Notas para presentar Cuba entre tres imperios…

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Por: Abel Prieto Jiménez

 Fuente: CUBARTE

Quiero empezar diciendo que me parece muy importante presentar aquí, en el Instituto Pedagógico Varona, este libro, Cuba entre 3 imperios… de Ernesto Limia. Porque se trata de un libro de historia que nos habla de los siglos XVI, XVII y XVIII y al mismo tiempo, de manera indirecta, se mete de lleno en la batalla de ideas y valores del presente, en la batalla de este siglo XXI. Y en esta batalla nuestros maestros y profesores, nuestros estudiantes de pedagogía, nuestras escuelas, tienen un papel protagónico. Esto, que conste, lo estuvo pensando el autor durante todo el tiempo en que estuvo investigando y escribiendo este magnífico libro. Lo gestó no como una pieza arqueológica o museable, para las vitrinas, para los especialistas; sino como algo vivo, vigente, activo, que nos ayude en este combate. Él me pidió, incluso, y le agradezco mucho que me lo haya pedido, que hablara un poco hoy de algunos de los desafíos culturales, ideológicos, que tenemos los revolucionarios cubanos en el momento actual.

Voy a repetir algo que dicen el autor del prólogo, el poeta Juan Nicolás Padrón, y el crítico de cine y narrador Rolando Pérez Betancourt en sus notas de contracubierta, “este libro se lee como una novela de aventuras”. Y es verdad. En más de un pasaje se revela el talento de Limia para ir creando una especie de suspense. Es muy notable en ese sentido el fragmento donde se cuentan los antecedentes, la preparación y finalmente la ejecución de la toma de la Habana por los ingleses: las torpezas y cobardías de las autoridades españolas de las Isla; la desatención de indicios, señales y revelaciones que anunciaban el ataque como inminente; los vecinos de la Habana durmiendo a pierna suelta mientras la impresionante flota inglesa se va aproximando; todo eso se lee como si uno no conociera el desenlace. Y lo mejor es que Limia no logra ese efecto con trucos ni rebuscamientos, sino con una prosa limpia, transparente, que fluye de modo natural y hace particularmente amena la lectura del libro.

Limia ha tomado un punto de vista muy singular para estudiar la historia de Cuba desde su “descubrimiento” en 1492 hasta la toma de la Habana por los ingleses en 1762: el lugar que ocupaba la Isla en la geopolítica de los imperios español, británico y francés; y el que empezó a ocupar desde entonces en la potencia emergente (las 13 colonias que se independizarían de Inglaterra en 1776). No por casualidad Limia termina su libro citando a Benjamín Franklin, quien fue, además de un relevante científico, una de las figuras políticas decisivas de la independencia de los EEUU. Franklin, en una carta a su hijo, en la tempranísima fecha de 1767, habla de planes para llevar la guerra a la Isla de Cuba.

El libro de Limia está atravesado por varios tópicos que caracterizan “las causas de las cosas”, como dice Juan Nicolás en su prólogo, apropiándose de un título del ensayista Desiderio Navarro, es decir, las causas de los viajes exploratorios, de muchos avances en tecnología naval, en cartografía, de todas las guerras, los pactos entre potencias, etc. A pesar de todos los pretextos idealizantes, “civilizadores”, “portadores de la verdad de Cristo”, a pesar de todo eso, de toda la palabrería (que hoy se ha sustituido por “democracia”, “derechos humanos” y otras por el estilo) se hacen muy visible esos tópicos: las ambiciones de riqueza y poder de las potencias y de los individuos que las representan, el maquiavelismo, la falta total de escrúpulos, el genocidio, la barbarie, la esclavitud, el contrabando, los impulsos más mezquinos.

Hay unas palabras terribles de Bartolomé de las Casas: “La causa porque han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días” (Opúsculos, Cartas y Memoriales, Ver: Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Ed. Edaf).

El libro de Limia nos ratifica todo el tiempo dos frases muy impactantes, una de nuestro poeta Heredia y otra de Marx. Heredia, por un lado, habló de que en Cuba se reunían “las bellezas del físico mundo” y “los horrores del mundo moral”, es decir, una naturaleza privilegiada y una sociedad sustentada en la esclavitud, la codicia, la perversidad (por cierto, esta expresión de Heredia es muy citada por Cintio Vitier en su libro imprescindible Ese sol del mundo moral); Marx, ya a otra escala, señala lo siguiente: “Si el dinero, como dice Augier, viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies.”

Por cierto, esos tres siglos que toma Limia como marco cronológico para su estudio, se corresponden precisamente con el período en que el capitalismo da pasos decisivos hacia su consolidación. Escribe Marx, también en El Capital: “El descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria.”

Es un punto de vista que es muy útil para evaluar lo que está ocurriendo hoy y lo que ha ocurrido a lo largo de más de 55 años entre Cuba y EEUU. El otro día, para mi alegría, vi en el noticiero cultural un crítico joven que hablaba del libro de Atilio Borón sobre la geopolítica yanqui en torno a América Latina y en un prodigio de síntesis daba lo esencial de este ensayo y decía que a veces las dificultades cotidianas nos hacen concentrar nuestra mirada en un punto específico de la realidad cubana de hoy y olvidarnos del contexto internacional en que la Revolución Cubana está dando la batalla por sobrevivir y perfeccionarse. El libro de Limia, como el de Atilio (que acaba de publicar Ciencias Sociales), nos ayudan a entender las esencias de ese sistema que algunos pretenden ver como legítimo para el futuro de Cuba frente al supuesto fracaso del socialismo. (En Europa, no nos olvidemos de eso, fracasó una experiencia distorsionada de la utopía creada por Marx, Engels y Lenin; pero el capitalismo ha fracasado en todo el mundo y va a liquidar al planeta y a la especie. Por eso, cada vez que me dicen que el socialismo fracasó, yo pregunto “¿y dónde triunfó el capitalismo?”, “¿no fracasó el capitalismo?”. Recordemos que la batalla de ideas se da en el presente y en la historia.)

Las guerras imperiales de saqueo del siglo XXI tienen los mismos objetivos que las que describe Limia en su libro. El cinismo verdaderamente indescriptible de los imperios, que ha sido desmontado de un modo tan profundo y tan ameno al mismo tiempo por Limia en este libro, está hoy más vigente que nunca. Es cada vez más impúdico, más desvergonzado, y utiliza cada vez más activamente su maquinaria mediática de satanizar al enemigo, de mentir, de autotitularse estandartes de un mesianismo insostenible.

Este libro tenemos que usarlo para la batalla del presente: para combatir la desmemoria (hoy vivimos en un mundo que se nos presenta como un limbo atemporal, que parece carecer de antecedentes, de raíces), para aumentar la cultura general de los jóvenes, para que conozcan cómo fuimos un peón del ajedrez de las grandes potencias desde nuestros orígenes más remotos como nación.

Incluso los profesores de literatura pueden extraer mucho provecho de este libro: qué importante sería leer a la luz de sus análisis el texto fundador de la literatura cubana, Espejo de paciencia; o acudir al Quijote de Cervantes como una alegoría de la caída en desgracia del orgulloso y soberbio Imperio español, con ese hidalgo tan pobre que en lugar de cultivar la tierra enloquece leyendo novelas de caballería y se va en busca de aventuras imaginarias.

Los adoradores ingenuos del Norte fulgurante, lleno de lentejuelas, que ven en las películas, es importante que sepan sobre qué bases tan atroces se fundó esa prosperidad, que ahora pasa por una crisis estructural.

Me voy a detener ahora en la solicitud que me hizo Limia: en los retos que tenemos en el campo de las ideas y de los valores. Por supuesto, voy a anotar solamente algunos aspectos muy parciales, vistos especialmente desde el punto de vista de la cultura. Ni por asomo pretendo abarcar ni un mínimo por ciento de la complejidad del problema.

Yo diría, primero, que tenemos que trabajar muy duro para frenar los retrocesos que estamos sufriendo en el campo de la lectura. Si estamos presentando un libro de gran calidad, profundo, con mucha información y al propio tiempo disfrutable, grato, creo que es una ocasión ideal para motivar a nuestros estudiantes con una lectura que les va a ser útil y agradable. La Revolución Cubana liquidó en un año el analfabetismo, puso el libro al alcance de todo el pueblo y creó un país de lectores. “No le decimos al pueblo cree, sino lee”, dijo Fidel cuando se fundó en 1960 la Imprenta Nacional. ¿Podemos dormir tranquilos todos los que tenemos que ver con esto si dejamos de ser ese país que fuimos? Por tanto, tenemos que usar materiales audiovisuales, recursos de las nuevas tecnologías y cuanta iniciativa podamos impulsar no para sustituir la lectura sino para promoverla, para incentivarla.

Otro problema gravísimo es el consumo masivo y acrítico de subproductos culturales a través precisamente de las nuevas tecnologías. No se trata, como hemos dicho otras veces, de prohibir el llamado “paquete”; sino de crear en las personas una distancia crítica que les permita diferenciar el entretenimiento legítimo del que los degrada, algo que los ayude a descubrir cuándo los están estafando. (Precisamente Pérez Betancourt publicó recientemente en Granma un excelente artículo sobre este tema.)

Todo esto tiene que ver con el problema de la colonización cultural. Cuba tiene el desafío específico que le plantean los planes subversivos y desestabilizadores contra nuestro gobierno y un segundo desafío más global: el trabajo de conquista cultural que se extiende sobre el mundo a partir de los centros hegemónicos del Norte. La descolonización debe ser una labor cotidiana y continua; porque el avance colonizador aparece de modo omnipresente.

Otro más tiene que ver con incoherencias, errores, deficiencias, de nuestras instituciones culturales y de nuestros medios masivos de difusión. Ahora se ha venido avanzando hacia una articulación del trabajo de estos dos organismos en las manifestaciones en las que se ha retrocedido más en términos de gusto, el cine y la música, donde han ganado mucho espacio expresiones comerciales, portadoras de mensajes colonizados. Se ha dado en algunos casos la contratación de agrupaciones o solistas sin ningún talento porque “dejan dinero” a la entidad que los contrata. Aparte de las concesiones que se hacen en instituciones estatales, se ha complejizado el panorama de la vida cultural de nuestras ciudades con espacios de gestión no estatal que ponen materiales audiovisuales o música sin regulación alguna. Lo que se divulga en los espacios públicos, independientemente de la forma de gestión que se haya establecido en ellos, debe someterse de algún modo a la política cultural del país. Hay miles de ejemplos increíbles asociados a lo que se difunde en los ómnibus interprovinciales y por sonidistas de centros turísticos o de recreación y en todos los espacios públicos.

Hay una tendencia a la despolitización, un horror al “teque”, que puede conducir a personas con poca preparación a un limbo ajeno a la Revolución y en esencia reaccionario, de derecha. Huir del “teque” no puede llevarnos a desideologizar el discurso, a despolitizarlo, a huir del debate imprescindible que necesitamos. El “teque” es por definición paternalista, vertical, presupone un oyente pasivo que está recibiendo una lección. El proceso educativo, ustedes lo saben muy bien, no puede concebirse de manera unidireccional. Lo más perdurable es muchas veces lo que nace del diálogo, del intercambio, del debate, entre maestros y alumnos. Sobre estos conceptos que están en lo mejor de la tradición pedagógica cubana ha estado escribiendo en Juventud Rebelde la Dra Graziella Pogolotti. Es muy importante que ustedes estudien esos artículos y que incluso inviten a Graziella a compartir aquí con profesores y estudiantes.

Hay además un crecimiento de formas marginales de comportamiento. Proliferan conductas agresivas, vandálicas, escandalosas, ajenas a toda norma de convivencia civilizada, que denunció Raúl en la ANPP. “Somos un pueblo instruido, pero no culto”, dijo. Y recordó aquella frase que se atribuye a Unamuno a propósito de unos campesinos de Castilla: “Qué cultos son estos analfabetos.” No podemos olvidar el llamado que hizo a intelectuales, artistas, educadores, para contribuir, cada uno en su frente, a esta batalla.

La Revolución está llevando adelante una ofensiva sin tregua contra toda forma de corrupción; pero evidentemente el golpe que recibimos en la fase más aguda del Período Especial nos condujo a retrocesos éticos muy dolorosos y dio mucha vida y mucha fuerza al viejo personaje del pícaro cubano. En lo cultural, en lo ético, tenemos que enfrentar la disposición a tolerar las conductas delictivas como algo inevitable o justificable por las limitaciones existentes.

Termino recomendándoles a todos que lean con detenimiento Cuba entre tres imperios…, que lo discutan en las aulas, que lo conviertan en un instrumento para entender el pasado y el presente. Y termino felicitando de nuevo a Ernesto y al equipo de la Casa Editorial Verde Olivo.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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