El exilio de las humanidades

Mucho tiempo ha transcurrido desde que comenzara la discusión en torno al hombre, las relaciones que establecía con el mundo y las maneras singulares en que se posicionaba ante su realidad.

Los primeros dialectos, las más primitivas manifestaciones mítico-religiosas, curiosas expresiones del arte, el surgimiento de la filosofía y las primeras obras literarias, florecieron como parte de un modo de existencia mucho más simple y menos sofisticado que el del presente.


Ilustramos este número con varias portadas de la revista cubana Pensamiento crítico (1967-1971).
Fotos: Internet

 

Siempre vinculados a sucesivos modos de producción; eventuales procesos de estancamientos o retrocesos parecieron interrumpir, mas a la larga contribuyeron en sí mismos al desarrollo general de la humanidad. En el curso de esta evolución la ciencia se trasformó en un factor clave para alcanzar el progreso. Esta actividad se dirigió desde entonces a la adquisición de nuevos conocimientos sobre la naturaleza, el pensamiento y la sociedad.

El desarrollo de las ciencias sociales se correspondió con la interpretación múltiple del individuo, con el progreso de su intelecto, de sus capacidades creadoras y de su espiritualidad.

La demolición del edifico de nociones sociales de la modernidad, marcó con intensidad la reconsideración de las nociones sobre el lugar de estas ramas del saber frente a la expresión del neoliberalismo y el globocentrismo arraigado en el debate académico e intelectual.

La peyorativa clasificación de ciencias “blandas” condujo a posturas aparentemente irreconciliables con respecto a las ciencias naturales y exactas denominadas “duras”, encerrando el peligro de incomunicar teorías y científicos. Con su apuesta a la fragmentación del razonamiento y su efecto desintegrador, el capitalismo intenta aplastar las armas que han conquistado las fuerzas alternativas para la defensa de su ideología y sus valores. Una vez más la división es la herramienta.

La ceguera de saberes compartimentados impide distinguir los problemas globales fundamentales; favorece un estancamiento de las doctrinas que mueven a la sociedad y abonan el empobrecimiento humano.

La enajenación, la asimilación acrítica y el triunfo del pragmatismo, junto a las posiciones reaccionarias de los círculos económicos más exclusivos del orbe, sitúan barreras trascendentes. Los rezagos del lenguaje y las lógicas positivistas, cientificismos de poca utilidad y validaciones de seriedad cuestionable, deben  igualmente ser superados.

Paradigmas integradores, enfoques profundamente cualitativos, centrados en las relaciones que se establecen en la sociedad, deben ser una meta a consolidar. Colocar en un primer plano concepciones éticas, responsabilidades sociales, partidismo ideológico y pertinencia, debe ser prioridad para los estudios del área de las humanidades; situando posiciones transformadoras y no meramente contemplativas.

Ante esta atmósfera, los modelos educativos contemporáneos continúan cediendo espacio a la contraofensiva pragmática del imperialismo. Desplazando intencionalmente disciplinas y asignaturas que favorecen la formación humanística, contribuyen a la finalidad del capital.

Flexibilidad y apertura son falacias que sirven de pretextos para  condicionar desequilibrios y condenar a un subdesarrollo ideológico permanente. Por confusión o intencionalidad otorgamos posiciones valiosas para la lucha cultural a los enemigos de los sectores populares en diversas latitudes del planeta.

Una vez más la escuela reproduce simbólicamente el sojuzgamiento y la alienación. Se deja poco espacio para pensar, reflexionar y construir sentidos críticos. Se estanca la cultura política y se demuestra cómo el entretenimiento, la idiotez, la banalidad y el razonamiento lineal son los mejores aliados para las falsas democracias. Luego, ante la opresión mundial, se mostrará también un simulado consenso, que nos mantendrá inamovibles y sin autoestima para defendernos.

La consolidación de posiciones tecnocráticas y practicistas vinculadas a las emergencias del mercado, arrastra consigo el abandono hacia la formación ciudadana; soslaya valores, sentimientos y configuraciones éticas. Se produce entonces una contrarrevolución pasiva en las reflexiones, un estado de suspensión en las ideas del individuo, que se expresa en su imposibilidad de relacionarse con el mundo y entender los problemas a los que debe hacer frente.

Es en las universidades donde se aseguran los mayores niveles de esterilidad en los juicios y se condiciona la renuncia a filosofar. Juventudes descomprometidas, corazones entregados en pacto hacia el consumo, generaciones apolíticas y un enajenante asesinato del entusiasmo, son resultados de estas circunstancias.

Modelos educativos como el controversial “Plan Bolonia” ejemplifican lo expuesto. En todo el mundo, teóricos de la educación e intelectuales progresistas han alertado sobre sus señales negativas. Escudado en la atención a demandas sociales, vuelve a ser el mercado el pretexto para la discutible “restructuración” del sistema universitario.

Intentos sistemáticos de recortar tiempo y recursos para carreras de Letras, la tentativa de eliminación del perfil en Historia del Arte y la unificación de varias filologías, hablan del “noble” empeño. Otras como la Filosofía, la Sociología o la Antropología se han visto sometidas a drásticas disminuciones de horas y simplificaciones de sus programas de estudio.


Para alarma colectiva, no han sido pocos los multiplicadores de estos conceptos, incluso en el debate académico cubano. Ante ello es preciso recordar que poco tiene de virtuoso un modelo que aminora los principios humanos, el espíritu y los valores que deben garantizar la vida en sociedad de sus egresados.

Es urgente recuperar el pensamiento y la enseñanza con fines intelectuales. Alcanzar en los individuos las destrezas y los niveles motivacionales que garanticen la identificación de argumentos, el reconocimiento de relaciones importantes, la realización de inferencias correctas, la deducción de conclusiones en la búsqueda de la verdad, la defensa del criterio propio y su participación activa en la trasformación de las realidades que les apremian por ininteligibles que estas sean.

Cooperación, resultados serios, jerarquización, coordinación en la toma de decisiones, proyectos integradores en diversos sectores, logística, divulgación y transformación educativa, establecen puentes para abordar estos complejos asuntos.

De manera particular en Cuba, a los elementos apuntados se suman otros de notable importancia. Razones económico-sociales y tecnológicas han incidido en la disminución considerable de los profesionales de las ramas de ciencias sociales y humanísticas. En el año 2015 la matrícula de estos perfiles constituía solo el 10.7% del total de la Educación Superior en el país.

Unido a ello, el entorno migratorio, el envejecimiento poblacional y la movilidad hacia sectores económicos de mayor atracción, pueden caracterizar un panorama de resquebrajamiento del paradigma cubano de las humanidades y condicionar efectos notablemente negativos en el decursar de la Nación.

Formar ciudadanos con una visión acrítica de la contemporaneidad tendría un inestimable efecto sobre nuestra realidad ideológica y cultural. La meditación, el análisis, la vinculación de elementos aparentemente desarticulados, pero intrínsecamente concernidos entre sí, deben caracterizar el pensamiento social de los cubanos.

Para ello métodos, técnicas y enfoques provenientes de las ciencias sociales deben crecer y perfeccionarse. La publicación intencionada de obras con nuevos apuntes y de clásicos extintos de nuestras bibliotecas debe ser favorecida.

El efecto restringido de los debates, la forma en que se desvirtúan términos, corrientes y mensajes, la escasa utilización de los resultados de estos campos del saber en la vida cotidiana y en la toma de decisiones, deben revertirse para alcanzar en estas ciencias un desarrollo orgánico, estructurado y con posibilidades de diálogo frente a los escenarios actuales del país.

No será solo con enunciados que resolvamos el problema; se necesita pericia, seriedad e inmediatez en estos medulares propósitos. El pensamiento social debe reabsorber las esencias de los procesos espirituales, multiplicar creativamente la cotidianidad e introducir variados modelos de vida conectados con la esencia misma del modelo de hombre y sociedad nueva que aspiramos a construir.

Ensimismados por la virtualidad, relegados ante pantallas de equipos “inteligentes”; la mayor parte de los cavernícolas del siglo XXI no se apresta a decodificar el complejo mundo de las nano-cosas y de los sistemas de inteligencia artificial que reproducen la colonialidad en el saber y aumentan las distancias entre el centro y las periferias explotadas mediante el neocolonialismo cognitivo y mercantil.

Continuar este debate en las coyunturas actuales es cardinal, muchísimos son los impedimentos para desarrollar estos saberes y reforestar el pensamiento social. Ni análisis reduccionistas o teorías inconclusas, mucho menos reflexiones en 140 caracteres o sentimientos digitales, parecen avizorar las respuestas.

Necesitamos, por tanto, ciencias sociales que pongan a volar el conocimiento, que no se aten a categorías tradicionales ni sirvan de eslabón preconcebido para la expresión posmodernista de la cultura. Que descompongan el neoliberalismo y su representación como marco revolucionario. Que nos hagan crecer sostenidamente en nuestro empeño, brinden organicidad en las ideas, reformulen sistemas ideológicos y contribuyan a superar viejas y nuevas hegemonías.

(Tomado de la Jiribilla)

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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