De Varela al tambor: el parto de la nación

Por: Ernesto Limia

Insertada en la carrera de un capitalismo esclavista, a fines del siglo XVIII Cuba emergía como reina del Caribe, sobre todo después de que la Revolución Haitiana devastara el emporio azucarero que copaba el mercado mundial libre. Todas las formas administrativas y jurídicas de la colonia envejecieron de repente, coyuntura que demandó rápidas transformaciones. Frente a tal desafío, el rey nombró como nuevo capitán general de la Isla a Luis de las Casas, ilustrado vasco que fue capaz de armonizar los intereses metropolitanos con el proyecto que anhelaba desarrollar el núcleo intelectual de la sacarocracia criolla. Dos influyentes habaneros lo apoyaron con gran compromiso: el científico Tomás Romay y el padre José Agustín Caballero.

Durante el gobierno de Las Casas se introdujeron los cambios que aceleraron el tránsito hacia el capitalismo en Cuba. A propuesta suya, en 1790 apareció el Papel Periódico de la Havana, que al decir de Tomás Romay «…fue la primera ruta que se trazó nuestro espíritu, dirigiéndolo (aunque con pasos lentos) al Santuario de las Ciencias» (López, 1968: 110). Y en 1793 se instauró la Sociedad Patriótica, cuyo principal animador será Francisco de Arango y Parreño, líder de la generación que convirtió al país en el primer productor mundial de azúcar. Pero antes precisaban llenar un gran vacío: la carencia de instrucción pública. La Isla solo contaba con un puñado de escuelas privadas y hacia fines de la centuria no habían penetrado aún las ideas que alentaron la reforma universitaria auspiciada por Carlos III, que sentó las bases para que sacerdotes y laicos católicos renunciaran a Aristóteles y a santo Tomás de Aquino en la educación y las ciencias, sin sentir dañada su fe.

Ya en España el padre Benito J. Feijoo se enfrentaba a la escolástica aristotélica y Andrés Piquer había renunciado a Galeno, para experimentar con cadáveres. Georges L. Leclerc y Karl von Linneo abrieron nuevos horizontes en la botánica, y las teorías de Montesquieu y Filangieri desplazaron a la otrora reputada doctrina de Platón, que impedía responder a los nuevos desafíos de las ciencias jurídicas. Algunas universidades estudiaban a Newton y a Descartes, y el Consejo de Castilla había orientado crear cátedras de Matemática, Física Experimental, Filosofía y Moral; mientras el Colegio Imperial de Madrid reabría sus aulas con profesores laicos y dos nuevas asignaturas: Lógica e Historia del Derecho Natural y de Gentes.
Ese espíritu, sin embargo, no prendía en Cuba, donde las órdenes religiosas ostentaban las máximas prerrogativas en la educación y disponían del monopolio en la impresión de papeles y folletos; de hecho, la Universidad de San Gerónimo había sido puesta en manos dominicas que aplicaron el sistema escolástico-tomista en toda la enseñanza; en la facultad de Medicina no se daban clases prácticas de Anatomía y el programa de la carrera se impartía por los aforismos de Hipócrates y los anacrónicos textos de Galeno; en Leyes, los profesores enseñaban latinidad por un escritor del siglo de hierro y repetían acríticamente las palabras de Aristóteles.

José Agustín Caballero dio los primeros pasos en el movimiento renovador de las ideas, al poner en contacto a sus alumnos del seminario de San Carlos y San Ambrosio con las corrientes más avanzadas de Europa; pero la falta de una acción coordinada impidió que su actitud crítica subvirtiera el estado de postración en que se hallaba el pensamiento. No obstante, vale destacar que mientras en San Gerónimo los docentes eran obligados a jurar fidelidad tomista y aristotélica y a comportarse como simples lectores, en San Carlos se podían expresar opiniones diferentes, germen de la independencia filosófica que brotó de la pluma del padre Caballero.

Una ilustre pléyade de filósofos, economistas, científicos y educadores inició entonces un movimiento cultural de avanzada, tendiente a derrotar las instituciones que sostenían en la Isla el sistema feudal. En apenas una década se generó una corriente de corte liberal con marcada orientación economicista, que sirvió de base al desarrollo de las ciencias, sin sobrepasar, durante décadas, los límites que la esclavitud impuso a su pensamiento, a partir de lo cual eran tan retrógrados como los hacendados de los siglos XVI o XVII.

En aquella época, en la enseñanza primaria de los varones prevalecían el formalismo, la memorización, los castigos corporales (azotes, bofetones, tirones de orejas) y la violencia psíquica con que los maestros imponían su autoridad; el programa docente solo comprendía tres asignaturas: Lectura, Escritura y Doctrina Cristiana. Con las hembras la situación era peor. En La Habana solo existían dos establecimientos dignos de consideración: el de las monjas ursulinas y el colegio de San Francisco de Sales. De otras cincuenta llamadas escuelas, en apenas cuatro enseñaban a escribir y en al menos 30 a leer y rezar por un método rutinario; la Doctrina Cristiana se impartía de forma mecánica. Agrupadas en un local sin divisiones por el grado de adelanto, unas cincuenta niñas desconocían la gramática castellana y no desarrollaban siquiera habilidades para leer correctamente, pésimo aprendizaje condicionado por la ignorancia y falta de educación de las maestras, cuya generalizada ausencia de fundamentos pedagógicos y humanistas traía consigo que también las azotaran (Sosa y Penabad, 2005: 52-53, t. 5).

La llegada a La Habana del obispo Juan José Díaz de Espada favoreció la renovación de la enseñanza. Vasco de origen y con un doctorado en Salamanca, Espada dio calor al movimiento iniciado en San Carlos e incorporó a su claustro a un talentoso grupo de jóvenes, entre los que sobresalió el presbítero Félix Varela, ganador por examen de oposición en 1811 de la cátedra de Filosofía.

Era una etapa dramática para España. Napoleón Bonaparte había invadido la península y colocado en el trono a su hermano José; solo no pudo ocupar Cádiz, donde el movimiento patriótico se refugió al amparo de la burguesía local. Cuando esta ganó influencia, intentó restituir el monopolio en la Isla mediante un irracional sistema impositivo y la orden de cerrar sus puertos a los barcos extranjeros. Comenzó así una reñida lucha por el poder económico, que devendría enfrentamiento político. Y era de esperar, dado que el primer lugar en los esfuerzos criollos lo ocupaba el debate sobre el libre comercio con extranjeros. A Cuba le apremiaba exportar toda su producción sin importar en qué punto de la geografía mundial situarla, pues de disponer de un mercado dependía mantener el ritmo de crecimiento que la ruina de Haití propició. De esa manera fue estructurándose un pensamiento esencialmente cubano, que a la postre resultó fundamental en la formación de la conciencia e identidad nacionales.

Sacerdote docto, violinista y fundador de la Sociedad Filarmónica de La Habana, Varela fue el gran protagonista de ese momento histórico, al promover desde su cátedra una revolución pedagógica con la transformación de la enseñanza de la Filosofía y la incorporación al programa de estudios de las asignaturas Física, Astronomía, Matemática y Geografía. Para estimularles el razonamiento, eran sus estudiantes quienes más hablaban en la clase, base del método explicativo que no se extendería en el país hasta 20 años después, gracias, precisamente, a uno de sus más leales discípulos: José de la Luz y Caballero. También promovió el debate conceptual sin importar la autoridad de quien impartiera la materia, condenó la memorización por enemiga de las ciencias y dio sentido a los experimentos de Física y Química, en los que animaba a los alumnos a formarse sus propias ideas mediante la observación. En 1816, con el Elenco, trazó el camino para promover las ciencias desde una raíz cubana y proyectó su visión sobre la necesidad de liberalizar el pensamiento, en un debate público que conmocionó el medio intelectual en toda la Isla.

Cuando en 1817 pronunció su discurso de ingreso en la Sociedad Patriótica, demandó una pedagogía con base en el origen de las ideas desde la primera enseñanza. Ningún joven de los que se matriculaba en su clase estaba preparado para las lecciones de Filosofía: todos llegaban propensos a afirmar o negar sin previo examen, aunque no entendieran una palabra, habituados al orden mecánico de repetir de memoria. Pidió fundar una escuela sobre el principio de la experiencia y las necesidades cubanas, donde la memoria cediera paso al análisis, y propuso crear una obra de enseñanza elemental para niños, sin tecnicismos que impidieran su comprensión. Bajo la atención cómplice de gran parte de los presentes, expuso una idea esencial: urgía desarrollar la educación primaria para potenciar el progreso.

En 1820 tomó el poder en España un gobierno liberal y los comerciantes españoles en Cuba demandaron la vuelta al régimen promulgado en Cádiz en 1812, para desplazar a la aristocracia criolla de la conducción de la economía; sin embargo, una parte importante de las bases sustentadas por el movimiento constitucionalista estaban recogidas en las obras de Varela. Sus alumnos las dominaban y en pocos días comenzaron a publicarse numerosos periódicos, reflejo del abanico de tendencias ideológicas presente en el sustrato social. Poco después Varela fundó la cátedra de Derecho Constitucional, en la que nació el pensamiento jurídico de la emancipación cubana.

En este período irrumpieron en la palestra pública varios jóvenes de ideas liberales en San Carlos; el más influyente, el bayamés José Antonio Saco, uno de los más grandes humanistas cubanos de todos los tiempos, que estudió con profundidad la esclavitud y el drama de la vagancia. Con el respaldo del obispo Espada, Varela continuó la reforma iniciada por el padre Caballero. En estas tres personalidades de la Iglesia Católica estuvo presente el pensamiento de la modernidad europea, que no consideraban contradictorio con su fe. De este modo, la ética cristiana, base esencial en la cultura occidental, fue asumida sin ponerla en antagonismo con la ciencia.

El 28 de abril de 1821 Varela partió a España como diputado a Cortes, donde tuvo una destacada actuación legislativa, al presentar un dictamen que reconocía la independencia de Hispanoamérica, un proyecto de gobierno autonómico para ultramar, otro de abolición de la esclavitud en Cuba y una exposición crítica sobre el estado de la enseñanza en la Universidad de San Gerónimo, con un plan de reformas. Fue tan grande el dinamismo que le impregnó a su actividad política, que evolucionó del reformismo a la prédica independentista.

En 1823 el ejército de Francia cruzó los Pirineos para apuntalar en el trono a Fernando VII, y este derogó la Carta Magna. Francisco Dionisio Vives llegó a La Habana en mayo para barrer las libertades constitucionales en la «siempre fiel isla de Cuba», donde la consigna «Independencia o muerte» comenzaba a aparecer con frecuencia en las paredes de varias localidades, algo impensable hasta aquel instante. El 6 de agosto fue neutralizado un movimiento en Matanzas, entre cuyos jefes aparecía el primer poeta romántico americano, José María Heredia, persuadido ya de que solo con independencia la nación podría ser próspera y feliz; poco después era detenido en la capital José Francisco Lemus, organizador de la insurrección que se preparaba. Fue el preludio de una década denominada en España ominosa, por el retorno de las ejecuciones, los confinamientos y el destierro de los adversarios del absolutismo.

La muerte en 1832 del obispo Espada dejó un vacío que nunca más pudo llenarse. La prohibición del noviciado y el límite al ordenamiento de nuevos clérigos, cuando el paso a control estatal de los diezmos terminó con la independencia económica del clero regular, cerró en gran medida las posibilidades de contar con párrocos nacidos en Cuba —sostén principal de la alianza católico-criolla—, un hecho que tuvo su reflejo en la calidad de la enseñanza impartida en los conventos.

Ese año entró José de la Luz y Caballero al Colegio de San Cristóbal de La Habana, cuyo reglamento liberal prohibía manifestaciones de violencia o injusticia contra los estudiantes y rechazaba «la actitud distante y pedantesca del profesorado». Cuando en 1833 Luz asumió su dirección, estableció una metodología para extender en la enseñanza primaria la aplicación del sistema explicativo, idóneo para acostumbrar a los niños a razonar y hacerlos comprender «que el hombre vale más por sus propias observaciones, que por las ajenas aprendidas». Su procedimiento se diseminó con rapidez, primero, en las clases de superación que impartía al claustro del centro, entre cuyos miembros resaltaban el sabio naturalista Felipe Poey, de proyección universal, y José Silverio Jorrín; después pasó a otros establecimientos, dado su protagonismo en la Sociedad Patriótica, la Revista Bimestre Cubana y sus colaboraciones en periódicos de La Habana y Matanzas; de hecho, en el informe de la Sociedad Patriótica de 1833, Domingo del Monte celebró cómo iba «extendiéndose y aplicándose en varios institutos de educación el sistema explicativo», que producía, «donde lo ha visto planteado la Sección, los más felices resultados» (Sosa y Penabad, 2005: 140-144, t. 5).

En el Colegio de Carraguao, como se le conocía por estar ubicado en ese barrio del Cerro, estudiaban en régimen de internos cerca de doscientos niños y adolescentes de las más distinguidas familias del país, en quienes comenzaron a despertarse sentimientos propios de la cubanía a partir del aprendizaje de las ideas más avanzadas de la época, bajo la conducción de un profesorado liberal que ejerció gran influencia entre algunos de los más importantes gestores del 68, entre ellos, Francisco Vicente Aguilera y Perucho Figueredo.

Cuando en 1833 falleció Fernando VII, los liberales escalaron al poder y perdieron influencia muchos personajes ligados al absolutismo, que constituían la base del cabildeo de los aristócratas cubanos debido a sus antiguas relaciones de negocio, parentesco o amistad. Al año siguiente arribó a La Habana un nuevo capitán general, Miguel Tacón, instrumento utilizado para implementar un cambio de política, cuando al movimiento liberal moderado se sumó la burguesía radical, tradicional y acérrima enemiga de la oligarquía criolla. La Isla no sería considerada más una provincia y su economía se «integraría» a la metropolitana en los términos dictados en Madrid.

La Habana se hallaba inmersa entonces en una profunda polémica. De un lado se alineaban jóvenes cultos como Saco, Luz, Felipe Poey y Domingo del Monte, que querían erigir la Academia Cubana de Literatura al margen de la Sociedad Patriótica. En ellos se habían agudizado sentimientos de libertad y una sensibilidad típica del Romanticismo que se extendía por América, y veían en la cultura un instrumento de control social por sus potencialidades para diseminar valores, cultivar la idiosincrasia, forjar conciencia y aunar voluntades. Se trataba de un paso previo a la emancipación del pensamiento, a la maduración gradual de la nacionalidad y del sentido del derecho a la independencia política, antesala de las aspiraciones libertarias que estos hombres —sin proponérselo— contribuyeron a sembrar en la generación que los iba a suceder. Tacón los llamaba «jóvenes ambiciosos»; Luz, «ilustrados y liberales». Eran los mismos que, en la Revista Bimestre Cubana, «superior a toda otra publicada en español e igual a cualesquiera de sus contemporáneas en inglés o francés» (Portell, 1938: 240, t. I), cuestionaban la trata de esclavos y abogaban por reformar el país. Del otro lado estaban los absolutistas e importantes segmentos de la burguesía peninsular asentada en La Habana, que desataron una furiosa campaña para desacreditarlos bajo el argumento de que abrigaban fines políticos encubiertos.

Luz, Del Monte y Saco le dieron a la Revista Bimestre Cubana un carácter autóctono y a la vez universal, que contribuyó a definir la identidad del sector privilegiado de la sociedad criolla. Desde sus páginas combatieron sofismas, dogmas y el ideal conservador, lastres del pensamiento filosófico y político, al tiempo que promovían la lectura y el estudio, camino pertinente para transitar de la ignorancia a la ilustración, del ocio al trabajo, del vicio a la virtud, en un país con una población de 500 000 personas blancas y libres de color, de las que el 90% se quedaba sin educar en escuelas y un total de 104 400 niños no tenían dónde aprender a leer y escribir. La polémica constituye un reflejo de que este núcleo reformista no renunciaba al derecho a participar en la construcción de un Estado moderno en Cuba. Hablaban súbditos españoles, pero sus denuncias subvertían las bases de la nueva política metropolitana y atentaban contra los designios de España. Ante la vista de los círculos esclavistas, las autoridades coloniales y el gobierno de Madrid, esta línea editorial convirtió a Saco en una amenaza y en 1834 fue desterrado.

Luz se mantuvo hasta 1836 al frente del Colegio de Carraguao, cuya proyección ideológica irradió hacia el resto del magisterio cubano, pues su labor pedagógica, principios filosóficos e integridad moral, en una sociedad minada por la corrupción, trascendieron a sus contemporáneos y conservan vigencia en nuestros días, pese a que como él mismo reconoció, no se detuvo a escribir libros «que son cosa fácil, porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil que es hacer hombres» (Martí, 1975: 272, t. 5).
Cuando en 1837 España dispuso que Cuba, Puerto Rico y Filipinas fueran gobernados mediante leyes especiales, entre la élite criolla se impuso el escepticismo y no pocos discípulos de Varela cuestionaron la esencia de sus postulados e impugnaron su concepto de «patria». Nucleados en torno a las tertulias de Domingo del Monte, se impregnaron de un fatalismo que los llevó a concluir que no era posible la independencia, y comulgaron con las posiciones teóricas del sector esclavista, que culpaba a la Ilustración de propiciar el auge emancipador en Hispanoamérica. Al dar por sentado que las posibilidades de reformas habían desaparecido, optaron por ignorar los graves problemas sociales del país y voltearon la vista hacia Victor Cousin, el filósofo del ala más reaccionaria de la política francesa, a cuyos postulados tuvo que enfrentarse Luz prácticamente en solitario.

Una década después, mientras cobraba auge la orientación armada del movimiento anexionista, reflejo del interés de disfrutar los beneficios de la esclavitud, se hizo realidad la respuesta criolla a la involución del sistema de enseñanza, como resultado de la centralización dictada en Madrid. La necesidad de disponer de escuelas modernas para educar a sus hijos, hizo que la burguesía estableciera planteles constituidos como sociedades por acciones de tipo capitalista, en los que junto a las materias instituidas se impartía música, pintura, idiomas, gimnástica y esgrima, no previstas en la ley española pero consideradas imprescindibles por los más destacados educadores de la época para la formación integral de la personalidad de niños y adolescentes. Surgieron grandes centros en Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, Cienfuegos, Matanzas y La Habana, aunque, la gran mayoría de los niños en edad escolar siguió sin recibir instrucción por la falta de escuelas, sin contar que la numerosa población esclava y los discriminados «libres de color» fueron ignorados.

En ese período Luz fundó el Colegio de El Salvador, de gran trascendencia en la forja de los hombres que se lanzaron a la manigua 20 años después. Sus enseñanzas adquirieron el efecto de una sacudida mental: rechazaba el dogma en el plano del pensamiento crítico y forjaba niños y adolescentes con ideales centrados en construir una Cuba diferente, con lo cual sembró la semilla de una conciencia nacional. Así lo confesó en uno de sus aforismos: «Todo es en mí fue, y en mi patria será» (Luz, 2001: 69, vol. I). No por gusto sus más acérrimos detractores afirmaban que había creado un centro de futuros «laborantes». Más allá de considerarlo un hombre bueno y sabio, los revolucionarios lo tomarían como su fuente teórica, pues ya entonces no podía comprenderse el patriotismo sincero divorciado de la revolución: «…era su nombre el símbolo de las virtudes y las aspiraciones más enérgicas del pueblo cubano, por lo que se le concebía como un hombre ornado con todas las perfecciones, que fue, además, el primero en prever un tiempo glorioso y el único capaz de haberse consagrado durante el resto de su vida a desearlo y prepararlo» (Sanguily, 1962: 251-252).

En carta respuesta al anexionista José Ignacio Rodríguez, Manuel Sanguily negó que Luz condenara la acción armada, como este intentaba hacer ver para anular su impronta en el movimiento revolucionario: «…muy por el contrario de lo que usted hace, la ensalzaba y recomendaba»; de hecho, exhortaba a «combatir». Y terminó la misiva con un aforismo de Luz que no requiere comentarios: «Lucha ha sido, y será menester. ¡Salve a la lucha, el único medio de conseguir los grandes fines!» (Sanguily, 1962: 274).

Paralelamente, en la música que se ejecutaba en el país se fue produciendo «una lenta evolución hacia un acentuado criollismo» (Lapique, 1968: 100). El surgimiento de las sociedades filarmónicas en La Habana, Matanzas, Santiago de Cuba, Bayamo, Manzanillo, Villa Clara, Trinidad, Puerto Príncipe, Cienfuegos y San Antonio de los Baños, brindó una oportunidad excepcional para la presentación de solistas, pequeños conjuntos y orquestas a lo largo del país. Fue tal el entusiasmo despertado en la capital, donde todos los días llegaban artistas y compañías de ópera europeos, que en 1836 Juan Federico Edelmann fundó una casa editora de música.

Al margen de los salones aristocráticos, integrantes de las bandas de música de los Batallones de Pardos y Morenos Libres animaban las fiestas populares en agrupaciones que dieron origen a la orquesta típica cubana. Fueron esos bailes el crisol en el que se fundieron, «al calor de la invención rítmica del negro, los aires andaluces, los boleros y coplas de la tonadilla escénica […], la contradanza francesa, para originar cuerpos nuevos» (Carpentier, 2012: 107-108). Las expresiones ancestrales músico-danzarias de esclavos y libertos desarrolladas desde principios de siglo en sociedades o cabildos, se fundieron con las manifestaciones de la cultura española y las típicas de la emigración francesa; La Habana, Guanabacoa, Güines, Matanzas, Remedios y Santiago de Cuba se convirtieron en escenario de las comparsas negras que salían los días de Reyes (6 de enero), estremeciendo incluso al aristócrata blanco criollo que no se atrevía a confesar cómo vibraban sus fibras al ritmo de la percusión.

La música editada en las publicaciones periódicas comenzó a reflejar poco a poco el gusto popular. La canción de acentos italianizantes y afrancesados tuvo un proceso evolutivo similar al de la contradanza. Ambos géneros se impusieron, no sin rechazos y suspicacias conservadoras, en los salones. En el aspecto formal se observó la sedimentación de una impronta cubana, que culminó su gestación cuando al frívolo vals importado de Europa, que, como apuntó El Lugareño, se reducía «a la insulsa monotonía de dar vueltas como trompos y perinolas» (Betancourt, 1950: 73), se contrapusieron las contradanzas. De excepcional valor fue la obra Manuel Saumell, capaz de integrar y pulir elementos constitutivos de cubanía que estaban dispersos en el ambiente musical de la Isla y no salían de las casas de baile; sus gustadas contradanzas se impregnaron de un estilo de raíz criolla que alimentó lo nacional. Otros compositores tributaron a ese espíritu y ejercieron un magisterio que dotó al núcleo intelectual de la burguesía de una cultura artística esencialmente cubana.

Solo en el rudo escenario de las plantaciones los esclavos africanos preservaron sus expresiones autóctonas; mientras el punto cubano y el zapateo se convertían en las expresiones propias del campesinado criollo, que cobraban cuerpo lo mismo en una casa de familia, que en los bateyes de los ingenios o en las plazas de los pueblos, desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí.

La década de 1860 resultó decisiva. Lo anunció en 1858 el español Dionisio Alcalá, cronista del Diario de la Marina, al escribir que la sociedad cubana encerraba gérmenes de una lucha latente que podía estallar de súbito. Según su apreciación, era casi unánime el desdén con que los criollos miraban la continuidad del dominio español y crecía un pensamiento independentista, que trabajaba a la zapa y rechazaba también el anexionismo. «Los independientes constan del grupo de personas, un tanto visionarias, que, halagadas por su entusiasmo, creen a Cuba ya poseedora de todas las condiciones necesarias para tomar sobre sus hombros la carga de una nacionalidad propia; y que no rehúyen aceptar, desde luego, los empeños de tan alta empresa» (Alcalá, 1859: 33-34).

Hacia 1860 ya puede hablarse en la Isla de una escuela de pedagogía, que si bien tuvo en Luz a su principal exponente, contó también con los hermanos matanceros Pedro José, Eusebio y Antonio Guiteras Font, el santiaguero Juan Bautista Sagarra Blez —discípulo de Luz—, el habanero Ramón de Palma, el pinareño Cirilo Villaverde y el venezolano-cubano José Antonio Echeverría, entre otros nombres relevantes. Ya existe un movimiento científico con figuras de proyección internacional: Felipe Poey, el agrónomo Antonio Bachiller y Morales, el meteorólogo Andrés Poey, el químico Álvaro Reinoso, el paleontólogo Manuel Fernández de Castro, fundador de la Academia de Ciencias; el médico Nicolás J. Gutiérrez, a cuya tenacidad debe su fundación la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y protagonista, junto a Vicente Antonio de Castro, del más importante acontecimiento médico del período: el uso de la anestesia en cirugía por inhalación de éter y cloroformo, que convirtió a Cuba en pionera de la aplicación de este descubrimiento en América Latina.

Para entonces muchas de las Sociedades Filarmónicas se habían transformado en instituciones con propósitos más abarcadores, destinadas a fomentar el arte (música, plástica, teatro), la literatura, las lenguas extranjeras (inglés y francés) y las ciencias (economía y física experimental), desde una perspectiva que progresivamente se hizo cada vez más cubana. Sus locales servían como salones de conciertos y conferencias, bibliotecas y aulas a las que también accedían personas de bajos recursos, aunque siempre blancas y de «buenas costumbres». Así aparecieron «liceos» en La Habana, Cárdenas, Matanzas, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe, Cienfuegos y Guanabacoa. Este último, bajo la dirección de Nicolás Azcárate, contó entre sus miembros a Gertrudis Gómez de Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana, Felipe Poey, Domingo del Monte, Juan Clemente Zenea, Enrique Piñeyro, José Fornaris, Joaquín Lorenzo Luaces, Enrique José Varona, Luis Victoriano Betancourt, Rafael María de Mendive y Eusebio Valdés Domínguez, varios de ellos integrantes de la vanguardia del romanticismo poético cubano.

Un acontecimiento de 1862 se constituyó en un adelanto del drama que se avecinaba: el 22 de junio falleció José de la Luz y Caballero. Su vida se apagaba cuando una noche se apareció en el aula de exámenes de fin de curso, sostenido por dos profesores del colegio. Ante el reclamo de todos sacó fuerzas para hablar, pese a lo difícil que ya le resultaba articular palabras. Más que un pensamiento, lanzó un desafío que lo retrata: «Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres —reyes y emperadores—, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral» (Luz, 2001: 153, vol. I). Barridas como corriente ideológica las opciones del anexionismo, las ideas de Luz dejaron profunda huella en toda una generación. Poco antes de morir creyó cumplida su obra y lo hizo saber en la Revista Habanera con un mensaje premonitorio: «La actual sociedad, a guisa de fuego subterráneo, abriga en sus entrañas fuerzas latentes, cuya manifestación ha de dejar pasmado al siglo del vapor, de la electricidad, y del sufragio universal». Y concluyó en latín con una frase cómplice, anhelante: «Se trata si no me equivoco, de asunto que os interesa; que nos interesa» (Luz, 2001: 249, vol. I).

La Habana en masa acudió a rendir tributo al colegio cuando falleció el maestro. En Oriente el abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes, meditaba conmovido en cómo la memoria del «sabio varón» había penetrado ya los corazones revolucionarios. Su sepelio fue multitudinario. De acuerdo con un informe del capitán general, cuando supo «que se le preparaba una ovación en que debían tomar par¬te todos los hijos de La Habana que más figuran en ella por su influencia, instrucción y riqueza», decretó 72 horas de duelo oficial para evitar que las honras fúnebres cobraran «calor político» (Rodríguez La O, 2007). Un niño de apenas 9 años: José Martí, lloraba la pérdida; también lo hacía Rafael María de Mendive, tiempo después su maestro. Entre los estudiantes que formaron parte del cortejo, con el rostro marcado por la tristeza, se hallaba un joven discípulo de Luz de raigal patriotismo: Ignacio Agramonte. Todos presionaban para estar cerca de la carroza; querían tocarla. Pero se les acabó el camino y tuvieron que conformarse con dar el adiós final «al padre amoroso del alma cubana», a aquel que al decir de Martí: «Supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para transmitirlo. Sembró hombres» (Martí, 1975: 249, t. 5).

El duelo por la muerte de Luz mostró una tendencia política, que dejó preocupados a la autoridad colonial y a los sectores integristas. El movimiento que se generó dentro de los liceos había aglutinado a las más prominentes personalidades de la intelectualidad criolla, que, en general, imbuidas de un alto espíritu patriótico, desarrollaron una obra cultural y docente que contribuyó a la forja de la nación y ayudó a prender el ardor libertario entre un segmento significativo de la juventud que comenzó a formarse a partir de la segunda mitad de la década de 1850, con particular fuerza en las aulas capitalinas, adonde venían a estudiar los hijos de las familias ilustres de todo el país.

Tras sucesivos fracasos en obtener mejoras por medios pacíficos, rotas las ilusiones de lograrlo a través del diálogo en la Junta de Información, en 1868 la vanguardia que dio contenido ideológico a sus ansias libertarias consiguió persuadir a una generación de patriotas de que solo era posible vencer la intransigencia de España levantándose en armas. Enrique José Varona lo confirma en una frase: «El fracaso de las reformas fue el preludio de la guerra» (López, 1968: 106).

Fruto del romanticismo poético cubano, fundador de las sociedades filarmónicas de Bayamo y Manzanillo, traductor y director de puestas en escena teatrales, organizador de tertulias literarias, de concursos de declamación, de bailes y veladas, coautor de una canción con la que más de un siglo y medio después todavía se le canta al amor, Carlos Manuel de Céspedes fue el más decidido a tomar el camino de las armas entre todos los revolucionarios. Culto, sensible y de voluntad indomable, ningún obstáculo consiguió doblegar su espíritu. «Siempre tuvo fe ciega en el triunfo de la libertad contra la tiranía. Aborrecía con toda las fuerzas de su alma la dominación española. […]. Solía decir que “Dios hacía mucho tiempo que había enloquecido a los prohombres españoles para su castigo” y que “el ciego pueblo español era digno de lástima”» (Aguilera, 1974: 90-91).

La noche del 9 de octubre de 1868 se dirigió al barracón de su dotación y demandó enérgico: ¡Que suene la Tumba Francesa!, «preludio de lo que ya sabían todos, hasta los propios esclavos, era inminente: la insurrección» (Acosta, 2008:248). El 10 en la mañana Céspedes pronunciaría las más solemnes y definitorias palabras; los corazones vibraron mientras exponía con oratoria poco frecuente en los campos cubanos la doctrina que los llevaba a ensillar los caballos de la guerra. Acto seguido declaró libres a sus esclavos y los convirtió en soldados para construir juntos la nación. Allí, bajo un sol radiante, echó a un lado la toga para erigirse en Padre de la Patria, y al decir del Apóstol en aquella «hora de transfiguración sublime» se convirtieron, todos, en «raíces de nuestra libertad» (Martí, 1975: 290, t. I).
Aquella vanguardia intelectual, culta y sensible, que se hizo cubana desde las enseñanzas de Varela y de Luz, su más fiel y avezado discípulo; que se construyó un ideario nacional al calor de la cultura y la ciencia dentro de los salones de los liceos, que fue capaz de dar cuerpo político a sus proyecciones ideológicas, iba a marchar a la cabeza de la revolución. Y dueña ya de su destino, tuvo la sabiduría y la audacia de presentar un proyecto de país que emancipó al esclavo para convertirlo en soldado de la patria y compañero, y de arrastrar a una masa campesina también cubana e igualmente cansada de un gobierno que por más de treinta años había regido a la nación con leyes especiales que legitimaban el despojo y la afrenta.

El 11 de octubre el Ejército Libertador tendría en Yara un descalabro, pero tras reorganizarse y avanzar sobre Bayamo se le sumaron todos los hombres que hallaron a su paso, hasta que el contingente creció a cerca de dos mil. Luego de tres jornadas de asedio, entraron triunfantes. Una multitud enronquecida de tanto gritar se concentró en la plaza de la Parroquial Mayor. Allí, escoltado por Marcano, Candelaria y su yerno Carlos Manuel de Céspedes, Perucho Figueredo —músico virtuoso y discípulo de Luz, como ya apuntamos— memorizó las dos primeras estrofas del himno de Bayamo y repartió co¬pias entre los presentes. Minutos después se entonaba el himno guerrero que convocó a los cubanos a marchar al combate al sonido del clarín, con la convicción de que «¡morir por la patria, es vivir!». Patria y cultura, pluma y machete: era el 20 de octubre de 1868. Ya la revolución tenía su capital y en la fuerza del símbolo, el reloj de una historia que se mantiene viva. Los cubanos, por primera vez, tuvimos nación.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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