Cambios sociales y permanencias a partir de la crisis de los años noventa

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Fernando Martínez Heredia

Como todos saben, Cuba es un país realmente singular. Al abordar este tema, como tantos otros, ese rasgo se hace ostensible. En Cuba, la dimensión política de la sociedad es más amplia y rica que el sistema político. A partir de 1959, la actuación política directa con muy alta conciencia de los derechos y deberes ciudadanos ha sido una constante para la mayoría de la población. Esas prácticas no son intermitentes ni de involucramientos parciales, sino constantes. Combinan las motivaciones procedentes de una conciencia social de lo político y del valor de la solidaridad humana y el patriotismo popular, con los vehículos, la estructura y la sistematicidad que son usuales de los sistemas políticos. Lo político y los deberes a cumplir por el sistema político incluyen mucho de lo que en otras sociedades se deja al arbitrio de otras instancias, con evidente perjuicio para las mayorías, como son la alimentación, la salud, el empleo, los derechos del trabajador, la educación, la seguridad social y demás necesidades del individuo y los grupos sociales.

Esta es una de las características fundamentales de la naturaleza de la Revolución y del régimen social cubano, y forma parte de las bases de la legitimidad del liderazgo y del sistema político. Su origen y su razón de ser no residen en coyunturas de bonanza de un período más o menos breve, o en el cumplimiento de promesas electorales, sino en las realidades de los cambios colosales de la vida de las personas, las relaciones sociales y las instituciones generadas por el proceso revolucionario, conquistadas y desarrolladas con la participación decisiva de las mayorías, codificadas por las leyes y convertidas en costumbres. El consenso por parte de las mayorías del que el poder político ha gozado durante más de medio siglo tiene bases muy firmes en el imperio de la justicia social, la redistribución sistemática de la riqueza del país en beneficio de esas mayorías, la identificación general del gobierno como servidor de los altos fines de la sociedad y administrador honesto –y no como una sucesión de grupos corrompidos que medran, engañan y lucran– y la defensa intransigente de la soberanía nacional plena.

Por consiguiente, los cambios y las permanencias sociales en Cuba no pueden verse y analizarse como algo relativamente autónomo, porque están intrínsecamente ligados a la dimensión política de la sociedad y, por tanto, a la dimensión económica, que no puede ser autónoma, porque el país es socialista.

Desde ese punto de partida es necesario reconocer que la sociedad de justicia, bienestar y oportunidades para todos que se logró como saldo del proceso hasta 1990 ha sufrido deterioros y reducciones de esos rasgos en los últimos veinte años. No me detengo en la profunda crisis que vivió Cuba en la primera mitad de los años noventa, que originó esa tendencia negativa, solamente añado dos constantes que operan siempre y sistemáticamente contra el país: el sistema de agresión del bloqueo, que es un funesto estado de guerra económica al que nos somete Estados Unidos; y las profundas y abarcadoras desventajas económicas que sufrimos, como la mayor parte de los pueblos del planeta, causadas por el sistema actual de financiarización, centralización, robo de recursos y exacciones parasitarias del gran capital.

La crisis pudo ser enfrentada y remontada porque se produjo la conjunción de la gran sagacidad, la decisión y un apego estricto a los principios socialistas combinados con una enorme flexibilidad táctica de la dirección revolucionaria, con la abnegación, la combatividad y la pericia de las mayorías, franqueada por el extraordinario desarrollo que habían experimentado sus capacidades y su conciencia política en las décadas previas. Eso fue mucho más que el mantenimiento de un gran pacto social. No hubo ninguna rendición, ni apelación al repertorio neoliberal que era usual: la política social ejemplar cubana se mantuvo, aun en los peores momentos. La maestría y la firmeza de Fidel y la abnegación y la sabiduría política del pueblo, unidos, impidieron la caída del socialismo cubano.

Pero los efectos de la profunda contracción de la actividad económica y la calidad de la vida, y los de una parte de las medidas que fue necesario tomar, se hicieron sentir de manera aguda primero y, aunque pronto fueron atenuados, comenzaron a tener consecuencias que se han vuelto en parte crónicas, y que han recibido impactos muy diversos –positivos y negativos—en las dos décadas que siguen hasta hoy. No es posible detenerse en esto, pese a la importancia que tiene para el análisis.

En la actualidad se puede apreciar la consolidación de desigualdades ante el ingreso que percibe la población, que eran desconocidas antes de los años noventa. Hay sectores empobrecidos, y esto puede ser más agudo en grupos sociales que estaban en desventaja por razones históricas y/o territoriales, o a los que la evolución de la situación fue llevando a ese estado. De un nivel ínfimo de pobreza y cero pobreza extrema hace treinta años, hemos pasado a tasas de pobreza que para Cuba son notablemente altas. Las deficiencias más significativas pueden encontrarse en vivienda, alimentación con calidad, remuneración del trabajo, situación de comunidades, acceso a una parte de los consumos necesarios o deseados. De una sociedad en la que las relaciones entre los esfuerzos laborales y los consumos y la calidad de la vida eran muy indirectas, hemos pasado a una situación en la que los ingresos directos que se obtienen desempeñan un papel grande en esos consumos y calidad de la vida. El papel del dinero ha crecido sensiblemente en un gran número de campos.

La relación entre las capacidades que poseen las personas y las remuneraciones que reciben, siempre tan compleja, se ve afectada también por diversos factores. Hay tipos de trabajo y lugares de trabajo que resultan privilegiados o satisfactorios, mientras en otros no se encuentra la retribución justa o carecen de recursos. Ha crecido el número de los que viven en condiciones muy difíciles, y también el de los que realizan diferentes labores y actividades para mantener las condiciones en que viven. Existen intermediarios que viven bien sin aportar nada valioso a la sociedad. Las remesas desde el exterior, importantes para la macroeconomía, pueden erosionar también las ideas socialistas; es probable que una parte de ellas esté sirviendo para crear empresas pequeñas, pero que tienen privilegios para operar y sostenerse.

Junto a esas realidades han sido impactadas las representaciones, los valores, la conciencia y las ideas, de manera paulatina pero que no puede subestimarse. Entre sus efectos está la existencia actual de una franja en el país que es ajena a la Revolución, privilegia los asuntos personales y las relaciones familiares y de pequeños grupos, y suele creerse ajena a las militancias y las contaminaciones políticas. En unos, expresa el cansancio o la falta de interés en lo político; en otros, los afanes de la vida del hombre económico, aunque también se combinan las motivaciones. Este apoliticismo convive en paralelo con las convicciones políticas y las costumbres socialistas arraigadas, como conviven en paralelo en nuestra sociedad un enorme número de relaciones sociales, representaciones y valores socialistas y capitalistas. Repito una vez más que se está librando una guerra cultural abierta entre el socialismo y el capitalismo. Agrego aún otro rasgo negativo que ha crecido: la conservatización social. Esta parece ser aún más neutra que la despolitización, y pudiera verse como un portador de modas, comportamientos, satisfacciones y normas que tienen su referente en algo que porta el aura de lo intemporal. En suma, como una “vuelta a la normalidad” de la sociedad.

¿Avanzará el desarme ideológico? ¿Llegaremos a ser un país “normal’?

Frente a esas realidades adversas, Cuba conserva fuerzas profundas y enormes para mantener su revolución socialista de liberación nacional, y un sólido potencial para desarrollarla hacia nuevas metas, ambiciosas pero necesarias. Ante todo, se ha mantenido sin desmayos una política social basada en principios, que asigna recursos y brinda un gran número de servicios sobre las bases socialistas de gratuidad, acceso de los sectores populares y universalidad, se opone a la expansión de las desventajas y exclusiones y protege a los grupos humanos con necesidades especiales. Se mantiene siempre actuante en rubros principales, como la alimentación, la salud, la educación y la cultura. Es necesario discutir y encontrar los modos acertados de combatir especialmente la reproducción de las desventajas de determinados grupos y áreas, incluyendo desatar las fuerzas unidas de especialistas y masas de población que poseen cualidades suficientes para hacerlo, y hacer los cambios institucionales que sean necesarios.

El acumulado de cultura con el que contamos es impresionante, a nivel mundial. Un buen ejemplo de ello son los datos sobre las mujeres cubanas brindados por el presidente Raúl Castro en su discurso ante la Conferencia sobre Igualdad de Género y Empoderamiento de las Mujeres de la ONU, el pasado 27 de septiembre. Las enormes capacidades de formación general, técnica y científica, que fueron un factor tan relevante para enfrentar la crisis, siguen siendo una gran ventaja permanente. La pacificación de la existencia personal y familiar garantizó y elevó la calidad de la vida, las posibilidades, los derechos, los nuevos problemas y los proyectos de las mujeres, los hombres, los niños y los ancianos. En Cuba no existen, desde hace más de cincuenta años, la violencia en la política, las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzosas ni las torturas a detenidos. Las tasas de homicidios y de consumo de drogas son bajas. No existe como problema de alguna entidad la seguridad de la población. El carácter colectivo de las hazañas, los trabajos, los logros, los sacrificios, las transformaciones, ha sido una escuela de cambio profundo y de crecimiento de los seres humanos.

Toda esa cultura socialista acumulada hace que, por ejemplo, tengamos, desgraciadamente, barrios marginales, pero no tenemos seres humanos marginales, que hayan interiorizado su inferioridad y su destino. Nuestros investigadores estudian la pobreza en el país, pero no tenemos clases subalternas. No se ha producido, ni permitiremos que llegue a producirse, esa victoria de la dominación que es la naturalización de las relaciones sociales que producen la desigualdad, la explotación del trabajo, la exclusión, la opresión, un escamoteo de lo esencial, que es básico para la hegemonía del capitalismo.

Esta última afirmación me lleva a la parte propositiva de mi intervención: la sociedad cubana no como un objeto de estudio, sino como un sujeto actuante que enfrente los desafíos cruciales de la actualidad y el futuro cercano.

Ante todo es imprescindible conocer lo mejor posible los problemas, los límites y los retrocesos, para poderlos enfrentar con efectividad. Identificar lo que nos perjudica, además de los enemigos externos y las insuficiencias estructurales, como son el burocratismo y la inercia, males muy graves, la falta de cumplimiento o el mal ejercicio de tareas que son indispensables, los errores, la formación de grupos conservadores o de intereses materiales y de poder social, y los manejos corruptos. Es decir, ganar conciencia de lo que necesitamos cambiar en nuestro propio campo.

Dos palabras en cuanto a la fórmula vacía, confusa y a veces malintencionada de que “Cuba debería cambiar”. Ella no tiene en cuenta numerosos cambios que ha habido y siguen sucediendo en los diferentes campos del país, ni discierne acerca de la radical distinción que hay que hacer entre cambios a favor o en contra de la sociedad de transición socialista decidida a no perder su rumbo y profundizarse. Ni tiene en cuenta que nadie puede ni podrá imponerle a Cuba cambios que no sean los que las cubanas y los cubanos quieran darse libremente, en el ejercicio de su cultura, sus intereses, sus ideales, sus proyectos y su soberanía.

La coyuntura contiene nuevos riesgos que acompañarán al avance de las negociaciones con Estados Unidos, que no ha abandonado en modo alguno su objetivo estratégico de destruir el socialismo cubano y socavar nuestra soberanía nacional. Aunque sabe que no puede repetir lo que hizo a partir de 1898, mientras ensaya disminuir aspectos del bloqueo a cuentagotas en espera de alguna concesión cubana, pretende utilizar cartas a su favor que se lo permitan, como serían la de que nos dividamos, seducir a una suerte de nueva clase media con comercio, inversiones, consumos y ‘tecnologías’, y esperanzar a los sectores menos conscientes de la franja de pobreza existente. Sin prescindir, naturalmente, de todas las formas de subversión que estén a su alcance.

No podemos separar las respuestas a la política imperialista de las acciones dirigidas a defender y profundizar nuestro socialismo: en realidad, estas últimas serán lo decisivo. La sociedad pasa al centro del combate político, y ella necesita que entre todos hagamos política social, y hagamos política. Un requisito básico será la activación de muchos medios organizados que no están siendo eficaces ni atractivos, y la creación de nuevos espacios y mecanismos para fomentar la actuación y la creatividad populares. Ganar la batalla de la participación de los que están dispuestos y reconquistar a la mayoría de los que no lo están. Son innumerables los asuntos, los retos, las necesidades, los campos en los que podrían ejercitar su participación quienes sientan que deben hacerlo.

La economía es una dimensión estratégica, y las referencias a ellas han tenido un lugar central. Sin embargo, las relaciones y los problemas económicos son algo demasiado importante para reducirlos a invocaciones pragmáticas y medidas que involucren a unos pocos: tienen que ser campo de debates y de labores de todos. No es posible, por ejemplo, limitarse a amparar a pobres, hay que conocer el mapa de la pobreza y sus causas, para divulgarlas y combatirlas con método y con participación popular, y erradicar sus consecuencias sin esperar al supuesto ”chorreo” de una bonanza económica. El deterioro a que ha llegado la educación escolar es un grave problema social, pero enfrentar con éxito su renovación y desarrollo es completamente factible a los cubanos, por el intenso amor a la educación que caracteriza a nuestra cultura, la multitud de personas muy capacitadas que hay en todas partes del país y la gigantesca cultura institucional que existe en ese campo. Solo un ciego no se daría cuenta del papel que puede desempeñar la escuela en la formación de ciudadanos preparados y conscientes y en la defensa de la cultura nacional y la justicia social.

Más rescate en términos ideales y materiales de las relaciones y la manera de vivir socialista; mayor socialización dentro del ámbito y la gestión estatales; un impulso cierto de la municipalización y otras formas de descentralización que beneficien a empeños de colectivos, a las comunidades y al país, y no al individualismo y el afán de lucro; enfoques integrales de los problemas. Estos y otros temas importantes ya no caben en el tiempo que tenemos.

Se está produciendo un aumento de la politización en sectores amplios de población, que estimula al nivel inmenso de conciencia política que posee el pueblo cubano. Emergen sectores no pequeños de jóvenes que rechazan el capitalismo. Ha crecido bastante la expresión pública de críticas y criterios diferentes hechos por cubanos socialistas y dirigidos a fortalecer el socialismo. El pueblo cubano ha ejercido la justicia social, la libertad, la solidaridad y el pensar con su propia cabeza, y se ha acostumbrado a hacerlo.

Tenemos conciencia política del momento histórico en que vivimos y lo que se juega en él. En esta hora de Cuba, podemos ir condensando nuestras ideas, sentimientos y prácticas en la formación de una comunión entre lo social y lo político, y un bloque entre las fuerzas e instituciones sociales y políticas.

  • Fernando Martínez Heredia es Director General del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, de La Habana, Cuba.

Intervención en el panel “Las transformaciones actuales en Cuba: algunos impactos en la sociedad”, del Simposio Internacional Revolución Cubana: Génesis y Desarrollo Histórico, del Instituto de Historia de Cuba. La Habana, 14 de octubre de 2015.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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