REFUNDAR EN EL ESPÍRITU DE PALABRAS A LOS INTELECTUALES

Juan Nicolás Padrón

(Versión ampliada de su intervención en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS)

Ya los nuevos lectores de Palabras a los intelectuales ―la intervención de Fidel Castro en reunión con la intelectualidad cubana en Biblioteca Nacional José Martí los días 13, 23 y 30 de junio de 1961― conocen que la descontextualización de esas palabras significó manipular, o que al fragmentar y solo mencionar frases extraídas de contexto, solo se tergiversó lo que realmente sucedió allí; esa mala propaganda fue un acto fallido que no progresó para silenciar o desestimar el espíritu democrático y el sentido inclusivo que en ese momento se logró, aunque lamentablemente ese estilo se fuera perdiendo con los años siguientes, hasta encontrar su negación diez años después con el I Congreso Nacional de Educación y Cultura en 1971. Se ha insistido recientemente que las contextualizaciones o el entorno histórico de las “Palabras a los intelectuales” se insertaban en la épica, una sistemática guerra con todas las armas posibles, desde las diplomáticas, las financieras, las económicas y comerciales, hasta las militares ―hacía menos de dos meses había ocurrido la invasión por Playa Girón―, llevada a cabo de manera sistemática y sin pausa por la potencia estadounidense contra la Isla revolucionaria. Sin embargo, en medio de la guerra hubo tiempo para ocuparse de las relaciones entre la cultura y la política.

Desde que el 3 de enero de 1961 se anunció la ruptura de las relaciones diplomáticas por parte del Departamento de Estado norteamericano, una segunda oleada de emigrantes cubanos llegó a Estados Unidos: si la primera fue de batistianos y asesinos que huían de la justicia revolucionaria, y algunos millonarios vinculados con el régimen de Batista, la causa en estos momentos se movía alrededor del miedo a encontrarse en una situación peligrosa: burgueses y muchos pequeños burgueses habían esperado para ver si el poderoso vecino norteño podía mantener el estatus de dominación con Cuba, pues aunque se había roto el mito de que en América no podía triunfar ningún movimiento contra el ejército, también parecía inconcebible desobedecer las órdenes de Washington. Ante la ruptura muchos se asustaron, pues intuían que se avecinaba una guerra militar, como en efecto ocurrió y prosiguió; por esa razón comenzaron a marcharse del país muchas personas de variado estatus económico, con la seguridad de que pronto volverían, cuando los “americanos hayan resuelto el problema”, y algunos hasta dejaron dinero escondido en sus casas para cuando regresaran.

Pero la Revolución estaba empeñada en avanzar con su pueblo y se preparaba con las armas de la cultura; para comenzar, se iniciaba una cruzada de alfabetización a todos los cubanos en el “Año de la Educación”; el 5 de enero fue asesinado el maestro ―negro y pobre― Conrado Benítez y las brigadas alfabetizadoras llevaron su nombre; se libraba una batalla inédita, no solo en Cuba, sino también en el continente, que afianzó definitivamente el poder revolucionario con la luz del conocimiento. El pueblo iría desarrollando una conciencia política más firme; Fidel y el gobierno provisional en estado de emergencia estaban seguros de que la Revolución era un proceso cultural permanente de sistemática construcción, y había que incorporar la cultura a la lucha revolucionaria, para que cada etapa histórica se consolidara a partir de razones incorporadas a la conciencia colectiva: la guerra era por la definitiva independencia y soberanía de la nación y sus ciudadanos tenían que conocer por qué se luchaba. Los dirigentes de la Revolución, que nunca le declararon la guerra a los Estados Unidos, se la declararon a la incultura, y eso fue precisamente lo que los gobernantes norteamericanos no toleraron, pues se atacaba la raíz de los hilos de la dominación. Los maestros, técnicos, especialistas, artistas, escritores e intelectuales… eran los aliados naturales de esta causa.

El 4 de enero del propio año 1961 se anunció la creación del Consejo Nacional de Cultura (CNC). La cultura artística y literaria se atendía entonces desde el Instituto Nacional de Cultura, una dependencia del Ministerio de Educación presidida por la doctora en Filosofía y Letras, y en Pedagogía, Vicentina Antuña, para mediar entre el gobierno y los artistas y escritores. El 16 de enero ―¡qué rápido se sucedían los hechos!― se hizo efectiva la Ley 926 del Consejo de Ministros que creó el CNC; se ratificó como directora a la Antuña, latinista recordada por los cursos en la Universidad Popular José Martí; el subdirector fue el ya prestigioso narrador y periodista Alejo Carpentier, y como secretaria fungió la luchadora comunista Edith García Buchaca. Entre los miembros del CNC se encontraban: María Teresa Freyre de Andrade, al frente de la organización de las bibliotecas; José Ardévol, compositor y pianista, fundador del Grupo de Renovación Musical, atendía la música; Marta Arjona, ceramista y muralista, se encargaría de las artes plásticas; en teatro y danza, se encontraba la periodista y activista cultural comunista Mirta Aguirre; en la organización de los aficionados estaba Isabel Monal; entre otros miembros de la junta, Nicolás Guillén, Alfredo Guevara, Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante.

De todas las fuerzas políticas que habían integrado la dirección de la Revolución en esos primeros años, los mejor preparados para llevar adelante un programa a favor de la promoción cultural eran los comunistas, pues tenían una Comisión de Cultura que había trabajado intensamente en la clandestinidad, se habían entrenado en diversas publicaciones, una emisora de radio como la Mil Diez o en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, institución creada desde 1951 que agrupó a reconocidos artistas e intelectuales para difundir lo mejor de la cultura nacional, vincularse al pueblo y rechazar la penetración de la subcultura imperialista con sus antivalores de egoísmo e individualismo. Aunque no todos los integrantes de Nuestro Tiempo eran militantes comunistas, la mayoría eran considerados por los agentes represivos de la dictadura batistiana como “filocomunistas” y algunos los mencionaban como “compañeros de viaje”; entre ellos se encontraban los músicos Harold Gramatges ―su presidente―, Juan Blanco, Manuel Duchesne Cuzán, Argeliers León, María Antonieta Enríquez, Edgardo Martín…; los cineastas Julio García Espinosa, Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea, Santiago Álvarez, José Massip…; los artistas de la escena Alicia, Alberto y Fernando Alonso, Vicente y Raquel Revuelta; así como otros intelectuales, artistas o escritores como Sergio y Mirta Aguirre, Marta Arjona, Rafaela Chacón Nardi, Félix Pita Rodríguez, Fornarina Fornaris…

Resulta muy importante conocer con mayor precisión los contextos culturales y políticos que precedieron a esas reuniones en la Biblioteca. Desde los años 40 el Grupo Orígenes estaba conformado por poetas, ensayistas, periodistas, profesores, artistas, a quienes unía el amor a Cuba y a José Martí, casi todos militantes católicos y agrupados en una revista que cristalizó con el mismo nombre del grupo; sus integrantes fueron: José Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, el sacerdote Ángel Gaztelu, Virgilio Piñera, Lorenzo García Vega, Justo Rodríguez Santos, Octavio Smith y Gastón Baquero ―este último, vinculado al reaccionario Diario de la Marina, y se había marchado para España al triunfo de la Revolución―, y formaban parte además, músicos como Julián Orbón, artistas de la plástica como Mariano Rodríguez o promotores como Agustín Pi, y otros jóvenes que se habían acercado al grupo. Fueron muy atacados antes de la Revolución por diversas fuerzas ―desde el reverenciado doctor Jorge Mañach hasta el popular poeta neorromántico José Ángel Buesa―, pues consideraban a Lezama, magister reconocido del grupo, como un poeta de lenguaje hermético cuya raigal cubanidad no comprendían o asimilaban. José Rodríguez Feo, quien financiaba la revista Orígenes (1944-1956), entró en discrepancia con Lezama por publicar textos con los cuales no estaba de acuerdo y fundó Ciclón (1955-1959); Piñera, distanciado también del maestro origenista, colaboró con Rodríguez Feo. Cuando el nuevo gobierno comenzó a confrontar problemas con la alta jerarquía de la Iglesia católica, el grupo Orígenes fue blanco de críticas.
Por otra parte, en los primeros años de la Revolución se mantuvieron funcionando la mayoría de los periódicos de la etapa anterior a 1959, como El Mundo y Prensa Libre; otros se legalizaron, pues habían operado en la clandestinidad, como Noticias de Hoy, órgano del Partido Socialista Popular (PSP), cuyo director había sido Blas Roca, desde mucho tiempo antes, secretario general del PSP, y que en ese momento era dirigido por Carlos Rafael Rodríguez, brillante economista y político muy respetado hasta por sus adversarios ideológicos. El nuevo periódico Revolución era el órgano oficial del Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-J), que había nacido en la clandestinidad en 1956, en las montañas de la Sierra Maestra; fundado por Fidel, su director fue Carlos Franqui, un luchador antibatistiano quien había militado en el PSP y se incorporó a la lucha guerrillera con el MR-26-J; Franqui también dirigía la emisora Radio Rebelde, por lo que tenía el control de los medios de información en representación de la fuerza revolucionaria que había llegado al poder con más prestigio. Revolución publicaba el semanario cultural Lunes de Revolución, a cargo de Guillermo Cabrera Infante, surgido el 23 de marzo de 1959 ―su último número fue del 6 de noviembre de 1961―; Cabrera Infante, hijo de comunistas y también exmiembro del PSP, había ejercido el periodismo con maestría y pericia narrativa, y también, la crítica cinematográfica con extraordinaria agudeza. Fidel, el artífice de la unidad revolucionaria, había sido muy cuidadoso e inclusivo en sus estrategias, para que todos los grupos que contribuyeron al derrocamiento de la dictadura batistiana, participaran en la construcción de la nueva sociedad.

Hoy y Revolución, diarios que representaban a dos de las tres fuerzas principales ―la otra era el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR-13-M)― se mantenían publicándose en los primeros años y en varias ocasiones expusieron sus respectivas argumentaciones y refutaciones; los dos avanzaban en sus contradicciones que hacia 1961 llegaron a ser antagónicas: los revolucionarios comunistas agrupados en su mayoría en el PSP de un lado y los revolucionarios anticomunistas o distantes del marxismo, dispersos en diferentes organizaciones de entonces, del otro lado; todos se habían agrupado en las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), pero es conocido que esa institución, muy frágil y temporal para mantener una unidad estratégica, funcionaba más bien como una organización táctica de transición. Las dos publicaciones, con sus magazines culturales, mantenían también diferentes posiciones ante las relaciones entre la política y la cultura: Hoy afirmaba el carácter rector de la dirección de la Revolución, incluso en los asuntos de la cultura; tenía en cuenta el pasado cultural cubano y deseaba revalorizarlo hacia una posición de defensa de la nación frente al imperialismo norteamericano; algunos de los colaboradores de Hoy seguían o se acercaron a los lineamientos del “realismo socialista” como método para impulsar esos objetivos. Revolución rechazaba la intervención o la intromisión de la política en los asuntos de la cultura; mantenía una posición muy crítica, algunas veces agresiva, hacia algunas figuras que consideraban representantes decadentes del pasado cultural; insistía con frecuencia o estaba muy interesado en incorporar más el legado internacional a la cultura cubana.

A la luz del distanciamiento que permite actualmente opinar con menos pasión y más objetividad sobre los resultados de estas publicaciones, pudiéramos aceptar que Hoy equilibró procesos de continuidad y ruptura con la cultura, e indagó en la necesaria identidad que fortaleciera la cultura cubana en la batalla frente a la asimilación norteamericana; sin embargo, tuvo errores al enfocar las relaciones entre política y cultura, y la mayoría de sus integrantes siguieron el mecanicismo al acatar o aplicar los presupuestos del realismo socialista zdanoviano; a pesar de que muchos de los militantes del PSP estuvieron al tanto de las críticas al estalinismo, la mayoría no midieron la gravedad de este proceso cuyas secuelas influirían en la posterior desaparición de la URSS, ni reconocieron, al menos públicamente, la real magnitud de los asesinatos de Stalin, por considerar que eran exageraciones promovidas por “el enemigo”. Revolución, por su parte, dejó un legado cultural significativo, con excelentes escrituras; registró el pulso de sucesos culturales del momento, tanto nacionales como internacionales, con calidad literaria, y, en sentido general, fueron más audaces en sus críticas y cuestionamientos; no obstante, cometieron errores en su tratamiento “dinamitero” a personalidades de la cultura como Lezama y Samuel Feijóo, no fueron inclusivos y mantuvieron posiciones autoritarias para descalificar algunas figuras y procesos de la cultura cubana; en sentido general, padecieron del pánico ante el avance estalinista, y aunque la historia demostró que no todos sus temores eran infundados, no pocos se escudaron en esas posiciones para disimular su anticomunismo. Lo que estaba ocurriendo era una lucha por el poder en los medios.

El escenario de contradicciones que hemos tratado de describir resulta mucho más complejo, pues este mapa cultural e ideológico incluye a integrantes respetados del PSP, el MR-26-J y el DR-13-M, con concepciones muy propias sobre la manera en que debían llevarse las relaciones entre política y cultura; otros involucrados no tenían conciencia del tema, pues para ellos o se hacía política o se hacía cultura, pero no veían muy clara su interconexión, por ingenuidad o desconocimiento. Asimismo, los jóvenes escritores y artistas en 1961, tenían al menos diversos grupos visibles con varios subgrupos. Entre los poetas por ejemplo, en un grupo se ubicaban los miembros de la llamada Generación del 50, que podía abarcar desde aquellos que habían sido publicados por Orígenes, entre los que se distinguían Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís; Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Antón Arrufat y José A. Baragaño, al lado de Lunes de Revolución; otros más cercanos al PSP, como Manuel Díaz Martínez, y quienes marcaban una posición antiorigenista de manera solitaria. El otro grupo de poetas fue El Puente, encabezado por José Mario, y varios jóvenes como Nancy Morejón y Miguel Barnet, también cercanos, respectivamente, a Nicolás Guillén y Don Fernando Ortiz; muchos de ellos también tenían criterios y experiencias muy disímiles en torno a las relaciones entre cultura y política.

Mientras el país seguía en pie de guerra después del ataque a Playa Girón, con muchos milicianos movilizados en las trincheras o en centros de trabajo, haciendo guardias bajo el frío y la lluvia, resultaba difícil, aunque posible, desentenderse de los dramáticos acontecimientos de esos momentos de cotidianos sabotajes. Aún se vivía la mística revolucionaria, los tiroteos diarios, las crónicas ensangrentadas en cada edición de los periódicos; el pueblo era muy susceptible ante cualquier ocupación que no fuera la lucha por mantener viva a la Revolución y que no regresara el pasado de inestabilidad y asesinatos: la apatía o el apoliticismo se consideraban traición. Se vivía el enfrentamiento diario a un enemigo poderoso que armaba en casi todas las zonas del país bandas para derrocar la Revolución, y en medio de esa pasión, podía ser un crimen mantenerse indiferente. Era común escuchar algunas expresiones que hoy pueden parecer duras o extremistas, como pedir “paredón”, pues no solo estaban frescos los asesinatos de la dictadura, sino que se sumaban los que defendían la preservación del orden revolucionario que se estaba forjando. Se trataba de una cruenta guerra no declarada, en que se estaba jugando todos los días la vida de las personas en las calles y en los campos.

En ese contexto se exhibió, en un canal de televisión controlado por Franqui, PM, documental que mostraba una experiencia formal llevada a cabo por los realizadores Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, con la colaboración en la cámara de Néstor Almendros. El corto presentaba algunos momentos de la vida nocturna de los sectores marginales habaneros, pobres y negros fundamentalmente, de manera especial la Avenida del Puerto y la Playa de Marianao, y se mostraba de manera realista la prostitución, la disipación en los bares donde se tomaba y jugaba, el toque de los tambores de músicos populares como el Chori, canciones, baile y la resaca hasta el amanecer: un clima y un ambiente. Para muchas personas entendidas en el arte cinematográfico, PM constituía una interesante experiencia; sin diálogos ni línea argumental, cámara en mano, se registraba lo que estaba sucediendo en un momento elegido con intencionalidad por los realizadores, para brindarle un testimonio al espectador, sin diálogos, a veces con largas secuencias ininterrumpidas, como la tensión de bailar con un vaso de cerveza sin derramarla. Un cambio de sensibilidad que concordaba con lo que ocurría entre los jóvenes ingleses del Free Cinema, a su vez influidos por el neorrealismo italiano y antecedentes de la Nueva Ola del cine francés, en reacción natural a la artificialidad del “cine perfecto” de Hollywood; de alguna manera, esos preceptos habían sido acogidos también por el recién creado Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) encabezado por Alfredo Guevara. Pero la anécdota de PM estaba bastante lejana a las preocupaciones fundamentales de la mayoría de los cubanos, y aunque esta era una realidad también, la elección de escenario y personajes les pareció inoportuna a algunos y otros la leyeron como una provocación.

Sabá Cabrera Infante, hermano de Guillermo, se había unido a Orlando Jiménez Leal, un camarógrafo que había realizado reportajes cinematográficos, y a Néstor Almendros, quien posteriormente sería un reconocidísimo director de fotografía ―Almendros había cursado en Nueva York y Roma artes escénicas, y en ese año realizó algunos documentales como Gente en la playa. Después de exhibirse PM por televisión se proyectó en el habanero cine Rex, y hasta Alfredo Guevara, que además de presidente del Icaic era el responsable de la exhibición de las películas en los cines, llegaron las quejas. Después de ver el documental, Guevara conversó con García Buchaca, y parece ser que esta, luego de consultas con algunos miembros del CNC elegidos por ella, decidió suspender su exhibición. Con PM no se siguió el procedimiento habitual para aprobar la exhibición de películas, mediante una Comisión de Estudio y Clasificación subordinada al Icaic. La protesta de los realizadores fue inmediata. En una reunión en la Casa de las Américas para analizar el tema, se acordó que el documental fuera analizado por las organizaciones de masas para decidir la conveniencia o no de exhibirlo. Fidel se enteró y solicitó al CNC convocar una asamblea con representantes de todos los sectores artísticos, literarios e intelectuales del país, sin exclusiones de ningún tipo, e insistió en que estuvieran representadas todas las tendencias, para reunirse con él junto a la más alta dirección del país.

Me he detenido en este preámbulo porque resulta imprescindible para sacar conclusiones acerca de los problemas que se dilucidaron a partir de la exhibición de PM: había una lucha por el control en la cultura, no se siguió el procedimiento legal establecido, se tomó la decisión unilateral de su suspensión, hubo protesta, como era de esperar, y cada cual entró en una puja por dominar esa parcela de poder. Fidel convocó a una reunión abierta e inclusiva, sin agendas ni condiciones, no con los no entendidos o los que podían tener opiniones desautorizadas, sino con quienes suponía aptos para arrojar luz, y no tanto para conversar sobre el documental, sino para analizar las relaciones entre cultura y política. El líder de la Revolución no había cumplido 35 años y la mayoría de los convocados pasaba de los 40, algunos con mucha experiencia en el trabajo cultural y político. Fue la oportunidad para mostrar con claridad y suficiencia un despliegue conceptual de los problemas de las relaciones entre política y cultura, en la situación concreta de la lucha de Cuba por ser independiente, en la guerra no declarada por los Estados Unidos, y ante el jefe de la Revolución; para que esto fructificara, los pensadores, científicos sociales, artistas, escritores, periodistas… que se reunían, deberían haber analizado con suficiente objetividad la realidad social, cultural y política, incluida la económica, y las preocupaciones reales del sector. Sin embargo, en la primera sesión convocada, con la presencia del presidente de la República, Osvaldo Dorticós, y de Fidel Castro, costó trabajo “romper el hielo” en las intervenciones, y Carlos Rafael Rodríguez hubo de exhortar a que se hablara sinceramente. Virgilio Piñera expresó el miedo que se tenía ―o que él tenía―, a que se implantara una “cultura dirigida”. En realidad, se asomaba el miedo al estalinismo.

Aunque puede haber más fuentes, es útil comparar tres de ellas para analizar las intervenciones en las tres sesiones de la Biblioteca: las transcripciones de los debates de la “Conferencia de intelectuales y artistas celebrada en la Biblioteca Nacional José Martí”, del archivo personal de Edith García Buchaca, y las memorias de Lisandro Otero ―Llover sobre mojado, 1ra. ed., Editorial Planeta, S.A., México D.F., 1999―, para lo cual han sido muy útiles los apuntes de Caridad Masson Sena En los márgenes de la memoria (Conversando con Edith García Buchaca), fechados en La Habana en noviembre de 2006, que me llegaron vía email. Se debatió si la cultura de la población era baja o alta, si los artistas y escritores asumían actitudes elitistas o populistas, si la crítica era benigna o inexistente, o sobre cómo debían ser las relaciones entre el poder del Estado y el individuo; se manifestaron serias preocupaciones con matices distintos acerca de la convivencia entre criterios diferentes o posiciones filosóficas divergentes y algunos insinuaron inquietudes en torno a la religión y el emergente ateísmo; se analizó la necesidad de tolerar diversas posiciones en el arte a partir de la formación de artistas y escritores, así como sus diferencias temáticas; se trató el rechazo al escapismo y la necesidad de la experimentación; se insistió en la subordinación de lo colectivo a lo individual ―algunos análisis simplistas rechazaron la “poesía hermética” o a la “pintura abstracta”… Posiblemente la primera gran intervención fue la de Julio García Espinosa, quien situaba el problema cardinal: las relaciones ideológicas de la política y el arte, los límites de la “libertad de expresión” y los derechos de las instituciones; García Espinosa se lamentó de la oportunidad que se desperdició para debatir sobre esos temas entre artistas y escritores en Casa de las Américas, y de la ausencia de crítica profunda que delimitara la calidad artística de la propaganda política, los traslados mecánicos de las técnicas cinematográficas de un país a otro, y se cuestionó ciertos análisis en la relación arte-pueblo.

La segunda gran intervención la realizó Heberto Padilla para debatir algunos de los puntos lanzados por García Espinosa, y comenzó el fuego: Padilla criticó al Icaic por no analizar con los realizadores de PM los problemas señalados, y la postura de uno de sus compañeros del Instituto, presente en los debates de Casa de las Américas, quien pidió fusilamiento, por contrarrevolucionarios, para los realizadores del documental; por ello consideró muy peligroso que no se definiera la actitud contra el estalinismo. Aunque Dorticós preguntó que si lo de los fusilamientos era en broma o en serio, y Tomás Gutiérrez Alea aclaró que el señor que había intervenido con esas expresiones no representaba al Icaic, Padilla volvió sobre lo peligroso de no aclarar tales situaciones. Una intervención posterior de Rine Leal sobre la expulsión de Néstor Almendros de la revista Bohemia esa misma semana, sin que se lo comunicaran oficialmente, evidenció que desde aquellos momentos se estaban empleando métodos semejantes a los estalinistas por parte de algunos funcionarios o instituciones, lejos del proceso de emancipación y transparencia que promulgaba la Revolución. Por otra parte, Padilla plantea que si el Icaic era una institución “de la Revolución”, quienes escribieran en la prensa revolucionaria no podrían criticar las películas producidas por el Instituto, según un razonamiento de García Buchaca, y se pregunta por qué a Historias de la Revolución de Tomás Gutiérrez Alea y Cuba baila de Julio García Espinosa, no se les criticaron “problemas” parecidos a los imputados a PM. A pesar de que Eduardo Manet rebatió a Padilla poniendo varios ejemplos de libertad de expresión, el debate entre García Espinosa y Padilla merece hoy otras interrogantes a la luz de la historia: ¿más allá de recientes textos de ensayistas que han contribuido por su cuenta al tema, existe algún análisis o balance a cargo de decisores políticos sobre las prácticas de neoestalinismo tropical en la cultura dentro de la Revolución cubana?; ¿ante el actual contexto, en que todo se ha transformado ―el clima político, los creadores, las instituciones, los medios…―, cuáles serán los límites entre la libertad de expresión de los creadores y los derechos de las instituciones y los medios en la Revolución? Son debates que ya muchos implicados están reclamando.

La extensa, apasionada y a veces agresiva intervención de Alfredo Guevara ante las críticas de Padilla al Icaic, también puede considerarse aportativa, aunque continuaba el fuego; el presidente del Icaic insistía en la importancia de la crítica, y lo fundamental de la postura ante la vida de quien la emitía, para definir sus objetivos, y estimarla o desconocerla, según lo constructiva o destructiva que resultara. Arremetía directamente contra Lunes de Revolución, acusándolo de entrar en modas y ligerezas en el quehacer crítico y de no respaldar el cine socialista; defendió con vehemencia las películas producidas por su organismo y pasó a la ofensiva con ejemplos de que en Lunes se aplastaba a los trabajadores de la cultura que no compartieran los criterios de su dirección, y que se practicaba un terrorismo cultural contra los miembros de Orígenes. Pablo Armando Fernández, entonces subdirector de Lunes, se refirió a la utilidad del semanario y a los diversos autores, artículos y temas recogidos, además de aclarar que no habían publicado crítica cinematográfica; admitió que en determinado momento se excedieron con Lezama, pero después se le había pedido colaboración y lo admiraban y respetaban. El debate entre Guevara y Fernández fue el preámbulo para la intervención de Guillermo Cabrera Infante, quien aseguró que como crítico de cine no había escrito en Lunes, y lo sucedido a Néstor Almendros no había sido por participar en PM o defenderla, sino por criticar al Icaic; emplazó, asimismo, al crítico José Manuel Valdés Rodríguez, quien había tenido una intervención ambigua, al preguntarle si consideraba que PM era o no contrarrevolucionaria; Valdés Rodríguez se limitó a responder que “completamente extemporánea”, y alguien en el público le dijo que él había expresado que le había gustado mucho… El director de Lunes afirmó que las opiniones positivas del periodista Robert Taber, de la cadena norteamericana CBS, expresadas en un artículo que El Mundo no publicó, lo habían convencido de que presentar PM por televisión podía ser positivo, pues las personas que frecuentaban los bares eran las mismas que estaban dispuestos a combatir y morir por la Revolución.

Como puede notarse, esta reunión ante la máxima dirección revolucionaria, tampoco se aprovechó para tratar temas conceptuales, sino para ajustar cuentas personales. Otros problemas circunstanciales, como la discusión de un artículo del poeta Baragaño, comentarios inapropiados al calor de las discusiones o comparaciones inadecuadas, dejaron la impresión de que nuestros intelectuales no estaban preparados o no alcanzaron altura para un debate conceptual. Una intervención decisiva para comenzar a entender las verdaderas razones ideológicas que se debatían, fue la de Carlos Rafael Rodríguez, director de Hoy, quien confesó no haber visto la película; se extendió explicando la importancia del conocimiento del marxismo para comprender la sociedad moderna, y después se refirió al papel de la crítica, enfatizando que en Cuba no existiría nunca un “crítico oficial”, que la cultura jamás iba a ser dirigida, pero que era inevitable una burocracia para su ejercicio; argumentó la tesis leninista de la existencia de dos culturas y expuso una idea que en mi opinión resulta esencial para entender estos desencuentros: la cultura no es solo el arte y la literatura, es la ciencia y la técnica, los análisis sociales, incluida la política… Todo. Algo que ciertos políticos de ahora mismo olvidan, no saben o no comparten, porque todavía padecen de la segregación del pensamiento positivista, una errática manera de hacer política, o una deformación en que no se da el frente a la discusión de las ideas, quizás por no encontrarse preparados o por el temor a equivocarse.

Carlos Rafael Rodríguez en su intervención fue el único que entabló un verdadero diálogo con Padilla y Franqui ―con el primero, debatió con ventaja, a pesar de no ser tema de su especialidad, sobre la poesía de Eliot y Neruda―, y expresó claramente algunos conceptos que parecían heréticos en ese contexto, como aclarar que él no pensaba que todo el que tuviera dinero y lo defendía era detestable, porque era su naturaleza como resultado de un sistema, y razonó de manera clarividente sobre el concepto de libertad, preguntándose: “¿libertad de quiénes?, ¿libertad para qué?”. Estaba razonando sobre los verdaderos límites que no podían faltar, porque podían afectar las condiciones y la fuente de libertad que era la Revolución misma; creo que hoy debemos volver a discutir, sin paranoia ni ingenuidades pero con responsabilidad y realismo, la verdadera eficacia de esos límites a la luz del mundo y de la era Gates que vivimos. Rodríguez fue agudo en relación con el estalinismo, al precisar que muchos se escudaban en ese temor porque eran anticomunistas, y fue sincero al sumarse a las críticas que ya había hecho el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en materia de la conexión política-cultura en los tiempos de Stalin; sin embargo, creo que no evaluó en toda su gravedad y dimensión lo que ya se conocía sobre Stalin, sus purgas y depuraciones que se pagaban no pocas veces con la vida, y lo convertían en un asesino despiadado de sus propios compañeros; tampoco calculó en lo que podían convertirse estos perversos métodos y proyecciones verticalistas, dogmáticos y burocráticos, pues si bien estaba convencido de que en Cuba tales asesinatos no se darían, tampoco previó que una errática proyección político-cultural prohijaría procedimientos opresivos, ajenos a la emancipación deseada y promovida por la Revolución cubana.

Antes de que hablara Fidel, la última intervención, que en su inicio prometía un mayor aporte, fue la de Carlos Franqui, quien comenzó sus palabras defendiendo la legitimidad revolucionaria del documental PM porque no reflejaba la vida de los ricos en el hipódromo, y justificó el miedo de todos por la acusación de contrarrevolucionarios a sus realizadores y por la atmósfera formada alrededor de la exhibición. Sin embargo, pronto se dedicó a batirse también con fuego directo y defender las posiciones de Lunes y de Revolución, a analizar el nivel en sus publicaciones y se disculpó con Lezama por haberse excedido en sus ataques personales, confesando que se sentía responsable de ese acoso; afirmó con énfasis que había que crear una cultura nueva revolucionaria, admitió de la existencia de personalidades de fama universal como Nicolás Guillén, Alicia Alonso, Alejo Carpentier y Wifredo Lam, quienes estaban al lado de la Revolución, y elogió su actitud; se refirió asimismo a la falsedad de contraponer arte purista y artista comprometido, y marcó la diferencia entre el arte y los artistas. Franqui confesó haber sentido más libertad en la Unión Soviética que en los Estados Unidos, y, por último, consideró que los artistas y escritores debían integrarse y comprender más a la Revolución. A la luz de la Historia, estos dos últimos mensajes pudieran parecen encaminados a quedar bien con el auditorio.

El tercer y último día de las reuniones en la Biblioteca fue para escuchar a Fidel, quien había permanecido atento, atendiendo a todos y haciendo apuntes, con efímeras intervenciones o interrupciones, especialmente para hacer alguna pregunta. La mejor intervención de estas reuniones, sin lugar a dudas, fue la del líder de la Revolución; quizás por esa razón se han tomado sus palabras como documento programático de la política cultural posterior, aunque sabemos que su intervención fue circunstancial, y, como ha dicho Aurelio Alonso, se trataba de “un ejercicio de pensamiento”, un discurso que armó sobre apuntes. Fidel va al grano rápido y directo: “En el fondo, si no nos hemos equivocado, el problema fundamental que flotaba aquí en el ambiente era el problema de la libertad para la creación artística”. Le pregunta al auditorio: “¿Es que nosotros creemos que la Revolución no tiene peligros?” y razona sobre la libertad, pues si la Revolución había traído al país una suma muy grande de libertades, no podía ser por esencia enemiga de ellas. Fidel no temió expresar y analizar la palabra “libertad”, hoy secuestrada por los enemigos de ella, como lo fueron en diferentes épocas las expresiones “derechos humanos” y “democracia”. Hoy es necesario retomar los conceptos de libertad, sin creer que le hacemos un favor a los mayores enemigos de las libertades; de la misma manera que defendemos importantes derechos humanos ―y deberíamos estar conscientes de que aún nos falta profundizar en algunos, no porque los yanquis lo señalan, sino por convicciones socialistas―, y al fin manejamos el concepto de “democracia socialista” ―definitivamente triunfante sobre el de “dictadura del proletariado”. No podemos renunciar al debate sobre la libertad, que en su concepto más amplio significa emancipación, es decir liberación de todas las opresiones.

El objetivo final de Fidel, dirigiéndose a grupos y personalidades de la cultura, algunas veces desencontrados o en oposición, fue lograr una plataforma de unidad amplia, sin descartar matices y criterios diversos en torno a la política de la Revolución, para continuar con la emancipación que se había iniciado el primero de enero de 1959; este pacto de unidad sin unanimidad debía conseguirlo, primero, en la dirección de la Revolución, pero también entre los revolucionarios, y, además, entre todo el pueblo cubano: una tarea de gigante que cumplió en aquellas circunstancias. Partiendo de los derechos, dejó bien claro y reafirmó que la Revolución cubana era fuente de derechos y justicia social, por lo que debía defender sus propios derechos bajo un equilibrio que todavía hoy es un desafío: no aplastar las libertades de los creadores ni de nadie, y al mismo tiempo, afianzar el derecho de las instituciones de la Revolución que garantizan esas libertades; no se le podía dar armas a un grupo para actuar en contra de otro, pero tampoco se podía desentender de todos con una tolerancia irresponsable que contribuyera a la destrucción de la fuente de las libertades; ni dogma para aplastar la libertad, ni fe ingenua que asista a su quebranto de ella y al del proyecto revolucionario. Aun en el difícil contexto que hemos descrito, Fidel afirmó que “la Revolución solo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, incorregiblemente contrarrevolucionarios”, es decir, los enemigos recalcitrantes dispuestos a destruir la fuente de derechos, incluida la libertad. De ahí la llevada, traída, reinterpretada y manipulada frase: “dentro de la Revolución todo; contra la Revolución nada”.

Fidel enunció un compromiso revolucionario ―es decir, libertario o emancipatorio― en las relaciones entre política y cultura, esencial para el estatus cubano e inédito en las tradiciones socialistas. Su larga intervención se convirtió en una manera nueva de comunicación que razonaba e intuía de manera pedagógica las preocupaciones del auditorio, y no solo tuvo en cuenta el concepto más amplio de cultura expresado por Carlos Rafael Rodríguez, sino que trajo un tema que ningún creador allí había considerado con la profundidad que merecía: los receptores de cultura. Validando su verdadero espíritu democrático, manifestaba su impaciencia para que la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) llegara a más personas, el Ballet Nacional de Cuba (BNC) pudiera hacer mayores presentaciones en lugares donde no conocían el lenguaje de la danza, el cine con sus inversiones en el Icaic estuviera en condiciones de visitar a todos los sitios de la geografía cubana, el libro mediante las extensiones de la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM) penetrara en zonas de difícil acceso… Estaba empeñado en elevar el nivel de recepción cultural del pueblo, porque estaba convencido de que la cultura era la mayor garantía posible de libertades, y por eso se extendió en el nacimiento del movimiento de instructores de arte. Su mirada abarcaba no solo al emisor de cultura, sino a un receptor culto que había que formar, y que de alguna manera compulsara al creador hacia un mayor nivel. El líder de la Revolución se dio cuenta de que no solo se necesitaba al mediador estatal, el CNC, sino también una asociación de creadores que hiciera contrapartida a los funcionarios estatales. El 18 de agosto de ese año se celebró el Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba, cuyo acuerdo principal fue la fundación de la Uneac, y eligió de manera unánime a Nicolás Guillén, una figura indiscutible, para esa tarea; el 8 de mayo del año siguiente se creó la Editora Nacional de Cuba, pues ya se sabía que no bastaba con una imprenta, sino que hacía falta un editor como Alejo Carpentier, su primer director, para proseguir con equilibrio y diversidad el “seguimiento” cultural de lo iniciado en la campaña de alfabetización.

Lamentablemente, después de todas estas fundaciones se profundizaron las contradicciones emergidas en los debates de la Biblioteca, y desde las palabras de Fidel surgieron dos tendencias que avanzaron hasta hacerse irreconciliables: una, abierta e inclusiva, que proclamaba mayor libertad, y otra que restringía la libertad sobre una base sectaria, dogmática, burocrática y de exclusiones. Las contradicciones entre grupos definidos en diversas instituciones que promovían la cultura, se agudizaron hacia 1968, un año de definiciones que inauguraba otra etapa de la Revolución ante el acoso económico, financiero y comercial de Estados Unidos, pues como no se había podido vencer a Cuba por las armas, se ensayaba otro tipo de guerra: matar de hambre, privaciones y necesidades al pueblo cubano, aprovechando un talón de Aquiles en la Revolución: la ineficiencia económica. En enero de 1968 se celebró el Congreso Cultural de La Habana con más de 400 delegados y 100 periodistas invitados de todo el mundo, y allí se discutieron asuntos cruciales como las relaciones entre cultura e independencia, la formación integral del ser humano, la responsabilidad del intelectual en la sociedad, las conexiones entre cultura y medios de comunicación o los vínculos entre la creación artística y el trabajo de la ciencia y la técnica, temas que hoy, con leves cambios de formulación, sería muy productivo analizar. Fidel no pudo estar en los debates porque se preparaba para el juicio que encausó a la microfracción de 35 militantes del PCC, encabezada por Aníbal Escalante; según el criterio de esa facción cuyos miembros provenían del PSP, el Primer Ministro era un pequeño burgués que había hecho la revolución de Febrero, y ellos, con Aníbal al frente, serían los proletarios que harían la de Octubre. Otra vez la oreja peluda del estalinismo, solo que esta vez estaban complotados en una conspiración contra el líder de la Revolución.

Entre 1968 y 1971 se agudizó la crisis económica en Cuba por el vigor del bloqueo norteamericano y la ineficiencia o inexperiencia de cuadros económicos puestos al frente de empresas que en no pocos casos habían sido muy productivas antes de la Revolución; los empeños de Fidel porque Cuba alcanzara la autosustentabilidad económica, sin dependencias, se frustraron con el fracaso de la Zafra de los Diez Millones, que no llegó ni siquiera a nueve millones de toneladas de azúcar, el principal renglón de exportación del país. Ya desde 1968, con la Ofensiva Revolucionaria, anunciada el 13 de marzo de ese año, se había producido la estatalización de la mayoría de los negocios privados. Casi sin opciones viables, después de 1970 se inclinó la balanza hacia la influencia militar, económica, financiera, comercial, política… y cultural de la URSS. Con el llamado Caso Padilla se levantó una estruendosa y prolongada polémica que desencadenó un proceso que otra vez enturbió la política cultural de la Revolución, enrareció valiosas relaciones con intelectuales latinoamericanos y europeos, y marginó a reconocidos creadores cubanos. Como se conoce, el “caso” se desató cuando Heberto Padilla ganó el Premio de Poesía Julián del Casal en 1968, de la Uneac, y el libro fue publicado con una “Declaración de la Uneac” firmada por su Comité Director, que argumentaba que el cuaderno de Padilla y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, premio del concurso de teatro de ese mismo año, servían a los enemigos de la Revolución y sus autores colaboraban como caballo de Troya para cuando el imperialismo yanqui decidiera agredir militarmente a Cuba otra vez.

El Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, celebrado entre el 23 y el 30 de abril de 1971 en el cine Radiocentro ―hoy Yara― con la participación de 1 700 delegados, que aprobó la política educacional y cultural del país para los próximos años, fue el momento de mayor negación del espíritu de “Palabras a los intelectuales”. En su declaración final se examinó la moda y se evaluó de “extravagancia” la presencia exterior de algunos artistas y escritores; se arremetió contra los religiosos y se pusieron de manifiesto los grandes prejuicios con la religión; se definió al homosexualismo como “patología social”, se enmarcó dentro de la “actividad antisocial” y se planteó la necesidad de realizar “saneamientos de focos”; se trataron los medios masivos de comunicación solamente como armas ideológicas y políticas; se abordó la famosa “parametración” para trabajar en instituciones artísticas y literarias, y se revisaron las bases de los concursos y premios, así como las condiciones para invitar a jurados, en que se deberían excluir a los “falsos intelectuales” con sus “esnobismos y extravagancias”, al “homosexualismo y demás aberraciones sociales”; se decidió desarrollar en la música “programas didácticos en los que se estudie el carácter y origen de la música cubana”, imponiendo a la radio y a la televisión un porcentaje de la música que estos parametradores consideraban “cubana” o cantadas en español; en un afán por “masificar” la cultura, se estimó de manera demagógica que todo el pueblo se podía convertir en artista o escritor; se condenó a “los falsos escritores latinoamericanos” y se rechazaron “las pretensiones de la mafia de intelectuales burgueses seudoizquierdistas de convertirse en la conciencia crítica de la sociedad”. De esta manera, se liquidaba la crítica, partiendo de que las obras revolucionarias creaban la conciencia colectivista y lo demás era “diversionismo”. Muchos artistas y escritores se quedaron sin trabajo, a unos le impusieron el silencio y otros se fueron del país.

En estos ya lejanos años, el compromiso con la URSS llegó a su máxima expresión a partir del 26 de octubre de 1971, cuando, como nos hacía recordar Jorge Fornet en El 71, en el periódico Granma apareció un titular en letras rojas en alfabeto cirílico que daba la bienvenida a Alexei N. Kosiguin y saludaba a la Gran Revolución de Octubre. Cuba entró en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) ―formado alrededor de la URSS― el 11 de julio de 1972; en la Plaza de la Revolución se gritaban tres ¡Hurras! como preámbulo a la visita de Leonid Ilich Brezhnev, ocurrida el 28 de enero de 1974. Esta etapa, a partir de 1971, se conoce como Quinquenio Gris ―nombre acuñado por Ambrosio Fornet a partir de sus estudios de la narrativa cubana, y después extendido a diversos géneros y manifestaciones de la cultura; algunos han dicho que fue un “Decenio Negro” y Salvador Redonet lo llamó “La Mala Hora”. En literatura, se privilegiaron los textos apologéticos, sin conflictos o “sinflictivos”, expuestos bajo una sociología vulgar de personajes estereotipados, que confundió la literatura con la política; fueron promovidas poéticas con temas de la actualidad más inmediata, aparentemente más útiles a la propaganda y a la más amplia comunicación ideológica: un discurso directo que se desgastó muy rápido, y aunque hubo algunas singularidades decorosas, también se publicaron no pocos ripios incapaces de servir ni a la política ni a la literatura; se “abarató” la manera de hacer poesía y varios cuadernos muy promovidos entonces, quedarían con el tiempo a merced de “las oscuras manos del olvido”, sepultados por la pésima propaganda construida a base de frases hechas del habla coyuntural y consignas que hoy parecen ambiguas o absurdas. El resto de las manifestaciones culturales como el teatro, el cine, las artes plásticas y las artes escénicas, padecieron semejantes “parametraciones”.

A partir de 1976 se abrió una nueva etapa caracterizada por la institucionalización y los intentos de democratización de la sociedad cubana. En el I Congreso del Partido Comunista de Cuba, en diciembre de 1975, se delinearon las bases institucionales y a partir de 1976 cesó el mandato de un gobierno provisional revolucionario, al instituirse una asamblea representativa para el legislativo y reestructurarse el ejecutivo con una nueva Constitución y una nueva división político-administrativa. El 30 de mayo de 1977 los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos intercambiaron notas diplomáticas en Nueva York y acordaron la apertura simultánea de una Sección de Intereses de los Estados Unidos en la embajada de Suiza en La Habana, y otra en la embajada de Checoslovaquia en Washington. El crecimiento económico en estos años fue considerable y se materializó en índices sociales positivos; la zafra azucarera 1977-1978 fue de 7 300 000 t de azúcar, la segunda más voluminosa de la historia de Cuba, sin que casi nadie se enterara, y aumentaron a ritmo creciente algunas producciones ―por ejemplo, en febrero de 1979 se dio a conocer que la captura de 200 000 toneladas de pescado en 1978, la mayor que se había hecho en el país.
En estas condiciones, al constituirse la Asamblea Nacional del Poder Popular, su Ley núm. 1 fue la del Patrimonio de la nación cubana; se creó el Ministerio de Cultura (Mincult) y su sistema de instituciones. El MINCULT, presidido por Armando Hart, creó las condiciones propicias para el desarrollo de una acertada política cultural relacionada con el arte y la literatura. La actuación de Hart fue decisiva para lograr una nueva organización que solucionara los problemas ocasionados por actuaciones erráticas y prácticas fallidas en el período anterior. Se logró un mayor reconocimiento social a figuras y personalidades de la cultura, al lograr una relación profesional con las instituciones; se estableció una política cultural basada en el respeto y la confianza a los creadores, un rechazo al dogma y al burocratismo, una delimitación lúcida entre estética y política, mayor aceptación hacia las diferencias individuales en la creación, más reconocimiento a los espacios experimentales, comprensión de la necesidad del debate, la polémica y la crítica… Tales condiciones se fueron creando de manera paulatina, con mayor o menor fortuna, matizadas todavía de incomprensiones, en una lucha caracterizada por desajustes, retrocesos, incoherencias, zigzags… tal y como correspondía a la heterogeneidad de los ejecutores de la política cultural y a la complejidad de su campo de acción.
Actualmente nos encontramos en otra etapa muy diferente, caracterizada por el antecedente del arrasamiento económico y social del Período Especial para tiempo de Paz iniciado en 1989. Ante la advertencia de Fidel de que “la cultura era lo primero que había que salvar”, se preservaron, hasta donde se pudo y con muchas cuestiones pendientes aún, algunos valores culturales del socialismo cubano, desgraciadamente no tan “universales” como enfáticamente proclaman los estadounidenses los suyos. Nuestros jóvenes de hoy son los niños nacidos en aquellos años, que crecieron sometidos al trauma del “desmerengamiento” del socialismo del siglo XX, al hundimiento de la economía cubana y en un ambiente de potenciación del neoliberalismo. Bajo una debilísima economía de sobrevivencia, de estructuras vencidas y de falta de cuadros capaces, entre otros factores, se resintió demasiado la calidad de la enseñanza por la emigración de maestros y el deterioro de las escuelas y la base material de estudio; todo ello contribuyó a una ruptura abrupta de los procesos docentes y educativos que se habían creado desde los primeros años de la Revolución. Estos problemas han tenido su efecto con posterioridad: los conocimientos se simplificaron, el enfoque de la Historia y de las disciplinas de las ciencias sociales no se actualizó a la luz de las nuevas condiciones, y se produjo un ambiente de deterioro educativo y ético.

Otro aspecto que ha contribuido al desconocimiento de la historia y a la carencia de debate de la realidad, ha sido la pésima política informativa, plagada de triunfalismos y falta de objetividad, con esquemas arcaicos y sin dinamismo ni operatividad, seguida durante demasiado tiempo frente un escenario que cambió totalmente. La falta de entrenamiento para discriminar la información que se difunde con celeridad por los medios electrónicos, el empoderamiento de matrices de opinión ajustadas a la conveniencia de los monopolios de la información y la poca capacidad de respuesta, han provocado una situación de distorsión y desventaja que debemos enfrentar con inteligencia. Los jóvenes tienen una gran responsabilidad ante los desafíos y retos planteados, ahora que hay embajada norteamericana y la vía militar no es la primera opción para derrotar a la Revolución, con un teatro de operaciones totalmente diferente, en que los medios culturales se han tecnificado y sofisticado, y se requiere mayor pericia para dominarlos y flexibilidad para entenderlos, en una sociedad que cada vez acepta menos las prohibiciones, verticalismos, autoritarismos, burocracias y falsos liderazgos. En este nuevo contexto, quienes redefinan y regulen las relaciones entre cultura y política, lo primero que deberán conocer bien son todos los elementos, con todos los matices y sin prejuicios, ni mitos o paranoias, en profundidad y calado, las verdaderas causas que generaron aquellos debates de “Palabras a los intelectuales”. Habrá que partir del espíritu de aquellos mensajes para refundar ―insisto en que se trata de refundación, no de reestructuración― las instituciones culturales, si queremos contribuir de manera eficaz y verdadera desde el largo camino de la Historia, a combatir la enajenación que provoca la opresión y a afianzar las libertades que aseguran la emancipación humana.

JUAN NICOLÁS PADRÓN

Julio-agosto de 2015

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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