Cuba y Estados Unidos de cara al 2016

LA HABANA. Se avecina un año de elecciones generales en Estados Unidos y todo acto político será mirado a través del prisma de la conveniencia electoral. El tema de Cuba no escapa a esta condicionante, especialmente en lo que se refiere a las acciones del gobierno respecto al avance de las relaciones entre los dos países.

Restablecer relaciones con Cuba constituyó un éxito rotundo para la administración Obama, hasta el punto de que, salvo la extrema derecha cubanoamericana, ningún otro sector político se ha opuesto con firmeza a esta decisión.

Hasta ahora, el tema de Cuba apenas ha estado presente en los debates electorales. Resulta bastante obvio que los republicanos lo evitan para no sacar a flote sus contradicciones internas y los demócratas debido a todo lo contrario, ya que no es un asunto de disputa entre los contendientes.

No obstante, los demócratas, en particular el gobierno, lo ha explotado mediáticamente a sabiendas de que cuenta a su favor. Fue un asunto destacado por el presidente y el secretario de Estado en sus mensajes de fin de año e incluso se habla de que Obama tiene intenciones de viajar a Cuba, antes de que finalice su mandato, presumiblemente en marzo durante una gira.

Sin embargo, esto no asegura que la administración esté dispuesta a dar pasos decisivos en los problemas fundamentales que restan para continuar  el proceso de normalización de las relaciones.

Respecto a asuntos como la devolución de la Base Naval de Guantánamo y la adecuación de la política migratoria hacia Cuba, dos temas priorizados en la agenda cubana, ya el gobierno de Estados Unidos manifestó su decisión de mantener inalterada su política. Esto determina que es en el campo de la aplicación del bloqueo económico, donde se decide la real voluntad del presidente Obama de consolidar su política hacia Cuba.

Como se conoce, el levantamiento total del bloqueo –“embargo”, según la terminología norteamericana– depende del Congreso y difícilmente antes de las elecciones será posible encontrar consenso para eliminar la compleja madeja de leyes que lo regulan.

Quizás a lo máximo a que puede aspirarse en este contexto, es lograr que se levanten las restricciones de los viajes de norteamericanos en calidad de turistas a Cuba, así como que se aprueben enmiendas que faciliten el comercio en el sector agroalimentario, especialmente la posibilidad de conceder créditos y otras facilidades a la parte cubana. Si esto ocurriese, serían importantes pasos de avance, pero la dinámica del propio proceso electoral y la polarización existente en el cuerpo político congresional dificultan asegurar su materialización.

La real capacidad de consolidar lo alcanzado radica en la voluntad del presidente para hacer uso de sus facultades ejecutivas con vista a atenuar el impacto del bloqueo –una política que el propio Obama ha criticado– y ello de nuevo nos remite al análisis de la ecuación electoral.

Evidentemente, Obama no quiere hacer algo que sea interpretado como “concesiones gratuitas” a Cuba, lo cual ha sido el centro de las críticas de sus opositores, y ha dejado bastante claro que nuevos avances dependen de los “cambios” internos que realice la parte cubana.

Tal posición rompe con la premisa igualitaria que ha caracterizado las negociaciones y coloca a Cuba en la situación imposible de aceptar poner en entredicho cuestiones esenciales de su soberanía, a cambio de acciones que solo pueden tener un carácter unilateral por parte de Estados Unidos, toda vez que son unilaterales las medidas adoptadas por ese gobierno contra la Isla.

Es cierto que son muchas las presiones que instan al presidente a consolidar la política hacia Cuba y estas exigencias a la parte cubana pueden quedar en el campo de la retórica, por lo que no es descartable que se tomen algunas nuevas medidas ejecutivas para flexibilizar el bloqueo –sobre todo si se concreta el interés de Obama de viajar a Cuba– pero al final todo depende de la relación costo-beneficio con que sean calculadas sus acciones desde el punto de vista electoral.

Otro factor que puede influir en estas decisiones es su complejidad legal y el temor de la administración de que alguna medida ejecutiva pueda ser interpretada como una violación de la ley y cuestionada en los tribunales por sus adversarios. Imagino que los abogados del gobierno están inmersos en interminables discusiones al respecto y ello puede paralizar o limitar las decisiones del presidente.

Con razón, algunos analistas plantean que si Obama no avanza en la adopción de nuevas acciones ejecutivas, en particular autorizar el uso del dólar en las transacciones financieras y comerciales, afectaría el interés de los sectores económicos y limitaría el impacto real de las medidas adoptadas, restando impulso a su política y poniendo en peligro lo que es considerado uno de los principales “legados” de su administración.

No estoy seguro que el legado del primer presidente afroamericano de la historia de Estados Unidos dependa de la política hacia Cuba –ni de cualquier otra política–, sino que radica precisamente en esta condición y lo tiene asegurado desde 2008, aunque cualquier éxito va a influir en su evaluación histórica y la política hacia Cuba se inserta en esta lógica.

El asunto es adivinar si Obama se siente o no satisfecho con lo alcanzado hasta ahora o está dispuesto a correr los riesgos que implica blindar esta política y hacerla irreversible, así como si este criterio es compartido por quien el resulte electo como candidato demócrata en las próximas elecciones.

Otro problema que resultará básico en la política que adopte el gobierno de Estados Unidos respecto a Cuba este año, será la visión que se tenga de la situación cubana.

Aunque el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos ha facilitado la inserción de Cuba en el mercado mundial y ampliado sus relaciones internacionales, la crisis económica global y la reversión coyuntural que se observa en los procesos progresistas en América Latina, especialmente en el caso de Venezuela, plantean una situación económica muy compleja que se refleja en los pronósticos de crecimiento para este año.

Tal situación puede animar el interés norteamericano de “negociar en sus propios términos” y mantener las presiones hacia el país, limitando la adopción de nuevas medidas encaminadas a flexibilizar el bloqueo económico.

Otra vez, la variable más importante en esta dinámica será la capacidad cubana para enfrentar la situación que se avecina. El VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, a celebrarse en abril, será un momento determinante para encauzar las transformaciones que requiere el modelo económico y articular el consenso interno alrededor de las mismas, definiendo el rumbo que tomará el país en los próximos años, lo que será decisivo para el futuro de las relaciones con Estados Unidos.

Mirado de esta manera, el año 2016 se nos presenta sumamente complejo para el desarrollo de las relaciones entre los dos países y a la vez definitorio de cara al porvenir. Al menos para influir en las características de su continuidad, en el nuevo escenario, siempre cambiante e incierto, que implica la elección de un nuevo presidente de Estados Unidos, sea éste demócrata o republicano.

(Tomado de Progreso Semanal)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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