Che Guevara en la encrucijada. América Latina en el traspatio.

 

Milena Hernández

Contra el poder que nos enseña sólo aquella mitad,
contra el poder de las verdades dobladas,
(…)
contra el poder que siempre miente en nombre de la verdad,
contra el poder que nos convierte en extraños

Pedro Guerra, Raíz, 1998.

 

Luego de más de cuatro décadas de su asesinato, Che Guevara reaparece en la simbología de los movimientos sociales emancipatorios, en las organizaciones populares, en la iconografía de las manifestaciones políticas de carácter contrahegemónico, en la insurgencia de las banderas, los pósters, las camisetas, los tatuajes, y también –aunque en menor medida- en las referencias teóricas, en las citas bibliográficas, en la prensa escrita de los partidos, en los órganos de difusión de las agrupaciones políticas. Che Guevara interpela la conciencia de los más jóvenes, inquieta las certezas de quienes hoy peinan canas, y aviva ese axioma impostergable de todos los pueblos del mundo, a saber: si todos fuéramos capaces de unirnos (…) ¡qué grande sería el futuro, y que cercano![i].

Tal prerrogativa histórica, fruto del pensamiento de uno de los máximos exponentes del marxismo latinoamericano que diera el pasado siglo XX, ha sido relegada -si bien no olvidada- al terreno de lo postergable. Pareciera que en la agenda de las principales resistencias y movimientos populares contemporáneos, la revolución continental no está en la mesa de discusión. El alcance político de las discusiones teóricas coloca en su lugar la lucha contra la injusticia social, la crítica al sentido común y la construcción de alternativas anticapitalistas, en un contexto signado por la disminución de las luchas de clases a escala mundial[ii]. La recomposición del capitalismo, el desarrollo de su ofensiva estratégica, el desmontaje de las principales conquistas sociales obtenidas durante el siglo XX, el fortalecimiento y la efectividad de la gran guerra cultural mediática en tanto elemento clave de la dominación mundial nos recuerda la necesidad de priorizar las cuestiones trascendentales del poder y la organización en la lucha contra la hegemonía capitalista, a favor de la revolución internacional, social, popular, latinoamericana.

En esta nueva etapa, la finalidad estratégica de la confrontación -si es auténticamente revolucionaria- habrá de sostenerse en la apuesta política del Che pues en definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, (…), y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial[iii]. Sea a través de los movimientos sociales, de los partidos políticos de izquierda que disputan espacios en la batalla electoral, o de la coexistencia ideológica y heterogénea entre ambos actores políticos lo cierto es que, el parte aguas llamado Revolución Cubana nos recuerda que el revolucionario no puede sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo[iv]. Esta idea resalta la singularidad del triunfo revolucionario cubano al romper con la concepción etapista sustentada en la idea que el desarrollo de la ciencia y la técnica por sí misma crearían las condiciones objetivas y subjetivas para abolir el capitalismo. Che Guevara analizaría esta cuestión concluyendo que la revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que intervienen en ella, aún sin conocer la teoría[v].

Sin dudas, los aportes de los movimientos emancipatorios y las organizaciones políticas señalan una notable contribución en la lucha por el cambio político y contra la ofensiva del capital transnacional sobre los trabajadores y sus diversas formas de organización (sindicatos, partidos, cooperativas, entre otras). Para las clases populares resultó especialmente valiosa la desarticulación del sentido común impuesto por las clases dominantes al decir que, frente al triunfo del capitalismo sobre cualquier orden social “no hay alternativa”, en un escenario coincidente con la ideología del supuesto “fin de la historia”, el derrumbe del Muro de Berlín y la caída del campo socialista[vi].

En América Latina, ese escenario cerró el período inaugurado en enero del 59 por la Revolución Cubana, que ubicaba en su centro el choque violento entre revolución y contrarrevolución. El protagonismo de los nuevos movimientos sociales subrayó la polémica entre lucha electoral y reforma versus lucha armada y revolución. Durante las décadas siguientes se vieron ante la disyuntiva de ocupar el gobierno como un fin en sí mismo -siendo la vía electoral el método por excelencia-, o emplearlo para construir poder popular desde abajo. Todo ello frente a la ola neoliberal de carácter fascista que caracterizó el fin de siglo y que se extiende a los albores del XXI como el gigante de las siete leguas[vii].

La presencia -si bien no confluencia- de sujetos revolucionarios de carácter regional, nacional, y en algunos casos de signo mundial rescatan en su organigrama de tareas la lectura de los clásicos Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Gramsci, el Che, entre muchos otros, particularmente los aportes gestados en la práctica política de actores claves en la construcción de un marxismo latinoamericano, que se propusieron convertir las sublevaciones populares en revoluciones sociales. Sin embargo, la actual división y fragmentación del sujeto social revolucionario, el rechazo a la política y a los partidos de izquierda inducido también por el imperialismo llama la atención sobre, al menos, dos cuestiones trascendentales.

En primer lugar, resalta la capacidad de recomposición del capitalismo contemporáneo, potencia suprema en el terreno político y militar, capaz de sustentar una dominación mundial sobre todo en el ámbito cultural. En tanto sistema hegemónico orquestado por los Estados Unidos, su cabeza máxima, nuestro enemigo, y el enemigo de América entera,[viii] mostraba desde los tiempos de Kennedy y en plena Guerra Fría la espina dorsal de su recomposición ideológica. En 1963 Gordon Chase, estrecho colaborador de la Casa Blanca, resaltaba en un memorándum altamente confidencial: Hemos aprendido nuestra lección y no permitiremos “otra Cuba”. Sin embargo (…) un acercamiento mostraría claramente a Castro que tiene una alternativa que tal vez no esté seguro existe, es decir, convivir con Estados Unidos según los términos de Estados Unidos. En segundo lugar, aun cuando rechazase nuestra oferta, aprenderíamos mucho[ix].

La doctrina de contrainsurgencia desarrollada en el marco de la respuesta flexible como parte de las propuestas de la nueva administración en su lucha contra la expansión del “fantasma” comunista partió de considerar como manifestaciones subversivas la mayor parte de los problemas sociales[x]. La represión desatada no se limitó a aniquilar las organizaciones revolucionarias que desarrollaban la lucha armada inspiradas en el modelo cubano, y en el ejemplo concreto de la guerrilla que lideraba Che Guevara en Bolivia, sino que se extendió a la destrucción de los partidos políticos, sindicatos y otras organizaciones sociales y políticas de izquierda. La aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional (DNS) a través de las dictaduras militares de nuevo tipo o de «tercera generación» como también se le conoce, entendía que era a los Estados Unidos a quien correspondía combatir el comunismo internacional, cuyo centro era la Unión Soviética y su representación regional Cuba. La noción de enemigo interno que debían enfrentar los Estados latinoamericanos colocaba la subversión en cualquier persona, grupo o institución nacional que tuviera ideas opuestas a las de los gobiernos militares.

La reorganización del mapa político de América Latina durante las décadas de 1960-1980, sus efectos en el ámbito de la actividad y la subjetividad del militante se hicieron sentir a partir de la reformulación del Estado de Bienestar y de una serie de reformas de corte neoliberal que legitimaron la ocupación de las instituciones estatales a través de golpes de Estado, el uso del terror como arma principal de dominación social. El papel protagónico que adquirieron las Fuerzas Armadas en la vida interna de cada país, el desmantelamiento de las organizaciones, los partidos y los movimientos identificados con la ideología marxista, el descabezamiento y aniquilamiento de los líderes, comandantes, secretarios generales y jefes revolucionarios dio al traste con el neoliberalismo de Margaret Thatcher y su asenso al poder en 1979 y el conservadurismo de la administraciòn Reagan en 1980.

Dadas las recientes asunciones presidenciales, el terreno ganando por la derecha neoliberal de corte fascista en éste su patio trasero, el retroceso de los proyectos políticos de corte progresista que en la actualidad se encuentran en el gobierno -cuyo ejercicio de poder siempre está en disputa-, las características de los actuales procesos políticos, sociales y económicos que tipifican el actual escenario en el continente,  conviene recordar la necesidad de transformar esta/nuestra mundializada sociedad de consumo, mercantilizada por el culto al dinero y al mercado, facebookizada en las alianzas digitales, hegemónicas, antisubversivas, totalizantes y homogeneizadora del pensamiento social, linkeadora de sueños y expectativas.

En ese orden de cosas, la ofensiva lanzada por el imperialismo mundial en su afán expansionista y globalizador sintetiza una de las grandes enseñanzas del Che Guevara: De nada sirve el esfuerzo aislado, el esfuerzo individual, la pureza de ideales, el afán de sacrificar toda una vida al más noble de los ideales, si ese esfuerzo se hace solo, solitario en algún rincón de América, luchando contra los gobiernos adversos y las condiciones sociales que no permiten avanzar[xi]. Los movimientos revolucionarios, los partidos políticos de izquierda, las organizaciones populares, los movimientos feministas, ecologistas, ambientalistas deben siempre recordar que el carácter de la lucha es continental, que han de unirse en un esfuerzo único y colectivo. La sociedad en su conjunto ha de ser una gran escuela formadora de conciencia popular, subversiva, insurgente, revolucionaria, problematizadora, contrahegemónica, politizada y politizante. Ni el capital, ni el imperialismo descansan; su objetivo sigue siendo la dominación mundial, y su particularidad el consenso y la violencia, la ideología y la represión.

El ejemplo militante y la filosofía de la praxis de Ernesto Che Guevara colocan a este, nuestro Tercer Mundo y a su militancia auténticamente revolucionaria, en la encrucijada que toda conciencia obrera socialista en su lucha contra el capital debiese tener frente a ese gran reto leninista que nos reclama: qué hacer. La propia historia de vida y el legado revolucionario del Che forman parte de la resistencia internacional, popular y colectiva que colorean el mapa político de los levantamientos, las rebeliones y las protestas sociales que integran la continuidad de las luchas emancipatorias de nuestro continente. No hay que olvidar sin embargo su llamado a la solidaridad internacional, su apoyo incondicional a los procesos de liberación nacional, su crítica al inmovilismo. El Mensaje a los Pueblos del Mundo, la coherencia de sus acciones políticas e incluso su muerte en Bolivia hacen de su estrategia revolucionaria el eslabón más alto de las luchas contra el capitalismo, a favor del socialismo y del hombre nuevo.

 

En América Latina, patio trasero de los Estados Unidos, la actualización del neoliberalismo con otros rostros y matices, junto al encogimiento de algunas fuerzas políticas de izquierda, y las visibles limitaciones de los gobiernos populistas en la región señalan la urgencia de construir organizaciones propias de la clase trabajadora, que fundan en su seno una estrategia política contra el capital como expresión de la continuidad  histórica de la lucha de clases y del pensamiento revolucionario. Al mismo tiempo, la resistencia organizada debe siempre proponer un proyecto hegemónico que incluya, disputa, pelee y finalmente integre la diversidad posturas y posicionamientos comunes si bien no iguales, y junto a ello discutir y profundizar en la formación teórica y política de sus miembros, trascender los marcos de las aulas universitarias, de las capas medias y de los referentes históricos exclusivos[xii]. En ese marco, habría que considerar tal vez, que el contexto actual impone la formación de cuadros políticos auténticamente revolucionarios, cuyo horizonte sea el proyecto socialista y su protagonista principal el hombre nuevo que va naciendo.

 

La historia de las revoluciones desde abajo y hacia la izquierda nos recuerda más de una vez que una sublevación popular victoriosa permite derrotar a un gobierno derechista, pero el triunfo pleno de la revolución social implica necesariamente desplazar a las clases dominantes del poder e inaugurar una transformación histórica de la sociedad. Tal cual nos lega la filosofía de la praxis y el marxismo latinoamericano del Che Guevara, la lucha de liberación contra un opresor externo, la miseria provocada por accidentes extraños, como la guerra, cuyas consecuencias hacen recaer las clases privilegiadas sobre los explotadores, los movimientos de liberación destinados a derrocar regímenes neocoloniales, son los factores habituales de desencadenamiento. La acción consciente hace el resto[xiii].

 

 

 

 

 

 

Notas

[i] Ernesto Che Guevara, Crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna, En Mensaje a los argentinos (y otros mensajes), Editorial Perfil, 1997, p. 51.

[ii] Ver, entre otros, Fernando Martínez Heredia, “Repensando alternativas desde América Latina”, p. 28, y Julio C Gambina, “Movimientos sociales y cambio político”, p. 166, en Fernández, Miriela; Lugo, Llanisca: Reencauzar la utopía. Movimientos sociales y cambio político en América Latina, Editorial Caminos, La Habana, 2012.

[iii] Ernesto Che Guevara, Crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna, En Mensaje a los argentinos (y otros mensajes), Editorial Perfil, 1997, p. 43-44.

[iv] Segunda Declaración de la Habana 04/02/1962, Departamento de versiones taquigráficas del gobierno revolucionario, p. 25.

[v] Ernesto Che Guevara, Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana, en Borrego, O: Che en la Revolución Cubana, Editorial José Martí,Tomo I, pag. 289.

[vi] Ver análisis sobre Francis Fukuyama en Julio C Gambina, “Movimientos sociales y cambio político”, p. 154, en Fernández, Miriela; Lugo, Llanisca: Reencauzar la utopía. Movimientos sociales y cambio político en América Latina, Editorial Caminos, La Habana, 2012.

[vii] Jose Martí, Nuestra América (Publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York, Estados Unidos, el 10 de enero de 1891, y en El Partido Liberal, México, el 30 de enero de 1891), en http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/osal/20140310040752/14Marti.pdf

[viii] Ernesto Che Guevara, Ciclo de conferencias en Salud Pública, en Borrego, O: Che en la Revolución Cubana, Editorial José Martí,Tomo II, pag. 223.

[ix]  Elier Ramírez Cañedo, A 50 años del magnicidio en Dallas. Kennedy y la Revolución Cubana http://www.rebelion.org/noticia.php?id=177429

[x] Entre ellas la nueva frontera, la Alianza para el Progreso,  la nueva política para África, el gran diseño para Europa.

[xi] Ernesto Che Guevara, Discurso en el acto de inauguración del curso de adoctrinamiento organizado por el Ministerio de Salud Pública el 20 de agosto de 1960, Ernesto «Che» Guevara. Obras. 1957-1967, Casa de Las Américas. La Habana. 1970. Tomo II. Pp. 70-80.

 

[xii] Consultar sobre estos tópicos la Guía de preguntas introductorias para la discusión, el estudio y el debate elaborada por Néstor Kohan, disponible en http://amauta.lahaine.org

[xiii] Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba, en Justicia Global. Liberación y socialismo. Editorial Ocean Prees y Editorial Nuestra América, 2003, p, 37-38.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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