ANTICAPITALISMO Y PROBLEMAS DE LA HEGEMONÍA

 

Fernando Martínez Heredia

 

 

Una de las formas más válidas de acercarse al pensamiento de Gramsci –y de rendirle homenaje– es utilizar sus ideas y la influencia que tienen en nuestra manera de pensar, para abordar las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo, y tratar de plantearlas bien. El tema al que aludiré fue central en su pensamiento: la necesidad de conocer profundamente lo esencial del sistema de dominación del capitalismo actual para guiar de manera eficaz la lucha anticapitalista; inspirado por su trabajo, añado otro tema que me motiva: los rasgos, problemas y dificultades del propio proyecto socialista. Lo hago desde la Cuba de hoy, el primer país de Occidente que realizó una revolución anticapitalista autóctona, y el único que, sacando fuerzas de ella, mantiene un poder de tipo transición socialista en Occidente[1].

 

En esta década se hicieron visibles dos tendencias que ya actuaban desde antes en el mundo contemporáneo: la aceleración del proceso de centralización capitalista y la descomposición de las ideas y los regímenes del llamado socialismo real. Hoy predominan la transnacionalización y el dinero parasitario en la economía, la democracia conservadora en política y el totalitarismo en los controles ideológicos, todo articulado en una dominación cultural que trata de convertir en algo “natural” para todos el modo de vivir, pensar y sentir del capitalismo, y además prevenir, subordinar o aislar las protestas, y excluir las rebeldías. El triunfalismo de los primeros años 90 se desgastó, pero hoy prevalece un ambiente de acomodos o de resignación que se expresaría así coloquialmente: “nadie cree que lo que existe sea lo mejor, pero nadie cree que nada importante pueda cambiarse”.

 

Hoy resulta difícil incluso representarse el anticapitalismo. Lo usual es que las oposiciones organizadas políticamente –sean “posibilistas”, “pragmáticas” o “éticas”– no reten realmente al sistema. Es tan grande el predominio de las ideas adecuadas al dominio capitalista que está en duda la posibilidad de construir alternativas radicales a ese dominio. Una dicotomía estéril parece regir a la izquierda: la permanencia dentro de la hegemonía burguesa, aunque con muy variadas actitudes y matices, o las sectas dogmáticas y sectarias que añoran un “pasado” y un “socialismo” que no vivieron o no les perteneció, o resisten a pie firme en magnífica soledad. Entiendo que ambas posiciones son funcionales al dominio del capitalismo.

 

Si el XIX fue el siglo clásico del capitalismo, el XX ha resultado otro siglo más de capitalismo, a pesar de que tantos creyeron que el poder de la burguesía y la propiedad privada se acabarían antes del año 2000. El siglo que termina ha sido sin embargo de profundos retos y angustias para el capitalismo. Ha sido de inmensas experiencias, de prácticas anticapitalistas trascendentales. Profundas revoluciones políticas cambiaron las relaciones económicas y sociales en sus países en buena parte del mundo, en grados y de modos diferentes. El contraataque del capitalismo contra ellas tuvo éxito porque tanto sus presiones como su peso y atracción culturales resultaron superiores, a mediano o largo plazo. Pero eso sólo fue posible porque en el curso general de la evolución de los regímenes surgidos de aquellas revoluciones predominó la reducción del alcance del propio proyecto, la conversión del poder en Estados al arbitrio de grupos dominantes, la consolidación de la desigualdad entre los ciudadanos mediante jerarquías y privilegios, y el predominio de la geopolítica en la dimensión internacional de su actividad.

 

         En el siglo XX se organizaron y desarrollaron economías diferentes a la del capitalismo, basadas originariamente en satisfacer las necesidades humanas y la justicia social. Ellas movilizaron el entusiasmo y promovieron las capacidades de pueblos enteros, y así obtuvieron logros muy notables en cuanto a distribución de las riquezas, racionalización y planificación, esfuerzos de desarrollos de sectores; la soviética triunfó en levantar una industria de guerra capaz frente al fascismo alemán, y en la reconstrucción del país. Las economías de Europa oriental ocuparon un lugar en la geografía económica mundial. Pero en el marco del freno, los desvíos y la decadencia de los procesos de transición socialista, esas economías cada vez más buscaron objetivos análogos a los de las economías capitalistas. En las últimas décadas se combinaron sus insuficiencias y problemas con graves distorsiones provenientes de sus rivalidades y de sus relaciones con los centros del capitalismo. Finalmente, los regímenes de Europa oriental se liquidaron a sí mismos. La mayor parte de los países del Tercer Mundo que emprendieron caminos de orientación más o menos socialista abandonaron de una u otra forma esa vía.

 

Por otra parte, tampoco pudo evitar el capitalismo que se produjeran mejores o nuevos autorreconocimientos y luchas, nacionales, clasistas, étnicas, de comunidades, de género. Su orden no ha podido reinar en paz. Las naciones, los explotados y oprimidos, las mujeres, los negros, los pueblos originarios, los marginados y excluidos, las comunidades y otras diversidades sociales existentes, se reconocen a sí mismas, ganan conciencia y son activas. Ellas se enfrentan parcialmente al capitalismo, o al menos lo niegan o lo desafían, e influyen en los reclamos humanos actuales, en un amplio arco que va desde la lucha contra las consecuencias de las políticas vigentes hasta la defensa del medio ambiente. Se ha acumulado en el mundo una inmensa cultura como resultado de las revoluciones, de las grandes experiencias políticas y de las identidades y movimientos sociales.

 

         La victoria del capitalismo ha residido hasta ahora en lograr absorber los movimientos y las ideas de rebeldía dentro de su corriente principal. Las experiencias de proyección socialista se han ido deslizando hacia el interior de la cultura del capitalismo. Y las ideas revolucionarias han padecido un retroceso descomunal, no solo por las represiones sufridas bajo los poderes capitalistas, sino también por sufrir sujeción, recortes y manipulación en las sociedades que emprendieron la transición socialista, que no lograron ser avanzadas de logros, prefiguración, protesta, proyecto y profecía.

 

La imposibilidad de ir más allá del condicionamiento que le imponía la escasez de sus medios ha recortado a menudo las victorias revolucionarias; pero lo que ha frenado y hecho retroceder a las revoluciones y a sus ideas ha sido la incapacidad de ir más de allá de las condiciones de reproducción “normales” de la vida social, de sostener –contra todas las dificultades, errores, riesgos, insuficiencias y hábitos– la aventura de la creación de una nueva cultura. Todo lo esencial en la transición socialista tenía que ser decidido por la intencionalidad organizada y conciente de los anticapitalistas en el poder, nada por el espontáneo “desarrollo” de las sociedades. Sin procesos firmes y sucesivos de crecimiento del poder de las mayorías sobre las decisiones importantes y el manejo cotidiano de la sociedad –y de su capacitación para ejercer ese poder creciente– no estará garantizado jamás el triunfo del socialismo. A pesar de enormes logros en materia de participación popular, también se han acumulado descalabros y desventuras entre los poderes socialistas y el necesario avance de su tipo de democracia. Esas realidades, y el silencio de la teoría y la ideología ante los problemas de la dominación en el socialismo, lo privaron de una fuerza de masas y un planeamiento que le están vedados al capitalismo por su propia naturaleza. Se silenciaron o fueron muy mal tratados una gama de problemas, que van desde la extrema confusión entre los fines y los medios, la burocratización, la despersonalización y la intolerancia, hasta el ateismo.

 

Confundir al socialismo con el desarrollo ha sido un gravísimo desacierto histórico, y ha estado en la base de confundir al socialismo con el desarrollo económico. Para este socialismo, la economía se convierte en el territorio ideológico por excelencia. De ahí que Jruschov llegara a convocar a la población de un Estado inmenso a “alcanzar y superar” a otro país, o afirmara que se estaba “construyendo el comunismo”; de ahí que en numerosos países se hicieran afanosas mediciones de la “construcción de las bases materiales”, para llegar a declarar “construido” el socialismo. Para la mayoría de las naciones que emprendieron vías socialistas, tales escenarios aludían, sin embargo –y esto lo agrava todo–, a dos problemas reales y muy agudos: la revolución de los desposeídos y miserables del mundo tiene el deber de abolir la miseria en su país y encontrar los modos de que las mayorías actúen en busca de satisfacer sus necesidades y deseos; los países cuyas economías están en situación totalmente desventajosa en cuanto a capacidades como tales y en sus relaciones internacionales –esto es, los “subdesarrollados”—deben dedicar sus mayores esfuerzos a salir de esa situación. “Civilizar” y “desarrollar” son por tanto dos ideas contra las cuales yo tengo críticas muy duras, si se trata de liberación y socialismo, pero aluden a dos tareas ciclópeas reales para nosotros, la mayoría del mundo.

 

Avanzar en el siglo XXI exige análisis, debates, conocimientos y divulgaciones sobre los socialismos que han existido en el siglo XX, y que fije la naturaleza y el lugar histórico del que encabezó la URSS y compartió la mayor parte del llamado movimiento comunista mundial, cuya influencia ideal afectó también en buena medida a muchos de sus opositores políticos de izquierda. Resulta indispensable –aunque ya no será lo central— comprender sus procesos degenerativos y su desastre final, y convertirlos en parte de la experiencia nuestra y argumentos sólidos para nuestra creación de nuevos proyectos. A base de aquel tipo de socialismo, sus creencias y su manera de contar es que se llegó a la conclusión de que el socialismo fue derrotado por las fuerzas productivas del capitalismo. En realidad el socialismo que se reclamaba de las fuerzas productivas fue derrotado no sólo por las fuerzas productivas, sino por la capacidad dominadora y reproductiva de sí misma que caracteriza a la cultura hegemónica del capitalismo mundial.

 

Quisiera al menos rescatar la existencia de minorías que a lo largo de toda la historia del movimiento y del marxismo han visto, y hoy vemos, de otro modo el socialismo: la transición socialista, como una época prolongada consistente en cambios profundos y sucesivos de las relaciones e instituciones sociales, por los seres humanos que se van cambiando a sí mismos mientras se van haciendo dueños de las relaciones sociales. En la búsqueda de las causas de las insuficiencias del socialismo hay que partir de analizar sus prácticas. Las transiciones socialistas se han inspirado en las ansias y las ideas de una justicia social verdadera, y la plena liberación nacional ha inspirado a la mayoría y tenido significado para todas. Para hacer realidad esos procesos de transición han confluido, como sucede en todas las revoluciones, un movimiento de tipo libertario y un poder político. En el curso de las revoluciones, el primero suele ser ahogado de una u otra forma por el segundo, que se queda con los trofeos simbólicos de aquel, si le es posible, y ejerce el poder. Aunque su cualidad revolucionaria es radicalmente diferente, los poderes socialistas no han logrado conservar su contenido radicalmente diferente a todas las anteriores. Hay que comprender en qué y cómo el socialismo que ha existido se ha parecido al capitalismo.

 

La cuestión del poder se fue volviendo central en las transiciones socialistas. Los problemas del poder nos recuerdan las razones aducidas por Marx al reclamar una revolución proletaria mundial. El sueño anarquista de lograr toda la libertad, y pronto, no está nada mal, por muchas más razones que las del sentido común. Pero frente a la realidad mundial de un capitalismo que expresa su poder y su atracción de mil maneras, lo viable han sido las revoluciones que establecieron poderes revolucionarios en países aislados. Ese poder es imprescindible, para defenderse, sobrevivir, organizar y capacitar las fuerzas, instrumentar y realizar cambios, avanzar en muchos terrenos y participar en la lucha internacionalista. Negarlo es absurdo, en el mejor de los casos, porque equivale a negar a las revoluciones reales contra la dominación capitalista, y si eso no fuera un crimen sería una estupidez. Pero lo perverso ha sido la absolutización del poder frente al proyecto de liberación, tendencia que ha resultado gravísima en muchos casos, y en otros mortal para el socialismo, porque la consecuencia usual de ella es la formación de un grupo que pretende que su poder sea permanente, y después pretende que su poder de grupo sea legítimo.

 

         El hecho dramático es que, aun así, las experiencias socialistas han sido superiores a todo el capitalismo del siglo XX. Lo han sido por sus propios logros, por su capacidad de desnudar los crímenes terribles o cotidianos del capitalismo contra las personas y los países, y su ineptitud como sistema para darle a las mayorías bienestar y una opción para la felicidad, y sobre todo por un aporte fundamental: mostrarle a todos que es posible que la vida de la gente sea más humana. Es cierto que la promesa socialista no fue cumplida, pero el capitalismo de fin de siglo ni siquiera hace promesas. La naturaleza de su sistema concuerda con la exacerbación del lucro y el egoísmo más despiadados, y hace inevitable el aumento de las desigualdades, de la explotación, el desempleo, las marginaciones y la exclusión de multitudes, del grave riesgo en que ya se encuentra el propio planeta en que vivimos.

 

Combinar civilización y liberación con franco predominio de esta última, no permanecer en una etapa “intermedia” e indefinida de “construcción del socialismo”, son lecciones de las experiencias socialistas del siglo. Y en la situación actual, tan difícil para las rebeldías prácticas contra el sistema, es de suma importancia compartir, recobrar y orientar los sentimientos y las ideas de las mayorías, y desarrollar los fundamentos teóricos y una estrategia intelectual anticapitalista. Recrear y crear el concepto de socialismo es un elemento fundamental para nosotros, de cara al siglo XXI. No lo podemos crear solamente a partir de nuestros sueños, pero no podremos crearlo sin nuestros sueños. Topamos de inmediato con el uso actual de la palabra utopía. Opino que sólo aceptando la legitimidad de una dimensión utópica podrá elaborarse el campo intelectual que se necesita. Con utopía quiero nombrar a un más allá posible, mediante la creencia en que es alcanzable y mediante la praxis revolucionaria. Ir más allá del mezquino rasero del determinismo económico y los ejercicios de costo-beneficio que reinan hoy, más allá de la moral sin trascendencia. La utopía rescata la movilidad de lo posible, la propensión humana a levantarse sobre sus condiciones de existencia y trascenderlas, y su capacidad de prefigurar un mundo mejor. La creencia en que ese mundo es alcanzable ha movido a todas las grandes empresas mediante las cuales las personas han cambiado la historia. Y la praxis revolucionaria es la actuación, el hecho decisivo que permite iniciar los cambios individuales y sociales imprescindibles para avanzar hacia la liberación de todas las dominaciones, y trabajar por ellos. La utopía de la liberación humana operaría como la guía más general.

 

         A fines del siglo el capitalismo parece vencedor, pero su triunfo le ha costado demasiado caro. A diferencia de sus reformulaciones anteriores –incluso después de crisis muy profundas—ahora ofrece a todos un mundo sin valores, sin ideales, sin grandes relatos, sin comunidad, sin futuros que conquistar ni esperanzas, falto de motivaciones, de atractivos y de reservas morales para el mantenimiento del orden en caso de crisis del sistema. Esas carencias pueden ser muy peligrosas. El fascismo es una opción, pero muy riesgosa y difícil: también gastó el sistema ese recurso en este siglo, en un baño de sangre de una crueldad y unas dimensiones inolvidables. Ante las dificultades en renovar la hegemonía capitalista, puede reaparecer la petición de ayuda a la izquierda para lograrlo, como ha sido costumbre. Se necesita un nuevo reformismo, dicen ciertos anuncios pagados en este tiempo de desempleo estructural. Quizás una nueva campaña de centro-izquierda contra el neoliberalismo, en la que la izquierda parezca centro y el centro parezca izquierda, ayude a transitar de la gobernabilidad a la hegemonía. Esto es, de los peligros y molestias de la represión y de las escisiones, a la alternancia consentida entre las políticas del sistema.

 

El esfuerzo principal del capitalismo actual está puesto en la guerra cultural por el dominio de la vida cotidiana. Esto es, usted puede decir lo que le parezca y le pueden gustar o no el anarquismo, las telenovelas, la ecología, Lezama Lima o Paulo Coelho, los precios al consumidor, el sexo seguro, la postmodernidad o los comunistas, pero aténgase a que la única cultura posible de la vida cotidiana es la del capitalismo. Los centros del sistema tienen dos cartas formidables a su favor: un poder inmenso en muchos terrenos, y que la naturaleza de la cultura del capitalismo es universalizante. Pero una contradicción monstruosa y preñada de peligros se levanta desde su misma naturaleza actual: la gestión económica y la obtención de ganancias del capital se han centralizado y se han vuelto parasitarias a grados inauditos. Gran parte de las instituciones, relaciones sociales e ideologías que acompañaron y facilitaron el triunfo y la expansión universal del capitalismo, ahora le estorban. La economía capitalista sólo necesita y abarca a una parte de la población mundial; al resto, enorme, no lo necesita. Mucho más de mil millones de personas sobrantes reciben calificativos como los de marginados, “nuevos pobres”, habitantes del “Cuarto Mundo”, inmigrantes indeseables, “informales”, indigentes, “desfavorecidos”, etc.; acerca de ellos ensayan sus lenguajes hipócritas, “teorías” racistas y lugares comunes el saber científico, los políticos, los ideólogos y el sentido común[2].

 

La reproducción cultural universal de su dominio le es básica entonces al capitalismo, para suplir los grados crecientes –y contradictorios– en que se desentiende de la reproducción de la vida de multitudes a escala mundial, y se apodera de los recursos naturales y los valores creados, a esa misma escala. Para ganar su guerra cultural, al capitalismo le es preciso eliminar la rebeldía y prevenir las rebeliones; homogeneizar los sentimientos y las ideas, igualar los sueños; le es necesario obtener el consenso de la mayoría, incluso de los menesterosos. El consumo amplio y sofisticado, que está presente en todas las áreas urbanas del mundo, pero al alcance solamente de minorías, es complementado por un complejo espiritual “democratizado”, que es consumido por amplísimos sectores de población. Se tiende así a unificar en su identidad a un número significativo de personas, muy superior al de las que se benefician materialmente, que respondan mejor a la hegemonía capitalista. ¿Serán ellos la base social del bloque de la contrarrevolución preventiva actual? Ese objetivo le será alcanzable, si consiguen que la línea divisoria principal en las sociedades se tienda entre incorporados y excluidos. Los primeros –reales y potenciales, dueños y servidores, vividores e ilusos– se alejarían de los segundos y los despreciarían, y harían causa común contra ellos cada vez que fuera necesario.

 

En los países desarrollados es más fácil disimular que los beneficiarios del sistema en realidad constituyen una minoría, cuya proporción respecto a la población total es más pequeña que hace 30 años. Pero en el Tercer Mundo la mayoría de los “incorporados” al modo de vida mercantil capitalista son más virtuales que reales; en realidad, están más adecuados a la hegemonía del capitalismo central que a la hegemonía que generarían de manera autóctona el capitalismo y la clase dominante en sus países. Eso implica una grave debilidad potencial de la capacidad de conducción de las clases dominantes locales en sus propios países. Sin embargo, al no existir hoy un nivel apreciable de lucha contra el sistema, las mayorías sobreviven o reproducen sus vidas mediante estrategias y redes que forman una suerte de “mercado de los pobres”, en el cual bienes, servicios y personas son mercancías que se ofrecen y se realizan de acuerdo a las reglas generales del juego del sistema, aunque ese mercado incluya actos no legales y delitos. En esa situación controlada, la incorporación de amplias fracciones a los consumos materiales o espirituales del capitalismo, el efecto de demostración que logran, y el mimetismo –esa forma renovadora de la igualdad en el capitalismo–, configuran un conjunto muy fuerte en favor del orden burgués.

 

La lucha cultural del capitalismo se propone asegurar el restablecimiento ideal de la comunidad en un mundo ferozmente dividido y fragmentado, que incluya lo más posible a los seres individualizados, aislados, opuestos, inseguros de sobrevivir, ateridos, pero articulados en diversidades controladas y en instancias de homogeneización que los vuelven aparentemente semejantes. El sentido de esa lucha es lograr el sometimiento voluntario de las mayorías a la manipulación política, económica y espiritual. Si las mayorías del mundo, oprimidas, explotadas o supeditadas a su dominación, no elaboran su alternativa diferente y opuesta a él, llegaremos a un consenso suicida, porque el capitalismo no dispone de lugar futuro para nosotros.

 

Saquémosle provecho sin temor a nuestras desgracias: no nos salvará el refugio suicida en lo que es indefendible del pasado, ni creernos fuertes en el ejercicio de las formas de mandar y obedecer que nos son conocidas, ni la roña dogmática de los clérigos sobrevivientes. El proyecto de socialismo para el siglo XXI tendrá que ser mucho más radical y ambicioso que los que han existido. Un socialismo de las personas y para las personas, de los grupos sociales y para ellos. Pero, ¿cómo será factible ese socialismo? Sin organización no llegaremos jamás a parte alguna. Entonces se trata de no crear monstruos y llamarle organizaciones, y reverenciarlas como ídolos. Crear instrumentos para que caminen, piensen y sientan el hombre y la mujer que quieren ser libres. La libertad y el socialismo tienen que ser muy amigos, y si es posible deben tener amores. Luchar por hacer realidad el proyecto socialista, y no por menos, es a mi juicio imprescindible. Para eso siempre será necesario osar construir un poder de transición socialista, y defenderlo. Tendrán que marchar unidos el poder y el proyecto. No se trata de que uno niegue al otro, pero el primero tiene que estar al servicio del segundo.

 

         Sin política socialista no habrá futuro socialista. Pero ella no consiste en que las organizaciones y el poder socialistas logren evitar las debilidades y los peligros que supuestamente le aportan el ejercicio del albedrío y los sentimientos de las personas, y el diverso entramado y las inclinaciones de los grupos sociales. Se trata de que las organizaciones socialistas y el poder de los socialistas consideren al albedrío, a los sentimientos, a la diversidad, a las inclinaciones de sus personas, de su gente, como lo que en potencia son: la fuerza suya, el vehículo suyo para la liberación. Y la necesidad suprema suya, porque sin esa comprensión no habrá proyecto factible, no habrá organización imbatible, no habrá socialismo. Y aun así, habrá que ser creadores, y esta vez no serán dos o tres iluminados creadores, ni siquiera una pequeña falange heroica de creadores, sino miles o millones de creadores, porque solo así habrá y se mantendrá, esto es, se reformará y se cambiará a sí mismo una y otra vez el socialismo, y se dará un contenido que apenas podemos entrever o soñar hoy.

Notas

    [1] El texto que sigue es parcialmente tributario –en las ideas y hasta en la letra– de varios trabajos mios recientes, entonces en su mayoría inéditos. Lo publico aquí por dos razones: porque lo lei en el Encuentro gramsciano cubano-italiano de febrero de 1997, y forma parte por tanto de un esfuerzo colectivo por impulsar un debate –entre revolucionarios, estudiosos, marxistas– que es imprescindible para la sobrevivencia y avance del anticapitalismo en Cuba y en el mundo; y porque en su versión actual, ampliada y quizás mejor argumentada, es también parte de mi afán de expresar criterios y divulgar ideas que estimo necesarias.

    [2] Una masa aplastante de datos ofrecida por informes se trivializa en divulgaciones ingenuas, asépticas o astutas. Un arco amplísimo de palabras alude a los excluidos: pobreza y “lucha contra la pobreza”, “eficiencia”, “flexibilización”, “pagar la deuda social”, “fracasados”, “quedarse definitivamente afuera”, nueva filantropía. Algunos sostienen en libros que los negros son menos inteligentes que los blancos; otros comentan que los desempleados pudieran ser vagos y drogadictos.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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