Provocaciones en torno al consumo cultural en Cuba

(Tomado de La Jiribilla)

Juan Antonio García Borrero • La Habana, Cuba

Los estudios sobre el consumo cultural en la Cuba contemporánea todavía tienen por concretar una larga agenda. Es evidente que ya existen resultados concretos de investigaciones, diagnósticos parciales que nos dejan entrever el perfil de este fenómeno absolutamente inédito, y también iniciativas que, tomando en cuenta los cambios y tendencias más visibles, intentan contraponer a lo que ya es inevitable una política cultural donde se preserven los valores que hasta ahora seguimos considerando como primordiales. Sin embargo, nos faltaría lo que García Canclini llama “una teoría sociocultural del consumo”, capaz de garantizarnos una base sólida de discusión, a partir de la cual se puedan plantear estrategias concretas por parte de nuestras instituciones culturales en esta época donde el consumo informal sencillamente está rediseñando de modo radical los mapas del ocio.

Esas carencias para entender el problema, y desde ese entendimiento, digamos fenomenológico, proponer una verdadera política pública relacionada con el consumo cultural de nuestros días, se pusieron de manifiesto en buena parte de los debates realizados en el pasado Congreso de la UNEAC. Allí se pudo comprobar que no bastan las buenas intenciones, la autoridad alcanzada en el ejercicio sistemático de la práctica artística, si queremos de veras insertarnos en estos nuevos escenarios y jugar un rol intelectual que esté a la altura de nuestros tiempos. Antes se necesitan tomar en cuenta la emergencia de nuevos públicos, el desarrollo incesante de nuevas tecnologías, así como la necesidad de crear una plataforma común de trabajo donde los responsables de la cultura, la educación, y el fomento de las nuevas tecnologías en la nación, estuviesen más conectados en una estrategia única.

Para ello es imprescindible que hagamos primero un diagnóstico riguroso del fenómeno, un diagnóstico que más allá de las impresiones individuales, los gustos, las filias o las fobias, nos permitiera tener una idea clara de lo que está sucediendo al margen de nuestra mirada institucional. Problemas como “el paquete” (algo que sólo es entendible en la Cuba de ahora mismo), los videojuegos, el nomadismo tecnológico a través de los nuevos dispositivos de almacenamiento, el repliegue hacia lo doméstico, entre otros, apenas ha sido pensado por una élite intelectual que defiende los antiguos valores, pero se cruza de brazos ante lo que está sucediendo “ahora y aquí”.

Hasta donde he podido conocer, todavía no se ha debatido en nuestro país, con la transparencia, profundidad, y rigor que demandarían el caso, lo que viene significando entre nosotros (los cubanos de este 2014) la consolidación de ese sistema informal de producción, distribución, y consumo cultural. O debería ser justo: sí se han realizado esos debates, como pueden comprobarse en las transcripciones de algunos Últimos jueves de la revista Temas, o artículos aparecidos en La Gaceta de Cuba, por mencionar apenas dos espacios, pero los mismos no alcanzan la publicidad merecida, y mucho menos consiguen impactar en esos niveles de la esfera del poder donde se deciden los destinos de nuestras prácticas y régimen de convivencia cotidiana.

Existen esos debates rigurosos como excepciones, mas en sentido general, siguen prevaleciendo las lamentaciones decimonónicas e impresionistas que hablan y se quejan de la llegada de nuevos bárbaros a las puertas de esa civilización, ahora en peligro, de la cual nos sentimos herederos y representantes exclusivos y excluyentes. En todos estos casos, han predominado los prejuicios, los miedos, y el autoritarismo, antes que el estudio crítico e imparcial del fenómeno. De allí esas medidas arbitrarias que lo mismo prohíben la exhibición del 3D en el sector privado, o la patologización de todos los videojuegos, como si estos respondieran en su totalidad al mismo perfil de violencia y degradación de la personalidad humana que los más moralistas asumen como el mismísimo apocalipsis.

Ahora bien, me parece obvio que, como intelectuales (que ya sabemos que no son solamente los que escriben enjundiosos ensayos sobre nuestro ser nacional), como miembros de una comunidad que por diversos caminos (ya sea desde la cultura, o desde la educación), defiende el constante crecimiento cultural de la nación, cargamos con el imperativo moral de pensar y repensar cuántas veces sea necesario estos nuevos escenarios, y proponer paquetes (venga esa dichosa palabrita que entre nosotros ha adquirido una connotación bien especial) de alternativas de consumo cultural.

Se me dirá que ya el paquete semanal está garantizando entre sus contenidos esa diversidad a la que pudiera aspirar cualquier individuo. Hay allí cuotas de verdad, pero también, espejismos que nos hacen olvidar que la hegemonía cultural en estos tiempos opera con una engañosa libertad para elegir. Los cubanos de hoy tienen al alcance de sus manos casi todo lo que se ve en las televisoras y cines del Primer Mundo, y es precisamente ese indiscutible detalle el que podría activarnos el botón de la sospecha, porque, ¿y la representación de los otros mundos dónde estaría?, ¿no sería en el fondo el paquete una cárcel con infinitos senderos que se bifurcan para llegar siempre al mismo centro emisor de imágenes?, es decir, ¿al mismo y único centro de poder (el de los poderosos) que, como el Uno heideggeriano dictamina de modo invisible qué es lo que hay que ver, lo que hay que leer, la música que hay que escuchar, o incluso, lo que no hay que leer, ver o escuchar?

Por otro lado, defender la idea de que lo que hoy vivimos formaría parte del eterno retorno de lo mismo sería subestimar el impacto de la revolución electrónica en nuestras vidas. Es real que cada cierto tiempo la inventiva de los humanos propicia que los hábitos culturales se trastornen, y surjan con ellos nuevos mapas cognitivos. La llegada de la imprenta propició la construcción de nuevas representaciones del mundo. La fotografía, el cine, y la televisión, a su vez dictaron reglas inéditas al régimen de la mirada colectiva. Luego de sus respectivos surgimientos, ya nada se mira del mismo modo que nuestros ancestros.
Pero ahora no se trata solo de la mirada, término que tiende a ser asociado a lo contemplativo. El espectador cubano de antaño estaba condenado a asistir a una sala de cine, y consumir de principio a fin cualquiera de los relatos puestos a su disposición. Al carecer en casa de dispositivos que le permitieran acceder a los productos culturales, debía cumplir con el ritual de durante hora y media compartir con sus vecinos de luneta ese bien simbólico. La televisión le amplió sus márgenes de libertad, pero aún así, todavía la sala de la casa era un espacio compartido entre varios.

Hoy todo es radicalmente distinto, en buena medida porque, por ejemplo, el nomadismo tecnológico y la miniaturización de las pantallas le garantiza a este nuevo espectador superar el enclaustramiento de antes (ahora puede ver una película en su teléfono mientras viaja de Camagüey a La Habana, como hice yo mismo alguna vez cuando venía hacia acá), y sobre todo, puede elegir de modo individual su propia programación. Por otro lado, este nuevo consumidor de imágenes en movimiento gusta de compartir archivos con pequeñas comunidades donde las relaciones afectivas tienen un gran peso, en lo que pudiera ser el equivalente de aquellos cines de barrio donde los vecinos coincidían cada cierto tiempo.

Ese es el fenómeno descrito sin que la emoción o la razón lo enjuicien en el plano cualitativo, lo cual (sea en una modalidad u otra), respondería a los mismos prejuicios intelectuales. Pienso que estamos en una etapa donde resultaría peligroso para los representantes del consumo institucional (ese que, en principio, defiende los grandes valores culturales relacionados con el bien público) emitir juicios donde la autoridad de antaño sea la que establezca las jerarquías. Dicho de otro modo: me parece una locura que en este nuevo período de la vida humana insistamos en reprimir, censurar, satanizar prácticas culturales emergentes a las cuales no les hemos dedicado la atención más rigurosa. De insistir en esa perspectiva, estaríamos reciclando la fábula narrada por Tomás Gutiérrez Alea en su filme Los sobrevivientes, sabiendo de antemano que en ese estrecho perímetro nos espera el más predecible de los finales: devorarnos entre nosotros mismos.
Recuerdo ahora aquella observación del cineasta español Víctor Erice: “El día no acaba cuando se apaga el sol, sino cuando se apaga la televisión”. Ahora tal vez debamos decir que no se acaba el día hasta que la gente no apaga su ordenador. ¿Qué hacer entonces en este nuevo contexto? No creo que la mejor respuesta pueda provenir de un solo individuo o grupo. Ahora más que nunca necesitamos apelar a lo multidisciplinario: el consumo del audiovisual contemporáneo ya no es objeto de estudio exclusivo de los críticos de cine, como podría haber sido hace unos diez años. Ahora es imprescindible la presencia de sociólogos, pedagogos, informáticos, etc.

En este sentido, lo que hablábamos al principio de proyectarnos y fomentar la creación de una plataforma común en la que cultura, educación, y nuevas tecnologías tracen una estrategia común pudiera ser el principio de ese camino que debiera llevarnos a la implementación de una política pública en cuanto a los medios y también Internet, una política pública que opere en términos horizontales a lo largo de la Isla, y no en función de las iniciativas desiguales o aisladas de los diversos sectores. Por otro lado, ello debería correr parejo con la voluntad de impulsar de una manera enérgica lo que otras veces he llamado la necesidad de una segunda Campaña de Alfabetización, en este caso, funcional y tecnológica.

Claro, nada de esto será posible si por delante no ponemos el debate sistemático, y la confrontación desprejuiciada. Recuerdo que a raíz del debate informal que tuviera lugar fundamentalmente en nuestras redes sociales, tras la prohibición del 3D y los videojuegos en el sector privado, escribí algo que ahora retomo, porque en lo personal sigue operando como lo clave dentro de mi pensamiento como promotor cultural.

Allí decía que el reconocimiento crítico de los nuevos escenarios sitúa el gran desafío de quienes actualmente piensan las “políticas culturales” relacionadas con el audiovisual y en sentido general las nuevas tecnologías, no en el terreno de la prohibición y la censura (gestos inútiles a estas alturas), sino en el de la creatividad inteligente, que aproveche ese propio desarrollo tecnológico en función de los más diversos intereses. Porque de eso se trata, de fomentar un campo diverso en el cual quepa el cine de autor, pero también el entretenimiento, incluyendo esos modos de representación que hoy se plantean en los videojuegos, por ejemplo. Eso sí, deberíamos esforzarnos por formar un espectador todo el tiempo crítico.
Pero para que lleguemos a ese momento de lucidez donde consigamos superar este instante de incertidumbre que está provocando la revolución electrónica en todos nuestros hábitos de producción y recepción de cultura, será preciso no perder de vista las tres grandes D que necesariamente tendrán que acompañar al proceso: Democracia que permita incluir todo tipo de ideas; Debate constante y transparente que contribuya a que ganemos en claridad; y Diversidad que garantice la satisfacción de la mayor cantidad de expectativas.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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