¡Carajo, este es el comandante Guevara…!

Por: Ernesto Limia Díaz

La Revolución Cubana conmovió los cimientos de Latinoamérica, sobre todo después que una ola de simpatías peligrosamente extendida se constituyera en «…clarinada de alerta sobre la importancia de esta región y atrajera las iras imperialistas, obligándola a la defensa de sus costas en Playa Girón, primero, y durante la Crisis de Octubre, después. Este último incidente pudo haber provocado una guerra de incalculables proporciones, al producirse, en torno a Cuba, el choque de norteamericanos y soviéticos» (Guevara, 2012: 184).

La fuerza que comenzó a cobrar la izquierda a escala internacional obligó a Estados Unidos a revisar su política exterior y, bajo la administración del demócrata John F. Kennedy, quien se había alzado con la presidencia en marzo de 1961, implementó una doctrina de “respuesta flexible que descartaba el enfrentamiento atómico con la Unión Soviética y centró su mira en la lucha contra los movimientos de liberación nacional. Fue la manera escogida por los círculos de poder en Washington para frenar el auge revolucionario mundial: mientras inmovilizaban a la URSS y a Europa del Este —esperanzadas en un acercamiento tendente a la convivencia pacífica cuya orientación implicó un mayor esfuerzo estadounidense en el campo de la subversión político-ideológica—, acrecentaron los combates en el Tercer Mundo contra toda lucha redentora. El propio Kennedy lo develó en un discurso: «El gran campo de batalla para la defensa y expresión de la libertad es hoy toda la mitad del sur del globo: Asia, Iberoamérica, África y el Medio Oriente. Las tierras de los pueblos que despiertan […]» (Sorensen, 1956: 787, t. II).

En América Latina —bajo el slogan de «no permitiremos otra Cuba»—, Estados Unidos trabajó en dos direcciones: por un lado, apostó por hacer más eficiente la respuesta a las «amenazas comunistas» mediante operaciones paramilitares, en función de lo cual el canal de Panamá devino escuela de contrainsurgencia y torturas; por el otro, promovió la Alianza para el Progreso, programa que incluía invertir $20 000 000 000, para apuntalar las bases de la dominación neocolonial mediante la consolidación de la presencia de sus monopolios, fomentar planes de desarrollo que paliaran las críticas condiciones socioeconómicas en la región, generadoras de un descontento que estaba siendo catalizado por el ejemplo cubano, y estructurar una dependencia que garantizara el respaldo político incondicional a las proyecciones contra la Isla.

Dada la nueva correlación mundial de fuerzas y el declive del hegemonismo estadounidense, el 10 de junio de 1963, en la American University, John F. Kennedy se pronunció por la paz con la URSS. Días después, instaló el «teléfono rojo» entre el Despacho Oval y el Kremlin para facilitar la comunicación directa con Nikita S. Jruschov y, a continuación, rubricó el Tratado de Moscú que proscribió los ensayos nucleares a campo descubierto; además, resolvió no comprometerse en una guerra a gran escala en Vietnam.

La actitud de Kennedy despertó esperanzas para la humanidad, que apenas un año antes estuvo abocada a una conflagración nuclear. Respecto a Cuba, el 19 de junio aprobó un plan para sabotear objetivos económicos claves y el 8 de julio acentuó el bloqueo financiero; en paralelo empezó a evaluar su inclusión en la estrategia de «tendido de puentes»; de hecho, el 24 de octubre de 1963, recibió al periodista francés Jean Daniel y envió con él un recado al máximo líder de la Revolución Cubana: era posible la coexistencia pacífica entre los dos países. Si Cuba dejaba de apoyar los movimientos revolucionarios del continente, Estados Unidos levantaría el bloqueo económico. «Salí de la Oficina Oval de la Casa Blanca con la impresión de que yo era un mensajero de la paz. Yo estaba convencido de que Kennedy quería un acercamiento, quería que yo regresara y le dijera que Castro deseaba un acercamiento» —narró Daniel años después a la televisión (Diez, 2011: 207).

La noche del 18 de noviembre, Kennedy reiteró este mensaje en una intervención pública en Miami: «Una cuadrilla de conspiradores ha hecho de Cuba instrumento de un esfuerzo dirigido por potencias externas para subvertir el orden de las restantes repúblicas americanas. Esto y solo esto nos divide. Mientras esto siga siendo así, nada es posible; sin ello, todo es posible. Una vez que se haya suprimido esta barrera, estaremos dispuestos a trabajar de todo corazón con el pueblo cubano para alcanzar esos objetivos de progreso, que hace muy pocos años despertaron las esperanzas y las simpatías del hemisferio» (Schlesinger Jr., 1970: 810).

Mientras Kennedy hablaba en Miami, Jean Daniel esperaba en una habitación del Habana Riviera por la llamada que no llegaba. El 19 de noviembre, en vísperas de su partida rumbo a México, había perdido toda ilusión. Creyó esfumada su oportunidad de protagonizar un capítulo excepcional de la política internacional, cuando Fidel se apareció en el hotel. Conversaron de 10 de la noche a 4 de la madrugada del día 20. El 22 de noviembre se reencontraron en Varadero sobre el mediodía. Daniel retomó el tema. Fidel interpretó el interés del presidente estadounidense como un gesto tendente a establecer un canal de intercambio, al parecer con cierta intención constructiva, y admiró su valor para moverse en esa nueva dirección pese a las sabidas presiones políticas internas; de pronto, la radio anunció que Kennedy había sido asesinado en Dallas, Texas.

La catástrofe catapultó a la Casa Blanca a uno de los protagonistas del derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954: el vicepresidente Lyndon B. Johnson, quien abandonó el curso transitado por Kennedy. Johnson tuvo su bautismo de fuego en agosto de 1964, cuando dio luz verde a la provocación ejecutada por la CIA en el golfo de Tonkin, para compeler al Congreso a aprobar la intervención a gran escala en la guerra de Vietnam. Y dada la fuerza que cobraban los movimientos de liberación en África, promovió la penetración en ese continente del capital norteamericano, que hasta entonces solo tenía presencia importante en Sudáfrica. En el Congo, el oficial de la CIA Gerry Gossens le propuso a Joseph Mobutu crear una fuerza para combatir la influencia soviética y cubana en la región: «Mobutu me dio una casa, siete agentes y seis Volkswagen, y yo les enseñé tareas de vigilancia. Creamos un servicio congoleño bajo las órdenes de la CIA. Los dirigimos. Los organizamos. A la larga, con la bendición del presidente, pagamos sus gastos operativos» —confesó Gossens al periodista estadounidense Tim Weiner. También le dijo que, a cambio de libertad de acción total —que incluyó el consentimiento para que la CIA construyera bases y cuarteles en el corazón de África—, la agencia le entregó a Mobutu dinero y armas, aviones y pilotos, un médico personal y la seguridad de la más estrecha relación política con el Gobierno estadounidense (Weiner, 2008: 296).

El 9 de diciembre de 1964, el Ernesto Che Guevara viajo a Nueva York para participar en la XIX Asamblea General de las Naciones Unidas; el día 11 pronunció un discurso estremecedor. Había sonado la hora postrera del colonialismo y millones de habitantes de África, Asia y América Latina se levantaban al encuentro de una nueva vida e imponían su irrestricto derecho a la autodeterminación. El imperialismo quería convertir la reunión en «…un vano torneo oratorio en vez de resolver los graves problemas del mundo; debemos impedírselo» —reclamó. Cuba se sentía con el derecho y la obligación de hacerlo, como trinchera «…de la libertad del mundo situada a pocos pasos del imperialismo norteamericano para mostrar con su acción, con su ejemplo diario, que los pueblos sí pueden liberarse y sí pueden mantenerse libres en las actuales condiciones de la humanidad». Se pronunció por la coexistencia pacífica: «Mucho se ha avanzado en el mundo en este campo; pero el imperialismo —norteamericano, sobre todo— ha pretendido hacer creer que la coexistencia pacífica es de uso exclusivo de las grandes potencias de la tierra» —apuntó.

Denunció la política de Estados Unidos contra Vietnam y se detuvo en el Congo: «¿Cómo es posible que olvidemos la forma en que fue traicionada la esperanza que Patricio Lumumba puso en las Naciones Unidas? ¿Cómo es posible que olvidemos los rejuegos y maniobras que sucedieron a la ocupación de ese país por las tropas de las Naciones Unidas, bajo cuyos auspicios actuaron impunemente los asesinos del gran patriota africano?» —preguntó. A continuación, señaló a los autores: «Paracaidistas belgas, transportados por aviones norteamericanos que partieron de bases inglesas»; luego les lanzó el más abierto desafío: «Todos los hombres libres del mundo deben aprestarse a vengar el crimen del Congo».

Se solidarizó con el pueblo de Puerto Rico y denunció las agresiones estadounidenses contra Panamá, Santo Domingo, Colombia, Guatemala y Venezuela. Habló de las intervenciones solapadas por intermedio de las misiones militares que participan en la represión interna y «…en todos los golpes de Estado, llamados «gorilazos», que tantas veces se repitieron en el continente americano durante los últimos tiempos». El ejemplo de Cuba fructificaría en el continente: «Porque esta gran humanidad ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha, de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera e irrenunciable independencia». Y con el cierre dejó electrizado al auditorio: la «proclama es: Patria o muerte» (Guevara, 2012: 142-150).

Una secuencia de golpes de Estado organizados y financiados por la CIA en Brasil, Argentina y Bolivia, y la agresión contra República Dominicana, en abril de 1965, con más de veinticinco mil infantes de marina, pusieron de manifiesto la política de Lyndon B. Johnson hacia la región: «… los viejos conceptos y las viejas etiquetas ya son obsoletos. En el mundo de hoy, en el cual los enemigos de la libertad hablan de “guerras de liberación nacional”, la vieja distinción entre “guerra civil” y “guerra internacional” ya ha perdido gran parte de su significado (…). El momento de decisión debe convertirse en el momento para la acción» —definió Johnson en la Universidad de Baylor, el 28 de mayo de 1965 (Alzugaray, 1987: 152).

En este el contexto el Che decidió sumarse a la lucha guerrillera en el Congo, primero, y después en Bolivia, a pesar de que, como mostraron los hechos, no estaban creadas las condiciones en el orden subjetivo. El Che consideraba, con toda razón, que el combate contra el imperialismo tenía una imprescindible dimensión mundial y que el internacionalismo constituía una necesidad insoslayable de los pueblos. Nada cambió la certeza de sus convicciones; nada lo desalentó. Ni siquiera cuando en la mañana del 8 de octubre de 1967, en la quebrada del Yuro —accidente geográfico de unos 1 500 metros de largo por unos 60 de ancho—, se supo rodeado por un ejército fantoche y comprobó que prácticamente no tenían opciones de salida.

El Che y sus compañeros no podían volverse atrás, pues el camino que habían hecho al descubierto hasta allí los convertía en ese instante en presas fáciles; las dos laderas de la quebrada terminaban en farallones abruptos sin vegetación y avanzar significaba caminar directo a las posiciones de los soldados. Sobre la 1:30 p.m. comenzó el combate, después que una bala dejara fulminado al guerrillero boliviano Aniceto Reinaga cuando intentó atravesar un claro dominado por el enemigo. La firme resistencia planteada detuvo al ejército durante dos horas. En aras de salvar a los enfermos, a los que puso en condiciones de intentar el avance para evadir el cerco, el Che se colocó frente a una sección con emplazamiento de ametralladoras; herido en una pierna, combatió hasta que un impacto en la recámara le inutilizó su carabina M-1 y se quedó sin balas para la pistola. Ya indefenso, el suboficial Bernardino Huanca llegó hasta él, le asestó un culatazo en el pecho y amenazó con dispararle. El boliviano Willy Cuba se interpuso gritando: «¡Carajo, este es el comandante Guevara y lo van a respetar!» (Cupull y González, 2006: 122).

Fueron conducidos hasta La Higuera y los introdujeron en una escuelita de adobe, paja y piso de tierra, con solo dos aulas separadas por un tabique de madera. Al Che lo dejaron con los cadáveres de René Martínez Tamayo y Orlando Pantoja Tamayo; en el local contiguo pusieron a Willy Cuba con Alberto Fernández Montes de Oca, muy grave por una herida en el pecho; el Che quiso brindarle auxilio, pero los oficiales del ejército se lo negaron.

A las 6 p.m., en La Paz, el general René Barrientos convocó a una reunión con el alto mando del ejército; luego se dirigió a la residencia del embajador de Estados Unidos y desde allí se comunicaron con Washington. Barrientos había sido reclutado por la CIA en 1960, y en 1966 la agencia le facilitó más de un millón de dólares para que se hiciera de la presidencia. Conseguido este propósito, William Broe, jefe de la división latinoamericana del servicio clandestino, le escribió al vicejefe de la CIA: «Con la elección de René Barrientos como presidente de Bolivia, el 3 de julio de 1966, esta acción se ha completado satisfactoriamente». Su expediente fue enviado a la Casa Blanca y Walt W. Rostow, asesor especial del presidente para la Seguridad Nacional, se lo entregó a Lyndon B. Johnson: «Esto es para explicarle por qué el general Barrientos puede darle las gracias cuando coma con él el próximo miércoles día 20». En abril de 1967, el propio Barrientos había alertado a Estados Unidos de que el Che estaba en Bolivia (Weiner, 2008: 296-297).

Sobre las 9 p.m. el teniente coronel Andrés Sélich Shop, comandante del regimiento de Ingenieros de Vallegrande, interrogó al Che. Impotente ante una actitud digna que lo superaba, le dio tal halón de la barba que se quedó con un mechón de pelos en sus manos. Al no poderle devolver el golpe, pues se hallaba con las manos atadas, el Guerrillero Heroico ripostó escupiéndolo en la cara. Dos horas después llegaba a La Paz la respuesta de Washington a la consulta del general Barrientos: el Che debía ser asesinado.

Una esperanza se abrió cuando le tocó el turno de custodia al joven soldado Mario Eduardo Huerta Lorenzetti. El Che le habló de la miseria del pueblo boliviano y del sentido de su lucha. Contrastó el trato caballeroso que prodigaron a los oficiales y soldados detenidos por la guerrilla con el que ellos habían recibido. Huerta lo arropó con una manta, le encendió un cigarro y lo ayudó a fumar. Se enterneció hasta sentirlo como un hermano mayor y le preguntó por la familia. El Che le habló de su esposa y sus cinco hijos, de Camilo, de Fidel y de la Revolución Cubana. Llegaron a un punto en el que todo podía suceder; una luz se vislumbraba al final del túnel y el Che le pidió que lo ayudara a evadirse. Huerta quedó conmocionado. Se sentía hipnotizado y le costaba trabajo negarse, pero era una decisión temeraria. Pidió consejo a un amigo y este exacerbó su instinto de conservación. El Che lo miró a los ojos sin hablar; a Huerta le resultó imposible sostenerle la mirada (Cupull y González, 2006: 129-130).

Amanecía cuando llegó a la escuelita el oficial de la CIA de origen cubano, Félix Rodríguez Mendigutía, sobrino de José Antonio Mendigutía, ministro de Obras Públicas del Gobierno de Fulgencio Batista. Intentó someter a interrogatorio al Che y este lo trató con el desprecio que merecía. En un mensaje cifrado a John Tilton, jefe de la Estación Local de la CIA en Bolivia, Rodríguez confirmó que tenían al Guerrillero Heroico. Tilton lo transmitió de inmediato a William Broe y este al vicejefe de la CIA, Richard Helms, quien se encargó de entregarlo personalmente en la Casa Blanca (Weiner, 2008: 297).

Sobre las 10 a.m. Rodríguez volvió a la escuelita. Tenía ya la orden de asesinar al Che; pero hizo un segundo intento por sacarle información. Lo zarandeó por los hombros y, aprovechando que el Che tenía las manos atadas a la espalda, lo agarró por la barba con fuerza para removerlo. Lo interrumpió la llegada de un grupo de soldados con el guerrillero Juan Pablo Chang-Navarro Lévano, en estado deplorable y casi ciego, y con el cadáver del boliviano Aniceto Reinaga. Rodríguez pinchó con la bayoneta a Chang-Navarro durante el interrogatorio; tampoco el combatiente peruano dijo una palabra. Al mediodía se decidió quién asesinaría a Ernesto Guevara: el sargento Mario Terán, entrenado por los rangers estadounidenses. Rodríguez le indicó que le disparará por debajo del cuello, para que pareciera muerto en combate. El Che se mantuvo sereno; nunca abandonó su dignidad. «Terán afirmó que él se sintió impresionado, no podía disparar porque sus manos le temblaban. […] los ojos del Che le brillaban intensamente; […] lo vio grande, muy grande, y que venía hacia él; sintió miedo y se le nubló la vista, al mismo tiempo escuchaba que le gritaban: “¡Dispara, cojudo, dispara!”». En un clima de histeria general, dos oficiales abrieron fuego contra Chang-Navarro y contra Willy Cuba; Rodríguez seguía vociferándole a Terán. Este, agitado, «…cerró los ojos y disparó, después hicieron lo mismo el resto de los presentes» (Cupull y González, 2006: 134-135).

Era el 9 de octubre de 1967. «Guevara fue ejecutado con una ráfaga de disparos a las 13:15» —informó por radio Rodríguez a John Tilton. Tom Polgar estaba de guardia en el cuartel general de Langley cuando Tilton llamó para comunicar la noticia: «¿Puede enviar huellas dactilares?» —preguntó Polgar (Weiner, 2008: 298).

A las 4 p.m. partió el helicóptero con el cadáver del Che para Vallegrande. Lo recibió otro oficial de la CIA de origen cubano, Gustavo Villoldo Sampera, capitán honorario de la policía de Batista que había recibido entrenamiento en Fort Benning, Estados Unidos, junto a Félix Rodríguez y al terrorista Luis Posada Carriles. Villoldo llevó el cuerpo del Che hasta la lavandería del hospital de la localidad, que sirvió de morgue. Al depositarlo en el piso, le dio una patada; luego, en el lavadero, lo golpeó en el rostro inerte. Ya en el hotel Santa Teresita, por la noche, festejó junto a Rodríguez con whisky.

En la mañana del 10 de octubre, el cadáver fue expuesto en la lavandería del hospital. La monja María Muñoz, testigo presencial del drama, relató: «El Che estaba como si no hubiera muerto. Había un silencio único, no escuché que nadie hablara, ni lo creo; él con sus ojos mirándonos a todos, que parecía vivo». Muchas personas lloraron (Cupull y González, 2006: 139).

De acuerdo con Roger Morris, miembro del staff del Consejo Nacional de Seguridad de la Administración Johnson, mientras el pueblo de Vallegrande le rendía tributo al héroe, en Washington se encontraba reunido el Comité 303, un grupo integrado por funcionarios de varios departamentos y agencias especializadas encargados de aprobar las acciones de inteligencia encubiertas del gobierno. El testimonio de Morris, no exento de cierto desprecio por la macabra escena, resulta revelador: «Años después, varios funcionarios que estaban presentes se recordarían de la escena, cuando Walt W. Rostow, […] presidía una reunión del staff del Consejo Nacional de Seguridad la mañana después de que la noticia del asesinato del Che llegara a Washington. El asesor especial del presidente para la Seguridad Nacional entró al cuarto sonriendo ampliamente y frotando excitadamente varios lápices en sus manos. Después de un silencio expectante, roto solamente por el chirriar de los lápices, se volvió para su ayudante en asuntos latinoamericanos: “Bueno” —le dijo al funcionario, quien sonreía nerviosamente—, “lo cogimos, lo cogimos”» (Alzugaray, 1987: 153).

Los oficiales de la CIA y del ejército le cercenaron las manos al Che y lo trasladaron hasta el cuartel del Regimiento Pando; luego enterraron el cadáver en una fosa colectiva bajo la pista de aterrizaje del antiguo aeropuerto de Vallegrande, y dijeron que lo habían incinerado y esparcido sus cenizas desde un avión. Querían evitar que su tumba se convirtiera en lugar de peregrinación para los bolivianos. Nueve años después, Rodríguez sería condecorado por la agencia con la Estrella al Valor. Más tarde aparecería implicado en el caso Irán-Contras y en 1988 asistió al acto de toma de posesión en la Casa Blanca de George H. Bush, acompañado del general Rafael Bustillos, entonces jefe de la Fuerza Aérea del Salvador e incondicional aliado de Estados Unidos en su lucha por derrocar al Gobierno sandinista en Nicaragua.

En Cuba, el 15 de octubre Fidel se dirigió al pueblo para confirmar la noticia. Durante 72 horas se suspendieron los espectáculos públicos y por 30 días se izó la bandera a media asta. Una comisión presidida por el comandante Juan Almeida Bosque orientaría las actividades encaminadas a perpetuar la memoria del Che, a quien nuestro Gobierno Revolucionario y el pueblo nunca olvidarán.

Sospechosamente, el actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, nos convoca a la amnesia colectiva. Cómo pretender que estos hechos pertenezcan al pasado, si es tan vivo el dolor en la memoria y algunos de los protagonistas andan gozosos por las calles de Miami. Cómo olvidar lo acontecido, cuando Félix Rodríguez Mendigutía se aparece en la Cumbre de las Américas en Panamá, el 8 de abril de 2015, luciendo una foto con el cadáver del Che para orquestar una provocación frente a la embajada cubana.

Andrés Castillo Bernal, periodista de Verde Olivo, primero, y de Juventud Rebelde, después, nos entrega en Ellos cuentan sobre él una historia viva, conmovedora, desde la intimidad de ocho compañeros del Guerrillero Heroico. El héroe que presentan los entrevistados tiene los pies atornillados al piso a la hora de bailar y un oído musical que no le permite diferenciar el mambo de un danzón. Solo bebe vino y licores; tiene un sentido muy riguroso de la disciplina, y en no pocas ocasiones su humor llegar a ser hiriente, sobre todo con aquellos a quienes les falta vergüenza. Pero es un hombre tierno y en extremo sensible, con grandes sentimientos de amor, vasta cultura y un proverbial desprendimiento por los bienes materiales. Qué hablar de su estoicismo para enfrentar el asma y las dolencias físicas, y de su ética sin manchas. Narra su amigo de la infancia Alberto Granado, que cuando le preguntaban al Che cómo le había ido con una muchacha, respondía: «La vaca no habla» (Castillo, 2015: 23).

Ellos cuentan sobre él habla del joven argentino y latinoamericano, que adquirió vocación social encaramado en una moto, de la mano de los más necesitados; que amó la poesía de León Felipe, Pablo Neruda y Nicolás Guillén; que hablaba de Franz Kafka como si hubiesen sido compañeros y jugaba ajedrez como un maestro; que cuando tuvo que despedirse de un amigo de toda la vida, del propio Granado, le dejó los tres tomos de El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, obra imprescindible de la historiografía cubana.

Víctor Dreke fue testigo de uno de esos momentos en los que uno quisiera que se lo tragara la tierra, cuando el Che recibió la noticia de que su madre había muerto. Sumido en un recuerdo que le resulta increíblemente cercano, Dreke, otro soldado curtido en las más difíciles batallas, expresa conmovido no sin cierta sorpresa: «Lo vi llorar. Se cuenta que también alguna lágrima corrió por su rostro cuando la muerte de Ciro Redondo en el combate de Mar Verde, en noviembre de 1957, y de Roberto Rodríguez, el Vaquerito, durante la batalla de Santa Clara, en diciembre de 1958» (Castillo, 2015: 63).

Andrés Castillo es capaz de sacar la poesía del alma de sus entrevistados, como cuando Ulises Estrada nos lega una actitud ante la vida: «Cada amanecer le depara al ser humano un día diferente, y muchas veces puede convertirse en un acontecimiento que deje una huella para toda la vida» —afirma; y otro dato que yo desconocía: el Che confesó que cuando conoció a Fidel en México no era comunista. Había estudiado y «…estaba imbuido de las ideas del marxismo por la experiencia acumulada en sus recorridos por Sudamérica, Guatemala y otros países, donde constató el hambre y la miseria que padecían aquellos pueblos, pero que realmente había sido Fidel quien influyó en él decisivamente. En la Sierra leyó muchas cosas que le daba Fidel, luego discutían e intercambiaban criterios y opiniones que lo hicieron madurar como un comunista» (Castillo, 2015: 67-74).

Es tal el alcance del autor, que impulsados por los recuerdos que sacuden sus preguntas los entrevistados se convierten en protagonistas del libro, de la mano del Che, el hombre bandera. Estos seres que hablan también son héroes, no como los de Hollywood, sino de verdad, de esos que juegan con su vida como si no les importara y gritan parados en la calle, en medio de la más furiosa balacera que no deja escuchar al compañero de al lado: «El que estás apendeja´o eres tú», como le dijo Leonardo Tamayo nada más y nada menos que al Vaquerito en Cabaiguán (Castillo, 2015: 80).

Alfred Hitchcock decía: «Es ridículo exigir que la historia sea verídica. Usted percibe la vida antes de entrar en el cine y es gratis. El drama es la vida a la que se le sacó todo lo aburrido» (Mitta, 2009: 42). Resulta obvio que Hitchcock no estuvo con el Che ni combatió con los revolucionarios cubanos. No adquirió, por tanto, ese sentido espartano que desarrollaron los hombres del Moncada, del Granma y de la Sierra Maestra, de las misiones internacionalistas, donde el drama de la vida cala en las entrañas. Una anécdota de este libro lo revela: el 9 de octubre de 1967, un grupo de la guerrilla logra romper el cerco en la quebrada del Yuro. Al conocer que el Che ha sido asesinado se juran continuar la lucha; antes deben salir ilesos de la cacería. Son seis, no tienen medicinas y deben cruzar a pie la cordillera de los Andes, 2 000 kilómetros para llegar hasta Chile; los rangers les pisan los talones. Hacen un compromiso: el que sea herido y no pueda caminar, no puede caer vivo en manos del enemigo. Ha pasado un mes y crece la esperanza de librarse de los chacales que los siguen. Están en Mataral, en el Departamento de Santa Cruz; de repente, el 10 de noviembre, se ven en una emboscada. El boliviano Julio Luis Méndez, Ñato, uno de los primeros combatientes de la guerrilla, recibe una herida de bala en la columna vertebral. Tienen que rematarlo. «A veces uno está en la oficina, en la casa, acostado en la cama por la madrugada y te hace la película tácata, te cae y te acuerdas. Inclusive, estás viendo al hombre en esa película, en esa imagen […] son cosas que no se olvidan» —rememoró el coronel Leonardo Tamayo Núñez casi cuarenta años después (Castillo, 2015: 85).

En 1997, en el aniversario 30 de su desaparición física, tras una intensa búsqueda por parte de un grupo multidisciplinario que coordinó el Dr. Jorge González, entonces director del Instituto de Medicina Legal, Cuba recibió los restos del Che. Una delegación presidida por el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez viajó a Bolivia, para organizar su traslado. La ceremonia de recibimiento se efectuó el 12 de julio. Mientras tronaban las salvas de artillería, revivíamos los momentos de dolor que sucedieron a su asesinato.

El 8 de octubre, en el Palacio de las Convenciones comenzó el V Congreso del Partido, en una jornada signada por el profundo simbolismo. Fidel habló con gran optimismo. Tras la clausura, comenzaron las honras fúnebres del Che y de seis de sus compañeros. Más de 300 000 personas desfilaron ante los osarios en el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución; luego el cortejo partió hacia Villa Clara, donde recibieron una de las más sentidas y masivas manifestaciones de tributo en la historia de esa provincia.

A las 9 a.m. del 17 de octubre, bajo el impresionante silencio de la multitud que colmaba la Plaza de la Revolución Ernesto Guevara, de Santa Clara, empezó la ceremonia. En la tribuna de la base del monumento, obra del escultor José Delarra, estaban Fidel y Raúl, junto a veteranos combatientes de la Revolución y a los familiares de los mártires. Concluida la ceremonia, Fidel habló emocionado:

«No venimos a despedir al Che y sus heroicos compañeros. Venimos a recibirlos. Veo al Che y a sus hombres como un refuerzo, como un destacamento de combatientes invencibles, que esta vez incluye no solo cubanos sino también latinoamericanos que llegan a luchar junto a nosotros y a escribir nuevas páginas de historia y de gloria. Veo además al Che como un gigante moral que crece cada día, cuya imagen, cuya fuerza, cuya influencia se han multiplicado por toda la tierra. ¿Cómo podría caber bajo una lápida? ¿Cómo podría caber en esta plaza? ¿Cómo podría caber únicamente en nuestra querida pero pequeña isla? Solo en el mundo con el cual soñó, para el cual vivió y por el cual luchó hay espacio suficiente para él» (Castro, 1997).

Gracias, Andrés Castillo Bernal, por regalarnos Ellos cuentan sobre él, esta obra pequeña y maravillosa, que convoca a meditar sobre el presente y el futuro de la nación; en la que nos entregaste a los seres humanos, de carne y hueso, que construyeron la patria, a sangre y bala, y que hoy nos hacen sentir el pecho henchido por el orgullo de ser cubanos. Vaya a ellos este homenaje vivo, como vivos serán preservados en la memoria de los mejores hijos de Cuba.

¡Hasta la Victoria Siempre!

Palabras para presentar el libro: Ellos cuentan sobre él (Casa Editorial Verde Olivo, 2015) del escritor, periodista y narrador Andrés Castillo Bernal, en la Fortaleza de la Cabaña, el 17 de junio de 2016

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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