Llegan las crónicas de una pérdida anunciada

Por: Manuel Calviño

No exagero si digo que mi encuentro con “Cien Años de Soledad”, marcó un viraje en mi latinoamericanidad.

Se hizo más auténtica, más experiencial. No solo intelectualizada, sino y sobre todo sentida.

“El otoño del patriarca” fue otro golpe de estatura. Crecí. Me levantó la vista.

En los laberintos del General, dilucidé mis propios laberintos amordazados por las malas experiencias (el desengaño, la soledad, la derrota).

Luego con la historia de Florentino Ariza y Fermina Daza evolucioné mis emociones.

Entendí que el amor es solo uno que se expande, que se multiplica (no se divide, se multiplica), que ni se crea ni se destruye, solamente se transforma.

No fueron estos los únicos. No hubo ni hay únicos. Fueron todos…. Hasta las desafortunadas putas tristes.

Sin darme mucha cuenta, en muchos de mis escritos, las lapidarias afirmaciones del Gabo se convirtieron en cómplices de mis aventuras reflexivas.

Mi subjetividad está poblada del continente garciamarquiano – Aureliano Buendía, Amaranta Úrsula, La Cándida Eréndira, Sierva María de todos los Ángeles, también Juvenal Urbino, el Marqués de Casalduero, y muchos y muchas otras más.

Llegan las crónicas de una pérdida anunciada.

Igual, duele. Siempre duele.

Gabo si tiene quien le escriba. Muchos le escribimos, e intentaremos que lleguen a él todas las palabras.

Pero Gabo ya no nos escribirá más.

Ahora, ante la irremediable, parece como si me dejaran huérfano.

O quizás no. Seguramente no.

Porque en muchos rincones de la discursividad mágica de esta América nuestra, hay otro Gabo, artillado con lo creado por el que se nos va, disfrutando del olor de la guayaba, y transpirando las narrativas que son y serán los espejos que nos convocan a querernos, a valorarnos, a descubrir nuestras luces y nuestra oscuridades, a decir con orgullo, con mucho orgullo: Somos latinoamericanos.

Gracias Gabo.

Seguimos viviendo para esta tierra nuestra.

Para contarla.

Para que cuente

 

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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