Estados Unidos y las bases ideológicas del “trumpismo”: Conservadurismo, derecha radical y populismo *

 

 

   Jorge Hernández Martínez

 

      El triunfo electoral de Donald Trump en las elecciones  realizadas en los Estados Unidos el pasado 8 de noviembre y su ulterior toma de posesión como Presidente de ese país el 20 de enero ha estimulado la reflexión sobre los factores que determinaron ese acontecimiento, y colocado en el debate el tema del auge del movimiento conservador, del populismo, de las corrientes de extrema derecha, como reacciones de desencanto, rechazo y ajuste de cuentas con la política de la doble Administración Obama. Esa ofensiva ideológica cuestiona desde los años de 1980, bajo la llamada Revolución Conservadora, con Reagan, al liberalismo tradicional y a las prácticas de gobiernos demócratas. Al terminar el decenio de 2010, a ello se  agrega el disgusto de sectores de la clase media blanca, protestante –afectada desde el punto de vista socioeconómico con Obama–, cuyos resentimientos se enfocaban no sólo contra el gobierno demócrata que terminaba su mandato, sino de modo específico contra la figura presidencial en el plano personal –un hombre de piel negra, de origen africano–, con beligerantes expresiones  de racismo y xenofobia que había anticipado el Tea Party y que Trump retoma con  fuerza, añadiendo una estridente nota de intolerancia étnica, misoginia, machismo, homofobia y sentimientos antiinmigrantes, con un discurso patriotero que afirma defender a los “olvidados”. A la vez, promete restaurar el espíritu de la nación, fortaleciendo el rol mundial de los Estados Unidos, a través de la consigna America First.

 

Los Estados Unidos han sido escenario de una prolongada crisis y de hondas transformaciones en la estructura de su sociedad y economía, llevando consigo importantes mutaciones tecnológicas, clasistas, demográficas, con expresiones también sensibles para las infraestructuras industriales y urbanas, los programas y servicios sociales gubernamentales, la cultura, la composición étnica y el papel de la nación en el mundo. Se trata de cambios graduales y acumulados, que durante más de  treinta años han modificado la fisonomía integral de la sociedad norteamericana. Sin embargo, a pesar de que en buena medida ha dejado de ser monocromática — simbolizada por la  exclusividad, como país, del prototipo del white-anglosaxon-protestant (wasp)–, y se puede calificar de multicultural multirracial y multiétnica, ello no significa que se haya diluido o mucho menos, perdido, esa naturaleza, de una clase media cuyas representaciones son esencialmente conservadoras. Sin ignorar la heterogénea estructura clasista estadounidense, conformada por la gran burguesía monopolista, la oligarquía financiera, la clase obrera, los trabajadores de servicios, un amplio sector asociado al desempleo, subempleo y la marginalidad, junto al granjero — cual singular expresión del hombre de campo–, acompañada de las correspondientes representaciones ideológicas y psicológicas, es aquella la simbología cultural que presentan los textos de historia, la literatura, el cine y la prensa.

 

Es importante esta precisión en la medida en que, con frecuencia, se le atribuye a la sociedad norteamericana un perfil tan cambiante y cambiado que se absolutizan sus  transformaciones, perdiéndose de vista factores de continuidad. Ello ha llevado a interpretaciones como las que a partir del lugar creciente de las llamadas minorías –como los latinos y los negros–, estimaron que en las elecciones de 2016, las bases sociales y electorales del partido demócrata estaban garantizadas, y auguraban  una victoria segura a Hilary Clinton. Desde esa perspectiva, se concluía con cierto simplismo que en esa sociedad ya existían las condiciones que hacían posible que luego de que un hombre de piel negra ocupara la Casa Blanca durante ocho años, ahora era el turno de una mujer.

 

Con otras palabras, si bien la mayoría de los pronósticos y sondeos de opinión apuntaban con elevados porcentajes de certeza hacia el triunfo demócrata, existía un entramado objetivo de condiciones y factores –insuficientemente ponderado, cuando no ignorado–, que permitía vaticinar la derrota demócrata y el retorno republicano a la Casa Blanca. Ese trasfondo tenía que ver con la crisis que define a la sociedad norteamericana, como ya se indicaba, durante ya más de tres décadas, la cual no sólo se ha mantenido, en medio de parciales recuperaciones –sobre todo en el ámbito económico, propagandístico y tecnológico-militar–, sino que se ha profundizado entre intermitencias y altibajos, en el terreno cultural, político e ideológico. En un lúcido y conocido análisis, Michael Moore se anticipaba a visualizar el resultado de la elección presidencial de 2016[i]. Asimismo, Noam  Chomsky aportaba claves analíticas, cuando muchos meses atrás, al referirse a las primarias, señalaba que “haciendo a un lado elementos racistas, ultranacionalistas y fundamentalistas religiosos (que no son menores), los partidarios de Trump son en su mayoría blancos de clase media baja, de las clase trabajadoras, y con menor educación,  gente que ha sido olvidada durante los años liberales”[ii]. De ese modo, llamaba la atención hacia las bases sociales que podía capitalizar el candidato republicano.

Trump, inicialmente subestimado e incluso satirizado desde el inicio de las primarias, al ser considerado como una burda expresión del voluntarismo de un empresario narcisista, con un discurso anti establishment (probablemente determinado más por oportunismo pragmático que por convicción ideológica) terminó imponiéndose como catalizador del malestar entre aquellos sectores del electorado cuyas condiciones de vida y trabajo se habían visto afectadas  en las últimas décadas. Y al convertirse en el candidato oficial deñ Partido Republicano, en la convención nacional, a pesar de su discurso conservador, con matices de extrema derecha y un populismo recargado, pasó a ser considerado como un riesgo para el establishment, inclusive por republicanos tradicionales. El proceso estimula a examinar el contexto y las bases ideológicas del “trumpismo”.

 

El “fenómeno Trump” y la crisis norteamericana

 

En el contexto de la doble Administración Obama se profundizó el resentimiento y el enojo de ese sector, integrado por  personas blancas, adultas, que fueron  golpeadas por la crisis de 2008 y sus secuelas, a los que se identifica como trabajadores de “cuello azul”: individuos con bajos niveles educativos, que perdieron sus casas, sus empleos, cuyos problemas no fueron resueltos ni atendidos por el gobierno demócrata. Trump fue electo por el voto mayoritario del Colegio Electoral, que no fue coincidente, como se sabe, con la votación popular. Se apoyó en esa base social, creó chivos expiatorios y con habilidad logró manipular y captar el apoyo y el voto de ese sector, prometiéndoles que nunca más serían olvidados. Así, lo que a través de la prensa se ha identificado como “el fenómeno Trump”, se explica en buena medida a partir del rechazo a los partidos y políticos tradicionales, pero sobre todo, al resentimiento acumulado –impregnado de una cultura racista, machista y patriarcal–  contra un gobierno encabezado por un Presidente negro y ante la posibilidad de que le sucediera en el cargo una mujer. A ello se añadían otros elementos subjetivos, como los derivados de una crisis de credibilidad y confianza más amplia.

 

Trump ha representado un estilo inédito en los procesos electorales en los Estados Unidos. Su discurso demagógico ha prometido empoderar, con aliento nacionalista  proteccionista, al empresario capitalista y al trabajador con precariedad de empleo, quienes le exigirán que cumpla con sus promesas nacionalistas. Ha declarado personas  non gratas a quienes no reúnen las características estereotipadas del wasp, que ha creado el cine de Hollywood, la historieta gráfica y el serial televisivo en torno a la familia norteamericana: blanca, de clase media, disciplinada, individualista, protestante[iii]. En la sociedad norteamericana ya existe una cultura política marcada por una concepción hegemónica en torno a los “diferentes”, es decir, las llamadas minorías que en el lenguaje posmoderno son calificadas y consideradas como los “otros”. Trump apela a la visión racista, excluyente, discriminatoria, que el politólogo conservador Samuel P. Huntington estableció en sus escritos tristemente célebres, que argumentaban la amenaza que a la identidad nacional y a la cultura tradicional estadounidense, de origen anglosajón, entrañaba la otredad, encarnada en la presencia intrusa hispano-parlante de los migrantes latinoamericanos[iv].

 

La plataforma que acompañó a Trump tuvo un antecedente no sólo en las propuestas de la nueva derecha que impulsaron, junto a otras corrientes, a la Revolución Conservadora en los años de 1980, sino en el movimiento en ascenso –de inspiración populista, nativista, racista, xenófoba–,  encarnadas luego en el Tea Party. Como contrapartida, descolló la tendencia encarnada por Bernie Sanders, identificada como radical y socialista, que tenía como antecedente al movimiento Ocuppy Wall Street, exponente de una orientación de inconformidad y rechazo ante la oligarquía financiera, que no logró constituirse como fuerza política que rompiese el equilibrio  establecido por el sistema bipartidista ni el predominio ideológico del conservadurismo. Este fenómeno, efímero, pero significativo, respondía al mismo contexto en que nacieron el Tea Party y el “fenómeno Trump”.

 

       El movimiento conservador cuyo desarrollo se ha hizo notablemente visible al comenzar la campaña electoral a inicios de 2016, alimentado por el resentimiento  de una rencorosa clase media empobrecida y por la beligerancia de sectores políticos que se apartan de las posturas tradicionales del  partido republicano, rompe los moldes establecidos, evoca un nacionalismo chauvinista, un sentimiento patriotero, acompañado de reacciones casi fanáticas de intolerancia  xenófoba, racista, misógina. Es la voz de esa clase media que se considera afectada y hasta herida, reacciona contra lo que simboliza sus males e identifica como amenazas o enemigos: los inmigrantes, las minorías étnicas y raciales, los políticos tradicionales. Intenta reducir la competencia, que considera injusta, propone medidas proteccionistas, se opone a los tratados de libre comercio y pretende que los Estados Unidos sean la nación del sueño americano. Pero sólo para los verdaderos norteamericanos. A esos votantes movilizó Trump.

 

     En la sociedad norteamericana de hoy se han hecho más intensas y profundas las fisuras en el sistema bipartidista.  Luego de la inimaginable elección de un presidente negro en 2008, ahora se asistió a la no menos inusitada nominación de una mujer presidenciable, con imagen de político tradicional, y de un hombre anti-establishment, cuya proyección totalmente escandalosa, irreverente, iconoclasta, herética, desvergonzada, le hacían ver como no presidenciable.

 

A pesar de la tardía conciencia de los republicanos tradicionalistas por salvar la imagen y la coherencia de su partido y de la búsqueda de alternativas,  se impuso la figura de Trump, con su retórica demagógica y expresiones fanáticas de xenofobia, espíritu anti inmigrante, intolerancia, excentricismo e incitación a la violencia. Los esfuerzos de los republicanos tradicionales y de los neoconservadores  por presentar opciones a Trump dejaron claro tanto la polarización al interior del partido, como el hecho de que no se sentían reconocidos con su figura ni con el ideario que pregonaba. No debe perderse de vista que en el partido republicano coexisten grupos muy diversos, con posiciones hasta encontradas, como los conservadores ortodoxos, los variados e inconexos grupos del Tea Party, los cristianos evangélicos, los libertarios y los neoconservadores, siendo estos últimos los principales críticos de Trump, que inclinaron sus preferencias hacia el partido demócrata.

 

     La cristalización de Trump como precandidato republicano y su desenvolvimiento ulterior hasta la nominación como candidato y elección como Presidente constituye un fenómeno político que emerge a partir de una crisis que trasciende la de los partidos políticos en los  Estados Unidos. Trump proviene de un fenómeno que tiene antecedentes desde las épocas de los años de 1960 y 1970, cuando surge lo que se conocería como la nueva derecha y que después se va concretizando cada vez más en lo que se plasmó en la coalición conservadora que floreció en la dé cada de 1980, y en el siglo XXI en el Tea Party.

 

Como apuntó Francis Fukuyama, “Trump brillantemente consiguió movilizar la parcela descuidada e insuficientemente representada del electorado, la clase trabajadora blanca, y empujó su agenda a la cima de las prioridades del país. Sin embargo, ahora tendrá que entregar, aquí es donde radica el problema. Ha identificado dos asuntos muy reales en la política norteamericana: el aumento de la desigualdad, que ha golpeado muy duro a la vieja clase obrera, y la captura del sistema político por grupos de interés bien organizados. Desafortunadamente, él no tiene un plan para resolver ninguno de estos problemas”[v].

 

Conservadurismo, derecha radical y populismo

 

La sociedad estadounidense tradicionalmente ha sido muy conservadora, y bajo la influencia de la citada Revolución conservadora,  vive un auge de esa orientación ideológica. El “trumpismo”, como se le está denominando a la línea de pensamiento y acción que promueve el actual Presidente, recibe tanto las etiquetas de conservadurismo como las de extremismo derechista y de populismo. ¿Se trata de lo mismo?. ¿Cuál es su relación y qué tienen de común y de diferente?. Quizás sea oportuno reflexionar sobre los antecedentes, bases y expresiones ideológicas del “trumpismo”.

 

Esas tres tendencias no son idénticas, si bien comparten no pocos elementos y mantienen estrechas interrelaciones, pudiendo afirmarse que de ellas es el conservadurismo la más general, como corriente que a manera de sombrilla cobija a orientaciones diversas, entre las cuales se encuentran las posiciones de derecha radical, las que a su vez tienden puentes al populismo. En el marco ideológico de la nueva Administración se conjugan las tres tendencias.

 

El conservadurismo coexiste con el liberalismo dentro del espectro tradicional, en líneas generales, de la ideología burguesa en el capitalismo contemporáneo. Y en el caso de los Estados Unidos, por razones históricas –a diferencia de la situación en Europa y América Latina–, comparten incluso ciertos rasgos fundamentales. El conservadurismo responde al imaginario de la burguesía elitista y proteccionista. La derecha radical refleja posiciones de la clase media, es una expresión conservadora muy específica, diferenciada de otras, como el conservadurismo tradicional y el neoconservadurismo, por la agresividad y el dogmatismo de su discurso y acciones, y al tratarse de una tendencia extremista, se ubica en los límites del espectro mencionado, sobrepasándolo con frecuencia y siendo rechazada incluso por el resto de los conservadores. Habitualmente, se superpone con las expresiones fundamentalistas, fanáticas, de la derecha evangélica, que defienden la moral puritana, y es profundamente anticomunista.  El populismo norteamericano, por su parte, se inscribe generalmente en un expediente ideológico de derecha radical, del cual no se separa en su visión general del mundo, pero restringiendo su proyección a la defensa de lo que considera como “el pueblo”, asumido en términos un tanto difusos, confusos,  con un sentido nostálgico que evoca los ambientes rurales, de los tradicionales granjeros, los sectores populares; el populismo recupera la narrativa de la ética protestante, laboriosidad, individualismo e identidad cultural norteamericana. Rechaza a los extranjeros, a los inmigrantes, a los judíos y a los católicos, a quienes no hablan inglés, y justifica la violencia física para enfrentar esas esos “enemigos” del pueblo estadounidense. El populismo opera, como ideología, a nivel de la gente común.

 

El pensamiento conservador ha permanecido como una constante dentro de la vida y el debate político estadounidense, compartiendo su existencia con la más arraigada tradición liberal, debido a que desde sus orígenes, las raíces de ambas posturas hallan su legitimidad en las concepciones individualistas, libre-empresariales y recelosas frente a la función del Estado, en consonancia con la teoría política demoliberal en su sentido más amplio. Sin embargo, ese pensamiento en los Estados Unidos dista mucho de tener las características propias del conservadurismo clásico, como por ejemplo, el europeo.

 

Así, en tanto que la mayoría de las corrientes conservadoras, como las que se simbolizan con el establishment  republicano o lo que se conoce como el GOP (Grand Old Party),  asumen manifestaciones moderadas que encuentran cabida  dentro de las instituciones políticas establecidas, dotadas de una plataforma política coherente, la derecha radical surge en circunstancias de crisis, como movimientos violentos o inusuales por su marcado extremismo. Aunque comparten con los conservadores  orientaciones ideológicas, los grupos de derecha radical, como Americans for Conservative Union, National Rifle Association, Moral Majority, John Birch society, se diferencian de éstos por su exagerado énfasis en la autoridad y el intenso nacionalismo, que olvidan las reglas y normas que el modelo demoliberal impone al sistema político, y actúan generalmente fuera de sus límites. Han sido considerados como irracionales, extremistas, fruto de la desesperación, carentes de un proyecto político integrado y una viabilidad social limitada en condiciones de normalidad o ausencia de crisis.

 

El populismo se ha expresado en la sociedad norteamericana con extrema virulencia contra lo que considera como amenazas, con vasos comunicantes con la derecha radical, con la cual está entretejida, con una base originalmente sureña, anterior inclusive a la guerra civil, y un ideario de ribetes fascistas, fuertemente discriminatorios, nativistas, racistas, xenófobos, machistas y homofóbicos, con una agenda promotora de odio, enojo y resentimiento. La Sociedad John Birch, por ejemplo, es un exponente de la derecha radical, articulada en torno al anticomunismo, pero no posee una impronta populista.Los Know Nothing y el Ku Klux Klan han sido organizaciones típicamente populistas.  El Tea Party, que constituye de cierta manera el antecesor ideológico más cercano a la retórica de Trump, comparte rasgos de una y de otra

 

En resumen, en el “trumpismo” –al despertar a una nación tradicionalista, nacionalista y temerosa, avivando sentimientos de ira, revancha y recuperación de un pasado–  coexisten y se combinan elementos del conservadurismo, de la derecha radical y del populismo, asumiendo que no deben asumirse estas corrientes como excluyentes o contradictorias, sino como complementarias, aunque no siempre armoniosas. Su implementación en la práctica, más allá del discurso y apariencias, desde luego, está aún por verse.

 

La coyuntura electoral de 2016

 

El desarrollo de las elecciones de 2016 en los Estados Unidos, desde las primarias y   las convenciones partidistas hasta los resultados de los comicios del 8 de noviembre, puso de manifiesto con perfiles más acentuados, como ha ocurrido en situaciones similares en anteriores etapas de la historia norteamericana reciente, la crisis que vive el país desde la década de 1980 y que se ha hecho visible de modo sostenido, con ciertas pausas, más allá de las coyunturas electorales. La pugna política entre demócratas y republicanos, así como las divisiones ideológicas internas dentro de ambos partidos, junto a la búsqueda de un nuevo rumbo o  proyecto de nación, definió la campaña presidencial, profundizando la transición inconclusa en los patrones tradicionales que hasta la denominada Revolución Conservadora caracterizaban el imaginario, la cultura y el mainstream político-ideológico de la sociedad norteamericana. Esa transición se troquela en torno a la relación Estado/sociedad/mercado/individuo, teniendo como eje  la redefinición del nexo entre lo privado y lo público, entre economía y política. De ahí que la crisis no se restrinja a una u otra dimensión, sino que se trate de una conmoción integral, que es transversal, de naturaleza moral, cultural, y que en sus expresiones actuales, no sea ni un fenómeno totalmente novedoso ni sorprendente.

 

Los procesos electorales que tienen lugar en ese país al finalizar el siglo XX y los que acontecen durante la década y media transcurrida en el XXI (las de 2004, 2008, 2012 y 2016), han reflejado una penetrante crisis que trasciende el ámbito económico, se expresa en el sistema político y además, en la cultura.

 

En el marco de la citada Revolución Conservadora se resquebrajó la imagen mundial que ofrecían los Estados Unidos como sociedad en la que el liberalismo se expresaba de manera ejemplar, emblemática, al ganar creciente presencia el movimiento conservador que se articuló como reacción ante las diversas crisis que se manifestaron desde mediados de la década precedente, y que respaldó la campaña presidencial de Ronald Reagan, como candidato republicano victorioso. Con ello se evidenciaba el agotamiento del proyecto nacional que en la sociedad norteamericana se había establecido desde los tiempos del New Deal, y concluía el predominio del liberalismo, conformando un arco de crisis que trascendía los efectos del escándalo Watergate, la recesión económica de 1974-76, el síndrome de Vietnam y los reveses internacionales que impactaron entonces la política exterior de los Estados Unidos.

 

Así, el conservadurismo aparecería como una opción que, para no pocos autores, constituía una especie de sorpresa, al considerarle como una ruptura del mainstream cultural, signado por el pensamiento y la tradición política liberal. En la medida en que el país era concebido en términos de los mitos fundacionales que acompañaron la formación de la nación, y percibido como la cuna y como modelo del liberalismo, el hecho de que se registrara su quiebra era un hecho sin precedentes en la historia norteamericana.

 

Las expectativas que se crearon desde los comicios de 2008 y de 2012, cuando Obama se proyectaba como candidato demócrata, esgrimiendo primero la consigna del cambio (change) y luego la de seguir adelante (go forward), formulando  las promesas que en su mayoría no cumplió, son expresión de lo anterior, a partir de la frustración que provocara la falta de correspondencia entre su retórica y su real desempeño en su doble período de gobierno,junto a otros acontecimientos traumáticos que conllevaron afectaciones en la credibilidad y confianza popular, como las impactantes filtraciones de más de 250 mil documentos del Departamento de Estado a través de Wikileaks.  De hecho, si bien las proyecciones político-ideológicas de Obama desde sus campañas presidenciales en 2008 y 2012 sugerían un retorno liberal, en la práctica su desempeño nunca cristalizó en un renacimiento del proyecto liberal tradicional, el cual también parece estar agotado o haber perdido funcionalidad cultural.

 

La cartografía electoral de 2016 en los Estados Unidos fue el fruto de un cambio significativo producido por el ascenso del puritanismo conservador. Ese proceso ideológico impactó el sentido y contenido de la campaña electoral. Lo que se conoce como la videopolítica, o la tecnopolítica, se enfocaron en las emociones, subyugando así la mercadotecnia electoral, que tradicionalmente se orientaba por el rational y el public choice. Trump marcó esta tendencia, en buena medida, a partir del empleo  de una campaña de contraste, que atrajo y polarizó la agenda de su adversaria –Hilary Clinton–  hacia el discurso de Trump, aúnque él contó con relativamente menores recursos financieros publicitarios. Así, los resultados electorales produjeron un complejo mapa cuyo trasfondo no dependió de las tradicionales variables socioeconómicas referentes a tendencias generales del salario, del empleo, de la educación, de la salud. La sociología electoral, tan funcional en los estudios sobre procesos eleccionarios en los Estados Unidos, no es capaz de registrar el impacto incierto y volátil de la crisis global y sistémica en torno al debate sobre la desigualdad social: ¿cómo medir el fanatismo, el enojo de las personas que perdieron su casa y su empleo, el empobrecimiento y deterioro de la clase media transformados en desconfianza o desapego del sistema político?. Junto con la desafección política expresada en el tradicional abstencionismo y el desencanto frente a ambos candidatos presidenciales, de electores que no creyeron en el voto útil por “el menos peor”, habría que buscar la explicación en la incapacidad del sistema político para procesar el desacuerdo, en la creación de una cultura política sobre el populismo de origen puritano, “nativista”, que hizo creer en Trump como portador de soluciones para un electorado focalizado estratégicamente desde una matriz interna de la colonialidad del poder. Racismo, machismo patriarcal, caudillismo de corte mesiánico. La salvación de unos frente a la discriminación y exclusión de otros[vi].

 

Los Estados Unidos han dejado de ser hace tiempo el país que los norteamericanos creen que es, o dicen que es. Las contradicciones en que ha vivido y vive hoy, en términos ideológicos y partidistas no pueden ya ser sostenidas ni expresadas por la simple retórica. Escapan a la manipulación discursiva tradicional –mediática, gubernamental, política–, y colocan al sistema  ante dilemas que los partidos, con sus rivalidades, no están en capacidad de enfrentar, y que no llegan a cristalizar en un nuevo consenso nacional. Aquí radican los retos que en el plano ideológico y sociopolítico debe enfrentar el “trumpismo” con su lenguaje basado en el resentimiento, difícil de encasillar en una corriente ideológica específica, si bien se nutre, según se ha argumentado, de una mezcla ecléctica de conservadurismo, extremismo de derecha radical y de populismo nativista. Y que, a la vez, apela a la filosofía del Destino Manifiesto, a través del nuevo slogan chauvinista, patriotero, America First, dirigido a devolverle a los Estados Unidos su rol mesiánico en la arena mundial, y a reparar las grietas en la autoestima de la nación.

 

* Ponencia presentada en el Taller “Estados Unidos en la era Trump: Amenazas a la paz mundial y signficado para América Latina y Cuba”, realizado en el Movimiento Cubano por la Paz el 30 de marzo de 2017..

Sociólogo y politólogo. Investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos  y Presidente de la Cátedra “Nuestra América”, de la Universidad de La Habana.

Tomado de boletín se Dice Cubano, no 20, http://www.uneac.org.cu/publicaciones/se-dice-cubano

[i] Véase Michael Moore, “El próximo presidente de EEUU será Donald Trump”, en:http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/07/29/michael-moore-el-proximo-presidente-de-eeuu-sera-donald-trump/#.WCOyd9UrPcc

[ii] Noam Chomsky, “Trump es el triunfo de una sociedad quebrada”, en La Jornada, www.jornada.unam.mx, 24 de febrero de 2016.

[iii] Véase Marco A. Gandásegui (hijo), “EE UU, elecciones 2016”, en Dossier Especial sobre Elecciones USA, en el sitio web de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS): sociología-alas.org.

[iv] Veáse Samuel P. Huntington, ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense., Editorial Paidós, México, 2004.

[v] Francis Fukuyama, “Trump and American Political Decay. After the 2016 Election”, en Foreign Affairs, 9 de noviembre , https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2016-11-09/trump-and-american-political-decay.

 

[vi] Véase Jaime Preciado Coronado, “Entre el desacuerdo y el fascismo societal invertido. Elecciones e imaginario democrático en Estados Unidos”, en Dossier Especial sobre Elecciones USA, en el sitio web de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS): sociología-alas.org.

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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