Hablemos del mercado del arte.[i]

                                 

Rafael Acosta de Arriba

El mercado del arte es tan antiguo como las sociedades que habitaron este mundo hace unos cuantos siglos. Pero no tuvo entonces la naturaleza, la envergadura y los rasgos que posee  en la actualidad. Primero, fue el intercambio directo de mercancías cuando el arte no contaba con la carta de naturalidad  que presenta en el mundo de hoy, sino que era más bien una producción esencialmente artesanal. Con el tiempo fue evolucionando y complejizándose hasta  llegar a las grandes dimensiones del mega-mercado actual, es decir, un mercado especulativo, no regulado (aunque existan corporaciones dedicadas por entero a la investigación, promoción y financiación de valores de mercado, como es fácil detectar en la red) y jugoso como pueden serlo el inmobiliario y el de las piedras preciosas, por citar solo dos ejemplos. Solo que en el comercio del arte intervienen dos elementos que lo diferencian mucho de los demás. Uno, es el carácter peculiar de las obras de arte, una mercancía con pobre valor de uso y una de las pocas que no pierden su valor con el paso del tiempo sino que, por el contrario, pueden elevarlo constantemente; dos, la gran intervención que poseen factores culturales como son la crítica de arte, el posicionamiento del artista en el entramado artístico así como las relaciones artista y arte con el contexto social. De manera que estamos hablando de un mercado realmente diferente, que maneja volúmenes de dinero impresionantes cada año y cuyos datos globales son siempre inciertos, puesto que salvo las subastas (y a veces las grandes ferias de artes visuales), que suelen ser públicas, el grueso del tráfico comercial es absolutamente privado y confidencial.

Cuando expresé que el mercado hoy no tiene mucho que ver con sus inicios, no expliqué suficientemente  el asunto. Vale la pena describir un poco como se produjo esta transformación, al menos desde la recta final de la modernidad hasta el presente.

Esto, que se mantiene hasta el presente y que ya lo veremos en el caso cubano, es sumamente importante, pues evita satanizar el mercado, aunque no dejemos de atender a los daños que ocasiona a artistas y a obras en general. El mercado es un espacio de intercambio cultural a la vez que de transacciones comerciales, es difusor de tendencias artísticas y estéticas al mismo tiempo que una caja registradora de dinero. Tener presente esa doble función es esencial para su ponderación justa.

En el siglo XX se produjo el desplazamiento del epicentro internacional del arte de París a Nueva York en el período de posguerra. Hablo de promoción, grandes eventos y comercialización de las obras, esto fue posible gracias al reacomodo de los mercados accionarios. Como es sabido, la Gran Manzana capitalizó todo el proceso. Desde 1939, poco antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, se produjo la inauguración de numerosos grandes museos norteamericanos (MOMA de NY en 1939; Guggenheim, también neoyorquino, en 1959, y en 1956, el North Carolina Museum, entre otros) lo que coincidió con enormes compras de arte por bancos y entidades dependientes de los mismos. Visto a la distancia, se puede apreciar una estrategia comercial bien elaborada. Coincidían pues, en espacio y tiempo, los centros del mercado mundial, los de la política y los del más reducido, pero no menos pujante, mercado del arte.

Lo que comenzó siendo ocupación de mecenas aislados y de galerías devino la compleja y consolidada  institución arte, compuesta por una muy diversificada trama de galerías, dealers, coleccionistas (privados  y estatales), ferias internacionales, subastas y bienales (estas surgieron a espaldas del mercado, pero luego fueron asumidas, salvo raras excepciones), las llamadas industrias culturales y, finalmente, los propios artistas que terminaron siendo creadores de imágenes a la vez que expertos y sagaces comerciantes. En fin, un poliformo y nutrido universo, impredecible, especulativo, caótico y difícil de estudiar, pero sumamente exitoso en el monto de sus transacciones. Según el reconocido e influyente crítico de arte francés Thierry de Duve, son las casas subastadoras las que en el presente guían las mayores operaciones del mercado del arte.

Utilizaré una cita de Luis Camnitzer, artista y crítico de reconocimiento internacional, sobre una muestra realizada en 2002, en Hamburgo, en la que describía la situación del artista en el presente. Dijo así hace solo once años: “¿Estamos presenciando la derrota del arte como posible agente del cambio social y su limitación a una función de confirmación y aval de una estructura económica?” La pregunta, huelga decirlo, tiene una respuesta afirmativa, sí, el mercado ha convertido en mera mercancía al arte contemporáneo y al artista en un hombre atento y dependiente de la oferta y la demanda. Camnitzer, seguía diciendo, que desde hacía un tiempo el artista se había estructurado como empresa capitalista y fundamentó dicha sentencia con las siguientes cinco razones y una addenda: uno, es un empresario con ideas; dos, es un capitalista buscando capital para su proyecto; tres, es un hombre que trabaja, por lo general, por debajo de los salarios mínimos e incluso gratis; cuatro, es un agente de publicidad que promueve productos; cinco, es un empleado vendedor y, concluía que, es, inevitablemente, un productor de objetos de consumo y está sujeto al dictado del mercado, incluso cuando lo desafía.

Quizás el más radical de todos los especialistas que se han referido al asunto sea el reconocido crítico ruso Boris Groys, quien, sin muchas contemplaciones, afirmó hace unos años:”El arte es fundamentalmente una rama de la economía. La tarea del arte consiste en la  producción, difusión y venta de obras de arte. La obra de arte es una mercancía como cualquier otra. El mercado del arte es una parte del mercado como tal y funciona con arreglo a los lugares usuales de la economía de las mercancías”.

De manera que podemos apreciar cómo la obra de arte se transformó de fruto supremo del espíritu en vehículo de reproducción del capital, incluyendo la ganancia que enriquece a los intermediarios; o lo que es igual, el productor de arte se transformó en generador de capital, sobre el cual las empresas planearon la reducción de tributos fiscales y acumulación de patrimonio, es decir, de futuras ganancias. La lógica del mercado, que es la lógica de la época en que vivimos, vista desde una perspectiva pragmática y dentro de los tiempos pos-posmodernos (o más modernos) en los que se dio por finiquitados los grandes metarrelatos  y los pensamientos fuertes, la desaparición del autor, las mixturas de todo tipo y el reciclaje y apropiación de todas las ideas, repito, en esta era en que las sociedades —como decía Roland Barthes— se convirtieron en consumidoras de imágenes en vez de consumidoras de creencias, como las de antaño, la lógica del mercado se ha tragado al universo del arte.

Desde luego que el mercado es el gran censor de los tiempos modernos y posmodernos, más aún que los regímenes fascistas  o totalitarios, por el simple hecho de que como  observó Octavio Paz, “no tiene ni siquiera mal gusto. Es impersonal, es un mecanismo que transforma en objetos a las obras y a los objetos en valores de cambio: los cuadros son acciones, cheques al portador” y, más adelante seguirá diciendo el gran poeta y ensayista mexicano, que el mercado carece de principios, preferencias, estilos, carece de voluntad, es un proceso ciego que suprime automáticamente toda significación (creando una nueva, apostillo), definiendo a las obras no por lo que dicen, sino por lo que cuestan.

Entremos pues a comentar el caso cubano. Es, desde luego, el que más nos interesa.

El mercado del arte es sin dudas el último personaje invitado al convite del arte cubano.  Ha tenido una extraordinaria incidencia desde inicios de los 90 en las mutaciones operadas en la plástica cubana contemporánea. El comienzo en grande de este cambio  se produjo con la compra, realizada por el gran coleccionista alemán Peter Ludwig, de las tres cuartas partes de la exposición Kuba OK. Arte actual de Cuba, en 1990. De la noche a la mañana los artistas vieron como sus obras multiplicaban su precio y, por si fuera poco, en moneda fuerte. A partir de este momento el mercado entró abruptamente en la escena artística del país. Flavio Garciandía etiquetó el fenómeno comercial recién estrenado como El Síndrome de Peter Ludwig.

Aquel inicio fue definitivamente sorpresivo y desproporcionado para un país donde no existía ningún tipo de mercado del arte, quizás tímidamente alguna que otra compra por aquí y por allá (lo que realizó el FCBC en los 80 con ventas de serigrafías y las obras de arte que se vendían en las galerías en la única moneda existente entonces), a precios que ahora serían risibles dada su baja cota. Coleccionistas, no existía casi ninguno. Subastas, ninguna. Participación en ferias comerciales internacionales, ninguna o casi, que no es lo mismo pero es igual. Es decir, no existían a inicios de los noventa formas eficaces de comercializar la obra de nuestros creadores y por lo tanto esta no estaba debidamente cotizada en el mercado internacional.

La crítica Magalys Espinosa al referirse a Kuba OK…, expresó: “¿Podría significar esto un cambio de orientación ética, ser vanguardia y que ello reportase beneficios económicos, mantener una actitud reflexiva y ser asumido por él [mercado]? Esta paradoja se convertía en una afirmación que también implicaba una transformación de los destinos del arte cubano”.[ii]Con otras palabras, las posturas estética y ética comenzaban a ser sometidas a las tentaciones mercantiles y ello prefiguraba el destino de un arte que hasta ese momento se encontraba, al igual que toda la sociedad, dentro de una cúpula de cristal que la separaba del mundo real.

Se inició coincidentemente una emigración de artistas como consecuencia del encontronazo con las instituciones sucedido a inicios de la década de los noventa por la censura de varias exposiciones y otros hechos concomitantes. Madrid, Estados Unidos y México fueron los destinos principales. El grupo de artistas cubanos que emigró a México por esa fecha tuvo experiencias comerciales que fungieron como balón de ensayo. Según el crítico mexicano Cuahtémoc Medina sobrepasaron la treintena y trataron de inmediato de probar suerte. Antonio Eligio Fernández, Tonel, coincidiendo con Magalys,  se refirió al asunto con estas palabras: «A corto o mediano plazo, la táctica de infiltrar el mercado del arte en México dio magros resultados. Si los artistas introducían cambios en su obra para lograr un tono más afín con los requerimientos de la nueva demanda se ubicaban dentro de una dramática paradoja: debían negar la existencia del arte que en general les había hecho atractivos (arte a la vez ‘sucio’ y ‘cerebral’, político, vernáculo y palabrero), como primer requisito para mantener su estatuto de ‘artistas’»[iii].

El resto es más conocido. Estimulados por la peculiar situación política de Cuba, es decir, un pequeño país que se debatía en un contexto socialista que se desmoronaba a pasos agigantados y del que se pensaba que la isla seguiría al desplome europeo del socialismo real, comenzó una arribazón de coleccionistas y otros personajes del mundo del arte, quienes venían no sólo movidos por Kuba OK… y el gesto iniciático de Ludwig, sino por asomarse también a un escenario al cual se le concedían muy pocas probabilidades de hacer sobrevivir su proyecto político-social.

Comenzó entonces al por mayor la compra y venta de arte cubano. Despegó de modo abrupto y súbitamente las obras de los artistas multiplicaron su precio de forma increíble. Poco después, en 1993, el gobierno despenalizó la tenencia de la moneda convertible y con ello se contribuyó a que las reglas del mercado comenzaran a operar en el país sin mayores obstáculos. Como me comentó en una ocasión la escritora y crítica de arte Graziella Pogolotti, estas reglas irrumpieron en el panorama artístico nacional sin que artistas e instituciones, ni nadie, estuviesen preparados para ello.

Es útil recordar que en el caso cubano no existe como tal un mercado interno de arte ya que los nacionales no disponemos de recursos financieros para estos menesteres. Este es su rasgo más notorio y peculiar, y el que condiciona la venta de las obras, a la vez que algo no menos importante, las políticas institucionales y la actitud de muchos artistas. Algunos diplomáticos y empresarios extranjeros y básicamente personas que arriban al país como turistas han sido y son los potenciales compradores del arte. Muchos de ellos llegaban con toda la información previa e iban a tiro seguro a las casas y talleres de los artistas.

Cuando hablamos de mercado del arte en la Cuba de los 90 estamos hablando básicamente de tres vertientes o formas de manifestarse en la práctica: Uno, el artista que se coloca en los grandes circuitos gracias a un impulso institucional, creando posteriormente sus propios mecanismos mercantiles (taller y hogar incluidos); dos, el artista que logra, por talento y suerte o ambas cosas, establecer un vínculo comercial con una galería internacional que lo representa; y tres, el artista que vive la agonía de la sobrevivencia y la cotidianidad en las ferias o candongas, vendiéndole al turista de a pie, el que a menudo o casi siempre anda con poco dinero para invertir, y por lo general buscando souvenirs.

Si intentara un resumen de lo que ha sido la influencia del mercado del arte en la conformación de zonas importantes del devenir artístico me remitiría gustoso a la ingeniosa frase de los artistas británicos Gilbert & George  cuando expresaron que la historia del arte había sido escrita sobre una chequera. De tal suerte, habría que buscar el punto medio del asunto y colocar dentro del debate cuál debe ser la posición del artista ante el mismo a sabiendas de que uno de los efectos colaterales del mercado es el establecimiento de falsas jerarquías artísticas. Y es aquí donde nos encontramos con un problema moral y ético: el artista tiene que saber distinguir entre precio y significación, saber hasta dónde el éxito comercial contribuye a la calidad de su obra y cuando se convierte en camisa de fuerza, en freno. Se trata desde luego de la responsabilidad del artista ante sí mismo, se trata de una eticidad, lo que sería uno de los legados más importantes que los creadores y su arte podrían dejar a la posteridad.

He mencionado tres elementos claves del panorama internacional del arte: el artista convertido en empresario, el dilema de los gobiernos ante el apoyo o no del arte y, por último, el dilema moral del artista entre el mercado y su propia obra creativa.

Hoy es bien conocido el efecto de las amarras de importantes creadores cubanos con determinadas galerías internacionales entre los que se firmaron, en ocasiones, contratos verdaderamente leoninos para aquellos. El resultado ha sido la inserción de la obra del artista en determinados circuitos del mercado del arte con dos rápidos incrementos financieros: el del creador en comparación con su nivel de vida previo al contrato y, muy por encima, el del galerista que ha pagado muy poco en relación con la plusvalía que ha obtenido con la reventa de la obra. De cualquier manera, un grupo de artistas cubanos en los últimos años ha visto circular con mucho éxito su obra en ferias comerciales internacionales y, los menos, en importantes subastas, lo cual ha representado para ellos un cambio positivo en su calidad de vida, sobre todo si tenemos en cuenta la media nacional.

Institucionalmente se realizaron en los primeros años de este siglo diversas acciones tratando de ayudar a grupos de creadores y también, de valorizar mejor la obra de artistas de las vanguardias del siglo XX que, aunque son reconocidos maestros, no poseen posicionamiento en el mercado internacional del arte. Esto ha contribuido a precisar mejor los valores del patrimonio del MNBA y a colocar en el sistema de las subastas de arte a creadores que viven y crean en el país, entre otros efectos. La Subastahabana con varias ediciones y el trabajo de Galería Habana con un indiscutible éxito comercial en los últimos años, son los mejores ejemplos de este accionar. Sin embargo, hoy la institución ha sido rebasada por la creciente demanda de diálogo comercial de más de 13000 mil creadores, desfase que se hará mayor cada año.

En los últimos años y en particular en los días de la más reciente Bienal de La Habana, la venta de arte en el país acusó la voracidad del ascendente número de visitantes norteamericanos, cifra que, por cierto, crece cada año notablemente. Según el especialista cubano en Estados Unidos, Alfredo Prieto, en un texto publicado recientemente, expresó: “Cuba Insight (CI), el mayor proveedor de los viajes pueblo-a-pueblo autorizados por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés), acaba de anunciarlo: el interés de los norteamericanos en viajar a la Isla se ha incrementado entre un 10 y un 15% después de la experiencia de Beyoncé y Jay-Z el pasado mes de abril, lo cual colocó nuevamente a Cuba en planos estelares en los medios de difusión. Según la firma de investigación de mercado The Havana Consulting Group, durante los últimos cuatro años los pasajeros procedentes del Norte se han comportado de la siguiente manera: en 2009, vinieron un total de 387 454  (52 455 norteamericanos y 334 999 cubano-americanos); en  2010, 472 611 (63 049 y 409 562); en 2011, 513 850 (73 566 y 440 284) y un estimado de 579 048 al cierre de 2012 (103 112 y 475 936). Traducido al lenguaje de los hechos, significa que los Estados Unidos constituyen hoy los segundos emisores de viajeros a Cuba, superados solo por Canadá. Y en el caso de los cubano-americanos, hay que retener un dato congruente con lo que ya se conoce: casi el 85% emigró del país a partir de los años noventa”[iv]. Es decir, se trata de un incremento anual sostenido e imparable que lógicamente tiene y tendrá su impacto en la renovación de un mercado que se deprimió con la salida de la moda de nuestras artes visuales y por la crisis internacional. El año 2011 coincide con la realización de la última bienal y ahí se aprecia la alta cifra de más de cien mil visitantes. Puede pensarse entonces en una gradual recuperación por el momento si el conflicto entre gobiernos no determina otro curso de los hechos.

Hoy el arte cubano ha dejado de tener la enorme atención que mereció entre las décadas de los noventa y los inicios del presente siglo por el mercado internacional y los centros legitimadores, desplazándose la misma hacia el arte de países asiáticos, el de China en primer lugar. Esta situación recolocará, de hecho ya lo está haciendo, la relación de los artistas, en carácter individual, con dichos  centros y con el gran mercado. Ya hay una cierta cantidad de creadores totalmente instalados en posiciones muy ventajosas y con un éxito comercial de primerísimo nivel.

Hay otros elementos que intervienen en este contexto y que solo puntearé para no hacer muy larga esta exposición, como son la enseñanza artística, el apoyo oficial a la creación, las cuestiones relativas al derecho de autor sobre la obra de arte, la tasación de las mismas, y la contribución al fisco de los artistas, este último con propuestas hechas hace años por el sistema institucional al gobierno de que pueda ser una tributación con obras en lugar de dinero (lo cual haría del estado un gran coleccionista de arte cubano contemporáneo), asunto que no recibió la mejor atención por la dirección del gobierno, ni la debida continuidad por las instituciones pertinentes. No puedo dejar de subrayar el hecho de que visto a la distancia de los años, el Decreto Ley 106, de 1988, que estableció la condición del creador independiente, fue una normativa pionera, muy adelantada para su época.

En la coyuntura actual del país debe atenderse a la inevitabilidad y conveniencia, con los debidos mecanismos de control, del establecimiento de las cooperativas de artistas y artesanos (de hecho existentes en la práctica hace años), las galerías no estatales, el pago de impuesto con obras y la aceptación (también con los controles que sean necesarios),  la búsqueda de financiamiento y la aceptación de donaciones de fondos con fines no lucrativos para las instituciones artísticas que tanto lo requieren. Serían acciones a tono con los cambios que se operan en el país, no todo puede dejarse al plano de la economía.

Un reconocido artista me dijo hace unos años que el arte cubano había resistido el embate del mercado, y que no se le podía pedir más. No deja de ser un punto de vista interesante aunque tengo la impresión que los signos de resistencia son menores cada vez. Mientras tanto, el sistema institucional y los artistas se encuentran en permanente desafío.

La Habana, a febrero de 2014.

Notas

 


[i] Intervención en el espacio Dialogar, dialogar, de la AHS. Panel: ¿Es posible una economía de la cultura en Cuba?

[ii] La espada y la cuerda: a veinte años de Volumen I. Magaly Espinosa Delgado. Revista Artecubano. Nro. 2-3, 2002. La Habana.

[iii] Árbol de muchas playas: del arte cubano en movimiento (1980-1999). Antonio Eligio (Tonel). Revista Artecubano. Nro. 2, 2004. La Habana.

[iv] Alfredo Prieto, “Subiendo la loma”, Periódico 7 Días, Santo Domingo, 8 de junio de 2013.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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