Las antítesis de la guerra: izquierda o derecha

A propósito del debate sobre el centrismo político, reproduzco este epígrafe de mi libro Cuba, ¿revolución o reforma? (La Habana, Casa Editora Abril, 2012) cuya segunda edición, a cargo de la Editorial Ocean Sur, aparecerá este año. Eliminé las fuentes citadas, que se encuentran en la edición impresa del libro.

 

Enrique Ubieta Gómez

 

(…) A veces el recorrido de los que abandonan la Revolución es sinuoso: de militar en la izquierda, pasan a un declarado pero imposible apoliticismo o a un centro que nadie puede ubicar —disfrazado a veces de ultraizquierdismo— y que nadie reconoce, para finalizar en la derecha abierta, militante.

La explicación quizás se halle en un extraño «pecado» de pertenencia: si el proyecto victorioso de nación en un país es más radical que el proyecto personal de alguno de sus ciudadanos, estos no pueden reclamar para sí las banderas de la izquierda. Las circunstancias conducen a tales individuos trascendidos hacia el extremo opuesto, a la renuncia de todo lo «aprendido»: de la solidaridad como modo de vida al individualismo más feroz; del «seremos como el Che» al desenfadado «somos yanquis»; de la guerra contra el imperialismo a la guerra del imperialismo: soldados de la pluma

en la contienda universal, eterna, contra «los sesenta oscuros rincones del planeta».

A propósito de la absolución de Luis Posada Carriles en un juicio-farsa celebrado en El Paso, los Estados Unidos, Hernández Busto publica un esclarecedor artículo de Juan Carlos Castillón, habitual colaborador suyo con un largo historial de militancia ultraderechista, en el que explica con admiración la extraña ciudadanía política de este terrorista:

“Una sociedad (la norteamericana) a la que Posada Carriles, por mucho que eso moleste a sus críticos de La Habana, Caracas o los Estados Unidos, pertenece por derecho propio. Los franceses, para hablar de los legionarios que se convierten en ciudadanos al licenciarse, suelen decir que son franceses de sangre, no por la sangre recibida sino por la sangre derramada. Este es el caso. Pocos luchan mejor por sus países de adopción que los inmigrantes. La historia norteamericana está llena de ejemplos […] Posada Carriles ha sido soldado estadounidense en tiempo de guerra y eso le da derecho a estar en Estados Unidos. Porque Posada, a pesar de haber luchado en un campo de batalla diferente, no es tan distinto de todos esos otros soldados. Porque aunque nos hayamos olvidado de ella y la hayamos relegado a ese cajón en que se guardan los recuerdos molestos, la Guerra Fría fue una guerra real. Una guerra en la que participaron numerosos exiliados en contra de los estados que dirigían sus naciones. […] La razón por la que muchos exiliados cubanoamericanos simpatizan con Posada Carriles es porque fue un combatiente en esa guerra”.

Fueron hombres, confiesa finalmente Castillón, «que se alistaron en “La Compañía”, o la apoyaron, para luchar por sus países combatiendo por los Estados Unidos». «La Compañía», así suelen llamar a la CIA. Ninguna explicación más transparente, que involucra al propio Hernández Busto y reafi rma el criterio de que no se trata de una simple contienda entre cubanos: amparados en una identificación ideológica que los hace suponer que «defienden» a su país si defienden a los Estados Unidos, los contrarrevolucionarios cubanos, como los venezolanos o los centroamericanos, suelen ser soldados estadounidenses.

La toma de posición de la contrarrevolución cubana en el conflicto histórico entre Cuba y Estados Unidos —que no difiere en esencia de la que existe entre los pueblos latinoamericanos y del Tercer Mundo, con los centros de poder del capital—, ha sido muy clara: a favor del imperialismo estadounidense, por supuesto. Los ingenieros cubanos de la pequeña y mediana burguesía que emigraron a ese país en los sesenta, fueron utilizados por las trasnacionales norteamericanas en Puerto Rico, porque en cualquier conflicto laboral estarían a su favor. Incluso un autor como Rafael Rojas, siempre escondido tras los estantes de la Academia, al comentar la avalancha de gobiernos «izquierdistas» en la región, se preocupa por el amenazado predominio imperialista: «Los estudiosos más serenos de la región, empeñados en calmar los ánimos, insisten en que la diversidad de esas izquierdas hace virtualmente imposible la conformación de un bloque subcontinental contra la hegemonía de Estados Unidos y, mucho menos, contra la democracia representativa y la economía de mercado».

Y Carlos Alberto Montaner defiende el derecho imperialista de interferir en los asuntos internos de su país de origen: «El pecado no está en que Estados Unidos intente subvertir el orden en Cuba —afirma—, algo perfectamente predecible tratándose de un país enemigo al que el gobierno cubano ha tratado de perjudicar incesantemente desde 1959».

Miami es un espejo. Tóquelo, verá la superficie lisa, y cesará la ilusión de que las cosas allí tienen volumen. Miami es un espejo que deforma el rostro de Cuba. A veces alguien se confunde y dice: «hay dos Cubas», la de aquí y la de allá. Pero los espejos invierten la imagen. Un viajero despistado escuchará asombrado los anuncios de los astutos vendedores: «la verdadera cerveza de Cuba», «el verdadero café de Cuba». Muchos espacios públicos han recibido el nombre de un equivalente en la Isla.

Las palabras también se invierten: Fidel es Castro, Playa Girón es Bahía de Cochinos, el bloqueo es embargo y el mercenario de Girón se transforma en el «héroe» de Bahía de Cochinos, para el que se ha erigido un pequeño monumento. Hay grupos e individuos contrarrevolucionarios que se autodefinen como revolucionarios. Los cinco presos políticos cubanos que cumplen largas condenas en cárceles norteamericanas, que salvaron vidas de aquí y de allá, son llamados espías en tono despectivo, y Posada Carriles, responsable de atentados terroristas que han ocasionado la muerte de personas inocentes, asesor de las fuerzas represivas en la Venezuela neoliberal, el Chile de Pinochet y El Salvador de los paramilitares, es tratado como héroe. El Che Guevara, que renunció al cargo de ministro, para entregar su vida por los demás, allí es llamado asesino y Fulgencio Batista es considerado una figura relevante de la historia, víctima de la propaganda comunista. Sucede como en todo: una cosa es la realidad; y otra, su reflejo especular. Cuba es Cuba; y Miami, su tosco reverso.

Las grandes corporaciones de prensa ocultan los hechos y reportan los deseos. Se «miamizan». Cumplen una función sagrada: construir y mantener de manera verosímil un estado de opinión sobre la Revolución Cubana que se parezca al que existe en Miami, que es la Disneylandia de la contrarrevolución latinoamericana: hecha para seducir y ocultar, en ella viven los antisandinistas, los antibolivarianos, y todos los capos del Sur, que presienten su caída o cayeron y quieren reciclarse. Los inmigrantes económicos, que son muchos, politizan su estatus. En un lujoso apartamento trabajaba —en el 2001, durante mi breve paso por la ciudad— una sirvienta nicaragüense. Carecía de papeles y no podía visitar a los suyos. Pero quería que Daniel Ortega ganara las elecciones en su país. En realidad, no tenía preferencias políticas y confesaba con picardía el secreto de su esperanza: «Si Ortega gana, nos declaramos refugiados políticos y quizás nos den la residencia». El síndrome de Miami en los medios —reinventar la realidad, hacerla a la medida de los deseos— es devastador: El País y algunos otros medios españoles se parecen más a El Nuevo Herald que a sus similares europeos.

Para los nuevos ideólogos de la contrarrevolución, los términos «derecha» e «izquierda» resultan muy incómodos, y casi todos prefieren seguir la línea discursiva del unipolarismo que apuesta a su descrédito y obsolescencia. Rojas, por su parte, acoge la definición de Michael Oakeshott que identifica a la izquierda con una «política de la fe» y a la derecha con una «política del escepticismo», para evadir la relación que esos términos tienen con los intereses de los explotados y de los explotadores, su vínculo con la ética, y supeditar cualquier definición a supuestas «estructuras» de gobierno, a partir de generalizaciones poco convincentes:

“[…] Hoy la izquierda se orienta hacia el horizonte socialdemócrata —escribe, participando de la obsesión de la derecha finisecular por establecer el canon de la izquierda «políticamente correcta»—, lo mismo en sociedades postcomunistas que en sociedades postindustriales, mientras la derecha queda anclada a las prácticas autoritarias, sean estas portadoras de herencias comunistas, como en China, nacionalistas, como en Cuba, populistas, como en Venezuela o, incluso, liberales, como en Rusia”.

Esta posición desentendida de reclamos de justicia —que solo son válidos, como afirma, para una izquierda molesta «frente a las competitivas y responsables normas democráticas»— escamotea el carácter esencialmente ético de la izquierda revolucionaria; su inexcusable «con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar», según los versos de José Martí. El mapa que traza, enturbia la comprensión histórica de las tendencias políticas del siglo XIX cubano:

“No sería exagerado afirmar que en las últimas décadas del siglo XIX todos los políticos e intelectuales cubanos eran liberales. Las diferencias entre ellos, tan fuertes como para enfrentarlos en tres guerras, tenían que ver con algo más primario, el status de la soberanía y, por tanto, la forma de gobierno. De acuerdo con la solución que dieran a éstas se organizaban en dos bloques: independentistas y anexionistas eran republicanos, autonomistas y reformistas eran monárquicos. Sin embargo, en la práctica, las posiciones eran tres: la izquierda separatista y anexionista, la derecha colonial y el centro autonomista. Como es sabido, en 1898 y, sobre todo, en 1902, venció la izquierda”.

Como es sabido, ocurrió exactamente lo contrario: en 1898 y en 1902 venció el reformismo conservador. La mayoría de los ministros de Estrada Palma provenía de las filas autonomistas, ideología o credo político que se complementaba con una desmedida admiración hacia los Estados Unidos. ¿Cómo explicar la alianza, instintiva, inmediata, entre colonialistas, autonomistas y anexionistas, en el común empeño de impedir la independencia y propiciar el protectorado o la anexión de Cuba a los Estados Unidos? ¿Por qué sus adversarios recurrían todos a los mismos argumentos sobre la «inmadurez» del pueblo cubano para la autogestión y sentían el mismo horror ante el «populacho» enardecido?

En países colonizados, no puede concebirse una izquierda anexionista. Si bien el anexionismo en sus inicios fue esclavista y conservador, y aspiraba a integrarse a los estados del Sur, los primeros independentistas valoraron como opción táctica la anexión o la solicitud de anexión —también como medio para obtener un apoyo que se consideraba necesario— a los Estados Unidos. Pero esa tendencia fue rápidamente superada. Carlos Manuel de Céspedes, en una carta de 1870 a José Manuel Mestre, representante en Washington del Gobierno en Armas, escribiría:

“Por lo que respecta a los Estados Unidos tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente; éste es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga o proponga, sea para entretenernos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados”.

Es cierto también que un sector de las elites cubanas de entre siglos aún oponía el modelo liberal estadounidense al modelo español, sumergido en la modorra semifeudal de sus costumbres e instituciones. El problema, sin embargo, es que el liderazgo independentista en Cuba —me refiero, como es obvio, a José Martí y Antonio Maceo, sus máximas figuras—, y sus bases populares, provenientes de las clases medias y bajas, habían trascendido en su programa

revolucionario esa dicotomía esencialmente decimonónica (fundacional, en países como México y Argentina). Si la polémica entre el «panamericanismo» y el «panhispanismo» acaparó el interés de la intelectualidad cubana de las primeras décadas republicanas, fue porque tras la muerte de esos hombres y la intervención norteamericana, se restauró el espíritu reformista, conservador.

Hace tiempo que estoy tentado a revisar la posición que nuestra contrarrevolución «ilustrada» ha asumido en los últimos años frente a los más importantes sucesos de la política internacional. Por instinto de clase, están en contra de todo lo que Cuba apoye, y viceversa. Me temo que el resultado será desesperanzador: ellos parecen estar más a la derecha que el mismísimo jefe del imperio. Si se les mide por sus declaraciones, son más papistas que el Papa. Pero no es una diferencia real, la razón es sencilla: como buenos animales políticos, ellos no escuchan a los políticos, sino a los ideólogos del imperio. Acérrimos enemigos de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA) como concepto integrador, y de los gobiernos adscritos a ella; enemigos de los presidentes socialdemócratas de América Latina —aunque promuevan la comparación y la discordia de estos con sus pares más radicales—, especialmente de aquellos que muestran algún arresto de independencia con respecto a los Estados Unidos (nunca perdonaron a Néstor Kirchner su decidido rechazo al ALCA en Mar del Plata); de los gobiernos nacionalistas del Medio Oriente o de la Rusia liberal; sus valoraciones políticas pueden presumirse a partir del posicionamiento que los estados adoptan con respecto a los intereses de la metrópoli. Son soldados estadounidenses, según la certera definición de Castellón.

En la misma línea discursiva se ubican autores como Teodoro Petkoff, excomunista y anticomunista, exguerrillero y antichavista venezolano, autor del libro Dos izquierdas. Según este político, existe una izquierda «borbónica», «arcaica» —representada por Fidel y Chávez—, y otra que «marcha por un camino de reformismo avanzado […], el compromiso con las ideas y el sentido pragmático y práctico a que la obliga la percepción realista del entorno en el cual actúa […] una izquierda moderna, con los pies en la tierra». En unas breves líneas, Petkoff reúne todos los adjetivos del reformismo contrarrevolucionario. Nada de vuelos de cóndor. Izquierda «democrática» versus izquierda revolucionaria, según una terminología que manipula y trastoca los contenidos, muy al gusto de Rafael Rojas: «La vergüenza de asumir la derecha, típica de la cultura política cubana —escribe el cubano—, sin embargo, no es tan grave como el hecho de que la mayoría de nuestros izquierdistas fueron revolucionarios, es decir, autoritarios […]».

El discurso de la derecha latinoamericana coincide en otro tema de aspecto académico: la izquierda «mala» es, en oposición a la izquierda «buena», antimoderna. Aunque no se dice de forma explícita, se maneja la comprensión marxista de que la Modernidad es un eufemismo histórico del advenimiento y desarrollo de la sociedad capitalista. Ya hemos visto la oposición que Rojas construye entre una tradición moderna (realista, capitalista) y una antimoderna (utópica, anticapitalista) en la historia de Cuba. Utopía (también en su sentido marxista descalificador) versus realismo práctico; lo útil versus lo moral. El estadounidense Michael Rowan, columnista de la prensa opositora en Venezuela, explicaba en el 2006 la confrontación entre izquierda y derecha, en esos términos:

“La rebelión contra los tiempos modernos en Cuba, Venezuela y Bolivia —Perú y Ecuador, probablemente se sumarán pronto— no tiene que ver con el capitalismo o el socialismo. […] La rebelión comenzó hace dos siglos en Haití con la erradicación del dominio y la cultura franceses. Fidel Castro la mantuvo viva en Cuba, que se separó de los tiempos modernos en 1959. Hugo Chávez deshizo las instituciones modernas en Venezuela usando la riqueza petrolera del país, y ahora está exportando agresivamente la idea de que los tiempos modernos, para Latinoamérica, son malignos por representar la riqueza, el poder y la supremacía del blanco. […] Los pobres de los Andes —la mitad de su población— se están rebelando contra la modernidad misma: conocimiento, ciencia, tecnología, finanzas, leyes, desarrollo y democracia. Irónicamente, están usando la democracia para hacer eso”.

El ingrato Calibán que se rebela ante Próspero, su «civilizador». La explicación es racista e imperialista, y confirma la vigencia del ensayo de Fernández Retamar que reinterpreta y rescata al personaje de Shakespeare. Rowan se permite hablar con desprecio de la Revolución haitiana, una de las más radicalmente modernas de la historia contemporánea, porque erradicó «el dominio y la cultura franceses»; y asocia, sin titubeos, la modernidad a «la riqueza, el poder y la supremacía de los blancos». Desde esa perspectiva, la modernidad del «conocimiento», la «ciencia», la «tecnología»,

las «fi nanzas», las «leyes», el «desarrollo» y la «democracia», que defiende Rowan, adquiere un carácter colonialista. La modernidad es el colonialismo. Por eso afirma:

“Los fracasos de Haití, Cuba, Venezuela y Bolivia son fracasos en términos modernos. Pero en términos de la rebelión contra el sometimiento histórico, el imperialismo y el colonialismo —que son equiparados con los tiempos modernos—, estos fracasos se consideran grandes logros. El futuro de Latinoamérica luce lúgubremente como el presente de África y es la mayor amenaza actual a la estabilidad mundial”.

Consecuente con su desprecio y su prepotencia imperiales, es su amenaza: seremos como África. Rowan escribe en otro de sus artículos: «Chávez aborrece todo lo que el mundo moderno piensa, dice y hace. Su campaña presidencial de 2006 es contra “el imperialista, genocida, fascista y demente de George W. Bush”». Las comillas del articulista en este caso son irónicas, es evidente que el autor está convencido de que lo que Bush hacía era lo que «todo el mundo

moderno piensa, dice y hace». «Chávez quiere provocar una guerra entre estos mundos (el moderno y el antimoderno). Armará a un millón de venezolanos con rifles rusos “para defender la patria”». Rifles rusos, apelación a la memoria histórica de los lectores que permanece encadenada a los tiempos de la Guerra Fría. Rowan fija el año 1804 como fecha de inicio de la rebelión «izquierdista» latinoamericana. Y tiene razón. Las primeras sacudidas que recibió la Modernidad —según la entiende Rowan—, fueron nuestras guerras de independencia. Una Modernidad que había establecido «el predominio de los blancos» como fuente de jurisprudencia.

El chileno-alemán Fernando Mires, por su parte, en un artículo que reprodujo la prensa antichavista venezolana, considera que América Latina es «un tercer Occidente»; no lo dice en el sentido en que Fernández Retamar rescata el término, no como conciencia y defensa de su otredad histórica, constructora de una nueva occidentalidad que se funda en la justicia ecuménica, sino en el de una simple reproducción de valores.

Por ello reclama que esa guerra de civilizaciones, que los «tanques pensantes» del imperio nos venden como novedad, sea asumida por los latinoamericanos… ¿a favor de quién? «Un presidente occidental comete por lo tanto una traición —y obviamente se refiere a Chávez y a Fidel—, si visita a un Jefe de Estado del Islam que está por declarar una guerra a todo Occidente. Occidente es nuestra familia, aunque algunos de sus miembros no nos gusten».

El Universal reveló en abril de 2006 la identidad y el oficio de su colaborador Michael Rowan: estratega político norteamericano, consultor de las campañas electorales de Clinton y de Carter —a quien acusa ahora, por «refrendar» la democracia bolivariana—, interventor desde 1970 en catorce naciones, y desde 1993 en Venezuela, expresidente de una Asociación Internacional de Consultores Políticos. Este neocon —no importa si demócrata o republicano— es autor de un libro francamente injerencista, Cómo salir de Chávez y de la pobreza, y en la última campaña presidencial de Venezuela fue asesor de estrategia de Manuel Rosales, el contendiente de Chávez.

La década de los noventa engendró una «nueva izquierda» intelectual: culta, moderada, «democrática», antirradical, capaz de situarse siempre «por encima» de las ideologías, en el punto medio, y de espantarse ante los «radicalismos» de izquierda, aunque tolere comprensivamente los de derecha. Es una «izquierda democrática» que se opone más a la llamada izquierda revolucionaria, que al capitalismo; que mira «hacia la cultura dominante, como fuente de veracidad, objetividad, prestigio y reconocimiento», en palabras de James Petras. Mientras más moderada es en sus afanes reformistas, más agresiva y fundamentalista es la derecha que la creó. Mientras más se abraza a los conceptos abstractos de democracia y libertad, más los vacía de contenido la derecha. Es una izquierda que cree en un capitalismo que los diseñadores del capitalismo ya declararon obsoleto.

Carlos Alberto Montaner, otro «místico» de la derecha, escribe:

“Naturalmente, hay diferencias entre Piñera y Frei, como las hay entre Obama y McCain, entre Thatcher y Blair, entre Aznar y Felipe González, pero son diferencias de matices. Esencialmente, discuten y discrepan sobre la intensidad de la presión fiscal y la asignación del gasto público, o sobre la tasa de interés, o sobre el volumen de la masa monetaria —temas extremadamente importantes, por cierto—, pero no cuestionan el corazón institucional del sistema, basado en la separación y equilibrio de poderes, ni los fundamentos filosóficos de la democracia liberal, ni el principio básico de que todos los ciudadanos deben colocarse bajo la autoridad de la ley [burguesa], comenzando por los gobernantes, porque están de acuerdo [con] ese modelo, acompañado por la libertad para producir y consumir”.

En realidad, plagiaba a Mario Vargas Llosa, su maestro en temas políticos, quien había escrito con respecto a la contienda electoral precedente:

“En el debate entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, que tuvo lugar pocos días antes del final de la segunda vuelta, había que ser vidente o rabdomante para descubrir aquellos puntos en que los candidatos de la izquierda y la derecha discrepaban de manera frontal. Pese a sus respectivos esfuerzos para distanciarse uno de otro, la verdad es que las diferencias no tocaban ningún tema neurálgico, sino asuntos más bien cuantitativos (para no decir nimios). Piñera, por ejemplo, quería poner más policías en las calles que la Bachelet”.

Excelentes pasajes para respaldar la tesis de que la alternabilidad de los gobiernos en el capitalismo es solo de forma, no de contenido. Su verdadero fin es corregir en cinco años cualquier posible accidente del sistema.

A la nueva derecha le conviene esta izquierda. Mientras reclama elecciones libres en Cuba, coloca a Bush o a Calderón en el poder mediante fraude u organiza golpes de Estado contra los presidentes electos de Venezuela, Honduras o Ecuador. Algunos autores intentan situarse por encima de los intereses de clase y proponen un abrazo —en la orilla de un capitalismo «bueno», «humano»— que incluya a todos los cubanos. Rojas describe mejor las intenciones veladas de la posición «tercerista» —el abrazo nunca es en la orilla socialista ni admite la continuidad del proyecto socialista—

que no persigue en realidad más que la derrota del adversario, la restauración del pasado. Admira la «moderación» del polaco Adam Michnik pero en aquel país europeo, una vez tomado el poder, las nuevas autoridades han intentado incluso prohibir el uso de pulóveres con la imagen del Che. Es una moderación (inicial) en los medios, no en los fines, que pretende eliminar el embargo económico —dicho en términos «políticamente correctos»—, no porque sea inmoral, sino porque es inefectivo y contraproducente. Rojas escribe:

“Tiene razón [Adam] Michnik. También en el proceso cubano es detectable una oposición maximalista, un anticastrismo bolchevique. ¿Qué tipo de anticastrismo es ese? Ni más ni menos aquel que juega a todo o nada, a ganar sin costos, a controlar los hilos de la transición, a llegar al poder de un golpe. No insinúa Michnik, por supuesto, que la oposición se estanque en un proceso de pequeños pactos irrelevantes, en los que el gobierno solo ofrezca migajas. Se trata de llegar a una verdadera transacción con la suficiente autoridad moral y política como para imponer condiciones. Michnik, quien proviene de la izquierda postcomunista, usa la palabra «bolchevismo» con plena conciencia etimológica”.

¿A qué se refiere? Rojas reivindica la moderación, el espíritu reformista, el autonomismo, incluso el «nacionalismo suave», frente al independentismo revolucionario:

“Pero si bien el término bolchevismo surgió de una disputa en torno a cuestiones organizativas y de una elección mayoritaria dentro de un partido, en la historia política comenzó a asociarse muy pronto al maximalismo, la intransigencia, el jacobismo, la radicalidad, esto es, a una concepción revolucionaria de la sociedad y el Estado. Frente a esa acepción, el menchevismo se resemantizó como una opción moderada, evolutiva, centrista, gradual, templada, en suma, reformista. Despojadas estas corrientes de la connotación marxista que le imprimían sus actores, bolcheviques y mencheviques han devenido dos polos, similares a jacobinos y girondinos o revolucionarios y reformistas”.

Estoy seguro de que la mayoría de los posibles lectores de este libro entendería —a pesar de sus naturales diferencias—, que en la Cuba que queremos no caben hombres como Posada Carriles. Pero tengo mis dudas en cuanto a otros pretendientes de espacio: ¿volverían a mandar en Cuba los politiqueros enriquecidos del erario público,

que se marcharon en los primeros sesenta?, ¿regresarían triunfales a recuperar sus propiedades confiscadas los viejos capos del Big Five, que tanto deslumbraron a Hernández Busto?; ¿o se trataría de otra generación de grandes inversores y de políticos a su servicio, entrenados en la corrupta escuela miamense, dispuesta a devorar nuestros recursos, humanos y materiales?; ¿entregaríamos el país a las transnacionales?, ¿no se dan cuenta de que tras los «pequeños intereses» de muchos cubanos con educación y mentalidad norteamericanas, están los «grandes intereses» del imperialismo?

Rafael Rojas defiende la cubanidad de los autonomistas y de los anexionistas, los de la historia, y los de «la oposición y el exilio de hoy»:

“No es cierto que haya actores «antinacionales» en la historia de Cuba, como tampoco es cierto que haya «anticubanos» en la oposición y el exilio de hoy. Negar la pertenencia del autonomismo, el anexionismo o cualquier otra corriente política de la colonia o la república, al proceso plural de construcción de la nacionalidad, no es más que justificar el totalitarismo en el presente de la isla”.

¿Era más alemán el humanista Marx que Hitler? Pregunta absurda. Ambos expresaron tendencias opuestas del espíritu humano, recibieron el influjo y se nutrieron de tradiciones germanas y universales. Sí, ambos pertenecen a la cultura alemana; y a la cultura, sin apellidos. Pero los alemanes, y todos los seres humanos, tenemos que cuidarnos del nazismo que se incuba en la cultura contemporánea. No es mi propósito comparar el autonomismo y el anexionismo decimonónicos con el nazismo. La comparación persigue solo descalificar la triquiñuela retórica de enarbolar como justificación la cubanidad de unos y otros. ¿Y qué? La Revolución defiende la integridad y la soberanía de la nación cubana frente al imperialismo norteamericano, porque tiene un proyecto alternativo de país que es orgánico con su internacionalismo revolucionario.

Rojas defiende el «nacionalismo suave», incluso el autonomismo y el anexionismo «en la oposición y el exilio de hoy», porque tiene otro proyecto de país que es orgánico, lo asuma o no de forma consciente, con los intereses transnacionales. Los revolucionarios cubanos queremos que desaparezcan algún día los estados nacionales —estamos convencidos de que eso sucederá, si antes el capitalismo no destruye el planeta en el que vivimos—, para construir una federación humana más justa, más equitativa, más solidaria. Y apostamos por el ALBA. Ellos quieren que desaparezcan los estados nacionales —o como suelen decir para protegerse tras los cristales de la Academia: «no queremos, solo constatamos»—, para que (o sin importarles que) los más pequeños, los más débiles, sirvan a los más grandes, a los más fuertes. Y apostaron por el ALCA o por los Tratados de Libre Comercio (TLC). No sé si pueda decir que con ello traicionan a «la nación» cubana, pero sí puedo decir que traicionan a los cubanos. ¿Y ellos, son o no son cubanos? Claro que son cubanos. Ese es el peligro que la Patria incuba dentro de sí. De eso se trata. Lo demás es pura retórica.

 

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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