¿Es posible una economía de la cultura en Cuba?

 

Jacqueline Laguardia Martínez

Espacio: Dialogar, Dialogar, Pabellón Cuba

19 de febrero de 2014

La pregunta que convoca el diálogo de esta tarde resulta algo inquietante, sobre todo, porque genera ella misma otras interrogantes que tocan asuntos al parecer tan disímiles como la economía y la cultura. Al pensar en cómo responder sobre la posibilidad de una economía de la cultura en Cuba, más que certezas lo que puedo compartir con ustedes son dudas y experiencias acumuladas en los últimos años —los que he dedicado a la investigación sobre economía de la cultura e industria editorial—. La suerte de que coincida este Dialogar, Dialogar con la edición 23 de la Feria del Libro –evento del cual es el Pabellón Cuba una importante subsede- me ayuda a volver sobre estas ideas en circunstancias marcadas por el protagonismo del bien cultural libro en el panorama social cubano.

Las interrogantes se colocan, precisamente, alrededor del objeto de nuestra atención en la tarde de hoy. La Economía de la Cultura, ¿qué es, dónde se estudia, por quiénes, cómo transcurre su aplicación práctica? No conozco qué ocurre en otras provincias, pero en la capital no creo que, además de los invitados a este panel, existan muchos más investigadores que se dediquen, con cierta sistematicidad, a los estudios de Economía de la Cultura. Si bien  este es un campo relativamente joven dentro de las ciencias sociales, los avances registrados en otras latitudes –tanto en naciones desarrolladas como en países subdesarrollados- son muestra de un interés creciente que encuentra eco en investigaciones sobre bienes, servicios y producción cultural. Y el interés proviene tanto de artistas como de empresarios, de autores y de funcionarios, de entes públicos y privados, de ONG y políticos, que han reconocido las sinergias múltiples que resultan de la relación Economía- Cultura. Solo un ejemplo que justifica el interés de tantos actores distintos: datos de UNCTAD publicados en mayo de 2013 confirman el buen desempeño de las industrias culturales en el contexto actual de la crisis económica. En 2011, las exportaciones globales de bienes y servicios creativos alcanzaron una cifra record de 624 mil millones de dólares. Este monto indica la recuperación tras el ligero descenso experimentado en 2010 y 2009, cuando las exportaciones fueron de 559 mil millones y 536 mil millones respectivamente. Y es que en la actualidad, desde la economía ya se reconoce a la cultura como materia prima preciosísima que se traduce en más ventas, más empleos, más ganancias. Por otra parte, al ser los bienes culturales producto de la creación individual, al expresar ideas, formar opiniones, trasmitir tradiciones, contener modos de vida y, gracias al progreso industrial y tecnológico, reproducirse a escala masiva para satisfacer, en primer lugar, demandas de contenidos simbólicos, son socialmente apreciados por su capacidad de satisfacer la necesidad de los seres humanos de comunicarse, de informarse, de conservar conocimientos.

Por otra parte, reparamos que cada día aumenta la contribución de los valores simbólicos en las decisiones de los consumidores, especialmente en las sociedades del Primer Mundo pero no únicamente allí. En Cuba también ocurre, mas en vez de aceptar los comportamientos de los públicos y estudiar cómo aprovechar los nexos entre Economía y Cultura a favor de la política cultural que promueve el proyecto social cubano, preferimos tildar al mercado de “enemigo” y a los bienes culturales de consumo masivo de “vehículos de la pseudocultura capitalista”, entre otras lindezas. En el caso del libro, bien cultural donde percibo esta dicotomía tan acentuada que recuerda un enfrentamiento campal entre ejércitos enemigos, sale la dimensión económica peor parada pues el éxito comercial se concibe como antónimo de calidad literaria y se olvida que el libro es una mercancía y la industria editorial una industria. No quiere decir esto que ahora en Cuba deba “escribirse para vender”, ni que se despoje al acto creador de su “pureza original”, sino que se contemple la visión económica como factor necesario para la buena marcha del sector editorial, y que se cuide de la gestión comercial tanto como se atiende el proceso editorial.

Este desbalance entre Economía y Cultura, que atenta contra la posibilidad de una Economía de la Cultura en el país, no se aprecia con la misma intensidad en la totalidad de los bienes y servicios culturales cubanos –y de seguro mis colegas en la mesa hablarán desde cada uno de sus campos y experiencias. Por ejemplo, en el mundo del audiovisual me parece que se ha avanzado más en la comprensión de esta relación, entre otras razones gracias a la revolución tecnológica que ha hecho posible el reordenamiento de los procesos y la atomización de los actores al margen de la voluntad gubernamental. Estas transformaciones que aún no llegan al libro en su formato impreso pues la organización del proceso industrial aún necesita de las máquinas poligráficas para reproducir ejemplares en tiradas significativas.

El bien cultural libro, además, es sujeto de un alto grado de intervención estatal por su participación directa en la educación y como resultado de la percepción extendida de que leer es un acto de personas no solo educadas sino “cultas”, capacitadas para el análisis crítico, la creación intelectual y la transformación social revolucionaria. La sociedad cubana aspira a ser una sociedad de lectores –no de lectores de best-sellers, recordemos—. La lectura, concebida para ser práctica social cotidiana debe ser hábito de muchos, y para ello los libros han de estar al alcance de todos, no solo de los más favorecidos económicamente.

Los precios subsidiados son otra particularidad que distingue a la industria editorial nacional y la separa de sus similares en la música o el audiovisual, donde a su vez la participación de actores privados crece y se fortalece. En el sistema del libro en Cuba, por el contrario, la gestión privada se limita a la comercialización. Existe la figura del cuentapropista autorizado a la compra y venta de libros de uso -figura número 23 de la lista de actividades autorizadas para el ejercicio del trabajo por cuenta propia- los que, en caso de ser producidos en Cuba, han de tener más de cinco años de publicados y no formar parte de la literatura contemplada en los planes de enseñanza actuales. Es en la venta de libros de uso donde concurren los espacios privados y públicos pues existen, junto a los cuentapropistas, librerías estatales especializadas en este comercio, a la vez que es posible adquirir libros de uso en varias de las librerías que conforman la red de ventas en CUP.

Los ejemplos antes apuntados bastan para ilustrar lo difícil de emprender, al menos en el sector del libro, una discusión integral en términos de Economía de la Cultura y menos utilizarla como sostén metodológico para el análisis del sistema editorial y la elaboración de propuestas de cambio. Si bien se ha avanzado en la necesidad de incluir la dimensión económica como variable para evaluar el éxito de la gestión del libro, esta no se asume como un elemento “natural” sino como un “mal necesario”. Por este camino se corre el riesgo de asumir el análisis económico fuera de una comprensión sistémica de cómo funciona este en el marco de las industrias culturales. Ejemplo reciente a continuación.

Como apuesta —creo que acertada— para incorporar cierta racionalidad económica al sector aparece la conversión de editoriales —antes unidades presupuestadas— a empresas. Nuevamente más preguntas. Estas editoriales-empresas, ¿podrán ser exitosas en un entorno que da la espalda a la visión económica? Las editoriales cubanas terminan su responsabilidad para con el libro una vez que se vende a la Distribuidora Nacional del Libro. Pero esta venta  no significa consumo, no se traduce necesariamente en lectura. Si los procesos de realización y creación siguen tan desconectados, ¿cómo asegurarse de que los libros cumplen su propósito último, el de ser leídos? Resumiendo: la dimensión económica debe asumirse como contraparte de la dimensión cultural, como complemento, como pareja que oscila entre el romance y los conflictos. Pero los bienes culturales no pueden prescindir de ninguna de las dos. El libro cubano, específicamente, adolece de la incorporación orgánica de la mirada económica en el conjunto de procesos que lo llevan de la mente del autor a las manos de los lectores.

Tampoco puede hablarse de una acogida real de la Economía de la Cultura en los círculos académicos.  A los economistas les interesan más otros temas aparentemente más urgentes, más polémicos, y otro tanto ocurre con los investigadores de la cultura. Esta disciplina sí exige aplicar la tan mencionada transdisciplinariedad,  que resulta muy compleja en términos de conjugar, coherentemente, métodos y técnicas de investigación de diversas procedencias. ¿Cómo fomentar el interés en este campo o materia si no existe la asignatura a niveles de pregrado, si no cuenta con sustantivos estudios de posgrado? La publicación y difusión de trabajos de Economía de la Cultura es todavía bastante limitada en el país. Súmese a lo anterior que las estadísticas públicas del sector son escasísimas y fragmentadas, por lo que resulta improbable emplearlas para comparar industrias o examinar series temporales. Tales obstáculos dificultan una real visibilidad de la Economía de la Cultura en el país, su promoción entre los jóvenes investigadores y la búsqueda de partidarios que a la postre conformarán ese cuerpo de seguidores que la hará posible en Cuba.

Más allá del pesimismo quisiera terminar notando las luces que, poco a poco, iluminan la posibilidad de una Economía de la Cultura en Cuba. El hecho mismo de estar hoy aquí reunidos, intentando contestar la pregunta formulada, es una señal de que se han dado los primeros pasos. Considero que los primeros esfuerzos comienzan a dar fruto, y ahora de lo que se trata es de multiplicarlo en otros territorios e instancias; de evitar que el debate sobre Economía de la Cultura sea una moda efímera o coyuntural. En este sentido mucho puede ayudar acudir a la Economía de la Cultura como auxiliar en la transformación económica que vive el país y que afecta, lógicamente, al sector de la cultura, enfrentado al reto de encontrar los equilibrios entre Estado y mercado, grandes empresas y productores individuales, demandas establecidas o consumos inducidos y hacer a los bienes y servicios culturales producciones rentables y funcionales a la política cultural del país. En este empeño, la Economía de la Cultura —como campo de estudios, como cruce de variadas y complejas disciplinas y como herramienta efectiva de comprensión y ejecución— tiene mucho que aportar; de ahí que —más allá de las dudas y los desconciertos— apostemos por su fortalecimiento  y existencia real en  la Cuba de hoy.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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Una respuesta a ¿Es posible una economía de la cultura en Cuba?

  1. Jorge E. Meneses Bernal dijo:

    Creo que es un artículo interesante y que realmente es algo novedoso, en Sancti Spíritus existen ejemplos palpables de este tema, en sus dos principales ciudades y que estos a su vez utilizan la promoción cultural en función del desarrollo local a través de proyectos novedosos como los son los Proyectos Culturales de La Casa de la Guayabera en la ciudad de Sancti Spíritus y el Proyecto Local de Artes Visuales del municipio de Trinidad, estos proyectos ha llevado a celebrar en la Ciudad espirituana por dos años consecutivos el Evento Vida Cultural y Desarrollo Local, los que a la vez de promover las cultura estos generan ingresos como fuente de alimentación de los mismos y aporta al desarrollo local de ambos municipios

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