Los malabares del Ni-Ni.

 Por Carlos Luque Zayas Bazán

 

El escenario del debate  y de la lucha ideológica reciente en Cuba se ha ido despejando. Si algún tiempo atrás era un algo brumoso identificar a los contendientes, si en un principio el Rey deseaba hacernos creer que lucía sus mejores galas, no ha sido tan necesario que apareciera después el niño díscolo para  revelar que estaba realmente desnudo. Claro que no se pudo evitar el análisis y la denuncia del género que vestían sus iniciales intenciones. Pero al fin, las evidencias eran tan claras, que, en revelador concierto de varias declaraciones aparecidas casi al unísono, algunas figuras se han encargado de las autodefiniciones aceptando lo innegable. Esas reacciones  no hubieran sido tan urgentes de no resultar que el dedo venía hurgando en clásica llaga. Varias veces, abogando por la conciliación y el diálogo, y el llamado a no dividir las filas revolucionarias, pero  en una intención de abogar por una falsa unidad que debía ser esclarecida., quisieron negar la pertinencia del debate polémico y firme, al que repetidamente, calificaban del debate equivocado erróneo, provocador de cismas. Y si era tan gratuito, qué necesidad había de responderles. Con frecuencia el silencio que calla no otorga,  y el ruido de la protesta, revela.

Las evidencias históricas del fracaso en la búsqueda de una solución a los problemas de la humanidad que no sea el capitalismo, pero tampoco el socialismo, y menos el comunismo, son abrumadoras e innegables. Los intentos se acumularon rápidamente desde los tiempos mismos de Marx, Engels y después Lenin. Prosiguieron con los diversos revisionismos de los “marxistas” arrepentidos o renegados, y las “filosofías” occidentales. La radicalidad marxista y leninista repetidas veces se intentó diluir, adaptar, congeniar, contemporizar. La socialdemocracia, los presuntos “socialistas democráticos”, abandonaron una y otra vez a la clase obrera durante toda la sucesión de las -, de una u otra forma y por diversos motivos -, fracasadas Internacionales Obreras. Las causas específicas fueron circunstanciales, pero la esencia siempre era la misma: la adaptación “realista” a las coyunturas, y la incomprensión o el abandono de los aportes centrales del marxismo. Si el marxismo es una guía para la acción, la flexibilidad que encierre esa afirmación no significa el relativismo de las soluciones, porque puso la piedra basal inamovible que descubrió la invariante del conocimiento  que dicta el secreto de la lucha política y de clases: la contradicción antagónica insalvable entre Trabajo y Capital, la lucha de clases.

Cuando se trata de evadir la solución básica que tiene ese antagonismo, cuando se intenta sembrar en el imaginario social que a los intereses del capitalismo se les puede  vencer desde adentro mediante la lucha parlamentarista en política, o la aceptación acrítica de la propiedad privada en lo económico, o  conciliando o persuadiendo y educando en lo cultural; cuando se confunde lo que se puede y debe continuar en el socialismo de  toda la historia anterior porque es herencia común cultural de la humanidad – (eso que Lenin afirmaba que podíamos tomar del capitalismo porque eran conquistas invariantes del hombre y condiciones afirmativas de su universalidad – cuando se confunde eso de lo que, como específico del capitalismo, es inconciliable con una sociedad de aspiraciones socialistas, es cuando aparecen los intentos del equilibrio imposible: o se lucha coherentemente por un objetivo estratégico, lo que no significa rigidez en la táctica y la negación de toda la flexibilidad posible, o se sucumbe y traiciona por creer que existen soluciones intermedias, vías estratégicas distintas que intenten resolver la contradicción esencial apuntada al final del párrafo anterior. Es lo que no sólo los cubanos hoy, sino muy diversos pensadores sobre la política pasada y la presente, denominamos posiciones políticas centristas, o los engañosos y fracasados intentos socialdemócratas por congeniar la contradicción insalvable de la lucha de clases, y que tanto escozor concertado está  provocando su análisis y advertencia.

Hay que  destacar y revelar una y otra vez la direccionalidad ideológica, la intencionalidad política circunstancial de esas corrientes. Pero es urgente recordar también el fundamento filosófico esencial que sostiene la incompatibilidad de la conciliación ideológica y las soluciones que se pretenden no capitalistas, pero tampoco comunistas. Ambas direcciones de la polémica ayudarían a esclarecer mejor la manipulación que la socialdemocracia y el centrismo hacen del patriotismo.

Con respecto a la intencionalidad política, no resultan en iguales objetivos y consecuencias para el socialismo cubano declarar el propósito de acompañar a Cuba en un proceso de “cambio de régimen”, que pensar y actuar, con Cuba, con los cubanos, con su gobierno y desde dentro, en el desarrollo del socialismo, y en la revolución que pueda y deba devenir la específica modalidad que ha adoptado la democracia cubana. Aunque se quiera relativizar y justificar, acompañar el proceso cubano con la compañía, a su vez, de factores externos y extraños al proyecto cubano, en un indicio de una intencionalidad política que adversa, no colaborativa, no es oposición leal. Acompañar y compañeros son conceptos de raíz común con colaborar y cooperar con sus iguales de intereses de clases al interior de las naciones y en la lucha de clases internacional, que no es lícito enarbolarlos a la vez que se “acompaña” a Tirios y Troyanos.  

Con respecto a este punto se argumenta que en uno de esos círculos, el conocido como Cuba Posible, participan intelectuales de diversa tendencia y, en efecto, para este lector, algunos cuya obra le ha sido de utilidad y ha leído con delectación. Les animarán diversos motivos y racionalizaciones para hacerlo, pero otros partimos de un criterio nada ambiguo: participar en una plataforma cuya máxima dirección proclama la subversión interna de un orden social, y no aclarar la postura en el momento de ocurrir, es una forma de legitimarla, así sea por omisión. Si hay alguien que lo sabe, o debe saber mejor que nadie, es el intelectual, pues dentro del arsenal de medios que se utilizan hoy para los propósitos de los intereses del Capital,  la captación y cooptación de la intelectualidad sigue siendo la más efectiva vía, y mientras más parezca que gozan de independencia moral e investigativa y no sujeción a pagos y prebendas, mucho mejor. Ya van pasando esos tiempos en que podía seguirse con claridad la traza visible que relacionaba directamente, por ejemplo, a la CIA con el mundo cultural. Hay una historia completa de ello. Hoy los hilos son mucho más sutiles y transparentes y es por ello que algunos pueden desafiar ahora a que se les pruebe la conexión dolosa, sabiendo que hay muchas prácticas de cooptación que muy difícilmente están codificadas penalmente, pero así como existen las leyes no escritas, existe el error no tipificado. Se comprende la peculiaridad del pensador que duda, que investiga, que pone a prueba sus mismas ideas, que necesita de recursos para leer, viajar, investigar, publicar y los acepta, no como pago a su conciencia, sino como una oportunidad en la que puede mantener su independencia. Pero también ya es harto conocido que no en pocas ocasiones ese es el camino más directo para la deserción de las causas iniciales que se dicen defender, y que esas prácticas son el inicio del fin de lentas derivas al final de las cuales la persona está plenamente justificada ante sí misma. Nadie les niega el derecho. Que tampoco nieguen el derecho a revelarlo y no acusen de recicladas santas inquisiciones y oscuras intenciones a los que tienen el mismo derecho de analizar esas prácticas como otros a realizarlas. Cada uno hace sus opciones en la que Gramsci llamó guerras de posición.

La intencionalidad se revela también en la consecuente repetición de concepciones unilaterales y parciales, originados en la guerra cultural e ideológica imperial contra el socialismo, como el agotamiento de la radicalidad revolucionaria, el “empoderamiento” de la “sociedad civil”, torciendo, manipulando, podando u oscureciendo el sentido gramsciano  del concepto, martillando sobre las dificultades económicas cubanas como responsabilidad de y atribuida sólo a la forma de la propiedad social estatal con la minimización de las causas externas, o la desconfianza que se desea sembrar en la intelectualidad y la juventud con respecto al Partido Comunista como gestor y garante de la necesaria unidad de los cubanos en torno al  proyecto socialista.

Otro indicio que puede indicar el carácter de esa intencionalidad es la opción de apoyar la idea de que se debe negociar y contemporizar con,  y persuadir a, los intereses del capitalismo para que sea un poco menos salvaje y depredador, incluso aunque eso signifique soportar su presión hegemónica, asistiendo a sus cónclaves académicos, y no poniendo allí y al menos sobre la mesa con claridad y energía, las reivindicaciones cubanas, como hace la diplomacia cubana en el curso de la “normalización”, proceso este con el que han querido legitimarse, justificarse y compararse, en vez de, desmarcándose con meridiana claridad de aquella “compañía”, participar en la investigación, la propuesta de ideas y el debate sólo con sus propias fuerzas y recursos.

El sustrato filosófico de las concepciones que separan la radicalidad revolucionaria anticapitalista y efectivamente patriótica, de las posturas de una supuesta izquierda moderada, (lo cual es un contrasentido, cuasi un oxímoron, una contradicción ilógica en los términos, porque la moderación en los principios básicos ya deja de ser realmente de izquierda, y porque izquierda moderada siempre ha derivado o ha sido funcional al capitalismo) se ha revelado con mayor claridad en el reciente intercambio de criterios que han sostenido el socialdemócrata anticomunista Arturo López-Levy y el filósofo comunista cubano Enrique Ubieta. Su análisis puede aportar mucha más claridad acerca del fondo filosófico de la cuestión ideológica y política que está en la base de la polémica actual.

Un punto nodal de ese intercambio es el concepto de patriotismo, en el que, inobjetablemente, existe una diferencia inconciliable entre el sionista  académico López Levy y el que sostiene el escritor Enrique Ubieta – o al menos en la modalidad que el Sr. López Levy  es y  declara un anticomunismo incompatible esencialmente con la martianidad. Este punto es vital porque es en la asunción del legado martiano y en su peculiar interpretación del patriotismo  que, “en su mérito”, el socialdemócrata Lopez-Levy quiere legitimar la validez de su posicionamiento en el diálogo cubano, a la vez que sostiene  que no existe una contradicción entre la solución martiana del proyecto cubano y el (su) anticomunismo.

Ya antes del intercambio a que nos referimos, López-Levy había dado fe de su posición reescribiendo el apotegma de Fidel: “Dentro del Patriotismo todo, contra el Patriotismo nada”, sustituyendo Revolución por Patriotismo y de esa manera diferenciándolos como dos procesos no relacionados y proponiendo una Patria posible, una Cuba posible, sin Revolución, sin socialismo y mucho menos sin aspiraciones comunistas.

Lo primero notorio aquí es que todos aquellos que se han opuesto a la Revolución, y al comunismo, acuden en esencia a la misma concepción, postulando que el comunismo, o el socialismo cubano en el camino del esfuerzo de su construcción transicional, es un accidente evitable, ajeno, prescindible y artificial al curso de la formación de la nacionalidad cubana y su cristalización histórica. Para calzar ese modo de pensar, cuando acude  a la historia, Ya hemos señalado que ALL cita sólo a aquellos pensadores o políticos de nuestra historia que le allegan argumentos de apoyo. Así ocurre  con determinadas personalidades además del mismo Martí, pero no, por supuesto, con Baliño, Mella, Rubén o Guiteras, quienes no les servirían, pese a tener, como aquellos, tanto peso en la conformación histórica del perfil ideológico de nuestra nacionalidad, pero en la línea comunista y anticapitalista.

Por ello creo que se debe prestar cuidada atención a los argumentos de Ubieta y aunque basta con leer ese intercambio, mi deseo es enfatizar ciertos puntos del hilo argumentativo del debate porque revelar tanto la forzada interpretación histórica de ALL, como el consiguiente relativismo y manipulación que implica, pueden ayudar a esclarecer temas de fondo que en los meros intercambios en las redes se leen con premura por el espacio en que se producen.

Atendiendo a esos temas de fondo, ya no es lo más importante del debate, el anticomunismo que sostiene una posición, cuando se revela declaradamente, que es incompatible, antagónica y además, como con toda razón Ubieta aclara, ideológica y políticamente enemigo. No en el sentido personal – ya Marx nos hablaba del buen capitalista, magnífico padre de familia, filántropo y de buen corazón. En este sentido aquí no habría nada personal y tampoco desechar la valoración de los aspectos positivos y útiles de, por ejemplo, la defensa de la soberanía y la independencia, aunque por vías equivocadas, o el apoyo por la causa de los 5, o la oposición al bloqueo, algo que exigen hace mucho tiempo ha todos los países en la ONU, más la pasada abstención del grácil expresidente, todo ello sumamente valioso a no dudarlo.

Ubieta no evade el tema del patriotismo, como le señala ALL, sino todo lo contrario, le da cumplida respuesta y no equipara como una identidad comunismo a patriotismo, como también malinterpreta, o crea el falso argumento, su opositor. En su última respuesta el escritor cubano revela la sutilidad de la retórica de su opositor. Efectivamente este utiliza un recurso retórico harto reiterado por él, afirmando varias veces la razón del oponente para posicionar, – desde la simpatía que despierta en el lector ajeno ese recurso de reconocimiento-, sus propias ideas. Ubieta lo desnuda así:

“A menudo usted retoma mis palabras, aparenta situarse en ángulos visuales cercanos a los míos, e incluso, cuando polemiza, construye afirmaciones e introduce conceptos –pretendidamente opuestos a los que defiendo–, que pueden hallarse con otro sentido en la Conceptualización de nuestro Modelo Social y Económico”.

 Y para definiciones más claras que le hagan sortear los vericuetos de que “tiene ud razón en esto, pero”, el filósofo cubano le invita a la observación precisa:

“Si no es mi enemigo en ideología, tendrá que objetar el retorno al pasado en Cuba (no insista en que se opone al capitalismo “dependiente”, mi pregunta es sencilla: ¿se opone al capitalismo?)”

Y para buscar una respuesta plausible y airosa ALL tendrá que hacer los malabares propios del Ni-Ni, es decir, ni con esto ni con aquello, que está definido ya por el inefable Cantinflas, “ni esto, ni lo otro, sino todo lo contrario.”.

Por supuesto, ALL tiene una puerta de escape a la incómoda pregunta definitoria. Que la ha refugiado en el concepto de socialismo democrático. Y que es la razón por la que Ubieta subraye esta verdad, que no lo es, por supuesto para su no-enemigo:

“La contraposición de los conceptos de socialismo democrático y socialismo revolucionario es confusa; alude en todo caso a la existencia de un “socialismo”, el suyo, que respeta las rígidas normas de la democracia burguesa, imperfecta y no perfectible, y de otro, el nuestro, que establece un nuevo tipo de democracia, imperfecta pero perfectible.”

Téngase en cuenta que ALL cifra su esperanza para una Cuba con democracia burguesa, en el respeto capitalista no suficiente salvaje a los estándares y las normas internacionales  de convivencia y derechos humanos. Aquí el lector se queda con el deseo de la demostración, sobre todo en lo que va de siglo, de esa respetuosa actitud como realmente se manifiesta en varios puntos del candente planeta.

Contra el simplismo – que para mí es de corte oportunista al cebarse de las dificultades de los intentos socialistas – del argumento de ALL, que le señala a Ubieta un presunto intento de postular la identidad entre patriotismo y comunismo, Ubieta responde con acierto: “No se trata de otorgar a una ideología la representación de una identidad nacional”. La identidad nacional está formada por una diversidad de toda índole, incluida por supuesto, las opciones políticas y las cosmovisiones ideológicas. Lo que Ubieta subraya es que al intentar el imposible de vaciar el patriotismo de su contenido de clase, diluye o ayuda a tornar invisible la condición violenta de la explotación capitalista, su inevitable principio de maximización de la ganancia como condición indispensable de su existencia y por ello la orgánica imposibilidad de la “moderación” como principio de eficacia del patriotismo.  Así, ALL pasa tabla rasa sobre lo que le señala Ubieta: el proyecto de nación del patriota desposeído, pero con autoconciencia de clase, pero incluso aunque no tenga conciencia de ella, nunca podrá ser el mismo (para la efectividad de su patriotismo), que el proyecto de nación de aquel cuyos intereses se conecten por riqueza, o por ideología, por cuna o por opción, por interés o sinceramente, con la cosmovisión del sistema del capital, que no sólo es antipatriótico por definición, sino anti humanista y, por excelencia, enemigo mortal de la naturaleza y la civilización. Al no poder comprender ese corolario, el Sr. ALL, no le queda más remedio que enunciar que el capitalismo no siempre es salvaje y que por lo tanto se le puede persuadir. En efecto,  no siempre lo es, porque el capitalismo es el mejor de los sistemas de vida posible…para los capitalistas o para sus pensadores orgánicos.

La verdad no es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Por ello no puede existir Patria capitalista, en la realidad tercermundista, como le afirma Ubieta. Pero no creo que sólo para ella, aunque no haré aquí mención a la realidad europea actual. Es un contrasentido. Es por ello que en las naciones pudientes, “desarrolladas”, sus poblaciones viven en “Patrias” muy diferentes, aquellas delimitadas por las fronteras, no las del misterio al decir del poeta, las demarcadas dentro de su propia tierra por la desigualdad, la precariedad y el distinto acceso al disfrute de las bondades de su país. No es una identificación ideológica a priori y forzada la que hay entre la Patria que tenga la posibilidad de ser  construida idealmente con todos y para el bien de todos, y el socialismo de Ubieta, es decir, el nuestro, (de lo cual siempre nos acusarán los enemigos del socialismo y el comunismo, eso sí, enemigos de ideas y principios): la relación dialéctica (no la identidad) que hay entre patriotismo y socialismo, llegado un momento específico de la historia humana, es una relación de necesidad objetiva, de condición de posibilidad de realizar la Patria en el mundo hoy conocido, y en lo que coinciden cada vez más lúcidas mentes: lo que logre ser el socialismo mañana, lo que vaya siendo en su tránsito tremendo, mientras exista la tensión del capitalismo, es hoy por hoy lo único conocido que puede hacer que el patriota alcance una condición superior de posibilidad en su aspiración de hacer realidad su patriotismo: es por ello que el Che habló del revolucionario como la escala superior del ser humano. Allí no hay sesgo ideológico, como les gusta repetir a los ideólogos.

Aparte de que el contradictor de Ubieta se declara abiertamente no comunista, socialdemócrata y sionista, y con todo ello a la vez que martiano, lo cual explica ampliamente el basamento de sus concepciones y opciones, el fundamento de su posición está en la negación de lo más visible e innegable de la historia: la lucha de clases. Y eso limita tremendamente la capacidad de intelección de lo que le argumenta Ubieta, a saber, que “con todos y para el bien de todos” no significó en Martí, y menos aún hoy, “con los justos y los injustos”, que es una forma de decir que un proyecto de nación, cualquiera que sea, no puede en ultima instancia nunca realizarse con el concurso de todos, precisamente porque existen los intereses de clases antagónicos y enemigos que los enfrentará, tarde o temprano, en opciones distintas. Lo más que se puede hacer es lo que intentó Martí y lo que intenta todo político sagaz: procurar la mayor unión posible. Lo que es innegable es que cualquier revolución verdadera desea que sus conquistas se logren para el bien de todos, y si no resulta ni lo uno ni lo otro, es porque a la postre las diferencias de clase, intereses, cosmovisiones, deslindará  a los que siguen una dirección de los que se apartan de la ella.

Finalmente una tesis a desarrollar en la ocasión propicia: no es casual que esta clarificación de las posiciones, esta caída de los velos, y hasta los desafíos que por allí leemos, y el anuncio de la  puesta en marcha  atrás del reloj de la Revolución cubana, se haya intensificado en el transcurso de estos años, sobre todo desde Obama a la fecha, porque todo se cifra, en palabras de ALL, a las “oportunidades” que se abren “una vez que la política de cambio de régimen por coacción se derogue”. Porque se intenta aprovechar el curso complejo de la actualización, el cambio generacional en Cuba, el repliegue reaccionario en Nuestra América y la suerte de la experiencia bolivariana, con la hipótesis-aspiración-deseo de que todas esas variables combinadas puedan y deban facilitar, o un cambio de sistema sociopolítico en Cuba,  o una deriva “suave” al capitalismo.

 Ese “sueño-pesadilla” ya tiene más de medio siglo. Ni la cubanología, ni la politología cubensis foránea, ni los laboratorios de ideas, ni la intelectualidad orgánica afín, han acertado nunca con Cuba. Las  agoreras interpretaciones  de estos días anuncian “plausible” que la próxima presidencia del país se vea obligada a intentar más “reformas” para compensar una supuesta falta de liderazgo con un éxito económico, y suponiendo una pluralidad de “facciones” al interior del Partido. Desprecian que el apoyo cubano a su revolución ha pasado las peores etapas sin condicionarlo al éxito económico. Sino todo lo contrario. Nunca brilló más alto la entereza de este pueblo que en los angustiosos días de los primeros años de la década del 90. Desprecian y desconocen, al reflexionar desde los presupuestos de sus ideologías, el carácter colegiado de la política partidista, aun en vida de Fidel, principio que los cubanos le exigiremos cada vez más al órgano del cual formamos parte sus militantes y sus no militantes, como bien aclara Ubieta. Ignoran o no quieren aceptar que el Partido cubano, no el concepto de partido que conocen desde sus erudiciones y visiones teoréticas de la vida, fue, es, y sigue siendo “el alma visible de la Patria”. Eso le exigiremos al Partido quienes tenemos el derecho pleno de hacerlo, de ser sus miembros, estemos o no en sus filas, y es bueno que continúen dudándolo y haciendo sus cábalas, pues cuando coincidamos es cuando comenzaremos de veras a preocuparnos.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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