (1)

—En ese documento se afirma que $16 840 se gastaron para las acciones del 26 de julio de 1953. Investigaciones recientes determinan que las recaudaciones y las deudas en las que incurrieron algunos miembros del movimiento revolucionario sobrepasan el doble de esa cifra. (2)

—También en La Historia me absolverá se afirma que fue una sola máquina la extraviada desde Villa Blanca al Moncada, y que en ella iban las mejores armas. Lo cierto es que en ese auto no iban las mejores armas y que fueron no menos de tres autos los extraviados. (3)

Sin que remotamente pretenda agotar la enumeración de los problemas que conspiran contra la cientificidad que debe regir el trabajo del historiador, voy a referirme por último a otro delicado dilema, el que se deriva de la contradicción entre lo que se considera puede ser expresado hoy como resultado de lo ocurrido después del triunfo de la Revolución, y lo realmente ocurrido durante la etapa insurreccional.

Aquí el quehacer del historiador se hace bastante más complejo y riesgoso, hasta en el sentido ético y político de lo que usualmente se presupone. Me refiero sobre todo al del revolucionario cuya profesión es la investigación y divulgación histórica. Y más aún cuando el período objeto de sus estudios, como en este caso, es un pasado inmediato y, consecuentemente, como ya dije, sus actores sociales viven y constituyen fuentes fundamentales de información, frecuentemente contradictorias, para la reconstrucción de los hechos y elaborar sus interpretaciones.

Fatigaría la enumeración si pretendiese incursionar en las dificultades que se alzan para entorpecer una investigación totalizadora, primero, y para publicitar después con rigor científico los resultados.

Solamente voy a referirme al que tal vez sea uno de los mayores dilemas que debe ser enfrentado en tales circunstancias. Se centra principalmente en la decisión a adoptar entre decurso y discurso; entre el acontecer real (decurso histórico) y el discurso posterior que de él se haga (relato histórico), cuando no se hacen coincidir. Este diferendo se complejiza mucho más en situaciones como la nuestra sujeta a un profundo proceso revolucionario. En este contexto los requerimientos objetivos y subjetivos que generan los nuevos cursos de los acontecimientos de la Revolución triunfante llevan a elaborar discursos políticos presentistas que, al incursionar en las raíces factuales, no siempre guardan correspondencia absoluta con el desenvolvimiento real que tuvieron los acontecimientos pasados (decurso histórico).

De esta manera se hace desaparecer a determinadas organizaciones y personas de relevante importancia en momentos concretos del período insurreccional, por las posiciones negativas que asumieron después del 1º de enero de 1959. Y, por el contrario, debido a la posición favorable que adoptaron después del 1º de enero se exagera el papel poco o nada importante que tuvieron antes del triunfo.

¿Qué hacer entonces? ¿Someter de todas maneras el discurso histórico al discurso político? Se salvarían o créense salvar algunos aspectos a veces solo coyunturales del presente, pero al precio de impredecibles consecuencias para el futuro. Se incurre en mayor o menor desfiguración del pasado; se abre una brecha a la posibilidad de un desencuentro con la verdadera identidad nacional. Se renuncia en cierta medida a algunos de los objetos dinámicos capitales de la historia como ciencia social, en tanto que vehículo de cultura integral, de formación de sólidos valores morales y de auténtica educación general y patriótica; y se desaprovecha la ciencia histórica como método (y estamos entrando en el campo de la politología) para el análisis efectivo del presente y la solución de algunos de sus problemas, y para la acertada previsión del porvenir, capacidad que solo puede ejercitar el historiador a partir de un dominio cognoscitivo cabal de la realidad pasada.

Debe tenerse en cuenta, además, que el discurso político es susceptible a sufrir periódicos cambios para su ajuste a nuevas y sucesivas realidades, lo que obligaría a efectuar equivalentes cambios en el también cambiante discurso histórico a él supeditado. Todo esto de conjunto, cuando ocurre, resta cientificidad y credibilidad a nuestra historiografía, la que puede ver reducida así su función a la elaboración por encargo de omisivas o hiperbólicas versiones históricas denominadas oficialistas, que desacrediten su prestigio.

¿Qué hacer entonces? En mi criterio, tratar de reconstruir lo mejor posible el verdadero curso de los acontecimientos pasados en su justa progresión temporal. Y a la hora de la elaboración para su versión pública, asumir del discurso político aquellos aspectos probadamente válidos para una veraz re-creación de lo histórico. No polemizar en lo demás, pero tampoco adoptar el discurso político como paradigma incuestionable, si se opone a la verdad histórica.

Aunque como revolucionarios cubanos, todos, percibamos el mundo y nuestro contexto de manera similar y por ellos estamos en disposición de entregar la vida, la función del dirigente político es una, y la del historiador es otra, y aunque puedan confluir en el espacio y coyuntura no siempre coinciden en su razón de ser y en tiempo. El quehacer político se rige por sus objetivos, y por sus propios métodos y leyes particulares. Y el histórico, también. Y los historiadores estamos en la obligación de actuar con el decoro profesional que digne la singularidad de nuestra Revolución a la que en este sector representamos.

NOTAS:

1. El Grito del Moncada, Editora Política, La Habana, 1986. Igualmente, en El Moncada, la respuesta necesaria, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, y en El Moncada, la repuesta necesaria (Edición ampliada y modificada), Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2013.

2. El Moncada, la repuesta necesaria (Edición ampliada y modificada). Pp. 366-68, 370-374.

3. En la edición ampliada y modificada citada, se dilucidan esta y otras varias cuestiones que no se ajustan a la realidad.

Fuente: CUBARTE

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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