Segunda Declaración de La Habana: vigencia de la justicia reclamada

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Olga Fernández Ríos

Los documentos políticos son hijos de su época, pero no todos trascienden el contexto en que se gestaron. Su largo alcance puede medirse a partir de la impronta que tienen en cada presente, como es por ejemplo el Manifiesto Comunista (1848) o La Historia me absolverá (1953). Son documentos que trascienden el marco histórico que los vio nacer al ser portadores de valores conceptuales y sociopolíticos que siguen vigentes en el inacabado proceso de desarrollo de la teoría y la praxis revolucionaria en pos de una sociedad más justa. Pero sobre todo porque mantienen una capacidad movilizativa de acciones y emociones de las que no pueden prescindir los procesos revolucionarios.

Es el caso de la Segunda Declaración de La Habana aprobada el 4 de febrero de 1962 en medio de un proceso de construcción del poder político popular en la isla caribeña, de profundas transformaciones revolucionarias, de aguda lucha de clases y de variadas y crecientes acciones injerencistas de Estados Unidos. Fue entonces que cerca de un millón y medio de cubanos reunidos en la Plaza de la Revolución José Martí aprobaron ese trascendental documento cuyo antecedente fue la Primera Declaración de La Habana, también aprobada en consulta popular el 2 de septiembre de 1960.
La Segunda Declaración profundizó lo planteado en la primera al argumentar las posiciones del pueblo cubano frente al injerencismo yanqui, artífice de la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA), decretada en la Octava Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores de esa organización, celebrada en Punta del Este, Uruguay, entre el 23 y el 31 de enero de 1962. La concentración popular que aprobó la Segunda Declaración también repudió la ruptura de relaciones diplomáticas y consulares con la isla por parte de los países integrantes de la OEA que, con la digna excepción de México, se plegaron a las políticas anticubanas trazadas por el imperialismo norteamericano .
No es posible pasar por alto que apenas 10 meses antes de aquella concentración, en Cuba hubo muestras definitorias del amplio consenso popular a favor del proceso revolucionario y del rescate de la independencia y la soberanía nacional, lo que ya se había expresado en el respaldo a la declaración del carácter socialista de la revolución y en la derrota del ataque mercenario por Playa Girón. Tampoco puede olvidarse que fue el pueblo cubano el que logró erradicar el analfabetismo en pocos meses y el que durante el primer lustro que siguió al triunfo del primero de enero de 1959 cimentó las bases para una transición socialista en el país.
Hoy, 54 años después, la Segunda Declaración de La Habana concita al análisis, no solo del pasado, sino del presente en el que la construcción del socialismo está llamado a renovarse en nuevas condiciones históricas. Pero es también el presente en el que la confrontación ideológica entre capitalismo y socialismo sigue vigente, y en que la guerra de pensamiento sobre la que alertaba José Martí es más compleja. Es cierto que el anticomunismo ya no es el eje visible de la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos, pero no ha cesado la política de hostilidad y de promover distorsiones de los procesos que se mueven en un derrotero antimperialista y socialista. También hoy de una u otra forma, en uno u otro escenario, hay quienes tratan de reivindicar las posiciones de corte liberal burgués en formas que nos recuerdan la vieja disyuntiva entre revolución y reforma tan bien debatida por Lenin y Rosa Luxemburgo a principios del siglo XX.
Es con esa óptica que en esta ocasión recordamos la Segunda Declaración de la Habana preguntándonos qué aporta al presente cubano y latinoamericano, con una respuesta a priori: es mucho lo que aporta en los momentos en que en Cuba hay una búsqueda de un nuevo modo de construir el socialismo lo que requiere de profundos análisis de cada medida que se implementa, mientras que en América Latina el mapa político va cambiando sus colores con el surgimiento de procesos antimperialistas, nacional liberadores, e incluso pro socialistas.
Es un documento que perfiló de forma coherente e integral las líneas fundamentales de la política exterior de la Revolución Cubana acorde con la proyección de la construcción del socialismo, a la vez que defiendió el internacionalismo y la solidaridad con los pueblos de América Latina y del mundo con una concepción de alcance ético. Y es de esa forma porque las fuentes político-culturales de la Segunda Declaración de la Habana se encuentran, fundamentalmente, en los idearios de Simón Bolívar y José Martí, en la historia de Cuba y de nuestra América y en fundamentos presentes en el marxismo clásico, en la obra de Marx, Engels y Lenin.
Una de las esencias del documento es que retoma la objetiva previsión martiana sobre la naturaleza expansionista del imperialismo norteamericano, a lo que se une como lógica interrelación la defensa de la independencia y soberanía nacional, el respaldo de los derechos de los pueblos y países a la autodeterminación económica y sociopolítica y la confianza en los humildes y en los trabajadores. Si bien la Declaración tiene una vocación latinoamericanista, se vincula de forma directa con la situación y las luchas en otras latitudes del planeta con preguntas que expresan una concepción: “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina? ¿Y qué es la historia de América Latina sino la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de todos estos pueblos sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero?”.

Es una verdad de Perogrullo que hoy América Latina no es la misma que cuando se aprobó la Segunda Declaración de La Habana, y que tampoco Cuba lo es por el acumulado de logros, insuficiencias y experiencias -positivas y negativas- en el proceso de construcción socialista. Pero pensando en ambos planos y perspectivas no hay que esforzarse mucho para mostrar que se trata de un texto de gran valor histórico y actualidad que las nuevas generaciones y todos los interesados por lograr un mundo mejor debemos estudiar y reflexionar con las miradas del presente cubano y latinoamericano.

No sería objetivo desconocer matices en tesis o afirmaciones contenidas en la Declaración que hoy requieren de precisiones, como por ejemplo la idea sobre la agudización de la crisis capitalista planteada con cierto optimismo sobre su radicalización como antesala de la revolución. Sin embargo en este mismo aspecto la Declaración fue dolorosamente certera al predecir los peligros que se avecinaban como consecuencia del injerencismo imperialista en la región cuando no se hicieron esperar la implantación de dictaduras militares, la promoción de golpes de Estado a gobiernos legítimamente electos con la secuela del terrorismo de Estado como método. Por ejemplo los casos del Chile de Allende y de los procesos en Argentina, la Operación Cóndor y el rosario de detenidos desaparecidos, asesinatos y persecuciones y más recientemente los golpes de Estado en Honduras y Paraguay y las reiteradas agresiones contra la República Bolivariana de Venezuela.

También dan fe del alcance previsorio y la pertinencia actual del documento de marras, la ulterior implantación del neoliberalismo y los intentos de convertirlo en el sistema único para la región, las nefastas consecuencias de las privatizaciones, las grandes brechas con relación a la distribución de la riqueza, la pérdida de soberanía de los Estados nacionales y una larga secuela de tragedias económicas y políticas en la región.

No es posible en tan breve espacio agotar todos los temas en los que la Declaración renace en el presente, por lo que solo nos detendremos en cuatro que amerita repensar en las condiciones actuales.

El primer tema se vincula con la denuncia a las variadas formas de dominación al uso por el imperialismo frente a lo que podemos considerar el sistema de emancipación múltiple que debe irse conformando desde el proceso de transición socialista. Y desde esa perspectiva en la Declaración se expresan fundamentos históricos, políticos y teóricos que aportan a una concepción sobre la revolución social en las condiciones contemporáneas, con aportes a partir de una metodología a partir de la riqueza de los datos que la historia y cada contexto histórico brinda.

El segundo tiene que ver con un tema de interés, sobre todo en el actual proceso de perfeccionamiento del modelo de desarrollo económico y social en Cuba: la interacción entre condiciones objetivas y subjetivas, que generalmente se ha asociado a la lucha por el poder político y no se ha jerarquizado en la concepción sobre el desarrollo de la transición al socialismo. La vida y la praxis revolucionaria nos alertan hoy sobre la necesidad de medir esa dialéctica en todo momento, y ese es el sentido presente en la Segunda Declaración cuando reconoce que puede darse un desfasaje entre las condiciones objetivas y los factores subjetivos, ya que éstos maduran venciendo una carga acumulada de concepciones que no se borran de forma automática al variar las condiciones objetivas.

La Declaración lo tiene en cuenta cuando plantea que la conciencia se adquiere “tarde o temprano” a lo que habría que añadir sobre la necesaria labor educativa e ideológica que al respecto influya en la conformación de las condiciones subjetivas. Tampoco puede existir confusión en cuanto a que la transición socialista, a la par que desarrollo económico y social, tiene que transformar al ser humano en el sentido planteado por Che Guevara en El Socialismo y el Hombre en Cuba, particularmente su concepto hombre nuevo. La Segunda Declaración de La Habana enfatiza en este tema cuando refiriéndose a las condiciones subjetivas dice: “ […] el factor conciencia, organización, dirección puede acelerar o retrasar la revolución según su mayor o menor grado de desarrollo, pero tarde o temprano en cada época histórica, cuando las condiciones objetivas maduran, la conciencia se adquiere, la organización se logra, la dirección surge y la revolución se produce.”

Hoy sabemos muy bien la importancia de esa interacción que no siempre se ha logrado de la forma que está expuesta. También sabemos que “la Revolución se produce” no solo teniendo el poder político en manos de los sectores populares, sino garantizando ese poder en el día a día, renovando los compromisos, las emociones, los valores y las motivaciones humanas que garantizan la continuidad de la compleja obra revolucionaria.

Lo tercero concierne al importante tema de la unidad alrededor del proyecto revolucionario, visto en los planos nacional e internacional. En ese terreno la Segunda Declaración de La Habana hace un llamado a la unidad de las fuerzas revolucionarias, a la articulación internacional de las luchas nacionales y regionales, a la vez que alerta sobre las negativas consecuencias del divisionismo en el seno de las organizaciones revolucionarias.

Un aspecto poco reconocido en términos de unidad concierne al respeto que se expresa en la Declaración hacia todas las formas de lucha que pueden conducir a los cauces revolucionarios y en este sentido el documento muestra la importancia del análisis de las condiciones en cada contexto nacional, las particularidades de cada sociedad para emprender acciones antimperialistas y revolucionarias. Son elementos imprescindibles para el análisis de la América Latina de hoy con la comprensión de que cada proceso de cambio en un sentido antimperialista o anticapitalista, tiene sus peculiaridades, y que cada proceso de construcción del socialismo es inédito, por lo que no procede el trazado de esquemas, recetarios o modelos únicos.

Por último y con gran pertinencia para el presente, en la Declaración se analizan las limitaciones de la salida burguesa para enfrentar las grandes brechas de desigualdad social que existen en la sociedad capitalista. Reconoce que la experiencia histórica demuestra que en América Latina sectores nacionales burgueses, aun cuando sus intereses sean contradictorios con los del imperialismo yanqui, han sido incapaces de enfrentársele, o son paralizados por el miedo a la revolución social y al clamor de las masas explotadas. Situadas ante el dilema imperialismo o revolución, solo sus capas más progresistas estarán con el pueblo.

Esta tesis nos lleva a meditar seriamente sobre las ofertas o “soluciones” que algunos hoy ven en un régimen de corte socialdemócrata o en un retorno, mejor dicho retroceso, al liberalismo burgués que siempre reivindicará el sacrosanto poder de la gran propiedad privada y del individualismo exacerbado. También nos da luces para distinguir entre los procesos genuinamente revolucionarios, como es el de Cuba, y los proyectos que se agotan en el llamado neo desarrollismo que algunos, lamentablemente también desde la izquierda, consideran como la respuesta adecuada para eliminar las contradicciones derivadas del subdesarrollo o de las políticas neoliberales, al margen de las soluciones que un proyecto socialista puede generar.

No es posible obviar el hecho de que la Segunda Declaración de La Habana retoma ideales cuando con pasión hace un llamado: “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. Y lo hace pensando en la patria grande que hoy también convoca a los cubanos a preservar las conquistas del socialismo, no sentados para ver pasar el cadáver del imperialismo, sino actuando cada cual en su lugar en un continente donde cada vez se hace más visible que hay que contar con los humildes y con los trabajadores.

Llena de orgullo constatar que fue en la tierra de José Martí y Fidel Castro donde se adelantó una visión del futuro latinoamericano que hoy es realidad que se multiplica en los procesos de cambio que tienen lugar en varios países de la región desde 1998 con el ascenso de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela. Desde entonces, con el valioso antecedente y ejemplo de la Revolución Cubana, se abrieron nuevos derroteros de luchas populares, que a pesar de reveses y contradicciones acaecidas y posiblemente por acaecer, va empoderando un mundo popular lleno de razones que la Declaración fue capaz de avizorar como

…”ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más. Esa ola irá creciendo cada día que pase. Porque esa ola la forman los más mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que los sometieron.
Porque esta gran humanidad ha dicho: «¡Basta!» y ha echado a andar.”

Notas

-Olga Fernández Ríos es Doctora en Ciencias Filosóficas, Investigadora del Instituto de Filosofía, Académica Titular de la Academia de Ciencias de Cuba, Coordinadora de la Sección de Ciencias Sociales de la Sociedad Económica de amigos del País.
-La reunión de cancilleres de la OEA se hizo coincidir, por parte de amigos de la Revolución Cubana, con una Conferencia de los Pueblos, inaugurada el 23 de enero de 1962, en el Teatro “ Federico García Lorca” en La Habana. Ella constituyó la réplica de los humildes y oprimidos a la reunión de Punta del Este. El artífice principal fue el ex presidente de México, Lázaro Cárdenas y entre las importantes personalidades participantes se encontraron el senador chileno Salvador Allende, los venezolanos Fabricio Ojeda y Pedro Mir, el salvadoreño Roque Dalton, los guatemaltecos Jacobo Arbenz y Manuel Galich, el también chileno y comunista Volodia Teitelboim, la nicaragüense Blanca Segovia Sandino. -Ver Orlando Cruz Capote: La proyección internacional de la Revolución Cubana hacia América Latina y El Caribe 1959-1962.Trabajo inédito, archivo del Instituto de Historia, La Habana.

Ver: II Declaración de La Habana, 4 de septiembre de 1962, p. 38; en, Declaraciones de La Habana y Santiago de Cuba, Editora Política, La Habana, 1965,

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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