LAS RELACIONES CUBA-ESTADOS UNIDOS INFLUENCIAS Y CONFLUENCIAS CULTURALES EN LOS NUEVOS ESCENARIOS

(Dossier tomado de Cubarte)

INTRODUCCION

El 17 de diciembre del 2014 marcó sin dudas un hito trascendente en la historia de las relaciones de Cuba y los Estados Unidos.

Los acuerdos divulgados en esa fecha entre los presidentes de ambas naciones – negociados secretamente durante más de dos años – dieron inicio a una dinámica diferente entre ambos gobiernos, al desarrollo de conversaciones oficiales dirigidas en un primer momento al restablecimiento de las relaciones diplomáticas – lo cual se hizo realidad el pasado 20 de julio – y la voluntad de avanzar en el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países.

Durante el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, celebrado el pasado 27 de abril -el primero que se realiza luego del VIII Congreso de esta organización-, el primer vicepresidente Miguel Díaz Canel enfatizó la importancia de que la cultura cubana contribuya a que el país avance de la resistencia al desarrollo.

Un tema al cual brindaron atención los participantes en el evento fue precisamente el referido al devenir socio cultural del país, a partir del nuevo escenario creado por los acuerdos del 17 de diciembre.

El Portal Cubarte quiso unirse a este esfuerzo de reflexión y debate y para ello solicitó a un grupo de destacados intelectuales cubanos sus criterios sobre el tema. Las respuestas fueron publicadas en el Portal y ahora se las presentamos en este Boletín Especial.

Consejo Editorial Cubarte.


Fernando Martínez Heredia
02.07.2015
Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Doctor en Derecho, Profesor Titular de la Universidad de La Habana, Investigador Titular. Ensayista e historiador. Premiio Nacional de Ciencias Sociales.

“Estamos obligados a proceder con muy buen juicio, unidad en la defensa de Cuba y políticas atinadas”
¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura en la sociedad estadounidense?

Fernando Martínez Heredia: Más de dos siglos de influencias de Estados Unidos constituyen una enorme acumulación cultural, muy ampliada y reforzada en el período 1898-1958, en que estuvimos sometidos a su dominio neocolonial; es necesario tener muy en cuenta esto en los análisis que hagamos acerca de la situación actual. En la actualidad la influencia más peligrosa, a mi juicio, es la de formas cotidianas que parecen ajenas a lo político o ideológico, e inofensivas. Por ejemplo, a través del consumo masivo del alud interminable de materiales con los que ellos intentan norteamericanizar a cientos de millones en todo el planeta, en cuanto a las imágenes, las percepciones, los sentimientos y los valores. A veces tratan cuestiones políticas, con enfoques variados –aunque prima el conservatismo-, pero la proporción es ínfima en relación con las cuestiones no políticas. Lo decisivo es familiarizar y acostumbrar a compartir con simpatía las situaciones, el sentido común, los valores, los trajines diarios, los modelos de conducta, la formación de los adolescentes, la bandera, las aventuras de una multitud de héroes, las ideas, los artistas famosos, los policías, la vida entera y el espíritu de Estados Unidos. Sin vivir allá ni aspirar a una tarjeta verde. Es un suicida quien crea que esto es solamente un entretenimiento inocente para pasar ratos amables.

No estamos ganando la guerra del lenguaje, y es sumamente deficiente nuestro esfuerzo por ofrecer noticias, formación de opinión pública, valoraciones y necesidades de consumo cultural favorables a la defensa y el desarrollo de la sociedad que creamos a partir del triunfo de la Revolución. Por ejemplo, se ven y se oyen materiales que forman parte del adoctrinamiento político o de la formación general para estar de acuerdo o apoyar el dominio capitalista, sin que se les someta a crítica, o se utilizan y repiten términos del lenguaje de esa dominación como parte del lenguaje nuestro.

Estados Unidos tiene en marcha un sistema colosal de control permanente de los valores, la vida espiritual y las capacidades de las personas, que es el objetivo central en la guerra cultural que está librando a escala mundial. Somos un objetivo especial de ella, porque los expulsamos de aquí y hemos resistido con éxito al imperialismo durante más de medio siglo. Ellos quieren restaurar en Cuba el capitalismo neocolonizado, para nosotros no hay opciones intermedias.

Sin dudas, ha habido y sigue habiendo influencias culturales cubanas en la sociedad estadounidense. El trabajo sagaz con ellas debe ser una de nuestras líneas de trabajo importantes en la etapa que parece comenzar.

¿Qué preocupaciones considera relevantes sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba? ¿Cuál sería el peligro mayor?

FMH: He expresado mis preocupaciones sobre cuestiones relevantes de nuestro país, y sobre los peligros que alberga la situación actual y sus perspectivas, y dentro de ellas del campo que llamamos cultural. Opino que debemos identificar y atender esas cuestiones, debatirlas, consensuar decisiones, procurar la superación de nuestras deficiencias y mejorar o crear realidades positivas para la sociedad socialista cubana. Estimo que todo esto es independiente del curso de negociaciones entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, aunque tengo la convicción de que hacerlo bien fortalecería de muy alto grado la posición de Cuba para enfrentar la nueva fase que vendría en las actividades de Estados Unidos contra nuestro país.

¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

FMH: Es un valor de primera magnitud, una constante de nuestra cultura, que se volvió de masas durante una parte de los años treinta del siglo pasado y se desplegó y se apoderó del espíritu popular desde 1959. Hoy es imprescindible fortalecer el patriotismo popular, en el cual están ligados totalmente la justicia social y el antimperialismo.

¿El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cuál debería ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la conducción de ese proceso?

FMH: Los Estados Unidos no lo dejarán a la espontaneidad, aunque pueda parecer a algún incauto que así lo hacen. Pero nosotros estamos obligados a proceder con muy buen juicio, unidad en la defensa de Cuba y políticas atinadas. Eso sí, será imprescindible que la política cubana en ese campo esté libre de un conjunto de males que nos han hecho mucho daño. Esto se aplica también, naturalmente, a las instituciones culturales. Por mi respuesta anterior es obvio que estimo muy necesarias las transformaciones que eliminen esos males, entre otros desarrollos positivos, con independencia de las relaciones que se tengan con Estados Unidos. Pero estoy seguro de que si lo logramos aumentará, quizás a un grado decisivo, nuestra eficiencia ante la fase que se abre con las negociaciones en curso y los resultados que puedan tener.

El Consejo aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo?

FMH: Me parece que la respuesta tendrá que salir de las ideas y los intercambios que sostengamos muchos compañeros. La calidad del trabajo que se realice y las cualidades que mantenga el grupo permitirán después precisar y mejorar aún más sus objetivos y funciones.

¿Desea agregar algo más sobre el tema?

FMH. He tenido que ser muy sintético en mis respuestas, y por consiguiente muy omiso, además de simplificar algunos aspectos que en la realidad no lo son. Lo he hecho por querer llamar la atención sobre cuestiones que considero vitales, y porque pienso que este cuestionario pretende contribuir a que la iniciativa del Consejo del 27 de abril no sea víctima de la inercia, ese mal terrible que intenta enfermar al cuerpo social. Los trabajos que está alentando sabrán enfrentar cumplidamente los desafíos.


Juan Nicolás Padrón
03.07.2015

Poeta, ensayista, investigador, editor, profesor, prologuista, articulista y antologador. Se desempeña además como coordinador de encuentros literarios y artísticos. Es conferencista en distintos países como Cuba, España, México, Argentina y Canadá. Licenciado en Filología, especializado en Lengua y Literatura Hispánica.

“Cuba y Estados Unidos tuvieron, en una parte, orígenes comunes”

¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura en la sociedad estadounidense?

Juan Nicolás Padrón.- Toda relación cultural implica aceptación y rechazo, y hay valoraciones de carácter axiológico que de una época a otra cambian por la dialéctica social, histórica y política; siempre esta dirección va a tener dos sentidos: el influjo de la cultura de allá aquí, y la de aquí, allá. Si de cultura estamos hablando, ni se acepta ni se rechaza en bloque todo; lo “positivo” o “negativo” es relativo, en dependencia del momento, y generalmente en este tipo de valoración prevalecen los criterios políticos, más efímeros y zigzagueantes que la propia condición cultural; por otra parte, lo asimilado o la resistencia son parciales, según diversas circunstancias. Por esta razón, prefiero pensar en interinfluencias entre la cultura de Estados Unidos y la de Cuba en diferentes etapas históricas.

Aunque resulta muy importante el desarrollo económico y tecnológico de un país, no siempre esto determina su prevalencia para el influjo cultural, por mucha intencionalidad política o poderío económico que se tenga. En momentos de decadencia económica de España se desarrolló espléndidamente el Barroco, y se produjo una cultura definitivamente decisiva en la de los pueblos hispanoamericanos. Hoy pueden mostrarse los límites de China para actuar culturalmente en muchos países, a pesar de su vertiginoso ascenso económico. Hay factores históricos, sociales, raciales, religiosos, espirituales, jurídicos… que deciden en el peso de las interinfluencias culturales.

A finales del siglo los cubanos terratenientes dueños de ingenios azucareros admiraron la tecnología norteamericana, especialmente la asociada a la producción de azúcar, porque encontraron un factor esencial para aumentar la productividad e ir disminuyendo las dotaciones de esclavos, lo que evitaba los riesgos de la rebelión como había sucedido en Haití. Tal vez esa haya sido la primera admiración de los cubanos hacia Estados Unidos: la eficiencia industrial, y esa superioridad tecnológica la sentimos todos cuando por necesidad tuvimos que importar tecnología de la URSS y del llamado “campo socialista” por los años 60 del siglo.

Cuba y Estados Unidos, en la formación de sus respectivos pueblos, tuvieron en una parte orígenes comunes, pues los negros del sur norteamericano y los negros cubanos eran esclavos procedentes de la costa atlántica de África. Si bien hubo un choque entre la tradición española y la modernidad norteamericana en el cambio del siglo xix al xx, incluso puede hablarse de una cultura de la resistencia por parte de un pueblo muy vinculado a las tradiciones españolas como era el cubano, no es menos cierto que muchos aspectos culturales fueron incorporados a nuestro legado: el danzón, por ejemplo, prevaleció como baile nacional frente al two step cuando el gobierno interventor lo imponía, mas entre los buenos bailadores cubanos de aquel momento todo se fue mezclando, y una orquesta charanguera tocaba una y otra piezas, y los bailadores las gozaban igual.

El intercambio musical ha sido muy importante entre Estados Unidos y Cuba, y en ambos sentidos favorecieron el desarrollo de la música de los dos países: largas giras hicieron orquestas como las de los Hermanos Castro, Siboney, Riverside, Anacaona…; Armando Romeu transcribió obras de Duke Ellington, Fletcher Henderson y de otras bandas norteamericanas; Ernesto Lecuona y Oréfiche introducen con los Lecuona Cuban Boys el “afro” en Nueva York; artistas como Louis Amstrong y Bessie Smith son atraídos por los ritmos cubanos; Mario Bauzá asume el mundo del jazz en la trompeta; los jazz afrocubanos se dejan oír en Charlie Parker, Dizzi Gillespie y Chick Corea; filineros son influidos por las baladas norteamericanas e influyen a su vez sobre el repertorio de Nat King Cole; muchos artistas norteamericanos vienen a La Habana como Benny Goodman, Frank Sinatra… y viceversa…, compartiendo un mundo sonoro en ambos sentidos.

Eso de “influencias positivas” o de “influencias negativas” es relativo y hasta puede resultar falso. Los filineros fueron criticados en su época de juventud por ser “enfermitos” y estar muy cerca de la fascinación que representa encontrarse con los ritmos norteamericanos de gran intensidad emocional, y es posible que en aquellos tiempos fueran “influencias negativas”; sin embargo, hoy nadie puede considerar que el filin sea ajeno a nuestra tradición musical y sea “negativo”. Así mismo ocurrió cuando llegó la música liberadora de Los Beatles y compañía por los años 60, que también, para miopes analistas, “enfermó” a la juventud, pero hoy muchos elementos del rock han sido definitivamente incorporados a la cancionística cubana.

La huella de Hemingway en cierta zona de la narrativa de la Isla ha sido muy comentada, y el informalismo y el pop art dejaron su impronta en algunos de nuestros artistas de la plástica. El teatro de Arthur Miller o Edward Albee, o los métodos del Actor’s Studio conformaron una buena parte de los paradigmas de nuestra escena, y el cine norteamericano ―el bueno y “el otro”― ha marcado la sensibilidad de la mayoría de nuestros mejores espectadores. En la arquitectura el Movimiento Moderno norteamericano dejó un saldo que hoy se reconoce en los nuevos rumbos de la valiosa arquitectura cubana.

La influencia norteamericana fue evidente en la preferencia por el béisbol y el boxeo antes que por el fútbol de estirpe europea, aunque en los últimos años “el más universal de los deportes” haya cobrado vertiginoso auge (¿eso es “positivo” o “negativo”?). Hábitos y costumbres en el vestir y comidas del gusto popular que, en sentido general, provenían de la cultura norteamericana, se “aplatanaron” en Cuba y han dejado una constancia ineludible de los intercambios entre ambas culturas.

El reciente interés de investigadores radicados en Estados Unidos por rastrear las huellas cubanas en la historia, la cultura y la sociedad de ese país desde épocas muy tempranas, da fe de que el influjo ha sido recíproco, y en no pocas esferas. Baste recodar el papel del padre Félix Varela en la construcción de la Iglesia Católica en Estados Unidos, o el valor de las “Escenas norteamericanas” de José Martí para la comprensión de una época en la historia norteamericana. Es imposible pensar que el flujo de la Isla hacia Estados Unidos ―hay cubanos en todos los estados de la Unión, incluida la gélida Alaska― en los últimos 50 años no tenga un peso de consideración en la cultura, el deporte, las ciencias o la educación; desde los Yankees de Nueva York, hasta el American Ballet Theater se puede seguir el rastro de “lo cubano” en la vecina nación.

¿Qué preocupaciones sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, considera relevantes? ¿Cuál sería el peligro mayor?

JNP. Si estamos hablando de cultura, es relevante la continuidad de casi todos los aspectos que ya se encuentran en nuestra tradición. Tanto Cuba como Estados Unidos son pueblos jóvenes; pero Cuba es un pueblo nuevo y Estados Unidos se formó como un pueblo transplantado de Europa, especialmente de Inglaterra, que antes era su metrópoli y hoy es casi su colonia; por esa razón Martí distinguía a la “América europea” de “Nuestra América”.

Sería ingenuo pensar que las relaciones culturales se producirán al margen de las intenciones políticas. Estados Unidos desde su propia formación ha pretendido apropiarse de Cuba, para lo cual ha aplicado diferentes tácticas, en dependencia del grado de oposición encontrada para ello. Ahora ha incluido en su agenda de “agresión suave” a la cultura. Desconocerlo sería pueril. Sin embargo, el carácter “electivo” en la apropiación no es nuevo para el pueblo cubano, y es de esperar que prevalezca en las nuevas circunstancias.

De alguna manera, Cuba, como pueblo nuevo, está en capacidad de aceptar más ingredientes al “ajiaco”, pues Don Fernando siempre aclaró que la cazuela estaba destapada. En ese sentido, los cubanos tendremos menos prejuicios o preocupaciones para aceptar otros ingredientes culturales, cuando se produzcan unas relaciones más fluidas entre nuestros pueblos. Los Estados Unidos, por tratarse de un continente de 50 estados, con muchas tradiciones conservadoras apegadas a su cultura, seguramente deberán tener no solo más prejuicios, sino más preocupaciones.

Sin embargo, es peligrosamente iluso desconocer peligros reales. Nuestras escuelas están divorciadas de la vida cultural, no existen mecanismos eficaces de integración para llevar adelante un programa cultural coherente que revele de manera indirecta y sutil nuestras fortalezas y valores actuales, en los cuales creo. Cada día el mundo está más interconectado, y resulta imposible no usar eficazmente las herramientas horizontales de la sociedad civil para construir un imaginario atractivo en las nuevas generaciones, que represente las aspiraciones de felicidad para todo el pueblo cubano.

Por otra parte, el debate sobre estos temas no alcanza visibilidad suficiente, y nuestra política informativa pareciera dirigida en los medios masivos a personas mayores y convencidas. El peligro mayor para nosotros es que somos pésimos divulgando nuestros valores, tenemos muy poca eficiencia en la promoción y poca eficacia en la publicidad para mostrar esas fortalezas, manejamos esquemas muy antiguos y desactualizados para influir culturalmente entre las nuevas generaciones. En eso los norteamericanos han sido muy poderosos y dinámicos.

El llamado “peligro mayor” para Cuba es que por mantener esquemas de propaganda obsoleta, y aferrarse a estructuras y contenidos docentes anquilosados, un sector de la población, tal vez más amplio de lo que suponemos, quede cautivo de la eficacia norteamericana. Un ejemplo: en un país que fue pionero en el arte del cartel político en los años 60, ¿alguien ha reparado en las vallas, todavía de papel, que se leen en la vía?

¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

JNP.- Tuvimos casi un siglo más de colonialismo español que el resto de los pueblos de América española, con la excepción de Puerto Rico; pero además, tuvimos por más de medio siglo una republiquita muy dependiente de los Estados Unidos. Esta circunstancia histórica, económica, social y política, ha incorporado a la cultura un atípico proceso de construcción de una sociedad que conserva muchos rasgos de la cultura española, que siente con orgullo la africana, que no excluye a otras como la asiática y la árabe, que suma sin prejuicio a la francesa entre otras, y también ha incorporado muchos aspectos de la cultura norteamericana.

Quienes nacieron hasta los años 50 vivieron ese “histórico antimperialismo”, cuando en los 60 la joven Revolución cubana era admirada por todo el mundo, el enfrentamiento entre Cuba y Estados Unidos incluyó la vía militar cotidiana para defenderse, y además, esta situación llegó a poner en peligro a la paz mundial. Sin embargo, los que nacieron después de los años 80, y que en estos momentos son los jóvenes, desde niños lo que vivieron fue, además de las crisis de paradigmas como la URSS y el “campo socialista”, éxodos populares y masivos hacia Estados Unidos y el llamado “Período Especial”, de graves consecuencias para los logros culturales, sociales y políticos de la Revolución.

Pero esta Isla nunca estuvo aislada, pues su principal característica es que está llena de puertos de intercambio, donde hay despedidas y adioses, pero también recibimientos y bienvenidas. Cuba ha enfrentado en su historia a las potencias imperiales más grandes que ha conocido el planeta: al asedio de los piratas franceses e ingleses, la mayor invasión británica que atravesó el Atlántico, la permanencia del colonialismo español con todas sus fuerzas cuando su poder se concentró en la Isla y el imperialismo norteamericano, el más poderoso que haya conocido la humanidad, y a estos dos últimos, los ha derrotado por las armas. Tres revoluciones en unos 70 años (1895, 1933 y 1959), demuestran la naturaleza antimperialista del pueblo cubano. La rebeldía contra los imperios o los malos gobiernos subordinados a ellos, y el rechazo al pensamiento imperialista es una realidad histórica, pero sin ningún prejuicio hacia ninguna cultura.

Esta tribu no es antinorteamericana, pero se rebela ante criterios imperiales que la quieran humillar o denigrar, porque si hay un valor fuerte entre los cubanos es la dignidad, incluso en muchos que no son revolucionarios. Considero que aquí hay una vocación de independencia y soberanía tan arraigada que persiste en una buena parte de la población, un sentimiento de defensa de estos valores que se resiste a la implantación de un pensamiento hegemónico imperialista.

¿El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cuál debería ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la conducción de ese proceso?

JNP.-Nunca nada ha sido espontáneo en la Historia, y en la medida en que avanzó la modernidad se ha hecho más evidente que una buena parte de las circunstancias culturales han sido provocadas. Las políticas culturales de Cuba y Estados Unidos pueden contribuir mucho para acelerar de la mejor manera posible las relaciones entre estos dos pueblos, pero no se pueden descartar las malas intenciones y las pretensiones de asimilación o destrucción. Las instituciones culturales cubanas desempeñarán un papel fundamental en la conducción de este proceso, en alianza con los artistas e intelectuales que deben guiarlo.

Si bien no debe dejarse nada a la espontaneidad, tampoco pueden las instituciones cubanas forzar sus programas y proyecciones bajo estructuras desactualizadas, con criterios burocráticos y con objetivos y misiones obsoletas que es imperioso revisar. Es imposible que se puedan enfrentar las nuevas realidades ―más allá de las relaciones con Estados Unidos― con los instrumentos y herramientas jurídicas o legales, financieras, industriales y comerciales que se tienen ahora mismo; imposible que puedan funcionar con las estructuras que se diseñaron para otro siglo y otra era.

Los ejemplos más evidentes son las instituciones que dependen directamente de industrias para su funcionamiento, como el cine y el libro. Ambos casos exigen ya leyes, para no dejar nada a los criterios efímeros; una ley de cine, muy reclamada por los cineastas desde hace tiempo, que regule los procesos y las relaciones del creador con la institución, de la producción y la exhibición resulta imprescindible; también será necesaria una ley del libro que actualice el sistema editorial cubano a tono con los nuevos tiempos. Nadie podría entonces actuar de manera venal, arbitraria o personal, ni con los Estados Unidos ni con nadie, y se determinarán con precisión las actuales funciones institucionales del cine y del libro, de manera que se pueda funcionar racionalmente a la luz de las actuales condiciones de producción y distribución.

En sentido general, las instituciones culturales cubanas deben ser receptivas ante las relaciones, sin prejuicios ni dogmatismos, siguiendo el respeto a lo refrendado en leyes y disposiciones que respondan en definitiva a la defensa de los artistas y escritores, y, al mismo tiempo, al patrimonio cultural de la nación.

El Consejo aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo?

JNP. Uno de los problemas más importantes o esenciales que se mantiene en el sector cultural es la falta de coherencia, y a veces, la falta de cohesión. Lo que se está haciendo en la capital se niega en alguna provincia; lo que se afirma por una institución, se niega por la otra; lo que se avanza en un terreno, se retrocede en otro. No quiere decir que todas las instituciones se pongan de acuerdo para hacer lo mismo, sino todo lo contrario; mientras más diversidad, mejor; solo que cada una debe tributar desde su perfil a una dirección común de enriquecimiento espiritual y cultural para lo que se ha diseñado en su programa. Por tanto, uno de los objetivos y funciones de este Grupo deberá ser la regulación armónica de estos procesos, pues la interpretación de la letra de los documentos rectores de la política cultural del país debe tener el mismo espíritu en todas las instancias y manifestaciones. Este debe ser uno de los objetivos y funciones de ese Consejo: esclarecer y dialogar con las instituciones, no para censurar ni prohibir, sino para debatir y consensuar un trabajo coherente y cohesionado.

Una vez arreglada la casa, es imprescindible interactuar fuera de ella. La cultura cubana no son las funciones del Ministerio de Cultura. La real cultura de Cuba es también la labor educativa de las escuelas, la formación en las universidades, la imagen de la prensa, la radio, la televisión y los medios electrónicos; la cultura dialoga con la ciencia, el deporte, las religiosidades, con las normas sociales y fundamentos políticos, con los aspectos cotidianos del quehacer como las costumbres, los hábitos de consumo, la psicología social… Y hay que proponerse también un programa sólido de relaciones con otros sectores institucionales, organismos, órganos y organizaciones de masas y políticas.

¿Desea agregar algo más sobre el tema?

JNP. No estaría completa toda esta proyección de trabajo que tiene como plataforma de lanzamiento a la UNEAC, si no se involucran, no como invitados sino como participantes activos, los funcionarios políticos del Partido Comunista de Cuba que influyen o que tienen que ver con estos temas. En estos procesos culturales se requiere de un acompañamiento de especialistas de la política que hagan política en las instituciones culturales. Sería un magnífico ejercicio también para esos dirigentes. Además, será necesario el concurso de otros sectores que aporten lucidez técnica a estos complejos temas con muy diversas informaciones que a veces no se visibilizan claramente; en ese sentido, el Ministerio de Relaciones Exteriores aportaría elementos esenciales.

Quiero insistir en que no estaría completo el análisis del impacto de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, si no se plantea la modificación radical de la política informativa que se ha seguido en los medios durante mucho tiempo. Si bien ha mejorado en los últimos cinco años, continúa con muchos arrastres negativos. Considero que también debe discutirse en nuestro parlamento una Ley de Prensa que regule desde la ética del periodista hasta la responsabilidad de cada medio y los nuevos retos que impone el presente. Falta transparencia en noticias imprescindibles a la ciudadanía, y tal pareciera que no se confía en la inteligencia y condición revolucionaria del pueblo para asimilarlas; continúa el “secretismo”, que no pocas veces y hasta sin quererlo, ampara la corrupción y no alerta sobre cuestiones sensibles; siguen prevaleciendo enfoques triunfalistas o maniqueos, que el receptor común contrasta con la práctica; se mantienen medias verdades que no convencen y hasta un lenguaje desusado que pretende levantar el espíritu político-moral pero que es causa de burla o aburrimiento entre nuestros jóvenes. Con esta pobreza no se pueden desafiar las técnicas sofisticadas de manipulación manejadas por buena parte de los medios de los enemigos históricos del pueblo cubano, por muchas verdades irrefutables que defendamos en un mundo cada vez más irreversiblemente interconectado.

También desearía apuntar que si bien en Cuba deben perfeccionarse los temas de la democracia socialista participativa, y avanzar más en los derechos individuales, civiles y políticos ―no porque lo desee el gobierno norteamericano, sino porque es un requisito y una necesidad del verdadero socialismo―, los Estados Unidos no están en condiciones de ofrecer lecciones a la Isla, pues como ha dicho José Martí desde allí mismo, la democracia debe ejercerse “con todos y para el bien de todos”, y resulta escandalosa la exclusión social, la discriminación y la brutalidad policial, entre otros factores; así mismo, creo que son los norteamericanos los que deben tomar nota sobre el ejercicio de los derechos colectivos, sociales y económicos en Cuba, un país que a pesar del bloqueo, ha dado ejemplo de cómo mantener, hasta el límite posible, la justicia social para su pueblo.


Graziella Pogolotti Jacobson
07.07.2015
Crítica de arte, prestigiosa ensayista y destacada intelectual cubana, promotora de las Artes Plásticas Cubanas. Vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Premio Nacional de Crítica de Arte. Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Premio Nacional de la Enseñanza Artística, Premio Nacional de Literatura.

“La noción de cultura desborda ampliamente al ámbito de la creación artístico /literaria”

No puedo responder al cuestionario por disentir de sus premisas conceptuales implícitas. La noción de cultura desborda ampliamente al ámbito de la creación artístico /literaria que constituye uno de sus componentes.

En el caso de la encuesta que nos ocupa, no podemos prescindir de la naturaleza polisémica del arte, sujeto a una pluralidad de lecturas a partir de la experiencia de vida de las personas, su contexto cultural y el devenir. En una entrevista de Waldo Leyva a Luis Montero, publicada en el más reciente número de la Gaceta de Cuba, el poeta español refiere una fábula ilustrativa. Shakespeare fue invitado escuchar un debate sobre su obra a cargo de un grupo de especialistas contemporáneo, bajo la condición de permanecer como una sombra silenciosa. Mantuvo su promesa hasta que una interpretación de El rey Lear le hizo perder los estribos. Intervino indignado y desapareció. Esa polisemia es garantía de universalidad y de trascendencia en el tiempo.

Mark Twain, Poe y Walt Whitman fueron conocidos en Cuba desde el siglo XIX. Lino Novas Calvo tradujo El viejo y el mar al castellano y obtuvo de Hemingway la autorización para publicar el texto en Bohemia. Después de la Revolución, José Rodriguez Feo fue un excelente antologador de literatura anglosajona. La narrativa norteamericana tuvo una amplia repercusión mundial (América Latina incluida) a partir de la llamada ” generación perdida”.

En cuanto a la música, el fenómeno es más rico y complejo. Por el modo en que se fue expandiendo el país, la cultura norteamericana no es homogénea. La Lousiana por razones históricas y por las características de una económica de plantación, se sitúa en los bordes del Caribe. El cubanísimo Benny Moré utilizó el formato de banda. El intercambio en esta área ha sido, pues, histórico y multidireccional.

En las artes visuales, los vínculos fueron más tardíos, aunque no puede soslayarse la influencia de las revistas norteamericanas en los ilustradores cubanos durante la primera mitad del siglo XX. Los pintores y escultores, en cambio, se orientaron hacia Europa y, más tarde, hacia México. El cambio se produjo como consecuencia de la segunda guerra mundial cuando Nueva York sustituyó el dominio ejercido hasta entonces por París. Con el auspicio de Peggy Guggenheim y el beneplácito de los surrealistas emergió el gran mercado del arte. Por primera vez se internacionalizaron tendencias nacidas en los Estados Unidos, como el expresionismo abstracto y el pop art, debidamente metabolizados por los artistas cubanos.

La zona de conflicto aparece en el área del pensamiento, de la academia y de los productos manipulados a través de los medios. Es el terreno de las contradicciones antagónicas derivadas de la perspectiva contrahegemónica de nuestro proyecto social. El neoliberalismo no ha sido derrotado todavía. Tiene su núcleo generador en la economía y afinca su voluntad de dominación en las ciencias sociales, en la pedagogía y en otras áreas cercanas a la formación humana. Asociado a la idea de la modernidad y a la obsolescencia de otros modelos de formación humana, su ideología se convierte en verdad absoluta, teórica e internacionalmente valida. Asume el carácter de un dogma sin fisura. Mediante una vulgarización eficiente, sus conceptos esenciales devienen bien común, algo tan obvio y natural como el amanecer de cada día. Abolidas las contradicciones, nos hallamos en un no lugar, en un limbo, en el fin de la historia, de las ideologías, en el debilitamiento de los estados nacionales con renuncia a los derechos soberanos y el sometimiento a la voluntad de las empresas transnacional izadas.

Un importante sector académico ofrece basamento teórico a estos puntos de vistas. Hay formas más sutiles aún. Consisten en la subrepticia sustitución del léxico, enmascarados sus alcances verdaderos bajo un barniz de modernidad. Sin percatarnos, incorporamos la noción de racionalidad económica, de competencia profesional cuando se trata de un anglicismo ajeno a la definición del término fijada por el Diccionario de la Academia de la Lengua, equivalente a rivalidad. De esa manera, adoptamos los valores de una sociedad presidida por el individualismo y la carrera hacia el éxito en lucha de unos contra otros.

La manipulación enajenante a través de los medios estimula un consumismo imparable y depredador, inspirado quizás en un adagio popular italiano: El apetito llega comiendo.

Mi posición se adscribe a la idea de un proyecto de país inscrito en una perspectiva emancipadora y descolonizadora.


Luis Toledo Sande
08.07.2015

Escritor, periodista, profesor, investigador, licenciado en Estudios Cubanos, Doctor en Ciencias Filológicas. Redactor y editor en la Editorial Arte y Literatura. Distinción Por la cultura nacional”. Premio de la Crítica de Ciencias Sociales
Cuba y los Estados Unidos: ¿normalidad posible?

Procuraré no repetir más de lo imprescindible lo que dije en tres textos ya publicados acerca del mismo tema. Uno, “Cuba y los Estados Unidos, otra etapa”, lo escribí el 20 de diciembre de 2014 y pronto apareció en Cubadebate; los otros dos, difundidos en Cubarte, surgieron de la intervención que preparé para la cita del 21 de enero de 2015, dedicada a José Martí, del espacio Dialogar, dialogar: “Con José Martí: raíces y luz” y “Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria”. Pero agradecería que, de hallar público lector, las respuestas que ahora doy al cuestionario de Cubarte se leyeran como continuación de aquellos textos, que circularon no solo en los sitios mencionados.

¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura en la sociedad estadounidense?

Luis Toledo Sande.- Apunto apenas descriptivamente, sin insistir en ejemplos concretos de la realidad esbozada, elementos de un tema que no puede tratarse a fondo en pocas líneas. Frutos del proceso de conquistas y colonizaciones desatado o fortalecido en la estela de 1492 —con derivaciones que no acaban—, ambos países son relativamente jóvenes en la heterogénea familia mundial, y la juventud tiene ímpetus y límites en el desarrollo de las cualidades. Con hechos como el exterminio o el apartheid de los pueblos aborígenes, y el saqueo territorial de más de la mitad de México, a partir de las Trece Colonias británicas de Norte América se formó una potencia pluriestadual conformada como una sola nación, que en la herencia de su metrópoli y madre putativa, Inglaterra, asumió como rasgo medular un “mesianismo” conquistador de signo puritano y conocidas consecuencias.

Esas características se conjugaron con el pragmatismo, que se da por nacido en la nación norteña, es el cuerpo ideológico propio del sistema capitalista, llega a nuestros días y continúa su marcha en secuelas y realidades como el llamado neoliberalismo. Y no se agota en el ámbito de su origen: el expansionismo capitalista, y los caminos de la colonización, han propiciado que penetre en otros territorios. Puede infiltrarse hasta en intentos de enfrentar aquel modo de producción y de pensamiento, que está en crisis pero guarda reservas para una larga supervivencia y un fuerte y nocivo influjo ideológico y cultural.

En la que José Martí llamó nuestra América mestiza —que, a pesar de esfuerzos unificadores como el representado por Simón Bolívar, se fraccionó en varios países— crecieron pueblos hostigados por potencias extranjeras, primero europeas, y luego, hasta hoy, la que se formó en el norte del propio continente americano. No por gusto el propio Martí la definió como América europea o Roma americana. Pero la independencia alcanzada por esa sección de América —una sección que ha pretendido y en gran manera logrado usurpar hasta el topónimo y los gentilicios continentales—, generó ilusiones y para muchos convirtió a esa nación en presunto paradigma, toda una fuente de espejismos.

La historia de Cuba, para centrarnos en este pedazo de nuestra América, ha evidenciado cómo hasta en sus luchas independentistas se colaron esos espejismos, un hecho visible incluso en la historia de nuestras banderas, no solo la de López, “saneada por la muerte”, como escribió Martí. Manos e ideas anexionistas, con una complejidad de intenciones cuya valoración requeriría espacio y matices que no caben en estas notas, intervinieron también en otros símbolos. En general, habría que ver hasta qué punto ese cuadro de juventud (o explicable inmadurez) y de ilusiones se vincula con un rasgo que algunos consideran fatalmente afincado entre nosotros: el embullo, que puede ser una fuerza motora fértil, pero también un estímulo para valoraciones y decisiones precipitadas.

Nada niega que la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños, Cuba entre ellos, haya influido en la nación norteña. Citemos no más del discurso del presidente Barack Obama el 17 de diciembre pasado, parte de los argumentos con que, desde su perspectiva, sustentó la validez de restablecer las relaciones diplomáticas entre ambas naciones y revertir el abismo construido en más de cinco décadas: “año tras año, una barrera ideológica y económica se ha ido fortaleciendo entre nuestros dos países. Entretanto, la comunidad de exiliados cubanos en los Estados Unidos hacía enormes aportes a nuestro país en la política, los negocios, la cultura y los deportes”.

Es lo que ocurre en un país que se ve o se presenta como la tierra prometida y que, a regañadientes o como sea, recibe multitudes de inmigrantes. Pero ese país se yergue como potencia dominadora, y no es seguro que conozca de veras, ni en lo elemental —más allá de citarlo a conveniencia parcialmente—, el legado de uno de los grandes revolucionarios “estadounidenses” del siglo XIX: el José Martí que vivió casi la totalidad de sus quince años finales en los Estados Unidos y elogió las que consideraba “las virtudes fundamentales del Norte, las virtudes del trabajo personal y del método”. Las estimaba aprovechables por nuestros pueblos si no se sofocaba en ellos “el amor reverente” reclamado por el país natal, en el que no podrían aplicarse “con éxito las virtudes si se le hubiese perdido a la tierra nativa el conocimiento y el amor”. Ese fue el Martí que criticó a fondo los males de la sociedad estadounidense, se identificó con los grandes disidentes de aquel sistema y se propuso levantar en Cuba una revolución que frenara las pretensiones expansionistas del poderoso vecino.

De lograrlas, como en gran parte ocurrió, ese vecino rompería crecientemente al servicio de sus intereses imperiales el equilibrio del mundo, y estaría en mejores condiciones no solo para agredir a otros países, a otros pueblos. También lo estaría —y así lo denunció Martí— para burlarse del suyo propio y usarlo como a una “mula mansa y bellaca”, manejable al servicio de las estratagemas políticas desplegadas por las fuerzas dominantes de la nación.

Con tal desequilibrio entre sus recursos más poderosos, los Estados Unidos han influido en el mundo, y mucho de lo que hoy circula y se impone en los medios de comunicación masiva lleva factura estadounidense, o le rinde tributo de sumisión a ese modelo. No creamos que semejante cosa ocurre únicamente lejos de nuestros lindes nacionales. Puede franquearlos de diversos modos, pues el imperialismo lo es precisamente porque se ha expandido no solo en política y en economía, sino también en modelos culturales. Así como en siglos anteriores al imperio romano lo sobrevivió el uso del latín como lingua franca, en la actualidad ese papel lo desempeña el inglés, y no precisamente como homenaje a pueblos “menores”, ni a creadores extraordinarios como William Shakespeare y Mark Twain.

Ello sucede como un logro del imperio que se expresa en esa lengua, y la impone, o se le acepta, como impone o se le acepta su moneda, el dólar, y como impone guerras homicidas en tantos “oscuros rincones del planeta”, incluso capitalizando el inmoral otorgamiento de un Premio Nobel de la Paz. Ni el nacionalismo revolucionario fortalecido en Cuba como respuesta a la agresividad imperial —expresada en acciones armadas y en un férreo bloqueo económico, comercial y financiero— ha impedido que, en medio de una Revolución antimperialista por definición y por necesidad vital, como la nuestra, hayan prosperado entre otras maravillas los photoservices y los snack bars, y el lenguaje monetario gire en torno al dólar. En nuestros aeropuertos y billetes aéreos, incluso para viajes domésticos, la capital del país se llama Havana, algo que nadie atribuirá a la grafía de ese topónimo en siglos pasados.

En nuestros medios de comunicación pululan el cine estadounidense, no precisamente el mejor, y productos audiovisuales marcados por lo que se promueve desde aquel país. Al imperio le convendría que, aunque un día se levantara completamente el bloqueo, Cuba se viera libre de pagar impuestos por el uso de sus mercaderías audiovisuales. Las ganancias económicas que la potencia recibiría de ese pago no se sería mayor que los beneficios ideológicos que le representa la circulación en Cuba de dichos productos. Percatarse de esa realidad, y señalarla claramente, no debe confundirse con desatar prohibiciones. Lo que se necesita es desarrollar un espíritu crítico iluminado y profundo, y desarrollar al máximo la creatividad propia.

¿Qué preocupaciones sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, considera relevantes? ¿Cuál sería el peligro mayor?

LTS. De nuestra idiosincrasia parece hablar una frase que se atribuye a Máximo Gómez: o no llegamos o nos pasamos. En algunas mentes puede prosperar el olvido de lo que para nuestra patria, para nuestro pueblo, ha significado el imperio, y sigue significando. El propio presidente de los Estados Unidos se ha encargado de decir sin ambages que con respecto a Cuba esa potencia procurará lograr con la normalización de relaciones lo que no pudo conseguir a base de hostilidad y de imponerle un aislamiento que acabó actuando contra el imperio mismo.

Eso, repítase, lo dijo el presidente de los Estados Unidos, no el gobierno cubano. ¿Lo dijo para que sus partidarios se convenzan de lo conveniente del cambio de táctica? Eso no cambiaría el peso de realidad que hay en sus palabras, ni mermaría el hecho de que está dando voz a la política distintiva del imperio que él representa en la cima del poder político, un imperio que también acude a guerras cuando lo estima conveniente para sus intereses. No se habla con esto de una realidad pasada: sin hacer el juego a las fuerzas interesadas en fomentar el olvido de la historia, se habla de un presente que se perfila en marcha de permanencia hacia el futuro.

La cultura revolucionaria cubana es fuerte, y se ha fraguado en una larga y heroica resistencia. Pero no desconozcamos el efecto que el hostigamiento imperialista ha causado sobre gran parte de la población, un impacto que no sería menos peligroso porque “solamente” se manifestara en una especie de desmovilización política, de aceptación de símbolos de la nación donde el imperio tiene asentamiento central y estado mayor para sus operaciones. Quien conozca de veras nuestras calles sabrá que no es exagerado hablar de una Cuba inundada en gran parte por banderas de los Estados Unidos, que deben verse formando parte de la inundación de recursos y vías por donde se hace rendir culto el denominado American way of life.

Todo eso cabalga sobre los efectos del bloqueo, y sobre una dosis nada despreciable de pérdida de la memoria. Anécdotas hay muchas para calzar lo dicho, y aquí va una reciente. En un ómnibus, personas con la humildad material impresa en su apariencia, hasta en su manera de expresarse, vociferaban sobre lo bien que vivían antes de la Revolución, sobre la cantidad de comida que compraban para sus hogares, sobre el hartazgo constante en que vivían, porque con poco dinero se adquirían montones de cosas y, al parecer, el dinero no faltaba. Para quienes así hablaban, ¿habría analfabetos en Cuba cuando triunfó la Revolución, habría niños que morían por falta de atención médica elemental? Podrían hacerse más preguntas, pero esas dos tienen bastante peso.

Yo estaba lejos de aquellos entusiastas contertulios, pero me tocó descender del ómnibus, en la popular Esquina de Tejas, junto con un pasajero cuyo ostensible mestizaje permitía suponer la discriminación que había sufrido desde los primeros años de su vida, y en quien se apreciaba la impronta de un déficit de proteínas que debía venirle de la infancia. Por su edad, tal carencia debió fijársele por lo menos a lo largo de unos quince años antes de 1959. Y le pregunté: “Por favor, usted que ha vivido más que yo, y que recordará más cosas que las que yo recuerdo, ¿podría explicarme cómo es posible que en Cuba triunfara una Revolución proclamada en defensa de los pobres, si no había pobres?” El hombre pensó antes de responderme: “Sí, había pobres”, y tras una corta pausa añadió con mayor énfasis: “Pero no tanto como ahora”. Omito mi respuesta.

¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

LTS. Es engañoso hacer generalizaciones metafísicas. Todo pueblo es heterogéneo, y lo componen fuerzas diversas. Es obvio que entre la vanguardia, la masa común y la retaguardia —para no hablar de otras parcelaciones posibles— existen diferencias relevantes. Pero Cuba ha sobrevivido como nación porque la vanguardia antimperialista de su pueblo tuvo el respaldo de una masa que, con mayor o menor grado de conciencia —de claridad teórica, digamos—, apoyó un pensamiento y una acción antimperialistas que se expresaron en la lucha librada para mantener la independencia y la soberanía de la patria. El parteaguas que representó el 1 de enero de 1959 no se habría afianzado sin un pueblo mayoritariamente identificado con la política de reivindicaciones nacionales que se plasmó en la nacionalización de grandes propiedades cubanas hasta entonces en poder de monopolios estadounidenses. Frente a cada una de esas expropiaciones revolucionarias se hizo célebre la respuesta del pueblo: “¡Se llamaba!”

Hoy vivimos en un mundo donde el anticomunismo que estaba en pie, dentro de Cuba, en 1959, ha dado paso a otras prédicas como la del antiterrorismo, que mal esconde la voluntad de satanizar todo cuanto huela a rebeldía de pueblos, a lucha por la defensa de los derechos nacionales, a rebelión de los oprimidos. Hay una guerra cultural tan fuerte como la más fría y como la más caliente. Dos ejemplos: las invasiones de Irak y de Libia por fuerzas de la OTAN, del imperio, pueden presentarse como actos democratizadores, mientras que el iraquí y el libio que se rebelen contra el opresor extranjero son tildados de criminales terroristas.

En el lenguaje del imperio, no terrorista puede equivaler a desmovilizado, tanto en política como en ideología, y en cultura. Lucha de león contra mono, y con el mono amarrado, o anestesiado. De ahí lo estimulante que resulta el replanteo geopolítico desatado en nuestra América, y que pudiera resumirse en realidades como el ALBA y la CELAC. Pero frente a ellas el imperio y sus servidores no cesan de actuar para revertirlas, como ostensiblemente se aprecia en operaciones contra la Venezuela bolivariana, el Ecuador de la Revolución Ciudadana y la Bolivia del Movimiento al Socialismo, para citar tres ejemplos contundentes.

En tal contexto se dan los pasos hacia la normalización de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba. Si por razones protocolares y diplomáticas pudiera decirse que ambos países deben aprender a convivir civilizadamente, en el fondo ético de la visión de la realidad no debe haber dudas de a quién le toca suspender la agresividad y levantar el bloqueo. Hasta donde sabemos, Cuba no ha bloqueado a los Estados Unidos, ni ha lanzado una invasión armada contra esa potencia. Si se vio envuelta en la Crisis de Octubre, que desde otros lares llaman también de los Cohetes, o de los Misiles, fue por el acecho que le impuso el imperio.

¿El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cuál debería ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la conducción de ese proceso?

LTS. La primera de esas preguntas me sobrecoge. Quiero creer que a nadie se le ha ocurrido suponer que los Estados Unidos dejarán el asunto a la marcha espontánea de lo imprevisible. Para sus fines cuentan con grandes recursos mediáticos, poderío económico, fuerzas de penetración cultural, negocios de armamentos y guerras, equipos humanos y tecnológicos para investigaciones sociológicas, tanques pensantes bien pagados. Recordemos, una vez más, los pronunciamientos de su presidente con respecto a por qué a esa nación le conviene más cambiar de política hacia Cuba que mantener aquella con la cual durante más de medio siglo no ha conseguido sus propósitos.

Si no los ha conseguido se debe, en primer lugar, a la capacidad de resistencia de Cuba. Pero no perdamos de vista lo que en términos militares representa el ablandamiento artillero, y para qué se lleva a cabo. El bloqueo, abominables actos terroristas y acciones armadas —ante la invitación a olvidar la historia, ¿será necesario repetir aquello de Remember Girón?—, han constituido un ablandamiento artillero de más de cinco décadas. Claro que la abierta hostilidad suscita rechazo del agredido contra el agresor, hasta paranoia colectiva puede generar; pero hechos como el bloqueo tienen mediaciones más sutiles que las bombas.

Por otra parte, la justa insistencia cubana sobre los daños que el bloqueo le ha causado a este país, puede no solamente haber ocultado otras causas de nuestros problemas —dígase la burocracia, la ineficiencia y la corrupción internas—, sino que también pudiera suscitar la ilusión de que, una vez levantado el bloqueo, todos los problemas se resolverán milagrosamente. Habría, o hay ya, quienes vean como salvador de Cuba al mismo imperio que ha intentado asfixiarla. De hecho, esa visión agruparía en un mismo bando a ingenuos y a mercenarios.

La cultura de un pueblo es mucho más abarcadora que lo gremialmente llamado cultura. Pero aun ciñéndonos a las que formalmente clasifican como instituciones culturales, las cubanas deben fortalecer su trabajo, valga la redundancia, cultural, que también es una labor política en el sentido más profundo de la palabra, y requiere persuasión profunda, sabia, irreductible al facilismo de las prohibiciones y a la manipulación política torpe. Se requiere desarrollar un espíritu crítico activo y lúcido, de sólida base cultural, valga la insistencia. Que un artista cubano, en medio de un gran despliegue de exposiciones en Cuba, se permita poner las imágenes de los dos gobernantes, el de Cuba y el de los Estados Unidos, vinculados —repito: en Cuba— con esta frase en inglés, My new friend, pudiera por lo menos movilizar el pensamiento y suscitar que en la prensa apareciera un debate sobre el tema. El silencio puede ser un eficaz recurso crítico, pero no siempre vale dar la callada por respuesta, sobre todo cuando lo que se ha dicho tiene graves implicaciones.

Otro punto inquietante, y que mucho alegraría al imperio, sería que, en su sobrecogedora disciplina, y en nombre de la razón de Estado, la prensa cubana fuera impulsada a silenciar lo que deba decir o continuar diciendo sobre los Estados Unidos y sus gobernantes, aun en medio de la normalización de relaciones entre los dos países, y de relaciones diplomáticas ya normalizadas. Los medios de prensa cubanos que existen no pueden verse impedidos de dar cabida a lo que deba decirse de una potencia que sigue haciendo guerras en el mundo, y que sigue hostigando a países con los cuales tiene relaciones diplomáticas, como Rusia, y como la Venezuela bolivariana, para no ir más lejos.

Es de suponer y de desear que no ocurra; pero si los medios existentes se vieran impedidos de cumplir esa función, entonces el país tendría que apurarse en crear los requeridos para que, en manos y con mentes de riesgopropistas patriotas, den el espacio necesario para que la conciencia crítica se exprese con responsabilidad revolucionaria, sin cortapisas, sin el excesivo sentido de conveniencia y oportunidad que a veces ha menguado a nuestra prensa. Preciso, para mayor claridad: ha menguado a nuestra prensa, no solo ni fundamentalmente a periodistas llevados a seguir líneas informativas erráticas, contra cuya tenacidad han sido insuficientes los llamamientos y las resoluciones formales que la dirección revolucionaria del país ha adoptado para transformarlas. Sería muy bueno que estas preocupaciones se vieran anuladas por una realidad fértil, pero ni tantito así debemos andar desprevenidos en temas de tanta significación.

El Consejo Nacional de la UNEAC aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo?

LTS. El grupo de trabajo creado por acuerdo del Consejo Nacional de la UNEAC no debe ser una polea suelta, un elemento aislado, un electrón saltarín. Y la UNEAC, por muy lúcida y combativa que siga siendo, no tiene en sus manos la mayor responsabilidad en este asunto, aunque la que tiene es enorme. El Grupo, y en general la UNEAC, sus integrantes revolucionarios y patriotas, deberán fomentar cuantas acciones se necesiten para estimular que el conjunto de nuestras instituciones culturales —que, por cierto, no todas, ni siquiera las más influyentes, están adscritas al Ministerio de Cultura ni son controlables por la UNEAC— cumplan su labor persuasiva en el cuidado de nuestros valores, de nuestras tradiciones, de nuestra alma nacional. No se habla de algo que podamos permitirnos confundir con expresiones de aldeanismo tonto; pero tampoco abandonarse ante los sueños de una globalización que mucho conviene al imperio, y que no es un camino para la solidaridad, sino para el sometimiento.

¿Desea agregar algo más sobre el tema?

LTS. El tema es tan abarcador, tan vital, que lo ya dicho en estos apuntes resulta poco, poquísimo. Mucho más sería lo que habría que añadir. Nada es banal en algo tan importante. Lo que pudiera estar en juego, es decir, en serio peligro, sería la supervivencia de una nación que existe porque se resistió a ser asimilada, tragada, por el mismo imperio que hoy le ofrece un tratamiento formal diferente. ¿Un mazo de zanahorias, como se ha dicho? Cuba no debe pretender para sí un aislamiento contrario a sus intereses y a su misma historia como nación que se formó en una rica, cuando no intrincada y compleja, relación con el mundo. Pero tampoco puede permitirse desconocer los desafíos que la asedian.

Es un deber de nuestro país —del pueblo, de su gobierno, de sus organizaciones e instituciones en general— buscar las ventajas que para bienestar del pueblo puedan venirle de relaciones diplomáticas normales, como con todo el mundo, con los Estados Unidos. Además, esas relaciones no serán plenamente normales mientras exista el bloqueo impuesto a Cuba por la potencia imperialista, y esta siga usurpando un pedazo del territorio del país bloqueado. Nuestro deber cardinal será no despreocuparnos ante el poderío de un vecino contra cuyas voraces pretensiones imperiales —surgidas al calor mismo de su fragua como nación—, se forjó el pensamiento emancipador de nuestra vanguardia patriótica y revolucionaria, con José Martí en su centro irradiante. No sería por casualidad que el espionaje de aquella nación lo siguió.

Por menudo que parezca, no hay detalle que Cuba pueda permitirse descuidar en sus relaciones con el imperio, unas relaciones que se anuncian ya en marcha, tal vez irreversibles, pero no sin obstáculos, puesto que los intereses en pugna dentro de los propios Estados Unidos son enormes. También se sabe que, llegado el momento, esos intereses se subordinan a la táctica escogida para la conservación de su poderío imperial, y de la hegemonía que intenta mantener en el mundo, aunque haya que arrebatar el triunfo electoral a un candidato demócrata y poner en la Casa Blanca a un republicano, o promover la sustitución de un republicano por un demócrata. ¿No estuvo esa táctica en la base del We can! que en 2008, más que gastada ya la pésima imagen de su predecesor, le abrió al actual presidente las puertas de la residencia imperial?

Los rejuegos pueden ser muy variados, y después de todo, hasta etimológicamente —no digamos ya en la estructura de fuerzas de aquella potencia— entre demócrata y republicano hay más coincidencias que diferencias, ya sea que se trate de representar dignamente esos conceptos, o de usarlos en acto de engañosa demagogia. En cualquier caso, ya las relaciones diplomáticas entre los dos países parecen una realidad, y para ello se anuncia el próximo 20 de julio. Creo que, con razón, algunos temieron que se escogiera el 4 de este mes, efeméride en la cual los Estados Unidos celebran como nación el gran logro que disfruta para sí y ha dificultado, cuando no impedido, a otros pueblos: la independencia política.

Por razones tan contrastantes como obvias, es de suponer que —salvo que lo hiciera con el fin de cambiarle radicalmente su significado— su gobierno no habría consentido en que para hito bautismal del reinicio de sus relaciones diplomáticas con Cuba se fijara como fecha el 26 del mismo mes, si alguien hubiera tenido la iniciativa de proponérsela. En nuestro interior, podemos ver con buenos ojos, con la voluntad de convertirlo en buen augurio, no con revanchismo, que el 20 esté más cerca del 26 que del 4. La consecuencia, mayoritaria, del pueblo cubano con la etapa de marcha revolucionaria iniciada el 26 de julio de 1953, es lo que ha hecho al gobierno de los Estados Unidos intentar un cambio de táctica con respecto a Cuba.

Sigue siendo mucho lo que resta por decir, pero los textos hay que terminarlos, o interrumpirlos, y no todo cabe en ellos. Tampoco vale la pena tratar de responder de antemano al avispero neoliberal que salta contra todo lo que huela a vigilia revolucionaria. Pudiera haber tal vez, además, un avispero de ¿incautos? para quienes resulte de mal gusto advertir peligros, y crean que solamente queda abierta la opción festiva, o festinada, de aceptar cuanto el imperio proponga, y de considerar que opinar lo contrario equivale a no querer que nada cambie. Un cambio por sí mismo puede no ser garantía de nada bueno.

Muchos afanes socialistas parecen haber cambiado en el mundo para dar paso a la aceptación del capitalismo con toda su actualidad y todas sus reglas, como si estas fueran espontáneas, fatales, ineludibles. Menos mal que a lo largo de la historia ha habido también quienes no se han sometido a las resignaciones.


Esteban Morales Domínguez
15.07.2015
Miembro titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Economista y Politólogo, Doctor en Ciencias Económicas, e Investigador en la Universidad de La Habana. Profesor de Economía Política de la Facultad de Economía. Especialista en las Relaciones Cuba Estados Unidos y en temas de discriminación racial. Orden “Carlos J. Finlay” .

“La relación entre acercamiento político y penetración cultural no es lineal, se trata de un camino de doble vía”

El tema que nos ocupa preocupa a mucha gente, solo que, creo, desde una perspectiva a veces un tanto equivocada. Como si simplemente pudiéramos hablar de la penetración norteamericana en Cuba.

He recorrido un largo camino de experiencias en este sentido (desde 1977) que me ha dicho que la relación entre acercamiento político y penetración cultural no es lineal, que se trata de un camino de doble vía, de un tomar y dar.

La historia comenzó a principios del siglo XIX, cuando los Estados Unidos formularon política para la colonia Cuba de España, que en algún momento se liberaría. Poniendo en cautiverio desde entonces, anticipadamente, a la nación que emergería, mediante la llamada Política o Doctrina de la “Fruta Madura”. Estados Unidos formulaba así las intenciones de apropiarse de Cuba, cuando apenas ellos mismos, recién se comenzaban a inaugurar como nación, liberada de Inglaterra.

El acercamiento económico y político de Estados Unidos a Cuba comenzó desde entonces, pero aun no contaban con las condiciones para cumplir su máximo objetivo, que era apoderarse de la Isla. No podían competir aun con la potencia que regía la Isla, España, ni con las que la ambicionaban, como Inglaterra. No podían moverse por el mar con la facilidad de otras potencias: no tenían marina.

Mientras ese objetivo no estuvo en condiciones de ser cumplido, los Estados Unidos aprovecharon su cercanía a la Isla y su creciente poderío económico y comercial, para hacer lo siguiente:

• Inundar la isla con el comercio, las inversiones y vínculos de todo tipo.
• Desarrollar un trabajo cultural, que cubría todos los ámbitos de la cultura nacional norteamericana y que terminó por generar una cultura política en la que Cuba siempre aparecía como parte del territorio continental de los Estados Unidos.
• Ello a su vez contribuía a sembrar en el pueblo cubano que emergía, una mentalidad de que era en los Estados Unidos donde debían buscar todo o casi todo.
• Y contribuyó finalmente a crear una corriente de pensamiento al interior de los Estados Unidos de que se vería como algo natural su intervención para frustrar los procesos independentistas de la Isla e intervenir en la etapa final de la guerra (1895-1898) para arrebatarle la Isla a España. No sin antes haber tratado de anexar a Cuba, de comprar la Isla a España en más de 6 ocasiones o pretender para ella un régimen autonómico que les permitiera preparar las condiciones para administrarla mejor.
Estados Unidos penetró finalmente en la Isla, forjando su nueva modernidad, que España no podía brindarle, atándola políticamente a los mecanismos de la Enmienda Platt, el Tratado de Relaciones Cuba-Estados Unidos y los Tratados de Reciprocidad Comercial.

Al mismo tiempo, la lucha contra España había logrado hacer cuajar la ideología del independentismo, por lo que desde entonces, de manera reforzada, independentismo y anexionismo pasaron a ser las dos corrientes políticas más importantes, que se mantienen en la Isla hasta hoy.

El prócer de nuestra independencia, José Martí, había logrado forjar una ideología, una cultura política y un pensamiento cultural, que dotaba a la Isla de la capacidad de continuar luchando por su independencia -y así ocurrió, en una batalla por la independencia que la Isla no dejó de librar nunca.

A toda esta historia de más de 200 años Cuba se sobrepuso, y en 1959 triunfaba una Revolución, que en el segundo gran intento histórico, lograba cumplir las aspiraciones de los que siempre habían confiado y luchado porque Cuba fuera una nación independiente en sí misma.

Con posterioridad a 1959, a pesar del grado de penetración económica, política y cultural de Estados Unidos en la Isla, así como de los múltiples intentos de Estados Unidos por subvertir el proceso revolucionario, con el bloqueo más largo de la historia contra país alguno, las múltiples agresiones y amenazas de la potencia imperial más poderosa de la historia, esta ha logrado sobrevivir como nación, avanzar y hallarse hoy ante la realidad de un cambio de política de Estados Unidos , que ha sido impulsado por los factores siguientes:

• Aunque afectada por un largo proceso de presiones de todo tipo, la Isla ha logrado oponer la resistencia necesaria para obligar a que una administración inteligente (la de Barack Obama) haya tenido que aceptar públicamente ante el mundo, que la política aplicada en los últimos 55 años contra Cuba ha sido un fracaso, y haya tenido que reconocer también, que han sido los Estados Unidos, los que han resultado aislados con esa política.
• El cambio de la correlación de fuerzas en el hemisferio generó una actitud de América Latina y el Caribe hacia Cuba, que comenzó a reclamar con fuerza el cambio de política de Estados Unidos hacia la Isla, lo cual tuvo su colofón en la reciente VII Cumbre de las Américas.
• Como resultado de la política de bloqueo, de aislar a Cuba del ámbito internacional y las amenazas de invasión, el ambiente sobre Cuba en los Estados Unidos comenzó a cambiar y la actitud positiva hacia Cuba en los Estados Unidos, es uno de los factores que explican el cambio de la política agresiva de Estados Unidos hacia Cuba.

Este último factor, que explica también el cambio de política, es de suma importancia para adentrarnos en la nueva etapa que comienza a producirse en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, que no deja de ser un nuevo round del conflicto entre ambos países.

Es que Estados Unidos, no solo no logró aislar a Cuba del ámbito internacional, sino ni siquiera logró aislarla de la sociedad norteamericana. Con particular importancia, a partir del caso del niño Elián Gonzalez, la actitud hacia Cuba en los Estados Unidos comenzó a cambiar y este cambio comenzó a manifestarse con particular fuerza en una actitud antibloqueo y antiaislamiento de Cuba. Tal cosa solo es explicable por la influencia creciente que Cuba ha comenzado a tener dentro de los Estados Unidos.

Cuando viajamos a Estados Unidos en la primera delegación académica que entonces visitaba al país, en 1977, no se hablaba nada sobre Cuba, toda la información que sobre la Isla entraba lo hacía por los canales de la derecha, la presencia objetiva sobre Cuba en los medios masivos de Estados Unidos era nula y la imagen de Cuba y sus líderes era entonces totalmente negativa.

¿Qué fue lo que cambió esta imagen, como se observa hoy de forma evidente? Existen un conjunto de factores que explican el cambio que hoy se verifica en una fuerte actitud antibloqueo en los Estados Unidos, que ha hecho aparecer fuertes opositores a la política agresiva hacia la Isla y que explican también el cambio de imagen sobre Cuba, que se ha producido en la política interna norteamericana. Estos factores son los siguientes:

-Un sistemático y creciente intercambio personal e institucional entre la sociedad norteamericana y la sociedad cubana:

  • Un intercambio científico- académico, que ha contribuido sobremanera a una percepción más clara de la sociedad cubana, sus logros y dificultades.

  • Sistemático intercambio de visitas entre los cubanos residentes en los Estados Unidos y los residentes en la Isla.

  • Un creciente intercambio cultural, religioso, sindical, científico, entre Estados Unidos y la Isla.

  • Incremento del turismo no permitido a los ciudadanos norteamericanos, que de todos modos viajan a Cuba por terceros países.

  • Surgimiento y desarrollo de un intercambio informativo de los medios sobre ambos países, que no depende de las tendencias apologéticas de nuestra prensa ni del interés de alguna prensa norteamericana por atacar a Cuba. Obligándolas a ambas, en tendencia, a presentar las cosas de manera más objetiva.-

  • Se va produciendo un incremento del intercambio informativo entre los ciudadanos de ambos países, que no depende de los medios oficiales en ninguno de los dos lados.

  • Un creciente interés de científicos y académicos individuales por venir a Cuba a estudiar temas sobre la Isla, junto a un creciente y sistemático intercambio estudiantil. – Un creciente interés de políticos norteamericanos por visitar la Isla.

  • El surgimiento de un interés de independizar a Cuba de la política del gobierno federal, lo que ha traído la presencia de políticos regionales, que en los Estados Unidos, desean hacer su propia política hacia Cuba.

Todas están tendencias se verán reforzadas, en la misma medida en que el Gobierno Norteamericano va eliminando paulatinamente las restricciones de entenderse con la Isla y de viajar a Cuba y que producirán una explosión cuando se elimine la prohibición de que los ciudadanos norteamericanos hagan turismo en Cuba y se elimine el bloqueo.

Sin dudas ello explica el cambio de percepción que se ha producido sobre Cuba en los Estados Unidos, pero también explica otras cosas. Que a mi entender son las siguientes:

• Un ascendente interés sobre Cuba en los Estados Unidos, que no es simplemente político.
• Un intercambio cultural progresivo que despierta intereses que no tienen nada que ver con las intenciones políticas de las administraciones norteamericanas en esta segunda etapa del conflicto.
• La sociedad cubana tiene cosas que en el orden cultural, personal, de relaciones humanas, convivencia social y otras, mueven el interés del ciudadano medio norteamericano, que halla en Cuba la posibilidad de realizaciones personales que no encuentra en su país de origen.

Este rompimiento del aislamiento de Cuba respecto a la sociedad norteamericana va generando un “toma y daca”, que sobrepasa con mucho los límites de cualquier política que cualquier administración norteamericana desee generar para subvertir el proceso revolucionario en Cuba. Porque no todos y realmente muy pocos, vendrán a la Isla bajo la “sombrilla” del proyecto subversivo, sino más bien a satisfacer sus propios intereses.
Creo que no debemos ponernos paranoicos pensando que estos intercambios personales, institucionales y hasta políticos y económicos tendrán todos los sentidos de subvertir a la sociedad cubana. No, la sociedad cubana cuenta con suficientes potencialidades, políticas, culturales, científicas, educacionales y de todo tipo, que ya está más que probado, mueven el interés del ciudadano norteamericano común.

Los hemos visto, durante años, enamorarse del baile, la música, el cine, el teatro, la playa, las relaciones de convivencia que la Isla ofrece, la convivencia familiar, el ambiente de tranquilidad, de paz y solidaridad ciudadana que se observan en Cuba. Deseando repetir sus viajes para encontrarse con los nuevos amigos y volver a disfrutar de una sociedad pobre, pero con muchos valores humanos y culturales.

Esa que es la verdadera batalla, cultural, Cuba ya la ganó en el primer round y tiene posibilidades de continuar ganándola en el segundo.

Además, la propia influencia norteamericana, bajo la que hemos vivido tantos años, ha generado en Cuba un tipo de ciudadano, difícil de deslumbrar, muy parecido al ciudadano común norteamericano. Es el cubano, en este hemisferio, el ciudadano que más se parece al norteamericano. En sus gustos al vestir, comer, etc.

El intercambio entre ambas sociedades ya existe, no lo va a generar la nueva política, que solo lo que hará será facilitarlo, expandirlo, profundizarlo. Amén de tratar de utilizarlo para sus planes de “Cambio de Régimen “.

Tenemos sobre Estados Unidos la ventaja de ser una nación con una idiosincrasia, integrada, con costumbres casi únicas, con una mezcla que nos enriquece y nos hace proclives para asimilar las ventajas de otras culturas conservando la propia. Mientras que en los Estados Unidos hay minorías, aquí no las hay, poseemos una cultura de un grado de integración muy alto, con solo algunas peculiaridades regionales, que no contradicen el tronco de nuestra cultura, sino que lo fortalecen, haciéndonos diversos peros al mismo tiempo iguales.

La cultura norteamericana no posee la fortaleza para enfrentar un sólido y creciente intercambio cultural con Cuba. Esa mezcla de africania e hispanidad, junto al interés del cubano por ser latinoamericano y caribeño, los devora, los subsume dentro de un ambiente de disfrute cultural que no han conocido nunca; que los envuelve y que al mismo tiempo, les es muy difícil comprender de donde proviene todo ello. La cultura norteamericana no existe, es un fenómeno multicultural, que no cuajó, que no se integró definitivamente y que solo les permite al ciudadano inclinarse hacia sus orígenes, que pueden resultarle muy lejanos. Si tiran hacia la minoría de la cual proceden, pueden entendernos mejor, si son norteamericanos no sabrán dónde están.

Estados Unidos, según las aspiraciones históricas, sería un gran ajiaco (meltim pot) en los que todos los que formaron la nación, venidos de muchos lugares, terminarían por fundirse en uno solo. Pero eso no tuvo lugar y terminaron no siendo nada. Él separatismo no los amenaza más, por ser una sociedad rica; de lo contrario, ya se hubieran desintegrado en varias naciones. Eso no ocurre hasta hoy, porque Estados Unidos es un gran y sustancioso pastel, alrededor del cual están todos, con el cuchillo más grande del que se hayan podido proveer, tratando de arrancarle la mayor tajada posible. Individualismo con el cual no podrán nunca ganarnos ninguna batalla.

En estos razonamientos se apoyan objetivamente nuestras capacidades potenciales para asumir la segunda etapa del conflicto con Estados Unidos.

Pero no son suficientes. Algunos sectores de nuestra sociedad deberán reaccionar para fortalecer aun más esas capacidades, que solo son potenciales y que por tanto debe ser puestas a punto.

• Nuestra prensa debe terminar de desempeñar el papel que le corresponde. Siendo más objetiva, veraz y poniendo a disposición del pueblo toda la información necesaria.
• Nuestros instrumentos culturales deberán continuar trabajando para fortalecer la identidad cultural de la nación cubana.
• Nuestra educación deberá desempeñar un papel más activo en asumir científica y educacionalmente los temas que afectan a nuestra sociedad: racismo, homofobia, machismo, desigualdades, etc.
• Nuestra educación debe prestar mayor atención a los estudios raciales, sobre África, Asia, Medio Oriente.
• Nuestro sistema migratorio debe continuar ganando las flexibilizaciones necesarias para atender las necesidades y aspiraciones de los cubanos que permanecen fuera del país. Asimilando a todos aquellos que deseen retornar al país.
• Hay que librar una batalla tenaz contra el racismo y la discriminación racial que aun subyacen en nuestra sociedad.
• Nuestra sociedad debe estar alerta y atender los problemas de drogas, alcoholismo, corrupción y delincuencia.
• Se debe continuar mejorando la presencia de mujeres, negros y mestizos, en los cargos públicos y las estructuras de poder.
• Hay que mejorar el intercambio entre la intelectualidad y el sistema político, aprovechando mejor las capacidades de esta para mejorar el proceso critico, la prensa y los medios en general, la educación, la presencia internacional de Cuba, el intercambio cultural internacional, la asesoría a la actividad diplomática, etc. Observándose aun el rechazo a la crítica y a la capacidad que la intelectualidad tiene para ejercerla.
• La vida de nuestros cuadros políticos sobre todo y administrativos debe ser más de conocimiento público.

El hecho de que dispongamos de un conjunto de capacidades sociales, culturales, educacionales y científicas, no quiere decir que podamos descuidarnos y no continuar fortaleciéndolas.

Un intercambio con la sociedad norteamericana como el que ya comienza a tener lugar y con el mundo en general, exige de una sociedad más abierta, transparente, crítica, expuesta a la diaria constatación de las capacidades de quienes la dirigen, al escrutinio de las masas, a la diaria constatación de que los mecanismo democráticos funcionan.

ELIER RAMÍREZ CAÑEDO.
20/07/15

Académico cubano. Doctor en Ciencias Históricas. Coautor del libro “De la confrontación a los intentos de normalización. La política de los Estados Unidos hacia Cuba”. Coordinador del Espacio Dialogar, dialogar” de la AHS.

“Solo será posible salir airosos de los nuevos desafíos trabajando incansablemente por sanar todo el tejido espiritual de la nación donde quiera que este se encuentre afectado”

En menor o mayor medida, Cuba ha sido impactada por las influencias de la cultura norteamericana en la Isla durante más de dos siglos. No podía ser de otra forma debido a la cercanía geográfica y los vínculos históricos existentes desde el surgimiento de ambas naciones. En el siglo XIX ya se encuentran estas influencias de la cultura norteamericana en la isla, pero es en los años de la república neocolonial burguesa que alcanzan su mayor auge como bien se describe en el libro Ser Cubano. Identidad, nacionalidad y cultura, de Louis A. Pérez Jr. (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006), aunque siempre existieron espacios de resistencia cultural que mantuvieron incólumes lo más autóctono de nuestra identidad nacional e hicieron gala en algunas ocasiones de un pensamiento antiinjerencista y en otros llegaba a ser antimperialista. Estas tendencias tuvieron exponentes en el teatro, la poesía, la literatura, la historiografía, el periodismo y en otras manifestaciones artísticas, literarias e intelectuales, incluso en las primeras dos décadas de república neocolonial burguesa, a pesar de la falsa percepción que existe de que este período fue de adormecimiento total de la conciencia nacional.

El desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, y el creciente contacto de la Isla con un mundo globalizado, donde la hegemonía cultural estadounidense es una de sus características fundamentales, ha incrementado el consumo de los productos culturales norteamericanos por parte de los cubanos (música, videojuegos, cine, moda, etc), los cuales llegan y se reproducen a lo largo y ancho de toda la isla por vías oficiales y no oficiales y en los más disímiles formatos. El llamado fenómeno del “paquete semanal” ha desatado también en los últimos tiempos una especie de fiebre por las series estadounidenses. La mayoría de los filmes que se exhiben en la televisión cubana provienen también de Hollywood

Sin embargo, no todo dentro de ese gran alud cultural que viene del norte resulta nocivo a nuestros valores e identidad. Lo que sucede es que no puede dejarse a la espontaneidad. Si bien es imposible y contraproducente intentar regular tal invasión y su recepción a nivel individual, de lo que se trata es que las instituciones culturales cubanas en los espacios públicos sean referentes a la hora de establecer las jerarquías correctas y necesarias. Siempre me pregunto por qué si existen no pocas películas y series norteamericanas que constituyen en sí una denuncia a los aspectos más oscuros y siniestros del sistema capitalista, no gozan de privilegio en nuestra televisión y más bien son desplazadas por aquellas más alejadas de los valores culturales que defendemos. Pienso por ejemplo en la serie de recién aparición House of Cards o en la Verdadera historia de los Estados Unidos, de Oliver Stone. Ninguna puesta aun en la pantalla cubana. Lo cierto es que existe una toda una izquierda en la producción cultural norteamericana -dentro del espectro político de ese país- que no encuentra aun el espacio necesario en nuestra realidad y que es prácticamente desconocida. Si en Cuba existe una gran audiencia para lo norteamericano, porque no ofrecer y promover con mayor intencionalidad este tipo de producciones.

Por otro lado no podemos olvidar que la cultura cubana siempre ha tenido una vocación universalista y una capacidad muy singular para asimilar lo foráneo, metabolizarlo y producir nuevas creaciones, enriqueciendo continuamente nuestra identidad lejos de ponerla en riesgo. En ese sentido, hay que señalar que ha habido muchas influencias positivas de la cultura estadounidense en nuestro país. El beisbol es una de esos resultados sorprendentes. Pero en la música también pueden hallarse muchos ejemplos, donde ha habido influencias, pero también interinfluencias y confluencias. No es poco lo que la música cubana ha influido en la norteamericana. Recuerdo ahora un texto de Leonardo Acosta que lo ilustra muy bien, Interinfluencias y confluencias entre las músicas de Cuba y los Estados Unidos. “Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, decía Martí, y creo que esa máxima de alguna manera ha guiado y debe seguir guiando nuestra política cultural.

Pero al mismo tiempo hay que tener “ojos judiciales”, como en su momento los tuvo Martí, para ver las dos Norteaméricas, la de Lincoln y la de Cutting. De la primera reconoció siempre sus valores culturales, de la segunda -a la cual llamó Roma Americana- no solo criticó los aspectos políticos que más conocemos, sino también el modo de vida norteamericano que exaltaba la violencia, la irracionalidad y el culto desmedido hacia el dinero, algo que ha sido una constante en la cultura estadounidense hasta nuestros días. Con apenas 18 años expresaba el Apostól: “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.-Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad (…) Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa¡

Las influencias culturales más nocivas que nos llegan de los Estados Unidos, son las que promueve y defiende el sistema capitalista, y que tienen que ver con modos de vida, representaciones, emociones, símbolos, valores, gustos y costumbres donde el eje fundamental de la felicidad es la posesión de riquezas materiales -medio y fin al mismo tiempo- y el mercado como centro rector de toda la sociedad. La cultural del tener frente a la cultura del ser. Es innegable que el “nuevo enfoque de política” hacia Cuba anunciado el 17 de diciembre por el presidente Obama, pretende potenciar este enfrentamiento más allá de la asfixia económica. Es la idea –no tan nueva- de que un mayor contacto de los cubanos con el “magnetismo económico y cultural de la sociedad estadounidense” es el que va en definitiva a lograr la transición hacia el capitalismo en Cuba. “Pero cómo va a cambiar la sociedad –se refiere a Cuba-, el país específicamente, su cultura específicamente, pudiera suceder rápido o pudiera suceder más lento de lo que me gustaría, pero va a suceder y pienso que este cambio de política va a promover eso”, expresó Obama en una conferencia de prensa dos días después del anuncio del 17 de diciembre, lo que puede considerarse una especie de declaración de guerra cultural contra Cuba.

El 17D, evidentemente constituyó una victoria del pueblo cubano y de su liderazgo histórico, pero que nos trae con las nuevas oportunidades, nuevos desafíos. Los mayores no es difícil advertir que se hallan en el terreno de la espiritualidad, en el campo cultural e ideológico. Para nadie es un secreto que los difíciles años del período especial han provocado daños significativos en el tejido espiritual de la nación cubana. Algo que los que nos adversan tienen muy bien estudiado, de ahí otro de los elementos a considerar a la hora de explicarse el “nuevo enfoque” de su política hacia la Isla.

Pienso que, efectivamente si Cuba no pudo ser absorbida culturalmente por los Estados Unidos en los años de la república neocolonial burguesa y se pudo hacer una revolución socialista en sus propias narices, muy difícilmente podrán lograrlo ahora. Pero mi optimismo no es ciego, ni pasivo. No creo que seamos para nada invulnerables y que no tengamos brechas que los que ahora buscan el cambio de régimen en Cuba por otras vías puedan aprovechar muy bien. Prefiero ser optimista activo. La derrota del socialismo en Cuba, sería nuestra más profunda derrota cultural.

Solo será posible salir airosos de los nuevos desafíos trabajando incansablemente por sanar todo el tejido espiritual de la nación donde quiera que este se encuentre afectado. El mayor reto está en nosotros mismos y en que, sobre todo, logremos crear en nuestra sociedad sujetos críticos con capacidad de discernir entre aquello que en términos culturales nos empobrece y enajena como seres humanos y lo que realmente nos eleva y emancipa. En la medida que nos recuperamos económicamente –cuestión indispensable-, debemos seguir, más bien ahora redoblar, nuestra intención de crear una cultura diferente y superior al capitalismo. Es en esa integralidad, y con esa organicidad, que debemos pensar, cuando hablamos del país próspero y sustentable que queremos construir.

El antiimperialismo que forma parte de nuestra cultura política constituye una de nuestras mayores fortalezas, ahora que la imagen del enemigo pretende desdibujarse ante los ojos de los cubanos, en especial de los más jóvenes. Debemos seguir cifrando nuestras mayores esperanzas de mejoría material y espiritual en nuestros propios esfuerzos y no en las supuestas bondades del vecino poderoso que ahora pudiera parecer –y es también su intención- una especie de mesías ante los ojos de los confundidos y de los que siempre le han hecho el juego. Pienso que la relación con los Estados Unidos no puede entenderse de otra forma que como un componente más –sin restarle la importancia requerida- de todo lo que venimos haciendo tanto en el plano económico como cultural, pero para nada el eje central. Ello será la garantía de que la victoria del 17D, continúe siendo victoria.

PEDRO PABLO RODRÍGUEZ
22/07/15
Pedro Pablo Rodríguez López. Investigador titular del Centro de Estudios Martianos donde es el director general de la edición crítica de las Obras completas de José Martí. Doctor en Ciencias Históricas y Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas. Profesor auxiliar por la Universidad de La Habana y profesor titular del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. Académico de mérito de la Academia de Ciencias de Cuba y miembro de número y secretario de la Academia de la Historia de Cuba. Miembro del Tribunal Nacional de Categorías Científicas, y del Tribunal Nacional de Historia de Grados Científicos.

“Las instituciones culturales cubanas deben buscar y favorecer el intercambio con aquellas de Estados Unidos —así como con los creadores como individuos—, que demuestren respeto por nuestra cultura, nuestras ideas y nuestras voluntades”

¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura en la sociedad estadounidense?

Pedro Pablo Rodríguez.Todo pueblo, mucho más en la modernidad, ha recibido múltiples influencias de otros a lo largo de su proceso histórico de desenvolvimiento, al igual que también todo pueblo ha sido emisor de traspasos culturales hacia otros. En ocasiones pueden reconocerse las huellas de esos intercambios; mas los hay a veces de tanta antigüedad que resulta imposible precisar dónde se originaron elementos culturales compartidos.

En el caso de la cultura de Estados Unidos, su influencia se hizo sentir en Cuba crecientemente desde mediados del siglo XVII. Recordemos que en la toma de La Habana por los ingleses participaron tropas de las Trece Colonias, y que con la ocupación británica se inauguraron sistemáticas relaciones comerciales con la Isla, que se extendieron hasta abarcar por toda la vida económica y la sociedad cubana durante los siglos XIX y XX, hasta que, tras el triunfo revolucionario, fue implantado el bloqueo económico que aún hoy padecemos.
Por tanto, las culturas materiales y espirituales estadounidense y cubana, así como las artísticas y literarias, llevan más de dos siglos de intercambio, con la particularidad de que la venida del Norte se ha visto impulsada y favorecida por provenir de una nación en franca expansión tras su independencia, constituida en potencia mundial y con el predominio en ella de élites hegemonistas. Mientras que la cultura cubana infiltrada en su vecino lo ha sido a contrapelo de aquellas condiciones desfavorables para sí, y con la intención durante largos períodos de ofrecer una resistencia a ese hegemonismo conquistador.

La definición de cuáles influencias estadounidenses han tenido una significación positiva o negativa sobre nuestra patria exige un examen minucioso, que ha de atenerse siempre a las circunstancias de los procesos históricos, los cuales pueden modificar el sentido y el carácter de esas relaciones.

Por ejemplo, la esclavitud en el Sur de Estados Unidos aumentó la ideología racista afincada en la esclavitud de la Isla y proveyó de esfuerzos prácticos y de argumentos y sentimientos anexionistas a ciertos sectores esclavistas cubanos y a sus clientelas. Sin embargo, el anexionismo admirador del sistema político y social propio del capitalismo norteño estadounidense, aunque aspiraba también a cortar el proceso formador de la nacionalidad cubana al pretender también la anexión al Norte, se inclinó hacia la abolición de la esclavitud.

Ambas posturas compartieron la admiración y el deseo imitativo, y aunque los separara la consideración diferente ante la esclavitud, rechazaron por igual el colonialismo español y, sobre todo, el gobierno monárquico.

Otro ejemplo de esa ambivalencia de una misma influencia bajo condiciones histórico-sociales diferentes las tenemos en la cultura económica del capitalismo. Durante buena parte del siglo XIX para muchos cubanos de diferentes sectores y clases sociales esa cultura económica resultaba más atractiva, y más provechosa, que la de la anquilosada metrópoli política. Sin embargo, a finales de aquella centuria y a lo largo de la siguiente hasta 1959, fue aumentando la conciencia entre sectores cada vez mayores que tal cultura resultaba francamente nociva para las grandes mayorías y para la nación en su conjunto, pues constituía el basamento de la dominación y la dependencia hacia Estados Unidos en todos los sentidos.

En el terreno de la cultura artística y literaria, esta tuvo que constituirse como un proceso signado por la afirmación de la identidad cultural y nacional ante la cultura metropolitana, y luego, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, resistir y desarrollarse frente al hegemonismo de la estadounidense.

Mas la cultura en todas las esferas y prácticas sociales es ejercida por personas y conglomerados sociales que nunca son exactamente iguales entre dos países ni tampoco al interior del mismo país en que se manifiestan. Por eso a manera de ejemplo, los cubanos resultaron emprendedores y abiertos al mundo a la vez que portadores de un fuerte sentimiento de identidad cultural aún en los propios momentos en que se hacía sentir la dependencia hacia Estados Unidos.

Sin dudas, ha habido un intercambio fructífero en la literatura y las artes entre ambas naciones. ¿Se concibe buena parte de la música de la una sin la de la otra? ¿No hay códigos del cine estadounidense asumidos por la cinematografía cubana, la que no obstante ello, tiene un fuerte sentido propio? ¿Qué decir de la radio, la televisión y el periodismo? ¿Y hasta en ciertas zonas y momentos de la literatura cubana no se nota esa presencia de la norteña?

Y aunque aún está por estudiar y quizás haya que esperar a que el desarrollo del asunto alcance mayor madurez, ¿qué ha sucedido con la migración cubana a Estados Unidos y su destaque dentro de la ancha corriente de inmigrantes de Hispanoamérica?
¿Qué preocupaciones sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, considera relevantes? ¿Cuál sería el peligro mayor?

PPR.- La pregunta ya se sitúa ante el peligro. Verdaderamente hay más de uno. Quizás el mayor sea el mimetismo que aún queda entre nosotros, y que de alguna manera ha crecido durante los últimos años, aprovechando el descontento y las desesperanzas que han hecho presa en algunos. Pero el peligro mayor, a mi juicio, está dentro de nosotros mismos. O somos capaces de efectivamente extirpar males que tienden a hacerse endémicos (como la corrupción, el burocratismo y la ineficiencia), o muchos, quizás demasiados, mirarán a la cultura del capitalismo como la salida, aunque ellos terminen socialmente excluidos, y los índices de desarrollo humano caigan vertiginosamente hasta que la miseria sustituya a la pobreza.
¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

PPR.-Fundamental. Pienso en el antimperialismo verdadero, no en los clichés acerca de su maldad. Pienso en el antimperialismo que quiere defender la patria soberana que sí tenemos, a pesar de los graves problemas que nos rodean. Pienso en el antimperialismo capaz de buscar aliados en el mundo y de ser solidario con los procesos de cambios a favor de los pobres, de los oprimidos, de los olvidados.

¿ El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cual debería ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la conducción de ese proceso?

PPR.- Nada puede ser dejado a la espontaneidad, aunque tampoco esta debe ser impedida en nombre de los carriles de las normas burocráticas. Las instituciones culturales cubanas deben buscar y favorecer el intercambio con aquellas de Estados Unidos —así como con los creadores como individuos—, que demuestren respeto por nuestra cultura, nuestras ideas y nuestras voluntades. No hay por qué admitir imposiciones, vengan de donde vengan. Y quizás más que conducir, creo que se trataría para las instituciones cubanas de orientar y abrir caminos: una cultura nacional, socialista, humanista solo puede ser practicada con talento, originalidad, vigor y autoctonía, en primer y fundamental lugar, por los propios creadores. Sobre estos es sobre quienes recae esa enorme responsabilidad y ellos serán quienes, a la larga o a la corta, decidirán los caminos de semejante proceso.
El Consejo aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo?

PPR.-Esas definiciones corresponden al Consejo, donde hay una pléyade notable de creadores y artistas de primera línea, quienes, a la vez, están obligados a ser receptivos de las opiniones y sentimientos del sector social que representan. Solo me atrevería, pues, que hay que solicitar, escuchar y atender a los afiliados a la Uneac, que son su razón de ser institucional. .

¿Desea agregar algo más sobre el tema?

PPR.-Dos cosas. La primera, que estas preguntas implican un nivel de análisis que ha de tomar más tiempo y espacio. Luego, de alguna forma, estas son respuestas al vuelo, que podrían variar en algún sentido con una meditación más larga. La segunda: hay que abrir más el debate, que, por cierto, hace rato está en las calles, y a lo mejor no ceñir tanto las respuestas desde la formulación de las preguntas.

De todos modos, felicito a Cubarte que haya promovido la búsqueda de criterios ante un asunto tan importante, y agradezco que me haya solicitado mis opiniones.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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