Sobre estereotipos y sospechas

Enrique Ubieta Gómez

Hace unos días salía yo caminando de mi centro laboral, cuando una persona a la que aprecio llegaba en su carro. Paró para saludarme y en tono jocoso me dijo: “tu personalidad no se ajusta a que estés caminando bajo este sol”. “Hace mucho tiempo que no tengo carro, ni privado ni estatal”, respondí sorprendido. Todavía alcanzó a ripostar: “pero te llevan a los lugares…” Sé que mi interlocutor bromeaba, y que sus palabras no albergaban alguna segunda intención. Simplemente, se imponía el estereotipo. Permítaseme decirlo rápido: bailo casino, me gusta la pelota (suelo ir al estadio) y no tengo carro. Pero quisiera tenerlo, aclaro. Con él haría que mis horas de trabajo y de esparcimiento fuesen más productivas. La mayoría de las veces no consigo un chofer de piquera que me lleve a las actividades propias de mi labor. Defiendo la cultura del ser, no la pobreza. Y no presumo de ser pobre. Algunos suponen que si apuesto por el ser, frente al desenfrenado tener consumista, es porque mi vida está cómodamente asegurada. Desde otra esquina, la de la mala fe, la contrarrevolución intenta vender la idea de que si defiendes al (contra) poder revolucionario, es porque tienes miedo o porque recibes prebendas. Como el camino a pie es largo, seguí con mis meditaciones.

Los estereotipos crean prejuicios. En una entrevista recientemente publicada, Silvio decía con razón que los dirigentes están en la obligación de conversar con la gente, de llegar a conclusiones propias, que partan del “original” y no de “versiones” que por lo general son erróneas. Lo decía al recordar que Haydée Santamaría se sentó a escucharlo, cuando su imagen llegaba cargada de prejuicios e incomprensiones, cuando “lo archivaban en copias y no en originales”, como dice en una canción. Pero sucede otro tanto a la inversa: si usted acepta una responsabilidad, la gente busca los estereotipados “por qué” fuera del ámbito del compromiso revolucionario y de la voluntad de servicio, a pesar de que hay caminos mucho más expeditos y redituables para la obtención de prebendas y privilegios en la Cuba de hoy. La sociedad que defendemos a contracorriente reivindica una moral que no es la que predomina en el mundo. El pueblo acepta el reto a condición de que sus dirigentes la practiquen. Se impone la sospecha en unos y otros: un acto de vigilancia colectiva que puede convertirse, paradójicamente, en paranoia, en un obstáculo para el triunfo. Ninguna otra sociedad es más sensible a la llamada “doble moral”. Y ninguna otra sociedad necesita más de la confianza en el otro.

Aprovecho la ocasión para saldar una incómoda deuda. Durante el Congreso de la UPEC, al que asistí como invitado, apareció de repente en la sala un actor que se había maquillado y vestido como José Martí. Su rostro era muy parecido al del Prócer cubano y el actor había estudiado sus textos y su personalidad, lo que añadía verosimilitud a su interpretación. Muchos se fotografiaron con él, como si se tratase del propio Martí. A mí, sin embargo, me produjo una impresión ambigua. Creo que necesitamos más de los parecidos esenciales, y menos de los aparentes: si Martí estaba en el espíritu de las discusiones, no era necesario traer a un actor que lo representara y dijera, “van bien”. Escribí un artículo que titulé “Imitadores del ser y la nada”, y lo publiqué en el mensuario La Calle del Medio. El texto menciona de pasada el hecho descrito, y se centra en aquellos que viven “disfrazados” de otras personas (de Hemingway o de Elvis Presley, por ejemplo), para terminar censurando a quienes imitan simplemente el glamour (asociado al tener) de fugaces “estrellas” de moda. Al paso de los días, ocurrió algo inesperado.

El actor que había interpretado a Martí leyó mi texto y sintió que había sido evaluado su trabajo desde un inaceptable estereotipo. Esto lo supe por terceros, pues la carta a la redacción que envió su hija y que con gusto publicaría en La Calle del Medio, al parecer fue dirigida a una dirección equivocada. Lo de la carta, además, lo supe por un artículo aparecido en el portal Rebelión sobre las incomprensiones que ha sufrido el artista y su grupo teatral, absolutamente ajenas a mi reflexión. El autor de ese texto reivindica el martianismo esencial de un hombre que, dice, ha consagrado su vida al arte, con escasos recursos y retribuciones. Nadie escapa a los estereotipos, y quiero reconocer que probablemente juzgué mal al hombre que es Roberto Albellar Hernández. Pido disculpas. Su mención no se ajustaba a la intención de mi análisis, que sigo considerando válido. Los estereotipos nos tienden trampas a todos.

(Tomado del blog la Isla desconocida)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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