Al pueblo, con la verdad

(Tomado de Juventud Rebelde)

Wilmer Rodríguez Fernández

Amanece en La Habana y es 17 de noviembre de 2005. Los periódicos, la radio y la televisión cubanas anuncian desde la madrugada el acontecimiento más esperado en aquellos tiempos por los estudiantes del Alma Máter: Fidel hablará a las seis de la tarde en el Aula Magna.

Entonces estudiaba en la Universidad, y era presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la Facultad de Comunicación. Dos meses antes, el Secretariado de la Federación en la Colina había invitado al Comandante, para celebrar los 60 años de su llegada a la Escalinata, aquel septiembre de 1945. Compromisos de trabajo no le habían permitido el encuentro con los universitarios.

Aquel 17, Día Internacional del Estudiante, en honor a los jóvenes asesinados en Praga por los nazis en 1939 concluía en La Habana el Consejo Nacional de la FEU. Ya en la tarde, por mi condición de miembro del Secretariado de la Universidad de La Habana, presenté junto a la periodista Katiuska Blanco en el Salón de los Mártires el libro Todo el tiempo de los cedros, mientras que en el monumento a Mella, al pie de la Escalinata, una multitud honraba al líder estudiantil.

Al finalizar el homenaje, los jóvenes subieron corriendo los 88 escalones, júbilo que interrumpió la presentación de la obra. Entonces salimos, y desde el muro lateral de la Escalinata, el más cercano al Salón de los Mártires, Katiuska, con lágrimas en la mirada al ver aquellas imágenes, dijo: «Fidel ha cambiado la historia. Antes los estudiantes bajaban en protestas desde el Alma Máter a la calle San Lázaro, ahora suben alegres a su Universidad». Así transcurrió aquella tarde del 17 en la Colina.

A las cinco ya yo estaba sentado junto a otros cientos de cubanos en una de las sillas de madera del Aula Magna. Cuando faltaban 15 minutos para las seis, se escuchó en las afueras un coro de voces aclamar: ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Fidel! Eran estudiantes, en su mayoría de la Universidad de las Ciencias Informáticas, que le daban la bienvenida. Cuentan que de uno de los tres autos negros en los que viajaba, y vestido con el verde olivo de la Sierra y la Revolución, apareció ante ellos el Comandante esperado. Los saludó y entró por la puerta principal al sagrado sitio, que atesora ya una historia centenaria y los restos del presbítero Félix Varela.

Entonces fue que lo vi. Caminó sobre la alfombra, protegido por su seguridad personal, mientras era recibido por los continuos aplausos de una multitud de estudiantes, profesores, combatientes, intelectuales, ministros y altos dirigentes políticos. Como todos allí, estaba emocionado y era por la energía que se siente cuando llega Fidel.

Recuerdo al historiador Delio Carreras, quien al repique de los tres toques de la Campana lo recibió con los elogios que merecía, después el pase de lista a los Mártires de la FEU, las palabras del recién presidente electo de la Federación y, justo a las seis, el Comandante inició su discurso, escoltado por las banderas cubana, de la UJC y la FEU. Estaba sentado a unos pocos metros de él.

Vestía como todos los estudiantes allí reunidos, un pulóver blanco, con la imagen del joven Fidel en el pecho: un retrato de aquellos días en que llegó a la Universidad donde fue fotografiado con un abriguito negro. Era la primera vez que lo veía hablar tan cerca. La luz del sol se perdía entre los cristales del Aula Magna y Fidel hablaba del imperialismo norteamericano y sus guerras, de las cientos de bases militares, entre ellas la de Guantánamo, convertida en un antro de tortura, y de las amenazas de Estados Unidos contra Irán por intentar producir combustible nuclear.

En su discurso resaltó la dignidad humana de los cubanos y nuestra resistencia ante las agresiones estadounidenses, y comentó sobre los resultados ese año de las votaciones contra el bloqueo en Naciones Unidas y del reciente entierro del ALCA en la ciudad argentina de Mar del Plata.

Todos en silencio lo escuchábamos. Solo los aplausos y las risas ante no pocas ironías de Fidel cuando se refería a Bush y al imperio, interrumpían su conversación con nosotros en la que mencionó noticias internacionales de aquellos días, entre ellas la del fósforo vivo lanzado en Faluya, un arma prohibida por las convenciones internacionales.

Entonces comparó esos tiempos del 2005 con aquellos en que comenzó siendo muy joven en la Universidad, época en que al decir de él llegó lleno de sueños a la Colina: «Yo, hijo de terrateniente, pude terminar el sexto grado y después, con séptimo grado aprobado pude ingresar en un instituto preuniversitario. ¿Quién que no hubiera podido estudiar bachillerato podía ir a la universidad? Quien fuera hijo de un campesino, de un obrero, que viviera en un central azucarero o en cualquiera de los muchos municipios que no fueran como el de Santiago de Cuba, o el de Holguín, tal vez Manzanillo y dos o tres más, no podía ser bachiller, ¡ni siquiera bachiller! Mucho menos graduado de la universidad, porque, entonces, después de ser bachiller, tenía que venir a La Habana». Emocionado habló de la formación de su conciencia política y dijo: «Y si de confesiones se trata, cuando terminé en esta universidad yo me creía muy revolucionario y, simplemente, estaba iniciando otro camino mucho más largo. Si yo me sentía revolucionario, si me sentía socialista, si había adquirido todas las ideas que hicieron de mí, y no podía haber ninguna otra, un revolucionario, les aseguro con modestia que hoy me siento diez veces, veinte veces, tal vez, cien veces más revolucionario de lo que era entonces. Si entonces estaba dispuesto a dar la vida, hoy estoy mil veces más dispuesto a entregar la vida que entonces».

Ya habían pasado algunas horas, y seguía Fidel de pie ante un Aula Magna repleta en sus dos niveles, y fue que le habló a la juventud de la realidad cubana, de la burocracia, los vicios, el desvío de recursos y el robo, de los nuevos ricos, y de los que vendían con la «manguerita» el combustible en los Cupet. Entonces se refirió a la labor de los jóvenes en la lucha contra el despilfarro y el desvío de recursos.

Ese es Fidel, un hombre que es capaz de criticar los problemas del país y hablarle la verdad al pueblo. No se me olvida cuando se refirió a aquellos trabajadores y dirigentes cubanos a los que se critican, o que se autocritican y vuelven a incurrir en los errores. Entonces se preguntó: «¡Ah!, ¿te autocriticas? ¿Y todo el daño que hiciste y todos los millones que se perdieron como consecuencia de este descuido o de esta forma de actuar?». Dijo que en la batalla contra los vicios no iba a haber tregua con nadie, y así ha sido. Fidel esa noche, como siempre, fue severo en la crítica a nuestros errores. Su discurso abrió un debate sobre el futuro de la Revolución. Nunca antes habíamos escuchado la posibilidad de que la Revolución pudiera autodestruirse, y la frase quedó grabada para siempre en la memoria de los cubanos.

Con esa alerta de Fidel en el Aula Magna en 2005 comenzó el proceso de perfeccionamiento de las políticas económicas y sociales de la Revolución que después continuara Raúl hasta nuestros días. Pasadas las nueve de aquella noche del 17 debatió con ministros y dirigentes las cifras exactas de estudiantes universitarios en Cuba, y nos preguntó que cuántos sabíamos cuál era el consumo eléctrico en nuestras casas.

Fidel hablaba de metrocontadores, refrigeradores viejos, de bombillos incandescentes y ahorradores. Recuerdo que dialogó con dos trabajadoras sociales sobre el ahorro de electricidad. Nacía así la Revolución Energética, esa que unos meses después, ya en el 2006, se extendió por todo el país, en aquel esfuerzo del Comandante por optimizar la energía. Y así llegó las once de la noche. Ya habían transcurrido cinco horas de su llegada, y seguía Fidel de pie conversando, reflexionando sobre Cuba y el mundo. Cerca de la medianoche, concluyó el Comandante y entonces un grupo de jóvenes fuimos hasta él y lo rodeamos en el centro del Aula Magna y siguió conversando porque no quería irse de la Universidad, pero llegó la despedida, y salió por la misma puerta que lo vio llegar en la tarde.

En las afueras del Aula Magna, una multitud de estudiantes, aquellos que le dieron la bienvenida, lo esperaban aún y se volvió a escuchar: ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Fidel! Dialogó con algunos en la calle que separa la Biblioteca Central del Aula Magna y antes de subirse al auto nos dijo adiós a todos. Diez años ya han transcurrido de aquel día en que grabé cada detalle en la memoria, porque sabía que era histórico y debía escribirlo en el futuro. Son estos los recuerdos del estudiante universitario, hijo de una familia campesina matancera devenido periodista, que ese 17 de noviembre cumplía 21 años y recibía como regalo las enseñanzas de un encuentro de seis horas eternas con Fidel.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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