50 años de Biografía de un Cimarrón

 

MIGUEL BARNET. 

(Transcripción de sus palabras en el espacio dialogar dialogar de la AHS)

Muchas gracias a todos ustedes por la presencia tan estimulante para mí, y gracias a Ana, porque yo no sabía que había esa coincidencia entre Goethe y yo (RISAS), porque Goethe era un escritor mayor y yo no; pero, bueno, tuvo la suerte de que pudo ver su obra Werther en escena, pudo verla publicada 50 años después. Realmente, estar del lado de acá y no del más allá me produce un privilegio muy grande, y tener tantos amigos queridos aquí, tantos amigos queridos y tantos lectores de mi modesta obra.

Todo lo que dijo Ana Cairo es cierto, pero hay otras cosas que también son ciertas, o semiciertas, que ella no dijo.  Ella es una erudita maravillosa, todas las comparaciones que hace son de una gran pertinencia y son realmente ajustadas a una línea de pensamiento, a una teoría buscada desde mi obra.

Yo no sé si él es un personaje totalmente creado por mí, porque la persona de Esteban Montejo fue una persona que me subyugó tanto, tanto, por su pensamiento, por su historia, que si yo lo convertí en un personaje, en un personaje con una ética, con una dignidad, con una dimensión, no fue mi propósito convertirlo en un personaje, ni tampoco, como tú bien dices, hacer un puro y escueto relato etnográfico. Yo escribí y escribí y recogí y recogí, estuve tres años yendo a entrevistarlo, primero desnudo, sin nada, y luego apareció en la Academia de Ciencias una donación –en esa época ya empezábamos a recibir donaciones– de una grabadora que pesaba treinta o treinta y pico de libras, y al cabo de los seis o siete meses de estar entrevistando a Esteban con mis famosas libreticas–porque esas libreticas yo nunca las he perdido, yo siempre las llevo en mi bolsillo hace más de 50 años–, yo recogí, y ahí está en las libreticas, las cosas que él me iba diciendo.  Pero no fue festinado, mi interés no fue casual o fortuito.  Yo estaba estudiando Etnografía y como ella hoy bien dice, yo tenía una formación, y el privilegio de estar cerca de figuras tan grandes como Fernando Ortiz, como el propio José Luciano Franco, a quien visitaba mucho en el Archivo, a Juan Pérez de la Riva.  Imagínense ustedes, Juan Pérez de la Riva tenía un cubículo en la Biblioteca y yo tenía otro, con Zoila Lapique, con Argeliers León, que era el director de Música de la Biblioteca, y me dijo: “¿Qué estás haciendo tú pasando a máquina facturas de gomas?” Yo trabajaba en la Firestone Tires Rubber Company pasando a máquina, con estos dedos gruesos–por lo menos en la máquina sí, en la computadora no me caben– facturas de neumáticos.  Y yo le dije: “Estoy estancado.”  Luis Garzón me dijo una vez que la peor tortura que se le podía hacer a una persona era trabajar ocho horas, y yo trabajaba ocho horas, me levantaba a la seis de la mañana, cogía la ruta 76 y me bajaba allí en la Firestone,  que estaba un poco antes de llegar a Boyeros.  Figúrense, hasta las seis de la tarde; marcaba tarjeta a las ocho y marcaba tarjeta a las seis.  Era una verdadera tortura, yo estaba angustiado, yo no sabía qué hacer con mi vida, y estaba ya en la turbulencia de la clandestinidad y vino la Revolución, y la Revolución me salvó. Argeliers me dijo: “Ven a trabajar conmigo, pero hay un inconveniente.”  Dígole: “¿Cuál?” Dice: “Que tú vas a trabajar conmigo como secretario mío” –no era un secretario; era un ayudante, un amanuense, un auxiliar–“pero no hay salario.” Y le dije: “No importa, no importa.”  Yo tenía guardado dinero, yo siempre he tenido guardado mi dinerito (RISAS), catalán al fin y al cabo, mi familia catalana me enseñó a guardar dinero.  Y entonces le dije: “No, yo no lo necesito, yo tengo un dinero que heredé de una tía mía, que se había ido para los Estados Unidos y me dejó el dinero.”  Nunca me alegré tanto de que se fuera para Estados Unidos esa tía mía como cuando me dejó aquel dinero, que pude vivir tres años sin salario en la Biblioteca Nacional.  Y la Dra. María Teresa Freyre me tenía como uno más de lo que llamábamos la dotación, pero yo no tenía salario, vivía con el dinero que tenía guardado en el banco, el de mi tía.

Salvó mi vida también Argeliers dándome aquella posibilidad de estar cerca de ellos.  Aquello era una maravilla, estar allí era un privilegio.

Sí, he tenido suerte, y la primera suerte fue la de caer allí junto con Juan Pérez de la Riva, Zoila Lapique, Manuel Moreno Fraginals, Hugo Vilches, economistas y sociólogos. Y llegaba de vez en cuando Le Riverend, con su tono arrogante, y yo le ponía oído, no vista, oído nada más, no me acercaba a él porque a mí las personas así tan rimbombantes no me gustan. Hoy está en el cielo, y que me perdone, pero… Era brillante hombre.  Su Historia de La Habana me ayudó mucho, su libro La Habana, biografía de una provincia, me ayudó mucho.

Pero allí había un personaje muy modesto, muy callado, que ese sí iba todos los días, no fallaba nunca y no tenía cubículo, iba para el cubículo mío, que era Pedro Deschamps Chapeaux. Fue uno de los gestores también, junto con Pérez de la Riva, de esta teoría o de esta hipótesis de la “gente sin historia”. Y él tenía algunos trabajos sobre eso, sobre el periodismo y los negros; cómo la clase negra también era una clase intelectual prominente, y todo eso para mí era nuevo. Y entonces yo me acerqué mucho a Pedro Deschamps Chapeaux, y Pedro me ayudó mucho a orientarme.

Empezamos una investigación sobre los barracones. Era un estudio métrico, morfológico de los barracones, y viajábamos en una camioneta terrible –que yo creo que eso fue lo que me creó a mí la sacrolumbalgia (RISAS)–, con unos baches tremendos. Yo tenía 21 años, y paseamos todo el país con Peter Newman que es un antropólogo, con antropólogos africanos que llegaron también contratados por Antonio Núñez Jiménez, que era el Presidente de la Academia, con quien hice una gran amistad –él tuvo simpatías por mí porque yo era el más joven de todo aquel grupo–, y él me llevó un día para su despacho, y habló conmigo y me dijo: “¿Y qué tú crees de esta cosa de los barracones?”  Y yo le dije: “No, mire, me parece muy bien que se haga este estudio.”  En definitiva se publicó, el libro de Juan Pérez de la Riva se publicó, y aparece ahí un agradecimiento a todo el mundo, y a mí ya al final, con mi nombre muy chiquitico, porque yo iba sencillamente acompañándolo a él en el viaje a hacer el estudio sobre los barracones.  Pero cuando yo llegaba a mi casa, yo pensaba en Balzac.  Yo había leído recién un libro, Memorias de Adriano, y había leído muchas cosas, y había leído un libro fundamental que tú no mencionas, Ana, el Juan Pérez Jolote, quizás porque no sabes la cercanía que yo tuve con ese antropólogo mexicano, que luego me invitó a estudiar en México, Ricardo Pozas.

Yo me leí el Juan Pérez Jolote, y dije: “No hay en Cuba un libro así.”  Es verdad que Caniquí es un libro que existe. Pobre libro, que no está muy bien escrito, están los cimarrones en muchos libros cubanos. Pero yo me leí con una tremenda pasión y fervor el Juan Pérez Jolote.  Me gustó mucho el modo en que él organizó la investigación con ese indio de Chiapas, el indio chamula; una vida, es historia de vida.

Estaba de moda una de las teorías de los antropólogos africanos e ingleses, que era la life history, la historia de la vida, de los personajes.  Y yo dije: “¿Y qué pasaba en los barracones? ¿Cómo vivían estos hombres y estas mujeres ahí, hacinados ahí?”  No basta con describir el huequito por donde entraba el aire, no basta con hablar de las letrinas, no basta con decir que en cada barracón a lo mejor, cuando había cierta tolerancia por parte del amo, ellos podían tener sus conucos y sembrar sus vegetales y sus hierbas ahí, o tener sus cochinaticos, como decían ellos, y poder comer carne de cerdo porque el tasajo les repugnaba, o porque a veces había viandas nada más en las comidas, la esquifacionera pobre, o sea, la ropa que se ponían se la cambiaban a los seis meses. A mí me preocupó la vida, cómo era la vida humana, sentimental, cómo era la vida incluso amorosa y erótica entre ellos. Y ahí empecé a decirme: “No hay nada, no hay nada, no solo hay nada realmente así, escrito, que a mí me ilumine sobre esto.”

Ya yo había leído todo, Cirilo Villaverde. El ingenio no se había producido todavía, se estaba produciendo, pero Moreno estaba muy cerca de nosotros, era nuestro profesor en el Seminario, no en el Seminario de Folklore, sino en los seminarios que sucedieron a aquel seminario ya en el Instituto de Etnología y Folklore, que se convirtió en un centro docente, donde estuvimos nueve años estudiando Etnografía, Etnología Aplicada, Antropología Social, Estadísticas –que era para mí espantosa.

El caso es que yo de pronto estoy un día viajando en una guagua, y compro el periódico El mundo, y veo una entrevista a unos descendientes de africanos, una negra ya muy vieja, que casi no podía expresarse, pero que quería aprender a escribir; había sido esclava y entonces, bueno, la Campaña de Alfabetización la alfabetizó.  Y estaba Esteban Montejo, que él decía que él sabía leer y escribir, pero que había sido esclavo y cimarrón.  Y cuando dijo cimarrón, a mí se me ocurrió una idea.  Yo dije: “Aquí hay un camino, aquí hay una luz.” Y fui a entrevistarlo al hogar de ancianos, y ahí comenzó la historia. Fueron tres años de entrevistas constantes, diarias casi; no diarias, porque tampoco había mucho dinero y la guagua había que cogerla, bajarse en Diez de Octubre, hacer una transferencia y después regresar; pero yo hice todo ese libro de manera casi se puede decir que clandestina, secreta, porque no era la tarea que me tenía asignada Argeliers León a mí en el Instituto de Etnología. Yo tenía que hacer investigaciones sobre las danzas en Cuba: la zarabanda, la chacona amulatada, las formas distintas de la rumba, el guaguancó, el yambú, la  jiribilla, la columbia; en fin, eso era lo que yo tenía, más los estudios, porque aquello como ya dije era un centro docente.

Y así, poco a poco, fui acumulando información.  Y cuando Núñez me llamó en aquella ocasión, y me dijo: ”¿Qué tú estás haciendo?”  Porque a Núñez le llamó la atención mi curiosidad, mi curiosidad en las reuniones que se hacían en lo que ahora va a ser la Asamblea, el Parlamento, el Hemiciclo Camilo Cienfuegos, que yo hablaba y metía unas catilinarias tremendas allí, y era una especie de sicofante.  Yo era antipatiquísimo, porque tenía 21 o 22 años y quería saber muchísimo, y no sabía nada; pero, bueno, hablaba para demostrar que yo tenía interés en investigar y en ser un intelectual en este país.

Y él me llamó, le llamé la atención, le caí bien. Y yo le dije: “Mire, tengo unas fichas, capitán” –le decíamos así, capitán–, “tengo unas fichas sobre un esclavo ex cimarrón y tengo un cúmulo enorme de fichas.”  Me dijo: “Ah, me gustaría verlas.” Y yo le dije: “Bueno, yo se las mostraré.”  Y pensé: en su momento se las mostraré.

Se las mostré cuando terminé el libro, que lo hice a espaldas de Argeliers y de Isaac Barreal y de María Teresa Linares y de todos fui escribiendo el libro, y con un miedo tremendo de que me dijeran:¿en qué momento tú escribiste esas doscientas cuarenta y pico de páginas, si tu tarea era otra?  Pero estaba Calixta Guiteras, una maravilla de persona, que había llegado de México, de su cátedra en México, y Calixta leyó el libro, lo leyó Margarita Dalton, y ella fue la que se lo recomendó, el libro se lo pasó a Núñez Jiménez, y Núñez tomó la decisión: eso hay que publicarlo, esa es una cosa rara, extraordinaria, y va a gustar.

Y yo hice un manuscrito, un mecanuscrito –no existían computadoras ni nada de estas cosas que existen ahora, que son tan útiles y tan importantes y tan chismosas–, pero entonces yo aquel mecanuscrito se lo llevé a Núñez.  ¿Y a que ustedes no saben qué hizo Núñez cuando leyó el libro?  Se lo mandó a Alejo Carpentier.

Alejo Carpentier no leyó el libro publicado; Alejo Carpentier leyó el mecanuscrito, es decir, la copia mecanografiada. Y un día me llamó, y yo dije: “¡Ave María!, ¿que me llame Alejo Carpentier?”  Yo trabajaba en el Instituto de Etnología, y él era el director de la Editorial Nacional.  Me hizo un elogio, y después –eso sí está escrito, por eso lo digo– me dijo: “Este es el complemento testimonial de El reino de este mundo, esta es una cosa extraordinaria.  ¿Y este personaje existe?  Yo quiero conocerlo.” Bueno, lo conoció, porque yo lo llevé a la Academia de Ciencias cuando Esteban cumplió 103 años.  Le  hicimos el cumpleaños en la Academia de Ciencias, y ahí están las fotos, con todas las personas que lo conocieron.

Y así surgió este libro, que no lo hizo un muchacho ingenuo, ni tampoco un sabio; una persona con intuición y con mucha curiosidad. Ingenuo no porque yo tenía una formación histórica y académica de Metodología de la Investigación, que es mi formación histórica.

Y entonces salió el libro publicado.  Y pudo haberme hecho daño lo que ocurrió; la suerte que yo tengo unas corazas tremendas porque en la revista Bohemia salió: “Un libro sin precedentes en la literatura cubana, Lisandro Otero, Onelio Jorge Cardoso, Alejo Carpentier.” Imagínense, yo tenía 25 años, iba a cumplir 26, y aquello cayó… Moreno Fraginals, Juan Pérez de la Riva, todo el mundo escribió sobre el libro, Renée Méndez Capote, Félix Pita Rodríguez.

El primer artículo que salió en el periódico fue de Loló de la Torriente, un artículo muy elogioso de Loló de la Torriente, que por cierto tiene un libro histórico que algún día tenemos que reeditar, Mi casa en la tierra. Y así fue como empezó todo.

Pero les debo mucho a ellos, a mis maestros, por eso siempre me molesta y me hiere tanto que las generaciones jóvenes no pongan alfombras rojas a sus maestros, a quienes los antecedieron, a sus antecesores y a quienes abrieron esa brecha que abrió Fernando Ortiz; porque antes de escribir el libro ya yo visitaba la casa de don Fernando, y a don Fernando le di el libro también, pero don Fernando ya estaba muy enfermo, ya tenía las piernas muy hinchadas, tenía la diabetes, muy agudizada, y realmente no pudo escribir nada, pero él me dio aliento para seguir escribiendo. Incluso, durante ese período en que yo estaba escribiendo el libro, hicimos el documental a sugerencia de Santiago Álvarez y de Alfredo Guevara, que lo hizo Iván Nápoles, que fue en el año 1965, un año antes de que saliera el libro.

Pero le debo mucho al libro Juan Pérez Jolote, y les debo mucho a los historiadores cubanos, y le debo mucho no al personaje, sino a la persona de Esteban Montejo.  Porque hay quien dice: “Bueno, ¿qué inventaste tú?, ¿qué dijo él?, ¿cómo lo dijo?”  No, eso fue un binomio, fue una fusión.  Yo podría llamarme Miguel Montejo y él podría llamarse Esteban Barnet; fue una fusión.

Es cierto que él dijo: “Por cimarrón no conocí a mis padres.”  Pero yo añadí ¿puedo decir un secreto?: “Ni los vide siquiera. Pero eso no es triste, porque es la verdad.”  Eso lo añadí yo, es verdad, ¿y qué? No traiciona para nada el espíritu del discurso de Esteban Montejo.

Y entonces han pasado aquí muchas cosas: se han hecho programas de radio también, novelas, telenovelas, recitales operísticos y todo eso, y ahora esta mesa redonda. Y en junio va a haber una exposición de las 71 ediciones.  Ya parece que van a ser 72 o 73 porque hay una en Santa Clara que va a salir ahora, hay una en Turquía que va a salir, y así van a ir saliendo otras más.

No creo que sea una obra maestra.  No, creo que es una obra hecha con el corazón, con las herramientas también de la antropología y con la visión poética.

Si algo cierto dijo Ana es que yo escribí… Fíjate, Ana, tú dices: esto no se puede calificar como un relato etnográfico.  Bueno, yo trabajaba en la Academia de Ciencias y yo tenía que ajustarme a aquellos patrones.  Yo escribí un relato etnográfico, pero lo escribió un aprendiz de poeta, desde el principio, ¿comprenden?, porque el lenguaje de Esteban era lacónico.

____________.  Ya usted había publicado poesía.

MIGUEL BARNET.  Ya yo había publicado. Y lo escribí así y recreé algunas cosas y les di un montaje.  A la vez que uno edita y que uno monta, que uno edita un libro, ya uno está creando; lo otro sería una farsa, venir aquí a decir que es un testimonio puro.  Yo sería un farsante, jamás he confesado eso.  Elena Poniatowska nunca ha dicho que Hasta no verse Jesús mío es un testimonio puro; son testimonios recreados.

Hay incluso una nueva tendencia ahora en la antropología social norteamericana, que se llama Non Fiction Creating (No Ficción Creativa).  Y en esto, bueno, quizás yo me adelanté.

Después me compararon con Truman Capote.  No, nada que ver, Truman Capote escribió una cosa diferente completamente, y lo vine a leer mucho después.  Y después traduje yo A sangre fría, me tocó la suerte de que Alejo, como él sabía que yo chapurreaba el inglés, me pidió que yo tradujera A sangre fría, y traduje A sangre fría y traduje Soy negro también.

Pero quiero agradecer mucho, mucho, mucho aquí, en el día de hoy, a mis compañeros que han hablado de este libro; a ti, Ana Cairo, que hiciste una conferencia brillante también el otro día en la Biblioteca; a este espacio Dialogar, Dialogar; a Pedro de la Hoz, siempre tan culto, tan cariñoso, sacando la noticia del Breaking News, porque está sacando cosas ahí que muchos de nosotros no conocíamos; y a Guanche, que también habló del documental.  Y agradecerles… ¿No están aquí los compañeros de la EGREM?

_____________. Sí, sí, sí.

MIGUEL BARNET.  ¿Dónde están?

_____________. Está Jorge Rodríguez, está Mayito.

MIGUEL BARNET.  ¿Dónde está Jorge?

_____________.  Allá.

MIGUEL BARNET.  Y a Anita Llerena, que fue la de la idea original, que fue la que le dijo a Jorge: “Oye, vamos, Miguel está dispuesto.” Porque Jorge es amigo mío hace muchos años y disfrutó la idea de hacer un disco sobre mi poesía, y ya se hizo el disco, algún día saldrá. Y después Anita le dio la idea y él la acogió, la acogió con mucha fuerza.  Y le agradezco a la EGREM, a Mayito, que no sé si está aquí.

____________.  Mayito está también.

MIGUEL BARNET.  También está aquí Mayito.  Gracias, Mayito.

____________. Santos Toledo también.

MIGUEL BARNET. Está Santos Toledo también. (RISAS)

¿Y saben lo mejor que tiene el cimarrón?, que es un gran colofón, que dice: “Yo no me meto en trincheras, ni cojo armas de esas de hoy; con un machete me basta.” (APLAUSOS)

Mira, quisiera que una persona que yo admiro mucho se pusiera de pie para recibir una ovación: el gran músico cubano Héctor Angulo, que ilustró con sus cantos yoruba. (APLAUSOS)

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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