Conducta, una película que empuja la realidad

Enrique Ubieta Gómez

Una de las características más notables de la escritura martiana –diferencia esencial con la escritura positivista y reformista–, es que no describe, construye. El positivismo reformista finisecular del siglo XIX, al igual que el actual, es incapaz de superar el dato concreto, y produce textos absolutamente descriptivos, así sea en la forma de resultados estadísticos, “científicos”, que en la simple representación de lo visible, asociada a la capacidad o incapacidad de unos ojos para ver. Pero la realidad no es solo lo que se ve: las posibilidades que alberga son parte de ella. El reformista, si acaso, atisba la posibilidad inmediata, la que está frente a sus narices, y trata de asirse a ella. No elige la posibilidad mejor, agarra la que le sobreviene y declara con erudita “sapiencia” que los horizontes son inalcanzables. Es un posibilista. Su paneo descriptivo sobre la realidad no es sin embargo –nunca lo es–, ausencia de elección: ve y trasmite lo que quiere ver y trasmitir, en la descripción se esconden o revelan sus criterios personales. No es la realidad lo que muestra, ni siquiera lo que la realidad aparenta ser, sino su interpretación de la apariencia. Y al enfocarse en ella, sobredimensiona y deforma cada uno de sus rasgos. El creador auténtico (el revolucionario) construye posibilidades, no porque desprecie la realidad, sino porque la conoce mejor. En el arte, ambas tendencias han generado obras paradigmáticas. Pero en los últimos años el cine cubano se ha saturado de obras positivistas –naturalistas–, que rastrean las zonas más sucias de nuestra realidad y las sobredimensionan.
En ese contexto es que aparece Conducta, la más reciente película de Ernesto Daranas (Los dioses rotos). Pareciera al primer golpe de vista que la película sigue el mismo derrotero: ahí están expuestas, con toda crudeza, algunas facetas de nuestra marginalidad urbana. Pero hay un punto de giro, que no se percibe de inmediato, pero que constituye quizás la razón por la que los espectadores lloran, ríen, y salen del cine con los pulmones llenos de fe: el desplazamiento de la intención “descriptiva” (la realidad es así, falacia discursiva) a la vocación constructora-creadora (la realidad puede ser así). La protagonista no es la mamá de Chala, la jinetera alcohólica; esta película, al fin, no se centra en la persona que supuestamente tiene que trasponer todas las barreras morales para sobrevivir, ni nos insinúa que una dura cotidianidad son razones suficientes para que vendamos cada pedazo de nuestro cuerpo. Entiéndase algo que no solemos racionalizar: si nos desprendemos desde una postura cínica de los valores morales que sustentan la fe en la posibilidad de un mundo mejor, nos desprendemos de la Revolución.
La película de Daranas no ignora que existen mujeres como la mamá de Chala, pero no permite que el espectador la disculpe, a pesar de que insinúa que su vida no es fácil. En Conducta hay una heroína: una maestra –no una normalista, aclaro a los que intencionadamente sacan mal las cuentas, una formada por la Revolución, con 40 años de servicio en el magisterio (y recuerdo: la Revolución tiene ya 55)–, que no se vende, que no se rinde, que no confunde el bien y el mal, a pesar de todas las trampas que la vida le pone. ¿Contra qué pelea la maestra? Contra la artritis burocrática que nos impide personalizar lo que inexcusablemente es personal: la educación, la formación de un ser humano. Y sí, es cierto que lo específico puede transformarse en símbolo, en metáfora de nuestra realidad más amplia, y no está mal. Si hemos perdido el rumbo en este largo camino hacia un humanismo más pleno, esa maestrica sencilla, de pueblo, nos sacude, encarna el gesto primigenio a favor de la justicia, la voz fundacional, incorruptible, de la Revolución. Ella es la Revolución. Por eso cuando la quieren conducir al retiro obligatorio y aducen el tiempo que lleva de maestra, pronuncia una frase clave: “no tanto como los que dirigen este país”…, para agregar, de remate: “¿te parece demasiado?” No es que la película abogue por la desconfianza en el relevo. Es verdad que la burocratizada especialista municipal es joven, y que la maestra sustituta, más joven aún, transita al inicio por caminos trillados que son los fáciles, pero nadie le ha enseñado otros. La Maestra llega y “sienta cátedra”, como suele decirse y poco a poco vemos crecer a la joven, aunque solo hablen sus ojos muy abiertos y húmedos. Solo hay discípulos allí donde hay maestros. La líder que es, establece pautas con su ejemplo, y el director de la escuela de conducta y los compañeros de la suya, incluida la directora, la respaldan al final. Solo hay seguidores allí donde hay líderes.
Chala es una construcción, no es la descripción de un alumno. Es lo que puede ser un niño, aún en las peores condiciones, si existe una Revolución, una escuela, y un maestro. Pero Chala existe, no solo porque pueda hallarse un caso en cualquier rincón de la ciudad, sino porque es la posibilidad que la realidad alberga, la que tenemos que empujar. Son tan ridículos los reparos al mensaje social en el arte –hablo del arte, no del seudo-arte, ni de la propaganda–, como las objeciones a cualquier posible y real héroe fílmico, de los buenos. ¡Cómo detestan los cínicos a los héroes! Construir, crear, empujar el mundo a favor de la justicia, la verdad y la belleza, es, siempre ha sido, una de las funciones del Arte. ¡Bienvenidos Carmela y Chala a nuestro imaginario social!

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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