Mis palabras sobre las Palabras

El 30 de junio de 1961, cuando Fidel pronunciaba sus Palabras a los intelectuales, mi madre aún no había cumplido dos años de edad; para ese entonces vivía en su natal Guantánamo, el mismo Guantánamo que inmortalizara Regino E. Boti en sus versos. Mi madre, que nunca leyó a Boti y ni siquiera sabe por qué la ciudad del Guaso adoptó el sobrenombre de aldea, 22 años después tuvo su primer hijo, un niño que encontró en las aventuras de Tom Sawyer, de Salgari, las historias de María Gripe, Onelio, y el trotar del cochero azul por las costas matanceras, a los amigos que no encontraba fuera de las páginas de los libros. Ese mismo niño, más tarde, comenzó a estudiar medicina y después de una larga carrera llena de estetoscopios, esfigmos, torundas, interminables rotaciones y noches de guardia, abandonó su profesión para dedicarse a promover la cultura.

Aún mis compañeros de carrera y mis profesores no entienden cómo pude olvidarme de esos seis años de estudio, de la pulcra bata de médico, de la posibilidad palpable de adquirir experiencia en cualquier país latinoamericano para dedicarme, según su criterio, a disertar en la radio o la televisión sobre las actividades que otros hacían, en una visión muy limitada de la cultura, sus espacios de promoción y del impacto real que puede tener el arte y la literatura en la transformación de estilos de vida. Yo mismo, después de las jornadas más agotadoras, me pregunto si no estaría más cómodo detrás de una consulta o en un salón de operaciones. Sin embargo, segundos después me respondo que no, que ya no puedo dejar de ser la persona que se despierta con la convicción de que a través de las prácticas culturales transformará, para bien, la conciencia del hombre, y lo hará más sensible, más emotivo, más humano.


Foto: Kike

Es evidente que no estuve en aquellos debates de junio de 1961 en donde Fidel enunció, por primera vez de forma pública, el papel imprescindible de la cultura en la Revolución naciente, como motor impulsor de los cambios que se se mostraban en la sociedad.

Ya desde entonces, en sus palabras, hablaba de suplir, al mismo tiempo, las necesidades espirituales y las materiales, reconociendo el papel transformador de la cultura.

(…) Y al igual que nosotros hemos querido para el pueblo una vida mejor en el orden material, queremos para el pueblo una vida mejor también en el orden espiritual, queremos para el pueblo una vida mejor en el orden cultural. Y lo mismo que la Revolución se preocupa del desarrollo de las condiciones y de las fuerzas que permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades materiales, nosotros queremos desarrollar también las condiciones que permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades culturales. (…)

Y luego continúa:

(…) una parte del pueblo carece de un gran número de bienes materiales que son para ellos indispensables, y nosotros tratamos de propiciar las condiciones para que todos esos bienes materiales lleguen al pueblo. De la misma manera debemos propiciar las condiciones para que todos esos bienes culturales lleguen al pueblo. (…)

Me resulta difícil imaginar cómo en medio de las agresiones internas y externas que sufría la Revolución en ese año, en medio de las tensiones ante la reacción de Kennedy por su derrota en Playa Girón, en medio de los atropellos causados por la contrarrevolución interna para ensombrecer los logros de la Campaña de Alfabetización, el líder del nuevo proceso revolucionario encontraba un espacio para dialogar con los intelectuales cubanos y ubicar a la cultura en el centro de todas las transformaciones sociales que atravesaba el país en aquel momento.

Tal vez los ecos de aquel discurso influyeron en mi decisión de convertirme en promotor de la cultura. Aunque algunos aseguran que Palabras a los intelectuales se conoce más por el debate que alude a frases descontextualizadas, a partir de esos encuentros el papel de la cultura, sin importar etapas de bondades o carencias, quedó claro. Es indiscutible que después del triunfo revolucionario, la cultura y su connotación social han sido asunto de debate y en la mayoría de los hogares cubanos —incluso en el mío, en donde a mi madre no le interesaba leer a Boti— llegó a concientizarse que verdaderamente ser culto es el único modo de ser libres y que sin la cultura no tendríamos las herramientas necesarias para salvar el país del asedio constante al que se ve sometido.

Nunca se podrá decir que en Cuba, después de 1959, el arte y los artistas pertenecen a una élite almidonada, distante de las preocupaciones de la sociedad, encerrados en su microespacio.Por supuesto que mi madre también se hizo eco de esas palabras y me indujo a encontrar compañía en los libros, lo que años más tarde influyó en mi decisión de abandonar la medicina para dedicarme a promover el arte y la cultura. Así que estoy seguro de que sin las palabras de Fidel en aquel 1961 y la influencia que tuvieron en las próximas generaciones de cubanos, hoy yo no sería el mismo.

Los que han tenido la oportunidad de leerme saben que disfruto escribir para niños y que soy un autor querido por algunos y quizá no tan querido por otros; sin embargo, cada vez que tengo que llenar alguna planilla o alguien me pregunta cuál es mi oficio, no dudo en responder que soy promotor cultural, con la convicción de que más allá de cargos o nomenclaturas, todos los trabajadores del sistema institucional de la cultura, principalmente los artistas, somos promotores tanto de la cultura artístico-literaria, como de la gran cultura, aquella que nace del respeto, del diálogo, de la escucha y que indudablemente conlleva a la transformación del hombre.

Me enorgullezco de ejercer una profesión tan noble como la de los médicos, los maestros o los científicos. Imagino que el líder de la Revolución Cubana en junio de 1961 también se enorgullecía de lo mismo, porque consciente o inconscientemente estaba siendo un ejemplo insuperable de promotor cultural, al punto que invitó a desterrar acomodamientos, miradas elitistas y posturas individualistas, para poner al arte en función de los campesinos, los obreros, los hombres de bien. “(…) Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo. Y siempre diremos: el pueblo. (…) para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellos; para nosotros será noble, será bello y será útil todo lo que sea noble, sea útil y sea bello para ellos (…)”. Esos ecos también nos han acompañado hasta hoy, cuando vemos a escritores, artistas de la plástica, actores o bailarines, dedicados a la creación, pero, no conformes, ocupan espacios de socialización en diferentes comunidades y promueven tanto su obra como la de otros creadores.

Nunca se podrá decir que en Cuba, después de 1959, el arte y los artistas pertenecen a una élite almidonada, distante de las preocupaciones de la sociedad, encerrados en su microespacio. Los escritores y artistas cubanos, los que protagonizaron aquel encuentro y los que llegamos después, somos conscientes de la importancia de la participación real en la construcción de nuestro país. Ya a pocos años del triunfo de la Revolución, Fidel estaba invitando a construir un país desde la participación, la inclusión y la unidad, y esta invitación ha quedado refrendada desde entonces.


Foto: Internet

Fidel supo escuchar para después establecer un diálogo con intelectuales que tenían miles de diferencias, pero que al mismo tiempo estaban unidos por el deseo de soñar un país desde la cultura y para la cultura, en una práctica que debía alejarse de dogmas o miradas esquemáticas, y en donde las consignas y los discursos preestablecidos quedaban de lado. No conforme con los logros que ya se alcanzaban con la Campaña de Alfabetización, invitó a los intelectuales a incidir en la formación del hombre culto que necesitaba la Revolución cubana, consciente de que no se puede pensar en una instrucción verdadera, incluso en una educación verdadera, si no se conoce la poesía, las artes visuales o la tradición musical de un país. “(…) No quiere decir eso que el artista tenga que sacrificar el valor de sus creaciones y que necesariamente tenga que sacrificar esa calidad. ¡No quiere decir eso! Quiere decir que tenemos que luchar en todos los sentidos para que el creador produzca para el pueblo y el pueblo a su vez eleve su nivel cultural (…)”.

Fidel estaba invitando a construir un país desde la participación, la inclusión y la unidad, y esta invitación ha quedado refrendada desde entonces.Hay un momento en el discurso en el que Fidel apela a lo personal y relata cómo gozó de privilegios que no tuvieron otros niños cercanos a él, solo porque su familia pudo pagar sus estudios. Y desde la modestia, desde la humildad, reconoce las ventajas que eso le brindó frente a otros, producto de lo que él llamó selección social, y contra la cual se pronunciaba la sociedad que se estaba construyendo. Imagino la cara de asombro de los artistas e intelectuales de entonces cuando escucharon tamaña confesión de ese hombre que para nada se jactó de su erudición y que, ante todo, confesó que había propiciado ese encuentro para aprender, y que además mantuvo en todo su discurso la palabra honradez como un leitmotiv, única e imprescindible condición para acompañar el proceso revolucionario de entonces.

“(…) Nadie ha supuesto nunca que todo hombre honesto, por el hecho de ser honesto, tenga que ser revolucionario.(…) puede haber hombres que se adapten a esa realidad y ser hombres honestos, solo que su espíritu no es un espíritu revolucionario, solo que su actitud ante la realidad no es una actitud revolucionaria.(…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo, a contar no solo con los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos, aunque no sean revolucionarios (…)”.

Imagino que ante esas palabras, el auditorio se percató de que ese era un hombre en el que había que confiar, más allá de cualquier diferencia, más allá de malas interpretaciones o de decisiones nacidas bajo la necesidad de proteger un país que estaba cambiando la historia de América Latina y el Caribe, ese era un hombre en el que había que confiar, porque hablaba desde el compromiso, desde la verdad, desde el respeto al otro.

Después de 1961 otros muchos espacios han servido para replicar ese ejercicio de debate, de confraternidad, de socialización, de sinceridad, unos en presencia de Fidel, otros sin él, pero en todos han prevalecido los deseos de perfeccionar un proceso social que aunque ya tiene más de medio siglo, sigue siendo joven.


Foto: Kike

Los encuentros sistemáticos de la UNEAC y la AHS con los artistas, en donde se revisa el funcionamiento de ambas organizaciones y se esbozan las debilidades de cada una de ellas en la promoción del arte de vanguardia, dan fe de ello; al mismo tiempo han servido para debatir sobre el papel de las instituciones en un mundo donde lo alternativo, las tecnologías y los bondades de las nuevas formas de gestión ganan protagonismo.

Como lo hizo Fidel hace 55 años, los jóvenes escritores y artistas reconocemos el papel de las instituciones de la cultura encargadas de preservar el patrimonio cultural, así como de promover la obra de los creadores.Como lo hizo Fidel hace 55 años, los jóvenes escritores y artistas reconocemos el papel de las instituciones de la cultura encargadas de preservar el patrimonio cultural, así como de promover la obra de los creadores y establecer estrategias de promoción basadas en la verdadera jerarquización. Si en aquel momento Fidel decía: “(…) Tiene que existir un Consejo que oriente, que estimule, que desarrolle, que trabaje para crear las mejores condiciones para el trabajo de los artistas y de los intelectuales (…)”, hoy reafirmamos la necesidad de que una planificación consciente, en donde no predominen criterios economicistas, es imprescindible para mantener a la cultura como eje transversal de los procesos sociales. Esa planificación debe partir del sistema institucional.

Y cuando fallan, cuando se hacen lecturas erróneas de la política trazada por Fidel en 1961, como ha sucedido en otras ocasiones, ahí deben jugar su papel las organizaciones del arte de vanguardia para señalar, corregir y enmendar esos errores, siempre con la convicción de que nosotros también podemos equivocarnos.

La permanencia en cada uno de los territorios de una programación variada que muestra lo más valioso del arte de vanguardia y que ayuda a la formación de públicos inteligentes, una programación que no solo brinda propuestas emergentes, sino que ayuda a que estas se fundan con las más tradicionales, propiciando el nexo necesario entre tradición y modernidad, garantiza la vitalidad de la cultura cubana. Y en este caso hablamos de los eventos literarios de nuestras editoriales, de las cruzadas artísticas que visitan las zonas más complejas de cada territorio, del Antonio Lloga, dedicado a la radio y que se realiza en Santiago de Cuba; el Caturla, dedicado a la música de concierto, en Santa Clara; la Jornada de la Canción Política en Guantánamo, y otros, dan fe de esa permanencia.

El homenaje que año tras año le realizamos a los Maestros de Juventudes en el mes de octubre, algunos de ellos protagonistas de los encuentros de 1961, hablan del respeto por las generaciones que nos proceden, esas mismas generaciones de intelectuales que han permitido que lleguemos a donde estamos hoy.

Los congresos de la AHS y la UNEAC demostraron la vigencia del binomio indisoluble arte-sociedad que Fidel planteó en las Palabras a los intelectuales. Las debilidades y fortalezas de nuestro sistema educacional, la influencia de los medios en la formación de los estilos de vida, la interrelación que debe existir entre familia, escuela y sociedad para brindarle a las nuevas generaciones las herramientas para ejercer el criterio y más tarde poder discernir entre toda la avalancha de información a la que estamos sometidos, formaron parte de esos debates y aún siguen siendo motivo de encuentro de muchos intelectuales en cualquier parte del país.

Ese es el mejor homenaje que podemos hacer a aquellas palabras de Fidel.

A ser profundamente inconformes nos invitaba él en ese año, a propiciar que de las más grandes contradicciones nazcan los más grandes proyectos, a soñar, todos, el gran sueño de ser mejores, el mismo que le permitió a un joven guantanamero cambiar su destino para dedicarse, desde la cultura, a que florezca lo mejor de la sensibilidad humana en los hombres y mujeres de hoy.

Nota: Palabras leídas en el acto por el 55 aniversario de Palabras a los Intelectuales en el teatro de la Biblioteca Nacional José Martí. 30 de junio de 2016

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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