El reto de las ciencias sociales en la Cuba de hoy

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Fernando Martínez Heredia

(Intervención en el espacio Dialogar, dialogar, de la Asociación Hermanos Saíz, dedicado al tema del título. Pabellón Cuba, 30 de septiembre de 2015)

Los problemas sociales que analizamos se refieren a hechos y procesos que, entre otras diferencias entre sí, tienen la del grado de permanencia de sus aspectos principales. Las ciencias sociales y sus problemas combinan un acumulado de características e historia propias con diversos condicionamientos que es imprescindible tener muy en cuenta al abordar la situación y los problemas de su coyuntura, aunque, como sucede siempre, lo esencial es lo que se piense y se haga, o no, en la actualidad.

A lo largo de mi vida, además de trabajar con ciencias sociales, me he visto en la necesidad de pensar acerca de ellas en general, y también acerca de ellas en Cuba. He escrito cierto número de textos sobre esos temas y no pretendo insistir sobre lo dicho. Pero atendiendo a lo que acabo de plantear, les ruego tener en cuenta el tipo de abordaje de la cuestión que he utilizado. Añado que siento una fuerte preocupación al revisar textos que escribí hace tiempo: comprobar que, lamentablemente, no han envejecido en cuanto a ciertas deficiencias y vacíos graves que expongo en ellos, y también que siguen vigentes reclamos que hacía desde entonces.

El tema que nos propuso Elier es realmente muy vasto, y el propósito de estas intervenciones iniciales debe ser presentar rasgos, ideas y preguntas que instiguen a los presentes a participar y dialogar. Entonces, no intentaré una intervención ambiciosa y totalmente organizada, sino exponerles un grupo de comentarios y valoraciones mías que puedan ayudar a abrir el debate, y ponerme a la disposición de preguntas y objeciones en la medida de mis posibilidades.

En realidad, hay un buen número de estudios e informes acerca de las ciencias sociales cubanas que tienen calidad y suelen incluir sugerencias o recomendaciones. Pero no parecen conseguir muchos efectos prácticos. No percibo que avancemos lo suficiente en la superación de las limitaciones y deficiencias principales que aparecen en esos resultados e informes, y eso revela grandes dificultades para plantearse y enfrentar seriamente los problemas y, por tanto, dirigirse hacia su solución.

Por ejemplo, un texto de hace casi tres años expone datos generales muy valiosos, destaca el gran crecimiento numérico y la calificación especializada del personal con que se cuenta, los notables avances registrados en investigaciones, el sistema de instituciones del sector y el reconocimiento que reciben esas labores. Pero a continuación hace una larga enumeración de deficiencias, obstáculos y limitaciones que se padecen. Entre ellos destaco la poca utilización de los resultados de investigación, escasa visibilidad y publicaciones de ciencias sociales, casi cero divulgación y vínculos con la población, gran falta de recursos, deterioro de la infraestructura, sistema de retribución insuficiente y trabas burocráticas a la colaboración y los intercambios internacionales.

Por cierto, ese informe afirma también que el pensamiento teórico está desvalorizado y se realizan muy pocas investigaciones y publicaciones en ese campo. Y que se investiga muy poco acerca del socialismo, y que los jóvenes investigadores suelen desconocer el marxismo.

Es necesario para nuestro tema reiterar las diferencias entre pensamiento social y ciencias sociales. En forma breve las expuse en la “Nota del autor” del libro El ejercicio de pensar. Al mismo tiempo, es imprescindible defender la necesidad de vinculaciones entre el pensamiento social y las ciencias sociales. Una debilidad que puede ser fatal para estas últimas es que aquellos que las practican carezcan de referentes y desconozcan las posiciones de pensamiento social, y pretender cada ciencia social que no los necesita y que su alcance se contrae a ella misma. La corriente principal de la academia y del ejercicio profesional de ciencias sociales en el mundo actual, que está controlada por el imperialismo y responde a su estrategia, ha logrado reducir los ámbitos y el alcance del pensamiento social, a la vez que hace predominar la creencia en los científicos sociales de que en realidad no lo necesitan. Necesitamos conocer los contenidos y el despliegue de ese proceso del dominio capitalista del pensar, que ha ido, en una síntesis demasiado breve, del dominio del llamado pensamiento débil al del llamado pensamiento único, y a la realidad desoladora de hoy, en la que lo se pretende –y no le faltan algunos éxitos— es la eliminación de todo pensamiento, el ningún pensamiento, una suerte de proceso de idiotización de masas.

Si permitimos que ese retroceso descomunal de las capacidades y las cualidades humanas se instale entre nosotros, que se vuelva creencia compartida y sentido común, tendría consecuencias funestas, y sería un factor importante del desarme ideológico que trata de ganar terreno en nuestro país.

El desafío es difícil de enfrentar y resolver satisfactoriamente. Sus raíces, si prescindimos de algunas más antiguas, vienen de la imposición de manera muy autoritaria, a inicios de los años setenta, de una versión sumamente deformada y reducida del marxismo, cuyos rasgos ya se conocen, que invadió y pretendió regir prácticamente todos los campos del entendimiento y de la vida cívica, y que resultó muy dañina. Hace veinticinco años, mientras la rectificación de errores impulsada por Fidel se empantanaba, el gran desastre final del llamado campo socialista de donde aquel engendro provenía cambió la situación, pero no pudo ser de un modo que restaurara el esplendor del pensamiento del socialismo cubano y abriera paso a una nueva fase de su desarrollo. En medio de una abrumadora crisis económica en Cuba y del desprestigio del socialismo en el mundo fue perjudicado todo marxismo, y no solo el mal llamado marxismo-leninismo. De entonces a hoy, otros factores le han puesto trabas a una recuperación socializada del pensamiento marxista revolucionario en nuestro país.

Para situar los problemas y las fuerzas y debilidades de hoy, necesitamos tener conciencia clara de varias constantes que operan. Una es que, como tendencia principal, la formación en ciencias sociales posee un fuerte componente de preparación para servir a la dominación, tanto en su desempeño como forma de profesionalización especializada que tiene funciones que cumplir, como por la corriente ideológica que resulta dominante en su campo de acción y en la vida de sus profesionales. Pero como expresión de las capacidades humanas, el pensamiento social siempre ha albergado muy disímiles posiciones en el interior de los sistemas de dominación, desde las más favorables a ellos hasta las de resistencia o rebeldía, con las usuales consecuencias de represión, silenciamiento o reabsorción. Por otra parte, su propia naturaleza siempre limitó el número de sus consumidores, y aún más el de sus productores.

El capitalismo europeo del siglo XIX organizó y desarrolló su formación económica, sus sistemas políticos y su mundo ideológico, y se expandió por el planeta mediante el mercado mundial, la violencia y el colonialismo. En ese marco se produjo la constitución o consolidación de ciencias sociales a partir de campos de conocimientos acotados y separados, y de investigaciones sobre determinados hechos y procesos, con el concurso y bajo el control de los Estados. Aparecieron los profesionales que podían vivir de dedicarse a una ciencia a tiempo completo, las publicaciones especializadas, las disciplinas docentes y los centros de investigación. Es indudable que se produjeron avances extraordinarios, aunque las líneas epistemológicas fundamentales se contrajeron al positivismo, el evolucionismo y la creencia en el papel supremo de la ciencia. Con el triunfo de la idea de progreso, el cientificismo y la supuesta tarea del varón blanco europeo de “civilizar” al mundo entero se completó el campo ideológico capitalista y colonialista desde el cual se consumó el despliegue de las ciencias sociales. La supuesta “objetividad” de esas ciencias fue el logro superior del control ideológico por parte de quienes tenían las variables fundamentales en su poder. Apunto dos de sus corolarios principales: el divorcio entre la ética y los conocimientos sociales; y la creencia en que el científico social puede “flotar”, libre de la adscripción a alguna clase social y de tomar parte en sus conflictos.

La corriente principal de las ciencias sociales –de sus ideas, asuntos, producción, divulgación y enseñanza– ha servido al capitalismo para vigilar y mejorar su funcionamiento y su orden, aumentar las ganancias y mantener la disciplina y el consenso de los dominados, neutralizar resistencias, rehacer la comprensión del pasado y el presente a su favor y darle más fuerza y organicidad a su ideología, hacer las correcciones necesarias, reformular su hegemonía, y otras tareas. En los países colonizados y neocolonizados ha sido usual la paradoja de que al adquirir un individuo una formación social como superación de la condición “subdesarrollada” y colonial en que ha crecido, en ese mismo acto se va tornando un extranjero ante su propia cultura y el pueblo en que nació, en cuanto permanece en un estado de colonización mental y vive en la ansiedad de ser aceptado por los extraños que son dueños del saber y del juicio. Los hábitos, el horizonte y las ideas del colonizado han influido incluso a buena parte de los que han sentido la doble necesidad de apoderarse de los instrumentos del pensamiento y las ciencias sociales, y a la vez pensar y actuar en contra de los poderes imperialistas,

Me abisma constatar que los formidables avances que experimentó la cultura de liberación humana y social durante el siglo XX no lograron imponerse al cuadro que he descrito, y en las últimas décadas esa corriente principal de la dominación se ha impuesto, hasta configurar un control totalitario de la información, la opinión pública y gran parte de los deseos y el gusto. Al menos me reconforta que el retorno a formas clásicas del dominio intelectual y espiritual capitalista, disimuladas por la democratización controlada de los consumos culturales y la utilización de “nuevas tecnologías”, evidencia su carencia de nuevos desarrollos intelectuales y espirituales. El campo popular ha sufrido un enorme retroceso en cuanto a luchas de liberación y de clases, identidades y comportamientos políticos y sociales, pero el capitalismo se ha visto obligado a cancelar sus grandes promesas del progreso y de la sociedad afluente, y hasta una parte de las instituciones que enorgullecían a su sistema, y eso lo ha forzado a empequeñecer y hacer mezquino su pensamiento social.

Sería un grave error creer que el pensamiento y las ciencias sociales están fatalmente determinados por los condicionamientos que les fija el sistema de dominación capitalista. Por su propia naturaleza, el trabajo intelectual goza de una autonomía relativa respecto al medio en que se produce, y existe siempre un entramado complejo de relaciones entre ese tipo de actividad y sus condicionamientos. No puede ser de otro modo, incluso para ser eficaz cuando es funcional a la dominación. Las ciencias sociales en la actualidad cuentan con un riquísimo acervo de ideas, métodos, conocimientos, hábitos de trabajo y nexos entre los que las hacen, que no son controlados totalmente por el sistema; y una parte de ese caudal pertenece a los opuestos al capitalismo.

Vuelvo a la Cuba actual. Los rescates y cambios que comenzaron hace casi treinta años acabaron con el monolitismo en las ideas, y han crecido los rasgos de la diversidad y el manejo de conocimientos y propuestas valiosos de ciencias sociales. A eso ha contribuido también una sucesión de permisividades conquistadas. Contamos con mayor cantidad que nunca de especialistas calificados, cientos de monografías muy valiosas, centros de investigación y docentes muy experimentados, y un gran número de profesionales con voluntad de actuar como científicos sociales conscientes y enfrentar los desafíos tremendos que están ante nosotros. Pero son minorías respecto al ámbito general de las actividades dedicadas a los conocimientos sociales o relacionadas con ellos, y tienen una incidencia realmente limitada en ese ámbito y en la sociedad.

Las labores valiosas y las tendencias positivas están lejos de ser el factor decisivo que debieran para mejorar y transformar la mayor parte del sistema de enseñanza, la divulgación que hacen numerosos medios y el trabajo político. En contra de todo avance se mantienen el conservatismo, la falta de conocimientos y eficiencia, el autoritarismo, la rutina y la inercia. Se confunden modestas “puestas al día” con los cambios necesarios, una y otra vez pospuestos o ni siquiera identificados. Esa situación tiende a reproducir un rasgo que es característico del capitalismo, y debe ser inaceptable en Cuba: la escisión cultural entre una élite y la mayoría de la población. Y conlleva el crecimiento del apoliticismo, la disgregación, la “neutralidad objetiva” y la emigración entre los miembros del sector, y la vulnerabilidad frente al trabajo del imperialismo en este terreno. Además, a pesar de tener diferencias muy notables entre sí, factores con poder han coincidido en no fomentar el hábito de pensar ni el debate a escala del pueblo.

El compañero Raúl pidió el 1º de enero de 2014 que se estudie marxismo, convocó a las ciencias sociales expresamente y reclamó que se les atienda como tales por la importancia de sus trabajos. Pero a pesar de que el peso que tiene su palabra favorece el desarrollo del pensamiento y las ciencias sociales, esto no desató una campaña nacional en busca de los objetivos y los cambios imprescindibles. En cuanto a la teoría, ahora que cada vez necesitaremos más el marxismo, no podemos cometer el error de asumir cualquier cosa que se presente como tal. Tendrá que ser un marxismo revolucionario, que rescate las ideas de Marx y Lenin y la historia toda de esa teoría, sin ocultamientos ni falsedades, pero dentro de un desarrollo crítico regido por las realidades y las ciencias de hoy, la primacía de la elaboración teórica y la asunción expresa de su función social.

Será indispensable tomar posesión del gran pensamiento social, que ha sido abandonado a su suerte desde hace décadas, sin exclusiones y con método, y convertirlo en un instrumento útil para conocer lo esencial y proyectar transformaciones liberadoras. Pero solo las prácticas serán capaces de brindarle suelo y posibilidad a una nueva filosofía de los oprimidos. Entonces habrá que recuperar ciertos ferrocarriles, aplicarse a crear y reparar vías y poner en marcha esas locomotoras de la historia que son las revoluciones. Un país puede salvar su economía y, sin embargo, perder su revolución. Porque las revoluciones de liberación tienen su centro en sus capacidades culturales.

Sin dudas hay numerosos logros parciales en las ciencias sociales en la Cuba actual, aunque también hay ausencias y deficiencias, algunas de ellas graves. Pero hasta hoy han sido las necesidades y los problemas del país, y las políticas de nuestro sistema, quienes han decidido en el pensamiento y las ciencias sociales, y no el mercado. Ese no es un hecho afortunado: es una hermosa conquista obtenida por la revolución socialista cubana, que, como otras expresadas o no en leyes, con el tiempo se volvieron costumbres. Debemos estar muy atentos, porque si es necesario habrá que enfrentar resueltamente el auge tremendo que ha tenido el economicismo, para evitar que a partir de criterios de rentabilidad, organización y otros se malentiendan los planteos generales de los Lineamientos del Sexto Congreso del PCC que aluden a nuestro ámbito, como son la “utilización efectiva de los recursos de que se dispone” y “generar nuevas fuentes de ingresos”. Es inadmisible someter a las ciencias sociales a normas y requisitos que las desnaturalicen y tiendan a convertir sus productos en mercancías, sus usuarios en clientes y su política en gestión de negocios.

Como en toda sociedad que se encuentra en transición socialista, las actividades intelectuales están envueltas en Cuba en una dialéctica entre la política y el mercado. Eso no las diferencia en nada de la economía, que se encuentra en el mismo caso, ni de otros aspectos de la vida social –no todos– que también están en la misma situación. Dado que la acción socialista tiene un carácter intencional y ejerce presión sobre la reproducción esperable de las relaciones sociales, debe existir una mediación muy importante entre las actividades intelectuales y el poder socialista: la dimensión política. Ella debe modificar, dentro de lo posible, aquella reproducción esperable, al mismo tiempo que introduce recursos, orientaciones, instituciones, libertades, medidas, motivaciones, facilidades, normas, para que el conjunto de la actividad cumpla el papel fundamental que tiene para el desarrollo del socialismo.

Me parece necesario y urgente conectar lo más íntimamente que podamos las aproximaciones puntuales y las generales a la coyuntura crucial que estamos viviendo. Las capacidades intelectuales de una gran parte de los cubanos son realmente altas, y el nivel de conciencia política nacional es posiblemente único a escala mundial. Por consiguiente, las cuestiones fundamentales podrían ventilarse con una notable participación de los instrumentos y los productos del conocimiento social, y ese sería un factor sumamente positivo para diálogos reales, intercambios enriquecedores, garantía del mantenimiento de valores imprescindibles, y búsquedas y hallazgos de las mejores soluciones. Y uno de los aspectos más importantes de esa asunción y utilización del conocimiento social es poner a disposición de la población una información de calidad, pertinencia y diversidad suficientes.

No me animo a creer que sería lo más conveniente pretender una organicidad en las ciencias sociales cubanas, cuando su desarrollo es todavía insuficiente. En ese marco, la heterogeneidad resulta positiva si ofrece datos, pistas y productos valiosos, que no se pedirían por no saber que existen o no sentir aún la necesidad de demandarlos. Aportes o sugerencias, nuevos asuntos, instrumentos y métodos, buenas preguntas, rechazos fructíferos, serán siempre saldos favorables.

Está claro que las ciencias sociales tienen ante sí el desafío de adquirir relevancia y aumentar su peso en la sociedad. Para que eso suceda es indispensable allanar obstáculos, pero lo decisivo será dedicarse a investigar cuestiones fundamentales y tener y exponer criterios sobre ellas, socializar de todas las maneras posibles, con audacia y responsabilidad. Demostrar que no son un adorno ni una actividad tolerada.

La coyuntura contiene profundas contradicciones y es exigente, y el futuro próximo lo será aún más. El establecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos abre un período de largas negociaciones, pero la otra parte ya se ha lanzado a una combinación de comenzar nexos y negocios entre ambos países con un sistemático programa de penetración cultural. Su política tiene el decidido objetivo de liquidar la sociedad que construimos a partir de 1959 y disminuir la soberanía nacional, un fin que cuenta con medios y factores muy poderosos. La biotecnología cubana puede obtener arroz de Arkansas, sin duda. Pero, ante la ofensiva cultural norteamericana, ¿dónde está nuestra biotecnología social, cómo actuará? ¿Cuánta claridad tenemos hoy de las contradicciones y los peligros de utilizar medios, aumentar relaciones e influencias y sujetarse a lenguajes que portan condicionamientos muy férreos en cuanto a su contenido y su orientación?

Es imprescindible una política decidida y enérgica de fortalecimiento de este campo, que asigne o utilice más recursos humanos calificados y conscientes, exalte y divulgue el valor del pensamiento y las ciencias sociales y estimule el pensamiento crítico socialista. La riqueza mayor que tiene Cuba está en las personas que ha formado y forma. Si recuperamos la memoria de las actuaciones maravillosas de este pueblo y el conocimiento de los cambios y avances colosales que conquistó con su Revolución, y somos consecuentes, podemos desnudar la ofensiva norteamericana, y derrotarla.

Cuba se pone una vez más en movimiento, y los científicos sociales tenemos deberes grandes ante nosotros. Es hora de que los más experimentados compartan sin reservas con los más jóvenes, de enseñar a pensar y a ser culturalmente adultos, de conducir en cuanto sea necesario y alegrarse de que los jóvenes aprendan a conducirse por sí mismos y no nos pidan consejo, porque ellos tendrán que llegar a conducir el país. Hay que lograr que el pensamiento y las ciencias sociales se pongan a la altura de lo que la sociedad espera de ellos.

La tarea es grande. Por ejemplo, desde hace mucho tiempo no existe un pensamiento estructurado que opere como fundamentación del socialismo en Cuba. El predominio del economicismo ha asumido el complejo de cambios sociales, económicos y del mundo ideal que están en curso con un pragmatismo muy descarnado. No se debate sobre economía política, porque no se invoca ninguna. Mientras, lo que se juega es cómo será en el futuro el socialismo en Cuba, o incluso si continuará o no, pero ese crudo pragmatismo es una incitación a no pensar ni investigar, a esperar resultados positivos desde la ideología de que la economía es la locomotora y la guía de la sociedad, o a consumir las consignas burguesas de que siempre hubo ricos y pobres y de que las vidas y las tribulaciones de los seres humanos se explican por su capacidad individual de tener éxito o fracasar.

Necesitamos espacios crecientes de libertad del pensamiento y las ciencias sociales, que se basen al menos en estos seis rasgos: ser funcional a nuestra sociedad en transición socialista; satisfacer a la vez necesidades de las capacidades e iniciativas individuales y de las instituciones especializadas; guiarse por propósitos de obtener y generalizar instrumentos para identificar, investigar o divulgar las realidades sociales de todo tipo; responder al nivel de conocimiento de materias sociales del conjunto de la población y participar en su desarrollo; ser una forma más de ayudar a la progresiva conversión del poder en un poder popular; y lo mismo en cuanto al desarrollo de personas más plenas.

El pensamiento y el debate son para la sociedad en transición socialista como el aire que respira para el individuo.

Urge un pensamiento social que sea idóneo para analizar en toda su complejidad la situación actual y las tendencias que pugnan en ella, los instrumentos, las estrategias y tácticas, el rumbo a seguir y el proyecto. Y que contribuya al único modo en que en última instancia es posible el socialismo: el despliegue de sus fuerzas propias y sus potencialidades, y la capacidad dialéctica de revolucionarse a sí mismo una y otra vez.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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