JOSÉ MARTÍ Y EL EQUILIBRIO DEL MUNDO: LAS ANTILLAS HISPANAS

 RODOLFO SARRACINO

Al inaugurarse la Conferencia Internacional Americana de Washington en octubre de 1889, Martí hacía casi una década que vivía en Nueva York.En ese momento ya conocía bien la cultura, la economía y el sistema político de Estados Unidos. En 1880, año de su primer viaje a la gran urbe, era Licenciado en Derecho Civil y Canónico de la Universidad de Zaragoza y su trabajo de graduación se centró en el Ius Gentium o Derecho de Gentes Romano, equivalente al Derecho Internacional de nuestros días, que directa o indirectamente se refería al principio del equilibrio en las relaciones internacionales, de creciente actualidad en la segunda mitad del siglo XIX, cuando aún se le consideraba uno de los pilares del Derecho Internacional. Baste señalar que en la crónica a La Nación en 1881, dedicada a la memoria del erudito venezolano Cecilio Acosta, Martí menciona y comenta a veinte y ocho influyentes jurisconsultos de su tiempo y de la historia del Derecho.

La formación académica de Martí en Derecho Internacional, pues, incluía una visión profunda del concepto del equilibrio en su perspectiva histórica, fundamentada en el estudio cuidadoso de las relaciones internacionales de sus días, apoyado en la lectura de los mejores publicaciones seriadas y diarios europeos, norteamericanos, y particularmente latinoamericanos y la ágil información del cable telegráfico interoceánico que existía desde 1860.

Martí tuvo acceso, por otra parte, a las ideas sobre el equilibrio internacional de los patriotas puertorriqueños, Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos con sus aciertos y limitaciones.

Vio manifestarse las altas y bajas de los conflictos resultado de interpretaciones fallidas del equilibrio internacional en Europa, Suramérica, incluyendo a Brasil, Argentina, Paraguay, y México, Guatemala y Venezuela.

Pero al recapitular su carrera política se percibe que de las innumerables fuentes para el estudio del equilibrio internacional, un líder revolucionario que se aprestaba a iniciar, a fines del siglo XIX, una guerra para liberar a su país del yugo colonial hispano, con la agravante del peligro de la anexión de Cuba por otra potencia regional,  no podía prescindir de la genial en alguna más genial que la de Simón Bolívar. Para él, como después para el propio Martí, la independencia y la unidad de América Latina y el consiguiente “equilibrio del mundo”, constituían un objetivo mayor del proyecto liberador y para asegurar además la supervivencia y el desarrollo económico y social ulterior de Cuba, Puerto Rico y otros países hispanoamericanos bajo la férula de España.

Martí también aprendió de Bolívar que la lucha por la independencia se libraría en dos frentes: el militar y el internacional; que la guerra se desarrollaría en un contexto complejo en el que chocaban, a menudo violentamente, las ambiciones imperiales de las potencias europeas con los intereses de la América Latina.

Ello explica que en una crónica para La Nación, fechada el 2 de noviembre del propio año Martí haya declarado por vez primera, públicamente, durante las sesiones de dicha conferencia, que el evento mostraría “a quienes defienden la independencia de la América Española, donde está el equilibrio del mundo”.  A partir de entonces reiteró esa idea en cartas y casi todos los documentos programáticos de la revolución, incluyendo los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano y el Manifiesto de Montecristi, hasta el fin de sus días.

Nadie hasta ahora ha aventurado una hipótesis que explique por qué Martí decidió en aquel momento evocar públicamente ese principio, tan antiguo como la humanidad. Desde el inicio de las prolongadas sesiones de dicha Conferencia, hizo cuanto pudo con su talento y experiencia como periodista y cónsul, a fin de impedir que se concretara el cuarto intento norteamericano de comprar la Isla de Cuba a España, con la mediación de varios países latinoamericanos y un pequeño grupo de anexionistas cubanos bajo la anuencia de Estados Unidos. Martí sabía que  La respuesta se hallaba en el contexto estadounidense, donde se ocultaban los opositores principales de la independencia de Cuba, en espera del momento preciso para “controlar” a la Isla.

No fue esa su única batalla en el magno evento. En aquellos días críticos luchó también, desde las páginas de La Nación de Buenos Aires y El Partido Liberal, de México, contra un proyecto de arbitraje lesivo a los intereses de los pueblos latinoamericanos, propuesto por el gobierno estadounidense. También se opuso vigorosamente a la implantación de una unión aduanal para beneficio exclusivo de la gran industria e intereses financieros de Estados Unidos.

Interesa destacar que, además de las preocupaciones mencionadas de Martí al iniciarse la Conferencia Internacional Americana, se añadía una agravante: menos de cinco meses después, el 23 de marzo de 1890.

Cuando aún se discutían los puntos más controvertidos de la conferencia, tuvo lugar otro evento de singular importancia para el Caribe y en particular para Cuba: la presentación en Nueva York de la obra del entonces Capitán y después contralmirante Alfred Thayer Mahan, que suscitó la admiración de la marina y de otras ramas de las fuerzas armadas de su país, de los más encumbrados círculos políticos conservadores de Estados Unidos, agrupados en el Partido Republicano, The Influence of Sea Power upon History, 1669-1783 (La Influencia del Poder Naval en la Historia, 1669-1783), en la que Mahan planteaba que la historia “demuestra que el control de los mares y océanos es la clave de la superioridad de la nación porque garantiza la seguridad del comercio nacional con el mundo”.

En agosto del propio año, cuando Martí decidió marchar al retiro de verano del Club Crepúsculo de Nueva York, refugio de los grandes de la literatura norteamericana en las montañas Catskill, Mahan publicó un importante artículo en la prestigiosa revista mensual Atlantic Monthly, “The United States Looking Outward” (“Los Estados Unidos miran al exterior”) en el que preveía una posible guerra con Inglaterra y ciertos aspectos estratégicos relevantes del área del Caribe en su contexto global:

Entre las islas [del Caribe] y en la tierra firme hay muchas posiciones de gran importancia ocupadas hoy por estados débiles o inestables. ¿Están dispuestos los Estados Unidos a permitir su venta a un rival poderoso? ¿Qué derecho invocará contra la transferencia? Sólo uno, — su política razonable apoyada en la fuerza.

Las negociaciones e iniciativas económicas hacia el hemisferio cedían ante la elocuencia del poder militar, sobre todo naval, que sería desde entonces, hasta hoy, palabra clave de su estrategia.

En realidad, por aquellos días Alemania era el único país que, a diferencia de Estados Unidos, se interesaba por Cura۟۟zao. Estados Unidos, como en varias ocasiones anteriores, de nuevo pretendió comprar a Cuba en ocasión de la apenas concluida Conferencia Internacional Americana. En su estilo singular Mahan llamaba la atención del grupo de imperialistas que lo seguían en el gobierno, las filas del Partido Republicano y el congreso acerca de la existencia de estados y colonias “inertes” y fracasados, situados en posiciones geoestratégicas importantes en Suramérica y el Caribe, que podían y debían ser controlados por el naciente imperio estadounidense. Que los pueblos amenazados tuviesen algo que decir en relación con los planes imperialistas, no parece haberle pasado por la mente a Mahan, al afirmar concluyentemente que “ni con la justicia de una causa, ni con las sanciones del Derecho Internacional puede pretenderse una solución justa de diferencias cuando entran en conflicto con una fuerte necesidad política de una parte que aprecia una relativa debilidad en la otra”.  No hace mucho la archiconocida Condoleeza Rice, desde su cargo de Secretaria de Estado afirmaba que “no existen ni Derecho ni opinión pública internacionales: sólo la fuerza”. En los días del genocidio de Gaza se aprecia claramente el alcance de la ausencia de escrúpulos de Israel y Estados Unidos. Pero lo más preocupante en su artículo era su interés en destacar que Cuba, después de un estudio detenido de la Isla, era el punto estratégico de la política expansiva de Estados Unidos en el Caribe. Esas opiniones, divulgadas en la prensa plutocrática no pueden haber pasado inadvertidas para Martí.

A ese artículo le seguirían otros de Mahan con un análisis valorativo del potencial de las islas de mayor importancia del Caribe, en los que reiteraba sus criterios sobre Cuba, y el Pacífico para la estrategia de Estados Unidos, dispuesto a asegurar el control y la construcción de un canal interoceánico en el Istmo. Los artículos de Mahan provocaron un gran debate en el congreso y la opinión pública acerca de la posible expansión norteamericana hacia el Caribe y el Pacífico.

Apenas dos meses después, en ocasión de dirigirles la palabra a los influyentes miembros del Club Crepúsculo de Nueva York, poco antes de ser admitido como miembro pleno, entre ellos políticos, militares, grandes empresarios, poetas, ensayistas, artistas y otros intelectuales de talla nacional e internacional, Martí les transmitió un mensaje que era a todas luces una respuesta a las autoridades y prensa que participaban en el creciente debate en torno al “control”

de Cuba y otros países del Caribe y de la América Latina. Un fragmento de su discurso, desconocido u olvidado por los investigadores, pronunciado originalmente en inglés, fue publicado en octubre del propio año en el periódico El Porvenir de Nueva York en su versión en

español:

[…] Se hablaba entonces, y aún puede ser que se hable hoy, entre políticos ignorantes y adementados, de la intrusión disimulada, con estos o aquellos pretextos plausibles, de estas fuerzas del Norte en los pueblos meritorios, laboriosos, ascendentes, de la América española, de la intrusión, so nombre de la libertad, en la libertad ajena, que es delito que no se ha de cometer, porque harto saben los que en ella viven que, a vueltas con sus elementos heterogéneos lo que triunfa aquí al fin y al cabo es la gran conciencia nacional, que no permite ya de semejante mancha. Pero si esa unión violenta de que suelen hablar, una que otra vez, los políticos adementados e ignorantes, no ha de realizarse ciertamente por la nobleza de la tierra que la habría de imponer, y la de las tierras que la habrían de resistir, hay otra unión simpática y posible, tan apetecible del lado de acá de la frontera, como del lado de allá, y es la que no puede dejar de nacer del trato mutuo, despreocupado y justiciero de los hombres de una zona con los hombres de la otra, de los hombres de veras, cordiales y cultos, como esta asamblea de cabezas firmes y espíritus amantes de la justicia, ante quienes depone el extranjero humilde su corazón agradecido.

Era, como exigían las reglas del Club, una declaración breve, pero de contenido antimperialista que a todas luces respondía al proyecto anexionista de Mahan y del grupo de congresistas republicanos conservadores que lo apoyaban. Fue recibida con aplausos y abrazos por los asistentes. Calificar de dementes e ignorantes a políticos conservadores norteamericanos, empeñados en intervenir en los países de América Latina, ante un auditorio de alto relieve social, político y económico hasta generales de prestigio e influencia, ocasión en que Martí sin mencionar a Cuba, hablaba como representante de tres Estados sudamericanos, mostraba un grado considerable de audacia, entre otras razones porque su cargo consular no le permitía hablar con entera libertad sobre temas que, aunque indirectamente, se vinculaban a las relaciones bilaterales de dichos países con Estados Unidos. Martí sería invitado – y lo aceptó de buena gana – a incorporarse a la membresía del Club, que en verdad era una especie de caja de resonancia nacional incontrolada en cuyas filas militaban algunos de los más prestigiosos intelectuales de Estados Unidos — Walt Whitman, Mark Twain, el socialista Mark Derkham, el multimillonario, magnate del acero,  Andrew Carnegie, y muchos otros.

Nada de esto perturbó al alto oficial estadounidense, cuyo lenguaje era claramente geoestratégico, aún cuando el término no existía aún.

Para Mahan, además de ser la vía ideal para el transporte y el comercio de un país con costas en dos de los mayores océanos del planeta, — con su vertiente Oeste aún despoblada y subdesarrollada —, el Canal podía ser un medio defensivo u ofensivo, según los requerimientos coyunturales, para acelerar el traslado y la concentración del poder de fuego de las dos flotas estadounidenses que ya se reforzaban aceleradamente aplicando la técnica más avanzada del armamento y el blindaje, en cualquiera de las dos vertientes oceánicas.

El grave impedimento de las dimensiones continentales de los Estados Unidos, por otra parte, encarecía hasta hacer incosteables las exportaciones a Asia de los centros industriales del este y centro-este de los Estados Unidos. Este problema estructural se hizo patente durante la Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana cuando se ordenó al acorazado Oregon trasladarse de la costa del Pacífico a un punto de concentración cercano a Cuba y tardó, navegando a toda máquina, 68 días en llegar a su destino por la vía del Cabo de Hornos.

A Mahan se le encomendó preparar un estudio secreto solicitado por su gobierno para una guerra prevista contra Inglaterra. Ya los planes para un escenario de guerra contra España estaban listos hacía tiempo y se revisaban regularmente. Es evidente  hasta qué punto eran graves entonces las discrepancias de ese país con la emergente potencia estadounidense:

Si bien es cierto que la Gran Bretaña es indudablemente el más peligroso de nuestros enemigos posibles, tanto por su gran marina como por las fuertes posiciones que ocupa cercanas a nuestras costas, debe añadirse que el entendimiento cordial con ese país debe ser uno de los primeros intereses de nuestra política externa.

Nótese la autoridad en las palabras de Mahan al referirse a lo que entendía debía ser la política exterior norteamericana. Sus expresiones eran claramente inapropiadas en un oficial de la marina.

No mucho tiempo después, Inglaterra se inclinaría hacia la lógica de Mahan, ante un enemigo europeo más peligroso entonces que Estados Unidos y geográficamente más próximo a la Gran Bretaña. Alemania. Pero Martí no pudo enfrentarse a ese giro de la política internacional.

Mahan también publicó varios artículos en que comparaba las características geoestratégicas de Cuba y Jamaica. El papel que Mahan le tenía reservado a la mayor de las Antillas en estas consideraciones se sintetiza en esta elocuente conclusión:

 Considerada, por consiguiente, como una base para las operaciones navales, y como fuente de abastecimientos para una flota [norteamericana], Cuba presenta condiciones completamente únicas entre las islas del Caribe y el Golfo de México.

Así, el resultado final de la comparación indicaba, a juicio suyo, que “las ventajas de la ubicación geográfica, la fuerza y la magnitud de los recursos disponibles se inclinan decisivamente a favor de Cuba”.

Por sus dimensiones geográficas, población, recursos naturales, potencial industrial y agrícola y sobre todo por su cercanía a los Estados Unidos, Cuba tenía la capacidad productiva necesaria para repostar a los escuadrones navales estadounidenses. No se trataba de un simple informe económico de la colonia cubana, sino una evaluación favorable para su “control”, término favorito de Mahan. Según el propio Martí, la política exterior estadounidense podía expresarse en media docena de palabras: “esto es mío porque lo necesito”.

Es pues evidente que uno de los puntos geoestratégicos focales de Mahan en el Caribe era el control del Paso de los Vientos desde Cuba, vía ideal para el tránsito de los barcos estadounidenses hacia el Istmo, lo que en ese momento era imposible, según decía, en tanto Santiago de Cuba permaneciese en poder de España, y Port Royal, Jamaica, continuase bajo el control de la Gran Bretaña. Su previsión estratégica le indicaba que antes de pensar siquiera en el canal interoceánico era necesario controlar todos sus aproches en el Caribe y el Pacífico. Mahan se preguntaba si Estados Unidos estaría dispuesto a presenciar con los brazos cruzados a alguna potencia extranjera, por ejemplo Alemania, adquirir un pedazo del territorio en Haití para establecer una base naval frente al Paso de los Vientos.

Era una región, afirmaba el contralmirante, “en la que los Estados Unidos están particularmente interesados”, donde las condiciones políticas en los países y colonias circundantes obstaculizaban el control norteamericano. Y con el advenimiento a la independencia de dos naciones revolucionarias, Cuba y Puerto Rico, y con la soberanía confirmada de una tercera, Santo Domingo, y el apoyo presumible de Inglaterra y Alemania, Estados Unidos se vería obligado a repensar sus planes estratégicos. Sin control de los aproches al istmo en el Paso de los Vientos, no podía haber canal. Habría sido vulnerable por la ausencia de un sistema de bases de defensa, sin el cual el proyecto podía terminar en manos de Inglaterra o Alemania o ambas potencias europeas. Y de la penetración estadounidense a través del canal interoceánico con su producción y su flota dependía su ingreso al grupo selecto de las potencias e imperios mundiales.6 Martí había seguido de cerca la pugna europea por el Canal de Panamá.

En 1880,  un año después de haberse establecido en Nueva York, escribía para el diario La Opinión Nacional de Venezuela que el gobierno de Estados Unidos ya veía como propiedad suya el canal en tanto que Inglaterra se esforzaba por garantizar su neutralidad “con lo que se estorba que estos se miren como absolutos dueños de la vía que, si por una parte lleva al oeste de la unión norteamericana, por otra lleva a la India”.

Pero su muerte impidió que los objetivos que concibió fueran alcanzados. Con la intervención estadounidense en la guerra de independencia y la complicidad de autonomistas y anexionistas infiltrados en el nuevo gobierno republicano de Cuba, se liquidaron, a partir del triunfo de las armas estadounidenses sobre España, las aspiraciones de Martí al equilibrio en las Antillas hispanoamericanas.

El grupo imperialista en el gobierno y el congreso de Estados Unidos, con la incorporación de las islas hispanoamericanas en el Caribe y los archipiélagos de  Hawai, las Filipinas y Guam al sistema imperialista norteamericano y el control del canal interoceánico en Panamá, aseguraron la supremacía en el Caribe y el Pacífico y reforzaron una fuerte tendencia conservadora y su corolario imperialista en los Estados Unidos a lo largo del siglo XX, que hasta el día de hoy, con el respaldo de su inmenso poder militar,  se niega a modificar su política agresiva, a pesar de sus colosales errores y derrotas históricas que todos los días presenciamos en nuestra propia historia emergente. Pero ni Bolívar “aró en el mar”, ni Martí sacrificó su preciosa vida en vano. Sus ejemplos germinaron en los pueblos que hoy luchan por establecer una América, unida e integrada en la economía, pero sobre todo en el plano más universal de la historia, la cultura humanista, la solidaridad y las tradiciones comunes.

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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