HUMANISMO Y UNIVERSIDAD, DESAFíO PARA HOY Y COMPROMISO PARA EL MAÑANA.

Dra. Olga García Yero, Universidad de las Artes.

(Intervención en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS)

Hay un punto de partida para esta discusión. El humanismo no es transhistórico, es decir, el concepto de humanismo está sujeto a una contextualización histórico-cultural. No es un concepto, ni mucho menos una perspectiva humana que se pueda concebir ajena a un
aquí y un ahora.

Por otra parte, la universidad misma es un espacio peculiar, a la vez social, cultural, políti-co y cognitivo cuya esencia tampoco está situada fuera de lo histórico, sino,por el contra-rio, resulta enclavada en un presente determinado, y, también, en un pasado que consti-tuye, desde luego, su apoyo, pero también su zona de riesgo fundamental, porque se ab-solutiza una vigencia de cánones y antiguos cimientos, se cae en el peligro mortal de las universidades a lo largo de los tiempos: quedar atada a un pretérito superado por el avan-ce indetenible de las sociedades humanas.

Por tanto, nuestro desafío contemporáneo consiste en encontrar el punto de coincidencia entre la necesidad de un humanismo que responda a las necesidades y apetencias más destacadas de la sociedad cubana actual, y lograr su integración dinámica en una universidad capaz de concordar con lo que Cuba requiere.

La cuestión del humanismo es mucho más importante de lo que puede parecer y no solo tiene que ver con la sociedad insular, sino con una crisis del mundo contemporáneo. Ya en el siglo XVI había surgido un movimiento, más que filosófico, cultural. Ese Humanismo renacentista tuvo ante sí una tarea vital: diseñar una visión del ser humano diferente a la de la escolástica. Es decir, creó, a nivel ideológico, una nueva conciencia de la persona.

En el momento actual, se presenta una situación en más de un sentido paralela. En medio de una hiperbolización de la tecnología, la imagen del hombre tiene que ser revaluada, vuelta a pensar y diseñada de nuevo en correspondencia con los dilemas y retos contem-poráneos. El pensador francés Jacques Ellul ha escrito acerca de este fenómeno de hiper-bolización del papel de la técnica en el mundo contemporáneo que la técnica ya no es más un factor secundario integrado dentro de una sociedad no técnica o en una civilización. La técnica se ha convertido en un factor dominante en el mundo occidental y es la mediación universal, productora de una mediación generalizada, totalizante y que aspira a la totalidad (Ápud Rüdiger, 2008, p. 1).

En efecto, la tecnología, que es ante todo un sistema de instrumentación y de procedi-mientos específicos en función de una determinada actividad, ha resultado hiperdimen-sionada, deformada en sus fines y su imagen está siendo transformada peligrosamente para convertirla de necesario elemento axuliar, en factor central. En una palabra, se ha salido de sus márgenes y pretende sustituir, a la vez, a la ciencia y al arte.

Esto no es casual ni, desde luego, se trata, como en tantas obras de ciencia ficción, ya sean literarias o fílmicas, de una rebelión de las máquinas. No: todo esto responde a una cuidadosa, siniestra y deshumanizadora aspiración a destruir las dos cimas más altas del pensamiento humano y, por tanto, sus dos grandes armas de libertad. La tecnología, por sí misma, es acrítica, ajena a la ética y a la estética, y se maneja con un lenguaje inexpresivo y con un significado que el filósofo francés Roland Barthers (cuyo centenario conmemoramos en este mismo mes de noviembre) llamaba lenguaje nosémico, es decir, “lenguaje sin sigificado”. La tecnología considerada en sí misma y solo por sí misma está totalmente desprovista de los factores esenciales de lo humano: emotividad, expresividad, solidaridad, autocrítica.

Bien, la técnica, sin embargo, es imprescindible en el mundo contemporáneo. Ella es un medio hacia el desarrollo social. No se trata de asumir posiciones extremas a la manera de los que predican una alimentación vegana. La tecnología es un factor de enorme importancia. Pero el asunto estriba en colocarla a nivel conceptual y social en su lugar exacto: es un macroinstrumento cuyas funciones han de estar determinadas por la sociedad toda y para beneficio de ella.

Hay un espacio social destinado precisamente al diseño de una perspectiva social sobre la tecnología, vale decir, a su conceptualización como instrumento social. Ese espacio es la universidad contemporánea, muy distinta a la universidad de épocas pasadas. La universi-dad actual tiene esa misión: conformar una mentalidad profesional acerca de la ciencia, el arte, la tecnología, la política, la participación social, la educación y la comunicación social. Es una universidad más compleja que la del la primera mitad del s. XIX, muy concentrada todavía en una formación en humanidades. No en balde José Martí insistió tanto, a fines de esa centuria fundamental para la nación cubana, en una universidad práctica, enraizada en los problemas humanísticos, políticos, pero también científicos, tecnológicos y agrarios de su presente. E insitía en la misión latinoamericana de Cuba como universidad general e innovadora:

¡Ah, Cuba, futura universidad americana!: la baña el mar de penetrante azul: la tierra oreada y calurosa cría la mente a la vez clara y activa: la hermosura de la naturaleza atrae y retiene al hombre enamorado: sus hijos, nutridos con la cultura universitaria y práctica del mundo, hablan con elegancia y piensan con majestad, en una tierra donde se enlazarán mañana las tres civilizaciones. ¡Más bello será vivir en el lazo de los mundos, con la libertad fácil en un país rico y trabajador, como pueblo representativo y propio donde se junta al empuje americano el arte europeo que modera su crudeza y brutalidad, que rendir el alma nativa, a la vez delicada y fuerte, a un espíritu nacional ajeno que contiene sólo uno de los factores del alma de la isla,—que convertiría un pueblo fino y de glorioso porvenir en lo que Inglaterra ha convertido el Indostaní! Y para esa vida venidera, para esa vida original y culta, que haría del jardín podrido una nacionalidad salvadora e interesante, una levadura espiritual en el pan americano, un altar donde comulgasen a la vez, en la dicha del clima y la riqueza, los espíritus del mundo, no son buena preparación el celo rinconero, la fama a dentelladas, la reducción de la mente en controversias y quisquillas locales:—ni el alma de gacetilla que nos ha caído de España. (Martí, 1975, t. 4, pp. 413-414).

La aspiración martiana se entronca directamente con la necesidad de defender hoy la universidad como espacio de humanismo, no de helada fabricación de tecnócratas. En la perspectiva de Martí, necesitamos (esa sigue siendo ahora más que nunca una necesidad vital) una universidad integrativa, en la cual se priocen en su función rectora tanto las ciencias como las artes, las reflexión crítica sobre la sociedad y la meditación sobre la comiunicación en el ámbito general de ella. He aquí el humanismo real, situado en la salvaguara del sentido rector del hombre sobre sus instrumentos (las técnologías) en función de su desarrollo orgánico.

Si la universidad cubana actual se desliza por la pendiente que conduce a la falsa prioriza-ción de las tecnologías, perderá su rumbo, renunciará al factor humano y, sobre todo, renunciará a toda conciencia crítica de la sociedad sobre sí misma. De aquí que replantearse la noción misma de universidad sea urgente y vital. Basta preguntarse, con total sinceridad, si cada uno de los factores sobre los que se funda nuestra universidad está dirigido o no a fortalecer el impulso a una persona humana cabal, crítica, participativa, flexible, dinámica, consciente de sí misma y de los requerimientos de nuestra sociedad preasente y, sobre todo, futura. De la respuesta a esa simple interrogante dependerá una dirección dinámica inmediata, y, también, la salvaguarda del destino de la sociedad cubana.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

MARTÍ, J. (1975). Obras completas. La Habana: Ed. Ciencias Sociales.
RÜDIGER, F. (2008). Cibercultura e Pós-humanismo. Exercícios de arquelogia e criticismo. EDIPUCRS: Porto Alegre.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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