Palabras de presentación del libro El diplomático, el sargento-coronel y la mula dócil de Columbia

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Rolando Rodríguez García

 

He trabajado afanosamente esta obra, sobre el lamentable período que siguió al gobierno de los 127 días y que fue capitalizado por el confuso Caffery, el nuevo procónsul yanqui en Cuba, por el sargento-coronel Batista y por el teniente coronel Mendieta, tres especímenes a cual de los tres más sucios, despreciables y fascinerosos.

 

A la salida del miserable mentiroso de Grau San Martín de la presidencia, ya convencido que debía abandonar la poltrona y esperar mejores tiempos para configurar un gobierno constitucional y no de facto como el surgido a raíz del 4 de septiembre de 1933, arribó al poder el gobierno de los coroneles ascendidos de sargentos, cabos y hasta soldados, que llegarían a ostentar las estrellas de general, sin haber tirado nunca un tiro si no fue, en el mejor de los casos, en el Hotel Nacional o en Atarés.

 

No llamo a Grau mentiroso por gusto, aunque le llamen el Mesías. Sí, Grau era el Mesías pero de la mentira, del más atroz timo de que hubiera sido víctima el pueblo cubano, del gangsterismo y del permiso para el robo desmelenado de las arcas públicas. El 13 de diciembre se anotó en el acta del consejo de Secretarios que Grau informó de dos conversaciones con Welles. En efecto, el 7 y 10 de diciembre –en extensos informes que aparecen en los Foreign Relations de 1933-[1] Benjamin Sumner Welles comunicó al Secretario de Estado, Cordell Hull, de largas conversaciones con Grau, en las se trató de la entrega por este de presidencia. Ante lo dicho por Grau en el consejo, Guiteras dijo que entonces renunciaba a su puesto, pues “el Presidente” había hablado “con el extranjero, sobre cuestiones relacionadas con los asuntos internos de Cuba”, y eso iba “en contra de los principios de la revolución del 4 de septiembre”. Grau, de inmediato, con la convicción espantosa de que había metido la pata, mintió como un bellaco y dijo que no, que él solo había estado hablando con Caffery de cuestiones económicas e internacionales.[2] Evidentemente, a Grau se le había ido la zapatilla, y ahora,  con toda rapidez, dio marcha atrás. El “Divino Galimatías”, como un día se le conocería, mentía para engañar a su Secretario de Gobernación, Guerra y Marina. Como resultado Guiteras retiró la renuncia. Lo acontecido fue narrado por el diario Ahora.[3] Pero Grau le había mentido a Guiteras, porque todavía lo necesitaba en su cargo, para equilibrar la presencia de Batista.

 

Como vimos, Guiteras mencionó el 4 de Septiembre en forma elogiosa, como revolucionaria. Aclaremos las cosas: el pueblo cubano siempre ha recordado la fecha del 4 de septiembre, como la fecha dolorosa en que empezó el camino hacia el poder de Batista y sería tan funesta, como la del 10 de marzo de 1952. Sin embargo, esa no fue la verdad. El 4 de septiembre comenzó siendo un movimiento reivindicativo de los militares de más baja graduación en el ejército, los soldados, cabos y sargentos, que querían limpiar los escalafones del ejército de los machadistas, que se mantenían en sus filas –sin dejar de serlo muchos de ellos-, e implantar otros reclamos, de temas que se corrían, como que no se bajaran los sueldos, no se recortaran las plantillas y otros más de menor interés como la entrega de las mudas de ropa, la mejora del rancho, más plato en las gorras y botas de cuero y no de lona y esa noche aquel movimiento (dirigido por ocho militares de baja graduación, uno de ellos, el sargento Pablo Rodríguez, su cabeza y presidente del Club de los Alistados), gracias a la participación de los estudiantes del Directorio Estudiantil Universitario, que le proporcionaron el plan revolucionario cuyas siglas eran ARPE (Agrupación Revolucionaria Programa Estudiantil), que había preparado fundamentalmente el abogado José Manuel Irisarri, desde el exterior, cuando planeaban intentar derrocar a Machado, y que no pudieron poner en práctica porque el tirano cayó antes de que pudieran darle curso, sirvió para convertir el golpe castrense, que ni los propios sargentos sabían que habían dado y que sirvió para derrocar al gobierno de facto del inane Carlos Manuel de Céspedes, hijo, colocado por el embajador Sumner Welles en la poltrona presidencial, y que por aquel giro inesperado de los acontecimientos se convirtió de golpe castrense en un golpe revolucionario, que llevó al poder, primero a la pentarquía y después a Grau San Martín, respaldado por los soldados y con la fuerza que le proporcionó, sobre todo, el secretario de Gobernación y, luego, también de Guerra y Marina, Antonio Guiteras Holmes.

Pero aquel puesto, desde el cual Guiteras llevó a la firma de Grau las medidas más revolucionarias que se habían tomado en los 31 años de República, condujo también a que Batista, Lucilo de la Peña, Carbó y otros personajes de la época temieran que el poder imperial de Estados Unidos terminara invadiendo la isla con sus marines, y el 15 de enero de 1934, Batista derrocó a Grau, y colocó provisionalmente a Hevia en el poder, porque Mendieta sentía horror a no ser reconocido por el gobierno de Washington o los estudiantes universitarios lo derrocaran igual que a Machado. Pero el 18 de ese mes, por fin Batista pudo forzarlo a que aceptara el cargo de presidente, en el cual se convertiría en una marioneta que él dirigiría desde el campamento de Columbia y donde a su vez sería dirigido por Caffery. Así, hasta que el 10 de diciembre de 1935, después de haber aplastado de forma espantosa una huelga general revolucionaria, en marzo, le dio una patada a la mesa y echó del cargo al viejo teniente coronel de la manigua, para complacer a Mario García Menocal, quien decía que Mendieta se había parcializado en su contra a la hora de las nuevas elecciones que se iban a celebrar en enero de 1936. De manera, que el coronel colocó en el cargo de presidente a otro personaje inocuo, el secretario de Estado, José A. Barnet, hasta que tomara posesión el nuevo mandatario electo que sería Miguel Mariano Gómez. Mientras, aquellos casi dos años de mandato de Mendieta sirvieron para que varios de los secretarios de despacho del gobierno se hubiesen despachado a su gusto, metiendo la mano en el erario y personajes como el turbio Leonardo Anaya Murillo, Ruiz Williams y Carlos M. de la Rionda, se convirtieran en amillonados funcionarios civiles y en el ejército Batista, Pedraza, Tabernilla, López Migoya o Ramón Cruz Vidal, pasaran de ser unos pobres diablos con sueldecitos de 30 o 40  pesos mensuales a millonarios, gracias a los fondos destinados a cuarteles sin subastar las contratas, o aceptando fuertes coimas por autorizar el juego, que les entregaría Meyer Lansky, quien había descubierto la mina de oro de La Habana, para traer turistas de fin de semana desde Estados Unidos que se pasaran la noche del viernes, el sábado y hasta que retornaran la tarde del domingo a sus casas en el Norte, jugando en los casinos de La Habana.

 

Una vez terminado este triste período de la historia de Cuba, vendría otro no menos turbio, el de José A. Barnet, que si bien parece no haber sido un caco, dejaría tímidamente seguir metiendo la mano en el tesoro público como se puso de manifiesto en las actas del consejo de Secretarios de la República de Cuba. Una vez terminada la historia del gobierno de la mula dócil de Columbia, como apropiadamente le llamaron Roa y Pablo de la Torriente a Mendieta, le daré paso al gobierno del pelele Barnet. El libro del gobierno de este personaje será presentado el 10 de febrero en la próxima Feria del Libro. Así que este es solo la primera parte y pronto estará la segunda. El año que viene saldrá el del presidente por corto plazo, Miguel Mariano Gómez. Hoy trabajo en su reemplazo, Federico Laredo Bru.

 

Si van a ver solo estoy cumpliendo con la orden que me dio mi extraordinario maestro, el Comandante en Jefe, quien me dijo en abril del 89 que mi primer deber con la Revolución era escribir. Sigo además sus palabras, que ahora me doy cuenta quedaron para siempre en mi inconsciente el 10 de octubre de 1968 en Demajagua: “Es necesario que nuestro pueblo conozca su historia, es necesario que los hechos de hoy no nos hagan caer en el injusto y criminal olvido [de quienes] hace cien años se levantaron aquí, en este mismo sitio y proclamaron la independencia e iniciaron el camino del heroísmo e iniciaron el camino de aquella lucha que sirvió de aliento y de ejemplo a todas las generaciones siguientes […] es necesario revolver los archivos, exhumar los documentos para que nuestro pueblo, nuestra generación de hoy tenga una clara idea de cómo gobernaban los imperialistas, qué tipo de memorandos, qué tipo de papeles, qué tipo insolencias usaban para gobernar este país, al que pretendían llamar país “libre”, “independiente”, “soberano”; para que nuestro pueblo conozca que clase de libertadores eran esos, los procedimientos burdos y repugnantes que usaban en sus relaciones con este país, que nuestra generación actual debe conocer…” Desde luego, estos mandarines necesitaban gobernantes malandrines. Parece que ahora en Miami los descendientes de los subordinados de Batista quieren hablar como se hizo con Machado hace algún tiempo, del Machado bueno y el Machado malo, cuando solo hubo uno el rufián, psicópata social, verdugo sin fronteras. Ahora se trata del Batista bueno y el Batista malo. Pero a decir verdad, Batista solo hubo uno, un canalla, bribón, asesino, antes y después. El que mató a Guiteras, a Ivo Fernández Sánchez, a Rodolfo Rodríguez y después a los hombres del Moncada, del Granma, a los Ameijeira, a Fontán, al “Curita” y así a 20 000 cubanos. Batista nunca tendrá perdón. Estará quemándose en los infiernos, si lo hubiera, por toda la eternidad.

 

 

Notas

[1]. De Welles al Secretario de Estado. 7 y 10 de diciembre de 1933. FRUS, 1933.

[2]. Republica de Cuba: Libro de Actas del Consejo de Secretarios. Tomo XIX. Acta del 13 de diciembre de 1033.

[3]. Diario Ahora, 14 de diciembre de 1933.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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