MI HERMANO FERNANDO MARTÍNEZ

 

Veritas omnia, veritas et sola veritas

Foto con fernando en la plaza 1966

 

Rolando Rodríguez

 

Quiero hacer memoria de Fernando Martínez Heredia, porque se que en un tiempo ya no muy lejano, Caronte deberá venir a buscarme en su barca. Todos los que nos conocieron bien, saben del cariño entrañable que nos ligó. Él estudió bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, pero, curiosamente, no fue en mi tierra querida, que vio nacer a Marta Abreu, que aquel joven oriundo de un paraje de imposible gentilicio, Yaguajay, y yo, nos conocimos. Fue en 1959, en la Facultad de Derecho, donde se produjo el encuentro. Para nada sospeché del talento singular, fuera de lo común, que albergaba aquel muchacho, que desde la azotea del instituto colocado frente al Parque Vidal, había lanzado un mueble sobre el auto oficial de un gerifalte villaclareño de la dictadura del infame Batista.

 

Transitamos a partir de entonces y, por un buen tiempo, un camino juntos. Recuerdo de entonces, a aquel joven mulato, enfundado en el uniforme de maestro (creo de las makarenko), de mirada franca y noble, con el cual empecé a contraer una gran amistad cuando cohabitamos en un cuarto de la Escuela Nacional del PURSC, Raúl Cepero Bonilla, en el Nuevo Vedado, creada para formar profesores de Filosofía Marxista y Economía. Pronto comprendimos que éramos gemelos en ideales, en amor a la Patria, a Martí, a la Revolución, a Fidel, a la Historia de Cuba. Sin embargo, el lazo que nos ató para siempre, fue un hecho que contamos en días sucesivos hace un tiempo, si no recuerdo mal, en La Jiribilla.

 

Estábamos en la escuela la noche de octubre de 1962, cuando el presidente Kennedy habló y expuso que había ordenado poner en “cuarentena” a Cuba, término que empleó para denominar a una de los miserables eufemismos inventados por los gobiernos de Washington, para no mencionar sencillamente que había dictado el bloqueo -en este caso militar- de la isla, al saber que Cuba, con el apoyo soviético estaba instalando cohetes en su suelo. La pavura  había hecho presa de sus juicios, al conocer la presencia de los cohetes en Cuba y nunca razonaron que ellos le habían colocado una ración pero por partida doble, en Turquía e Italia, a la Unión Soviética, para amenazarla. Fidel y el Buró Político del Partido cubano, habían aceptado la propuesta del Kremlin de instalarlos en Cuba. Fidel ha declararlo que lo hicimos, generosamente, para ayudar a igualar las fuerzas nucleares estadounidenses que apuntaban contra el campo socialista. Por su parte, los soviéticos afirmaban que la propuesta tenía por base saber que Washington pensaba invadir la isla y, de esa forma, querían disuadirlos de su arraigada manía esquizofrénica de derrocar el “castrismo”. Tanto Fernando como yo, escuchamos en la dirección del plantel el discurso de Kennedy y a continuación la orden de movilización general de Fidel. Por parte la dirección de la escuela se informó a los alumnos que, al igual que en la Unión Soviética, cuando el ataque nazi, quedaríamos en la retaguardia ya que era necesario preservar a la “inteliguencia” cubana de los avatares del conflicto. Fernando pensó lo mismo que yo: “Y en Cuba ¿dónde queda la retaguardia? Si entran por el norte ya están en el sur. Y si entran por el sur, a poco estarán en el norte. Subí desasosegado al cuarto. Ya estaban en este Fernando y dos o tres compañeros más dando palique sobre las palabras del mandatario yanqui. Vi entonces a Fernando ir a su litera, tomar su pistola y meterla en la mochila. Le pregunté ¿Adónde vas? Su respuesta fue inimaginable, genial “¡Al Carajo!”. Después sostuvo que lo habían reclamado del batallón 154, el de los universitarios. Salimos del cuarto, creo que había otro compañero presente, y le pregunté cómo lo habían citado a él y no a mi, que era comisario de la primera compañía de combate de la unidad. Entonces, me confesó la verdad. Había hecho que su hermano, que estudiaba medicina, llamara a la escuela y en nombre de la jefatura del batallón lo reclamara. “Pues ahora mismo vas a llamarlo y pedirle que me demande”, recabé. El otro compañero presente, Roberto Brier, solicitó lo mismo. Horas después entramos los tres en el punto de concentración, el stadium Juan Abrahantes. Lo que restaba de la noche lo dormimos sobre la yerba húmeda del terreno deportivo. Al amanecer marchamos hasta las rastras que nos esperaban. Fuimos a dar a un punto no lejano de Guanajay, pero para sorpresa nuestra, extrañamente no estábamos en la costa, sino alejados de ella. Pasados unos días supimos sorprendidos por qué: estábamos en la defensa perimétrica de la base de cohetes de Guanajay.

 

En las postrimerías de la movilización, se deshizo el batallón 154. Alguien de la dirección de la Revolución pensó que era una soberana locura que todos los estudiantes de la Universidad de la Habana, estuvieran agrupados en una sola unidad. Nos distribuyeron en las tropas artilleras. Al fin, regresamos a la escuela. Al terminar el curso, Fernando, otros compañeros y yo, fuimos destinados al incipiente departamento de Filosofía Marxista de la universidad. El departamento, como era universal -daría clases en todos los primeros años de las carreras de la alta casa de estudios- estaba adscripto al rectorado. En 1963, se nos designó profesores especiales de 15 horas. Muy jocosamente dijo el compañero Carlos Rafael Rodríguez que aquella hornada de jóvenes casi imberbes no éramos profesores de carrera “sino a la carrera”. Por algo, nos hicieron un préstamo financiero para que compraramos trajes con vistas a ir a clases dignos y encharcados por el calor. Que recuerde Fernando, algún otro compañero y yo, examinamos uno detrás de otro los últimos semestres de Derecho, que no fueron pocos. Al fin, éramos jubilosos doctores en Derecho.

 

El libro de texto que empleamos aquellos inexpertos magíster dixit en las clases de filosofia, era el “famoso” o más acertadamente diríamos notorio,  manual cuyo redactor principal era el soviético Konstantinov. En 1964, se produjo un cambio en la dirección del departamento. El bueno de Luis Arana, un delgado hispano soviético, que era psicólogo, no filósofo, fue sustituido por el doctor Gaspar Jorge García Galló. Al cambio de mandos asistió el entonces Presidente de la República, doctor Osvaldo Dorticós. En un gesto de mínima justicia hay que recordar que, con su verbo elegante y discreto, nos llamó a capítulo. Debíamos pensar con nuestra propia cabeza. Es decir, con la cabeza de Cuba pues ya era evidente que “el Konstantinov”, le quedaba a la Revolución como un traje al que por ajustado le estallaban todas las costuras. En verdad, en el portal de la vivienda Fernando, ya habíamos hablado, junto con otros compañeros, de algunas cuestiones del manual que sonaban raras, contradictorias o fuera de lugar. Para mi sorpresa fui designado subdirector del departamento. A raíz de la lección magistral de Dorticós, decidimos echar a un lado el manual y emplear en la enseñanza los clásicos, Marx, Engels y Lenin. Todavía cautelosos hicimos un trabajo de corte y clava con el manual, que llevamos a la imprenta universitaria. Mi mamá me había regalado una máquina de escribir, pero pasarían años antes que aprendiera a usarla. Fernando, si era mecanógrafo y me la pidió prestada, así que se la entregué y nunca se la reclamé. Supongo que en ella se habrán escrito alguno de los sazonados y penetrantes ensayos filosóficos o históricos del talentoso Fernando.

 

Un día de 1965, se produjo el encuentro luminoso con Fidel, en la Plaza Cadenas. Preguntó por la enseñanza de la filosofía y por el manual. Allí orientó ampliar el departamento y la noche del 7 de diciembre de 1965 se presentó en el lugar. Todos concurrimos al encuentro no citado, pero ya convenido. Dio entonces instrucciones para crear el Plan Especial de Ediciones Revolucionarias. A principios de 1966 me designaron director del departamento y en el consejo de dirección propuse designar subdirector, por supuesto, a Fernando. Como jefe de Ediciones Revolucionarias comencé a tener cada día más trabajo, descansaba entonces mucho en Fernando en cuanto a la dirección del departamento. A todas estas, inspirados por el Che, los profesores del departamento íbamos durante largos días a trabajos voluntarios. Invitados por Fidel, en 1966, lo acompañamos en épica subida al Turquino, para asistir a la primera graduación de médicos formados por la Revolución.

 

A poco, Fidel habló de crear un instituto del libro. Trabajé en la tarea. Pero se me ocurrió buscar una fórmula para quedarme solo en el departamento de filosofía, pues ya me entusiasmaba la enseñanza, y hasta me había visto obligado a dejar de dar clases en la licenciatura de Historia. Una mañana en que el comandante René Vallejo, ayudante del Comandante en Jefe, visitó el departamento le expliqué que podía hacer más o menos bien una tarea, pero seguro haría mal dos. Esa noche Fidel se apareció en el departamento y narró mis palabras a Vallejo y, para mi sorpresa la jugada me salió al revés: “¿Y quién puede quedarse aquí por ti?” Mi respuesta fue inmediata: “Fernando Martínez, mi subdirector”, le expresé. Fernando pasó así a director de Filosofía y yo pasé integramente al Instituto del Libro. Poco después Fernando fue a verme allí y me propuso algo que habíamos acariciado durante cierto tiempo: sacar una revista de pensamiento. Llamé al director de imprentas del Instituto y la autoricé. Le dije a Fernando fuera a ver al administrador del taller 8, pues ya había abierto el espacio. Así comenzó a editarse Pensamiento Critico.  Se creó el consejo asesor del Instituto Cubano del Libro. Conseguí lo integraran Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Roa y, por supuesto, Fernando Martínez. También se sumaron otros compañeros. Fueron magistralmente enjundiosos los debates sobre las propuestas de edición de Carlos Rafael y Roa. Ambos, Fernando y yo, aprendimos mucho. Tiempo después a Fernando le sucedió lo que a mi. La tarea de la revista le llevó todo el tiempo, y dejó el departamento en manos de otros compañeros. Pienso que la ampliación del departamento había  sido demasiado rápida. Entraron compañeros todavía inmaduros y cometieron errores. El departamento fue disuelto en 1971 y, poco después, Pensamiento Crítico.

 

Fernando fue a dar a nuestra embajada en Nicaragua. La mano del comandante Manuel Piñeiro fue evidente. Después de pasar por el Centro de Estudios de Europa, llegó, también de la mano de Piñeiro, al Centro de Estudios de América. No necesito que nadie me lo confirme, pues Piñeiro me lo dijo en persona. Pienso que el interregno entre el departamento y este momento le sirvió a Fernando para acumular ideas y madurar su pensamiento brillante, profundo. Hablamos en ocasiones. Su amor por la historia de Cuba era extraordinario. Diría que, por ejemplo, mis conversaciones con él sobre la apasionada revolución del 30, fueron inspiradoras. A tal punto llegaba su amor por la gesta de esa época, que de su matrimonio con la también profesora del departamento, la santiaguera, Niurka Pérez, debo recordar que su hijo varón Julio Antonio –la otra es Liliana- recibió su nombre en honor de Julio Antonio Mella y de Antonio Guiteras. No fue por gusto el cariño –recíproco- que me confesó Raúl Roa, sentía por Fernando.

 

Mi ya antigua devoción por él, se volvió legítimo orgullo cuando lo hicieron Premio Nacional de Ciencias Sociales en 2006 o cuando le dedicaron la Feria del Libro. Bien sabe el presidente de la Asociación Hermanos Saíz que, ante la duda de si le habían conferido el título de Maestro de Juventudes, lo recomendé. Pero Rubiel, me precisó que ya se lo habían otorgado. Su premio extraordinario Casa de las Américas sobre la obra del Che, fue un galardón que permitió en no poca medida que cesaran los señalamientos malsanos sobre el departamento de Filosofía, que solo tuvo un traidor, como ha señalado Chomí Miyar  (si hay otros son pura escoria), y de cuyo nombre no merece la pena acordarse, pues el mismo se anuló con su traición.

Por dos acciones respectivas, les dediqué mi libro sobre los independientes de color, a Fernando y a Efraín Abreu. A Fernando porque nunca le podré agradecer bastante que me ayudara a ir a las trincheras de la crisis de octubre. A “Efra” porque fue el único que votó junto a mi para no permitir que en 1957, muerto José Antonio Echeverría, nuestra graduación de bachillerato del Colegio Martí, en Santa Clara, se celebrara en el Teatro La Caridad y por lo cual la dirección nos expulsó, aunque finalmente tuvieron que darnos la razón. Sabía bien Fernando que estuve preso en ese año, en que me tuvieron que operar y, de nuevo, al año siguiente; todavía estaba convaleciente –lo que solo explico a mis amigos más cercanos-, cuando el Che atacó al ejército  en Santa Clara. Otra vez, muchos años después, volví a ser traicionado por la salud. Me invitaron al aniversario 50 de Pensamiento Crítico. Estaba listo para ir, pero no pude asistir. Estaba en cama, por órdenes médicas. Fatalidad. Llamé a Fernando para darle razón de mi ausencia. Pero ya le habían trasmitido mi mensaje. Serían múltiples mis conversaciones interminables con Fernando, sobre todo mediante el teléfono. Las cuentas deben ser estratosféricas. Sus libros constituyen material de consulta obligatoria para todo pensamiento sobre la sociedad neocolonial cubana. Su marxismo fue depurado, exquisito. En las palabras de Carlos Rafael Rodríguez se sentía el inmenso respeto que profesaba por el mucho más joven Fernando, al cual consideraba un marxista creador y antidogmático. No puedo expresar con mayor hondura la pena por la desaparición de mi hermano. Así lo pude llamar públicamente en una Mesa Redonda en televisión, de hace un año. He recibido entre noviembre del año anterior y junio de este, dos golpes inconmensurables. Primero nos dejó el gigante; el padre espiritual de los dos, de los cubanos; el hombre que supo interpretar a Marx, mediante Martí; iluminar a Cuba; ponerla en el mapa del mundo; cambiarla de república neocolonial burguesa en república libre, independiente, soberana y socialista; de hacernos sentir el orgullo de ser cubanos y no avergonzarnos del suelo en que nacimos: me permito ahora copiar al poeta al decir que con Fernando murió mi hermano de sueños, un martiano, marxista y fidelista, aunque el sueño vive y vivirá ya perpetuamente. Es imposible renunciar a la gloria que se ha vivido.

 

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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2 respuestas a MI HERMANO FERNANDO MARTÍNEZ

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