Duelo por el poder bajo la sombra del águila

 

“Se vive de Mayo a Noviembre viendo ruindades, y en disgusto y alarma”

José Martí, 1885

Por Rebeca Pupo Ojeda

 

El 3 de Enero de 1880 llegó José Martí a Nueva York y salvo muy justificadas ausencias, casi siempre relacionadas con su actividad política y revolucionaria, su estancia se prolongó a 15 años.

Luego de su fructífero peregrinar por los pueblos de Nuestra América y haber sentido en carne propia la trágica situación de la gran masa indígena, las consecuencias de la colonización, el atraso cultural y económico, la dependencia del Norte “revuelto y brutal”, cuyas garras se extendían hacia el Sur del continente,  le resultó factible valorar, desde sus propias entrañas,  la realidad norteamericana. Su crecimiento económico, la política interna e internacional, su sed de expansión y sometimiento, conformaban un entorno totalmente diferente, la gestación del fenómeno imperialista.

Como fiel testigo de un momento histórico sin precedentes, y apoyado en su sabiduría y visión de futuro, Martí se convierte en un cronista de talla excepcional al ser capaz de imbricar el pensar, el sentir y el apego a la verdad con una ética comprometida con los más pobres en la escala social. Como muestra de ello y sin dejar de elogiar la innegable prosperidad de los Estados Unidos, en breve tiempo se atrevió a afirmar: “aquella gran tierra está vacía de espíritu”.[i]

Por estos días gana espacio en los medios de comunicación a escala global la controversia electoral norteamericana, plagada de contradicciones, de falsas promesas y absurdas declaraciones, ante un mundo expectante bajo el suspenso de quién pudiera resultar vencedor, con total conciencia de que sea Hillary o Trump, ello no cambiará en lo más mínimo la esencia de la política imperial.

El contexto es propicio para preguntarse cómo apreció el cronista de “Las escenas norteamericanas” los procesos de campaña electoral  en los Estados Unidos, precisamente él, a quien le correspondió ser perspicaz observador de la ejecución del poder de seis administraciones.

Baste recordar  que a su llegada a Nueva York gobernaba Rutherford Birchard Hayes, el décimo noveno Presidente de los Estados Unidos, representante del Partido Republicano, cuyo mandato se extendió hasta 1881.

El 4 de marzo de ese año lo sucedió James Abram Garfield, el vigésimo Presidente, también republicano. Quiso el azar que Martí se encontrara en ese país en el momento del magnicidio que acabó con la vida de este gobernante,  poco más de seis meses después de ocupar el trono en La Casa Blanca, lo que ocasionó la paralización de su gestión el 19 de septiembre. ¡Cuánta casualidad! Con solo doce años había llorado Martí la muerte de Lincoln por un hecho similar que segó la vida del mandatario el 15 de abril de 1865.

El lamentable deceso trajo consigo que el Vicepresidente Chester Alan Arthur asumiera la presidencia con el orden vigésimo primero y permaneciera, por tanto, hasta 1885. En el nuevo período se inició como vigésimo segundo Presidente de los Estados Unidos Sthepen Grover Cleveland, primer demócrata electo tras la Guerra de Secesión y en un momento de preponderancia republicana.

En 1889 resultó elegido el republicano Benjamín Harrison quien se mantuvo como vigésimo tercer Presidente hasta 1893. Al mismo lo relevó Stephen Grover Cleveland, en su segundo mandato, esta vez con el orden vigésimo cuarto, quien permaneció hasta 1897. Por tanto, en esta etapa coincidió aproximadamente dos años con la estancia de Martí en los Estados Unidos.

En 1881 publicó Martí en La Opinión Nacional de Caracas la interrogante que realizara un estadounidense al editor del Sun, medio informativo de Nueva York: “Este es un gran país, y sin embargo, es un hecho que dentro de los últimos 16 años dos Presidentes han muerto asesinados; otro Presidente fue procesado y a poco se le echa indignamente de su puesto; y otro Presidente ocupó su puesto por abominable fraude. ¿No es este un interesante estado de cosas? ¿Qué viene ahora?”[ii]

Difícil pregunta o más bien imposible respuesta. En ese gran país, la confusión y la intriga siempre han estado presentes. La inseguridad ha generado violencia, sed de venganza,  ambición de poder. Para Martí el verdadero ganador era siempre el dinero. En tales circunstancias, qué importaba que ganaran demócratas o republicanos.

Así describió una página de un proceso electoral: “A captarse simpatías, a mezclarse con los electores, a deslumbrarles con la frase cordial, la promesa oportuna, el modo llano o la plática amena; a cautivar con generosos dones a los dueños de las casas de bebida, que votan y empujan a los que votan, a eso van habitualmente los candidatos a las cervecerías. En ese horno se venían calentando aquí las elecciones. Allí, sobre el mostrador de madera, se ofrece, regatea y ajusta, el precio de los votos”.[iii]

Los más afectados eran siempre los ciudadanos de menores  ingresos, los que vendían y comprometían su participación en las urnas a cambio del sustento familiar. “El carro de la elección – aseveraba Martí –  rodaba sobre ejes de oro. Cada empleado pagaba de su propio salario, que era dinero de la Nación, una cuota cuantiosa, para auxiliar al triunfo del partido que le dio el empleo. De esta ingeniosísima manera, el partido republicano se había asegurado un triunfo permanente a costa de los dineros de la Nación”.[iv]

Uno de los aspectos que más negativamente impresionó a Martí, en medio de tantas rapiñas y vergüenzas, fue precisamente la ausencia obligada de sinceridad que acompañaba estos momentos en la vida de los norteamericanos, la subordinación de la voluntad individual de los electores a los intereses de determinado partido, la necesidad de “vender el alma al diablo” por un plato de comida.

Al respecto señaló: “Si votaban por la patria, votaban contra su interés. Son siervos a quienes se manda con látigo de oro. La votación era vergonzante y sorda. Salían de ella con la cabeza gacha, como canes apaleados”.[v]

Si bien las maniobras de hoy son diferentes y la polémica se ha modernizado en correspondencia con la época histórica, donde no faltan las amenazas de posible penetración de correos electrónicos con la consecuente divulgación de mensajes de carácter personal, la insinuación de ajuste de cuentas de los partidarios del porte de armas, el anuncio de que las próximas elecciones pudieran ser amañadas, la indelicada denominación de “granuja” del caballero (Trump) a la dama (Hillary), los exabruptos y las posteriores disculpas, está claro que  la esencia continúa siendo la misma. No son más que miserias humanas de estos tiempos que para nada  cambian la verdadera filosofía del imperio y su política agresiva hacia los demás pueblos del mundo.

Con este comportamiento se pone en evidencia la inviabilidad del sistema electoral norteamericano en un mundo globalizado donde los Estados Unidos, como única superpotencia mundial, continúa intentando imponer a la humanidad un orden socioeconómico, político ideológico, tecnológico y militar al servicio de su clase dominante. En este contexto la valoración martiana referente a sus campañas electorales mantiene  absoluta vigencia. La siguiente apreciación así lo demuestra.

“Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos. Desde Mayo antes de que cada partido elija sus candidatos, la contienda empieza. Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la Presidencia aquel ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda ver bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyen a nombrarlo y sacarle victorioso”.[vi]

¿Y entonces, podrá esperarse algo favorable del actual proceso? ¿Demócratas o republicanos estarán en condiciones de cambiar el objetivo y alcance de la política imperial? ¿Qué pasará con Cuba? ¿Se transformarán acaso las históricas pretensiones de los Estados Unidos hacia la Isla, a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas?

Con total fidelidad a la herencia antimperialista martiana es posible afirmar que la rueda de la historia seguirá girando hacia el mismo destino. Los verdaderos propósitos del poderoso vecino no cambiarán. Habrá que continuar trabajando intensamente para adelantarse a sus planes, burlarlos, desacreditarlos, vencerlos. Ante esta realidad estudiar la verdadera historia de los Estados Unidos constituye hoy más que nunca una necesidad impostergable, conocer su cultura, su psicología social,  llegar hasta sus propias raíces. Una buena opción y un reto para los cubanos pudiera ser develar su esencia a través de Martí. Su obra está abierta para todos. La misma invita y atrapa.

En tanto, el duelo por el poder continúa bajo la sombra del águila.

 

Notas

[i] José Martí: “Coney Island”, La Pluma, Bogotá, 3 de diciembre de 1881, en: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, T 9, p. 126.

[ii] José Martí: Carta de Nueva York”, La Opinión Nacional, Caracas, 19 de octubre de 1881, en: ob. cit. T 9, p. 59.

[iii] José Martí: “Cartas de Martí”, La Nación, Buenos Aires,  26 de noviembre de noviembre de 1881, en ob. cit. T 9, p. 110.

[iv] José Martí: “Cartas de Martí”, La Nación, Buenos Aires, 13 y 16 de mayo de 1883, en: ob. cit. T 9, p. 342.

[v] José Martí: “Cartas de Martí”, La Nación, Buenos Aires,  4 de mayo de 1887, en: ob. cit. T 11, p. 178.

[vi] José Martí: “Cartas de Martí”, La Nación, Buenos Aires, 9 de mayo de 1885, en: ob. cit. T 10, p. 185.

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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