CON JOSÉ MARTÍ*

Luis Toledo Sande

I. Raíces y luz
Concisión y sonoridad pudieran explicar que el topónimo Yara se haya sobrepuesto con facilidad a Radiocentro, nombre que identificó durante años a un céntrico cine habanero, y tal vez explique asimismo que en el habla popular se use como sinónimo del adverbio ya. Pero hasta en esas sustituciones debe considerarse el prestigio y la familiaridad de Yara en la tradición patriótica del país. En enero de 1869, poco más de tres meses después de comenzar la Guerra de los Diez Años, José Martí, erguido en las señales de su entorno, plasmó el dilema que en su tiempo tenía ante sí la nación cubana en formación: “O Yara o Madrid”.1

Tal ha sido la significación de Yara que, entre muchos aciertos, ha dado lugar a una confusión histórica: se ha suplantado la realidad que fue el Grito de Demajagua por una de nombre más fácil de pronunciar, Grito de Yara. El error está presente en documentos fundamentales de la patria, y se instituyó con firmeza pétrea y crédito de nombre oficial en la chimenea de un central azucarero. Al igual que en el justo afán de revertir la infundada identificación del levantamiento del 24 de febrero de 1895 como Grito de Baire, con lo que se rinde homenaje a una sola entre las localidades envueltas en el estallido simultáneo de aquella fecha, poco éxito han tenido los reclamos de recordar correctamente los hechos: el 10 de octubre de 1868 el grito de independencia de Cuba se dio en el ingenio Demajagua, y lo sucedido en Yara, el bautismo de fuego de las tropas mambisas, tuvo lugar el 11.

Era natural que una tropa irregular, escasa en experiencia militar y pertrechos, no pudiera derrotar a representantes de un ejército que gozaba de ventaja. Para los independentistas, el valor de aquella vivencia fue moral: no se rindieron ante el enemigo poderoso, y ello hizo de Yara un símbolo que remite por derecho a la voluntad de lucha del pueblo cubano, a su afán de triunfar con la justicia y convertir los reveses en victoria, por lo menos desde el período que José Martí llamó “de preparación gloriosa y cruenta”,2 la antesala del estallido del 68, arrancada patente de una nación que braceaba por dejar de ser colonia.

En el camino se ubicaron el propio estancamiento de la gesta iniciada entonces y la heroica Protesta de Baraguá, que no tuvo la repercusión práctica merecida: revertir los designios del Pacto del Zanjón, como tampoco lo consiguió la Guerra Chiquita entre 1879 y 1880. Sobreponerse a golpes y alcanzar metas mayores estuvo en la médula del afán que llevó hasta el alzamiento del 24 de febrero de 1895, preparado por Martí. Los fanáticos del pragmatismo, corriente de pensamiento que no por gusto surgió con signo capitalista, y no se debe confundir con el espíritu práctico sano, serán quienes supongan que el triunfo material certifica la razón de los actos.

Otras han sido y serán la actitud y las perspectivas de quienes en Cuba seguirían las luces del 68 y del 95. Recordemos los ejemplos de las vanguardias representadas por Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y Antonio Guiteras; los afanes más esclarecidos de quienes, en la luz encendida por Mella, abrazaron juntas las lecciones de Martí y las del marxismo; los actos de lo que ha pasado a la historia como generación del centenario martiano, una avanzada capaz de acometer proezas como las emblemáticas del 26 de julio de 1953, y movilizar crecientemente al pueblo hasta el triunfo de 1959.

En el centro de las frustraciones sufridas por Cuba operaba la herencia, o presencia viva, de la realidad implantada desde que en 1898 las crecientes fuerzas imperiales de los Estados Unidos intervinieron en la guerra que el patriotismo cubano libraba contra el colonialismo español, e impidieron el triunfo de los mambises y la instauración de la república moral con que soñó y por la cual luchó y murió Martí. Él había logrado un movimiento unitario sin precedentes en nuestra historia, y nos legó el fundamento moral —así lo ha llamado el líder histórico Fidel Castro— de lo que nuestra patria ha hecho después, y está convocada, por su deber y su honor, a seguir haciendo.
El héroe a quien rendimos tributo por el aniversario 162 de su nacimiento y en el año en que se cumplirán 120 de su muerte en combate, sigue vivo como guía motor en ese fundamento, porque pensó y actuó a la altura de sus circunstancias, con resolución y luz válidas para entonces, para hoy y para el porvenir. Preparó una guerra cuyos fines mayores no terminaban en la liberación nacional de Cuba: incluían asegurar la independencia de las Antillas, como afirmó en su carta póstuma a Manuel Mercado, para que los Estados Unidos no se apoderasen de ellas, lo que le permitiría a la emergente potencia caer, “con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.3

La contienda recién empezaba, estaba por delante la necesidad de derrotar al ejército colonialista español, y el héroe expresaba rotundamente su voluntad de impedir que se consumaran los planes del poderoso vecino: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.4 Liberar a la patria significaba también impedir que se hiciera realidad la célebre y fatídica teoría de la “fruta madura”. Ese engendro, resumen de una apetencia que venía de los fundadores de una nación voraz y expansionista, tendría su bautismo textual en los Estados Unidos unos lustros más tarde, en 1823, treinta años antes de que naciera José Martí, y más de un siglo antes que Fidel Castro.

El afán imperial de apoderarse de Cuba hallaría la complicidad de anexionistas y autonomistas, especies políticas que no han desaparecido. A lo sumo se han fundido en una misma actitud antipatriótica, con ideólogos o ideologuillos abrazados a la “razón instrumental”, no a la guía moral que Martí continúa encarnando. En la carta citada repudió ambas tendencias, y dijo que la primera era “menos temible”, pero no porque fuera mejor que la otra, sino “por la poca realidad de los aspirantes”, quienes soñaban con que Cuba fuera un estado más en una federación imperialista cuyos gobernantes buscaban sustituir a España en su dominación colonial. Por su parte, los cabecillas del autonomismo preferían tener “un amo, yanqui o español”, que les asegurase sus privilegios de “prohombres” que, tanto como sus primos anexionistas, despreciaban a “la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

Las señales decisivas sobre el peligro que venía de los Estados Unidos se las había dado al agudo veedor el Congreso Internacional de Washington, celebrado en lo que el autor de Versos sencillos definió como “aquel invierno de angustia” de 1889-1890.4 El foro le confirmó su previsión sobre los planes que el Norte urdía para los pueblos de nuestra América ya entonces independientes. De ahí su pregunta increpante: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?”5

Denuncia así el inicio visible del panamericanismo imperialista, contra el cual todavía es necesario seguir luchando en nuestra América, aunque se haya dado ya pasos tan importantes como la creación del ALBA y la CELAC, impensables sin la resistencia de la Revolución Cubana frente a la agresividad imperialista. Sin esa resistencia sería difícil explicar la fuerza emancipadora impulsada, junto a Cuba, por países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y otros. Y esa Cuba de la resistencia revolucionaria se hizo revirtiendo la tragedia histórica iniciada en 1898.

Con aquel Congreso Internacional de 1889-1890 a la vista, para Martí quedó claro que a Cuba, todavía colonia y, por tanto —como Puerto Rico—, ni siquiera representada en el temible foro, las fuerzas dominantes en los Estados Unidos le reservaban un destino todavía peor: “Sobre nuestra tierra […] hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”, escribió Martí a su colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui.6

Ve la trampa que se urde, y en la misma carta añade a lo citado: “¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!” Pero también, o sobre todo, es consciente de la necesidad de hacer la guerra para librar a Cuba, en lo inmediato, del poderío español. La opción será, pues, hacerla de modo que no conviniera a los planes estadounidenses.

Siete años antes, en carta del 20 de julio de 1882, le había expresado a Máximo Gómez que la patria necesitaba tener “en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país”, e impedir que este se vuelva “a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces”.7 A inicios de 1895, fundado desde el 10 de abril de 1892 ese cuerpo con la creación del Partido Revolucionario Cubano, habrá llegado la hora de poner en pie a las tropas independentistas para librar la guerra necesaria, que debía ser bien organizada y dirigida, para conjurar las aspiraciones injerencistas del poderoso vecino.
El 5 de abril de 1894 había publicado en Patria el artículo “Crece”, donde se refiere a la posibilidad de que las fuerzas revolucionarias no triunfaran. Habría sido funesto insistir en esa posibilidad cuando urgía allegar recursos y hallar combatientes para la guerra, pero el líder expone resueltamente: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución. Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana. Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.8

Doce días después de aparecer “Crece” —donde su concepción del deber científico se opone a males como el pragmático positivismo de la cúpula autonomista—, en el mismo periódico Patria circula “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, artículo más conocido que aquel, y donde resume grandes desafíos que urge vencer: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,—mero fortín de la Roma americana;—y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.9

Ante circunstancias tales, afirma pocas líneas después, “es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Ello recuerda cómo define el artículo inicial de las Bases del Partido el propósito inmediato de la organización: “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.10 Él, que ha calado en las entrañas de los foros de 1889-1890 y 1891, acelera desde entonces los preparativos de la guerra.

En la fase final de esos preparativos la revolución sufre un duro golpe, que no podría verse como un mero acontecimiento aislado. Es enero de 1895, y en el puerto floridano de Fernandina autoridades estadounidenses, apoyadas por un cubano algo más que sospechoso de traidor a la patria, descubren un plan expedicionario cuidadosamente preparado por Martí, quien había actuado en secreto. Lo sabía necesario para imprimir fuerza a la guerra desde el inicio con un levantamiento que, además de simultáneo en las localidades comprometidas, fuera sorpresivo. La contienda debía ser “breve y directa como el rayo”,11 según había señalado en uno de sus textos sobre Cuba y Puerto Rico, y de distintas formas en otros, no solo para que el derramamiento de sangre fuera el menor posible, sino también —es pertinente en estos tiempos repetirlo— para no dar tiempo y ocasión a los pretextos intervencionistas de los Estados Unidos.

El factor sorpresa lo frustra el golpe de Fernandina; pero en aquellas circunstancias no hay marcha atrás, ni Martí desea que la haya: la guerra indispensable se hace a tiempo, o no se hace. Lo revelado en Fernandina era obra grande, y el líder desplegó su capacidad de persuasión, el respeto y la confianza que se había ganado entre sus seguidores, y logró que el revés no impidiera el levantamiento necesario.

Lo que vino después se conoce. El fundador murió prematuramente, sin que la República en Armas tuviera la estructura necesaria, en función de la cual había concebido él —en términos y realidades que expresan, incluso en las condiciones de la guerra, su sentido de la sincera democracia defendida en las Bases del Partido— “la Asamblea de Delegados de todo el pueblo cubano visible”. Este, en su concepto, lo formaban “todas las masas cubanas alzadas”,12 de las cuales los jefes serían parte. Circunstancias adversas, y señaladamente su muerte, a la que se unió el 7 de diciembre de 1896 la de Antonio Maceo, obstaculizaron la eficacia de las fuerzas patrióticas, y en 1898 se consumó la intervención estadounidense.

Sesenta años después de ese violento acto injerencista, el imperio no perdonaría la decisión cubana de hacer realidad, con el triunfo de 1959, el proyecto de liberación, soberanía y república plena heredado de Martí. Tras el triunfo de la Revolución, el Norte puso en marcha contra Cuba la hostilidad que incluiría una invasión armada y actos terroristas varios, junto a un férreo bloqueo económico, financiero y comercial.

La resistencia del pueblo cubano en la defensa de sus ideales haría fracasar tales prácticas agresivas, que acabaron aislando a los Estados Unidos en el concierto de países latinoamericanos y en la comunidad internacional. Si a inicios de los años 60 del siglo pasado aquella nación —OEA mediante, y con la complicidad de casi todos los gobiernos del área— consiguió instalar contra Cuba el acoso y el aislamiento, distinta es la realidad de un continente que reclama la presencia de este país en las Cumbres de las Américas. Y durante más de dos décadas, año tras año, la Asamblea General de las Naciones Unidas se convierte en escenario de una aplastante votación contra el bloqueo. Ahora el anuncio de que ese engendro será levantado no debe verse como suficiente para sacarlo de la agenda de la mencionada Asamblea.
El aislamiento de Cuba se ha revertido más allá del continente. La Rusia de hoy, en la que nada apunta al afán de crear una nueva Internacional Comunista, y una China que crece como una de las mayores economías del planeta, intensifican sus vínculos con Cuba, y con el conjunto de nuestra América, donde el influjo de la Revolución Cubana se mantuvo contra la voluntad del imperio. Para este no es solo una isla el área donde necesita mantener o reforzar su influencia, sino todo un continente, como parte de su afán por seguir capitalizando el desequilibrio mundial.

A finales del siglo XX las fuerzas imperiales supondrían que ese desequilibrio estaba alcanzando su culminación. Desmontado el socialismo europeo —lo cual representó un duro golpe para Cuba no solo en términos económicos—, los ideólogos y voceros del imperio creyeron que se consolidaba un mundo unipolar coyundeado por el pensamiento único propio de la pretensa unipolaridad. Pero la realidad va siendo otra, con los cambios experimentados en nuestra América desde los mismos finales del siglo XX y, sobre todo, en lo que va del XXI.

II. Para que la victoria siga siendo victoria

En el entorno contemporáneo esbozado en “Raíces y luz” parece que empieza a abrirse paso en los Estados Unidos la línea que, aunque procuró mantenerla en secreto, no pocos consideran —y no se ha probado lo contrario— que le costó la vida al mismo presidente que luego de autorizar la invasión de Playa Girón y ver su fracaso y sus consecuencias, se percató de un hecho, o al menos lo intuyó: la hostilidad agresiva y desembozada no le daría a la potencia los resultados que esta apetecía. Salvando distancias y diferencias, tal vez pudiera decirse que John F. Kennedy fue en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos de su tiempo lo que, en el conflicto entre aquella y España en el siglo XIX, fue el militar y político español Juan Prim y Prats (o Joan Prim i Prats, atendiendo a su origen catalán), muerto por un atentado en el Madrid de 1870, cuando era jefe de gobierno y había expresado la posibilidad de que se reconociera la independencia de Cuba, y rechazado la idea de venderla a los Estados Unidos. (Esto último, añádase, fue lo que de hecho consumó una humillada Corona española en el Tratado de París, en 1898, opción a la cual Martí se refirió previsoramente en su carta póstuma a Manuel Mercado.)
La línea de Kennedy la retomó, en lo visible, otro presidente, James Carter, quien después de salir de la Casa Blanca visitó La Habana en busca de una influencia que no logró en su país ni, huelga decirlo, en Cuba. El actual presidente es también del Partido Demócrata, como aquellos dos, un dato de interés pero que no se debe magnificar, pues allí los dos partidos hegemónicos tienen más afinidades esenciales que diferencias y, sea cual sea en cada caso su funcionamiento como organización, representan a los poderosos. Pero, sin duda, Barack Obama ha dado un paso importante en el que ya es el tramo final de su segundo y último período como titular de la Casa Blanca. No hay que suponer que sea un gesto individual, al margen de tendencias que ganan terreno en las fuerzas dominantes de su país. Eso mismo habla de lo que significa, y de sus posibles alcances o limitaciones.

En el reconocimiento público por Obama del fracaso de la empecinada táctica aplicada por los gobernantes de su país contra la Cuba revolucionaria se ha visto un acto de coraje. Y no faltan razones para que se haya valorado así, aunque también debe decirse que ha contado con señales de aprobación que no tuvieron ni Prim ni Kennedy, y ni siquiera Carter. Sea como sea, no se debe menospreciar que, además de reconocer el fracaso de la línea utilizada hasta ahora, haya asumido la responsabilidad de proponer sustituirla por otra que —para sus propósitos, que siguen siendo los mismos del imperio que representa, y para su comprensión de los hechos, que puede ser renovadora, o replanteadora— no esté de antemano condenada al fracaso.

Al discurso del presidente, la Casa Blanca añadió declaraciones que, para quienes no se quieran engañar, no dejan lugar a duda alguna sobre los fines del imperio en su cambio táctico hacia Cuba, a la que el poderío de aquel ha procurado sacar de su proyecto nacional, revolucionario, socialista, internacionalista. Ninguna línea se abrirá paso triunfal entre las otras posibles en un país, si no convence a la mayoría de sus fuerzas rectoras de que será aplicada para bien de los intereses determinantes en él. Los Estados Unidos no son una excepción.

Mientras aquella potencia sea la que es, y como es, la brújula que allí puede triunfar no estará, si de orientación sistémica se trata, en la solidaridad con proyecto socialista alguno, si es verdadero. Otra cosa puede ser la voluntad de una parte mayor o menor del pueblo estadounidense, aunque ya en su tiempo Martí rechazó la realidad de una nación dominada por corporaciones, y donde campeaban quienes “creen que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bote del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga”.13
Ante la Comisión Monetaria de 1891, con la que los Estados Unidos mostraron su deseo de imponer el dólar en nuestra América —un recurso para dominarla por la vía del mercado—, Martí sentenció: “A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve”.14 Más de un siglo después, resulta difícil ocultar lo fundamental de la política. Si acaso, podrán pasar sin ser vistos algunos de los procedimientos empleados para lograr o intentar su aplicación.

También en determinadas circunstancias los máximos jefes del imperio necesitarán actuar en silencio, y como indirectamente, para que no les frustren sus planes las tendencias opuestas a la suya dentro del mismo poder imperial. Pero tanto el discurso del presidente como las declaraciones de la Casa Blanca dejan a las claras qué buscan con respecto a Cuba. Directamente y sin rodeos se están expresando asimismo empresarios imperiales que buscan para sus intereses el filón de la nueva táctica anunciada. Y clarísimamente expresada está la posición de Cuba en el discurso que en la misma fecha y a la misma hora pronunció el presidente de sus Consejos de Estado y de Gobierno.

Para este país están claras la justicia y la necesidad de que se levante el bloqueo que se le ha impuesto por más de medio siglo. Tan claras están como el hecho de que debe impedir que ese logro sirva a los planes de las fuerzas empeñadas en torcerle el camino y someterla a los designios del imperio. Con respecto a la Comisión Monetaria, y cabe decir que empleando en parte el vocablo pueblo como sinónimo de nación, Martí advirtió: “A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en su interés. Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se juntan, chocan. Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores”.15

La realidad hoy no es la misma, pero no ha cambiado lo bastante como para vaciar de sentido real lo advertido por Martí. La potencia propone a Cuba relaciones diplomáticas y comerciales que le den a ella, a la potencia, los resultados que no le han venido de su política de hostilidad desembozada. Para las fuerzas dominantes en los Estados Unidos sería una victoria que a Cuba entraran, pagados por ella, recursos troyanos para la sedición, como los que costaron prisión a un agente suyo que intentó introducirlos de modo clandestino, y no inocentemente ni por propia iniciativa.

Por eso está bien que a la representación de aquel país en el inicio de las conversaciones con Cuba en esta nueva etapa voces cubanas le hagan cuantas sugerencias crean necesarias para que no se repita el afán injerencista encarnado en agentes como el aludido, ni se permita que triunfe la línea que preferiría mantener el bloqueo y la agresividad que han acabado aislando a los propios Estados Unidos y le han causado severos daños a Cuba. Pero lo más sensato sería pensar que la mencionada representación tiene sus planes trazados y no actúa sin las correspondientes instrucciones de su gobierno, por mucho que sea el margen atribuible a las iniciativas personales, un margen que no debe suponerse desmedido cuando se discuten asuntos de naturaleza y envergadura tan grandes como los que están sobre la mesa.

A Cuba le toca impedir que la victoria alcanzada con más de cincuenta años de resistencia se dañe o se revierta por desprevenciones o excesos de confianza impertinentes. Que vengan a Cuba millones de turistas y consuman lo que nuestro país produce y ofrece, puede y debe ser ventajoso para el erario de una nación urgida de asegurarle a su pueblo un bienestar material digno; pero ella también necesita poner en tensión todo el cuidado que se requiera para que no se repitan realidades como las que Nicolás Guillén repudió en Cantos para soldados y sones para turistas.

No basta que la máxima dirección del país tenga claro lo que a este conviene y en él debe hacerse. Es un deber del pueblo —es decir, de quienes en él abrazan leal y lúcidamente los caminos de la soberanía y la dignidad de la nación— estar ideológicamente preparado para defender, en cada palmo, las conquistas revolucionarias, empezando por la dignidad nacional, y la de cada ciudadano o ciudadana. Es vital impedir que el imperio, ayudado por corruptos y apátridas, o por apátridas corruptos, capaces de enmascararse, logre con su nueva táctica lo que no pudo alcanzar con la fracasada.

El dilema “O Yara o Madrid”, ya citado, que desde 1898 pudo replantearse como “O Yara o Washington”, se debe asumir hoy en las circunstancias de estos tiempos, cuando la propaganda imperial con los valores y desvalores convenientes a ella circula no solamente en los medios del propio imperio y hasta empaquetada de manera artesanal. Llega por la vida, por el pensamiento que las fuerzas dominantes propalan, y no escapan a ella ni nuestros propios medios, que a veces se tiene la impresión de que son manejados con desprevención que asusta, incluso en una Cuba acosada por el bloqueo.

Eso se dice de pasada en los presentes apuntes y —debe quedar claro— sin abogar por interdicciones empobrecedoras y contraproducentes, ni proponer autoaislamientos asfixiantes. Se trata de una profunda lucha cultural a la que sería suicida dar la espalda, y por la cual pasa todo, aunque fuéramos tan incautos como tendríamos que ser para no darnos cuenta de la realidad. En esas tensiones, detectadas o no detectadas, se ubican desde un videoclip de dos minutos hasta un largometraje de ficción, pasando por la música, por los artículos que se comercializan en nuestras tiendas, por el deporte. Se ubica todo, dígase de una vez.
El pueblo debe ser el mayor garante de que la nación mantenga su camino, incluso cuando no esté la dirección revolucionaria histórica, esa que, encabezada por la vanguardia del centenario martiano, desde entonces ha marcado el rumbo de la patria. El hecho de que, al parecer, el inicio del levantamiento del bloqueo y la normalización de las relaciones entre los dos países se dé o se intente, lo que no se suponía posible, mientras aún está presente esa dirección histórica, debe servir a la seguridad de los intereses nacionales cubanos. El imperio disfrutaría si consiguiera que a Cuba le tuerza el camino un proceso iniciado en vida de dicha dirección, pues de ese modo se demolería un símbolo, y semejante regalo no se lo podemos hacer al imperio, que no dejará de existir porque normalice en términos diplomáticos sus relaciones con Cuba, aunque —nadie lo dude— esa normalización sería en sí misma un hecho positivo.

A Cuba le corresponde perfeccionarse en todos los campos en que le sea posible. La creciente cultura de participación ciudadana —que debió y debe profundizarse haya o no haya bloqueo, haya o no haya relaciones diplomáticas entre ambas naciones— ha de servir, entre otras cosas, para que el pueblo esté en mejores condiciones de impedir que quienes vengan luego —un luego que no debe verse, ni por decreto ni por ingenuidad, como etapa lejana o imposible— traicionen el camino que su historia y sus tradiciones liberadoras le señalan a Cuba. Y haya o no haya bloqueo —aunque previsiblemente le será menos arduo si este se levanta de veras—, el país necesita alcanzar la eficiencia económica indispensable, no como un fin en sí, sino como base para asegurar de modo sostenible el creciente bienestar del pueblo, y mantener los grandes logros justicieros cosechados gracias al afán socialista.

Dicha eficiencia debe obtenerla Cuba con esfuerzos propios, y resulta necesaria cualesquiera que sean las circunstancias, y aún más para que a nadie se le ocurra imaginar que, cuando se logre, será un fruto de la generosidad imperial, en caso de que el bloqueo se levante de veras. Sin ignorar las especificidades de una y de otra, pero tampoco sus interconexiones, lo que se dice sobre economía cabe decirlo también sobre la necesidad de ampliar el acceso a los medios de información. Esto incluye multiplicar el acceso a internet, propósito que ya ha hecho explícito el país, y que urge alcanzarse con precios potables para la población.

“Un pueblo es en una cosa como es en todo”,16 escribió Martí, y lo dicho en las líneas anteriores se relaciona directamente con el cambio de mentalidad reclamado en el país. En el cambio, necesario, y que —haya o no haya bloqueo— exige sus propias medidas, se incluye la prensa. En el fortalecimiento que se espera que ella alcance, tiene y tendrá un sitio cardinal la erradicación del secretismo, y el fomento de un sentido de las circunstancias que nadie confunda con que es conveniente silenciar qué significan el imperialismo y sus personeros, ni adónde pueden llevarnos nuestros propios errores y las deformaciones internas.
La claridad informativa se debe cuidar, según cada caso, en todos los temas. No se ha de confundir con irresponsabilidad en el tratamiento de la información, ni la necesaria responsabilidad debe dar margen para ocultamientos indeseables. El regreso de los tres luchadores antimperialistas nuestros que permanecían en cárceles de los Estados Unidos constituye otro símbolo de la resistencia revolucionaria, y de la capacidad de esta para alcanzar victorias. La liberación de esos tres compatriotas completó el regreso de Los Cinco a casa y ocurrió el mismo 17 de diciembre en que se dieron en ambos países los anuncios que se han considerado la gran noticia de 2014, y cuyas consecuencias apenas empiezan. El pueblo cubano merecía ver en vivo y en directo la llegada de los héroes a la patria.

Sí, sería un merecido logro para Cuba, y un mérito para los Estados Unidos, que el bloqueo aplicado a la primera se levantara totalmente y se normalizaran de veras las relaciones diplomáticas entre ambos países. El gobierno estadounidense las rompió en represalia contra las medidas revolucionarias cubanas dirigidas a recuperar los bienes de la nación, que al terminar 1958 estaban en gran parte dominados por propietarios estadounidenses y por una burguesía vernácula sometida a los intereses de aquella potencia.
Tampoco se desentenderá Cuba de realidades como, entre otras, su calumniosa inclusión en una lista de países acusados de promover el terrorismo, o como la base estadounidense que aún ocupa un pedazo del territorio cubano. Por añadidura, ese pedazo de suelo ha venido usándolo el imperio para actos criminales monstruosos —incluida la utilización “legalizada” de la tortura—, contra los cuales no ha podido cumplir el actual presidente de los Estados Unidos promesas que hizo durante su primera campaña electoral.

El nombre del espacio Dialogar, dialogar no es solamente atractivo: expresa una cultura que debemos cuidar y fomentar. Pero hay personas para quienes el diálogo vale únicamente si sirve para devaluar todo cuanto huela a revolución y a pensamiento antimperialista, y muestran apasionada vigilia en la defensa de sus propósitos. Los revolucionarios y patriotas no deben descuidar lo que les corresponda defender. También para eso se necesitan recursos tecnológicos e informativos.

Viniendo como vienen por lo general de circunstancias en que se han visto acosadas por fuerzas poderosas, las izquierdas —verdaderas o así llamadas— han acudido a prácticas autoritarias, incluso para defender intereses del pueblo, base de la verdadera democracia. Pero el capitalismo es esencialmente antidemocrático: no lo guía la voluntad de servir al pueblo, sino el afán de lucro, y sus voceros suelen caracterizarse por despreciar a quienes impugnan un sistema basado en la explotación de la mayoría.

La Habana, enero de 2015.

 

NOTAS

1 José Martí: “El Diablo Cojuelo”, Obras completas, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963-1966, t. 1, p. 32. En lo sucesivo, esa edición, en veintisiete volúmenes, de Obras completas, se identificará con las iniciales O.C. Es la misma que reimprimió también en La Habana la Editorial de Ciencias Sociales en 1975 y en 1991, y en soporte digital ha venido reproduciéndose de 2001 para acá con auspicios del Centro de Estudios Martianos. Ciencias Sociales añadió en 1973 un tomo —el 28— que no ha vuelto a publicarse.
2 José Martí: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario a Cuba, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1985, p. 2. (Se cita por esta edición, dada la impertinente complejidad de su reproducción en O.C., t. 4, pp. 91-101.)
3 La carta que Martí empezó a escribirle a Manuel Mercado el 18 de mayo de 1895, y que no pudo terminar, puede leerse en O.C., t. 4, pp. 167-170, y t. 20, pp. 161-164, y aquí se cita —dado el mayor cuidado de esa edición— por José Martí: Epistolario, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t. V, 250-252.
4 José Martí: Prólogo a Versos sencillos, O.C., t. 16, p. 61.
5 José Martí: “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias”, O.C., t. 6, p. 57.
6 José Martí: Carta a Gonzalo de Quesada, 14 de diciembre de 1889, t. 6, p. 128.
7 José Martí: Carta a Máximo Gómez, 20 de julio de 1882, t. 1, p. 170.
8 José Martí: “Crece”, O.C., t. 3, p. 118.
9 José Martí: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, O.C., t. 3, p. 142.
10 José Martí: Bases del Partido Revolucionario Cubano, O.C., t. 1, p. 279.
11 José Martí: “¡Vengo a darte patria! Puerto Rico y Cuba”, O.C., t. 2, 255.
12 José Martí: Carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, 30 de abril de 1895, O.C., t. 4, pp. 143 y 144.
13 José Martí: “Cartas de Martí” [una de sus crónicas conocidas como Escenas norteamericanas], O.C., t. 9, P. 345.
14 José Martí: “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”, O.C., t. 6, p. 158.
15 Idem.
16 José Martí: Fragmentos, O.C., t. 22, p. 96. Aunque aquí se ha tenido en cuenta el valor universal de esta máxima, escrita por Martí en uno de sus apuntes sueltos, resulta esclarecedor ver lo que Martí añade, que apunta directamente a los Estados Unidos: “Cuando los E. U. empiecen política, serán como sus negocios: ¿cómo podrán ser diferentes?” Aunque el asunto desborda la finalidad inmediata del presente texto, y la cita no es parte de un escrito acabado, nótese al menos que el verbo empiecen permite suponer que el juicio es anterior a las denuncias hechas por Martí sobre la expansión imperial de los Estados Unidos tanto en economía como en política.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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