Sombras, confluencias y dispersiones en primeros cien días de Trump.

 

Luis René Fernández Tabío y Hassan Pérez Casabona⃰

Si bien es un análisis que se erige sobre bases y hechos en modo alguno definitorios, representa una práctica generalizada a escala global llevar a cabo una disección del ejercicio presidencial, una vez estas figuras arriban al centenar de días al frente de sus respectivos aparatos gubernamentales. En el caso estadounidense dicho proceder es también una tradición de larga data que se remonta a la etapa de Franklin D. Roosevelt quien prometió –y logró– cumplir con una serie de iniciativas de emergencia durante ese lapso de tiempo, para contrarrestar los efectos de la Gran Depresión.

Se trata a todas luces de un ejercicio simbólico de utilidad pero que, es válido reiterarlo, no puede asumirse, por disímiles razones, como proyección concluyente de la figura examinada ni de las tendencias que marcará su presidencia. Esa precisión, aunque a simple vista no parece compleja de comprender, es violentada frecuentemente en valoraciones de diverso corte, las cuales tratan de fijar –bajo claros perfiles propagandísticos- la idea de que todo, o al menos lo más importante, se explica con el desempeño de los mandatarios en los poco más de tres meses que transcurrieron desde sus investiduras.

Unido a la brevedad en el desempeño  de sus funciones (para un mandato de cuatro años, como el de Donald Trump, cien días –cumplidos el sábado 29 de abril-  entraña lo mismo que un maratonista recorra apenas 2, 89 kilómetros de los 42 km y 195 metros pactados en la competencia; un lanzador no saque aún el segundo out del primer inning de un partido de  béisbol o que, en términos cinematográficos, veamos solo los 37 minutos iniciales de El Padrino de Francis Ford Copola, cuya saga de tres partes -más allá de los dieciocho años que mediaron entre la exhibición de la primera de ellas en 1972 y el epilogo exhibido en 1990, producida en todos los casos por la Paramount Pictures- suman en conjunto 538 minutos) está el lastre –para quienes se aferran a emitir vaticinios definitorios- de ignorar mutaciones, reacomodos y ajustes, estructurales y de proyección (lo que tampoco niega persistencias y reiteraciones visualizadas desde la apertura) que se producen concluido el periodo de arrancada, motivado por la combinación de las más diversas causas internas y externas, esta últimas tanto en el plano regional como de alcance planetario.

En otras palabras, lo más sensato es asumir la convocatoria como botón de muestra (sin atrincheramientos ni especulaciones) y tratar de desentrañar, con las herramientas disponibles, en qué medida la puesta en marcha contiene claves que se afianzarán hasta el ocaso de ese equipo de gobierno. Esa es en última instancia la tarea principal: desbrozar en lo posible la hojarasca relacionada con cuestiones circunstanciales y determinar aquellos aspectos que sí parecieran reflejar la médula en el comportamiento de quienes detentan la más alta responsabilidad dentro de los Estados Unidos en la etapa actual.

  1. Volver atrás, ¿cómo explicar lo inesperado?

A pesar del barraje informativo que generó la más reciente contienda presidencial estadounidense, queda aún mucho por analizar sobre la manera en que se condujo el candidato republicano y las causas que motivaron que una figura tan controversial, con el rechazo de la cúpula de su propia maquinaria partidista, se levantara a la postre como vencedor.

Es cierto que su “triunfo”  (luego de recibir casi tres millones de votos menos que su oponente demócrata Hillary Clinton) es únicamente explicable en apego a las vetustas y anacrónicas reglas del Colegio Electoral, pero también lo es que en base a dichas regulaciones de juego, Trump logró hilvanar una certera estrategia, que le permitió asegurar la puntuación necesaria en los estados claves dentro de la disputa. [i]

Su poco ortodoxa manera de comunicación (más a tono con el lenguaje de los reality show y otros programas televisivos en los que el magnate inmobiliario acumula vasta experiencia) estuvo aderezada, de principio a fin, con afirmaciones inverosímiles en cuanto a su concreción, pero atractivas para los oídos de una parte del electorado hastiada de los políticos tradicionales. [ii]

Trump logró cebar su carrera hacia las inmediaciones del Potomac sobre muchos de los descontentos y resentimientos de una parte considerable de la población que percibe, desde hace bastante tiempo, que el proyecto de país preconfigurado desde la etapa de los Padres Fundadores presenta cada vez más contradicciones expresadas en el rechazo al establecimiento político y en un importante abstencionismo crónico.

Esos sectores, educados en la idea de que el alma de la nación gira en torno a los valores asociados a los WASP (blancos, protestantes y anglosajones, por sus siglas en inglés) identificaron en el controvertido multimillonario neoyorquino la figura capaz de restablecer, en alguna medida, la manera de edificar su país y “rescatar” así lo más hondo dentro de ese imaginario profundamente excluyente y discriminatorio, que no tolera el ascenso dentro del tejido social que vienen experimentando en las pasadas décadas otras culturas (la hispánica en primer lugar) con el consiguiente impacto en el resto de los ámbitos políticos y sociales.

Esos grupos no perdonaron nunca que un afrodescendiente ocupara el Despacho Oval y, con la convicción de tomar revancha desde el mismísimo 2008 en que se impuso Barack Obama, fueron maquinando estrategias, en la media que se incrementaba la frustración. Ese coctel potencialmente incendiario -dentro de una sociedad que en general elevó a niveles sin precedentes lo que se denomina la “cultura del miedo”- se atizó con los efectos de la crisis económica ocurrida entre el 2007 y el 2009, cuyas reminiscencias continúan latentes en múltiples dimensiones, con independencia de la recuperación relativa de varios indicadores macroeconómicos.

La hora de tomar revancha (propósito cardinal de aquellos conglomerados que cobran cuerpo en base a odios de cualquier índole) llegó para esos estamentos en los comicios del 2016, acelerada además con el hecho de que, en la tribuna opuesta, se parapetó una de las figuras que probablemente mejor encarnó en los últimos cincuenta años el establishment tradicional, que tanto rechazo despierta en muchos electores.

A la larga los portadores de esa visión segregacionista (en éxtasis ante la formulación de Trump de America First y Make Great America Again) se vieron favorecidos por la permanencia dentro de la sociedad de profundos flagelos, que eran presentados erróneamente como resueltos tanto por una parte del discurso político como por representantes del sector académico. El cacareado hecho de que un hombre negro condujera los destinos de la nación obnubiló a muchos,  los cuales se recrearon en la idea de la desaparición del racismo y la construcción de un país sobre bases más igualitarias.

Puro espejismo que se pulverizó en las urnas (en la vida real el incremento de los hechos de brutalidad policial contra la población negra, por solo citar un caso, no deja margen a dudas de la magnitud de esta problemática) reabriendo de paso un boquete que, como muchos otros, jamás cerró y el cual, por el contrario, se ahonda con las nuevas políticas divisionistas.

La historia, lo sabemos bien, no se escribe en modo subjuntivo (si esto no hubiera sucedido habría ocurrido tal cosa) pero es legítimo preguntarse cómo se habría comportado el campo de batalla, de qué manera reaccionarían los sectores contrapuestos a la tendencia principal o mainstrean,  y cuál sería el desenlace en la recta final, si se hubieran cruzado las caras Trump y Bernie Sanders. Los hechos demostraron con elocuencia que una parte significativa de los grupos que se ilusionaron y movilizaron en torno a la propuesta del senador por Vermont, no respaldaron la candidatura de la ex primera dama, una vez la convención demócrata la escogió como representante.

  1. Otros horizontes más allá de la victoria.

Queda claro que el actual mandatario de EE.UU. se inserta en una tendencia que desafortunadamente ganó espacio en esta centuria en varias naciones, de establecer un signo de igualdad entre las habilidades de determinados empresarios para conducir sus corporaciones y la posibilidad de hacer lo mismo como presidente. En otro momento explicamos (es útil insistir en ello) las líneas que conectan, por ejemplo, a Silvio Berlusconi, Ricardo Martinelli, Sebastián Piñera, Mauricio Macri y Donald Trump.

Son solo algunos de los que, luego de construir imperios financieros, mediáticos, bursátiles y de toda clase –obteniendo exorbitantes ganancias, valiéndose para ello, sin escrúpulo alguno de cuanta argucia pueda concebirse- se catapultaron al principal puesto estatal, con la promesa de convertir esa entidad en la más próspera de las actividades. Que lograran ocupar  ese puesto refleja, entre muchas aristas, la carencia de una cultura política de masas capaz de desenmascarar tamaña infamia y la inefectividad de las agrupaciones políticas de izquierda y de corte democrático-liberal de articular estrategias que impidieran el ascenso de estos personajes.

Cada uno de ellos –rodeado de asesores empeñados en “vender” su producto, aunque lo mismo deban elaborar una propuesta para convencer a los doce apóstoles en la Santa Cena que pactar con Adolfo Hitler- tuvo como vórtice en la etapa conducente al sufragio, presentar un discurso donde se habló de muchos males, sin explicar en rigor cómo resolverlos, al tiempo que azuzaban desaciertos del pasado y prometían reivindicaciones idílicas en esos frentes.

En el caso de Trump sus intervenciones se parapetaron desde posiciones ultranacionalistas  -desde la cuales arremetió incluso contra procesos instaurados dentro de la lógica imperial, imposibles de revertir con decretos unilaterales- las cuales hicieron diana en una parte del público, el cual responsabilizó de su retroceso en cuanto a estándares de vida a la globalización. Desconocieron con su respaldo al acaudalado empresario, que fueron precisamente hombres de la naturaleza de Trump los máximos impulsores en el pasado de trasladar fábricas al sudeste asiático, México y otras regiones, como parte de su voracidad en incrementar las ganancias, para los cuales las fronteras del estado-nación resultaban insuficientes.[iii]

Es algo que alertó Lenin desde las páginas de El imperialismo fase superior del capitalismo, en 1917, texto de absoluta vigencia desde el cual hay que partir para comprender lo acaecido en las últimas décadas. El capitalismo monopolista transnacional que se instauró está enfilado en erigir (con asiento en lo militar, ideológico y cultural como cierre y garante del poderío económico, piénsese solo en el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN o el Club Bildelberg) un sistema de relaciones globales donde los supra va en detrimento de lo nacional.  Es así que los intereses de las transnacionales tienen prioridad, por encima de lo meramente doméstico, y los acuerdos de libre comercio, y los megaproyectos de asociación, responden a lógicas donde los más fuertes incrementen su poderío.

De un lado, sintetizando, Trump arremetió contra proyectos como el TPP, Alianza Transpacífica (Trans – Pacific Partnership), el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnerships) y el  Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) en la misma media en que afirmaba traería de vuelta industrias manufactureras, y la automovilística. A la retórica antiinmigrante (cuya perla es la construcción de un muro pagado por los mexicanos) esbozó la posibilidad de replantearse, desde un prisma económico, la viabilidad de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), mientras que del otro señaló debía echarse por la borda la reforma de salud promulgada por su predecesor, conocida como Obamacare. Por si fuera poco, lo mismo elogió a Vladimir Putin que criticó con desafuero a China.

No puede negarse llamó la atención que un aspirante de la derecha, sin abordar en limpio la manera de ejecutarlos, incluyera en su morral tantos asuntos.  Al principio todo sonó como una broma (él no debía avanzar) pero después, consumada la victoria, se desataron las alarmas.

En realidad su proyección escénica (dado el carácter de jugoso espectáculo mediático de la lid electoral) respondió a una idea defendida por muchos y que sus asesores captaron estaba en consonancia con reclamos actuales: los temas había que presentarlos de manera simple, despojándolos de sustancia y rehuyendo cualquier enfoque rebuscado. Lo importante era establecer un puente con sus receptores de la manera más llana posible. Fue así que planteó la supuesta solución del problema de los inmigrantes con la idea “construir un muro”, y estructuró su plan económico bajo el mensaje de “traer de vuelta los empleos, dejar de entregar recursos por razones políticas y reformar el código de impuestos”. [iv]

Esa estratagema encontró como escenario un país profundamente fracturado, con nítidos  y potentes elementos contradictorios entre cada una de sus partes. Así como existe consenso de que, políticamente hablando, Estados Unidos no es un actor racional unificado, en materia de estilos y proyectos de vida (y los nexos que desde ellos se establecen con el resto de los asuntos) en el orden social está partido al menos en dos grandes bloques, con más diferencias entre ellos que las que existen entre una de esas partes y naciones enclavadas en distante geografía.

Trump, y sus consejeros, comprendieron con especial tino que es prácticamente un abismo lo que separa el desenvolvimiento cotidiano (y los imaginarios sobre los que cimentan sus ensoñaciones) de un ciudadano medio residente en grandes urbes como Nueva York, Chicago, Boston, o Los Ángeles de la actuación, desde una óptica integral, de un habitante de zonas rurales de Iowa, Nebraska, Texas o Arizona. Mientras que entre los primeros prevalece un tipo de educación y convivencia marcado por el espíritu cosmopolita que caracteriza a esos enclaves, los segundos se distinguen por el apego a un tradicionalismo feroz que hunde sus raíces en el supuesto excepcionalismo estadounidense (el cual sustentan desde el más furibundo mesianismo religioso) que tiende  a desconectarlos de lo que sucede más allá de sus poblados.  A esto hay que adicionar que  la composición de la población ha sido modificada y California, Hawái, Texas, Nuevo México y Washington DC, son estados donde la población latina o hispana es mayoría desde el 2015, aunque en la estadística nacional los “blancos” todavía representan el 62% y los latinos 18%.[v]

Aunque en el pasado este enfoque se circunscribía para hablar de similitudes entre republicanos y demócratas en correspondencia con la zona a la que pertenecían, incluso por encima de los enfoques partidistas, hoy es perceptible en toda su crudeza que, tienen muchos más puntos de contactos personas de Seattle o Filadelfia con londinenses y parisinos,  que con los ciudadanos de Oklahoma, Kansas, o Phoenix.

Para unos es importante el estudio de idiomas, el respeto a los que proceden de otras latitudes, la visita a museos e instituciones culturales (ya se sabe que pese a ello no todos podrán acceder a funciones del American Ballet Theatre o visitar el Carnegie Hall, por ejemplo), el trabajo comunitario o el apoyo a fundaciones con programas sociales. Los otros básicamente se empeñan por concluir la secundaria, casarse con alguien de su propia escuela, ver televisión, trasladarse en camioneta -o, mejor aún, en una Harley Davinson- y reunirse en el bar más cercano para compartir con los amigos de siempre, luego de asistir cada domingo a la iglesia, que sigue fungiendo como el epicentro de la comunidad. Las diferencias entre los dos bandos desbordan las cuestiones que antaño se contemplaban como esenciales a la hora de emitir un voto, pues son el resultado en última instancia de una división más profunda, que tiene su apoyatura en los desniveles económicos y sociales existentes. [vi]

Este grupo responde como un resorte ante lo que viene del exterior, porque sienten que,  potencialmente, los separa de las esencias con las que han sido formados en las últimas centurias, marcadas por la intolerancia a lo foráneo, partiendo de que lo suyo es incontrastablemente superior. Para ellos la fortaleza viene dada porque sus predecesores trabajaron 15 horas al día, y eso los dotó de un orgullo por el techo que levantaron y el plato de comida que sirvieron a la mesa.

Es una narración contada para exaltar al poderoso y denigrar al débil, a los perdedores (el peor insulto que se les hace y lo que “justifica” que no merezcan oportunidades, señalan) pues se regodean en que de la relación competitiva entre vencedores y derrotados ellos emergieron como garante de ese comportamiento, chovinista hasta la médula. Cada visión alternativa, en lo religioso, sexual o en cualquier otro campo es asumida como amenaza que desafía el status quo, la cual debe ser conjurada de inmediato. De igual manera, quien arriba desde fuera de sus coordenadas (geográficas y morales) es satanizado como perezoso, improductivo y retardatario, en aras de que sus intereses no se deterioren y continúen expandiéndose.

Ello explica, asimismo, la disposición de estos sectores a movilizarse con prontitud y eficacia a la hora de defender sus postulados. En esa línea superan a los grupos liberales, pues estos no se manifiestan con el férreo sentido unitario con que salen a los espacios públicos los primeros. El fervor con que se expresan dichas agrupaciones con una visión retrógrada (dígase la negación a aceptar el derecho al aborto o el cambio climático) refleja el carácter doctrinal que los articula.  Es algo sobre lo que alertaron algunos especialistas y que a la postre tuvo peso en los resultados del 8 de noviembre del 2016. [vii]

La manera en que se quebró el entretelón que funge de trasfondo a los vericuetos electorales –con tintes caricaturescos pero estampa viva de las asimetrías dentro de ese país- posee ramificaciones en las preferencias partidarias, aunque dilucidar esos vínculos no basta para capturar la totalidad de matices asociados al complejo panorama socioclasista estadounidense. [viii]

Todo ello fue aprovechado por el equipo de Trump, especialmente desde que añadió a su arsenal de campaña la utilización de valiosísimas informaciones y análisis suministrados por una empresa que también actuó en el episodio del BREXIT y que tiene como motor fundamental confeccionar perfiles de elevada exactitud sobre las personas, a partir del procesamiento de las respuestas de estos en las redes sociales. Dicho con otras palabras, por vez primera un candidato tuvo la oportunidad de diseñar mensajes personalizados a cualquier nivel (estado, ciudades, áreas, etc.) tomando como base la manera en que los mismos votantes se pronuncian sobre los más variados asuntos en Internet, superando así los empastes homogéneos tradicionales concebidos para las grandes agrupaciones. [ix]

El empleo de este sistema (que habría hecho palidecer al propio Julio Verne) revela la nulidad de privacidad en la vida de los seres humanos dentro del entramado capitalista, ahora puestas al descubierto desde una perspectiva aún más peligrosa. Se sabía que las transnacionales de la información accedían a datos sensibles de los usuarios y que, tanto correos electrónicos como llamadas telefónicas eran interceptadas por Echelon, Google y otros sistemas informáticos de inteligencia y compañías especializadas. Ahora, lo cual es todavía más dantesco, sale a la superficie el manejo de esa información con fines electorales pues, con nuestras propias respuestas a interrogantes aparentemente cándidas se coloca en manos de la élite financiera y política materia prima de inestimable valor para sus propósitos de manipulación del comportamiento humano, en beneficio de sus pretensiones en el ejercicio de poder. Por fortuna varios intelectuales colocan sin ambages el dedo sobre la yaga, en cuanto a la denuncia de estas aberraciones y la manera de contrarrestarlas. [x]

III ¿Continuidad o cambio? ¿Se inicia una nueva Era? ¿Estados Unidos se transforma en “Trumpolandia”?

Lo que ocurre en EE.UU. no puede examinarse al margen de sucesos acaecidos en el plano internacional. La gran crisis económica y financiera que tuvo lugar entre el 2007 – 2009 (superada únicamente por el cisma relacionado al crack de 1929) impactó con potencia dentro y fuera de ese territorio para transformar las relaciones económicas y políticas en el mundo, corroborando de esa manera la evidencia histórica de que las grandes  debacles económicas y financieras repercuten sobre todos los ámbitos de la sociedad.

A partir de ese momento, sin que sea posible detenerse en cada uno de estos asuntos, se combinaron una serie de situaciones entre las que resaltan el hecho de que terminó el “ciclo largo” de altos precios de las materias primas (el cual había sido empleado por diversos gobiernos del hemisferio para impulsar programas progresistas, democráticos, inclusivos  y en algunos casos de marcada orientación revolucionaria, si bien se desaprovechó dicha bonanza para llevar adelante modificaciones estructurales, más allá de políticas redistributivas, aspecto que en la actualidad tiene un efecto negativo a lo interno de la mayoría de esas naciones) y se  modificó la posición de Estados Unidos como dependiente de la importación de hidrocarburos, a partir de la incremento de su producción como resultado del uso de la fracturación hidraulica y la perforación horizontal.

A esto se añade que la Unión Europea es conmocionada por la combinación de efectos derivados de la interrelación entre  crisis económica / acentuación de las problemáticas migratorias, lo cual derivó en el  ascenso de “nacionalismos de derechas”, con algunos rasgos de un fascismo atemperado al momento actual (bastaría mencionar el auge de estas corrientes, por ejemplo, en Austria y Francia) al tiempo que China, cuyos ritmos de crecimiento parecían no tener fin, prácticamente desde que Den Xiaoping desató la política de reforma y apertura en 1978, ha visto reducido ese paso galopante (si bien siguen siendo índices de gran valor)  y se vio forzada a reorientar sus prioridades, en buena medida, hacia su gigantesco mercado interno como paliativo real ante la repercusión global de la crisis y la consiguiente reducción de sus volúmenes de  exportaciones.

En esta línea Trump fue presentado, un nuevo mito, como alguien independiente del sistema y portador de un cambio, exactamente el eje central sobre el que organizó su campaña Barack Obama en el 2008. Se remarcó, tanto por él como por los medios, que representaba una figura de rechazo al establecimiento institucional, cuestión que no es totalmente cierta, dada su condición de miembro de la oligarquía financiera y de la clase dominante, aunque no hubiera desempeñado en el pasado cargos políticos. De ningún modo debe aceptarse que sea un outsider – o por lo menos hay que relativizar esta interpretación–pues su vida en sí misma, y ascenso empresarial, es expresión tangible de las relaciones que se establecen en los marcos del modo de producción capitalista. En realidad, Trump valoró ser candidato a la presidencia estadounidense desde fecha tan temprano como 1999.[xi]

Pese a esas realidades, Trump comprendió que era extraordinariamente atractivo hilvanar un discurso (en el lenguaje práctico significa la posibilidad de captar votos) cuyas bujías eran la crítica a la institucionalidad imperante y la necesidad de su reconstrucción, teniendo como pivote posicionamientos ultranacionalistas a lo interno, los cuales se revierten en actitudes neoaislacionsitas en la arena foránea.

Es importante precisar que en la historia de EE.UU., prevaleció en las últimas décadas, en una primera etapa, el patrón liberal instaurado por el presidente Franklin Delano Roosevelt, el cual se asentó en la aplicación de políticas keynesianas que se estructuraron en torno al New Deal, mediante el cual sortearon los escollos provocados durante la Gran Depresión. A través de dicha era liberal transitaron igualmente por la II Guerra Mundial y edificaron la arquitectura del sistema financiero contemporáneo (que tiene su matriz en los Acuerdos de Bretton Woods, con el surgimiento del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial) y luego promovieron mecanismos de “Estado benefactor” en medio del Bipolarismo en las relaciones internacionales y los vaivenes de  la “Guerra Fría”, entre 1945- 1980.

La crisis de comienzo y mediados de la década de 1970, combinada con la caída de los precios del petróleo, el fiasco en todos los órdenes de la aventura guerrerista en Viet Nam (con niveles de endeudamiento siderales) y el quiebre unilateral del presidente Richard Nixon del sistema de patrón de cambio con el oro vigente hasta entonces, dando paso al reinado absoluto del dólar como moneda global fiduciaria, se convirtieron en caldo de cultivo para la irrupción de la “Contrarrevolución conservadora” iniciada por Ronald Reagan en 1981. La misma trajo una reversión del modelo liberal-keynesiano, abriendo las puertas a los Chicago Boys y sus políticas neoliberales, matizadas en la desregulación financiera, la privatización y la adoración sumisa al mercado como dios capaz de solventarlo todo. Más tarde sobrevendrían los Tratados de Libre Comercio TLCs de I y II orden, enfocados estos últimos en la llamada “integración profunda”. Estos acuerdos buscaban instituionaliar una especie de nuevo orden internacional dominado por la globalización neoliberal

Algunos estudiosos plantean que la historia estadounidense posee un carácter cíclico, a partir de la denominada  “Teoría de las generaciones”. William Strauss & Neil Howe, con el libro The Fourth Turning, se inscriben en esta línea, expresando que el elemento conductor estriba en que existe un ciclo de cuatro  fases, que se repite sucesivamente cuando las  “generaciones” caen en “crisis” y se ven obligadas a revelarse contra la institucionalidad existente. Ello sucede, en sus consideraciones, aproximadamente cada 80 años. [xii]

IV ¿Qué se sostiene entre el fin de la campañas y el comienzo del rodaje gubernamental?

Si repasásemos este trimestre inicial, a la hora de asumir posturas, por ejemplo, en la política interna, y en lo externo respecto a Rusia y a los conflictos internacionales, constataríamos que existe gran consistencia entre la dirección de sus acciones políticas y las promesas de campaña, si bien hay que recordar la complejidad del Gobierno  -que no es solo el Presidente- y las condiciones del ejercicio de esta presidencia en particular, marcada por conflictos, divisiones al interior de la clase política y falta de consenso. Se sabía que Trump confrontaría oposición dentro del Gobierno y con el propio Congreso, a pesar de estar integrado el mismo por una mayoría republicana.  No obstante, creemos que tomando en cuanta esos elementos y que en la política de Estados Unidos en general tiene un peso muy grande la tendencia a la continuidad, el Presidente Trump ha sido activo y consistente en sus temas de campaña referidos a frenar la entrada de inmigrantes, la construcción del muro en la frontera, el rechazo o revisión de la políticas de libre comercio y la búsqueda de fórmulas para atraer inversiones y aumentar en empleo, la construcción de los oleoductos Keystone y Dakota Acces y el desconocimiento de los tenues acuerdos sobre medio ambiente.

Ello no supone que sea exitoso en todo, ni que se cumplan literalmente sus enunciados, presentados con frecuencia de modo muy esquemático y simplista (desde el punto de vista práctico ya sufrió importantes reveses en la materialización de esas propuestas) pero si se pueden esperar cambios en la política estadounidense en varios aspectos, al tiempo que es perceptible su labor encaminada a cumplir sus promesas, aunque esté obligado a reformular el contenido y la presentación de varias de ellas.

En los casos de la proyección externa hacia China y Rusia, ciertamente, se aprecian ajustes en dirección a un mayor pragmatismo con China y reacomodos en la política con el archirrival europeo, para acercarse a las tendencias precedentes y evitar una mayor crisis interna y conflictos al seno de su gobierno, con figuras del más alto nivel, como el Secretario de Estado Rex Tillerson, el cual posee relaciones anteriores con la industria petrolera rusa, a partir de haberse desempeñado como CEO de Exxon Movile. No debe sorprender que se sigan observando comportamientos semejantes en el futuro, porque ellos se derivan de las situaciones reales en el plano internacional y la correlación de fuerzas, así como el empleo de mecanismos para compensar contradicciones internas en su gobierno o crisis políticas.

Las posturas ultra belicistas adoptadas con relación a Corea del Norte -desplazamiento incluido del portaviones nuclear Carl S. Vinson y el submarino de igual capacidad Michigan hacia la península- luego de los bombardeos en Siria (el 4 de abril dejaron caer 59 misiles en una base militar)  y Afganistán (el 13 de abril atacaron Kandahar con su bomba más potente no nuclear), además de convertirse en el asunto de mayor gravedad en esta etapa (es un hecho inequívoco la voluntad de la dirección política y militar de ese país asiático y de su pueblo de defender a cualquier precio su soberanía, apelando para ello a los recursos y medios a su disposición) confirman el peso del complejo militar industrial, tanto en la formulación como en la ejecución de la política exterior estadounidense.

Es importante que esta idea se interiorice, porque las declaraciones de Trump durante la campaña, en algunas de las cuestiones vinculadas con la maquinaria bélica, generaron confusión en diferentes sectores. En esencia, nunca se cuestionó la significación de la temática de la guerra -ni de la amenaza del uso de la misma como instrumento de valor estratégico dentro del establishment– sino que apenas se puso sobre el tapete la cuestión financiera en este campo, clara expresión asimismo de la preponderancia económica dentro del comportamiento del presidente Trump.

Esa fue el centro de sus valoraciones sobre la OTAN (nunca la desintegración  del bloque): el reclamo de la contribución del resto de los miembros, acorde a los reglamentos establecidos, o cuando a bordo del último portaviones nuclear construido señaló que le pidió a la empresa Boeing, un estudio de factibilidad con respecto a los aviones de combates que esta produce, a partir de considerar demasiado caros los F-35, a cargo de la Loocked Martin.  Para que no quede duda alguna, está su solicitud de incrementar en 54,000 millones de dólares el presupuesto consagrado al sector militar[xiii] respecto al de 2017, que ascendió a 587 mil millones de dólares, en la misma medida que planteó reducir el de la investigación científica.  Esa proposición desató el rechazo de la comunidad investigativa a escala global, la cual desfiló en 500 ciudades de todo el orbe bajo la consigna “Science, not silence”.

Con relación a las fuerzas que dentro y fuera de Estados Unidos frenaron de alguna manera los planes de Trump en esta etapa, es útil remarcar que las nuevas tendencias políticas conservadoras, nacionalistas y de derecha que él encarna tienen importante oposición interna, en los conservadores en general y dentro del partido republicano.  A ello se suma la natural oposición demócrata y de los sectores liberales y progresistas en ese país. Con independencia de esto no puede descartarse el impacto actual y futuro que tendrán sus acciones sobre esas mismas fuerzas, las que pueden redefinir alianzas, consensos y posturas sobre los distintos temas, aunque no se acepten los planteamientos más radicales de Trump, ya que algunos de ellos deban ser depurados y redefinidos.

Durante el breve período examinado, muchas decisiones y propuestas se han visto constreñidas o incluso rechazadas por la combinación de factores internos y externos. En el plano internacional su comportamiento confronta las realidades de las relaciones económicas, políticas y militares y de seguridad que no pueden ser pasadas por alto: la correlación de fuerza y la existencia de países, políticas y tendencias opuestas al imperialismo.  Asimismo se observan contradicciones al interior de las naciones imperialistas, y las mismas podrían alcanzar mayor significación en los próximos años en dependencia de los resultados en elecciones sobre todo en Europa.

Sin embargo, consideramos correcto identificar que el gobierno de Trump marca una etapa singular en esta etapa del desarrollo imperialista,  la que se caracterizará ajustes -y retrocesos en algunos campos-  de lo observado durante la globalización neoliberal.  No puede olvidarse que a lo largo de la historia, en el desarrollo del capitalismo, aunque la tendencia a la internacionalización ha sido en general dominante, han existido etapas en que debido a las crisis económicas, políticas y otras  contradicciones se han reflejado retrocesos en esta dirección, expresadas en guerras, aumento de manifestaciones de proteccionismo y ruptura, o ajuste en los procesos de integración precedentes.

Es importante consignar, de igual manera, que el presidente Trump añadió en estos meses un nuevo récord a su enrevesada trayectoria: recibir los niveles más bajo de aprobación popular desde 1945. Según una encuesta de Washington Post / ABC News, el magnate solo fue respaldado por el 42 % de las personas, muy por debajo del 69 % que recibió en igual momento de su mandato Barack Obama. [xiv]

En el caso de las relaciones con Cuba la retórica del Presidente y figuras principales oscilaron desde, coincidir con la política de su predecesor, aunque siempre diciendo que “habría negociado mejor”, hasta anuncios de revisión integral de la acciones establecidas durante los últimos dos años de la administración Obama, con la amenaza de llevarlas al pasado si el gobierno cubano no se pliega a sus demandas. [xv] Cualquier  escolar en la Mayor de las Antillas sabe que esas pretensiones de subordinación violan la soberanía e independencia de Cuba y no son objeto de negociación bilateral.  [xvi]

Cabe esperar que la revisión anunciada en Estados Unidos permita hacer entender las realidades en que se mueven nuestras difíciles relaciones aún lejos de la normalización, la cual es prácticamente imposible para muchos, o por lo menos difícil y lejana, lo que acrecienta la idea de trabajar por una “convivencia civilizada”. En cualquier caso, la historia enseña que aún en los momentos más álgidos dentro de la relación conflictual entre los dos países es posible encontrar oportunidades y canales para el diálogo. [xvii]

La razón de las modificaciones en las declaraciones políticas tienen que ver con las dificultades del gobierno de Trump de crear alianzas internas. En perspectiva, como en otros casos, la administración tendrá que considerar las situaciones reales, los intereses económicos y en materia de seguridad, así como los avances que se han logrado en el plano bilateral (relaciones diplomáticas, y aumento de los viajes, por ejemplo) al igual que haber arribado a un grupo de entendimientos sobre temas de interés común pero sensibles.

Ello nos hace valorar que, aunque no se puedan descartar tensiones y ciertos retrocesos (con el posible incremento de la retórica discursiva confrontacional por la parte estadounidense) no es lo más probable retroceda el estado de las relaciones, al clima que las caracterizó durante la administración W. Bush. Además, los acuerdos del 12 enero del 2017 en el tema migratorio (ocho días antes de su instauración en la Casa Blanca) son consistentes con la política manifestada por Trump.  En cuanto a la cuestión del empleo, existe consenso entre los expertos de ese país en que una eliminación del bloqueo permitiría crear hasta medio millón de nuevos puestos de trabajo en Estados Unidos y decenas de significativos negocios, en el  orden de los miles de millones de dólares en beneficios para sus empresas en agricultura, turismo, transporte y sector energético.

Las visitas a Cuba de senadores, congresistas, gobernadores, hombres de negocio y la reciente misiva suscrita por más de una docena de altos oficiales retirados (en las que solicitan al presidente proseguir en el camino conducente hacia la normalización de la relaciones con Cuba, pues es algo provechoso para los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos)  confirman la importancia que le confieren estas figuras a dar continuidad a la política iniciada durante la administración de Obama.  No puede decirse que sean acciones que determinen el rumbo del vector resultante de la política de Estados Unidos hacia Cuba, pero sin duda son expresiones positivas que influyen en ese proceso.  Estas personalidades, no perderlo de vista, forman parte, en distintos niveles, del entramado del gobierno, o son actores cercanos al mismo, por lo que tales acciones marcan posiciones políticas y señales a considerar para todos los agentes políticos.

En resumen, reconociendo el alto grado de incertidumbre asociado al ejercicio presidencial de Donald Trump, y meditando hacia donde se inclinaría la balanza en cuanto a la correlación continuidad-cambio, es preciso ratificar que, en líneas generales, en la historia política de ese país la continuidad es generalmente dominante, aunque ello no excluye que siempre existen factores de modificación.  He ahí la importancia de  aquilatar la profundidad de las transformaciones y el alcance de los mismos.

La continuidad, en cuanto a rasgos y tendencias, se expresa como límites estructurales internos y externos a las nuevas propuestas, las cuales  ya se reflejan parcialmente, aunque el resultado final sea incierto, lo que acentúa los altos niveles de impredecibilidad.  Recordemos que, tratándose del carácter de súper potencia de Estados Unidos, y su peso económico, financiero, militar y comunicacional cualquier pequeño ajuste en su politica interna o exterior, tiene grandes implicaciones sobre el sistema mundial, las cuales deben precisarse con mayor detalle.

Un clara muestra de cómo podrían irse resolviendo las dicotomías entre las promesas de campaña, el ejercicio gubernamental y las relaciones con otras ramas del sistema político es que el presidente mantiene el uso de la amenaza verbal como medio de negociación, pero también se “ajusta” según criterios realistas, balance de fuerzas, etc. El caso chino es un buen ejemplo, pues de la retórica en la contienda electoral (incluyendo la llamada a las autoridades de Taiwán) el inquilino de la Casa Blanca fue pródigo en elogios a la hora de recibir la visita del presidente Xi Jimping.

No obstante, no se debe subestimar su capacidad para el cambio, incluso de gran alcance, y trascendencia. Consideramos, concluyendo, que se moverá en las direcciones estratégicas esbozadas, tratando de hacer avanzar sus temas priorizados, aunque ello no supone el cumplimiento absoluto, tanto del discurso de campaña como de los que elabora en determinadas circunstancias. [xviii]

Fernández Tabío es Doctor en Ciencias Económicas y Profesor Titular del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana. Pérez Casabona es Licenciado en Historia, Especialista en Seguridad y Defensa Nacional y Profesor Auxiliar de la propia institución.

 

(Tomado de boletín se dice cubano de la UNEAC, no 20)

http://www.uneac.org.cu/publicaciones/se-dice-cubano

 

Referencias bibliográficas.

 

 

 

 

[i] Trump obtuvo 304 votos del Colegio Electoral, por 227 Clinton. Ello significó una clara victoria en este acápite, debido a que se necesitan 270 de los 538 establecidos para proclamarse triunfador. En relación con el respaldo popular el magnate recibió 62 millones, 955 mil 202 votos,  mientras que los de su rival se elevaron a la cifra a 65 millones, 794 mil 399. Ese respaldo implicó que Hillary superara al ahora presidente en 2 millones, 839 mil, 197 votos. Téngase en cuenta que la puntuación alcanzada por ella, a nivel de masas, es la segunda más alta de toda la historia de los comicios en su país, lo cual no fue suficiente para que se adjudicara la victoria. Solo la supera los 69 millones, 456 mil 897 que logró Barack Obama en el 2008, cuando derrotó al republicano John McCain, al que le sacó 9 millones, 522 mil 083 votos. En el 2012, Obama se agenció 65 millones, 446 mil 032 votos, superando a Mitt Romney en 4 millones, 856 mil 948 votos. Ver en: https://www.archives.gov/federal-register/electoral-college/2016/election-results.html

[ii] Puede consultarse el artículo de Tim Wu en el New York Times, “How Donald Trump Wins by Losing”, https://www.nytimes.com/2017/03/03/opinion/sunday/how-donald-trump-wins-by-losing.html

 

[iii] Las valoraciones de un reciente informe del Servicio de Investigaciones del Congreso de Estados Unidos (Congressional Research Service, CRS) no encontró evidencias concluyentes en cuanto a que las inversiones de las compañías estadounidenses en el exterior sean un factor principal en la localización del empleo fuera del país. James K. Jackson. “U.S. Direct Investment Abroad. Trends and Current Issues”. Congressional Research Service, Washington DC, March 21, 2017, p. 12.

[iv] Roger Stone, The Making of the President 2016, Skyhorse Publishing, New York, NY, 2017.  p. 29. ISBN: 9781510726925.

[v] Katy Steinmetz, “The Big One. How California is leading s state based movement to resist the Trump Administration”, Time, vol. 189, No. 5, 2017, p. 34.

[vi] La investigadora argentina Paula Lugones acaba de publicar, con la editorial Ariel, el libro Los Estados Unidos de Trump, en el cual se detiene en varias de los elementos que separan hoy a los ciudadanos estadounidenses.  En unos de los capítulos del texto, divulgado por diversos medios en la web, se afirma: “Los habitantes de los estados rojos como Oklahoma, Kansas, Texas, Wyoming, Wisconsin, Virginia Occidental, Kentucky, Dakota del Norte y del Sur, Indiana, Minnesota, Luisiana, Mississippi, Alabama y otros son más pobres y tienen más madres adolescentes, más divorcios, peor salud, mayor obesidad, más cigarrillos, más muertes por golpes y por drogas, más bebés nacidos con bajo peso y menos chicos que terminan la escuela. En los estados rojos (republicanos) la gente se muere cinco años antes que en los azules. Alguien que haya nacido en Mississippi, por ejemplo, vive un promedio de 75 años (el más bajo del país), mientras que un nativo de California o Connecticut alcanzará un promedio de 80,8 años, una brecha más amplia que la que existe entre los Estados Unidos y Honduras. Esta diferencia sobrepasa el tema racial. Un afroestadounidense de Maryland vive cuatro años más, gana más del doble y tiene el doble de oportunidades de ir a la universidad que un negro de Luisiana, que es uno de los estados más pobres de los Estados Unidos. (…) El ingreso per cápita en los estados azules (demócratas) es de 62.829 dólares por año, mientras que es de 52.895 en los estados rojos. Los estados liberales gastan 13.301 dólares por persona en educación, mientras que en los Estados Unidos de Trump, se destinan 10.200”. Ver en: http://www.infobae.com/america/eeuu/2017/04/09/un-pais-partido-en-dos-un-nuevo-libro-analiza-la-victoria-de-donald-trump/.

 

 

 

[vii] Michael Moore fue uno de los que valoró meses antes de la justa electoral, con su estilo profundo y sarcástico, la capacidad de estos grupos de salir a las calles, asumiendo la misión de reclutar cada voto para su causa. “Así que en la mayoría de las elecciones es difícil que el porcentaje de participación llegue siquiera al 50%. Y ahí yace el problema de noviembre: ¿quién va a conseguir que los votantes más motivados acudan a las urnas? Saben la respuesta a esa pregunta. ¿Quién es el candidato con los simpatizantes más furibundos? ¿Quién tiene unos fans capaces de levantarse a las cinco de la mañana el día de las elecciones y de ir molestando todo el día hasta que cierren las urnas para asegurarse de que todo hijo de vecino vote? Efectivamente. Ese es el nivel de peligro en el que nos encontramos”, a lo que añadió: “El último bastión de los hombres blancos enfadados. El gobierno de Estados Unidos que lleva 240 años dominado por hombres llega a su fin. ¡Una mujer está a punto de llegar al poder! ¿Cómo ha podido suceder? Había señales de peligro, pero las ignoramos. Nixon -el traidor del género- impuso el Título IX, la ley por la que, en el colegio, las alumnas deberían tener las mismas oportunidades a la hora de practicar deporte. Y luego les dejaron pilotar aviones comerciales. Y antes de que nos diéramos cuenta, Beyoncé revolucionó la Super Bowl (¡nuestro partido!) con un ejército de mujeres negras que, con el puño en alto, dejaron claro que nuestra dominación había terminado. ¡Dónde hemos ido a parar!”. http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/07/29/michael-moore-el-proximo-presidente-de-eeuu-sera-donald-trump/#.WQDrokJ6Tcd.

[viii] En el mencionado análisis de Lugones, acerca de las percepciones que cada grupo posee del otro, la sudamericana señala que: “Los liberales de las costas no entienden qué pasa en ese otro mundo al que estigmatizan y etiquetan. Sienten que en el interior son ignorantes, racistas, machistas y no comprenden cómo pudieron votar a un candidato como Trump. Los habitantes de la América profunda, en cambio, creen que el Partido Demócrata no los representa y que tampoco los respeta. Que los blancos de las ciudades cosmopolitas son arrogantes, presumidos, que pertenecen a elites con mayor nivel de educación y que no son los suficientemente nacionalistas. En el interior se le da un enorme valor a los símbolos nacionales, como la bandera, y creen que las personas liberales y multiculturales que defienden los derechos civiles universales son menos patriotas”. Dirección electrónica citada.

 

[ix] El multimillonario Robert Mercer es uno de los “cerebros” detrás de la campaña, al cual se le atribuye importancia significativa en  la elaboración de estrategias para lograr la victoria de Trump. En un reciente artículo divulgado en varios medios se explica que: “Con 13,5 millones de dólares invertidos, Mercer fue el donante que más contribuyó en la campaña del magnate republicano. ´Es el dinero detrás de Donald Trump´, escribió el diario británico The Guardian en un reciente perfil. Mercer es —además y, por sobre todo— uno de los principales accionistas de Breitbart News, el sitio de derecha dirigido, hasta antes de asumir su actual cargo, por el actual estratega jefe de la Casa Blanca Stephen Bannon. Pero entre todos los proyectos de Mercer, hay uno que llama especialmente la atención. Según el The New Yorker, el millonario invirtió cinco millones de dólares en Cambridge Analytica, una empresa que colecta datos online -especialmente en las redes sociales- para crear perfiles psicológicos de los usuarios basados en sus preferencias y “likes” en las redes sociales. Y luego utilizarlos para enviar los mensajes y las propagandas más persuasivas. Con ese sistema, según declaraciones del CEO de la firma, Alexander Nix, reportadas por el The New Yorker, Cambridge Analytica logró crear perfiles de docientos veinte millones de votantes estadounidenses. Esas personas a las que Donald Trump les habló durante meses hasta convencerlos de que era el hombre que debían elegir para la Casa Blanca. Sabía lo que el electorado quería escuchar”. http://www.cubadebate.cu/noticias/2017/03/21/robert-mercer-uno-de-los-cerebros-que-llevo-a-trump-a-la-casa-blanca/#.WQOF0EJ6Tcc

[x] El politólogo y periodista franco-español Ignacio Ramonet es uno de ellos. Además de sus obras anteriores como Propaganda silenciosa, el estudioso acaba de publicar el libro El imperio de la vigilancia, el cual vio la luz en Cuba por la Editorial José Martí. En esta obra su autor  examina varios de los procederes manipulatorios de las transnacionales.  En las plabras de presentación del  texto en la más reciente Feria Internacional del Libro la periodista Miriam Elizalde afirmó: “… nos recuerda que ´a nuestro alrededor merodea permanentemente un Big Brother´. Todo es espiado en la sociedad exhibicionista de la vigilancia y el control, que se da el lujo de tener millones de ´soplones voluntarios´, como llama Ramonet a quienes se colocan alegremente un grillete electrónico. Este libro es una alerta precavida de lo que ha comenzado siendo el siglo XXI, una cibergeografía viciada de totalitarismo, no sólo político sino mental. Facebook es supuestamente gratis, pero vale billones de dólares por la información de todos nosotros que posee y subasta. Los robots de Google leen los correos electrónicos que se envían y reciben a través de su servicio de correo Gmail, para incluir en ellos publicidad relevante y de supuesto interés para el internauta”. http://www.cubadebate.cu/opinion/2017/02/14/el-imperio-de-la-vigilancia/#.WQN98EJ6Tcc

[xi] Donald Trump anuncia su plan para crear un comité exploratorio  en la contienda presidencial en: CNN, “Larry King Live”, 8 de octubre, 1999,  http://www.cnn.com/ALLPOLITICS/stories/1999/10/08/trump.transcript/

 

[xii] Nótese que existe prácticamente una temporalidad equidistante desde la independencia, en 1776, al fin de la Guerra Civil, en 1865; entre esta última y la culminación de la II Guerra Mundial, en 1945, y desde el cese de dicho conflicto bélico a la actualidad.  Steve Bannon con una perspectiva de catástrofe a partir de la crisis de 2008 impulsó el film “Generation Zero”, sustentada supuestamente en dicho libro. Ver: David Von Drehle. “The Second Most Powerful Man in the World?” Time, February, 13, 2017, p. 28.

[xiii] Executive Office of the President. Office of Management and Budget. The President´s 2018 Budget. A Budget Blueprint to Make America Great Again.  Washington DC, p. 15.

[xiv] En un artículo publicado originalmente en el diario mexicano la Jornada se afirma: “De hecho, estos sondeos registran que Trump, medido así, es uno de los presidentes más débiles y menos representativos de la historia moderna. (…)El otro dato de estos 100 días es que la mayoría reprueba no sólo a su presidente, sino a toda la cúpula política elegida para representar al pueblo”. http://www.cubadebate.cu/opinion/2017/04/26/american-curios-cien/#.WQEVcEJ6Tcc

 

 

[xv] El viernes 3 de febrero del 2017, en lo que constituyó el primer pronunciamiento oficial de la administración, Sean Spicer,  vocero de la Casa Blanca, anunció que su gobierno llevaría adelante una revisión completa de la política con Cuba. Aseguró asimismo que el presidente Donald Trump: “…está comprometido con una agenda que garantice los derechos humanos para todos los ciudadanos del mundo”, por lo que ese tema ocupará un lugar “principal” en la revisión de la política con Cuba”. http://www.infobae.com/america/eeuu/2017/02/03/eeuu-anuncio-una-revision-completa-de-la-politica-con-cuba-para-priorizar-los-derechos-humanos/

 

[xvi] El presidente escribió exactamente en su cuenta de twitter: “If Cuba is unwilling to make a better deal for the Cuban people, the Cuban/American people and the U.S. as a whole, I will terminate deal”. https://twitter.com/realdonaldtrump/status/803237535178772481?lang=es

 

[xvii] William M. LeoGgrande & Peter Kornbluh: Back Channel to Cuba: The Hidden history of negotiations between Washington and Havana, The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2014, p. 408.

[xviii] El propio momento de arribar a los cien días es una clara demostración de las múltiples diatribas en la proyección pública de Trump. En más de una ocasión, sobre ese período, señaló que se trataba de algo intrascendente, mientras que en otras afirmó con vehemencia que era una etapa en la que logró más cosas que sus predecesores. En esta misma se inserta su propensión a escribir twists constantemente sobre disímiles aspectos, planteando puntos de vista que contradicen sus planteamientos anteriores. Ese tipo de comportamiento, en alguien sin experiencia en el ejercicio de responsabilidades políticas, torna todavía más complejo cualquier panorama en relación con su ejecutoria futura.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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