José Antonio Aponte, precursor de la independencia nacional cubana

Ernesto Limia Díaz

Artículo sobre la base de la ponencia presentada al Congreso Provincial de Historia de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC) en La Habana, 16, 17 Y 18 de enero del 2013.

El 9 de abril de 1812 fue asesinado el revolucionario cubano José Antonio Aponte y Ulabarra, negro libre influido por la gesta independentista de Estados Unidos y la Revolución Haitiana, que encabezó un movimiento político contra el régimen colonial español. A manera de escarmiento público el cuerpo fue mutilado para exponer su cabeza en una esquina del barrio de Guadalupe, ubicado en el actual municipio capitalino de Centro Habana.

Durante 150 años su figura se utilizó por las autoridades coloniales y las clases sociales en el poder, para demonizar su ejemplo redentor; solo al triunfo de la Revolución Cubana comenzó a contarse su historia. Se impone una pregunta: ¿Qué pasó?

Gran Bretaña abolió la trata en las Antillas en 1807, lo que libró al Caribe de sus barcos negreros. Dos años después su ejército combatía junto al pueblo español contra el usurpador del trono hispano José Bonaparte. No había altruismo ni solidaridad en la corte británica; su presencia militar en la península ibérica estaba condicionada por la necesidad imperiosa de detener a Napoleón, que ya miraba a Londres como meta de sus conquistas.
En 1811 la situación se tornó grave; Francia asediaba el último reducto español: Cádiz, que resistía gracias a su estratégica situación geográfica, sólidas fortificaciones y formidable bahía, por donde recibía de sus colonias las provisiones necesarias. La burguesía gaditana aprovechó la coyuntura para presionar por la promulgación de una Carta Magna acorde a sus intereses.

Diputados de todo el reino viajaron a Cádiz. Durante las deliberaciones del 26 de marzo, el sacerdote mexicano José Miguel Guridi propuso, sin éxito, abolir la esclavitud; una semana después la iniciativa de eliminar la trata que presentó el asturiano Agustín Argüelles sí encontró respaldo entre los constituyentes. Al habanero Andrés de Jáuregui, notorio traficante de esclavos, le resultó imposible frenar la moción. No consiguió siquiera evitar que el debate se incluyera en el Diario de las Cortes del 2 de abril, que circuló por toda España, y en ultramar. Así llegó a Cuba la información y en junio se había propagado por toda la Isla, hasta filtrarse en los barracones de las plantaciones azucareras, lo que generó ansiedad entre los hacendados.
Pero era tan desesperada la situación económica y tantas sus urgencias financieras, que el Consejo de Regencia que gobernaba España a nombre de Fernando VII no pudo prescindir del respaldo de la sacarocracia cubana. El reino necesitaba fondos para continuar la guerra en la península y, a la vez, sostener los ejércitos reales que combatían contra fuerzas revolucionarias en Nueva Granada, Río de la Plata y México. Solo en Cuba podían obtener asistencia y esa coyuntura neutralizó el interés abolicionista.

Entretanto, en las plantaciones cubanas un régimen bárbaro de 20 horas diarias de trabajo exprimía a los esclavos hasta consumirlos. Los barracones de La Habana, Remedios, Puerto Príncipe, Bayamo y Holguín constituían un hervidero y las ciudades no se quedaban atrás. Al dolor acumulado por los centenares de miles de bozales y sus descendientes que trabajaban o habían muerto en el surco y el batey por el hambre, el cepo y el látigo, se sumaba el trato brutal y humillante que sufrían los negros y mulatos –libres o esclavos– que conformaban el sector de los artesanos urbanos.

Cuando se supo que la iniciativa fue rechazada por presiones de la sacarocracia, la población negra consideró que tendría que tomar por la fuerza su derecho natural a la libertad. En estas circunstancias cobró protagonismo Aponte, su cultura resultaba inusual entre los criollos humildes, menos los de raza negra. Conocía de historia, gramática y arte militar. Como integrante del Batallón de Milicias Disciplinadas de Pardos y Morenos Libres fue capitán de una compañía y participó en el ámbito caribeño de la guerra de independencia de Estados Unidos, pero fue forzado a retiro el 29 de diciembre de 1800, con 23 años de servicios. La razón aludida: «falta de fuerza»; aunque seis días antes había sido detenido por robar en el arsenal, sin que el informe elevado quedara registro sobre qué intenciones tuvo al sustraer las armas.

Aponte se rodeó de hombres con experiencia militar adquirida en las milicias negras capitalinas, que trabajaron en su radio de acción para captar adeptos entre la masa de libertos y esclavos. La mayoría no sabía leer ni escribir, y para saltar este obstáculo, e instruirlos en las tradiciones patrióticas, militares y revolucionarias que sustentaban las bases ideológicas de su movimiento, Aponte preparó un texto iconográfico de 72 láminas que recogía una historia sobre la clase negra en la que cobraron protagonismo la Etiopia mítica que resistió al dominio musulmán, las proezas del Batallón de Milicias de Pardos y Morenos de La Habana durante la invasión inglesa de 1762, y la participación en 1782 de milicianos negros en la toma de Nueva Providencia, en las Bahamas, durante la guerra de independencia de Estados Unidos. No podía faltar entonces la figura del general George Washington, jefe del Ejército Continental y primer presidente de la Unión.

Otro detalle importante: el cuaderno tenía un plano detallado de La Habana, que comprendía la bahía con sus muelles y almacenes; los caminos que conducían a las villas de Regla, Guanabacoa y Cojímar; los palacios, iglesias, quintas e ingenios de los alrededores de la ciudad; el arsenal, la casa de pólvora, el muelle de la marina en Casa Blanca, el torreón de La Chorrera, los castillos de Atarés y El Morro, así como las fortalezas de La Punta y La Cabaña, todos con la ubicación exacta de sus accesos y estacadas.
El mayor énfasis en las reuniones con sus compañeros lo hacía en la Revolución Haitiana. Aponte mostraba con orgullo los retratos de cuatro líderes símbolos de la hombrada: Jean François y Toussaint L’Ouverture; luego, los dos lugartenientes de L’Ouverture que culminaron la obra: Jean Jacques Dessalines y Henry Christophe. El primero, bravo entre los bravos, no sabía ni leer ni escribir y llevaba en su cuerpo las marcas del látigo; fue convertido en general por su genio militar y liderazgo. El segundo, también analfabeto, pero impresionaba por su autoridad para gobernar. Ambos encabezaron la hazaña final protagonizada por los hombres, mujeres y niños que bajo la consigna de «¡Libertad o muerte!» pulverizaron al ejército de 60 000 hombres con que Napoleón intentó recuperar Saint Domingue. Sin independencia no habría libertad, una condición de mayor importancia para los antiguos esclavos que los principios democráticos preconizados en París. Por ello en la noche del 31 de diciembre de 1803 se leyó en Gonaives la Declaración de Independencia y se estableció la República de Haití, hasta que el 19 de marzo de 1811 Christophe convirtió al país en reino y se proclamó Enrique I, noticia que se diseminó por toda Cuba como reguero de pólvora encendida y despertó la admiración de los esclavos y libertos.

De esta forma inteligente y sencilla, sembró conciencia y preparó el levantamiento en medio del torbellino político que embargaba el ánimo de los hacendados esclavistas y las autoridades coloniales.

Un hecho tuvo significado especial: a fines de diciembre de 1811 arribó a La Habana, en escala de tránsito, el general negro dominicano Gil Narciso, combatiente bajo el mando de Jean François en Bayajá. Venía de Nicaragua, donde había permanecido expatriado por más de diez años. El capitán general de la Isla, marqués de Someruelos, observó con recelo su llegada y los alojó en el fuerte militar de Casa Blanca; no obstante, lo autorizó a permanecer en Cuba mientras preparaba su regreso a Santo Domingo y, como recompensa por los servicios prestados a la Corona, les proporcionó un estipendio.

Narciso solicitó permiso en varias oportunidades para cruzar la bahía y recorrió los barrios negros de extramuros. Su presencia levantó expectativas; además, Aponte aseveró que el general había accedido a encabezar el levantamiento y desde ese instante convino con algunos de sus compañeros en emplear los uniformes militares de la Revolución Haitiana para captar adeptos.

Pero la rebelión no comenzó en La Habana: el 15 de enero de 1812 se levantaron las dotaciones de cinco haciendas en torno a la ciudad de Puerto Príncipe; dos días más tarde el ejército y la milicia blanca las derrotaron. Fueron ejecutados 14 conjurados y a otros 170 se les encarceló o desterró hacia la Florida. Todo apunta a que sus organizadores estaban en contacto con Bayamo, donde entre el 2 y el 4 de febrero libertos y esclavos aprovecharon las festividades religiosas para ultimar los preparativos del plan, que las autoridades peninsulares frustraron el día 7 a partir de una delación. Cinco participantes fueron ahorcados y sus miembros amputados los colocaron en caminos concurridos y lugares públicos para inspirar terror, pues temían que la insurrección se extendiera a Jiguaní, Holguín e, incluso, Santiago de Cuba. El resto sufrió azotes y condenas a seis años de prisión en la Florida.

El organizador del levantamiento en Puerto Príncipe y Oriente fue el dominicano Hilario Herrera. Las autoridades coloniales circularon una orden de captura, pero evadió el cerco y regresó a su país. No ha sido posible confirmar la conexión entre Aponte y los levantamientos orientales, aunque las circunstancias en que se desarrollaron y su escalonamiento –primero Puerto Príncipe y Bayamo, luego Holguín y La Habana, estos dos últimos previstos para el 15 de marzo– apunten en esa dirección. De todos modos, lo más importante es que las clases más humildes y sufridas del país crearon una situación revolucionaria que sembró la alarma en España e hizo evidente que la aristocracia criolla era depositaria de las ideas más retrógradas que existían respecto al régimen esclavista en el continente europeo.
Someruelos quedó tan preocupado con estos acontecimientos que indicó extremar las medidas de seguridad, lo que incluía sistematizar las rondas nocturnas en las ciudades y los recorridos por las áreas rurales, observar las personas sospechosas y establecer control sobre los extranjeros. También procedió a investigar informes recibidos que ponían de manifiesto que en La Habana se tramaba algo. Fue entonces que se regó por toda la capital la voz de que la revolución había sido denunciada.

Aponte no se amilanó y el 13 de marzo convocó a una reunión en su casa con los principales jefes del movimiento para ultimar los detalles del plan de operaciones. Querían llamar al levantamiento popular y acordaron colocar una proclama en el Palacio de los Capitanes Generales el domingo 15 de marzo. Esa misma noche incendiarían los ingenios Peñas Altas, Trinidad, Santa Ana y Rosario, en Guanabo; luego libertarían a sus esclavos.
Para distraer la atención de las autoridades, un grupo prendería fuego a los barrios de extramuros al anochecer del martes 17; en paralelo, tomarían el castillo de Atarés y el cuartel de Dragones. La señal para comenzar la daría Aponte desde su casa.

Aponte quiso sumar a blancos interesados en promover cambios en el régimen de la Isla, sobre todo entre los pequeños y medianos comerciantes de ideas liberales, que tenían posiciones encontradas con la aristocracia criolla, y notificó al catalán Pablo Serra que la acción estaba por comenzar. Serra se asustó. El fracaso en Oriente, el incremento de las medidas de control y el rumor de que la conspiración había sido denunciada, fueron razones más que suficientes. Si lo vinculaban a un levantamiento negro estaría perdido. Así que carta en mano, fue para el Palacio de los Capitanes Generales y se la entregó al marqués de Someruelos. Un elemento a su favor: no denunció a Aponte.

Como estaba previsto, en la madrugada del 15 de marzo fue colocada la proclama elaborada por Aponte en una puerta del Palacio de los Capitanes Generales, ubicada en la actual calle de O’Reilly. En la propia morada del marqués de Someruelos, los revolucionarios desafiaban al régimen colonial:
Fidelísimos habaneros y compatriotas, llegó el tiempo de nuestra infeliz o feliz ventura, mis deseos son bastante de buena felicidad. Vosotros me haréis a mí feliz, para esto necesito de vuestra buena armonía, la paz entre los de la clase, la buena fe, religión y temor a dios, que así podremos alcanzar buen éxito según nuestras buenas disposiciones. […] os encargo que al sonido de una caja y trompeta os encuentre listos y sin temor para acabar este imperio de esta tiranía y así podremos vencer la soberbia de estos enemigos, y así os encargo no tener temor que yo os ofrezco que con vuestra ayuda podré lograr la felicidad. Invocar a todos, en primer lugar a María Santísima, que es el estandarte de nuestro remedio, y rogar a dios por vuestro caudillo, que él de su parte lo hará por vosotros (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 35).

Esa noche le prendieron fuego a Peñas Altas y mataron a las cinco personas blancas que trabajaban en la hacienda, propiedad del teniente coronel Juan de Santa Cruz. Luego reunieron a los esclavos, proclamaron su libertad y los convocaron a sumarse; de allí partieron hacia el Trinidad, donde se repitieron los hechos. Muertos diez blancos y dos ingenios pulverizados, la alarma se disparó en toda la zona, y en la mañana del lunes 16 de marzo los rebeldes fueron rechazados cuando intentaban insurreccionar la dotación del Santa Ana.

Pese al revés, Aponte indicó continuar el plan. Estaba eufórico: la revolución había comenzado. Ante la pregunta de con quién iban a combatir si ya no tenían gente, aseguró que disponían de muy buenos hombres. Pensaba en los cerca de cuatrocientos prometidos por el miliciano negro Salvador Ternero para tomar el cuartel de Dragones. Le repusieron que durante el asalto a los castillos serían destruidos con dos cañonazos de metralla; respondió impasible: «No tengas cuidado, en otras partes se ha peleado con aros de barril, chufos y otras armas, y han alcanzado victorias. Lo mismo ha de esperarse de nosotros. Salvador ha ofrecido que tomado el cuartel de Dragones, echará mano de los cañones […]» (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 74).
Las cosas no salieron bien. En la tarde del 17 de marzo Aponte convocó a una reunión en su casa, en la que participaron seis de sus compañeros; fue directo al asunto: esa noche tomarían el castillo de Atarés y el cuartel de Dragones. Ternero dijo que no podía cumplir su promesa, pues se hallaba sin los hombres necesarios. A continuación indagó si era aquella toda la gente con que podían contar, Aponte respondió que resultaban suficientes; él repuso que eran muy pocos. Entonces el jefe del movimiento aseveró con firmeza: «No importa, en el Guárico [Haití] los de nuestra clase hicieron la revolución y consiguieron lo que deseaban» (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 90-95).
Salvador Ternero reiteró que no contaran con él y argumentó que había entrado al proyecto pensando que otros lo fraguaban, y al constatar que no, optaba por separarse. Era una evidente alusión a la supuesta participación de Gil Narciso. La reunión se tornó tensa. El capitán de milicias negras Clemente Chacón manifestó que él y su hijastro perderían la vida, pero Ternero se las pagaría. Aponte, molesto, selló el encuentro con una frase dura: «…cualquier gente de color que no nos auxilie o reniegue de nuestra compañía, le cortaremos la cabeza» (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 90-95).

Esa noche la casa de Aponte comenzó a ser vigilada y la señal para comenzar el levantamiento no se produjo.

El 18 de marzo sesionó el ayuntamiento de La Habana. Entregaron fondos de la ciudad para mantener las partidas voluntarias que enfrentaban la conspiración y acordaron enviar una advertencia al Consejo de Regencia español, para que aprobara las medidas de emergencia que le habían solicitado: «[…] la revolución va ganando mucho terreno, […] los sucesos de Bayamo y Puerto Príncipe y lo ocurrido a las puertas de casa el 15, deben hacernos recelar [que es un] momento favorable para destruirnos, como lo han intentado en las islas de Barlovento» (Archivo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, AC, leg. 83: 61v-65v).

El 19 de marzo dos delatores avisaron a las autoridades y Someruelos aprobó el auto de detención contra Ternero, Chacón y Aponte. Este, al saberse perdido, quemó los retratos de François, L’Ouverture, Dessalines y Christophe. Sobre las once de la noche los condujeron al cuartel de Dragones, para su traslado a La Cabaña en la mañana siguiente, pero la investigación se estancó en este punto. En las primeras 72 horas ninguno confesó. Sabían que los miembros del Batallón de Milicias de Pardos y Morenos o los que se licenciaban con más de veinte años de servicio, disfrutaban del privilegio del fuero; por tanto, debían ser procesados por un tribunal militar.

En la mañana del 23 el capitán general presidió la sesión del ayuntamiento. En nombre del bien público los oligarcas habaneros «exigieron» un pronto castigo para los involucrados en el levantamiento de Peñas Altas. El terreno fue preparado para pasar por encima de las leyes vigentes:

[…] sin ofender en nada la confianza que merece y tiene el ayuntamiento en el celo y vigilancia de nuestro Excmo. jefe, [se] le haga, aunque parezca importuna, a nombre del vecindario, la súplica más vehemente para que tomando camino y medidas extraordinarias se impida el entorpecimiento del proceso que se forma contra los sublevados y se logre su castigo tan pronto como es necesario, empleando […] todo lo que pueda permitir el estado y naturaleza del proceso, […] para que sean juzgados y castigados al instante los que pudieran serlo sin perjudicar el progreso y trámites de la causa ni los sagrados respetos que […] a la justicia se deben (Archivo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, AC, leg. 83: 67v-68).

Así, con la anuencia del cabildo, comenzó un proceso contra más de ciento cincuenta personas. Tras largas jornadas de interrogatorios y torturas, varios encartados señalaron a Aponte como el ideólogo y organizador del levantamiento. El martes 7 de abril fue condenado a muerte sin juicio previo. En medio de la conmemoración por la semana santa, Someruelos dispuso la misma medida aplicada en Puerto Príncipe y Bayamo: luego de ejecutado, su cabeza sería exhibida en lugares públicos. El 9 de abril lo sacaron de su celda en La Cabaña y lo condujeron junto a algunos de sus compañeros hasta la explanada de La Punta, donde lo ahorcaron ante una multitud blanca que aplaudió frenética. El Diario de La Habana lo anunció con cinismo:

Ayer cerca de las ocho de la mañana fueron conducidos a sufrir la pena de horca, José Antonio Aponte, Clemente Chacón, Salvador Ternero, Juan Bautista Lisundia, Estanislao Aguilar, Juan Barbier, Esteban, Tomas y Joaquín, los seis primeros libres y los tres últimos esclavos de la dotación del ingenio […] Trinidad; todos reos convictos y confesos de haber proyectado perturbar la feliz tranquilidad que reina en esta afortunada isla […]. A las nueve y media ya habían recibido el condigno castigo, que exigían sus crímenes y reclamaba la vindicta pública.

Para escarmiento de los malos se colocarán las cabezas de Aponte y Chacón en los barrios extramuros donde tenían su residencia, la del primero a la entrada de la calzada de S. Luis Gonzaga [actual intercepción de Carlos III y Belascoaín], y la del segundo en el Puente Nuevo del Horcón [Cuatro Caminos]; las de Lisundia y Barbier en los ingenios Peñas Altas y Trinidad. La justicia se verificó con el mayor orden, dando este vecindario una nueva prueba de su ilustración y religiosidad (Pavez, 2006: 665).

Así intentó España aterrorizar a los sectores más humildes, para frenar cualquier intento emancipador; así pretendió multiplicar el odio racial, para enraizar en la conciencia social el temor a la insurrección negra, su arma favorita desde la Revolución Haitiana; así intentó humillar a los hombres que inauguraron el martirologio de la independencia cubana en el siglo xix , desgarrándolos como a Tupac Amaru, para abatir los ideales que defendieron y doblegar su ejemplo. Durante mucho tiempo el jefe del movimiento sería difamado con la frase: «¡Más malo que Aponte!», acuñada para perpetuar el odio contra su figura; pero en proporción inversa al interés colonial, las cabezas negras cubanas clavadas «…en los sitios más públicos para escarmiento de sus semejantes», al correr de la historia se transformarían en emblemas de los hombres que el 10 de octubre de 1868 acompañaron a Carlos Manuel de Céspedes en el Grito del Demajagua.

Bibliografía
Archivo Nacional de Cuba (ANC), fondo de Asuntos Políticos (AP): leg. 12, exp. 14, 17, 18 y 25; leg. 13, exp. 1, 8, 12, 21 y 33; leg. 214, exp. 46, 58, 65, 75, 88, 90, 97, 123, 134 y 160.
Archivo Oficina del Historiador de la Ciudad (AOHC), Actas del Cabildo (AC): leg. 83, ff. 61-73v.
Pavez Ojeda, Jorge : «El Libro de Pinturas, de José Antonio Aponte. Texto, conspiración y clase: el Libro de Pinturas y la política de la historia en el caso Aponte». Laboratorio de Desclasificación Comparada (Santiago de Chile), Anales de Desclasificación, vol. 1: La derrota del área cultural, no. 2, 2006. Disponible en http://www.desclasificacion.org/pdf/presentacion_Aponte_pavez.pdf

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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