José Martí y el sistema electoral de Estados Unidos


Por Rodolfo Sarracino

 

Desde el arribo de José Martí a Nueva York el 3 de enero de 1880, su prolongada estancia en los Estados Unidos, con breves estadías previas en España, México, Guatemala y Venezuela, hasta su regreso a Cuba para iniciar la guerra, transcurrieron casi quince años, durante los cuales, por su profunda vocación política, sus ideales revolucionarios y su responsabilidad como corresponsal de varios diarios latinoamericanos y neoyorquinos, se dedicó al estudio detenido de la historia, la sociedad y en particular del sistema político estadounidense.

Después de cuatro años de estudios del escenario político norteamericano, concluyó, en pocas palabras, que “los politicianos[1] malogran y envenenan todas las banderas del espíritu — criminales públicos son, estos calumniadores de oficio”. Una afirmación tan radical, en un hombre como Martí, sólo era posible tras una reflexión cuidadosa de todo cuanto había visto de primera mano y leído en Nueva York. Su propósito era, sobre todo, comprender los resortes internos y externos de la política del país, cuya evolución mostraba claramente su tendencia a constituirse en un megaestado imperialista, con un proyecto de expansión a costa de nuestra América que ponía en peligro la razón de su vida: hacer realidad el derecho del pueblo cubano a ser independiente. Martí No tardó mucho en comprender que en un país donde, sin el menor asomo de escrúpulos, la corrupción se había convertido en un modo de vida, dentro y fuera del gobierno, en el que se reprimía salvajemente a trabajadores y campesinos, donde incluso una conspiración al más alto nivel de la cúpula gobernante podía, según el propio Martí en una de sus crónicas, asesinar impunemente a un presidente reformista como James A. Garfield, era imposible una política exterior de principios, respetuosa de la igualdad entre los estados y de su soberanía, sobre todo de los más pequeños y débiles. No tardó en concluir Martí, con sobradas evidencias, que el pueblo cubano se hallaba ante la inminente anexión a los Estados Unidos.

Uno de los más importantes “laboratorios” para las investigaciones sociales en los Estados Unidos era su sistema político, y en éste la interacción entre partidos políticos, oligarquía y pueblo; las convenciones partidarias preelectorales y las elecciones, en cuyo largo proceso se manifestaban algunas de las prácticas más arbitrarias y antidemocráticas, que, lejos de desaparecer, se perfeccionaron con el tiempo. Y también cómo, detrás de toda la simulación democrática, se movían fuerzas cuyos intereses inconfesables accionaban la tramoya del aparatoso espectáculo.

En el curso de la exposición trataremos de presentar y contextualizar cada fragmento de Martí sobre sus criterios de la política estadounidense, cuyas deformaciones destacaremos con algunos de los ejemplos más reveladores en las convenciones partidarias y las elecciones propiamente dichas, exactamente como Martí las explica. De esa manera subrayaremos el alcance reprobatorio de sus reflexiones sobre nuestro tema. Para facilitar este objetivo, citaremos a Martí con cierta extensión, respetando en lo posible su contexto textual inmediatamente anterior y posterior, a fin de captar plenamente el sentido y la profundidad de sus observaciones críticas.

Para valorar las observaciones de Martí, hemos revisado inicialmente su crónica sobre las elecciones presidenciales de 1880. En este caso sus comentarios son retrospectivos, porque había llegado al país precisamente en enero de ese año y escribía después de un estudio intensivo poco tiempo después de dichas elecciones. Y también las de 1884, 1888 y en menor medida las de 1892. Un aspecto interesante de este ejercicio es que podremos percibir la gradual radicalización de su visión política de Estados Unidos entre uno y otro proceso electoral.

En general, sorprende su penetración en los detalles de la tupida urdimbre de la política estadounidense, fruto de su brillante capacidad de análisis. Es difícil evitar la impresión de estar leyendo algo actual, precisamente por la persistencia de prácticas electorales fraudulentas que hasta el día de hoy forman parte de las estructuras del sistema político de los Estados Unidos, concebido para eternizar en el poder a una insaciable oligarquía imperial.

Acerca de las elecciones de 1880

El tema que trataba Martí en 1881 en una crónica a La Nación[2], correspondiente a ese período, ilustra su método para descifrar el sistema político estadounidense: iniciar sus investigaciones por la estructura básica del sistema y la naturaleza de las organizaciones partidarias de base a nivel municipal y estatal y sus dirigentes, responsables de los resultados concretos de los vínculos políticos con el electorado, a fin de guiarlo, como suele hacerse con el ganado, por un sendero determinado. Decía Martí:

 

Nueva York es un estado dudoso, en el que a las veces triunfan los republicanos, a las veces los demócratas. Estas corporaciones directoras (Stalwarts, Tammany Hall), que solían venir a escandalosos tráficos para asegurarse mutuamente la victoria en las elecciones para determinados empleos, impedían que interviniesen en la dirección de los partidos hombres sanos y austeros, cuya pureza no hubiera permitido los usuales manejos, o cuya competencia se temía. Cada una de estas corporaciones obedece a un jefe: y del nombre de boss que se da a estos caudillos, hasta hoy omnipotentes e irresponsables, viene el nombre de “bossismo”, que pudiera traducirse por el nuestro de “cacicazgo”, aunque las organizaciones y las esferas de su actividad le dan carácter y acepción propios.

 

Boss, en su sentido formal, significa patrón, pero en política era algo más que un simple dirigente del partido en la zona, o el municipio. Martí aclara:

 

El boss ofrece empleos, adquiere concesiones a cambio de ellos, dispone de los votos y los dirige: tiene en su mano el éxito de la campaña para la elección del Presidente. Si la elección del Presidente que nombra su partido choca con sus simpatías personales, o con sus intereses en el Estado, lucha contra su partido, porque él ve preferentemente por su preponderancia en el Estado; un boss es soberbio, como /Roscoe/ Conkling, y emplea sus personales atractivos y su influjo para hacer triunfar su política dominante, ruda y agresiva; otro boss es ambicioso, como /John/ Kelly, y dirige todos sus esfuerzos a ejercer una influencia incontrastable sobre las fuerzas electorales y la distribución de los empleos públicos, en el Estado cuya política democrática dirige. Contra el uno y contra el otro se han alzado a la vez sus lastimados y vejados secuaces. A Conkling, Jefe de los Stalwarts [según la traducción de Martí “los mejores”, según la nuestra:  “incondicionales”,] – lo han vencido los “half–breeds”, los “media sangre” [en realidad, “mestizos”], los republicanos que no aspiran a la revisión de la Constitución, a la violación de los derechos populares, a la centralización absoluta del poder, a la creación de un gobierno de fuerza, a la reelección del General Grant, en suma […] O Kelly, Jefe de “Tammany Hall”, que así se le llama, con el nombre de un fiero y sabio indio, la asociación en que residió un día todo el poder del Estado, lo han vencido en tremenda contienda los hombres más ilustres de su partido, inhábiles para reprimir en el seno de la asociación de Tammany, más que dirigida, poseída por Kelly, los abusos y los comercios, las traiciones que venían siendo la ruina  de la democracia en el Estado […] Kelly fue acusado con grandes visos de razón, de haber permitido, por su propio provecho personal, y por la satisfacción de sus rencores, el triunfo de los republicanos en el Estado de Nueva York, de cuyo voto dependía toda la elección presidencial. Cuando una candidatura democrática no place a Kelly, Kelly, — el caudillo de los demócratas – vota contra la candidatura democrática […].[3]

 

Varias líneas después, Martí añadía:

 

¿A qué votar, si iban diciendo ya los ciudadanos, si nuestro voto libre y aislado nada ha de poder contra el voto organizado del Partido?  Y los hombres buenos, disgustados de aquellas granjerías, desertaban de las urnas; y en los salones de cerveza, y en las casas de registro, se compraban con monedas o cambiaban por licor los votos de los extranjeros naturalizados; y no ascendía a los públicos oficios el caballero honrado, lleno de fama y méritos, y amados de su comunidad, sino el logrero favorecido (oportunista), sacado del séquito del capataz, a quien en un cambio del dominio que sobre su oficio y él tendría el boss, dábale el boss su insano apoyo y echaba a rodar todos las ruedas de su máquina.[4]

 

Las elecciones de 1884

Martí tuvo oportunidad de observar directamente y reportar las elecciones de 1884, a la que fueron candidatos a la presidencia Grover Cleveland  y James G. Blaine. Un detalle llamó la atención de Martí en el proceso de selección de los candidatos a la presidencia, desde la base de las organizaciones partidarias: el municipio y los condados con sus asociaciones de barrio, pasando por la convención del estado, hasta la decisiva convención nacional, incluso en el día de hoy, como entonces, llena de hueca fanfarria, espectáculos de pésimo gusto y, sobre todo, de violencia. A los lectores de La Nación invitaba a acompañarlo:

 

A las juntas eleccionarias los llevaré, donde las asociaciones de barrio del Partido Republicano eligen, no sin golpes de puño y cabezadas, los delegados a la convención del estado que ha de escoger de entre los sostenedores de los varios condados a la presidencia, aquellos que el Estado nombra para que en la convención general del partido en Chicago, la cual será en agosto próximo, voten por aquel que les parezca más apropiado para presidente.[5]

[…] Ya se calculan, con la vaguedad de las profecías, los votos con que Arthur, el actual presidente cuenta; y los que favorecen a su competidor Blaine, y del lado de los demócratas, /…/ el abogado Cleveland, obeso de cuerpo, voluminoso de carta, de mano segura y limpia, y de cabal honestidad.  Pero no está entre los republicanos y demócratas la lucha visible, sino entre los republicanos entre sí. Ni es de principios la batalla, porque tiene ahora confusas las suyas, el partido republicano, compuesto de bandos rebeldes y diversos y libertado apenas de la descomposición por la complicidad en el provecho pasado y esperanza en el venidero que mantiene en interesada unión de sus miembros inquietos. Es de personas la batalla republicana; y por los puestos es que las personas dan más que por lo que éstos significan.[6]

 

Se evidencia en sus líneas anteriores su respeto por el candidato demócrata, Grover Cleveland, cuya trayectoria como gobernador de Nueva York había seguido esmeradamente. En junio de ese mismo año, Martí insiste en su diálogo con sus  lectores bonaerenses:

 

iEn la médula, en la médula está el vicio, en que la vida no va teniendo en esta tierra más objeto que el amontonamiento de la fortuna, en que el poder de votar reside en los que no tienen la capacidad de votar! – […] Y cuando parece que todo se va a venir a tierra con catástrofe y derrumbamiento, surge un hombre sencillo, vestido de paño del país y calzado de gruesos zapatos, que con palabra maceadora y tundente acusa el mal, y obtiene el remedio. Así ahora con los de avergonzados manejos de las oficinas públicas.

Poco es cohecho; estafa es poco. Domina en Nueva York el voto irlandés que se da, por lo común a quien lo compra, ya con halagos a sus preocupaciones, ya con permisos para cosas ilícitas, ya con dineros; — y hay un John Kelly entre los demócratas y un Johnny Brien entre los republicanos que tienen amaestrados a los votantes de sus distrito como a sus perros sabios un titiritero; los cuales John P Johnny, reconocidos capataces de los partidos en la población, en nada más se ocupan que en asegurar para sí y sus favorecidos, a quienes sujetan a tributo, los puestos públicos de la ciudad, que se eligen aquí por mayoría de votos […][7]

 

Era un complejo engranaje político en el que los turbios pasos electorales se daban – y aún hoy se dan — en estrecha coordinación con la conjunción de intereses industriales, financieros y comerciales que controlaban el país. Todo fue un reto para Martí en el plano del análisis político. Pronto comprendió que ese enlodado ejemplo norteamericano no podía serle útil para el proyecto político de la nueva república que anhelaba:

 

Quedó el partido republicano en manos de aquellos que, ya por cariño a sus victorias, ya por odio a sus enemigos, ya por temor de que resucitasen, ya por beneficio propio, tenían un interés más directo en mantenerlo organizado y poderoso. Y como la victoria pudre, comenzó inmediatamente después de ella la descomposición. El manifiesto de la libertad humana llegó a convertirse en una casa de agios.

iQué repartir, como canonjías [prebendas], a hombres ineptos los puestos mejores! iQué distribuir, en gastos confusos, los ingresos sobrantes!; qué contratar a escandalosos precios, correos que no existían y buques que en la primera caldeada zozobraban! Qué dar destinos, con perjuicios de los más dignos y probos, a los que tenían valedor de uno u otro sexo, o habían puesto manos serviciales en los manejos oscuros de las elecciones! iQué acumular, con promesas secretas y compromisos inmorales, sumas enormes en las campañas presidenciales para vencer a los demócratas! iQué prometer a los empleados la permanencia en sus oficios, si ayudaban con su óbolo al fondo electoral, y por él al mantenimiento del partido en .el gobierno!  ¡Qué ir entregando, ley a ley, a los capitalistas y asociaciones poderosas, las tierras de la Nación, y hasta sus derechos, en pago, estipulado previamente, de los subsidios cuantiosos que para asegurarse en el poder recibía el partido de monopolios y bolsistas en horas apuradas! iQué responder cínicamente, con acusarlos de amigos enmascarados de la rebelión, a las acusaciones de sus adversarios, y de la gente mejor de su propio partido, a quien el espectáculo de tan atrevida corrupción había forzado ya a salir de su silencio!:- […] En las elecciones iqué comprar los votos o cambiarlos en las urnas, o rebajarlos en las listas, cuando era menester! En las asambleas menores de los Estados que eligen las diputados a la Convención que ha de designar el candidato del partido a la Presidencia, iqué excluir, con anatema de traición, a los que se negaban a votar en el interés de los políticos de oficio! En las Convenciones mismas, a la hora de elegir ya el candidato, íqué desdeñar a prohombres de reputación acrisolada, por aquellos de reconocidas faltas, que merced a ellas mismas pudieran, con menos escrúpulos, asegurar en la elección, más votos, y en el poder, más empleos, y provechos! Y qué venderse los diputados de la Convención a este o aquel postulante a la candidatura; bien por dinero, bien por la promesa de un buen puesto, en caso de triunfo! Una tienda abierta, donde se mercadea por los rincones el honor, han venido a ser las convenciones, un tiempo gloriosas, en que los delegados del partido en cada Estado se reúnen cada cuatro años a elegir su candidato para el primer empleo de la Nación. Toda una delegación se compraba con unos cuantos millares de pesos así como esta suerte de delegados para serlo, había comprado, siempre de mala manera, en la asamblea menor del Estado, el nombramiento en virtud del cual podían luego en la convención nacional vender su voto. Y dinero para estas compras de delegaciones oscilantes, jamás faltaba, por haber tanta enorme corporación, y tanto atrevido empresario, interesado en el triunfo del candidato que, en recompensa de estos anticipos, ha prometido estar a su servicio. Así, como de un templo profanado, se retiraron de la última convención las gentes blancas del partido […]

Por desamor a la publicidad, o por no aparecer en ella del brazo con los logreros [lucro a cualquier precio], manteníanse apartados de los negocios públicos hombres mejores, y por indiferencia los que no tenían especial interés en ellos. De manera que, seguros del triunfo y de la impunidad, puede decirse, de acuerdo con las declaraciones escritas y habladas de los republicanos más notables, que no había abuso público, violación, fraude, cohecho, rapiña, robo, que el partido republicano no cobijase o alentara. En las elecciones, sustituían las papeletas democráticas por las republicanas, o aumentaban éstas a su sabor, o falseaban los recuentos. En los Estados, desaparecían en bolsas privadas los dineros dispuestos para atenciones públicas. En Washington, compraban los Ministerios el apoyo de los representantes en ambas Cámaras con empleos y pensiones para sus recomendados: a cada senador y representante estaban reservados, para distribuir entre sus favorecidos, cierto número de empleos, “y en muchos casos”-dice el honrado Mr. Veagh, miembro que fue del Gabinete de Garfield —  “los hombres a quienes se reserva este privilegio, y las mujeres nombradas en virtud de él (que ya se sabe que en los Estados Unidos muchos empleados son mujeres), viven lejos de la protección y las trabas de sus hogares”. En la Secretaría de la Guerra, todo eran cajas rotas, y “cuentas dobles”, y forrajes para caballerías imaginarias. Y así continúa un recuento similar en todas las secretarías.[8]

 

Ya en julio de 1884, Martí percibía que Blaine, de quien tenía profundas reservas por su conocida posición contraria a los justos intereses de los países latinoamericanos, se acercaba peligrosamente a la presidencia, al elegirlo el Partido Republicano como candidato presidencial a las elecciones de noviembre:

 

Pero ¿por qué, ya al punto de cerrar esta correspondencia, inundan las calles los voceadores de periódicos, y se levantan todos los   trabajadores de sus bancos y bufetes, y los negocios se suspenden un momento, y las calles se animan, y llenan?  Es que se anuncia que la Convención de delegados del partido republicano, ha proclamado ante doce mil espectadores roncos de la continua excitación y vocerío, que contra Arthur, que fue apoyado parsimoniosamente y contra Edmunds, senador canoso de pacíficas costumbres, es Blaine el acometedor, Blaine ambicioso, brillante y turbulento, Blaine, un Beaconsfield[9] desenvuelto y temible, el que el partido republicano elige para candidato a la Presidencia, al general Logan, a quien ama el ejército. Luto sería para este país y para la justicia, luto para algunas tierras de nuestra América que tienen las rodillas flojas, luto para la misma libertad humana, que viniese a la Presidencia de los Estados Unidos, este hombre intrépido, agudo y desembarazado, que de las grandezas de su patria sólo tiene las grandes preocupaciones. Halaga odios; y no busca la manera de ennoblecer a los hombres, sino de lisonjearlos para que le sigan de buena voluntad. Piensa en sí más que en su pueblo; y no vacila, con pretextos hipócritas o confesados, en llevarlo al ataque y a la aventura. Pero es persona móvil y parlera; llama a todos por su nombre de pila; da palmadas en el hombro a la gente menor, que queda oronda; flagela a los chinos con lo que halaga a los inmigrantes naturalizados; y arremete contra el librecambio, con lo que tiene de su parte a los trabajadores ignorantes y a los manufactureros. En política, el que sirve, será servido.

iDe qué agonías, y caídas y humillamientos está hecha a veces la victoria! Y iqué mal que presidiera los hombres quien está inquieto en sí! Porque una cesión al vulgo en cambio de aplauso o puesto, debe ser como una bofetada, y la señal de los dedos enormes debe llevarse siempre […][10]

 

A medida que transcurrían los días crecía en Martí la indignación por la elección de Blaine como candidato republicano a la presidencia de la república. Y analizaba lo que se hallaba detrás de la enfermiza fenomenología política que los norteamericanos calificaban de democracia, con la esperanza puesta en el potencial del hombre de regenerarse y superar sus limitaciones éticas y morales.

 

[…] Tímido primero, y luego más enérgico de verse desairado, empezó a alzarse entre los republicanos un clamor de reforma, — en la manera de nombrar los empleados, en los trabajos electorales y la recaudación de fondos para ellos, en la distribución fraudulenta del sobrante del Tesoro, en los derechos de importación que, con ser lo que más el Gobierno requiere para sus expensas, mantenían en apetito activo a las traíllas de logreros congregados en Washington para distribuirse el exceso, estimulaban la producción de artículos imperfectos, invendibles en el interior e inexportables, y hacían cada día más escaso el trabajo, más cara la existencia, y más sombrío el problema público. Enfrente de los demócratas al principio, cerca de ellos más tarde, y a su lado al fin, se unieron los republicanos honrados a la demanda de reforma, cuando no la originaron y consiguieron con más energía que los demócratas mismos, como en la ley que establece la elección de empleados menores en certamen público, y su promoción por mérito. Y como trocar el sistema de empleos, era descabezar la organización republicana, ahí culminó y por ahí se convirtió en guerra mortal, el desacuerdo referido, entre los republicanos que mantenían la urgencia de reformar la tarifa, purificar la administración, y estorbar con un buen sistema de empleos la complicidad del Gobierno y los funcionarios públicos en la reservación violenta e indebida del poder, y aquellos otros republicanos más influyentes en el partido y numerosos que, ayudados de los capitalistas cuyas empresas favorecen, originan su influjo y bienestar, y los mantienen en el ejercicio de su privilegio de distribuir empleos entre sus amigos y auxiliares. ¿De quién había de ser el triunfo en la convención de los delegados del partido, escogidos entre los que subsisten de su favor por los que lo comparten o lo esperan, sino de los que reparten los beneficios? De ésta, secundado por 140 capitalistas, era Blaine el capitán; Blaine […]; Blaine, que con el rufián habla en su jerga, y con el irlandés contra Inglaterra, y con el inglés contra Irlanda, y fue el que quiso sujetar en hipoteca al Perú, bajo la garantía y poder americanos al pago del reclamo de un aventurero con quien andaba en tomares y decires y por cuyos intereses velaba con tal celo que convirtió al Ministro de los Estados Unidos, muerto después del bochorno, en agente privado del rec!amo, que abusaba del gran nombre de su pueblo para que los beligerantes reconociesen la impura obligación; Blaine, móvil e indómito, perspicacísimo y temible, nunca grande; Blaine, acusado con pruebas y con su propia confesión escrita, de haber empleado espontánea e intencionalmente, en anticipo de una recompensa en acciones, su autoridad como Presidente de la Casa  [Cámara] de Representantes para que se votara una ley que favorecía indebidamente los intereses de un ferrocarril en que ya tenía, por servicio no menos criminal, una buena parte; — Blaine, que no hablaba de poner orden en su casa, sino de entrarse por las ajenas, a buscar, so pretexto de tratados de comercio y paz, los caudales de que los errores económicos del partido republicano han comenzado a privar a la nación. — Blaine, mercadeable, que a semejanza de sí propio, – en el mercado de hombres compra y vende. Tal Convención eligió a tal candidato. Blaine fue el electo. Por debajo de las banderas alquiladas, y de entre los delegados vendidos que habían ayudado al triunfo, salieron, llenos de rubor y de ira, los que con una generosa esperanza habían acudido a la Convención para ver de nombrar a un hombre honrado. Había venido entre tanto, criándose para la victoria, a la que son buenos pechos los desastres, el partido demócrata.[11]

 

Y con las elecciones ya concluidas, Martí da rienda suelta a sus reservas – y alivio por lo que un reformador podía significar para la causa de Cuba –, y a un moderado optimismo, que siempre le acompañaba, de que la enfermedad política en los Estados Unidos tal vez tuviese alivio. Después de todo, Cleveland había ganado:

 

[…] elecciones y distribución de empleos, más libertad para los miembros del partido, por causas iguales y con equivalente encono entre los demócratas. No se habla aquí del Sur, cuya simbólica democracia anda dividida por causas locales relacionadas con la guerra; sino del Norte, y de New York en especial, donde se extremó el mal y ha comenzado la cura. “Borbones” se llaman entre los demócratas los viejos, los que gobernaban antes de la guerra, los que siguiendo el ejemplo inicial de los tiempos de ardiente contienda no concebían que bajo una administración hubiese empleado alguno que no compartiera sus miras políticas, los que en el Gobierno contrajeron los vicios que de él nacen y han corrompido a los republicanos, los que más para los demócratas que para la Nación querían su vuelta a la gobernación pública, los que están a las tradiciones, no a tiempos. Mas en estos veinte años, mucha persona de buen pensar, mucho guardián de las libertades publicas, mucha gente moza a quien sacaba al rostro los colores la soberbia republicana, mucho elector del Norte que veía riesgos de guerra o tiranía en la tendencia del partido republicano a reunir en el poder federal las autoridades que pertenecen a los Estados Unidos y garantizan el equilibrio y renovamiento indispensable a la existencia de esta nación vasta y numerosa, habian venido afiliados, como al único partido combatiente fuera del que ocupaba el Gobierno, al bando democrático, y creando dentro de él como tejidos nuevos, libres de la polilla que cernía la mente preocupada y los casaquines de seda de los empolvados “borbones”. Ni celos del Norte, ni invasiones a México, ni intolerancias mezquinas, ni explotación del gobierno en beneficio de los partidarios. Enfrente de los males creados por el partido republicano, y por el disgusto de ellos, había formado bandera esta gente nueva bajo los demócratas, de modo que no batallaban como los “borbones” para recobrar su influjo y aprovecharlo bien, sino para destruir los abusos republicanos, para estancar en lo posible la sed inmoral de puestos públicos; para establecer las organizaciones del partido de manera que todos sus miembros pudiesen expresar y realizar en él sus voluntades libremente; para reformar las elecciones de modo que los funcionarios no fuesen los meros ejecutadores de las imposiciones de las camarillas que le aseguraban el nombramiento; para aliviar de cargas innecesarias la importación de artículos y la vida general, sin comprometer de súbito la suerte de las industrias establecidas; para sacar de sobre las arcas del Tesoro a los explotadores que las cubren. Y contra estos demócratas nuevos, claman los trabajadores por empleos, los negociantes que los auxilian y dirigen, y los “borbones. Los “borbones” son disciplinarios y quieren el mando como cuna propia, de que nada se debe a los que no sean miembros del partido, en lo que son como los republicanos de sangre entera. Y los demócratas menos miran el Gobierno como la manera de afirmar el beneficio propio sirviendo con imparcialidad los intereses generales de la nación, y no creen que sea el Gobierno una granja de los miembros del partido triunfante, donde pueden coger hasta la fruta, y rapacear a su placer, sino un depósito, en lo que se parecen a los republicanos de media sangre. Venían, por tanto, con semejante espíritu, hablando dentro de su partido con enemigos iguales, y acercados por natural simpatía, mejores entre los republicanos y los mejores entre los demócratas. Tímidamente primero, y como en un ensayo, se unieron en Buffalo para la elección de corregidor de la ciudad a Cleveland. Ya con más franqueza, aunque sin confesión pública, juntaron de nuevo fortuna para elegir, siempre a Cleveland, Gobernador del Estado de New York. Por fin, abiertamente, y en notoria rebeldía, salieron de la Convención republicana muchos de los delegados más ilustres; decidieron apoyar, como apoyaron, al candidato de los demócratas, si en vista de este apoyo, el candidato fuese como fue siempre, Grover Cleveland. Porque tuvo el partido demócrata la fortuna de que apareciese en él el reformador que los tiempos requerían, duro como un mazo, sano como una manzana, independiente como un cinocéfalo. […] Y como el país tiene ahora miedo de que los abusadores le sequen sus caudales, más aún que de que los “trabajadores” le vicien sus libertades políticas,- se han dado todos a apoyar a este hombre sencillo, que se ha puesto sin miedo a la limpia de los bribones y la vigilancia de las arcas. Con el auxilio de los republicanos tan puros, y contra el sentimiento borbónico de su partido, fue electo Cleveland […][12]

 

Con notable rédito para la historia, incluso para la emergente de los días que corren, Martí dejó escrito para La Nación sus necesarias conclusiones sobre las elecciones de ese año:

 

[…] Así estaban las fuerzas cuando a mediados de octubre se reunieron en convención, como es de uso en las cercanías de las elecciones, los delegados de las agrupaciones de cada partido. La de los demócratas fue primero: los republicanos independientes […], aguardaban a conocer la persona elegida por los demócratas para determinar si habían de apoyarla o atacarla. En la convención lucharon brazo a brazo los demócratas reformadores con los radicales: si el candidato resultara ser un partidario de la política de reforma, los independientes votarían por él, como votaron por Cleveland; si era un defensor de la política de cambio absoluto de los empleos, de repulsión de todo elemento extraño al partido, ejercerla entonces influjo en la convención republicana para que el candidato de ésta fuese un partidario confeso de la reforma en el sistema de empleos, libre de toda acusación de provechos o nepotismos. Triunfaron en la convención demócrata, con considerable mayoría, los de Tammany Hall, los “Upolitician”, los de vientre obeso y cabeza rapada, los políticos “vivos”, los que saben dónde está el voto y cómo se maneja, los que viven del voto y se han asociado en organización poderosa para mantenerlo al lado de su partido, con tal de que éste se lo remunere en puestos provechosos, a reserva de traficar en él con los partidos rivales, siempre que éstos compren la ayuda de Tammany para la elección de determinado candidato que le interesa, en cambio de su propia ayuda para sacar triunfantes los candidatos a los empleos lucrativos que Tammany prefiere. Triunfaron los de Tammany Hall […].[13]

 

Dicho en otros términos, habían ganado los demócratas, no los honestos seguidores de Cleveland, sino los corruptos de Tammany Hall, aquellos que podían estrechar sus manos, sin la menor reserva, con los de similar estirpe en el Partido Republicano. Así lo dijo: fue un golpe para su proverbial optimismo y su fe en los hombres.

 

Las elecciones de 1888

En las elecciones de 1888, como sabemos, Grover Cleveland fracasó en su intento de reelegirse, a pesar de que había ganado un número de votos populares mayor que Benjamin Harrison, su adversario republicano. Y así comprobamos que, a partir de las elecciones de 1888, los reiterados comentarios de Martí sobre las elecciones comienzan a evidenciar la continuada degradación del sistema político, que le obligaba a un inútil ejercicio reiterativo.

Desde noviembre de 1887 Martí había concluido que por Nueva York se ganaba o se perdía, pero la victoria sería de los demócratas, y la reelección de Cleveland estaba asegurada”.[14]

Después del primer período presidencial de Grover Cleveland, en el que el presidente mostró capacidad para gobernar y prudencia en las relaciones internacionales, era de esperar que su partido lo presentara nuevamente como candidato a la presidencia de la república. Martí, con razón, se mostraba seguro de su próxima candidatura. El texto que sigue muestra su mejor garra periodística:

 

Se creía que como Cleveland no ha repartido a granel los destinos públicos entre los politicastros neoyorquinos, éstos se vengarían ahora /…/ de Cleveland, que no olvida a sus copartidarios, mas no los antepone al bien nacional, ni usa de los empleos que son propiedad de la nación, como medio vergonzoso de asegurarse en el poder para beneficio propio.

La ansiedad era mayor, porque el voto del Estado de Nueva York decide, con el número considerable de electores que corresponden a su población, las elecciones a la Presidencia, en que los partidos rivales tienen casi siempre equiparadas sus fuerzas: todo el Sur es demócrata: casi todo el Norte es republicano: Nueva York vota casi siempre con los demócratas: es cierto que el partido demócrata en todos los Estados lleva manifestada su simpatía por Cleveland: pero si el Estado de Nueva York se le muestra hostil, como los mismos demócratas descontentos auguraban, ¿podrá Cleveland ganar las elecciones? Si la convención de Nueva York declaraba en pro de Cleveland iquién podría impedir que lo renominase triunfalmente la convención nacional del partido, como su candidato para la próxima Presidencia? Y si se le muestra adversa, ¿quién podría contener en la convención nacional el temor de que los demócratas perdieran con él las elecciones, y el desmayo con que emprenderían la campaña, aun cuando lo renominase la convención, por imponerlo así la gran autoridad de Cleveland en el país, y la voluntad expresa de la mayoría de los Estados? Por eso era de tal importancia la reunión de los delegados de Nueva York; porque de su voto dependía probablemente la Presidencia venidera. Y parecía en verdad, por la alharaca de la prensa enemiga, la prensa defensora de los traficantes en votos y empleos con cuya ayuda se sostiene, que Cleveland sería maltratado por la convención compuesta de hombres comprometidos […] Y ahora se reúne la convención: delibera unas cuantas horas: iy ni un solo voto se levanta contra Cleveland! […] ,– se pone en pie con unánime reverencia al oír su nombre, y encarga a sus delegados a la convención nacional, sin un solo voto hostil, que declaren aI Estado en pro de Cleveland. ¿Qué ha hecho Cleveland para tamaño respaldo? No ha entrado en ajustes con los partidarios que se le ofrecían por interés, ni con los rebeldes prontos a dejarse comprar su adhesión, aunque tengan poderío local o lengua de oro: esos hombres, llagas de las repúblicas, se vienen abajo en cuanto se les pone el dedo encima, como los mantos podridos de las momias. No se ha avergonzado de dar la mano en público a sus amigos, ni de reconocerse deudor de ellos, como en su carta viril a Daniel Manning; pero no ha cedido a sus pretensiones injustas. Ha servido su interés, pero no contra el de la patria, sino del único modo en que es licito servirlo, que es ajustando al de la patria el propio. […] “iBribón es una cosa […] y Presidente es otra! ¿Es propiedad mía la nación, para que yo entre en estas infames compras y ventas?” Ha dicho la verdad sobre los asuntos nacionales, sin cuidarse de que la bravura con que la dice pone en peligro su continuación en el gobierno.

Y él, sin embargo, desea continuar en el gobierno, ya porque debe haber en el mundo pocas cosas más gratas que ser considerado por un pueblo de hombres libres como digno de representarlos; ya porque su reelección, espontánea y sin villanías, vendría a ser como un voto de confianza nacional, y prueba palpable de que la república apetece las mudanzas que le tiene propuestas para su mejora; ya porque es evidente que, aun en país de tanto adelanto político, como los Estados Unidos, apenas le ha bastado su período presidencial para exponer y preparar las reformas cuyo establecimiento parece justo y prudente confiar al que ha mostrado valor para defenderlas, y brío y habilidad para las ganancias impúdicas y prácticas liberticidas de los monopolizadores; si triunfó una vez por sí, contra el consejo y oposición de esos santones de partido que no quieren de portaestandarte persona viril con idea nueva y fuerza superior, sino a un hombre segundón, tímido y blando, que comparta el poder real con los que, en espera de provechos comunes, lo proponen y encumbran al poder nominal; si resistió en su propio partido a los traficantes que ven en la política un mercado de empleos, y a los que exigen, en pago de su apoyo, concesiones desmedidas a sus vanidades y odios, o a sus delitos e intereses, ¿qué suerte había de caberle, sino la que, salvo en las horas de crisis, tiene en la política la virtud? Triunfa de lado la virtud en la política, pero nunca de un modo directo y absoluto; y no está su victoria en la conquista del poder: premio casi siempre del que baja a representar el interés o la pasión, sino en enseñarse con tal constancia y juicio que el gobernante interesado que la acusa y persigue no ose prescindir enteramente de ella […].- La virtud, más que bridas, es látigo. Cuando fustiga es útil, y casi impotente cuando guía. Como los hombres no son aún en su conjunto virtuosos, no puede representarlos naturalmente la virtud; a no ser de aquel grado menor y gubernativo, don de algunos políticos a la vez honrados y sagaces, que otorga a la codicia y preocupación lo que exige como premio de no salirle al paso.[15]

 

Pero una cosa era la elección de la convención y otra las elecciones propiamente dichas. En el momento en que escribía lo que antecede, Martí no podía saber que en la vil conjura de los acuerdos secretos en las elecciones, el populoso Estado de Nueva York lo ganarían los adversarios de Cleveland, en la persona del republicano Benjamín Harrison, pero con el apoyo insustituible de Blaine.. Ganó, en fin, las elecciones presidenciales Harrison, pero su triunfo pendió de un hilo finísimo, ya que Cleveland ganó el voto popular. Mucho habló la prensa de fraude. ¿Y qué dijo Martí, que con tanto entusiasmo por Cleveland siguió las altas y bajas de la campaña electoral? Su análisis de la derrota evidencia convicciones realistas, maduras y definitorias, que no acostumbraba a prodigar en sus crónicas a sus lectores ávidos de sensacionalismo. Podían ser las de un marxista.

 

Si los monopolios todos, poseídos por los republicanos prominentes, han visto sus privilegios suspensos durante el gobierno de Cleveland, y las industrias favorecidas han hallado en él el adversario patriótico que procura el equilibrio y bienestar de la nación antes que el beneficio inmoderado y odioso de una minoría de industriales, ¿Cómo no han de consagrar los monopolios y las industrias protegidas con sobrantes mal ganados, a sacar del poder a quien manifiesta la decisión y capacidad de oponerse a que se perpetúen en ellos?[16]

 

Dos páginas después, el final del epitafio: “En Nueva York están los ricos que pagan, y el voto que se vende”.

 

Cleveland, frente a la derrota, hizo lo que casi siempre hacen los presidentes vencidos: se retiró a su oficina a practicar su carrera de abogado, pero le salvó el respeto del pueblo. Tres años después fueron a buscarlo para una nueva batalla por la presidencia; lo eligieron como candidato en la primera votación de la convención demócrata, y el pueblo lo llevó a la victoria contra Harrison 277 votos electorales contra 145. Se convirtió así en el único candidato en la historia política de Estados Unidos que ganó dos períodos presidenciales, habiendo perdido su reelección. Pero el nuevo período presidencial estuvo marcado por la recesión de 1893. Al final de su segundo período se negó a candidatarse nuevamente. Algunas medidas en el plano internacional le habrían ganado la simpatía de Martí. Cleveland se negó a anexar a las Islas Hawai, pero permitió la “independencia” del gobierno pronorteamericano que había depuesto a la monarquía del país. Y se habría regocijado si presenció al presidente negarse a intervenir en la guerra hispano-cubana a favor de los intereses expansionistas de los grupos imperialistas en las fuerzas armadas, y el congreso, principalmente en el Senado de mayoría republicana. Pero tampoco se mostró de acuerdo con el reconocimiento de la beligerancia del pueblo cubano a pesar de la enorme simpatía del pueblo estadounidense a favor de la independencia de Cuba. Falleció presidiendo en 1908  la Liga Socialista de Nueva York.

Es realmente lamentable que no hayamos contado con artículos y documentación martiana sobre la última elección de Cleveland. Desde mayo de 1891, cuando se registra el último artículo conocido de Martí para la prensa latinoamericana, Martí se hallaba literalmente en medio de un torbellino de actividades organizativas de la guerra de independencia. En noviembre de 1892, cuando se celebraron las elecciones que llevaron de nuevo al poder a Grover Cleveland, ya los planes del inicio de la guerra se hallaban en un estado avanzado y Martí sólo por excepción podía hallarse en Nueva York. Pero sí es interesante que resaltara en Patria el discurso del Estado de la Nación de Cleveland, al final de su primer año en la presidencia, en diciembre de 1893, la negativa del Presidente a anexar a Hawai y su disposición a construir el canal interoceánico en el istmo (por Nicaragua, según dijo en su discurso) “bajo auspicios esencialmente americanos y que sea su goce asegurado, no sólo a los buques de este país como canal de comunicación entre el atlántico y el Pacífico, sino a los buques del mundo en servicio de la civilización, son proposiciones que a mi juicio no están abiertas a duda”.

Martí bien sabía que los intereses de las fuerzas armadas y los círculos conservadores del Congreso, concentrados en el Partido Republicano, entre los que sobresalían el propio James G. Blaine, Henry Cabot Lodge, Alfred Thayer Mahan, Teodoro Roosevelt y otros, habían trazado una geoestrategia para elevar al país al grupo de las grandes potencias imperiales, que suponía la anexión, del lado del Caribe, de Puerto Rico, Cuba, Santo Domingo, y, del lado del Pacífico, Filipinas, Hawai y Guam, tras lo cual se construiría un canal interoceánico en Panamá o Nicaragua, por el que transitaría la producción industrial del Este del país y su flota de guerra hacia los grandes mercados de Asia. Así procedió el gobierno estadounidense a partir de 1898, poco después de la derrota de España.

 

 

 

 

 

[1]  Españolización de la palabra inglesa politician, por aquellos días con un fuerte matiz peyorativo del que carecía en castellano.

    [2] José Martí, Obras Completas, pp. 63-65, La Habana, Edición digital Kimera, interactiva, 2005.

[3] Una entrevista, publicada el 23 de octubre de 1882, puede darnos una idea del contenido de las críticas de Herbert Spencer al sistema político estadounidense muy similares a las de Martí. Al pedirle su opinión un periodista sobre lo que había visto en los Estados Unidos, Spencer respondió:

“Después de ponderar todo cuanto he visto de vuestros vastos establecimientos de manufactura y comercio, el flujo incesante del tráfico de vuestros tranvías y trenes elevados, vuestros hoteles y residencias gigantescos, recordé súbitamente las repúblicas italianas de la Edad Media, y comprendí que, a pesar de la gran actividad comercial y artística que desarrollaban, que hicieron de ellas la envidia de Europa, y la construcción de mansiones principescas que continúan siendo la asombro de los viajeros, sus pueblos perdían gradualmente todas sus libertades. Y me parece que a ustedes les ocurre algo similar. Ustedes retienen las apariencias de la libertad, pero hasta donde he podido percibir, han perdido una parte considerable de su sustancia.  Es verdad que aquellos que os gobiernan no lo hacen con guardias armados de espadas, sino mediante hombres armados de documentación electoral, que obedecen la palabra y el mando con la misma lealtad como lo hacían los servidores de los nobles feudales, al permitir a sus líderes ignorar la voluntad del pueblo y obligar a la comunidad a someterse a sus exigencias tan fielmente como sus prototipos de la antigüedad. Es sin duda cierto que cada uno de vuestros ciudadanos vota por la candidatura que escoge para ésta o aquella responsabilidad desde el Presidente hasta el último funcionario elegible, pero su mano la controla un poder detrás de él, que no le permite opción alguna. Utilice su poder político como le decimos o deposítelo en el latón de la basura, es la alternativa que se les ofrece a los ciudadanos. La maquinaria política, tal como funciona en la actualidad, se parece poco a lo previsto al inicio de vuestra vida política. Evidentemente, quienes escribieron vuestra Constitución nunca soñaron que un boss político conduciría a 20,000 ciudadanos a las urnas. Los Estados Unidos ejemplifican, al otro extremo de la escala social, un cambio análogo al que experimentaron los peores despotismos. […] Aquí, me parece que el pueblo soberano se mueve y habla según lo desean quienes manipulan las cuerdas tras las bambalinas”.

Algunos periódicos de la época prodigaron a Spencer epítetos peyorativos, y no faltó alguno que le endosó el peor entonces concebible y menos merecido: el de comunista.

 

[4] Ibídem pp. 97-98.

[5] José Martí, Carta a La Nación de Buenos Aires, 28 de abril de 1884, en Obras Completas, t. 10, 28 de abril de 1884, en Obras Completas, t. 10, p. 47.

[6] José Martí Carta a La Nación de Buenos Aires, 28 de abril de 1884, en Obras Completas, t. 10, p. 52.

 

 

[7] Cartas de José Martí, La Nación, Nueva York, 23 de abril de 1884, en José Martí: Obras Completas, t. 10 p. 47

 

 

[8] Cartas de José Martí, La Nación, Nueva York, 15 de marzo de 1885, en Obras Completas, t. 10, p. 183.

 

[9] Martí se refiere a Benjamín Disraeli, Primer Conde de Beaconsfield (1804-1881), novelista y periodista británico de origen hebreo, que llegara a ser Primer Ministro (1868, 1874-1880), profundamente influyente en la política de Inglaterra y su Partido Conservador. Fue un campeón del expansionismo imperial británico, y  respaldó irrestrictamente a la Corona de su país.

 

[10] José Martí, “Cartas a  La Nación.  Buenos Aires, 16 de julio de 1884, en Obras Completas, t. 10, p. 68

 

[11] José Martí, “Cartas a La Nación, Buenos Aires, 15 de marzo de 1885, en Obras Completas, T. 10, p. 183.

[12] José Martí, Ibídem t. 10, p. 198-199

 

[13] José Martí, “Cartas a La Nación”, New York, noviembre 9 de 1885, en Obras Completas, t. 10, p. 345.

[14]  José Martí, “Cartas a La Nación, New York, noviembre 9 de 1887, en Obras Completas, t. 11, p. 323.

[15] José Martí, “Cartas a La Nación, 17 de mayo de 1888, t. 11, pp. 452-453.

[16] José Martí, Obras Completas, t. 12, pp. 90.91.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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