Cuba: siempre entre imperios y potencias.

Presentación del libro Cuba entre tres imperios: Perla, llave y antemural, de Ernesto Limia Díaz.

Por: Roberto Pérez Rivero*

Recientemente la Casa Editorial Verde Olivo y Ernesto Limia Díaz me solicitaron presentar un valioso y “raro” libro, adelanto que aclararé tal epíteto. Antes, Juan Nicolás Padrón, Armando Hart Dávalos, Harold Bertot Triana, y Abel Prieto; lo habían prologado o presentado. Al corresponderme a mí, sentí la amabilidad de la Editorial y el autor de la obra, lo cual agradecí sinceramente.

Ahora, comparto con los lectores de este espacio las ideas expresadas en esa ocasión.

He escrito y expresado en reiteradas ocasiones que la Historia ha sido y es consustancial al ser cubano, y más, a la propia nación. En no todas las comunidades humanas, su historia, lenguaje, cultura, costumbres, leyes, instituciones y otros elementos de su vida material y espiritual en general, son resultado directo de sus propias luchas. La Historia ha venido a ser el principal sustento en la defensa de la nación y su proyecto emancipador.

Cuando el campo socialista se derrumbó, cuando la Unión Soviética, con su Historia desmontada, —y se subraya con toda intención—, se desintegró y muchos se quedaron en el Universo sin rumbo al desplomarse los paradigmas socialistas; las respuestas al por qué en Cuba se continuaba luchando y resistiendo no se encontraban en los modelos a que se aspiraba, sino en su pasado, en sus propias raíces. La Historia en Cuba (la Historia en sí y la ciencia también) ha asumido por derecho propio el rol de escudo de la nación.

En esta dimensión política, ideológica y cultural está concebido el libro que LImia nos ha ofrecido para analizar las ambiciones sobre Cuba de tres potencias europeas, España, Francia y el Reino Unido desde finales del siglo XV y hasta la segunda mitad del XVIII.

En “Historiar la historia”, el acucioso preámbulo que del libro hace Juan Nicolás Padrón, se señala entre los novedosos aspectos que trata Limia, el examen de los factores que impidieron el desarrollo capitalista en la España de Cristóbal Colón, y la acertada valoración de la figura del Almirante descubridor: calificado, emprendedor y pertinaz navegante, y a la vez buscador de beneficios personales a cualquier precio, y punta de lanza de la ulterior depredación a la que sometió la Corona Española a América.

Por su parte, el investigador Harold Bertot Triana, en la presentación que hizo del libro en la Sociedad Cultural “José Martí”, acotó que Limia echa por tierra la pretendida alusión de que el indio cubano fue extinguido. Sin negar la catástrofe demográfica que padeció la población aborigen de la isla, Limia argumenta que hubo determinado número de sobrevivientes que protagonizaron el mestizaje biológico y cultural, primero con los propios españoles y más tarde con los africanos traídos por estos a Cuba.

En mi caso, igualmente deseo llamar la atención de los lectores hacia ciertos aspectos, de los tantos que son interesantes en la obra de Limia.
Sus análisis nos convencen de que las celebraciones de los 500 años de fundación de las primeras siete villas hispanas en la Isla de Cuba, además de su dimensión socio-cultural, deben ponderar y asumir más los enfoques políticos e ideológicos.

Para Limia y los autores que él incorpora a sus juicios, la mayoría de las primeras villas -en sus inicios “ciudades fantasmas”- fueron una herramienta (arma) de la empresa de rapiña que fue la colonización en Cuba. Ésta, como campaña bélica, devino en genocidio; y todo ello, no siempre se aborda con suficiente firmeza y rigor porque las cortinas del llamado encuentro de civilizaciones y culturas, no permiten percibirlo con claridad.

De este modo, a la vez que se recuerde el proceso fundacional de las primeras villas en Cuba como un acto de usurpación cruel, se debe significar y resaltar la resistencia aborigen y la supervivencia de su legado cultural.

En torno a estos temas existe polémica sobre aspectos relevantes; pero, también algunos investigadores prestan mayor atención a cuestiones de significados más simples, como lo es la identificación “exacta” de la fecha fundacional.

No pocas veces en la ciencia histórica los acontecimientos fundacionales generan agudas polémicas. La falta de fuentes fehacientes para determinar con exactitud el inicio de un proceso histórico y el surgimiento de determinada localidad, organización, o institución; o simplemente la diversidad de criterios -por razones varias- en los historiadores y académicos en general, impide alcanzar el consenso en tales asuntos.

Mientras tanto, Limia con modestia y respeto, y sobre todo con talento nos convoca a prestar mayor atención a cuestiones más notables y determinantes.

A los conocedores de temas militares, les debe resultar de especial interés los acercamientos y precisiones que hace el autor acerca de los hechos propiamente bélicos ocurridos durante los 275 años que estudia. Por mi experiencia en el estudio de la Historia Militar, destacaré algunas de esas aproximaciones; entre ellas, las ya aludidas reflexiones sobre el carácter de campaña militar y guerra de rapiña de la conquista y colonización.

También lo son, la explicación de la utilización de la Isla de Cuba por el poder colonial español, como plaza de aseguramientos de diferentes tipos a sus empresas militares en “tierra firme” (continental) y como punto de preparación y envío de expediciones invasoras; y, el lugar asignado a Cuba en la guerra de España contra Francia desde los ataques franceses a La Habana, Baracoa y Santiago de Cuba a partir de la década del 30 del siglo XVI y hasta los años 60 de esa centuria; el que ocuparía inmediatamente después, ante el incremento de las incursiones de los corsarios ingleses en el Caribe, y ante la amenaza de ataque de la escuadra del connotado vicealmirante Francis Drake a La Habana en 1586; así como, el impacto que causó en Cuba la derrota de la llamada Armada Invencible española dos años después.

Lo que sucede tras la firma del Tratado de Paz de Londres en 1604, y a partir del inicio de la Guerra de los Treinta Años en Europa en 1618, que incluyó la derrota de una flota española en la Bahía de Matanzas en 1628, son eventos de la historia cubana muy poco abordados en nuestros textos de Historia Militar. Sin embargo, Limia los analiza con acierto y mesura, como lo hace con otros tantos hechos de armas. Su recuento no los desvincula de los acontecimientos políticos, sociales y sobre todo económicos.

Cuando el lector llegue casi exactamente a la mitad de la obra se dará cuenta que su autor nos ha historiado un poco más de 170 años, y que nos ha hecho vivir las experiencias de los viajes del “descubrimiento”, sentir las penas del holocausto aborigen, andar los vericuetos del comercio y el contrabando, y ser testigos de combates y batallas navales o terrestres hasta llegar al momento, después de 1665, en que el imperio español se hundía a causa del efecto destructivo de las guerras y su grave y propia crisis económica; mientras que la industria y el comercio británicos se expandían, e Inglaterra se consolidaba como primera potencia naval del mundo, y apetecía más que antes la posición geográfica de la Isla de Cuba: la llave natural del Golfo de México.

Esta circunstancia, se hace omnipresente en los otros poco más de cien años que Limia somete a balance, en los cuales la puja imperial por Cuba entre Inglaterra y España se acrecienta hasta que la primera invade la colonia española de Cuba.

A los estudiosos, amantes y profesionales de la Historia Militar, aunque no sea una intención priorizada en la obra de Limia, Cuba entre tres imperios les irradia luces que esclarecen, sugieren e inspiran reflexiones y motivos para nuevas indagaciones.

Por ejemplo, hace algún tiempo, realicé un estudio particular sobre los planes de defensa españoles del territorio cubano, para determinar y comprender qué relación o influencia ejercieron esos planes defensivos en el enfrentamiento, desde el gobierno colonial, al proyecto independentista que avanzaba a paso firme en Suramérica, México, Centroamérica y particularmente Cuba. Ello me permitió progresar en el conocimiento de la situación militar de la Isla de Cuba y sus planes de defensa, y en particular en la estructuración y concepción defensiva que desarrolló el capitán general D. Francisco Dionisio Vives en la década de 1820.

La lectura de Cuba entre tres imperios, me ha permitido reafirmar la idea de que a Vives no se le puede adjudicar de manera exclusiva la avanzada concepción asumida. Su noción defensiva es resultado de un conjunto de medidas de reorganización política, administrativa, económica y militar que iniciaron el conde de Ricla y Alejandro de O`Reilly y que continuaron los que le sucedieron en el mando militar de la isla.

Las reformas militares desarrolladas en Cuba por el mando español posteriores a la Toma de La Habana por los Ingleses, y la actuación de fuerzas militares procedentes de su territorio en diferentes campañas, cuestiones bien repasadas por Limia, corroboran que las circunstancias obligaban a estructurar la defensa de la isla territorialmente, por regiones y dentro de ellas, por localidades. En este ámbito, las ciudades como centros de poder colonial, tenían que ser entonces los puntos claves y básicos del sistema defensivo.

Por tanto, la solución a los principales problemas defensivos se encontraba en cada región del país. Esa concepción defensiva tenía un marcado carácter territorial, adoptado a partir de condicionantes objetivas: La lejanía y el aislamiento del teatro de operaciones cubano; la escasez de recursos; el carácter de las acciones del enemigo generalmente apreciado: invasor al que no le era posible invadir y ocupar la isla en su totalidad y mucho menos mantenerla; la aceptación de que no es posible impedir los desembarcos; y la configuración territorial de la estrecha y alargada isla.

Sobre todo ello, se encuentran en el libro de Limia abundantes evidencias.

Salvando las distancias en el tiempo, circunstancias totalmente distintas y otras situaciones también diferentes, llama la atención como muchos de estos elementos tienen hoy en día vigencia; pues las decisiones que en aquel contexto se tomaron partieron del análisis de las condiciones objetivas de la isla, varias de las cuales aun en estos tiempos, se mantienen.

Provocar la meditación y traer ese pasado hasta el presente, y desde el presente pensar a su vez lo ocurrido en los siglos precedentes es una cualidad y virtud el libro. Cuando se lee, no se deja de meditar, y preocuparse por todo lo que ha tenido que pasar este pueblo para conformar y consolidar su identidad. Se comprende y entiende muy bien la historia de Cuba.

Nos conmueve el recuento de esos siglos de saqueo y despojo a esta tierra y sus moradores, gobernados por siglos; pero, no sometidos. Al mismo tiempo, el balance inspira optimismo y compromiso.

Alguien, conocedor de la historia de Cuba, al que le pregunté si sabía del libro Cuba entre tres imperios, demostrándome que no, me respondió: ¿Se refiere, al imperio Español, a las apetencias inglesas y al imperialismo norteamericano? Sin conocerlo, ya este potencial lector, al que por cierto le regalé el libro que recién me habían obsequiado, estaba enlazando el pasado de Cuba con el complejo y peligroso presente.

Y esto, es algo que me ha sucedido desde la lectura de las primeras líneas del libro, junto al tiempo remoto que explora: pensar en lo acontecido en los siglos XIX y XX, y en el hoy, en el XXI que estamos viviendo.

Limia concluye su libro anunciando lo que vendría tras finalizar el siglo XVIII. Aludiendo a la nación que emergió de las Trece Colonias Inglesas de Norteamérica, sentencia que esos pragmáticos vecinos no se refirieron a Cuba con términos tan poéticos como “Perla”, “llave” o “antemural” ; pero, si se interpusieron entre ella y España para adueñarse de la estratégica posición y lanzarse desde ella “con esa fuerza más” sobre el resto del continente.

En efecto, durante todo el siglo XIX, Cuba continuó siendo apetecida y saqueada, y lo mismo ocurrió hasta el año 1959, del siglo XX, a partir del cual sin dejar de enfrentar los constantes, disímiles y cada vez más fuertes embates del poderoso Goliat, otra ha sido la historia.

En el año 1998, participé en un evento dedicado al centenario del fin de la Guerra Necesaria, y de todo lo sobrevenido a partir de 1898 con la guerra Hispano Cubano Norteamericana. Me incorporé al debate de una comisión en la que se percibía cierto pesimismo por lo que le había acaecido a los cubanos de aquel entonces: no habían podido impedir la intervención del emergente imperio, ni alcanzar la tan luchada total independencia. Expuse mis criterios, entre tantos argumentos como la superioridad del arte militar cubano sobre el español, y el nacimiento – a pesar de una Enmienda Plat- de una república cubana a diferencia de lo que sucedió con Filipinas y Puerto Rico; enfaticé en algo inobjetable: a cien años de aquellos hechos, nuestra pequeña isla, era la única nación del mundo que denunciaba sin tapujos de ningún tipo las verdaderas intenciones de la potencia más poderosa del Universo.

Llevamos más de 55 años de confrontación directa con el imperialismo norteamericano, ahora no somos una isla saqueada y oprimida por las potencias, sino un pueblo que desafía al mayor poderío militar y económico conocido jamás.

Este rol no ha sido buscado por los cubanos, es un resultado histórico; en ello, como ha señalado el compañero Fidel en su artículo “Los héroes de nuestra época”, también ha influido el azar. Lo cierto es que Cuba se ha atravesado en la garganta del Imperio, y en esta confrontación y en otros eventos mundiales la isla se torna agigantada.

Los cubanos de hoy conocen bien esta otra historia, y han sido protagonistas de ella, recuérdese Girón, la Crisis de Octubre de 1962, la Lucha Contra Bandidos, las batallas contra la deuda externa, el ALCA, las misiones internacionalistas cubanas en América, África y Asia… Si a finales del siglo XIX, Cuba fue ignorada en el Tratado de París firmado por España y los Estados Unidos, al concluir el XX fue parte firmante y principal en los acuerdos que condujeron al desplome del Apartheid; resultado, de una épica hazaña en la que enfrentó a la potencia nuclear sudafricana, y en la que incluso, como apuntara Fidel en su reciente artículo, sin reñir con el respeto y el agradecimiento por la ayuda solidaria soviética al pueblo cubano, cuando fue necesario discrepar con sus erróneas concepciones, se hizo.

Hoy mismo, tres brigadas de especialistas de la salud cubanos están haciendo lo que no hacen los médicos de las potencias, combatir cuerpo a cuerpo, en primera línea contra el Ébola.

Debo insistir en que los entendidos que han opinado sobre el libro, coinciden en expresar la necesidad de investigar más y sobre todo socializar más, el daño que los imperios europeos causaron a los pueblos de la América Nuestra.

La conquista y la colonización deben ser vistas como lo que fueron: un genocidio. Con suficientes argumentos Limia lo demuestra y a la vez nos alerta, que las apetencias de hoy, sobre todo las del imperialismo norteamericano son más graves y peligrosas.

Acerca de las cualidades de la obra en los planos teórico y metodológico, Juan Nicolás expresó que Limia ha historiado la historia con método dialéctico.

El autor elimina las barreras opuestas a un método analítico-sintético dialéctico, y a quien lo lee, lo pone a sentir, vivir, interrelacionar, comprender y pensar; y no a memorizar, repetir o fragmentar.

Es impresionante la abundancia de fuentes consultadas por el autor, y la cantidad de información que maneja con singular habilidad para sintetizarla e hilvanarla, y para usar las voces más autorizadas y los resultados de las investigaciones más actualizadas en el análisis de cada temática que trata. Limia demuestra que es todo un profesional del análisis de información.

Les dije al comienzo que leerán un libro “raro”, debí decir inusual. No abundan los libros de historia escritos de esa manera. No es como dicen muchos jóvenes un “ladrillo”; todo lo contrario, es lo que más se parece a una apasionante aventura.

Un amigo historiador, muy competente y con conocimientos enciclopédicos de la historia de Cuba, me confesó: Mira Roberto, muchas de las cosas expuestas por Limia no me son desconocidas; pero, como las dice, es como si me estuviera enterando ahora mismo que estaban ocurriendo…

También la belleza de su lenguaje es la sencillez, la coherencia y la fluidez. Así deben ser escritos muchos libros de historia, los destinados a los niños, jóvenes y pueblo en general, y por qué no, a los avezados académicos porque como he expresado, aunque el libro se lea con placer y goce, no es un “cuento”, es un serio y riguroso estudio.

Quién mejor que Rolando Pérez Betancourt para calificar estos peculiares atributos del texto. En su contracubierta se lee:

“[…] Corsarios y piratas se vinculan con reyes y maniobras políticas, también con documentos vueltos a leer a la luz del factor económico, ese que tanto decide. Y si Holywood edulcoró aquellas historias de mares trepidantes y sablazos arranca pescuezos y las hizo atractivas a la vista de un consumidor masivo, Cuba entre tres imperios…, a partir del rigor y la seriedad, arma un mundo apasionante, siempre interrelacionado que, quizá sin proponérselo Ernesto Limia Díaz, se lee con los atributos propios de una novela.”

Así que, amigos míos, como suele decir el popular escritor y crítico de cine, no duden en adquirir el libro, agoten los que el Instituto Cubano del Libro y la Casa Editorial Verde Olivo con su laborioso colectivo, armador de esta segunda edición y de otros valiosos títulos, ubiquen en las librerías del país.

*Doctor en Ciencias Históricas y Presidente de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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