La visión martiana de los Estados Unidos

 

HAROLD BERTOT. 

 

(Transcripción de sus palabras en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS)

 

Yo me siento en realidad disminuido ante los profesores. Yo solo soy un lector de la obra de Martí y, bueno, quiero compartir algunas ideas adelantadas ya por la profesora, en relación con lo que constituyó el núcleo de su visión sobre los Estados Unidos, visible en los artículos que enviaba, en forma de cartas, a los diferentes periódicos de la época  -ya la profesora hacía alusión a La Nación, de Buenos Aires; La Opinión Nacional, de Caracas; La Opinión Pública, de Montevideo; el Partido Liberal, de México–, y que por las propias características de  cada una fueron conformando lo que hoy se conoce como Escenas norteamericanas..

Creo necesario, como en toda explicación de ideas pretéritas, que una tarea de primer orden consiste en tratar de vislumbrar, o identificar, cuál era el contexto social, político e internacional en que Martí desarrolló sus ideas; también algunos de los problemas fundamentales que se debatían en aquella sociedad norteamericana de finales de siglo XIX y, sobre todo, la visión que sobre ella se tenía en América Latina.

En un reciente artículo aparecido en la revista Temas, el investigador cubano Jorge Hernández se hacía eco de la opinión de varios estudiosos de la sociedad norteamericana, que la definen históricamente como una sociedad consensual, en el entendido de que la mayor parte de la población y de los sectores que la componen, se adhieren a determinados acuerdos establecidos sobre la base de los valores del capitalismo, como modo de producción, formación social y patrón de organización económica, unido a la democracia liberal en lo político.

Entre muchos factores que explican esto, algunos prefieren indicar la singularidad del propio proceso histórico norteamericano, muy diferente, por ejemplo, al proceso histórico de las sociedades europeas, que tuvieron que realizar una revolución burguesa para destruir la rigidez, el autoritarismo y la reacción monárquica de la sociedad feudal, y luego la propia reacción de la burguesía en el poder, en muchos casos aliada a los remanentes feudales. Esto permitió, lógicamente que, a diferencia de Estados Unidos, que no transitó por una sociedad feudal, pudiera desarrollarse una propuesta alternativa de izquierda y el desarrollo de una tradición revolucionaria, en algunos casos dispuesta a todo, incluso a los métodos violentos de lucha. Recordar que las ideas de igualdad, libertad y fraternidad de la Revolución francesa de 1789, recibieron su primer jalón histórico cuando a partir de 1830 el incremento de la masa de obreros, volcados a protestas, insurrecciones, complots, acciones clandestinas o públicas, puso al descubierto que, en realidad, los derechos y libertades esgrimidos por la burguesía era sólo para ella. En Europa señoreaba, sin sonrojos, la idea del voto censitario, que permitía ejercer el derecho al sufragio solo a aquellas personas con determinados bienes, y solo Francia en 1848, Alemania en 1871 y Noruega en 1898, habían institucionalizado el sufragio universal.

Desde entonces el miedo a que el derecho de la revolución, que la burguesía había esgrimido frente al poder feudal, pasara a ser un derecho de los obreros, hizo que bajo el liberalismo, que ganó los corazones de no pocos intelectuales y combatientes, registrara sus últimas revoluciones en Grecia en 1830, donde muere combatiendo Lord Byron en las ruinas de Missolongui, y que pasara al continente americano, con las revoluciones iniciadas frente a la dominación colonial de España. A partir de 1830 y, sobre todo, 1848, por el temor a la insurgencia obrera, se aleja al Liberalismo de toda actitud radical. Se torna mesurado, y hasta conservador, por miedo a los obreros y al Socialismo, cuyas ideas comienzan a pesar.

Desde este modo, la reacción contra el movimiento obrero europeo se evidenció con extrema crudeza posterior a la Revolución Francesa de 1848, que puso a prueba en un amplio frente a la burguesía, incapaz por momentos de controlar la crisis y de revertir la depauperación continua de la vida de los obreros. Ello la llevó en ocasiones a perder los nervios y lanzarse a la represión desenfrenada, como lo constituyó el desenlace brutal de la Comuna de París en 1871, y el período de reacción seguido en toda Europa, que llevó a la autodisolución de la I Internacional. No es si no hasta bien adelantado el siglo XIX, bajo el avance indetenible del movimiento obrero, y generado por una peculiar transición en el modo capitalista de producción, que se produjo un replanteo hacia concesiones políticas de cortes democráticas: por ejemplo, la legalización de partidos políticos obreros que se produciría a finales del siglo XIX, aunque por supuesto, en realidad pretendió atajar revoluciones en un marco constitucional, y descorrió las cortinas de un pensamiento demoliberal bastante oportunista.

Hago hincapié en estas ideas, porque posiblemente ningún pensador de entonces haya detectado, analizado y comprendido, como Martí, todo lo que significó estos desarrollos desiguales en lo político en ambos continentes, cuando Estados Unidos a finales del siglo XIX, vivió una gran ola migratoria, sobre todo proveniente de Europa, como después en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI.

Europa era un crisol entonces de muchas tendencias en lo político. Se encontraban distintas vertientes de socialismo, se extendía con virulencia el fenómeno del anarquismo, los métodos violentos de lucha, y todo eso venía con la migración europea a Estados Unidos. Imaginemos lo que suponía trasladar todas esas experiencias a un lugar que se admiraba de la “prensa libre”, el “derecho al sufragio”, las “elecciones”, es decir, todo lo que todavía en Europa estaba en discusión y batalla por conseguirse.

Por eso Martí, en medio de las duras críticas hacia el sistema norteamericano, pudo advertir la inviabilidad de todas ellas en Estados Unidos. Su inviabilidad en una sociedad que no tuvo que luchar contra la feudalidad ni tuvo tiempo de engendrar una profunda tradición revolucionaria de izquierda. El propio Engels tuvo un atisbo de estas peculiaridades, al enjuiciar la situación del Partido Socialista del trabajo en los Estados Unidos, en el Prólogo a la edición norteamericana de 1887 de su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra, un partido que para entonces sólo existía de nombre, “porque en ninguna parte de los Estados Unidos ha estado en posición de afirmarse como partido político”, y hasta cierto punto “resulta extranjero para Estados Unidos, ya que hasta muy recientemente estaban formado casi exclusivamente por inmigrantes alemanes, que usan su propio idioma y, en su mayoría, se hallan poco familiarizados con el inglés.”

Sin embargo, no pudo escapar al aliento a una tarea que parecía, a los ojos de un observador más cercano -como lo fue Martí-, harto difícil y de asimilar en corto tiempo. Engels decía del Partido Socialista del Trabajo: “Pero si bien es de cepa extranjera, llega al propio tiempo armado de toda la experiencia adquirida en largos años de lucha de clases en Europa, y con una noción de las condiciones generales de la emancipación de la clase de los trabajadores muy superior a la que poseen los trabajadores norteamericanos. Es una fortuna para el proletariado norteamericano que de ese modo puede absorber y utilizar el conocimiento intelectual y moral de cuarenta años de lucha de sus compañeros de clase en Europa, y acelerar así su propia victoria. Porque, como he dicho, no puede haber duda alguna al respecto. El programa supremo de la clase obrera norteamericana debe ser y será fundamentalmente el mismo que ha sido aceptado actualmente por todo el proletariado militante de Europa, el mismo del Partido Socialista del Trabajo germano-norteamericano. Por tanto este partido está llamado a jugar un papel muy importante dentro del movimiento. Pero, para ello, necesitará despojarse de todo vestigio de su indumentaria extranjera. Tendrá que llegar a ser norteamericano hasta la médula.”

Por su parte Martí, en un artículo dirigido a La Nación de Buenos Aires en 1886, advertía como aquellos obreros “con la pujanza de la ira acumulada siglo sobre siglo, en las tierras despóticas de Europa, se han venido de allá con un taller de odio en cada pecho y quieren llegar a la reorganización social por el crimen, por el incendio, por el robo, por el fraude, por el asesinato”, y destacaba como “esos alemanes, esos polacos, esos húngaros, criados en miseria y en la sed de sacudirla, sin más cielo sobre las cabezas que el tacón de una bota de montar, no traían, al venir a esta tierra, en los bolsillos de sus gabanes blancos, en sus cachuchas, en sus pipas, en sus botas de cuero y sus dolmanes viejos, aquella costumbre y fe en la libertad, aquel augusto señorío, aquella confianza de legislador que pervade y fortalece al ciudadano de las repúblicas: traían el odio del siervo, el apetito de la fortuna ajena, la furia de rebelión que se desata periódicamente en los pueblos oprimidos, el ansia desordenada de ejercitar de una vez la autoridad de hombres, que les comía el espíritu, buscando salida, en su tierra de gobierno despótico…Lo que allí se engendró, aquí está procreando. ¡Por eso puede ser que no madure aquí el fruto, porque no es de la tierra!”

Por supuesto, estos análisis Martí los realiza en medio de una crítica feroz al sistema. Se puede decir que desde la década del ochenta, con su arribo a los Estados Unidos, una singular preocupación embarga a Martí por el estado social, político y económico del sistema capitalista, que se encontraba ya en un grado superior de transformación. Esa preocupación atraviesa todas las Escenas… A ello hay que sumar un elemento no menos importante, para entender la forma, las maneras en que Martí escribe para estos diarios latinoamericanos, porque en el momento en que Martí está escribiendo aquellos artículos, en la propia América se abría una visión del mundo en términos de “civilización” y “barbarie”, que identificaba la “civilización” con los Estados Unidos. Esta idea tenía un difusor importante en Domingo Faustino Sarmiento, aquel que escribiera a Paul Groussac, recomendándole la traducción de un texto martiano al francés en 1887: “En español, nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo, nada presenta la Francia de esta resonancia de metal”. Sin embargo, Martí desde el inicio no comparte esta idea. No comparte, y después lo ratificará en el fundamental ensayo Nuestra América, en el ensayo fabuloso aquel, cuando diría: “No hay contradicción entre civilización y barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.” Es una visión que él ya está contraponiendo desde el inicio, sobre todo desde una aproximación ética, cuando para el entendimiento de la conducta y los valores en la conformación de aquello que denominó Nuestra América, frente al vecino del Norte, expone el concepto de “hombre natural”, que anticipara en el discurso de celebración por el centenario de Simón Bolívar en New York en 1883, y que desarrollará en el trascendental ensayo Nuestra América.

Por tal razón hay que tomar en cuenta a la hora de leer, por ejemplo, los artículos publicados en La Nación de Buenos Aires, la carta que enviara a Martí el director de dicho diario, el argentino Bartolomé Mitre, luego que este enviara su primera colaboración en 1882: “La supresión de una parte de su primera carta, al darla a la publicidad, ha respondido a la necesidad de conservar al diario las consecuencias de sus ideas…Sin desconocer el fondo de verdad de sus apreciaciones, y la sinceridad de su origen, hemos juzgado que su esencia extremadamente radical en la forma absoluta de las conclusiones, se apartaba algún tanto de las líneas de conducta que a nuestro modo de ver…debía adoptarse desde el principio, en el nuevo e importante servicio de correspondencia que inaugurábamos. La parte suprimida de su carta, encerrando verdades innegables, podría inducir en el error de creer que se abría una campaña de «denunciation» contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social, como centro económico… Su carta habría sido todo sombras, si se hubiera publicado como vino…”

Martí acepta escribir en estas condiciones, y tal vez no con el mismo sufrimiento que experimentó en Guatemala, un especie de sufrimiento que se descubre en una carta de 1878 a Mercado sobre el trato con la personalidad del presidente Rufino Barrios: “Es verdad que había una disconformidad absoluta entre su brutal modo de ser y mi alma libre: es verdad que yo las poetizaba ante mí mismo para poder vivir entre ellos; pero estos secretos no han salido nunca de mi alma.”

Para entonces, en esta nueva etapa en los Estados Unidos, Martí logra sortear con presteza estos condicionamientos, y se descubre libre, a veces, en esa apelación socorrida de la ironía para explicar sus ideas. “En la morada misma de la libertad se amontonan de un lado los palacios de balcones de oro, con sus aéreas mujeres y sus caballeros mofletudos y ahítos, y ruedan del otro en el albañal, como las sanguijuelas en su greda pegajosa, los hijos enclenques y deformes de los trabajadores”.

Las descripciones periodísticas de sucesos y realidades, junto a la exaltación de lo mejor de la cultura norteamericana, vienen directamente a constituirse en una esclarecedora crítica del capitalismo, de sus estructuras, de su funcionamiento, de sus condicionamientos a nivel de la conciencia social.

En esto se diferenció del gran pensador francés Alexis de Tocqueville, quien se convirtió en uno de los grandes del pensamiento político con la obra referencial, La democracia en América, donde, después de ver los escenarios convulsos de Europa, llega a Estados Unidos y se encuentra que allí se había logrado parte de todo por lo que los movimientos revolucionarios en Europa estaban luchando.  Digamos, había más libertad de prensa que en Europa, por lo menos había un derecho al voto, la prensa libre, etc.

¿Cómo poder catalogar o etiquetar entonces a Martí como un “liberal”, como algunos han pretendido? Digo esto porque algunos lo encuadran “a secas” como un “liberal”, en otros casos, un poco apresurado, como Antonio Martínez Bello, en sus Ideas Sociales y Económicas, lo llaman un «materialista-dialéctico» y un «socialista», o caracterizado sin más en ese infinito mundo de las definiciones políticas como un “demócrata revolucionario”. Esto no me parece del todo correcto.  A mi modo de ver, las razones de estas constantes aproximaciones o asimilaciones de su pensamiento a tendencias o credos filosóficos disímiles, tiene causa en que todas ellas tienen el punto de conexión, el centro de gravedad, en la ética rectora de lo mejor del pensamiento cubano del siglo XIX incorporada en Martí, que hace traspasar, o sirve de gancho, en la integración de todas ellas a su pensamiento, y que posibilita a su vez que ese pensamiento pueda “amoldarse”, o que pueda ser asimilado por toda creencia o pensamiento que tenga en el centro de su reflexión al hombre y su emancipación. Ninguna de ellas aparece en la lógica de ideas colocadas una al lado de otras, como pueden estar libros sin orden, coherencia y sentido en largos estantes. Sólo así –entiendo-  debe comprenderse que en algún momento Cintio Vitier advirtiera que en Martí había ecos de estocismo, neoplatinismo, hinduismo, etc.

Precisamente esta conformación del ideario ético martiano a partir de una conjunción de influencias de varias culturas, pensamientos y tendencias filosóficas, condujo a Gabriela Mistral a llegar a afirmar que lo importante en Martí lo constituía el tono. Y en este sentido, el propio Marinello expresaba: “En algún modo, pudiera decirse que es (Martí), desde el Presidio Político a la últimas carta de Mercado, un explicador del Mundo y de los hombres, un filósofo, pues. Su acción apostólica es siempre hija de una interpretación de lo circundante, derivación y consecuencia de un criterio en que intervienen con igual aporte la enseñanza de los libros y la de los hechos. Pero ocurre que lo penetrante del análisis anda muy hermanado a la entonación lírica; que el poeta, al decir la realidad de modo inusitado, la transforma en sí mismo, la hace parte de su temblor central, de su estado de espíritu, de su dominante emoción.”

Por ello Cintio Vitier hablaba de Martí como un “integrador”, que superó la escisión entre el verso y la prosa, fundado en elementos eternos de la expresión verbal como el ritmo y la imagen, así como entre el arte y la vida, que Martí veía la primera surgiendo fieramente de la vida, y entre la palabra y la acción, pues como el propio Cintio expresara: “Martí aportó por su cuenta una integración original, de abierta y sincrética impulsión americana, de la imagen y la vida, incluyendo sus zonas oníricas, palpitantes en versos, crónicas, discursos y diarios; y sobre todo, una interpretación militante de la palabra poética y la acción revolucionaria, fundidos en él hasta lo indiscernible, ambas trasmutadoras de la realidad.”

Pudiéramos convenir que este posicionamiento ético es la médula espinal de un método para elegir, entre todas las tendencias, credos y filosofías, las posiciones éticas y morales que podían integrarse o ser coincidentes en su perspectiva de liberación humana. Por ello no es una ética abstracta, nacida de un sujeto cabalgando sobre las palpitaciones de su tiempo. La construye, y fortalece, frente a las crudas realidades del colonialismo, la esclavitud, la explotación del obrero. Es hija y expresión de una condensación, que en un fecundo hemiciclo histórico, capta toda la perspectiva liberadora del siglo XIX, al compás en que sus profundas cavilaciones la toman a ella para develar en la diversidad de variantes políticas, filosóficas y sociales, los lados más oscuros que las secundaban, las lumbres que más resaltaban de sus entraña, y las más notorias peculiaridades que enriquecían la condición humana. Es en esta línea que hay que entender su valoración del pensamiento filosófico y político de hombres como Krause, Marx o Henry George.

Por ello, si bien armó su andamiaje conceptual político entre las ideas dominantes liberales de los “derechos del hombre”, la igualdad y libertad, que no contrastadas con la realidad colonial y de Europa, venían a constituirse desde entonces en el centro de recomposición de cuanto proyecto redentor surgiera, no lo fue ni un tanto de aquel liberalismo en la variante discriminatoria de representada por su cariz más descarnado en hombres de mediados del siglo XIX, como Benjamín Constant, Fustel de Coulanges, etc. Bajo el influjo de estas doctrinas dominantes en el pensamiento decimonónico, discurrió y armó su pensamiento hasta que aquella bala injusta, que al decir del gran Juan Ramón Jiménez, como toda bala injusta “venía de todas partes feas y de muchas siglos bajos”, diera con su muerte prematura el 19 de mayo de 1895, se debe entender todo su proyecto de liberación desde una eticidad que enfocó la cuestión social y la subversión de formas, en el camino de situar al hombre de una vez y para siempre en la senda de su redención, sin sombra de menoscabo a su dignidad.

Por ello, y quiero cerrar esta digresión, aceptar un Martí de ideas liberales en sus primeros años, comporta en la índole de esta clasificación serias advertencias: lo fue en cuanto el progreso y transformaciones sociales tomaban fundamento, frente a la opresión y la esclavitud, en los derechos del hombre, en su igualdad y libertad, encarnada de la tradición de Félix Varela y Luz y Caballero. No así de aquellas presentes en la corriente cubana, de confesada filiación colonialista y esclavista. En la ética de raigambre cristiana lucista, halló Martí la manera de acercar aquellas ideas corporeizadas de un “hombre abstracto” a las concreciones de las necesidades de los hombres reales, de carne y hueso, como diría Marx, pues en el liberalismo de corte aristocrático era posible concebir “derechos naturales” en el hombre, a la par de la existencia de colonias y esclavos, porque sencillamente la libertad e igualdad eran pensados para un individuo propietario y colonialista.

Ningún “liberal” de entonces podía alcanzar la radicalidad del pensamiento martiano sobre el verdadero ejercicio de la libertad y la igualdad: “La libertad política, que cría sin dudas y asegura la dignidad del hombre -escribe en el Partido Libera en 1886 respecto a Estados Unidos-, no trajo a su establecimiento; ni crió aquí en su desarrollo, un sistema económico que garantizase a lo menos una forma de distribución equitativa de la riqueza; en que sin llegar a nivelaciones ilusorias e injustas, pudiese el trabajador vivir con decoro y sosiego, educar en honor a su familia, y ahorrar para su ancianidad como el legítimo interés de toda su existencia, una suma bastante para librarlo del hambre, o de ese triste trabajo de los viejos que de veras es una ignominia para cuanto no hemos imaginado aún el modo de evitarlo: ¡los viejos son sagrados!  cambiaron en detalles de importancia las leyes civiles con el advenimiento de las libertades públicas” –y escuchen esto:– “pero no se alteraron las relaciones entre los medios y los objetos de posesión y los que habían de disfrutarla”.

No creo, en verdad, que esta forma de pensar pueda ser identificada, sin más, en las dimensiones del pensamiento liberal de la época, que concebía, insistimos, la libertad y la igualdad sólo abstractamente, sin un análisis de sus posibilidades reales de realizarla. ¿Qué idea liberal de entonces podía igualarse a un pensamiento que significa que allí (en los Estados Unidos) la libertad “viene a ser como la griega o la inglesa, libertad de señores con pan negro y angustia para los infortunados, y muy bien para los de arriba, que gobiernan y tienen las manos llenas de privilegios, pero desigual y molesto para la masa común que se cansa de llenar a estas panzas doradas sobre los hombros”.

Pero hay algo más, y es que el posicionamiento ético y la radicalidad del pensamiento social y político de Martí, nos coloca a punto de señalar un cierto acercamiento de las ideas de Martí a las ideas socialistas, sin que ello implique que estemos considerando a Martí un “socialista” o un “marxista”, como en algún momento pretendió Martínez Bello. Pero indudablemente sí hay muchas coincidencias del pensamiento martiano, en lo social, con la preocupación política que se planteó el socialismo marxista. Indudablemente en el vientre de sus preocupaciones se gestaron claras líneas de pensamiento, que lo hicieron coincidir con la preocupación socialista y los fundamentos de su lucha: subvertir la desigual relación capital-trabajo, completar la formalidad de los derechos y libertades públicas del liberalismo con un sistema que propicie un ejercicio pleno e integro de tales postulados; la centralidad alcanzada en importancia por los obreros en la futura transformaciones sociales; y las luchas sociales entre capitalistas y obreros. En suma, Martí se enfoca críticamente en la cuestión obrera, que no era otra cosa que la lucha de clases entre capitalistas y obreros, que él denominó el «problema social». Y en ello se explanaba una consecuencia lógica para los pueblos latinoamericanos en el ideario redentor martiano: el rechazo a un sistema que vuelca a una vida en el que “todo empuja, precipita, exacerba, arrastra”, y en el que “se siente que la vida en estos grandes ciudades se consume, adelgaza y evapora.”

En este orden, es muy probable que Martí conociera de los escritos de Marx, sacados a la luz en Estados Unidos en el New York Daily Tribune, y New American Cyclopedia, publicados por las gestiones de quien fuera amigo común de ambos, el periodista norteamericano Charles Dana. Y probablemente no compartiera muchas de las ideas expresadas por Marx sobre algunos problemas de América, que indudablemente estaban lastrados de una visión muy europeizada. Sin embargo, y esto es curioso, usted no encuentra una nota –por lo menos yo, no sé los profesores– donde él se refiera a las grandes obras, al Manifiesto Comunista de Marx, por ejemplo, y le haga alguna crítica.

Precisamente en la New American Cyclopedia, Marx publicó un artículo titulado “Bolívar”, donde tiene palabras muy duras para El Libertador, y que poseo como algo raro gracias a la publicación que hiciera de ella la revista Dialéctica en marzo de 1936, como resultado de haberlo encontrado el intelectual argentino Aníbal Ponce en 1935 en los archivos del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú. En ella se diría, por ejemplo, del Congreso de Panamá en 1827: “Lo que en realidad se proponía Bolívar era hacer de toda América del Sur una república federal, de la que él sería dictador. Mientras daba riendas suelta a sus sueños de vincular medio mundo a nombre, ese poder efectivo se le escapaba rápidamente de las manos.”

Todo ello lo expongo para significar que, en gran medida, tiene razón Fernández Retamar cuando afirmó que Martí no pudo distinguir la especificidad del pensamiento de Marx respecto a los socialismos de Saint Simon, Fourier, Bakunin, y otros. Y por ende comprender la contribución científica de Marx, que los diferenciaba de estos.  “Atribuir a esto cortedad de visión o a tibieza en Martí -concordamos con Retamar-, sería tan torpe como achacar el aparente eurocentrismo de Marx a un absurdo chovinismo continental. Lo cierto es que la fidelidad de uno y otro a sus problemas inmediatos respectivos, y no coincidentes entonces, los lleva a posiciones concretas, desde las cuales a Marx no le era posible apreciar debidamente el que sería el planteo de Martí (como se ve en el caso de Bolívar), ni a Martí el aporte científico de Marx.”

Sin tomar en cuenta estas cosas, algunos han querido ver en el escrito de Martí, publicado en La Nación de Buenos Aires, con motivo de la muerte de Marx, una “crítica” a Marx, cuando en realidad –a mi modo de ver- es todo lo contrario. Por decir más, cuando nosotros vemos posteriormente la vida de Martí, nos damos cuenta de que él al final tuvo que incurrir en las mismas cosas que le señalara a Marx.  “Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”. Martí también organizó una guerra, la cual no iba a ser “remedio blando”; era una guerra donde había que echar los hombres sobre los hombres a pelear.  “Anduvo de prisa, y un tanto en la sombra”, le dijo a Marx.  Bueno, en algún momento él también tuvo que andar de prisa y un tanto en la sombra.  Por eso le reconoció a Mercado: “En silencio ha tenido que ser” y a advertir con desesperación: “Gonzalo, sobre nuestra tierra” –hablando de Estados Unidos—“se urde un plan tenebroso. Gonzalo, apúrate, hay que apurarse, Gonzalo”.  Fue una inquietud desgarradora, una inquietud por andar de prisa también.

Sin embargo, no pudo menos que decir de Marx: “Como se puso del lado de los débiles, merece honor”. Y lo elogiaría de tal forma que vio en Marx no solo el movedor titánico de las cóleras de los obreros europeos, sino al veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y al hombre comido del ansia de hacer bien. Esto es muy importante, escribiría Martí: “Estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó cómo echar a tierra los puntales rotos.”  Yo me pregunto. ¿Cuáles eran los puntales roto? “Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.”

Era difícil que Martí no valorara en su justa medida ideas sociales que luchaban por la liberación humana, más allá de cualquier incomprensión. El pensamiento marxista, a veces no se insiste lo suficiente en ello, fue una posición ética que tomó partido frente a una realidad injusta, donde la propia construcción racional y filosófica que le permitió construir una Economía Política superior a las anteriores, no puede verse aislada de las motivaciones éticas o morales de comprender el sistema que se desarrollaba en forma desigual en lo material y espiritual. En Marx y Engels no es posible entender toda su obra sino como un proceso de integración racional-filosófico desde posiciones éticas que signaron con acentuada fuerza y decisión la posición o el carácter ideológico de su teoría al lado de los humildes.

Solo recordar, a modo de ilustrar, como Carlos Marx desde los años de sus publicaciones en la Gaceta del Rin, todavía con un influjo marcado de la filosofía hegeliana, y antes de resolver las dudas que lo asaltaban, y del comienzo de su construcción teórica-filosófica del mundo, de sus estudios profundos sobre las relaciones económicas, etc., colocó en el colimador de sus reflexiones problemáticas que atañían a “intereses materiales”, sobre la ley sobre los robos de leñas, en las que se puso de lado de la “muchedumbre pobre y política y socialmente desposeída”, sobre las condiciones de vida de los trabajadores del Mosela, etc. El propio concepto de “enajenación” en Marx, explicado con especial viveza e intensidad en lo que se ha dado a conocer como Manuscritos Económicos y Filosóficos del 1844, le debe mucho de su existencia a estas profundas preocupaciones éticas.

Por tales razones José Martí no dudó en calificar en 1884 el socialismo como “nobilísima idea”, en su refutación al artículo de Herbert Spencer, que presentaba al socialismo como “la nueva esclavitud”. “Nobilísima tendencia -diría Martí-, nacida de todos los pensadores generosos que ven como, el justo descontento de las clases llanas, les lleva a desear mejoras radicales y violentas y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz, que quitar motivo al descontento”.

En esta impugnación a Spencer muestra una radicalidad impresionante en su pensamiento. “A manera de Lord inglés –habla de Spencer- no señala con igual energía el echar cara a cara a los páuperos su abandono e ignorancia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública con toda humanidad en Inglaterra, que ha de mantener en vida desconsolada y desesperada seres humanos que se roen los puños de hambre, en las mismas calles, por donde pasan, hoscos y erguidos, otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades, pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.”

 

En aquellos momentos en que Spencer arremete contra el socialismo y contra una presencia más activa del Estado, estaba la idea del “Socialismo de Estado” en Alemania, que en concretas situaciones históricas, y más por finalidad ideológica, habían sido acogida por la dominación feudal en sus propósitos de utilizar a los obreros contra la burguesía alemana que, aunque débil, comenzaba a levantar cabeza frente a Bismark. Ante el panorama de estas intervenciones estatales que espantaban a Spencer, significaba el Apóstol: “Y todas estas intervenciones del Estado las juzga Spencer como causadas por la marea que sube e impuestas por la gentualla que las pudre, como si el loabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres cosas limpias, que saneaba a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares, y como si esta otra tentativa de dar a los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores, tales como, el ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países a un mismo tiempo, entre gentes que no andan por cierto, en cavernas y tugurios.”

 

Y agregaba magistralmente: “Pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal y curarlo en sus manifestaciones, cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes ciudades y de cuya miseria –con costo que no alejaría, por ciento, del mercado a constructores de casas de más rico estilo y sin los riesgos que Spencer exagera- pueden sin duda ayudar mucho a sacarles la casas limpias, artísticas, luminosas y airadas que, con razón, se trata de dar a los trabajadores,… a más que con dar casas baratas a los pobres, trátese sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas”.

 

Buscando el denominador común de todas las vertientes de la idea del socialismo, para lo cual advirtió Martí “Lo primero que hay que saber es de que clase de socialismo se trata…si de la Icaria de Cabet, de las visiones socráticas de Alcott, o del mutualismo de Prohudomme, o el familisterio de Guisa, o el Calensismo de Bélgica, o el de los jóvenes hegelianos de Alemania”, manifiesta Martí “bien puede verse, ahondando un poco, en todos ellos conviene en una base general: el programa de nacionalizar la tierra y los elementos de producción”.

 

Martí logra comprender todas estas ideas justas, y por admira por ello profundamente a Henry George, autor de un libro muy progresista entonces para Estados Unidos, Progreso y pobreza, y la cabeza visible de la organización obrera Caballeros del Trabajo, que existió en Estados Unidos entre 1870 y 1890, y quien había indicado que la monopolización del suelo, la expropiación de la tierra, era la única causa de la pobreza y de la miseria. Por supuesto, para pensadores como Marx y Engels, el programa propuesto por Henry George era muy limitado, y de ahí la expresión de Engels: “los socialistas de la doctrina de Marx también exigen reconquista del suelo por la sociedad, pero no la limitan al suelo, la extienden a todos los medios de producción sean cuales fueren.”

Si bien hay que tomar en cuenta lo anterior, no caben dudas que Henry George había expuesto un programa agrario que era impresionante para los Estados Unidos de aquella época. Proponerse hacer pública la tierra era ya una cosa extraordinaria.  “Solo Darwin en las ciencias naturales -dirá Martí cuatros años después de Engels ante la tumba de Marx en 1883- ha dejado en nuestros tiempos una huella comparable a la de George en la ciencia de la sociedad.” Dicho sea de paso, Henry George influiría con un gran peso en el programa agrario que desarrollaría después Sun Yat-Sen en China.  Tan positivo fue, que en 1902 Lenin escribe un artículo que denomina Democracia y populismo en China, donde advierte que el futuro partido marxista chino debe rechazar las visiones utópicas y las posiciones reaccionarias de SunYat Sen, pero debe destacar, mantener y ampliar el núcleo democrático-revolucionario de su programa político y agrario.

Cerca del final de su vida, en carta a Fermín Valdés Domínguez, su hermano del alma, Martí hace referencia al socialismo como demostración de que la presencia de la cuestión social estaba a vuelta y no podía soslayarse. Al efecto dice a Fermín en 1894: “Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño conque tratas, y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente con este nombre o aquel, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo.”

 

“Por lo noble se ha hecho de juzgar una aspiración; y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana”. Y puntualizaba: “Dos peligros tienen la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizadas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, por tener hombros en que alzarse frenéticos defensores de los desamparados. Unos van de pedigüeños de la reina, como fue Marat, cuando el libro que le dedicó con pasta verde- a lisonja sangrienta con su huevo de justicia de Marat (…) Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural. Explicar será nuestro trabajo y liso y hondo como tú sabrás hacer. El caso no es comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados por excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buenas cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del primero de mayo, yo guardo tu relato ansioso.”

Martí con ello se anticipaba con mucho a Mariátegui en una idea esencial a tener en cuenta para la compresión del socialismo en América Latina. Ya sabemos cuánto daño en las fuerzas progresistas del continente hizo el calco, “las lecturas extranjerizadas, confusas e incompletas.” A mi modo de ver, cuánto pudo haber ayudado y refrescado el pensamiento martiano, por poner un ejemplo, en aquellos momentos en que las fuerzas políticas del Partido Comunista cubano, sobre todo a partir de 1929, se manejaba en los estrechos marcos del proyecto de «revolución agraria» y «antimperialista», y de las tácticas de «clase contra clase» de los soviets o de Frente Único. “Las soluciones socialistas –puntualizaba con extraordinaria claridad Martí- nacidas de los males europeos no tienen nada que curar en las selvas del Amazonas donde se adoran todavía las divinidades salvajes”.

Antes de finalizar, quiero lanzar dos ideas muy rápidas, una de ellas ya ha estado rondando en  mi intervención. Y es que el análisis y las críticas que Martí hace del modelo económico, del modelo político, eran la negación de lo que él no quería después en Cuba y el resto de América Latina.  Esa es una pauta que hay que tener bien clara.  Al significar que trabajaba para “el beneficio equitativo de todas las clases, y no para el predominio de una sola”, mostraba una especial preocupación por el destino futuro de la nueva República que, “fundada en el trabajo”, debía cobijar una población de elementos de compuestos por el coloniaje que debían entrar en la vida republicana, acabada de salir de la esclavitud, y donde de improviso, de lograrse rápidamente la independencia, debían convivir los antiguos amos con sus antiguos esclavos, los antiguos dominadores coloniales con los criollos colonizados, clase obrera en desarrollo y el antiguo campesinado colonizado y explotado. Esto nos hace indicar que en Martí, de las críticas del desigual modelo norteamericano de sociedad, se consolida una preocupación por el todo, por la integración, por el equilibrio, por la inclusión, que en México en 1875 lo llevó a polemizar en el Liceo Hidalgo sobre el “espíritu de conciliación” que normaba todos los actos de su vida, y elogiar en 1893 en Nueva York el genio político de Bolívar quien “en la hermandad de la aspiración común juntó, al calor de la gloria, los compuestos desemejantes” de nuestras naciones de América, y después concebir para Cuba una República “con todos y para el bien de todos”.

 

“Si la Revolución es la creación de un pueblo libre y justo –puntualizaba- con los elementos descompuestos y aún entre sí mal conocidos de una colonia señorial, la obra revolucionaria consiste en fundir y guiar todos estos elementos, sin que, ninguno de ellos adquiriera un predominio desproporcionado, que afloje por los recelos la simpatía de los demás, o por falta de equidad de los ignorantes o de los cultos, ponga la obra revolucionaria en peligro”.

 

La idea de la Liberación Nacional, concebida también por primera vez por Martí, y el antiimperialismo consecuente de este, explica la respuesta oportuna a Baliño, de que “La Revolución se haría en la República”, diferenciación que hizo ver en el propio proceso formativo de los Estados Unidos de América, al considerar que “la independencia fue la de Washington y la Revolución la de Lincoln”, significando que los Estados Unidos “de una República Popular se convirtió en una República de clases”.

 

Y lo otro, para finalizar, que me había quedado en el tintero, es cuando Martí, indudablemente después de aquella Conferencia de Naciones Americanas, se da cuenta de que se cernía un peligro sobre América Latina. Era un peligro terrible y Martí lo sabe, y por ello entra en una gran ansiedad.  Destaca en sus cartas; “Hay un plan tenebroso, Gonzalo.”  Pero, además, lo advierte con una genialidad tremenda: quieren hacer la guerra para después tener una justificación y entrar en ella y apoderarse de Cuba.  Lo mismo que pasó, ¡lo mismo que pasó!

Hay una lectura de Martí de las circunstancias y de las relaciones políticas de Estados Unidos hacia el continente que fue increíble.  Por eso confiesa en el prólogo de sus Versos Sencillos en 1890, presa de una ansiedad tremenda por “aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”, que le “echó el médico al monte, corrían arroyos y se cerraban las nubes: escribí versos.”  Él escribió eso, en una desesperación terrible. Y cuando ya él logra completar el cuadro de las verdaderas intenciones norteamericanas contra el continente, es en la Conferencia Monetaria Internacional Americana, celebrada de nuevo en Washington de enero a abril de 1891, donde aprovecha para escribir con mayor libertad en momentos en que en Argentina no se veían muy bien las pretensiones norteamericanas, pues recordar que Argentina estaba bajo la órbita económica de la influencia de Inglaterra, y ahí es donde hay un análisis excepcional de los problemas de las relaciones económicas en el orden internacional y las consecuencias negativas para el Continente de lo que proponía el gobierno norteamericano. Por tal razón, la concepción de la independencia política en 1895 iba más allá del simple separatismo político de la metrópoli española, pues llevaba el propósito meditado y conscientemente dirigido a impedir que Cuba cayera en la órbita del imperio naciente, impidiendo a tiempo que éste se apoderara de la Isla, y cayera con esa fuerza más sobre las Antillas y sobre nuestros pueblos de América.

Para mi ha sido muy provechoso hablar hoy aquí de un hombre excepcional, el cual está asido a mi vida, y con el mismo sentimiento que en algún momento de su vida expresara el poeta español Juan Ramón Jiménez expresó: “Desde que, casi niño, leí unos versos de Martí, no sé ya dónde (…) «pensé» en él. No me dejaba. Lo veía entonces como alguien raro y distinto, no ya de nosotros los españoles, sino de los cubanos, los hispanoamericanos en general. Lo veía más derecho, más acerado, más directo, más fino, más secreto, más nacional y más universal.”

Por ello no podemos dejar de concordar cuando Carpentier escribía de Martí que “grande ya por tanto motivos, añadió a sus muchas grandezas, la de hacerse una imagen clásica, rectora del verdadero intelectual o artista latinoamericano, urgido siempre de pronunciarse por lo temporal o lo intemporal, por lo pasajero o lo permanente, por lo actual o lo que pudiera existir sin fechas.”

Muchas gracias. (APLAUSOS)

 

Intervención durante el debate

Voy a retomar la idea de Rolando, cuando él hablaba de lograr consenso.  Yo creo que es una forma que Rolando emplea para describir la política participativa. Y creo, por tanto, siguiendo su línea, que pudiéramos identificar hoy dos preguntas en pos de ese consenso –y las traigo a colación por la pregunta del señor–: ¿Cuáles son los puntos en discusión para lograr ese consenso? ¿Y cómo vamos a lograr ese consenso?

Yo considero de inicio, que para ponernos de acuerdo inevitablemente se necesitará una transformación. Y yo creo que pasa por la democratización aún más de la sociedad.  La Revolución fue participativa y creó sus moldes institucionales y debe revisarlos para lograr una mayor participación. Hay una cuestión en política, que es como en la familia: cuando usted no se siente parte, usted no siente, usted no batalla, usted no lucha, usted se aleja. Es como en la familia: cuando usted no se siente parte de la familia, psicológicamente eso te destruye.  Y en política pasa por algo que los romanos llamaban la cosa pública, la cosa de todos, donde todos se responsabilicen.  Es lo que Martí entendió perfectamente como un elemento esencial del Partido Revolucionario Cubano, donde concibió que era posible corresponsabilizar a todo el mundo, tanto al rico como al trabajador, y buscó las vías para que no fuera solo la expresión de un Partido constituido para la guerra, sino de un Partido que aunara todos los esfuerzos individuales en un esfuerzo común, donde cada uno expresara sus intereses.

Yo voy a retomar una idea que hablaba con Ernesto Limia, cuando conversábamos sobre el discurso de Obama, y el impacto que tuvo en Cuba. Porque yo creo que el problema desborda identificar al muchacho que se pone un pulóver con la bandera norteamericana; el problema es más complejo aún; es sistémico, no puedes solo analizarlo por aquí o por allí, de modo fragmentado, porque te quedas flojo. Si es el sistema educacional, tiene que ver también el problema de la pobreza en Cuba; tienes que ver tantas cosas a la vez, que no puedes lanzarte a un análisis así segmentado, fragmentado.

Y sí lo digo: hay que tratar de que el momento sea un momento coyuntural. Porque, por ejemplo, Cuba jamás estuvo –y esa es una lección histórica que debemos aprender–, Cuba jamás estuvo tan amenazada por una cuestión cultural como en los años ’50, como en los años ’40, y ahí nació una revolución que fue popular, que fue martiana; y cuando se habló de socialismo, todo el mundo abrazó el socialismo.

Es decir, si fortalecemos la educación, eliminamos la pobreza, resolvemos el gran problema económico en Cuba, yo les digo que este problema es coyuntural; que puede parecer muy extraordinario, y puede ser coyuntural.  De todas formas creo que hay cuestiones de la esencialidad del cubano que no se van a perder de la noche a la mañana.  Que algunos cubanos bailen guaguancó, que sea diferente a ese americano por cómo siente, en cómo saluda, etc., eso no se va a perder en pocos años. Por supuesto que si no se resuelven los problemas, no se democratiza la sociedad aún más, si los diversos intereses surgidos en la vida nacional no confluyen en un proyecto nacional, si no hay una política inteligente, indudablemente puede ser que la esencialidad que hoy se identifica en el cubano puede ser sustituida por otra, puede desaparecer y ser dominada culturalmente, aspecto este último bien difícil de detectar en ocasiones por la gran interculturalidad que nos une, por ejemplo, con la cultura norteamericana, encerrada hoy más que nunca, por supuesto, en los márgenes del capitalismo más brutal.

 

 

 

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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