Análisis martiano de las elecciones en Estados Unidos

 

Por Francisca Lopez Civeira

Martí llegó a Estados Unidos en enero de 1880, y vivió allí hasta enero de 1895 con algunas interrupciones, como en el primer semestre de 1881 cuando permaneció en Venezuela, o durante algunos viajes para visitar emigraciones cubanas en otras localidades de Estados Unidos y en países de América Latina y el Caribe en su labor preparatoria de la revolución independentista cubana. Durante esos casi 15 años de estancia en el país norteño, el cubano observó con mirada atenta aquella sociedad y, como parte de ella, analizó el funcionamiento del sistema político estadounidense a lo que contribuyó haber presenciado varias elecciones parciales y generales.

En ese tiempo se produjeron sucesos que añadieron elementos a la observación martiana, como fueron: el asesinato del presidente Garfield en 1881, la gestión del gobierno republicano de Arthur entre 1881 y 1885, al que siguió el demócrata Cleveland de 1885 a 1889 quien fue derrotado en su aspiración a la reelección por el republicano Harrison (1889-1893) y, nuevamente, el triunfo de Cleveland en 1892 por lo que al año siguiente retomó la Presidencia. Es decir, vio procesos electorales en los cuales se alternaron republicanos y demócratas y la presencia coyuntural de otros grupos que entraban en la porfía. Eran tiempos, además, en que había un fuerte debate entre librecambistas y proteccionistas dentro del Congreso, así como entre los propulsores del monopolio y los que asumían posiciones “anti trust”, además de otros conflictos de carácter social que se expresaban con mucha fuerza, especialmente hacia 1886, y el impulso a una política exterior más activa de modo fundamental, aunque no exclusivamente, con América Latina, lo que tuvo un momento de alta significación en la celebración de la primera Conferencia Panamericana entre 1889 y 1890 y, después, la Monetaria Internacional en 1891. Martí presentó este acontecer a la prensa continental a través de crónicas que contienen un agudo análisis.

De manera muy temprana, el joven cubano emitió un juicio importante acerca del funcionamiento de los dos partidos esenciales: el Demócrata y el Republicano. El 26 de octubre de 1881, poco después de su regreso de Venezuela, escribió para el periódico La Opinión Nacional de Caracas: “En uno y otro partido se habían creado corporaciones tenaces y absorbentes, encaminadas, antes que al triunfo de los ideales políticos, al logro y goce de los empleos públicos”. Esta apreciación se completaba con su consideración acerca del papel que desempeñaba el jefe político, el llamado “boss”: “Cada una de estas corporaciones obedece a un jefe (…). El “boss” no consulta, ordena, el “boss” ofrece empleo, adquiere concesiones a cambio de ellos, dispone de los votos y los dirige: tiene en su mano el éxito de la campaña para la elección del Presidente. Si la elección del presidente que nombra su partido choca con sus simpatías personales o con sus intereses en el Estado, lucha contra su partido, porque él ve preferentemente por su preponderancia en el Estado.”[1] En la mirada de Martí, cada “boss” tenía sus características, pues podía ser soberbio y “emplear sus personales atractivos”, o dirigir su esfuerzo a “ejercer una influencia incontrastable”, y contra ellos se pronunciaban otros grupos dentro de cada partido con posiciones opuestas. En una crónica escrita días después volvió sobre el tema del “boss”, al que describía como “odioso; el cabecilla de partido; el que prepara las elecciones, las tuerce, las aprovecha, las da a sus amigos, las niega a sus enemigos, las vende a sus adversarios; el que domina los cuerpos electorales; (…) el que impone al partido los candidatos, que son siempre tenaces tenedores de ricos oficios ante lo cual se evidenciaba la apatía de quienes “desertaban de las urnas”.[2]

Aun cuando Martí observó de manera muy rápida la manera en que funcionaba la búsqueda de votos con vistas a las elecciones, justo en el año en que habían asesinado al Presidente, veía en el sufragio un acto admirable cuando se preparaban los comicios para el mes siguiente. Después de su celebración, comentó que no debía “desasirse de sus derechos el hombre libre”, lo que venían olvidando “las gentes de este pueblo” porque todo era “comprar y vender los votos, ley suprema, implacable señor y cuna de todo poder” donde los “elegantes caballeros y altos potentados” se coaligaban para esa compra y venta.[3] La observación de aquellas primeras elecciones que presenció en Estados Unidos llevó a Martí a buscar los resortes del sistema, lo que apreció en términos de que “una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria, y domina periódicos, vence en elecciones, y suele imperar en asambleas”,[4] con lo que se acercaba de manera importante a la comprensión del sistema en su conjunto.

La campaña electoral de 1884 impulsó de nuevo al cubano a reflexionar sobre ese evento. Volvió a destacar el lugar del sufragio al decir en 1885 que “sé que a esta nación enorme hacen falta honradez y sentimiento.− Pero cuando se ve esta majestad del voto (…).”[5]

Sin embargo, su observación de todo el proceso lo llevó a rechazar la manera en que este se desarrollaba: Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos. Desde mayo, antes de que cada partido elija sus candidatos, la contienda empieza. Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la Presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyen a nombrarlo y sacarle victorioso.

Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias.

Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo.[6] A partir de esta disección, el Maestro tuvo una mirada más aguda de ese sistema político y, en especial, de sus procesos electorales, de ahí su afirmación “Las elecciones llegan, y de ellas ve sólo el transeúnte las casillas en que se vota despaciosamente, las bebederías en que se gasta y huelga, las turbas que se echan por las calles a saber las nuevas que va dando el telégrafo a los boletines de periódicos. Se ve aturdir, escamotear, comprar, falsear el voto.”[7] El tema de las elecciones continuó presente en las crónicas martianas; en la publicada en La Nación, el 15 de agosto de 1886, volvía sobre estas apreciaciones: “Las elecciones cuestan mucho. Los capitalistas y empresas ayudan en los gastos de ellas a los candidatos necesitados; y estos, una vez vencedores, pagan con su voto servil el anticipo de los capitalistas.”[8]

Estas opiniones de Martí evidencian que había logrado penetrar en algunos de los resortes más profundos de ese sistema, en el cual se imbricaban los intereses de los capitalistas con los partidos políticos y sus representantes.  En 1886 un acontecimiento lo llevó a profundizar más aún en su análisis de la sociedad norteña y su sistema político: los sucesos de Chicago −acontecimiento que dio lugar a la conmemoración del Primero de Mayo en el mundo, no así en Estados Unidos− con el enfrentamiento entre obreros y policías, y el proceso judicial que culminó con la ejecución de un grupo de esos trabajadores.

El análisis de las causas de aquel conflicto y de todo el proceso judicial, con el seguimiento a los reportajes de la prensa, lo llevó a reflexionar acerca de la verdadera representación del poder legislativo en ambas cámaras: Presidente Chester Arthur. Mandato presidencial 19 de septiembre de 1881 al 4 de marzo de 1885. ¿Qué ha hecho para atajar esos males el Senado, donde los millonarios, los grandes terratenientes, los grandes ferrocarrileros, los grandes mineros componen mayoría, aunque los senadores son electos por las legislaturas, elegidas directamente por el pueblo, que no tiene las minas, ni la tierra, ni los ferrocarriles? ¿Por qué mágico tamiz sale filtrada la representación popular, de modo que al perfeccionarse en el senador, que es su entidad más alta fuera de la Presidencia, resulta ser el Senado la contradicción viva de las opiniones e intereses de los que, por medio de la legislatura, los elige? ¡Los senadores compran las legislaturas![9]
También incluía a la Cámara baja en esa apreciación: “¿Qué ha hecho la Casa de los Representantes, electos ya por tan viciados métodos que, aunque el país vote por ellos directamente, no hay elección que no resulte forzada por el uso de recias sumas de dinero, ni se ha alzado en la Casa una voz sola que denuncie el peligro y clame por los necesitados?”[10]

Esta reflexión lo condujo a concluir respecto a los dos partidos: “Más que entre demócratas y republicanos, el Congreso estaba dividido entre proteccionistas y librecambistas”.[11] Es decir, que eran los grandes intereses, los sectores oligárquicos, los representados allí. En el funcionamiento del sistema político para los procesos electorales, para nominar candidatos, Martí percibió que no había un curso democrático de real participación de la ciudadanía. Eso lo expresó durante la campaña electoral de 1888:Ya casi nunca se reúne el “caucus”, fundamento y arranque de la fábrica política, sino cuando se necesita acorralar a los electores, cuando se acercan las elecciones del Estado o las presidenciales. Ya no parte de abajo,−como debiera en un país verdaderamente democrático, la expresión libre y sana de la voluntad pública. Ya la política no consiste tanto en ganarse la opinión con ideas loables (…).[12]
Martí no se refería con esa reflexión a que no se desarrollaran esas reuniones, el asunto era que allí no iban los que tenían que ir, sino quienes “tienen en la política un empeño personal, los que votan como quiere el cacique (…) los que auxilian al partido para que el partido les mantenga en sus empleos,” los que a cambio de los votos poseen “los más apetecibles puestos públicos” y más aún, allí se creaban los discursos para ganar electores, no para presentar programas que habrían de cumplirse: Los partidos contendientes inscriben en su bandera, aunque no sea con ánimo de servirlos, aquellos principios que parecen ser de más justicia y popularidad en la hora de la lucha, cuidando de ajustarlos, como el pabellón al asta, al cuerpo de doctrina que a cada uno sirve de sostén.
Y como por mucha que sea la corrupción de la máquina política, y mucha la indiferencia de los electores cultos, nunca pueden los que se sirven de la opinión prescindir por completo de ella, no se reúnen sólo las convenciones para escoger (…) aquel que probablemente haya de obtener más votos, sino para dar al partido bandera de combate (…).[13] Grover Cleveland.
Mandato presidencia 44 de marzo de 1885 al 4 de marzo de 1889; 4 de marzo de 1893 al 4 de marzo de 1897. Por tanto, esas reuniones se realizan a partir de la “suma de intereses dominantes”, como constante transacción, donde sale la candidatura y sus resortes de propaganda, donde el político necesita “hacer como que acata la voluntad de la nación”.[14]
Martí comenzó a percibir que, en vez de favorecer al país, el sistema estaba en función de que el favor fuera para los “capitalistas privilegiados, que hallan siempre representantes que aboguen por sus intereses”[15].

En tales reflexiones martianas, el centro no era la condena al voto, sino al “mal modo de votar”, pues era parte de todo un sistema donde se coaligaban todos sus elementos para garantizar la representación de sus corporaciones poderosas, en lo cual había propósitos que podían ser comunes a todos los contendientes, como el expansionismo.

Esto lo expresó el Maestro a propósito de los debates en torno al dominio sobre Samoa, cuando dijo que “en esto no son demócratas ni republicanos”, pues en ambos partidos se apetecían “privilegios internacionales” sin respeto a las libertades de otros pueblos, máxime cuando ese país “debe parte de su influjo y poder a la admiración que la especie humana le tributa sin examen suficiente.”[16] Precisamente, para incitar a ese “examen suficiente” publicaba Martí sus crónicas en la prensa continental.

Sin duda, lo que funcionaba como paradigma de república democrática en aquella época mostró al cubano su verdadera esencia; así lo apreció José Martí en un análisis progresivo que le permitió entender los mecanismos profundos de aquel sistema. Los procesos electorales sirvieron de muestra clara a este resultado.

[1] José Martí: Obras Completas. Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, T 9, p. 64. (Todas las citas de Martí están tomadas de esta edición, por lo que solo se referenciará tomo y página en lo adelante) [2] T 9, pp. 97-98. [3] T 9, pp. 105-106. [4] T 9, p. 108. [5] T 10, p. 184. [6] T 10, p. 185 [7] T 10, p. 185. [8] T 11, p. 16. [9] T 11, p. 175. [10] Ibíd. [11] T 11, p. 177. [12] T 11, pp. 464-465. [13] T 11, p. 466. [14] T 11, p. 468. [15] T 12, p. 43. [16] T 12, p. 239.

(Tomado de Trabajadores)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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