La visión martiana de los Estados Unidos

 

Marlene Vázquez

 

(Transcripción de sus palabras en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS)

Buenas tardes.  Muchas gracias, Elier, por haberme invitado a compartir con ustedes en este espacio de diálogo que ya goza de merecido prestigio en el mundo intelectual y social habanero.  Y bueno, pues me corresponde iniciar, abrir el juego, para decirlo en términos beisboleros, y voy a hablar de algo que me parece fundamental cuando nos acercamos a la obra de José Martí, que son sus Escenas Norteamericanas.  Yo creo que es la piedra angular de la visión martiana de los Estados Unidos. Aunque puedan encontrarse otros documentos en la obra literaria y los textos de contenido ya declaradamente políticos de Martí dedicados a este asunto, no es posible atender a él con profundidad si no partimos de la lectura de las Escenas Norteamericanas.

¿Por qué las Escenas?  Porque las Escenas es una suerte de calidoscopio de la vida cotidiana en los Estados Unidos, que crea Martí a lo largo de casi 15 años de residencia en ese país, y abarcan los temas más disímiles.  En ellas vamos a encontrar, desde hechos menudos del día a día, del modo de vida, de las costumbres, de la llegada de los inmigrantes, de las fiestas populares, de las concentraciones, hechos recreados por la prensa amarillista, digamos, como los suicidios, hasta aspectos trascendentes de la historia de ese país en los años en que Martí vivió en él, como la Conferencia Panamericana, que atañe a las relaciones de Estados Unidos con la América Latina, o las campañas presidenciales, las cuales resultan sorprendentes por el parecido enorme que guardan con lo que sucede hoy día en los Estados Unidos en acontecimientos similares.

Podemosencontrar grandes fiestas, como la inauguración de la Estatua de la Libertad, o la inauguración de ese ícono de la modernidad que es el Puente de Brooklyn, que todavía es testigo de lo que acontece en el Nueva York de nuestros días, o podemos hablar de desastres naturales que afectaron la vida de toda la nación, como el terremoto de Charleston, o la inundación de Johnstown, o la conquista de nuevos territorios, como es la invasión del oeste y la ocupación de la extensa zona de Oklahoma, sobre la cual Martí produjo páginas verdaderamente memorables.

 

Martí está escribiendo Escenas norteamericanas desde 1881 hasta 1892 en que ya, debido a sus compromisos políticos cada vez más urgentes, a las actividades de la preparación de la guerra de Cuba y de otras urgencias de su quehacer, le impiden continuar con los compromisos cotidianos que tenía con los diarios más renombrados del continente.  Pensemos que escribió en una primera etapa para La Opinión Nacional, de Caracas, y luego amplió esa colaboración a La Nación, de Buenos Aires, que era uno de los diarios más modernos, no ya en América Latina, sino a escala internacional, por la cantidad de corresponsales que tenía en otros lugares del planeta y por la tecnología que empleaba el periódico.  Pero luego se extendió a  El Partido Liberal, de México; también colaboró con La República, de Honduras, con La Opinión Pública y La Nación —había otro periódico La Nación también–, en Montevideo.  Y además esas crónicas no solo aparecían en estos con los cuales él tenía colaboración establecida, sino que otros muchos diarios las reproducían y no le pagaban un centavo por esto; las tomaban de La nación, o del Partido Liberal, o de donde fuera, y las reproducían.

Pero además de esto, también escribió en otros órganos de prensa que tenían circulación dentro de la emigración hispana asentada en los Estados Unidos, como La América, de la cual llegó a ser él mismo el director; en El economista americano, El avisador cubano, el de Trujillo; primero El avisador cubano, y en la segunda etapa El avisador hispanoamericano; El porvenir, el otro periódico de Enrique Trujillo. En fin, él llegaba a los hispanohablantes por todas las vías posibles, tanto escribiendo para los periódicos que estaban al sur del Río Bravo, como para los que tenían circulación dentro de la emigración hispana dentro de los propios Estados Unidos.

Y todo esto estaba dirigido –a mi modo de ver– a una voluntad explícita de alertar con todas las armas a su alcance –unas más desembozadas, otras más sutiles– sobre los peligros cada vez más inminentes que significaban la vecindad con el gigante de las botas de siete leguas, de que hablaría luego en 1891, en ese ensayo magistral del género en lengua española, que es Nuestra América.

Ahora, esta voluntad de alertar no es fruto de la casualidad, ni de un rapto de inspiración.  No le estoy negando nada al poeta que siempre fue Martí en todo momento:  no es posible en Martí escindir al político del poeta, o viceversa; yo creo que los dos forman una unidad indisoluble, y aquel que intente separarlos va a tener una visión parcial y limitada de las dos zonas extraordinarias, por su valor, de esa personalidad tan singular.

Decía que esta voluntad de alertar no fue solo fruto de esa inspiración que puede haber tenido el poeta, sino que fue parte de una estrategia muy bien pensada.

Y yo quiero compartir con ustedes una anécdota, porque es que creo que fue en el año 2001 o 2002 en que  se hizo en el Centro de Estudios Martianos un coloquio sobre Martí y el ALCA, o algo así, no recuerdo exactamente el título, pero era en torno al intento estadounidense de reeditar aquello que se había intentado alrededor de la Conferencia Panamericana, e imponernos un Tratado de “Libre” Comercio para las América y que por suerte no prosperó como ellos hubieran querido.   Y a mí me llamaba la atención que en la convocatoria a dicho coloquio se convocaba a politólogos, economistas, historiadores, sociólogos,  filósofos y otros especialistas, y los lingüistas y literatos, como yo, no aparecíamos en la lista de especialistas que debíamos acudir, con nuestro ejercicio académico, para ayudar a deshacer la falacia de aquel intento.

Y con ese ánimo y con la costumbre que siempre tengo de ver las cosas por el lado que no es el habitual, de hallarle el  recíproco a todo lo que se me pone delante, me pongo a leer Escenas norteamericanas, y verdaderamente hay en Martí algo que yo he dado en llamar –porque no encontré una etiqueta que le viniera bien en la exégesis ya reconocida— “discurso de la alerta.”

¿Qué es esto?  Designo con ello el uso consciente de un grupo de recursos expresivos de orden lingüístico, literario, poético; el uso de los signos de puntuación tan especial que tiene Martí, siempre con la voluntad de alertar, pero sin emplear la censura.

Hay que recordar algo que él le dice, en carta, a Bartolomé Mitre y Vedia, del periódico La Nación, de Argentina, que las cosas censurables, ellas se censurarán por sí mismas.  Él lo único que va a hacer es poner los ojos limpios de prejuicios en todos los campos y el oído a los diversos vientos.  Y luego dar información sobre lo que está sucediendo, de manera tal que las cosas se censuren por sí mismas.  Él no va a decir: esto es bueno, esto es malo, esto se debe hacer, o no se debe hacer; expondrá los hechos de modo tal, que el lector sea capaz de sacar sus personales conclusiones al respecto, y siempre hilvanará su discurso de tal modo que el lector se sienta comprometido, sea capaz de responder interrogantes unas veces explícitas, otras implícitas en el texto que está leyendo. Utilizará, digamos, entre otros muchos recursos, el suspense para, al final de un párrafo enorme, decirte quién es el individuo.

Yo recuerdo, por antológico en ese sentido, un párrafo que tiene casi una cuartilla; imagínense ustedes qué párrafo sería que tiene casi una cuartilla de extensión, donde comienza diciendo: el que hace tal cosa y mas cual cosa, todas las cosas son terribles: el que mercadea con los hombres –estoy parafraseando– para, al final de toda una serie de oraciones comenzadas por el relativo que, dice: punto y coma, “Blaine es ese”.  James Gillespie Blaine, el genio diabólico de la Conferencia Panamericana.

Ahora, ¿desde cuándo podemos encontrar en la obra de Martí este tipo de proceder? Yo creo que desde los textos  más tempranos de sus Escenas norteamericanas podemos encontrar esto.

Hay una crónica del año 1881, publicada el 3 de diciembre de ese año en La Pluma, de Bogotá, que se llama Coney Island, cuyo comienzo es verdaderamente ilustrativo en ese sentido.  Fíjense que Martí lleva apenas un año y algo en los Estados Unidos. Pudiera pensarse que una persona, en un año y algo, no ha tenido todo el tiempo para salir del deslumbramiento inicial, del impacto inicial que esa realidad puede causar en alguien que viene de un entorno tan diferente de ese país, de un ámbito provinciano, lleno de mansedumbre, como correspondería a La Habana de su infancia y primera juventud, y a la que conoció en España y a lo que había conocido hasta entonces. Tenía que estar verdaderamente impactado.

Sin embargo, oigan lo que dice al inicio del Coney Island:

“En los fastos humanos, nada iguala a la prosperidad maravillosa de los Estados Unidos del Norte.  Si hay o no en ellos” –si hay o no—“falta de raíces profundas; si son más duraderos en los pueblos los lazos que ata el sacrificio y el dolor común que los que ata el común interés; si esa nación colosal lleva o no” –siempre la disyuntiva para que el lector saque sus conclusiones– “en sus entrañas elementos feroces y tremendos; si la ausencia del espíritu femenil, origen del sentido artístico y complemento del ser nacional, endurece y corrompe”–fíjense qué verbos tan poderosos: endurece y
corrompe– “el corazón de ese pueblo pasmoso, eso lo dirán los tiempos…”, no lo digo yo. Eso lo dirán los tiempos. Y comienza haciendo esa afirmación absoluta, es una oración enunciativa afirmativa: en los fastos humanos, nada iguala a la prosperidad maravillosa de los Estados Unidos del Norte.  ¿Por qué?  Porque diciendo otra cosa, ¿quiénes eran los que podían leer en el siglo XIX, quiénes tenían acceso a los periódicos en el siglo XIX?  La clase media alta, élites que, en su mayoría –no estoy diciendo nada raro–, en su mayoría, aunque hubiese personas de un espíritu americanista muy acendrado, en su mayoría admiraban esa prosperidad maravillosa, y la veían como una maravilla, como un ejemplo a seguir.  Pensemos si no que un hombre como Domingo Faustino Sarmiento, que era un hombre culto, una mente con un legado importante para la tradición intelectual americana, quería que Martí diera más de yanqui y menos de Martí, y alabó la prosa martiana, fue uno de los primeros en ver la grandeza en la prosa martiana, pero siempre quería que Martí diera más del yanqui, porque era un admirador de ese mundo desarrolladísimo, para decirlo de manera un tanto exagerada quizás, pero que era como se le veía a los Estados Unidos desde nuestra América en los finales del siglo XIX.

Ahora, esta manera de Martí de alertar respecto a los peligros que  entrañan los Estados Unidos, a mi modo de ver va en dos direcciones: una es la mirada hacia el interior de los propios  Estados Unidos, y otra es la mirada hacia la relación de los
Estados Unidos con nuestra América.

Esa mirada hacia el interior abarca los aspectos más disímiles:  La familia es un factor al que Martí le concede un valor fundamental; el extravío de la infancia, que deserta del hogar en familias donde los niños no son acogidos como debe ser, ni son educados en el amor y en el desinterés y en el respeto a los padres; el matrimonio por conveniencia; es decir, él habla incluso del matrimonio como una especie de alquiler o de venta, porque las relaciones están siempre condicionadas, sobre todo en las clases económicamente dominantes, al factor dinero.

Y fíjense que hay un fragmento donde él habla de estas relaciones amorosas pervertidas –por decirlo de alguna manera–, y dice que no saben los hombres –está hablando de los hombres—“cautivar a la hermosura con las únicas armas que la rinden, y la compran o la toman en alquiler, lo que es tanto como acostar una hidra en el tálamo.  La mujer, que abomina siempre a quien la paga, siente odio de sí y cae de un lado y de otro, buscando refugio.  Honradas a veces, como en algo se han de complacer, se complacen con arrobos de enamoramiento y ardores de pasión, en sus joyas y vestidos; por donde en ocasiones es profunda virtud lo que parece un defecto.  Se crea un ser nuevo, triste como una llaga: la esposa manceba.” Es decir,  la esposa cortesana, la esposa prostituta.

“Se crea un ser nuevo, triste como una llaga:”–fíjense en ese símil de sabor expresionista: triste como una llaga– la esposa manceba.” Y luego, no complacido con el símil expresionista, utiliza este oxímoron, que es la exacerbación de la antítesis entre los dos extremos: la esposa no puede ser una manceba, no puede ser una prostituta; se supone que la esposa sea un ser sagrado al que se respeta y se ama, y a una prostituta la desprecian; pero, claro, si la mujer está prostituyéndose por dinero, es algo que es responsabilidad de toda la sociedad.

Yo he encontrado por ahí algunas lecturas de género al respecto, donde hablan de que si era misógino, que si rechazaba a la mujer, de que si no sé qué.  Martí, en este sentido, respecto a la mujer norteamericana, señala en reiteradas ocasiones que lo que ocurre en este tipo de relaciones no es responsabilidad únicamente de la mujer; es un problema social, donde ellas, más que culpables, son también víctimas de una sociedad deforme, donde la espiritualidad es un bien menor.

Y así podemos encontrar ejemplos, serían centenares los ejemplos que pudiéramos mencionar en ese sentido.

Algo que le aterra a Martí de la sociedad norteamericana es el gran número de suicidios, y que esto afecta terriblemente a las familias, independientemente de las clases sociales.  Los periódicos sensacionalistas continuamente están dando noticias de este corte, y nosotros, los que trabajamos en la edición crítica de las Obras Completas, como tenemos que buscar información complementaria para documentar cada hecho, cada acontecimiento de lo que él está diciendo, nos hemos encontrado muchas veces con el nombre y con los datos de los suicidas. Y, digamos, en una crónica que yo trabajé del año1885, es una de tantas donde él recrea el hecho de un joven de familia prominente que llevó a la madre y a la hermana a un lugar apartado a orillas del mar, las mató a ambas y luego se suicidó. Y cuando nos dimos a buscar, con la ayuda del amigo Sarracino, que es un experto en estas lides detectivescas, que nos ha ido enseñando a casi todos los demás del equipo, quien era el individuo era el joven Young Johnson, que era hijo de un diplomático que había sido ministro de los Estados Unidos en Europa;  estudiaba Leyes en la Universidad de Yale y que, según decía la prensa norteamericana, había decidido suicidarse desencantado con el mundo, y la prensa lo atribuía a las nefastas enseñanzas de Spencer.

Martí va mucho más allá en su crónica, porque él pone el hecho sin decir el nombre; pero dice: “Algo falta, que refrene. En este pueblo de gente emigrada, falta el aire de la patria, que serena.  En este pueblo vasto de gente aislada y encerrada en sí” –aislada y encerrada en sí–, “falta el trato frecuente, la comunicación íntima, la práctica y fe en la amistad, las enérgicas raíces del corazón, que sujetan y renuevan la vida.  En este pueblo de labor, enorme campo de pelea por la fortuna” –miren: enorme campo de pelea por la fortuna–, “las almas apasionadas de soledad se mueren, o apenas acaba el goce de la riqueza, ya se vuelan el cráneo, porque les parece que no hay más goce.”

Nuestra América no puede de ninguna manera levantarse sobre ejemplos tales de desarrollismo social que descuiden la espiritualidad del ser humano, y que fomenten el egoísmo en aras de una prosperidad y de un éxito financiero, profesional, o simplemente de notoriedad social, de fama, donde lo mejor del ser humano sea pasado por alto.

Y esto es en el ámbito privado, pero en el ámbito público suceden cosas terribles. Digamos, en el año 1884 dedica toda una serie de crónicas, de las cuales no voy a leer nada por razones de tiempo, al escándalo financiero  de Ferdinand Ward y Ulysses Grant, cuando la quiebra del Banco de Marina y la colosal estafa en que Ferdinand Ward implicó al general norteamericano Ulysses Simpson Grant, el héroe de la Guerra de Secesión y luego Presidente de los Estados Unidos.  Y Martí realmente se espanta de cómo un hombre con un desempeño heroico durante la Guerra de Secesión, independientemente de los errores y defectos que puso sobre el tapete en su ejercicio presidencial, haya cedido a tentaciones económicas de algo que no necesitaba para nada. Y, bueno, realmente, al parecer, Grant fue engañado en aquel momento; pero la gente no es capaz de discernir, cuando hay dinero de por medio, hasta dónde llegan los principios y hasta dónde llega su responsabilidad ciudadana con la tentación de hacer dinero.  Y así ocurre con reiterados personajes.

También el hecho de cómo las campañas electorales para la Presidencia, o para los cargos públicos a cualquier nivel de gobierno en los Estados Unidos, se convierten en un vasto campo de pelea por la fortuna, para decirlo con las palabras del fragmento que acabo de citar. Lo único que importa es llegar al poder, lo único que importa es ganarse los votos; no importa si hay que mentir.  Martí lo dice: se miente a sabiendas, se ojea, se rapacea, se susurra, se arroja cieno, se arrojan cubas de lodo sobre las cabelleras blancas y venerables; el cieno sube a los arzones de la silla. Él se extraña, y dice: “No concibe nuestra hidalguía latina tal desborde;” por lo menos los hispanoamericanos tenemos un sentido de la caballerosidad que no llega a esos extremos.  Es decir, si hay que mentir, se miente; si hay que comprar a alguien, se le compra; para eso está el dinero y están los muchachos, los politicianos –un neologismo acuñado por Martí, que viene del inglés politicians para aludir a los trabajadores del voto.

Y en medio de toda esa galería de personajes, unos más prominentes, otros menos, hay alguien que se lleva las palmas.  Martí no suele hablar mal de nadie; él, si tiene que hablar mal, sencillamente no habla; pero yo creo que James Gillespie Blaine es el único hombre que él rechazó profundamente.  Hay otro, el otro yo creo que es Justo Rufino Barrios, lo que en menor medida que Blaine. Estaba muy justificado el rechazo en los dos casos.  Pero este hombre, James Gillespie Blaine, que fue candidato a la Presidencia en el año 1884 por el Partido Republicano, frente a Grover Cleveland, de los Demócratas, –que ganó Cleveland–, este hombre es un hombre funesto verdaderamente. Y en el año 1888 hay un texto de Martí, escrito como una crónica, donde él reseña el discurso de Blaine en un estadio de Nueva York, que verdaderamente se convierte en uno de los retratos de hombres vivos, de los pocos, porque creo que de los vivos están Whitman y Blaine, todos los demás fueron retratos pos mortem; él lo decía: “muere un hombre notable, estudio su vida.” Era un modo de acercarse a la esencia de los Estados Unidos porque, como dirá en la semblanza del General Grant, “culminan las montañas en picos y los pueblos en hombres”.

Cuando habla de Blaine, de ese discurso de Blaine, miren cómo lo retrata en el momento en que empieza a hablar. Dice de él: “Y habla de lo que trae pensado con poco gesto, con una mano en la baranda, con la cabeza atrás, caída al hombro derecho, con el ojo que no mira”, —el ojo que no mira—“sino deja caer de alto la mirada; y el ojo es retador, agresivo, frío, viscoso, y más muro que puerta, hecho para citar al combate y gozarse en él y en ver postrado al enemigo; es ojo que espera a pie, que no se echa atrás, que no se cierra de noche, que ha vuelto, cínico y duro, de su viaje por las almas, ojo de esmalte, un diamante negro embutido en marfil: ojo de corso.”

Quien lea esta descripción de ese individuo, dudo mucho que la olvide, porque verdaderamente es el ojo de un reptil el que se nos está describiendo, con esa capacidad de acechar, de sorprender, de ser traicionero; pero es que ese ojo de corso para mí tiene también otra connotación: es el del corsario, el bandido de mar que conocemos, el que roba a sabiendas; pero es también Napoleón, el gran Corso, que tiene un significado especial para los hombres del siglo XIX.

Por último, y ya para concluir, quisiera hablar brevemente –porque los otros compañeros van a aludir a esto con mayor profundidad– de la mirada a las relaciones Norte-Sur en las Escenas Norteamericanas.

Yo diría que es una constante, no hay un solo hecho que tenga que ver con las relaciones Estados Unidos-América Latina que Martí no haya tocado de un modo o de otro en sus Escenas.

Tomemos por caso que un acontecimiento tan distante de la época de Martí –bueno, tan distante no, pero no exactamente contemporáneo–, como fue la guerra Estados Unidos-México, Martí acude constantemente a ella porque fue un despojo terrible e increíble, no solo para México sino para nuestra América, sentó un precedente funesto para las relaciones entre las dos áreas geográficas y culturales. Pero, además, a hechos como la Guerra del Pacífico también le dedica atención; hechos como las guerras en Centroamérica en 1885, cuando Justo Rufino Barrios quiso imponer su proyecto de unión por la fuerza a las pequeñas repúblicas de la región y los Estados Unidos se estaban preparando para intervenir en el conflicto. Y Martí, viendo lo que había sucedido cuando la Guerra del Pacífico y viendo más lejos que todos los demás, dice en una crónica de ese año 1885, cuando se habla de la muerte de Justo Rufino Barrios y de la guerra, que está todavía encendida. Y dice: “¿A qué vendría la intervención americana caso de que El Salvador, que ve con malos ojos todo gobierno que le venga de Guatemala, volcase el que ahora tiene, que le ha venido de ella, incapaz de absorber a El Salvador por la fuerza, pero capaz aun de gobernarla por medio de un salvadoreño que le prometa no serle hostil en cambio de su alianza?”

Fíjense que usa la pregunta: ¿A qué vendría?  Si el problema es entre El Salvador y Guatemala, ¿qué pintan aquí los Estados Unidos? Y más adelante dice: “Solo estos problemas se abocan ahora en Centroamérica: ¿en qué puede ninguno de ellos afectar a los Estados Unidos, sino en uno que otro ciudadano suyo que andan allí” –no dice viven allí, ni están allí; que andan, están merodeando realmente–, “que andan allí en número mucho menor que los de cualquier otra nacionalidad; pero los pueblos no se forman para ahora, sino para mañana. Los  Estados Unidos se han palpado los hombros y se los han hallado anchos.  Por violencia confesada nada tomarán; por violencia oculta, acaso.  Por lo menos se acercarán hacia todo aquello que desean. Al istmo” –es decir, a Panamá– “lo desean, a México no lo quieren bien; se disimulan a sí propio su mala voluntad, y quisieran convencerse de que no se la tienen; pero no los quieren bien.”

Yo creo que es un párrafo que parece que fue escrito hoy a propósito de Cuba, a propósito del propio México, a propósito de Venezuela, de Bolivia, de todo lo que está ocurriendo, lo que está sucediendo en Brasil, lo que ya ocurrió con las elecciones en Argentina y lo que está haciendo Macri, que está acabando con el país.

Yo creo que a Martí hay que leerlo realmente con devoción inteligente, como decía Unamuno.  No casarnos con la vigencia, porque a mí el término vigencia un poco que me desajusta. ¿Por qué razón? Porque yo creo que no son todos los hombres los que consiguen ser hombres de su tiempo, y Martí fue, por sobre todas las cosas, un hombre de su tiempo a plenitud. Lo que pasa es que, como un clásico que es, sin lugar a dudas, dejó enseñanzas para todos los tiempos.  Sin dejar de ver que es un hombre de su tiempo, hay que leerlo con devoción inteligente, y aplicar, de lo que dice allí, qué es lo que tiene que ver con lo que estamos padeciendo hoy.

Claro que los Estados Unidos, en aquellos momentos Martí dice: por violencia confesada nada tomarán.  Ya no les importa, ya están desembozados; eso es algo que ha variado bastante en ese sentido, y ya no les importa la opinión pública. Pero a Martí hay que leerlo, y hay que ver estas Escenas norteamericanas realmente como lo que son, como un extraordinario monumento literario de valores incuestionables, pero también como un texto historiográfico de valor perenne sobre la historia de esos casi 15 años que vivió Martí en los Estados Unidos.

No es posible entender la historia de los Estados Unidos de finales del siglo XIX si no se lee esas Escenas norteamericanas. Lástima que hay tanta gente que piensa que esto solo es periodismo, que está motivado por el hecho factual, la coyuntura; pero no, estos textos tienen una autonomía increíble desde el punto de vista literario pero, además, tienen un extraordinario valor como textos cognoscitivos desde el punto de vista historiográfico.  Y yo creo que lo más importante hoy es que los leamos. Y cierro mi intervención con una cordial invitación a la lectura de esas formidables Escenas norteamericanas.

Muchísimas gracias. (APLAUSOS)

 

 

 

Intervención durante el debate

Yo quería decir algo a propósito del intercambio que se produjo entre el compañero y Rolando sobre tema de los símbolos y sobre la necesidad de transformar hacia el interior nuestra sociedad para enfrentar lo que se nos viene encima; es un hecho.  Realmente es muy bueno que haya bajado la temperatura, como decía Rolando, en el enfrentamiento directo. La guerra que uno debe preferir es aquella que no es necesario llegar a echar, y siempre que las soluciones sean negociadas sobre la base el respeto mutuo y lo más equitativas posibles, perfecto.

Ahora, yo no puedo dejar de preguntarme, cuando veo esas actitudes en personas –a veces son personas marginales realmente–,  que ven que en el país más racista del planeta, que paradójicamente tiene un presidente negro, pero que todos los días mueren en la calle niños afroamericanos asesinados por policías, y esas imágenes no solo las da la televisión cubana, las dan las cadenas televisivas de cualquier lugar del mundo, independientemente de la censura de los medios, cuando uno está viendo eso hoy, digamos personas que sabiendo eso y siendo su piel de color negro, visten banderas americanas; para mí es mayor aún la sorpresa.  Los hay de todos los colores, pero realmente para mí es más sorprendente, y tengo que preguntarme dónde ha fallado la labor educativa y de prevención realizada en nuestra sociedad.  Son preguntas que me hago solamente, no creo tener todas las respuestas; yo creo que son cosas que debemos preguntarnos todos como ciudadanos de este país, independientemente de edad, sexo, raza, orientación ideológica o política; todo el que se sienta mínimamente patriota, independientemente de las pequeñas  diferencias  que puedan existir entre cada uno de nosotros, tiene que hacerse esa pregunta, y qué tenemos que cambiar, qué hay que transformar, hasta dónde hay que variar nuestra manera de difundir la prédica martiana.   Porque, por ejemplo, en mi familia –mi familia de origen, no la familia que formé–  fui la primera en llegar a la Universidad, provengo de una familia campesina donde no había tradición intelectual ninguna, y tengo primas y tías mías que me dicen: “Ven acá, mi’ja, ¿otra vez Martí? ¿Cómo es que tú no te cansas? Porque yo estoy de Martí hasta el último pelo porque lo citan por la televisión, por el periódico, por todas partes.”  Tendremos también que hallar nuevos métodos para llevarle a la gente de manera efectiva la palabra de Martí y motivar la lectura de la obra de Martí, hacer invitaciones efectivas para que la gente lo lea, y no lo vea como un cliché que se repita hasta la saciedad.  Yo creo que puede ser una de las tantas vías; pero también tengo que pensar en algo –y ya voy a terminar por razones de tiempo, porque hay otras personas pidiendo la palabra– muy breve, no puedo ceder a la tentación de leer estas líneas. En el año 1886, cuando Martí le pide a su amigo Manuel Mercado que le gestione colaborar con sus crónicas norteamericanas en el periódico mexicano El Partido Liberal, lo hace sobre todo pensando en la necesidad de hacer en México esa labor de prevención sobre el peligro que representan los Estados Unidos, mucho mayor para México por la historia que sabemos de la guerra de Estados Unidos y México y por la comunidad directa de fronteras terrestres.  Y le dice a Mercado con respecto a México –pero donde se lee México puede leerse nuestra América o puede leerse la Cuba de hoy.  Y leo esto: “Qué falta hace allá, de mí y de todos, un estudio constante de todas las cosas, vías y tendencias de este pueblo” –de los Estados Unidos, por supuesto– “capaz, a pesar de su fuerza, de ser evitado, como se evita una estocada mortal, por la habilidad que no posee.”

Miren, señores, no tenemos más remedio: hay que ser más inteligentes y más hábiles que ellos.  Un enfrentamiento directo es una pelea de enano contra gigante.  Y hay que ser más inteligentes.  El arma más efectiva que podemos tener hoy, desde el punto de vista ideológico, es ser más  hábiles y más inteligentes, y todos los intelectuales honestos y patriotas de este país estamos llamados, de verdad lo digo de corazón, independientemente de las diferencias de credo, ideológicas, de criterios de todo tipo, de pequeñas diferencias, si somos patriotas, estamos llamados a salvar la nacionalidad, a salvar la cultura de este país, que eso es salvar la nación.

Y Fidel lo dijo cuando empezó el período especial en uno de los congresos de la UNEAC: la cultura es lo primero que hay que salvar aquí.  Si se nos fastidia la cultura, se cayó el país.

Ahora, ¿cómo lo vamos a hacer?  Por  separado no podemos tener la respuesta. Yo creo que es un debate público urgente que hay que llevar a cabo, y en el que todos vamos a tener un papel determinado.  Y, bueno, la dirección de nuestro país, yo creo que hay que tener confianza en eso, tendrá la suficiente responsabilidad y sabiduría política para ir variando las cosas que haya que variar, y para ir tomando las decisiones que haya que tomar, y para que estas cosas se viabilicen; pero no tenemos mucho tiempo, me parece.  Por tanto, es una cuestión urgente.  Pensando así, Elier lo decía al principio, el Centro de Estudios Martianos convoca ahora, la semana próxima –ya lamentablemente los plazos de recepción de ponencias pasaron–, a un coloquio, que se llama “José Martí y los Estados Unidos”, que va a abordar el trabajo en comisiones, desde todos los ángulos posibles, la visión de Martí sobre los Estados Unidos. Ya hay inscritos un gran número de ponencias y participantes, la mayoría de Cuba; pero hay muchos latinoamericanos, norteamericanos, hay un francés; en fin, creo que es promisorio.  Ya veremos después el resultado.  Pero estas no son las únicas vías, las vías académicas no son las únicas, yo creo que hay que llevar esto a la escuela, a la familia, a la sociedad, y no con teques, señores, sino por el lado de la emoción, del sentimiento y del patriotismo.

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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