UNIVERSIDAD Y HUMANISMO: EXAMEN PROFUTURO.

Dr. Cs. Luis Álvarez, Universidad de las Artes.

(Intervención en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS)

El problema del humanismo como factor esencial de las universidades es un tema planetario de discusión desde hace dos o tres décadas. No es, en absoluto, un sofisticado problema bizantino: muy al contrario, en el subsuelo de este tópico se está decidiendo el presente y el futuro de la humanidad, con tanta intensidad y semejante riesgo al que significa la discusión sobre el destino ecológico.

Solo una persona esencialmente ignorante puede creer que ciencia y humanismo son dos posiciones ajenas. Por el contrario, son dos posturas absolutamente interdependientes y que, por tanto, no existen la una sin la otra. Estamos viviendo una época en la cual se ha producido un cambio radical en la noción de ciencia y, por ende, en el concepto mismo de ella. Esto ha producido una amplia discusión, a lo largo de todo el siglo XX, acerca de la actividad científica y su transformación, lo cual, como se sabe, se inició ya en el marco de la llamada crisis de la física, momento de especial controversia teórica (en la cual también es conocida la intervención de diversos científicos e incluso de Vladimir Ilich Lenin). Una serie de conceptualizaciones fueron desde entonces modificándose. Thomas Kuhn, a su vez, elaboró su profundo estudio sobre las revoluciones científicas y su penetrante concepción de los cambios de paradigmas científicios. Thomas Kuhn ha apuntado una cuestión fundamental sobre la ciencia como tal, que contribuye a subrayar que la ciencia siempre está inmersa en un inmenso contexto de carácter cultural:

No puede interpretarse ninguna historia natural sin, al menos, cierto caudal implícito de creencias metodológicas y teóricas entrelazadas, que permite la selección, la evaluación y la crítica. Si este caudal de creencias no se encuentra ya implícito en la colección de hechos —en cuyo caso tendremos a mano algo más que “hechos simples”— deberá ser proporcionado del exterior, quizá por una metafísica corriente, por otra ciencia o por incidentes personales o históricos. Por consiguiente, no es extraño que, en las primeras etapas del desarrollo de cualquier ciencia, diferentes hombres, ante la misma gama de fenómenos —pero, habitualmente, no los mismos fenómenos particulares— los describan y lo interpreten de modos diferentes. (Kuhn, 1917, p. 34)

Es absurda la postura que imagina a la ciencia como una actividad desconectada de la realidad social más directa, así como de la esfera cultural, política e ideológica de la existencia. Es absurda porque es la vida concreta de la sociedad la quecontextualiza y hace posibles los procesos creativos de la ciencia. Por su intensa delimitación en el marco social, la antropología cultural ha estudiado los procesos de desarrollo de la ciencia, porque ciencia y arte constituyen los dos niveles más altos y complementarios de los procesos del conocimiento humano.

La universidad cubana en el momento actual requiere de un desarrollo profundo destinada a alcanzar un nivel de desarrollo científico más alto. Pero ello no puede significar la renuncia a una perspectiva humanista, es decir, un enfoque centrado en el desarrollo pleno del hombre. El conductismo, esa tendencia educacional que predominó en los años más oscuros del siglo XX (las décadas del treinta y el cuarenta) aspiró a una meta peculiar y, en el fondo, muy entristecedora: la universidad debía convertirse en una especie de fábrica de intelectos, para lo cual todos los procesos educativos debían configurarse de manera estandarizada: no importaba la personalidad del profesor, sino que por encima de él se situaron los objetivos, los métodos educativos y los diseños curriculares, como una realidad metafísica que estaba por encima de lo esencial de los procesos educacionales, que radican en el diálogo profundo, respestuoso y creativo entre los maestros y sus alumnos. El conductismo, generado desde la entraña profunda de las primeras concentraciones industriales del ya entonces conformado megacapitalismo de las grandes corporaciones, fue la primera intervención directa de la entraña industrializada en los predios universitarios. Pareció, en principio, que la formación universitaria estuviera totalmentevinculada con el futuro mercado laboral que habría de incorporar al egresado. Hoy sabemos que ese estrecho y mecánico vínculo es más aparente que real. No hay línea de producción, ni siquiera en el terreno de la producción automotriz, que pueda producir un automóvil absolutamente concordante con las peculiaridades, siempre cambiantes, del tráfico urbano y rural. Del mismo modo no hay planificación, por cerrada y mecanicista que sea, que pueda preparar a un profesional para que esté totalmente preparadod para enfrentar la vida real, abrupta, cambiante e imprevisible. No, la formación académica siempre resulta parcial, inacabada y pobre frente a un presente cuya esencia es ser virginal, hermoso y vivaz, tanto como imprevisto, abrupto, desafiante. La universidad no es una fábrica, a pesar de los enfoques y teorizaciones de la pedagogía conductista (se disfrace con el color de maquillaje que se quiera). La universidad, que hoy es profundamente distinta a lo que fue en su remota fundación medieval, sin embargo conserva una esencia que constituye su sostén milenario: es un espacio de formación de personas que puedan enfrentarse al universo, no para vencerlo, sino para convertirse en sus interlocutores. Esa es la médula profunda del humanismo universitario: nos prepara para concordar con el mundo. Y eso no depende de la tecnología, sino de las más hondas manera de dialogar con la Naturaleza, la sociedad y el pensamiento mismo del hombre. Concordar, es decir, poner el corazón a resonar con el universo todo: he ahí el único humanismo cabal de nuestro tiempo.

En efecto, estamos enfrentando un riesgo mortífero, tanto a nivel mundial, como en lo específico de la sociedad cubana: hay una tendencia, significativamente emanada de las entrañas mismas de la sociedad hiperindustrializada de la era digital, según la cual la tecnología resultaría la vía del conocimiento. Nada más falso: la tecnología se mantiene en el nivel de lo operacional. Hiperbolizar su importancia es una argucia de los núcleos más agresivos de la sociedad digital, para quienes solo es pertinente la formación de tecnólogos, mano de opera de capacidad operacional, pero desviada de toda reflexión crítica consciente. La tecnología se ha hecho cada vez más sofisticada y eficiente, pero no pasa, ni pasará, de ser un conjunto de técnicas y procedimientos para aplicar, comprobar, disprobar y desarrollar teorías científicas.

La ciencia, como el arte, está históricamente condicionado. Ello quiere decir que tanto el arte como la ciencia están sometidos a transformación evolutiva. Uno de los desafíos para la universidad actual, tanto en el planeta como en la isla, es comprender cuál es el sentidod profundo de la ciencia en la contemporaneidad. Aquí tengo que apelar de nuevo al más importante teórico de la ciencia en el siglo XX y lo que va del actual, Thomas Kuhn, quien, en su obra fundamental, La estructura de las revoluciones científicas, demostró de manera contundente que en el presente se ha producido una transformación cualitativa crucial, de modo que ha surgido una nueva comprensión del quehacer científico: hoy la ciencia se hala sólidamente asentada en la historia de la ciencia y no “en las estructuras lógicas-deductivas”. Vale decir: la ciencia contemporánea no centra su fuerza, como sí ocurrió en el s. XIX y principios del XX, en la tarea de crear y desarrollar estructuras lógico-deductivas, sino que su desarrollo, su consolidación y su creación de nuevos campos del saber estriba en una perspectiva histórica, en un examen y rexamen de la evolución cultural del pensamiento científico. La búsqueda de una piedra filosofal o cualidad transformativa de todos los elementos químicos pareció un absurdo total en la mayor parte del s. XIX. Pero el descubrimiento de la radioctividad por María Curie demostró que, de otra manera de la que pensaron los científicos medievales, la sustancia físico-química sí es capaz de ciertos grados de inestabilidad y autotransformación.

Es en nuestro momento actual que la historia se convierte en lo que pudiéramos llamar (parafraseando el hallazo revolucionario de Einstein) una cuarta dimensión esencial del pensamiento científico. Este descubrimiento de Kuhn nos devuelve a una perspectiva humanista de la ciencia. Ante ello, resulta fundamental que reflexionemos sobre necesidades de la universidad cubana para el hoy y el mañana.

Me preocupa profundamente las aspiraciones, que por lo demás no considero mal intencionadas, pero sí reduccionistas y ancladas en un fracasado punto de vista conductista, de uniformar estructural y aun metodológicamente las investigaciones doctorales. Federico Engels fundamentó genialmente, en Dialéctica de la naturaleza, que el método debía ser un análogo de su objeto de estudio. Ello quiere decir que al estudiar cada nuevo objeto de estudio, el investigador está obligado a crear un método en consonancia con dicho objeto, en vez de utilizar un esquema metodológico siempre repetido. Como académico, me ha tocado participar en innumerables defensas de tesis doctorales. Debo decir, con honda preocupación, que en todas las que he participado en el campo de las ciencias educacionales se ha exigido un supuesto aporte teórico componente supuestamente obligatorio. En una ocasión me atreví a preguntarles a mis colegas en el tribunal qué criterio de teoría y de ciencia estaban manejando: la respuesta fue el más abrumador silencio.

Ahora bien, si en una unversidad algo es importante, es el concepto de ciencia y de teoría: aquí radica una de las bases del pensamiento entrañable que una universidad tiene que desarrollar. Precisamente en este aspecto radica uno de los pilares de la institución universitaria. Humanismo universitario no quiere decir algo “bonito”, o “cultural”, o “artístico”. Humanismo quiere decir que todo lo que se realice en una espacio académico tiene que dirigirse a la comprensión, desarrollo y defensa de los valores humanos. Una educación universitaria reducida a la tecnología está reñida con la formación orgánica de profesionales responsables y comprometidos con su sociedad. Un tecnólogo solo tiene que manejar eficazmente una tecnología, calibrarla, mejorarla, hacerla más económica y rentable. Piensa, sí, pero ante todo en su técnica, sus procedimientos, sus máquinas. El científico y el artista tienen aspiraciones más altas: son creadores, no robots sofisticados.
En el presente, el desafío de las universidades cubanas aquí radica: ¿vamos a desarrollar científicos, vale decir, personalidades creativas, comprometidas socialmente, profesionales críticos, dispuestos a defender verdades y a manejar valores? ¿O queremos profesionales a medias, tecnólogos sin base científica, sin capacidad creativa, sin iniciativa ni valor crítico?
Si nos decidimos por lo obviamente necesario, entonces tenemos que defender una universidad humanista, con un criterio real y verdadero de ciencia, sin esquematismos metodológicos reduccionistas, negadores (con conciencia o sin ella) de la flexibilidad creatgiva que exigía Federico Engels de la ciencia. Hay una contradicción profunda entre el hecho de defender, con razón, la postura científica de Lev Vigotski, por un lado, mientras por otro imponemos esquemas metodologicos reduccionistas en las tesis de todo tipo, cuando precisamente la tesis doctoral del eminente científico marxista está publicada en Cuba con su título original, Psicología del arte, y en esta tesis prodigiosa falta todas y cada una de las partes estructuraleas que implacablemente, esquemáticamente, se exigen hoy en nuestras tesis doctorales contemporáneas. Y elijo, por cierto, mencionar la tesis de Vigotski, para no referirme a la tesis doctoral de Marx.

Necesitamos coherencia, necesitamos una perspectiva que levante nuestra universidad y la sitúe en un nivel más alto. Cada instante de la vida humana está cruzado por corrientes diversas y a menudo contrapuestas. Elijamos la mejor, la más eficaz, la que está vinculada orgánicamente con las corrientes profundas en que se cimenta lo mejor y más noble de la historia insular. Todo el pensamiento cubano se ha apoyado históricamente en una perspectiva humanista, que se gesta precisamente en la primera gran transformación universitaria realizada a fines del s. XVIII, primero por Agustín Caballero y luego por Varela. Es, desde luego, el punto de vista de Martí. No nos han faltado tendencias contrarias: en su día, Enrique J. Varona, respetable por más de un concepto, comenzó a defender con cerrado esquematismo una universidad tan solo tecnológica y positivista. Marcelo Pogolotti avizoró el peligro y advirtió incansable sobre él. No se trata de negar el agua y la sal a Varona, pero su compromiso irreflexivo con esquemas conceptuales positivias, y ajenos a lo esencial de Cuba, dañaron al país de una manera muy grave. Era sabio, noble, revolucionario incluso, pero supo hallar el equilibrio. Un siglo más tarde, no podemos permitirnos un error semejante. La universidad debe formar hombres, no meros tecnólogos robotizados. Asumamos esa verdad y ese desafío: de ello depende nada menos y nada más que el futuro de la isla.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Kuhn, T. S. (1971): La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica.
KROTZ, E. (1986). “¿Ciencia normal o revolución científica?”, en:Notas sobre las perspectivas actuales de la antropología sociocultural. Nº95,UniversidadAutónoma Metropolitana (Iztapalapa). Xalapa: Ediciones “El Pirata”.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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